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Juan 10

El buen pastor y sus ovejas

1De cierto, de cierto os digo: El que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que sube por otra parte, ése es ladrón y salteador.🗨 2Mas el que entra por la puerta, el pastor de las ovejas es.🗨 3A éste abre el portero, y las ovejas oyen su voz; y a sus ovejas llama por nombre, y las saca.🗨 4Y cuando ha sacado fuera todas las propias, va delante de ellas; y las ovejas le siguen, porque conocen su voz.🗨 5Mas al extraño no seguirán, sino huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños.🗨 6Esta alegoría les dijo Jesús; pero ellos no entendieron qué era lo que les decía.🗨 7Volvió, pues, Jesús a decirles: De cierto, de cierto os digo: Yo soy la puerta de las ovejas.🗨 8Todos los que antes de mí vinieron, ladrones son y salteadores; pero no los oyeron las ovejas.🗨 9Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo; y entrará, y saldrá, y hallará pastos.🗨 10El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.🗨 11Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas.🗨 12Mas el asalariado, y que no es el pastor, de quien no son propias las ovejas, ve venir al lobo y deja las ovejas y huye, y el lobo arrebata las ovejas y las dispersa.🗨 13Así que el asalariado huye, porque es asalariado, y no le importan las ovejas.🗨 14Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas, y las mías me conocen,🗨 15así como el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; y pongo mi vida por las ovejas.🗨 16También tengo otras ovejas que no son de este redil; aquéllas también debo traer, y oirán mi voz; y habrá un rebaño, y un pastor.🗨 17Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar.🗨 18Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar. Este mandamiento recibí de mi Padre.🗨 19Volvió a haber disensión entre los judíos por estas palabras.🗨 20Muchos de ellos decían: Demonio tiene, y está fuera de sí; ¿por qué le oís?🗨 21Decían otros: Estas palabras no son de endemoniado. ¿Puede acaso el demonio abrir los ojos de los ciegos?🗨

Jesús afirma ser el Hijo de Dios

22Celebrábase en Jerusalén la fiesta de la dedicación. Era invierno,🗨 23y Jesús andaba en el templo por el pórtico de Salomón.🗨 24Y le rodearon los judíos y le dijeron: ¿Hasta cuándo nos turbarás el alma? Si tú eres el Cristo, dínoslo abiertamente.🗨 25Jesús les respondió: Os lo he dicho, y no creéis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, ellas dan testimonio de mí;🗨 26pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas, como os he dicho.🗨 27Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen,🗨 28y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano.🗨 29Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre.🗨 30Yo y el Padre uno somos.🗨 31Entonces los judíos volvieron a tomar piedras para apedrearle.🗨 32Jesús les respondió: Muchas buenas obras os he mostrado de mi Padre; ¿por cuál de ellas me apedreáis?🗨 33Le respondieron los judíos, diciendo: Por buena obra no te apedreamos, sino por la blasfemia; porque tú, siendo hombre, te haces Dios.🗨 34Jesús les respondió: ¿No está escrito en vuestra ley: Yo dije, dioses sois?🗨 35Si llamó dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios (y la Escritura no puede ser quebrantada),🗨 36¿al que el Padre santificó y envió al mundo, vosotros decís: Tú blasfemas, porque dije: Hijo de Dios soy?🗨 37Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis.🗨 38Mas si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que conozcáis y creáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre.🗨 39Procuraron otra vez prenderle, pero él se escapó de sus manos.🗨 40Y se fue de nuevo al otro lado del Jordán, al lugar donde primero había estado bautizando Juan; y se quedó allí.🗨 41Y muchos venían a él, y decían: Juan, a la verdad, ninguna señal hizo; pero todo lo que Juan dijo de éste, era verdad.🗨 42Y muchos creyeron en él allí.🗨

Texto bíblico: Reina-Valera 1960 © Sociedades Bíblicas en América Latina, 1960. Renovado © Sociedades Bíblicas Unidas, 1988. Utilizado con permiso. Ver todos los créditos

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Juan 10: RV60

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Juan 10:1

Comentario general

Juan 10:1 «De cierto, de cierto os digo: El que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que sube por otra parte, ese es ladrón y salteador». El capítulo diez de Juan nace de una escena profundamente conmovedora. Un hombre que había vivido toda su existencia en tinieblas recibió la vista por medio de Jesucristo, pero aquel milagro, que debió provocar alegría entre los dirigentes religiosos, terminó convirtiéndose en motivo de persecución. Los fariseos interrogaron al hombre, cuestionaron su testimonio y finalmente lo expulsaron de la sinagoga. Había pasado toda su vida esperando ver, y cuando sus ojos fueron abiertos, descubrió que quienes debían conducirlo hacia Dios eran incapaces de reconocer la obra divina en él. Sin embargo, su historia no terminó con aquella expulsión. Jesús lo encontró, se le reveló y recibió su adoración. Los dirigentes religiosos lo habían rechazado, pero el verdadero Pastor lo había reconocido como suyo. La relación entre ambos capítulos es tan estrecha que resulta imposible comprender plenamente Juan 10 sin recordar Juan 9. De hecho, en Juan 10:21 algunos de los presentes volverán a mencionar la sanidad del ciego, confirmando la continuidad de la controversia. Jesús no está ofreciendo simplemente una enseñanza acerca del cuidado pastoral; está explicando, mediante una imagen conocida por sus oyentes, la diferencia entre quienes utilizan la autoridad religiosa para dominar y Aquel que ha venido a dar vida a las ovejas. Los fariseos habían demostrado que podían defender el sábado mientras despreciaban al hombre que había sido sanado. Su problema no era la ley de Moisés, que procedía de Dios, sino la manera en que sus interpretaciones y su orgullo religioso habían terminado oscureciendo el propósito misericordioso de aquella ley. Para comprender la profundidad de esta enseñanza debemos regresar a Ezequiel 34, donde Yahwéh denuncia a los pastores de Israel porque se alimentaban a sí mismos mientras descuidaban a las ovejas. No fortalecían a las débiles, no curaban a las enfermas, no vendaban a las heridas y no buscaban a las perdidas. Frente a semejante abandono, Dios anunció que Él mismo buscaría a sus ovejas, las libraría de los lugares donde habían sido dispersadas y levantaría sobre ellas a un solo Pastor, su siervo David (Ezequiel 34:11-16, 23). Cuando Jesús comienza a hablar del redil, de la puerta y del Pastor, aquella antigua promesa parece cobrar vida. El Dios que había anunciado que buscaría personalmente a sus ovejas estaba manifestando su cuidado mediante el Hijo. Y el hombre que nació ciego se convierte en una ilustración viviente de esa promesa: una oveja despreciada por los pastores de Israel, pero encontrada por el Pastor enviado del cielo. Jesús comienza con la solemne expresión amēn, amēn, «de cierto, de cierto», característica de las declaraciones que desea presentar con especial autoridad. Inmediatamente introduce la figura de un redil, llamado en griego aulē, término que designa un patio o recinto cercado. En la Palestina del primer siglo, los pastores utilizaban rediles para proteger a las ovejas durante la noche o cuando las condiciones representaban algún peligro. Algunos eran recintos comunitarios donde podían reunirse diferentes rebaños bajo la vigilancia de un portero; otros eran cercados más sencillos, levantados con piedras y provistos de una abertura para permitir la entrada y la salida. El redil, por tanto, no era principalmente un lugar de alimentación, sino de resguardo. Las ovejas encontraban protección dentro de sus límites, pero necesitaban salir para alimentarse y desarrollarse. Esta característica adquiere especial importancia porque Jesús no solamente hablará de entrar, sino también de sacar a las ovejas y conducirlas hacia los pastos. La protección del redil tenía una finalidad, pero no constituía por sí misma la plenitud de la vida del rebaño. Aquí encontramos una relación bíblica particularmente interesante con Gálatas 3:23-25, donde Pablo explica que, antes de la manifestación de la fe en Cristo, Israel permanecía bajo la custodia de la ley, guardado para aquella fe que habría de ser revelada. La ley cumplió una función divina de protección, instrucción y preparación, pero no era el cumplimiento definitivo de la promesa. Desde esta perspectiva, podemos reconocer una correspondencia espiritual entre el redil y la condición de Israel bajo la economía mosaica. La ley establecía límites, preservaba la identidad del pueblo y lo preparaba para la venida del Mesías; sin embargo, cuando Cristo llegó, el propósito divino no consistía en mantener indefinidamente a las ovejas bajo aquella administración, sino en conducirlas hacia la realidad que la ley había anunciado. El redil protegía a las ovejas mientras esperaban al Pastor, pero nunca fue destinado a sustituirlo. La ley era santa y buena, pero no podía convertirse en un reemplazo de Aquel hacia quien dirigía sus promesas. Jesús introduce entonces al ladrón y al salteador, quienes no entran por la puerta, sino que suben por otra parte. Los términos griegos kleptēs y lēstēs distinguen al ladrón que procura apropiarse de lo ajeno y al salteador o bandido que puede recurrir a la violencia. Ambos tienen algo en común: pretenden obtener aquello sobre lo cual no poseen ningún derecho legítimo. El rebaño no les pertenece y, precisamente por eso, evitan la entrada reconocida. Esta imagen adquiere una fuerza extraordinaria cuando recordamos que los dirigentes religiosos habían expulsado al hombre sanado como si fueran propietarios de su vida y de su relación con Dios. Habían olvidado que las ovejas pertenecen al Señor y que toda autoridad espiritual debe ejercerse como una responsabilidad recibida, no como una posesión merecida. El verdadero peligro del ladrón no consiste solamente en que desea llevarse una oveja, sino en que pretende ocupar un lugar que no le corresponde. Su ambición transforma a las personas en instrumentos de sus propios intereses. De ahí que el robo espiritual pueda manifestarse mediante la manipulación, la explotación, la intimidación o las enseñanzas que apartan a las personas de Jesucristo para hacerlas dependientes de un dirigente humano. La advertencia alcanza también a la Iglesia de nuestros días, aunque debemos aplicarla con discernimiento. No toda persona que abandona una congregación está siendo robada, ni todo ministro que recibe a creyentes procedentes de otra comunidad es necesariamente un ladrón. Las Escrituras presentan situaciones legítimas de traslado, corrección y separación de ambientes espiritualmente dañinos. El criterio fundamental no es la conservación de una institución a cualquier precio, sino la fidelidad al verdadero Pastor. Un dirigente se aproxima a la conducta del ladrón cuando procura apropiarse de las personas mediante el engaño, el interés personal o el dominio indebido, apartándolas de la verdad y del cuidado de Cristo. Pedro exhortaría a los ancianos a pastorear la grey de Dios sin enseñorearse de aquellos que les fueron confiados (1 Pedro 5:2-3). La autoridad cristiana, por tanto, nunca debe confundirse con el derecho de posesión. Las ovejas no existen para engrandecer al pastor humano; el pastor humano existe para servir a las ovejas que pertenecen a Jesucristo. Y cuando esta verdad se olvida, el ministerio puede conservar su apariencia religiosa mientras pierde el corazón del Pastor.

— Roberto Tinoco

Juan 10:2

Comentario general

Juan 10:2 «Mas el que entra por la puerta, el pastor de las ovejas es». Después de describir al intruso, Jesús presenta al pastor legítimo. La diferencia parece sencilla: uno escala por otra parte, mientras que el otro entra por la puerta. Sin embargo, detrás de esta imagen encontramos una revelación acerca de la legitimidad espiritual. El verdadero pastor no necesita introducirse furtivamente porque su relación con el rebaño es auténtica y reconocida. En el desarrollo de la enseñanza, Jesucristo aparece como el Pastor prometido por Dios, aquel cuya venida había sido anunciada mediante las Escrituras. Su presencia entre Israel no constituye una invasión de la historia de la redención, sino su cumplimiento. Desde la promesa hecha a Abraham, pasando por la esperanza de un descendiente de David, hasta las profecías de Ezequiel, el Antiguo Testamento había preparado el camino para su manifestación. Jesús no llega para apropiarse de un pueblo que no le pertenece, sino para recoger a aquellos que el Padre le ha confiado. Como Él mismo declaró: «Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera» (Juan 6:37). Su autoridad no procede de la ambición humana, sino de su relación eterna con el Padre y de la misión que ha recibido de Él. Existe aquí una diferencia esencial entre Jesucristo y los dirigentes religiosos que lo rechazaban. Ellos apelaban constantemente a Moisés para justificar su autoridad, pero no reconocían al Mesías anunciado por las mismas Escrituras que pretendían defender. Jesús ya les había dicho: «Porque si creyeseis a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él» (Juan 5:46). Por consiguiente, el verdadero problema no consistía en que aquellos hombres estuvieran demasiado apegados a la revelación mosaica, sino en que no habían comprendido su propósito. La ley debía conducirlos hacia Cristo, pero ellos habían convertido sus interpretaciones en una barrera que les impedía reconocerlo. Pablo expresaría posteriormente que Cristo es el fin de la ley para justicia a todo aquel que cree (Romanos 10:4), utilizando el término telos, que puede comunicar la idea de finalidad o culminación. La ley encontraba en Cristo aquello hacia lo cual había estado señalando. De esta manera, Jesús entra legítimamente en el redil de Israel porque es el cumplimiento de las promesas que sostuvieron su existencia. El Pastor no llegó para destruir la historia de su pueblo, sino para conducirla hacia la plenitud que Dios había preparado desde el principio. La expresión «el pastor de las ovejas» también nos permite contemplar el carácter profundamente personal de su autoridad. En las costumbres pastoriles de la época, el cuidado del rebaño exigía vigilancia, conocimiento de los animales y disposición para enfrentar los peligros del camino. El pastor debía reconocer las necesidades de las ovejas, conducirlas hacia lugares de alimentación y procurar su seguridad. Esta figura había sido utilizada por David para describir su relación con Dios: «Yahwéh es mi pastor; nada me faltará» (Salmo 23:1). Pero ahora Jesús comienza a ocupar, dentro de la imagen, el lugar del Pastor que Dios había prometido a Israel. No estamos simplemente delante de un hombre que imita las virtudes pastorales de Yahwéh; estamos contemplando al Hijo que hace visible el cuidado divino. Juan había declarado desde el principio que el Verbo era Dios y que se hizo carne para habitar entre nosotros (Juan 1:1, 14). En consecuencia, cuando Jesús se presenta como Pastor, aquella imagen debe leerse a la luz de su identidad divina. El Dios que había prometido buscar a sus ovejas estaba cumpliendo su palabra mediante la encarnación del Hijo. El Pastor anunciado por los profetas no permaneció contemplando desde el cielo las heridas de su rebaño; vino personalmente a caminar entre las ovejas que deseaba salvar. Esta verdad transforma nuestra comprensión del liderazgo espiritual. Jesús no ejerce autoridad desde una distancia inaccesible, sino mediante una cercanía que culminará en la entrega de su propia vida. En el versículo once declarará que el buen Pastor da su vida por las ovejas, estableciendo así la medida suprema del verdadero cuidado pastoral. El pastor humano puede ofrecer recursos, enseñanza, orientación y protección, pero su servicio alcanza una dimensión más profunda cuando entrega su propia vida en amor. No basta con trabajar para las personas si nunca estamos verdaderamente presentes con ellas. Un padre puede proporcionar alimento a su familia y, sin embargo, permanecer emocionalmente ausente; un ministro puede desarrollar numerosas actividades religiosas y descuidar a quienes debería acompañar. Cristo nos muestra una autoridad diferente: no solamente hace algo por sus ovejas, sino que se entrega a sí mismo por ellas. Esta enseñanza encuentra una expresión preciosa en Juan 1:14, donde el Verbo no se limitó a enviar instrucciones desde el cielo, sino que habitó entre nosotros. El cuidado pastoral auténtico participa de ese mismo principio de cercanía y entrega. El amor verdadero no se conforma con proporcionar lo que posee; termina ofreciendo también lo que es.

— Roberto Tinoco

Juan 10:3

Comentario general

Juan 10:3 «A éste abre el portero, y las ovejas oyen su voz; y a sus ovejas llama por nombre, y las saca». La escena continúa con la figura del portero, identificado en griego mediante el término thyrōros, que designa a quien guarda o vigila una puerta. En los rediles comunitarios, donde podían permanecer ovejas de distintos propietarios, el portero cumplía una función importante al permitir el acceso de quienes tenían derecho a entrar. Jesús utiliza esta figura para mostrar que el verdadero Pastor es reconocido y admitido legítimamente. Algunos han relacionado su función con Juan el Bautista, quien preparó el camino del Mesías y dio testimonio público de su identidad. Lo esencial es que el Pastor no necesita violentar el acceso, porque su presencia corresponde al propósito de Dios. Juan el Bautista había señalado a Jesús como el Cordero de Dios y había declarado que su misión consistía en dar testimonio de Él (Juan 1:29-34). En ese sentido, podemos encontrar una hermosa correspondencia entre el ministerio preparatorio de Juan y la figura del portero. Jesús añade que «las ovejas oyen su voz». El verbo griego akouō significa oír o escuchar y, dependiendo del contexto, puede incluir la idea de prestar atención y responder. La imagen procede de una realidad conocida en la vida pastoril: las ovejas podían familiarizarse con la voz de quien las conducía y distinguirla de otros llamados. Cuando varios rebaños compartían un recinto, la voz del pastor constituía un medio para reunir a las ovejas que le pertenecían. Esta costumbre ilumina profundamente la enseñanza de Jesús. Las ovejas no responden simplemente a cualquier sonido; reconocen una voz con la cual han establecido familiaridad. En términos espirituales, el seguimiento de Cristo nace de una relación que incluye el conocimiento de su palabra, la confianza en su carácter y la disposición a obedecerlo. Jesús había declarado anteriormente: «El que es de Dios, las palabras de Dios oye» (Juan 8:47). Ahora presenta esa misma verdad mediante una imagen llena de ternura. La voz del Pastor no debe confundirse con cualquier impresión subjetiva que experimentemos; su palabra revelada constituye el fundamento mediante el cual aprendemos a reconocer su dirección. Cuanto más conocemos a Jesucristo mediante las Escrituras y la comunión con Él, más claramente distinguimos aquello que corresponde a su verdad y a su corazón. Pero la enseñanza alcanza una intimidad extraordinaria cuando Jesús declara que el pastor «a sus ovejas llama por nombre». El verbo phōneō expresa la acción de llamar, mientras que la referencia al nombre destaca el carácter individual de esa relación. El rebaño puede ser numeroso, pero ninguna oveja queda reducida a una cifra anónima. En la Escritura, llamar por nombre puede expresar conocimiento, elección o una relación particular. Dios llamó a Moisés por su nombre (Éxodo 33:12, 17), llamó a Samuel durante la noche (1 Samuel 3:4-10) y declaró a Israel: «No temas, porque yo te redimí; te puse nombre, mío eres tú» (Isaías 43:1). Estas escenas no son idénticas, pero comparten la revelación de un Dios que conoce personalmente a quienes llama. Jesús no ama únicamente a una multitud considerada en conjunto; conoce a las personas que la componen. Esta verdad resulta especialmente conmovedora cuando recordamos al hombre sanado del capítulo anterior. Los fariseos lo habían identificado por su condición pasada y lo habían despreciado como alguien nacido enteramente en pecado. Para ellos, su historia estaba definida por su antigua ceguera; para Cristo, su vida estaba abierta a una nueva relación de fe. Aquellos hombres conocían su pasado para condenarlo, pero Jesús lo conocía para conducirlo hacia la luz. El mundo suele llamarnos por nuestras heridas, nuestros fracasos o nuestras limitaciones; Cristo nos llama desde el conocimiento de aquello que su gracia puede hacer de nosotros. Jesús afirma que el Pastor «las saca». El verbo griego utilizado aquí es exagō, que significa conducir hacia afuera o hacer salir. Esta expresión introduce una dimensión particularmente importante de la obra de Cristo. El Pastor no entra en el redil únicamente para visitar a sus ovejas o mantenerlas indefinidamente dentro de sus límites; entra para conducirlas hacia una nueva etapa bajo su cuidado. Si relacionamos esta imagen con Gálatas 3:23-25, podemos reconocer una correspondencia espiritual entre la salida del redil y la transición desde la custodia de la ley hacia la vida de gracia por la fe en Jesucristo. No significa que la ley mosaica haya sido mala o que Dios se hubiera equivocado al establecerla. Por el contrario, había cumplido una función necesaria dentro de su propósito redentor. Pablo declara que la ley fue nuestro paidagōgos, un custodio o tutor que nos condujo hacia Cristo, para que fuésemos justificados por la fe (Gálatas 3:24-25). Sin embargo, una vez llegada la realidad anunciada, permanecer bajo aquella antigua administración como si el Mesías todavía no hubiera venido significaría desconocer el cumplimiento de la promesa. El redil representa la protección provisional, mientras que la salida anuncia una relación más plena con Dios mediante Jesucristo. No se trata de abandonar la santidad para disfrutar de una libertad sin obediencia, sino de pasar de la custodia exterior de la ley a la vida interior en el Espíritu, quien escribe la voluntad de Dios en el corazón. Lo que antes estaba anunciado mediante mandamientos, sacrificios y figuras encuentra ahora su cumplimiento en la persona del Hijo. Cristo no sacó a sus ovejas para dejarlas sin dirección, sino para conducirlas personalmente hacia la realidad que las antiguas sombras habían anunciado. Existe, además, una correspondencia extraordinaria entre esta salida y la experiencia del hombre que nació ciego. En Juan 9:34, los fariseos lo habían expulsado de la sinagoga, y en el versículo siguiente Jesús, al enterarse de lo sucedido, salió a buscarlo. Los dirigentes religiosos lo habían echado fuera porque ya no estaban dispuestos a recibir su testimonio; Jesús, en cambio, lo encontró para revelarle su identidad y recibir su fe. La misma experiencia que parecía representar una pérdida terminó convirtiéndose en el escenario de una revelación mayor. Había perdido su lugar dentro de una religión, pero había encontrado al Hijo de Dios. Podemos contemplar en aquel hombre a las ovejas que Cristo conduce fuera de una relación religiosa sostenida por el temor y la dependencia humana, para introducirlas en una comunión viva con Él. Sin embargo, la salida no debe confundirse con el aislamiento de la Iglesia, porque el propósito del Pastor es reunir a sus ovejas en un solo rebaño, como anunciará en Juan 10:16. El Señor no nos libera de una esclavitud para condenarnos a la soledad; nos llama a salir de aquello que nos impide seguirlo, para reunirnos alrededor de su persona en la comunión de la iglesia, su rebaño.

— Roberto Tinoco

Juan 10:4

Comentario general

Juan 10:4 «Y cuando ha sacado fuera todas las propias, va delante de ellas; y las ovejas le siguen, porque conocen su voz». Jesús continúa desarrollando la escena, pero introduce ahora un detalle que merece especial atención: «cuando ha sacado fuera todas las propias». El verbo griego utilizado es ekballō, que puede significar sacar, hacer salir o expulsar, dependiendo del contexto. Es particularmente significativo que Juan empleara este mismo verbo en el capítulo anterior para describir la expulsión del hombre sanado (Juan 9:34-35). Allí, los dirigentes religiosos lo habían echado fuera mediante un acto de rechazo; aquí, el verdadero Pastor saca a sus ovejas para conducirlas hacia los pastos. La semejanza verbal permite apreciar una inversión extraordinaria: aquello que los hombres hicieron para excluir, Cristo puede convertirlo en el comienzo de una nueva relación bajo su cuidado. No significa que toda expulsión religiosa sea necesariamente una acción divina, pero en la historia del hombre sanado podemos reconocer cómo Jesús lo encontró precisamente después de haber sido rechazado. Además, el texto declara que el Pastor saca a «todas las propias». Su cuidado no se limita a las ovejas más fuertes, más útiles o más fáciles de conducir. Cada una pertenece al rebaño y ocupa un lugar dentro de su propósito. Esta afirmación recuerda las palabras de Jesús en Juan 6:39, donde declara que la voluntad del Padre es que no pierda nada de todo lo que le ha dado, sino que lo resucite en el día postrero. El Pastor manifiesta así su fidelidad hacia quienes le pertenecen, sin que esta promesa elimine las posteriores exhortaciones a permanecer en Él mediante la fe. La expresión «va delante de ellas» revela una de las características más hermosas del verdadero liderazgo espiritual. En las prácticas pastoriles tradicionales del antiguo Oriente, era común que el pastor caminara delante del rebaño, conduciéndolo mediante su presencia y su voz. Esta imagen contrasta con la figura de quien pretende gobernar únicamente mediante la fuerza o la imposición. El Pastor conoce el camino porque lo recorre primero; identifica los peligros porque se encuentra delante de las ovejas; busca los pastos porque sabe dónde pueden alimentarse. En Jesucristo, esta imagen adquiere una profundidad que supera la escena rural. Él no solamente enseña el camino de la obediencia, sino que vive en perfecta obediencia al Padre. No se limita a exhortarnos a la humildad, sino que se humilla hasta tomar forma de siervo. No exige sacrificio permaneciendo ajeno al sufrimiento, sino que avanza voluntariamente hacia la cruz. Filipenses 2:5-8 presenta precisamente esa disposición del Hijo, quien se humilló haciéndose obediente hasta la muerte. De esta manera, la autoridad de Cristo no procede solamente de su derecho divino a gobernar, sino que se manifiesta también en la perfección de su ejemplo. Jesús nunca nos llama a recorrer un camino de fidelidad que Él mismo se haya negado a transitar; antes de pedirnos que llevemos nuestra cruz, llevó la suya por amor a nosotros. Pero debemos considerar también lo que significa que el Pastor camine delante. En Éxodo 13:21, Yahwéh iba delante de Israel durante su peregrinación, de día en una columna de nube y de noche en una columna de fuego, para guiarlos por el camino. La liberación de Egipto no había terminado cuando el pueblo cruzó sus fronteras; apenas comenzaba una experiencia de dependencia y dirección divina. Israel había sido sacado de la esclavitud, pero necesitaba aprender a caminar detrás de Aquel que lo había libertado. Cristo no solamente nos llama a salir de una antigua condición espiritual, sino a emprender una nueva vida bajo su dirección. Podemos reconocer en el éxodo una figura de la salvación: la sangre del cordero abrió el camino de la liberación, pero la presencia de Dios condujo al pueblo durante su peregrinación. De manera semejante, la obra redentora de Jesucristo nos reconcilia con Dios y su Presencia nos guía hacia una vida de creciente comunión. Sin embargo, el camino no siempre conduce inmediatamente a los pastos que esperamos. Israel atravesó el desierto antes de entrar en la tierra prometida, y el creyente puede atravesar períodos de prueba antes de comprender plenamente el propósito del Señor. La seguridad de las ovejas no consiste en conocer anticipadamente todo el recorrido, sino en permanecer cerca de quien camina delante. La fe no necesita poseer el mapa completo del mañana cuando ha aprendido a confiar en el Pastor que ya se encuentra delante de nosotros. Jesús declara que «las ovejas le siguen, porque conocen su voz». El verbo griego akoloutheō, traducido como «seguir», es particularmente importante en el Evangelio de Juan, donde expresa frecuentemente la respuesta del discípulo al llamado de Jesucristo. Seguirlo no significa únicamente aceptar determinadas enseñanzas, sino orientar la existencia alrededor de su persona, permaneciendo en su palabra y obedeciendo su dirección. La razón de ese seguimiento aparece en la última expresión: «porque conocen su Voz». El conocimiento del Pastor precede y sostiene la confianza de las ovejas. No siguen a un desconocido ni responden simplemente a una orden impersonal; han aprendido a reconocer a quien las cuida. Esta relación también revela la armonía entre la iniciativa divina y la responsabilidad humana. El Pastor llama, sale delante y conduce, pero las ovejas escuchan y lo siguen. La gracia no convierte al creyente en un ser incapaz de responder, sino que lo llama a una relación viva de fe y obediencia. Jesús expresará posteriormente esta misma verdad cuando declare: «Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen» (Juan 10:27). La pertenencia a Cristo se manifiesta en una respuesta perseverante a su palabra, no como mérito que compra la salvación, sino como fruto de una relación verdadera con Él. Y aquí encontramos una enseñanza pastoral de enorme importancia: el ministro cristiano no debe procurar que las ovejas dependan indefinidamente de su propia voz, sino ayudarlas a reconocer cada vez mejor la voz de Jesucristo. Su mayor alegría debería consistir en verlas crecer hasta que puedan discernir la voluntad del Señor y seguirlo con madurez espiritual. El propósito del verdadero ministerio no es formar personas que solamente sepan seguir a un hombre, sino discípulos que hayan aprendido a caminar detrás de Cristo, incluso cuando ninguna otra voz humana esté presente para indicarles el camino.

— Roberto Tinoco

Juan 10:5

Comentario general

Juan 10:5 «Mas al extraño no seguirán, sino huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños». Jesús completa la escena pastoril introduciendo un contraste que descubre una de las características esenciales de sus ovejas: no solamente reconocen la voz de su Pastor, sino que distinguen aquella que les resulta extraña. El término griego allótrios (ἀλλότριος), traducido como «extraño», designa a alguien ajeno, que no pertenece a una determinada relación o comunidad. En el ambiente pastoril del antiguo Israel, donde diferentes rebaños podían compartir un mismo recinto durante la noche, la familiaridad con la voz del pastor desempeñaba una función importante. Al llegar la mañana, cada pastor llamaba a sus ovejas y las conducía hacia los pastos. Aquellas que estaban acostumbradas a su voz podían reconocerla entre otras voces. Jesús utiliza esta escena para presentar una verdad espiritual: las ovejas no siguen al extraño porque no reconocen en él la voz de quien las conoce, alimenta y protege. El contraste no depende principalmente de la apariencia del que llama, sino de la relación que existe entre quien habla y quienes escuchan. Un extraño podría utilizar palabras semejantes a las del pastor e incluso procurar imitar su llamado, pero no poseería necesariamente aquella familiaridad nacida de una relación de cuidado. De igual manera, la verdadera vida espiritual no se sostiene únicamente mediante el conocimiento de expresiones religiosas, sino por una comunión creciente con Jesucristo, cuya palabra termina siendo reconocida por quienes permanecen cerca de Él. Resulta particularmente significativo que Jesús declare que las ovejas «huirán de él», refiriéndose a un extraño. El verbo griego pheúgō (φεύγω) significa huir, escapar o alejarse de un peligro. El Señor no presenta a las ovejas entreteniéndose con la voz del extraño ni siguiéndolo durante algún tiempo para descubrir sus intenciones. Su reacción característica consiste en apartarse. Esta imagen adquiere profundidad cuando recordamos las advertencias de los profetas contra quienes pretendían hablar en nombre de Dios sin haber sido enviados por Él. Jeremías denunció a los profetas que corrían sin que Dios los hubiera enviado y hablaban sin haber recibido su palabra (Jeremías 23:21). Su peligro no consistía simplemente en utilizar un lenguaje equivocado, sino en atribuir autoridad divina a mensajes nacidos de sus propios corazones. De manera semejante, Pablo advertirá que surgirán hombres que hablarán cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos (Hechos 20:30). La expresión «tras sí» revela el centro del problema: desean que las ovejas los sigan a ellos, en lugar de conducirlas hacia Jesucristo. El verdadero ministro puede ser escuchado, respetado y amado, pero nunca debe convertirse en el destino final de la fidelidad de las ovejas. Cuando una voz procura ocupar el lugar que corresponde exclusivamente al Señor, deja de servir al rebaño y comienza a competir con el Pastor. El peligro espiritual no siempre aparece mediante una invitación abierta a abandonar a Dios; puede presentarse mediante una voz religiosa que lentamente desplaza a Cristo del centro de nuestra obediencia. Sin embargo, debemos observar cuidadosamente la razón que Jesús ofrece para explicar la huida de las ovejas: «porque no conocen la voz de los extraños». El verbo griego oîda (οἶδα), relacionado con el conocimiento o reconocimiento, señala aquí la falta de familiaridad con aquella voz. Jesús no dice que las ovejas hayan estudiado exhaustivamente todas las voces falsas, sino que conocen suficientemente la del Pastor para distinguir lo que les resulta ajeno. Esta diferencia es espiritualmente preciosa. El discernimiento cristiano no se desarrolla principalmente mediante una obsesión por conocer todos los errores posibles, sino mediante una relación cada vez más profunda con la verdad. Quien permanece en la Palabra de Jesucristo aprende a reconocer su carácter, sus enseñanzas, sus propósitos y la manera en que su gracia y su santidad se manifiestan. Juan escribirá posteriormente: «No creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios» (1 Juan 4:1). La exhortación no pretende producir creyentes desconfiados de toda persona, sino discípulos capaces de examinar las enseñanzas a la luz de la revelación bíblica recibida. Tampoco debemos concluir que un creyente verdadero sea incapaz de confundirse, porque las Escrituras contienen numerosas advertencias contra el engaño. La figura describe la orientación propia de las ovejas de Cristo, una orientación que debe cultivarse mediante la fe, la obediencia y la perseverancia. La madurez espiritual no consiste en haber escuchado todas las voces del mundo, sino en haber conocido tan profundamente la de Jesucristo que ninguna otra pueda sustituirla sin despertar nuestro discernimiento. Esta enseñanza encuentra una ilustración extraordinaria en el hombre sanado del capítulo anterior. Los fariseos procuraron convencerlo de que Jesús era pecador y, para conseguirlo, apelaron a su autoridad religiosa, a su conocimiento de Moisés y a su posición dentro de la comunidad. Sin embargo, aquel hombre no quiso negar la obra que había experimentado. Todavía no conocía plenamente la identidad de Jesucristo, pero había reconocido una verdad que no estaba dispuesto a abandonar: «Una cosa sé, que habiendo yo sido ciego, ahora veo» (Juan 9:25). Su discernimiento era todavía limitado, pero suficiente para resistir una afirmación que contradecía la misericordia manifestada en su propia vida. Posteriormente, cuando Jesús lo encontró y se le reveló como el Hijo de Dios, aquel hombre creyó y lo adoró. La historia nos permite contemplar cómo el conocimiento espiritual puede crecer desde una experiencia inicial de gracia hasta una confesión más profunda de la persona de Cristo. Y aquí encontramos una enseñanza pastoral particularmente importante: no debemos confundir la fidelidad a Jesucristo con una dependencia absoluta de nuestras interpretaciones o tradiciones humanas. El creyente debe ser enseñado a examinarlo todo mediante las Escrituras, porque ninguna voz ministerial posee autoridad para contradecir la Palabra del Señor. Las ovejas no están llamadas a huir de toda voz diferente de la nuestra, sino de aquellas que pretenden alejarlas de la verdad y del cuidado de su verdadero Pastor.

— Roberto Tinoco

Juan 10:6

Comentario general

Juan 10:6 «Esta alegoría les dijo Jesús; pero ellos no entendieron qué era lo que les decía». Juan introduce una observación que, aunque parece sencilla, revela la profundidad de la ceguera espiritual que Jesús había denunciado al concluir el capítulo anterior. El evangelista afirma que el Señor les habló mediante una paroimía (παροιμία), término que puede describir una comparación, figura o enseñanza expresada mediante imágenes. Jesús había utilizado una escena familiar para sus oyentes: un redil, una puerta, un portero, un pastor, unas ovejas y un extraño. Aquellos hombres conocían perfectamente la vida pastoril, pues formaba parte del paisaje cotidiano de Israel y de su propia tradición bíblica. Sin embargo, Juan declara que no comprendieron lo que Jesús les decía. Conocían los elementos de la ilustración, pero no lograron reconocer la verdad espiritual que contenía. Esta diferencia resulta profundamente reveladora: una persona puede comprender el significado ordinario de las palabras de Dios y, sin embargo, permanecer ajena a la realidad que esas palabras procuran comunicar. La dificultad no siempre se encuentra en la complejidad del mensaje; también puede encontrarse en la disposición del corazón que lo escucha. La incomprensión de los dirigentes religiosos resulta todavía más sorprendente cuando recordamos que la figura del pastor ocupaba un lugar central en las Escrituras de Israel. Jacob había reconocido a Dios como aquel que lo había pastoreado durante toda su vida (Génesis 48:15). David había confesado que Yahwéh era su Pastor (Salmo 23:1). Isaías había anunciado que el Señor apacentaría su rebaño y llevaría los corderos en sus brazos (Isaías 40:11). Y Ezequiel había denunciado a los pastores infieles, anunciando que Dios mismo vendría a buscar a sus ovejas y levantaría sobre ellas a un solo Pastor (Ezequiel 34:11-23). Aquellos hombres poseían suficientes antecedentes bíblicos para reconocer la importancia de la enseñanza. No obstante, el problema consistía en que Jesús estaba aplicando aquella antigua denuncia a una situación que comprometía directamente su propia conducta. Habían expulsado al hombre sanado y ahora escuchaban al Señor describir la diferencia entre quienes cuidan legítimamente a las ovejas y quienes se introducen en el redil con propósitos ajenos al bienestar del rebaño. La enseñanza no solamente les ofrecía información acerca del Mesías; también los confrontaba con su responsabilidad delante de Dios. Hay verdades que resultan difíciles de comprender no porque sean demasiado oscuras, sino porque su claridad amenaza la imagen que hemos construido de nosotros mismos. Sin embargo, debemos distinguir entre la incomprensión que nace de la ignorancia y aquella que se encuentra acompañada de resistencia espiritual. Juan no afirma expresamente que todos los oyentes rechazaran conscientemente cada aspecto de la enseñanza. En el mismo Evangelio encontramos a Nicodemo confundido ante el nuevo nacimiento (Juan 3:4), a la mujer samaritana interpretando inicialmente el agua viva como agua material (Juan 4:11) y a los propios discípulos comprendiendo determinadas palabras de Jesús solamente después de su resurrección (Juan 2:22). La incomprensión, por tanto, no constituye necesariamente una señal definitiva de incredulidad. Puede convertirse en el comienzo de una búsqueda sincera cuando el corazón permanece dispuesto a aprender. La diferencia se encuentra en la respuesta que damos a la luz recibida. Algunos escuchan algo que no comprenden y se acercan para preguntar; otros se sienten confrontados y prefieren rechazarlo. Jesús había declarado en Juan 7:17 que quien quiera hacer la voluntad de Dios conocerá si su doctrina procede de Él. Esta afirmación no elimina la necesidad del estudio ni convierte la sinceridad en garantía de infalibilidad, pero muestra que la disposición a obedecer ocupa un lugar importante en la comprensión espiritual. Dios ilumina mediante su Palabra y su Espíritu, mientras el hombre es llamado a recibir esa luz con humildad. La revelación divina no encuentra su mejor terreno en el corazón que presume haberlo comprendido todo, sino en aquel que todavía conserva la disposición de ser enseñado. Ante la incomprensión de sus oyentes, Jesús no abandona el tema, sino que vuelve a explicarlo, revelando progresivamente su propia identidad. Primero había descrito al pastor que entra legítimamente por la puerta; ahora declarará que Él mismo es la puerta de las ovejas. Más adelante afirmará que también es el buen Pastor. Esta progresión muestra que el centro de la enseñanza no es simplemente una crítica contra los dirigentes religiosos, sino la revelación de Jesucristo como cumplimiento de las promesas divinas. La denuncia de los falsos pastores adquiere sentido porque ha llegado el verdadero; la insuficiencia de los antiguos límites se comprende porque ha venido Aquel que puede conducir a las ovejas hacia la vida. Aquí encontramos una aplicación especialmente necesaria para quienes enseñamos las Escrituras: podemos dedicar tanto esfuerzo a denunciar los errores humanos que terminemos hablando más de los ladrones que del Pastor. Jesús, en cambio, no permite que la corrupción de los dirigentes ocupe el centro definitivo de su enseñanza. Después de mostrar el peligro, dirige la atención hacia sí mismo. La revelación cristiana no alcanza su plenitud cuando descubrimos quiénes han fallado en conducirnos, sino cuando reconocemos a Jesucristo como Aquel que jamás dejará de ser nuestro verdadero Pastor.

— Roberto Tinoco

Juan 10:7

Comentario general

Juan 10:7 «Volvió, pues, Jesús a decirles: De cierto, de cierto os digo: Yo soy la puerta de las ovejas». La expresión «volvió, pues, Jesús a decirles» contiene una manifestación discreta, pero preciosa, de la paciencia del Señor. Sus oyentes no habían comprendido la primera ilustración y, sin embargo, Jesús continúa enseñándoles. No responde a su incomprensión mediante el abandono inmediato, sino mediante una revelación más directa. Nuevamente utiliza la fórmula solemne amēn, amēn, indicando que está por comunicar una verdad de extraordinaria importancia. Entonces pronuncia una de las grandes declaraciones cristológicas del Evangelio: Egṓ eimi hē thýra (ἐγώ εἰμι ἡ θύρα), «Yo soy la puerta». La expresión egṓ eimi, «Yo soy», aparece repetidamente en Juan acompañada de imágenes que revelan diferentes aspectos de la persona y la obra de Jesucristo. Él es el Pan de Vida que satisface el hambre del alma (Juan 6:35), la Luz del mundo que vence las tinieblas (Juan 8:12) y ahora la Puerta mediante la cual las ovejas encuentran acceso y protección. Cada declaración descubre una dimensión de su suficiencia, pero ninguna puede separarse de su Persona. Jesús no afirma simplemente que conoce una puerta o que puede mostrarnos dónde encontrarla. Él mismo es la puerta. El acceso a la salvación no depende finalmente de una enseñanza separada de Cristo, sino de una relación viva con Aquel que es la revelación definitiva del Padre. La distancia entre Dios y el hombre no fue vencida porque la humanidad descubriera cómo subir al cielo, sino porque el Hijo descendió para abrirnos el camino al Padre. La imagen adquiere mayor profundidad cuando consideramos las costumbres pastoriles. En determinados rediles utilizados durante los desplazamientos por las zonas de pastoreo, el recinto podía consistir en un cercado de piedras con una abertura que servía de entrada. En algunas prácticas pastoriles tradicionales, el propio pastor permanecía junto a aquella abertura para vigilar el acceso y proteger al rebaño. Esta costumbre puede ayudarnos a comprender la estrecha relación entre el pastor y la puerta. La puerta constituía el acceso legítimo y el punto por el cual las ovejas entraban y salían bajo protección. Sin ella, el recinto no podía cumplir adecuadamente su función. El pastor era, pues, la puerta. Todo entraba y salía por donde él estaba. Al identificarse con la puerta, Jesús revela que la seguridad y la vida de las ovejas dependen de su Persona. Esto resulta particularmente significativo después del acontecimiento del capítulo nueve. Los dirigentes religiosos habían expulsado al hombre sanado, cerrándole una puerta de pertenencia comunitaria; pero Jesús se presenta ahora como una puerta que aquellos hombres no tenían autoridad para cerrar. Podían excluirlo de la sinagoga, pero no impedirle acercarse al Hijo de Dios. La salvación no estaba bajo el dominio de quienes lo habían rechazado, sino en las manos de Aquel que había salido a buscarlo. Cuando una puerta humana se cierra injustamente, la gracia de Cristo puede revelar una entrada que ninguna autoridad terrenal tiene poder para clausurar. Existe también una correspondencia bíblica particularmente hermosa entre esta declaración y las puertas que aparecen a lo largo de la historia de la redención. En Génesis 7:16, después de que Noé entró en el arca, Dios mismo cerró la puerta, preservando a quienes se encontraban dentro frente al juicio del diluvio. En Éxodo 12, los israelitas colocaron la sangre del cordero pascual sobre los postes y el dintel de sus puertas, de manera que aquella señal estuviera relacionada con su protección durante la noche del juicio. Posteriormente, el tabernáculo poseía una entrada que permitía acercarse al lugar donde Dios había dispuesto encontrarse con su pueblo, conforme al orden establecido por Él. El arca nos recuerda la salvación provista por Dios; la Pascua anuncia la redención mediante la sangre del Cordero; el tabernáculo señala el acceso a la Presencia divina. En Cristo, estas figuras encuentran su cumplimiento más profundo, porque Él es el verdadero refugio frente al juicio, el Cordero que quita el pecado del mundo y el camino mediante el cual podemos acercarnos al Padre. Hebreos 10:19-20 declara que tenemos libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, mediante el camino nuevo y vivo que Él abrió para nosotros. Las antiguas puertas anunciaban una posibilidad de acercamiento; Jesucristo abrió mediante su propia entrega el acceso definitivo a la Presencia de Dios. Pero la declaración «Yo soy la puerta de las ovejas» contiene también una advertencia acerca de la naturaleza de la autoridad espiritual. Si Cristo es la puerta, ningún dirigente religioso puede atribuirse el derecho de convertirse en un acceso independiente hacia Dios. La Iglesia anuncia la salvación, pero no la produce por sí misma; los ministros predican la palabra, pero no pueden sustituir al Verbo encarnado; los pastores cuidan a las ovejas, pero no son propietarios de su relación con el Señor. Esta distinción no disminuye la importancia de la Iglesia ni del ministerio pastoral, sino que los coloca en su lugar correcto dentro del propósito divino. Pablo escribió que nosotros no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor, y a nosotros como siervos por amor de Jesús (2 Corintios 4:5). El verdadero ministro encuentra su dignidad precisamente en conducir a otros hacia Aquel que es infinitamente mayor que él. Su responsabilidad consiste en anunciar la puerta, ayudar a las personas a reconocerla y cuidar de quienes han entrado por ella, pero jamás pretender ocupar su lugar. Por eso, cuando una comunidad cristiana convierte la fidelidad a sus dirigentes en una condición superior a la fidelidad a Jesucristo, corre el peligro de reproducir el error de aquellos fariseos que expulsaron al hombre sanado. El pastor humano cumple su misión cuando las ovejas aprenden a depender cada vez más de Jesucristo y no de su propia persona. Esta verdad adquiere una profundidad particular cuando recordamos que Jesús no dijo «Yo soy una puerta», sino «Yo soy la puerta». El artículo definido hē (ἡ) acompaña al sustantivo thýra (θύρα), presentando a Cristo como el acceso que ocupa el centro de la ilustración. Él mismo afirmará: «Nadie viene al Padre, sino por mí» (Juan 14:6). La salvación no se encuentra en una institución independientemente de Cristo, ni en la observancia de ceremonias religiosas como si estas pudieran comunicar vida por sí mismas. Todo aquello que Dios ha dispuesto para nuestra edificación encuentra su verdadero significado en la persona del Hijo. Y aquí aparece una hermosa paradoja: Aquel que posee toda autoridad no utiliza su grandeza para mantenernos alejados, sino para acercarnos al Padre. El Santo se convierte en nuestro acceso a la santidad; el Justo abre el camino a los injustos; el Hijo eterno nos recibe para que, por gracia, lleguemos a ser hijos de Dios. La puerta no fue abierta porque el hombre hubiera alcanzado la dignidad necesaria para entrar, sino porque el amor de Dios decidió recibir a quienes jamás habrían podido llegar por sus propios méritos.

— Roberto Tinoco

Juan 10:8

Comentario general

Juan 10:8 «Todos los que antes de mí vinieron, ladrones son y salteadores; pero no los oyeron las ovejas». La declaración de Jesús contiene una severidad que exige atención exegética, porque una lectura superficial podría llevarnos a pensar que está condenando indiscriminadamente a todos los dirigentes espirituales que lo precedieron. Sin embargo, semejante interpretación resultaría incompatible con el testimonio del propio Evangelio. Jesús había reconocido que Moisés escribió acerca de Él (Juan 5:46), había presentado a Juan el Bautista como una antorcha que ardía y alumbraba (Juan 5:35) y había declarado que Abraham se alegró de ver su día (Juan 8:56). Por consiguiente, los profetas y siervos fieles enviados por Dios no pueden incluirse entre los ladrones denunciados aquí. La expresión «todos los que antes de mí vinieron» debe comprenderse dentro del contexto de quienes pretendieron ejercer autoridad espiritual de Mesías o profetas sin ser enviados por Dios (hubo una serie de falsos profetas durante ese tiempo antes de Jesús que hizo mucho daño). Jesús no está desacreditando la revelación anterior, sino denunciando a quienes se apropiaron de una autoridad que no les correspondía. La diferencia es fundamental: los verdaderos profetas anunciaron la venida del Mesías y prepararon al pueblo para recibirlo, mientras que los falsos pastores procuraron atraer a las ovejas hacia sí mismos. Quien verdaderamente ha sido enviado por Dios no necesita ocupar el lugar de Cristo, porque encuentra el propósito de su ministerio en conducir a los hombres hacia Él. La historia de Israel permite comprender la gravedad de esta denuncia. Durante los siglos anteriores a la venida de Jesús surgieron movimientos, dirigentes y pretendientes que reclamaron autoridad sobre el pueblo, algunos incluso mediante aspiraciones políticas o mesiánicas. Incluso, en el contexto inmediato, los dirigentes religiosos que habían expulsado al hombre sanado ofrecían una demostración dolorosa de esa conducta. Habían utilizado su posición para intimidar a una persona cuya vida había sido transformada por Jesucristo. Su preocupación parecía concentrarse más en preservar su autoridad que en reconocer la misericordia divina. Esta actitud recuerda la denuncia de Ezequiel 34:2-4, donde Yahwéh reprende a los pastores que se alimentaban a sí mismos mientras descuidaban a las ovejas. El pecado de aquellos dirigentes no consistía solamente en enseñar equivocadamente, sino en haber invertido el propósito del ministerio. Lo que debía existir para proteger y alimentar al rebaño se había convertido en un instrumento para aprovecharse de él. El ministerio comienza a corromperse cuando las ovejas dejan de ser personas a quienes debemos amar y se convierten en recursos que deseamos conservar para nuestro propio beneficio. Jesús utiliza nuevamente dos expresiones que describen la naturaleza destructiva de estos falsos dirigentes. Kléptēs (κλέπτης) significa ladrón, mientras que lēstḗs (λῃστής) designa al salteador o bandido, frecuentemente asociado con el uso de la violencia. La diferencia entre ambos términos permite apreciar dos formas de apropiación ilegítima: una puede desarrollarse mediante el engaño y la sutileza; la otra, mediante la intimidación y la fuerza. En el ámbito espiritual, ambas resultan peligrosas porque buscan obtener dominio sobre aquello que pertenece a Dios. Algunos procuran conquistar la confianza de las ovejas mediante promesas atractivas, enseñanzas que alimentan sus deseos o aparentes manifestaciones de superioridad espiritual; otros recurren al temor, la culpa o las amenazas para impedir que las personas examinen libremente la verdad. En ambos casos, el centro deja de ser Jesucristo y pasa a ser el interés de quien pretende dirigir. Pablo denunciará una conducta semejante cuando advierta a los corintios acerca de quienes los esclavizaban, devoraban, tomaban lo suyo y se enaltecían sobre ellos (2 Corintios 11:20). La autoridad espiritual verdadera no necesita destruir la dignidad de las personas para conducirlas hacia Dios. Cristo posee toda autoridad y, sin embargo, invita a los cansados y cargados a venir a Él para encontrar descanso (Mateo 11:28-29). El falso pastor necesita poseer a las ovejas para sentirse grande; el verdadero Pastor manifiesta su grandeza entregándose para que las ovejas tengan vida. La segunda parte del versículo introduce una afirmación llena de significado: «pero no los oyeron las ovejas». El verbo griego akoúō (ἀκούω), empleado aquí en una forma que expresa la acción de escuchar, puede incluir la idea de atender o responder a una voz. Jesús presenta a sus ovejas como aquellas que no reconocen la autoridad de los falsos pastores de la misma manera que reconocen la suya. Sin embargo, no debemos interpretar esta declaración como si ningún creyente pudiera ser engañado jamás. Las Escrituras advierten repetidamente acerca del peligro de apartarse de la verdad. Pablo temía que los pensamientos de los corintios fueran extraviados de la sincera fidelidad a Cristo (2 Corintios 11:3), y el mismo Jesús exhortó a sus discípulos a permanecer atentos para no ser engañados (Mateo 24:4). La afirmación describe, por tanto, la relación característica entre Cristo y sus ovejas: quienes verdaderamente le pertenecen son llamados a reconocer su voz y a rechazar aquellas que pretenden apartarlos de Él. Esta relación no elimina la responsabilidad humana, sino que la hace todavía más importante. La gracia divina nos permite conocer al Pastor, pero debemos responder a su palabra, permanecer en ella y examinar cuidadosamente las enseñanzas que recibimos. La fidelidad no consiste en una incapacidad automática para equivocarnos, sino en una disposición perseverante a escuchar y obedecer al Señor. La voz de Cristo no anula nuestra responsabilidad de discernir; precisamente porque la hemos escuchado, somos responsables de no entregar nuestro corazón a quienes procuran alejarnos de ella. La experiencia del hombre que nació ciego vuelve a iluminar esta enseñanza de manera extraordinaria como lo he comentado en las notas a los versículos anteriores. Los dirigentes religiosos habían intentado persuadirlo de que Jesús era pecador, pero aquel hombre se resistió a negar la obra que había recibido. Su conocimiento de Cristo todavía era incompleto, y sin embargo poseía una convicción que las amenazas no lograron destruir. Sabía que había nacido ciego y que ahora podía ver. Aquellos hombres pretendían imponerle una interpretación que contradijera la evidencia de la misericordia divina manifestada en su vida. Finalmente lo expulsaron, pero no consiguieron arrebatarle su testimonio. Entonces Jesús salió a su encuentro y le reveló su identidad, aquel hombre creyó y lo adoró. Esta historia nos permite reconocer que la fidelidad espiritual puede comenzar con una comprensión limitada y desarrollarse hacia un conocimiento más profundo de Jesucristo. El hombre sanado no lo sabía todo, pero estaba dispuesto a responder a la verdad que había recibido. Los fariseos, por el contrario, afirmaban poseer el conocimiento necesario para juzgarlo todo, mientras permanecían cerrados a la revelación que tenían delante. Es preferible una fe humilde que continúa creciendo hacia Cristo que una seguridad religiosa tan satisfecha de sí misma que ya no puede reconocer su voz. La denuncia contra los ladrones y salteadores no debe utilizarse para declarar ilegítimo a todo ministro que pertenece a otra congregación o tradición cristiana. Tampoco debemos confundir la libertad cristiana con el rechazo de toda autoridad espiritual, porque el mismo Señor concedió a su Iglesia pastores y maestros para la edificación de su cuerpo (Efesios 4:11-13). La diferencia se encuentra en el propósito y la manera de ejercer esa autoridad. El verdadero ministro procura que las ovejas crezcan hasta alcanzar madurez en Cristo; el falso dirigente necesita mantenerlas dependientes de sí mismo. Esta distinción recuerda la exhortación de Juan el Bautista: «Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe» (Juan 3:30). Aquellas palabras expresan una de las disposiciones más hermosas del corazón ministerial: alegrarse cuando la presencia de Cristo ocupa un lugar cada vez mayor en la vida de las personas, aunque nuestra propia importancia disminuya. El pastor fiel no teme que las ovejas aprendan a reconocer la voz de Jesucristo por encima de la suya, porque sabe que su ministerio habrá cumplido su propósito cuando ellas dependan más del Señor que de él mismo.

— Roberto Tinoco

Juan 10:9

Comentario general

Juan 10:9 «Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo; y entrará, y saldrá, y hallará pastos». Jesús vuelve a declarar: «Yo soy la puerta», pero ahora descubre la extraordinaria riqueza de lo que significa entrar por Él. La expresión griega egṓ eimi hē thýra (ἐγώ εἰμι ἡ θύρα) pertenece a las grandes declaraciones cristológicas del Evangelio de Juan. Jesús no afirma simplemente conocer el camino hacia Dios, ni se presenta como un maestro capaz de señalarlo; Él mismo es el acceso. Esta revelación encuentra su fundamento en el misterio de la encarnación: el Verbo eterno se hizo carne para reconciliar al hombre con el Padre. Aquel que eternamente disfrutaba de la comunión divina asumió nuestra humanidad para introducirnos, mediante su muerte y resurrección, en una relación que jamás habríamos podido alcanzar por nuestros propios méritos. La expresión «el que por mí entrare» contiene una invitación extraordinariamente amplia. El griego eán tis significa «si alguno» o «quienquiera que», revelando que la puerta permanece abierta para todo aquel que responde con fe. La iniciativa pertenece a la gracia, porque fue Dios quien envió al Hijo y preparó nuestra salvación; sin embargo, el hombre es verdaderamente llamado a entrar. La fe no compra la salvación, sino que recibe aquello que el amor divino ofrece gratuitamente. Cristo no abrió la puerta porque fuéramos dignos de entrar, sino porque su misericordia decidió recibirnos. La promesa «será salvo» utiliza el verbo griego sōthḗsetai, derivado de sṓzō, que significa salvar, rescatar o librar. Esta salvación comprende el perdón de los pecados, la reconciliación con Dios y la recepción de la vida eterna. En Éxodo 12, la sangre del cordero colocada sobre los postes y el dintel de las puertas señalaba los hogares protegidos durante la noche del juicio. Aquella antigua provisión anunciaba una redención mayor, pues Jesucristo es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Juan 1:29). Podemos contemplar en la puerta pascual una figura de Cristo, mediante cuya sangre encontramos salvación. Pero el contexto inmediato añade una belleza particular. Los fariseos habían expulsado de la sinagoga al hombre que nació ciego, cerrándole una puerta de pertenencia religiosa; Jesús, en cambio, lo encontró y le abrió el acceso a una relación viva con el Hijo de Dios. Aquellos hombres podían excluirlo de su comunidad, pero no impedirle recibir la salvación. La autoridad religiosa tiene límites que nunca deben confundirse con la autoridad de Cristo. Él mismo había prometido: «Al que a mí viene, no le echo fuera» (Juan 6:37). El hombre sanado perdió su lugar entre quienes lo rechazaban, pero encontró en Jesucristo una pertenencia infinitamente mayor. La declaración continúa: «y entrará, y saldrá». En las costumbres pastoriles de Israel, las ovejas entraban al redil para encontrar protección y salían bajo la dirección del pastor para alimentarse. El redil no era su destino definitivo, sino un lugar de resguardo dentro de una vida sostenida por el cuidado pastoral. Además, la expresión «entrar y salir» aparece en las Escrituras relacionada con la libertad y la conducción divina. Moisés pidió que Dios levantara un dirigente que saliera y entrara delante del pueblo para que Israel no quedara como ovejas sin pastor (Números 27:16-17). Jesús, por tanto, no está describiendo una salvación que se pierde y recupera alternativamente, sino la libertad y seguridad de quienes viven bajo su dirección. Dios no solamente protegió a Israel mediante la sangre del cordero, sino que lo sacó de Egipto para conducirlo hacia la tierra prometida. De manera semejante, Cristo no nos salva únicamente para librarnos de la condenación, sino para introducirnos en una existencia nueva. En Gálatas 3:23-25 Pablo presenta la ley como una custodia provisional hasta la llegada de Cristo. El redil es figura de aquella protección temporal, mientras que la salida bajo el Pastor representa la transición hacia la libertad de la vida en el Espíritu. No se trata de abandonar la santidad, sino de vivirla desde un corazón renovado por la gracia. Jesús promete que sus ovejas «hallarán pastos». El término griego nomḗ designa el lugar de alimentación, aquello que sostiene y fortalece la vida del rebaño. La imagen recuerda el Salmo 23, donde Yahwéh conduce a sus ovejas hacia delicados pastos, y Ezequiel 34:14, donde promete alimentarlas en buenos lugares. Sin embargo, en el Evangelio de Juan esta promesa alcanza una profundidad mayor, porque Jesucristo ya se ha presentado como el Pan de Vida (Juan 6:35). Él no solamente conduce hacia el alimento; Él mismo es la fuente de la vida que alimenta. Su muerte nos reconcilia con Dios, mientras que su Vida resucitada sostiene nuestra nueva existencia, conforme a la enseñanza de Romanos 5:10. Aquí encontramos una distinción espiritual apreciada por Watchman Nee y Witness Lee: la obra de Cristo realizada por nosotros y la experiencia de su vida obrando en nosotros. Como aplicación devocional, las tres expresiones del versículo permiten contemplar un hermoso movimiento: entrar por Cristo para recibir la salvación, salir de la antigua esclavitud para caminar en libertad y hallar en Él la abundancia de la vida divina. No son tres etapas rígidamente separadas, sino dimensiones de una misma relación con el Señor. El hombre que nació ciego ilustra esta realidad: recibió la vista, fue expulsado de la sinagoga y finalmente encontró al Hijo de Dios. Había comenzado aquel día mendigando junto al camino y terminó adorando a Jesucristo. Sus ojos fueron abiertos para contemplar la creación, pero su corazón fue iluminado para reconocer al Creador. Y allí descubrimos la mayor riqueza de esta promesa: Cristo es la puerta que nos recibe, el Pastor que nos conduce y la vida que nos alimenta. Los mejores pastos no son simplemente las bendiciones que encontramos al seguirlo, sino la abundancia que descubrimos en su propia persona.

— Roberto Tinoco

Juan 10:10

Comentario general

Juan 10:10 «El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia». Jesús presenta ahora uno de los contrastes más profundos de su enseñanza pastoral: dos maneras de acercarse a las ovejas, dos propósitos completamente opuestos y dos resultados que determinan el destino del rebaño. El ladrón viene para apropiarse de lo que no le pertenece; Cristo viene para entregar aquello que solamente Él puede proporcionar. Los tres verbos utilizados para describir la obra del ladrón revelan una progresión destructiva: kléptō (κλέπτω), hurtar; thýō (θύω), matar o sacrificar; y apóllymi (ἀπόλλυμι), destruir o llevar a la perdición. Juntas describen la naturaleza devastadora de quienes utilizan a las ovejas para sus propios intereses. En el contexto inmediato, Jesús está denunciando a los falsos pastores que, lejos de alimentar al pueblo de Dios, lo sometían a una autoridad que terminaba perjudicándolo. Ezequiel 34:3 había presentado una acusación semejante contra los pastores de Israel: se alimentaban de la grosura, se vestían de la lana y sacrificaban a las ovejas engordadas, pero no apacentaban al rebaño. La gravedad de su conducta consistía en haber invertido el propósito del ministerio. Aquellos que debían entregar su vida para cuidar a las ovejas estaban utilizando la vida de las ovejas para sostenerse a sí mismos. Esta denuncia adquiere un rostro concreto en el hombre sanado del capítulo anterior: los dirigentes religiosos procuraron desacreditar su milagro, intimidaron su conciencia y finalmente lo expulsaron. No podían quitarle la vista que Cristo le había dado, pero pretendían arrebatarle la libertad de reconocer públicamente a su Salvador. Frente a semejante destrucción, Jesús pronuncia una declaración extraordinaria: «Yo he venido para que tengan vida». El verbo érchomai, aquí en la forma ēlthon (ἦλθον), «vine», señala su llegada con un propósito definido. No se trata simplemente de que Jesús apareció en determinado momento de la historia, sino de que su venida responde a la voluntad redentora del Padre. Juan había declarado desde el principio: «En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres» (Juan 1:4). Por consiguiente, cuando Cristo afirma haber venido para dar vida, no está prometiendo algo ajeno a su naturaleza; está comunicando aquello que eternamente posee. La palabra griega utilizada es zōḗ (ζωή), término que en el Evangelio de Juan adquiere una importancia fundamental al referirse a la vida que procede de Dios y que el Hijo comunica a quienes creen en Él. No debemos confundirla simplemente con la existencia biológica, aunque esta también dependa del Creador. Jesús no vino únicamente para prolongar nuestros días sobre la tierra, sino para hacernos participantes de una vida que vence la muerte y nos introduce en comunión con el Padre. En Juan 5:26 declaró que, así como el Padre tiene vida en sí mismo, también ha dado al Hijo tener vida en sí mismo. Y en Juan 6:57 afirmó que quien se alimenta de Él vivirá por Él. Aquí encontramos una revelación esencial: Cristo no es solamente el mediador de nuestra salvación, sino la fuente permanente de nuestra existencia espiritual. Su obra redentora no termina en el perdón de nuestros pecados; culmina en la comunicación de su propia vida. El ladrón se acerca a las ovejas para vivir de ellas; Jesucristo vino para que las ovejas vivieran de Él. La promesa alcanza su plenitud cuando Jesús añade: «y para que la tengan en abundancia». El término griego perissón (περισσόν) expresa aquello que excede lo ordinario, lo abundante, lo que sobrepasa una medida limitada. No describe necesariamente una existencia llena de riquezas materiales, comodidades o ausencia de sufrimiento, sino la plenitud de la vida que Cristo comunica. La abundancia no consiste principalmente en poseer más cosas, sino en participar más profundamente de la vida de Dios. Pablo expresa una verdad relacionada cuando declara que, habiendo sido reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más seremos salvos por su vida (Romanos 5:10). La muerte de Cristo abrió el camino de nuestra reconciliación, mientras que su vida resucitada sostiene nuestra nueva existencia. Esta distinción encuentra una expresión espiritual valiosa en las enseñanzas de Watchman Nee, quien destacó tanto la obra objetiva de Cristo realizada a nuestro favor como la experiencia interior de su vida en nosotros. No se trata de dos salvaciones independientes, sino de la riqueza de una sola redención. El Señor no vino únicamente para quitar aquello que nos destruía, sino para llenar nuestra existencia con aquello que nos faltaba. Su sangre nos limpia del pecado, su Espíritu nos regenera y su vida produce en nosotros una transformación que alcanza nuestros pensamientos, afectos, decisiones y relaciones. La abundancia comienza cuando dejamos de vivir solamente desde los recursos de nuestra naturaleza humana y aprendemos a depender de la vida de Cristo que obra en nosotros. Como enseñó Jesús en Juan 15:5, separados de Él nada podemos hacer. La rama no produce fruto por la fuerza de su propia voluntad, sino porque permanece unida a la vid y recibe continuamente su vida. Esta revelación también permite comprender mejor la diferencia entre el redil y los pastos que Jesús acaba de mencionar. El redil ofrecía protección, pero los pastos proporcionaban alimento; permanecer a salvo era indispensable, pero no constituía la totalidad de la vida del rebaño. podemos reconocer aquí la transición desde la custodia de la ley hacia la plenitud de la gracia manifestada en Jesucristo. La ley podía señalar el pecado, establecer límites y preservar al pueblo dentro del propósito divino, pero no podía comunicar por sí misma la vida que solamente procede del Hijo. Pablo declara que, si se hubiera dado una ley capaz de vivificar, la justicia verdaderamente habría sido por la ley (Gálatas 3:21). Sin embargo, Dios hizo lo que la ley no podía realizar debido a la debilidad de la carne, enviando a su propio Hijo y concediéndonos el Espíritu (Romanos 8:3-4). Esta verdad no disminuye la santidad de la ley; revela la superioridad de su cumplimiento en Cristo. La religión, cuando se reduce a exigencias exteriores sin comunión con el Señor, puede conservar las formas de la piedad mientras desconoce la fuente de su poder. El hombre que nació ciego había conocido durante años las limitaciones de su condición y las exigencias de su ambiente religioso, pero fue Jesucristo quien le concedió la vista y posteriormente se le reveló como el Hijo de Dios. Su historia muestra que la vida abundante no consiste simplemente en recibir un beneficio divino, sino en encontrarse con Aquel que puede transformar toda nuestra existencia. Había recibido un milagro extraordinario, pero su mayor riqueza llegó cuando pudo decir «Creo, Señor», y adorarlo. Jesús todavía no ha explicado completamente cómo dará vida a sus ovejas, pero lo hará inmediatamente al declarar que el buen Pastor entrega su vida por ellas (Juan 10:11). Aquí aparece una de las paradojas más hermosas del Evangelio: para que las ovejas recibieran vida, el Pastor estuvo dispuesto a entregar la suya. Su muerte no fue una derrota que interrumpió su misión, sino el sacrificio mediante el cual abrió el camino de nuestra redención. Y su resurrección manifiesta que la vida que comunica no puede ser vencida por la muerte. Por eso, la abundancia prometida no debe confundirse con una existencia libre de pruebas. El mismo Jesús advirtió que sus discípulos tendrían aflicción en el mundo, pero también les aseguró que Él lo había vencido (Juan 16:33). La vida abundante puede manifestarse en medio del dolor mediante una paz que las circunstancias no pueden producir, una esperanza que sobrevive a las pérdidas y un amor que continúa dando fruto aun cuando todo alrededor parece marchitarse. Andrew Murray desarrolló ampliamente esta dimensión de la vida cristiana al insistir en la necesidad de permanecer en Cristo como fuente de toda fecundidad espiritual. No basta con haber recibido vida; somos llamados a vivir continuamente de Aquel que nos la ha dado. Y así comprendemos que la abundancia no se mide por cuánto hemos acumulado, sino por cuánto de la vida de Jesucristo se manifiesta en nosotros. El ladrón procura enriquecerse empobreciendo a las ovejas; el buen Pastor se entrega para enriquecerlas con su propia vida. En Él, la salvación no representa simplemente el final de nuestra antigua miseria espiritual, sino el comienzo de una comunión cuya plenitud se extenderá hasta la eternidad.

— Roberto Tinoco

Juan 10:11

Comentario general

Juan 10:11 «Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas». Jesús alcanza ahora una de las declaraciones más conmovedoras de su revelación. Después de presentarse como la puerta por la cual las ovejas encuentran salvación, libertad y alimento, descubre la identidad de Aquel que hace posibles todas estas bendiciones: «Yo soy el buen pastor». La expresión griega egṓ eimi ho poimḗn ho kalós (ἐγώ εἰμι ὁ ποιμὴν ὁ καλός) contiene una riqueza que nuestra traducción apenas alcanza a expresar. El término kalós, traducido como «bueno», no se limita a describir una bondad moral, sino que puede comunicar también la idea de excelencia, nobleza y hermosura. Jesús no está afirmando simplemente que cumple correctamente las responsabilidades de un pastor; está revelando que en Él se encuentra la expresión perfecta de lo que significa pastorear. Su bondad posee una belleza que procede de su propia naturaleza, porque no existe distancia entre lo que Él es y lo que hace. En el Salmo 23, David había confesado que Yahwéh era su Pastor; en Ezequiel 34:11-16, Dios había prometido buscar personalmente a sus ovejas, recoger a las dispersas y alimentar a las hambrientas. Ahora, delante de los dirigentes religiosos de Israel, Jesús se presenta como el cumplimiento de aquella promesa. No es simplemente otro pastor enviado para reemplazar a los anteriores, sino el Hijo en quien se manifiesta el cuidado pastoral de Dios. La promesa divina ha tomado rostro humano, y la misericordia que antes hablaba mediante los profetas camina ahora entre las ovejas. Pero Jesús no permite que la hermosura de su identidad permanezca como una declaración abstracta. Inmediatamente revela la característica suprema del buen Pastor: «su vida da por las ovejas». El término griego utilizado para vida es psychḗ (ψυχή), que puede referirse a la vida personal, a la existencia humana o a la persona misma. En este contexto, la expresión anuncia la entrega real de su vida mediante la muerte. El verbo títhēmi (τίθημι), traducido como «dar» o «poner», comunica aquí la acción de entregar voluntariamente aquello que se posee. Jesús no está describiendo únicamente la posibilidad de morir mientras protege al rebaño; está anunciando el sacrificio que realizará deliberadamente por sus ovejas. La expresión «por las ovejas» utiliza la preposición hypér (ὑπέρ), que señala una entrega en favor de otros. Aunque la preposición por sí sola no explica toda la doctrina de la sustitución, el conjunto de la revelación bíblica permite comprender que la muerte de Cristo posee un carácter redentor y representativo. Isaías había anunciado que el Siervo de Yahwéh llevaría nuestras enfermedades, cargaría nuestros dolores y sería herido por nuestras rebeliones (Isaías 53:4-6). Juan el Bautista había señalado a Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Juan 1:29). Ahora el mismo Cordero se presenta como Pastor, reuniendo en su persona dos imágenes que parecían destinadas a permanecer separadas. Él es el Pastor que protege a las ovejas y el Cordero que se entrega por ellas. Para salvar al rebaño, el Pastor estuvo dispuesto a ocupar el lugar de la víctima. Esta declaración adquiere todavía mayor profundidad cuando recordamos las responsabilidades de los pastores en el antiguo Israel. David relató delante de Saúl que, mientras cuidaba las ovejas de su padre, había enfrentado al león y al oso para librarlas de sus fauces (1 Samuel 17:34-36). Su valentía no procedía simplemente del deseo de demostrar fortaleza, sino de la responsabilidad que sentía hacia aquello que le había sido confiado. Aquella experiencia preparó al joven pastor para comprender algo del corazón de Dios respecto de su pueblo. Sin embargo, Jesús supera infinitamente el ejemplo de David. Mientras el pastor de Belén arriesgó su vida para rescatar a las ovejas, el Hijo de David vino sabiendo que entregaría la suya para redimirlas. Su muerte no fue un accidente inesperado ni el fracaso de una misión que debía terminar de otra manera. Él mismo declarará en Juan 10:18 que nadie le quita la vida, sino que Él la pone de sí mismo. Aquí descubrimos la libertad de su amor: no fue obligado a morir por una fuerza superior a su voluntad, sino que se entregó en obediencia al Padre y por amor a los suyos. La cruz revela tanto la gravedad de nuestra condición como la grandeza de su misericordia. El pecado había colocado a las ovejas bajo una amenaza que ninguna fuerza humana podía vencer, pero el Pastor descendió hasta nuestra muerte para abrirnos, mediante su resurrección, el camino hacia la vida eterna. La belleza de esta revelación también transforma nuestra comprensión del amor y del ministerio cristiano. Jesús no define al buen Pastor por su capacidad de reunir multitudes, administrar recursos o ejercer autoridad, aunque el cuidado del rebaño pueda requerir todas esas responsabilidades. Lo identifica mediante su disposición a entregar la vida. Esta verdad encuentra una correspondencia preciosa en 1 Juan 3:16: «En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos». El amor de Cristo no solamente nos salva; también establece la forma que debe adquirir nuestro amor hacia los demás. No significa que el sacrificio de un ministro pueda añadir algo a la redención realizada por Jesús, sino que su servicio debe reflejar el carácter de Aquel a quien representa. Un pastor puede dedicar años a construir una congregación y, sin embargo, olvidar que las personas necesitan algo más que organización y enseñanza: necesitan ser amadas, escuchadas, acompañadas y cuidadas. El amor verdadero no se limita a proporcionar recursos desde la distancia; entrega tiempo, atención, fuerzas y, cuando es necesario, renuncia a sus propios intereses por el bienestar de otros. Juan Crisóstomo, al comentar esta enseñanza, destacó la entrega de Cristo como prueba decisiva de su diferencia respecto de quienes abandonan al rebaño ante el peligro. En Jesús, el amor pastoral alcanza su expresión perfecta, porque Aquel que poseía toda la gloria no consideró indigno descender hasta la muerte para salvar a quienes no podían salvarse a sí mismos. El buen Pastor no solamente nos conduce hacia la vida; nos conduce hacia ella por el camino de su propia entrega.

— Roberto Tinoco

Juan 10:12

Comentario general

Juan 10:12 «Mas el asalariado, y que no es el pastor, de quien no son propias las ovejas, ve venir al lobo y deja las ovejas y huye, y el lobo arrebata las ovejas y las dispersa». Después de revelar la grandeza del buen Pastor, Jesús presenta una figura diferente de la del ladrón y el salteador: el asalariado. El término griego misthōtós (μισθωτός) designa a una persona contratada que recibe una remuneración por su trabajo. En la vida pastoril del antiguo Israel, no todos los que cuidaban ovejas eran propietarios del rebaño. Algunos trabajaban para otros y recibían un salario por sus servicios. La ley de Moisés reconocía la legitimidad del trabajo remunerado y establecía responsabilidades respecto de los animales confiados al cuidado de otra persona (Éxodo 22:10-13). Por consiguiente, Jesús no está condenando el hecho de recibir una compensación económica por una labor pastoral. El mismo Nuevo Testamento enseña que quienes anuncian el Evangelio pueden vivir del Evangelio (1 Corintios 9:14). El problema del asalariado de esta ilustración no consiste en recibir un salario, sino en que su compromiso con las ovejas termina cuando el cuidado exige un sacrificio mayor que el beneficio que espera obtener. Mientras el trabajo resulta conveniente, permanece junto al rebaño; cuando aparece el peligro, descubre que su propia seguridad le importa más que la vida de las ovejas. La diferencia fundamental entre él y el buen Pastor no es económica, sino afectiva y espiritual: uno considera el rebaño principalmente como una responsabilidad contractual; el otro lo ama como algo que le pertenece. Jesús describe entonces la llegada del lobo, una amenaza real para los rebaños de la región. En las zonas de pastoreo, los depredadores podían atacar a las ovejas, especialmente cuando se encontraban desprotegidas. El lobo representa aquí una fuerza que amenaza la integridad del rebaño, y su acción se expresa mediante dos verbos: arrebatar y dispersar. El primero corresponde al griego harpázō (ἁρπάζω), que comunica la idea de apoderarse violentamente de algo; el segundo procede de skorpízō (σκορπίζω), dispersar o esparcir. La imagen es profundamente significativa porque el daño no termina en la pérdida de algunas ovejas: también destruye la unidad y seguridad del conjunto, la división de la iglesia. Pablo retomará una imagen semejante al advertir a los ancianos de Éfeso que después de su partida entrarían lobos rapaces que no perdonarían al rebaño (Hechos 20:29). La amenaza espiritual puede presentarse mediante doctrinas que apartan de Cristo, ambiciones que dividen a los creyentes o autoridades que utilizan el temor para destruir la comunión. El lobo no solamente desea alimentarse de las ovejas; su presencia deja tras de sí un rebaño herido y disperso. La conducta del asalariado revela una tragedia todavía más dolorosa: «deja las ovejas y huye». El peligro descubre la verdadera naturaleza de su compromiso. Mientras el rebaño permanece tranquilo, puede resultar difícil distinguirlo del pastor fiel, porque ambos parecen realizar las mismas tareas. Los dos pueden conducir a las ovejas, vigilar el redil y procurar alimento. La diferencia aparece cuando el cuidado exige renunciar a la propia comodidad o enfrentar una amenaza. Entonces el asalariado abandona aquello que había prometido proteger. Esta imagen recuerda la denuncia de Ezequiel 34:4-6, donde Dios reprende a los pastores que no fortalecieron a las débiles ni buscaron a las perdidas, permitiendo que las ovejas fueran dispersadas y quedaran expuestas a las fieras. La responsabilidad pastoral no se mide solamente durante los días de tranquilidad, sino especialmente cuando el rebaño atraviesa circunstancias difíciles. Un dirigente puede disfrutar del reconocimiento que proporciona su posición, pero si abandona a las personas cuando aparecen el sufrimiento, la oposición o las necesidades más costosas, demuestra que su relación con ellas no ha alcanzado la profundidad del amor de Cristo. No obstante, debemos distinguir esta advertencia del legítimo cuidado de la propia vida y de los límites humanos. Jesús no está exigiendo que todo ministro se exponga imprudentemente a cualquier peligro, sino denunciando el abandono nacido de la indiferencia y del interés personal. El contraste con Jesucristo resulta extraordinario. El asalariado ve venir al lobo y huye; Jesús conoce anticipadamente la cruz y camina voluntariamente hacia ella. En Juan 18, cuando los soldados llegan para arrestarlo, el Señor sale a su encuentro y pregunta a quién buscan. Después de identificarse, declara: «Si me buscáis a mí, dejad ir a éstos» (Juan 18:8). Juan relaciona este acontecimiento con la palabra de Jesús acerca de no perder a ninguno de los que el Padre le había dado. La escena constituye una manifestación histórica del cuidado que el Señor está anunciando en Juan 10. Mientras sus discípulos todavía no comprendían plenamente lo que sucedía, Él se colocó delante de ellos y asumió el peligro que se aproximaba. El Pastor no permaneció protegido detrás del rebaño, sino que avanzó hacia quienes venían a prenderlo. Su amor no era una declaración sentimental pronunciada durante los días de paz; era una fidelidad capaz de sostenerse cuando la muerte se encontraba delante de sus ojos. Aquí la imagen pastoral se transforma en una revelación del corazón de Cristo: su compromiso con las ovejas no depende de la facilidad del camino ni de la respuesta perfecta de quienes lo siguen. Las ama con un amor que conoce su fragilidad y, aun así, permanece dispuesto a entregarse por ellas.

— Roberto Tinoco

Juan 10:13

Comentario general

Juan 10:13 «Así que el asalariado huye, porque es asalariado, y no le importan las ovejas». Jesús descubre finalmente la razón interior de la conducta del asalariado: «no le importan las ovejas». La expresión griega ou mélei autō perí tōn probátōn (οὐ μέλει αὐτῷ περὶ τῶν προβάτων) comunica la ausencia de una preocupación verdadera por el bienestar del rebaño. El verbo mélō expresa interés, cuidado o preocupación por alguien. Aquí encontramos el centro moral de toda la comparación. El asalariado no huye simplemente porque tiene miedo, pues el temor puede alcanzar incluso a personas sinceramente comprometidas. Huye porque el destino de las ovejas no ocupa un lugar suficientemente importante en su corazón. Su problema no comienza cuando aparece el lobo, sino mucho antes, cuando ha aprendido a relacionarse con el rebaño sin amarlo verdaderamente. El peligro solamente hace visible una condición interior que permanecía oculta durante la tranquilidad. De esta manera, Jesús nos enseña que las acciones humanas encuentran su raíz en aquello que gobierna nuestros afectos. Cuando el bienestar de los demás nos resulta indiferente, cualquier sacrificio parece excesivo; pero cuando amamos verdaderamente, aun las responsabilidades difíciles adquieren un significado diferente. El amor no elimina el cansancio ni el temor, pero proporciona razones para permanecer cuando el interés personal nos invitaría a marcharnos. Esta enseñanza encuentra una correspondencia notable con la exhortación de Pedro a los ancianos de la Iglesia: «Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto» (1 Pedro 5:2). El apóstol distingue entre un servicio ejercido únicamente por obligación o beneficio y otro nacido de una disposición interior de amor. La diferencia no se encuentra necesariamente en las actividades visibles, porque dos ministros pueden realizar tareas semejantes y, sin embargo, estar motivados por razones completamente distintas. Uno puede predicar porque ama la verdad y desea alimentar a las ovejas; otro puede hacerlo principalmente porque disfruta del reconocimiento que recibe. Uno puede visitar al enfermo porque su sufrimiento le importa; otro puede hacerlo únicamente para cumplir una responsabilidad institucional. No nos corresponde juzgar apresuradamente las motivaciones ocultas de las personas, pero sí examinar delante de Dios las nuestras. El ministerio cristiano no puede reducirse a una profesión desempeñada correctamente; es una vocación de servicio que debe estar sostenida por el amor de Cristo. La vida espiritual y el servicio cristiano encuentran su verdadera fuerza en la comunión y dependencia del Señor. Solamente cuando permanecemos cerca del buen Pastor podemos aprender a cuidar a las ovejas con algo de la ternura y fidelidad que caracterizan su corazón. Existe también una diferencia profunda entre el asalariado y Jesucristo respecto de la pertenencia. El asalariado no considera propias a las ovejas, mientras que el buen Pastor las conoce y las ama como suyas. Sin embargo, la pertenencia a Cristo no debe confundirse con una posesión egoísta. Él no reclama a las ovejas para utilizarlas, sino para comunicarles su vida. En Juan 17:6 declarará al Padre que los discípulos eran suyos y que Él se los había dado. La relación entre el Padre, el Hijo y las ovejas está fundada en el amor y en el propósito eterno de la redención. El Padre entrega al Hijo un pueblo para que lo salve, y el Hijo responde mediante una obediencia que alcanza su culminación en la cruz. Esta relación revela que el cuidado pastoral de Jesucristo no es una responsabilidad accidental, sino una expresión de su comunión con el Padre. Las ovejas son preciosas para Él porque pertenecen al propósito amoroso de Dios. Y esa verdad transforma nuestra comprensión de la Iglesia. Cada creyente, incluso el más débil, posee un valor que no depende de su utilidad, posición o reconocimiento, sino del amor de Aquel que entregó su vida por él. El contraste entre el asalariado y el buen Pastor nos conduce hacia una de las revelaciones más hermosas del carácter divino. El Señor no nos ama porque seamos capaces de recompensarlo, ni permanece junto a nosotros solamente mientras nuestra conducta le proporciona satisfacción. Su amor nace de su propia naturaleza y se manifiesta mediante una fidelidad que supera nuestra fragilidad. Pablo declara que Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores (Romanos 5:8), mostrando que su entrega no fue provocada por nuestra dignidad, sino por la misericordia divina. Esta verdad no elimina nuestra responsabilidad de responder a su gracia y permanecer en Él, pero establece el fundamento de nuestra confianza: antes de que aprendiéramos a amar al Pastor, Él ya había decidido amarnos hasta el extremo. El asalariado calcula cuánto está dispuesto a perder por las ovejas; Jesucristo conoce el precio de nuestra redención y voluntariamente lo paga. Y cuando contemplamos al Hijo de Dios avanzando hacia la cruz, comprendemos que la hermosura del buen Pastor no consiste solamente en su capacidad para guiarnos hacia los mejores pastos, sino en que estuvo dispuesto a atravesar la muerte para que nosotros pudiéramos participar de su vida.

— Roberto Tinoco

Juan 10:14

Comentario general

Juan 10:14 «Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas, y las mías me conocen». Jesús vuelve a declarar: «Yo soy el buen pastor», pero ahora descubre una dimensión todavía más íntima de su relación con las ovejas. En el versículo once había presentado su bondad mediante la entrega de su vida; ahora la revela mediante el conocimiento personal que tiene de quienes le pertenecen. El término griego kalós (καλός), traducido como «bueno», conserva aquí su riqueza de excelencia, nobleza y hermosura. Cristo no es simplemente un pastor que cumple correctamente sus responsabilidades, sino la expresión perfecta del cuidado divino. Sin embargo, resulta extraordinario que, al describir su grandeza, no mencione primero su autoridad sobre el rebaño, sino su conocimiento de las ovejas. «Conozco mis ovejas», declara. El verbo ginṓskō (γινώσκω) puede expresar conocimiento adquirido mediante la experiencia, el trato o la relación personal, aunque no siempre posee exclusivamente ese significado. En este contexto, la reciprocidad de la expresión revela una comunión que supera la simple identificación. Jesús no conoce únicamente el número de sus ovejas, sus nombres o sus necesidades; las conoce en la profundidad de su existencia. Esta verdad recuerda el Salmo 139, donde David contempla al Dios que conoce sus pensamientos, sus caminos y aun las palabras que todavía no han llegado a sus labios. El conocimiento de Cristo no necesita descubrirnos progresivamente como si nuestra vida fuera un misterio para Él. Antes de que podamos explicar nuestras heridas, ya conoce su profundidad; antes de que encontremos palabras para expresar nuestras necesidades, Él comprende aquello que nuestro corazón todavía no sabe decir. Pero la declaración contiene una segunda afirmación igualmente extraordinaria: «y las mías me conocen». El conocimiento no permanece en una sola dirección. El Pastor conoce a sus ovejas, pero también les concede la posibilidad de conocerlo. Aquí encontramos una de las diferencias esenciales entre la antigua relación religiosa sostenida principalmente por mediaciones exteriores y la comunión que Jesucristo vino a establecer mediante el nuevo pacto. Jeremías había anunciado que llegaría un tiempo cuando Dios escribiría su ley en el corazón de su pueblo y todos lo conocerían, desde el menor hasta el mayor (Jeremías 31:31-34). Aquella promesa encuentra su cumplimiento en la obra de Cristo, quien nos reconcilia con el Padre y nos comunica su Espíritu. Conocer a Dios deja de ser solamente una cuestión de pertenecer exteriormente a una comunidad religiosa o recibir información acerca de sus mandamientos; se convierte en una relación viva con Él. Esto no elimina la necesidad de enseñanza ni significa que todos los creyentes posean idéntica madurez espiritual. Significa que el conocimiento personal de Dios pertenece a la esencia de la vida recibida en Cristo. Jesús lo expresará posteriormente con una claridad incomparable: «Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado» (Juan 17:3). La vida eterna no consiste solamente en existir para siempre, sino en participar de una comunión con el Padre mediante el Hijo. Su duración es eterna, pero su riqueza se encuentra en la persona de Aquel a quien conocemos. Pablo, después de años de ministerio, todavía expresaba su anhelo de conocer más profundamente a Cristo y el poder de su resurrección (Filipenses 3:10). La madurez espiritual no consiste en haber agotado el conocimiento de Dios, sino en permanecer abiertos a una revelación cada vez más profunda de su persona. Cuanto más conocemos al Pastor, más descubrimos que todavía existe una inmensidad de su gloria que no hemos alcanzado a contemplar. Jesús no dice solamente que las ovejas conocen su voz, sino que lo conocen a Él. La voz es el medio mediante el cual reconocen su dirección, pero la persona del Pastor constituye el verdadero centro de su relación. Podemos conocer las enseñanzas de Cristo, defender correctamente sus doctrinas e incluso desarrollar una notable capacidad para explicar las Escrituras, sin que ese conocimiento haya producido necesariamente la intimidad espiritual que Él desea. El propósito de la revelación no es únicamente aumentar nuestra información acerca de Dios, sino conducirnos hacia una comunión transformadora con Él. La vida cristiana encuentra su fecundidad en permanecer en Cristo, no simplemente en esforzarse por imitarlo desde una distancia espiritual. Es de suma importancia vivir mediante la vida de Cristo y no solamente mediante los recursos de nuestra naturaleza humana. Ambas perspectivas encuentran fundamento en la enseñanza de Jesús: las ovejas no son llamadas a relacionarse únicamente con un sistema de mandamientos, sino con el Pastor viviente. Y aquí aparece una hermosa verdad: el mayor privilegio del creyente no consiste solamente en saber que Dios lo conoce, sino en haber sido invitado a conocer personalmente a Aquel que lo conoce por completo.

— Roberto Tinoco

Juan 10:15

Comentario general

Juan 10:15 «Así como el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; y pongo mi vida por las ovejas». Jesús eleva ahora su enseñanza hacia una dimensión que difícilmente habríamos podido imaginar. La relación entre el Pastor y sus ovejas encuentra su modelo en el conocimiento recíproco que existe entre el Padre y el Hijo. La expresión «así como», traducida del griego kathṓs (καθώς), establece una correspondencia entre ambas relaciones. No significa que el creyente posea el mismo conocimiento infinito que caracteriza a las personas divinas, ni que la comunión humana pueda igualar en naturaleza la relación eterna del Padre y del Hijo. Sin embargo, revela algo extraordinario: nuestra relación con Jesucristo no es una realidad ajena a la comunión divina, sino que encuentra en ella su origen y su modelo. El Hijo conoce al Padre con una intimidad perfecta, y el Padre conoce al Hijo en la plenitud de su relación eterna. Jesús había declarado en Juan 1:18 que el Hijo unigénito, que está en el seno del Padre, lo ha dado a conocer. Aquella expresión describe una cercanía que no comenzó con la encarnación, sino que pertenece a la identidad eterna del Hijo. Ahora descubrimos que Jesucristo desea introducir a sus ovejas en una comunión que participa, por gracia, de aquella intimidad. No nos convierte en dioses por naturaleza ni borra la distinción entre el Creador y sus criaturas, pero nos hace hijos de Dios y nos concede acceso al Padre mediante su Espíritu. La salvación no consiste únicamente en ser perdonados desde la distancia; es ser recibidos en la comunión de la familia divina. Esta revelación anticipa una de las oraciones más profundas de Jesucristo. En Juan 17:21, el Señor pedirá al Padre que sus discípulos sean uno, así como el Padre está en Él y Él en el Padre. La unidad cristiana no se fundamenta solamente en compartir convicciones religiosas o pertenecer a una misma organización, sino en participar de la vida que procede de Dios. El Padre y el Hijo poseen una unidad eterna y perfecta; los creyentes somos llamados a expresar, mediante nuestra comunión con Cristo, una unidad que tiene su origen en aquella relación divina. Esta verdad fue especialmente importante para los antiguos escritores cristianos. Ireneo de Lyon, al desarrollar su comprensión de la encarnación y la redención, destacó que el Hijo de Dios asumió nuestra humanidad para conducirnos hacia la comunión con Dios. Atanasio, posteriormente, insistiría en que la encarnación permite nuestra participación en la vida divina por gracia, sin que dejemos de ser criaturas. Estas reflexiones ayudan a contemplar la grandeza de las palabras de Jesús. El Pastor no vino simplemente para mejorar nuestra condición moral, sino para restaurar nuestra relación con el Padre y comunicarnos una vida que tiene su fuente en Dios mismo. La comunión entre el Padre y el Hijo no es solamente un misterio que debemos admirar desde lejos; mediante Jesucristo se convierte también en el fundamento de nuestra nueva existencia espiritual. Pero inmediatamente después de revelar esta intimidad, Jesús añade: «y pongo mi vida por las ovejas». La unión entre ambas afirmaciones resulta profundamente significativa. El Hijo conoce al Padre, vive en perfecta comunión con Él y, precisamente dentro de esa relación de amor y obediencia, entrega su vida por el rebaño. La cruz no representa una interrupción de la comunión divina ni un acto mediante el cual el Hijo procura vencer la resistencia del Padre para conseguir que ame a los hombres. Por el contrario, constituye la manifestación histórica del amor que procede del Padre y se expresa mediante la obediencia voluntaria del Hijo. Juan 3:16 declara que Dios amó al mundo de tal manera que dio a su Hijo unigénito, mientras que Juan 10:18 mostrará que Jesús entrega su vida voluntariamente conforme al mandamiento recibido del Padre. El Padre ama y envía; el Hijo ama y se entrega; el Espíritu comunica a los creyentes los beneficios de esa obra redentora. La salvación nace del amor divino y nos introduce nuevamente en su comunión. Por eso, la muerte de Cristo no puede comprenderse como un acontecimiento separado de su relación con el Padre. El mismo amor que eternamente une al Padre y al Hijo se manifiesta en la historia mediante la entrega del buen Pastor por sus ovejas. La expresión «pongo mi vida» utiliza nuevamente el verbo títhēmi (τίθημι), que comunica la acción de poner o entregar voluntariamente. Jesús no habla como una víctima sorprendida por acontecimientos que escaparon de su control, sino como el Hijo que conoce anticipadamente el precio de nuestra redención y decide asumirlo. Esta entrega revela la profundidad de su amor y establece también el modelo de nuestra vida espiritual. En 1 Juan 3:16, el apóstol afirmará, citando a Jesús, que hemos conocido el amor porque Cristo puso su vida por nosotros, y que también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos. La comunión con Dios no puede permanecer encerrada en una experiencia interior desvinculada del amor práctico. Quien participa de la vida de Cristo es llamado a manifestar algo de su carácter mediante el servicio, la misericordia y la entrega. No podemos reproducir su sacrificio redentor, porque solamente Él podía realizarlo, pero sí podemos reflejar su disposición a amar sin convertir nuestros propios intereses en el centro de todo. La profundidad de nuestra comunión con el Padre debe manifestarse en la manera en que tratamos a sus hijos. Y así descubrimos que el conocimiento espiritual más elevado no conduce al orgullo, sino a la humildad; no produce distancia respecto de los demás, sino una mayor disposición a servirlos. El Hijo que conoce perfectamente al Padre es también el Pastor que se inclina hasta la muerte por sus ovejas.

— Roberto Tinoco

Juan 10:16

Comentario general

Juan 10:16 «También tengo otras ovejas que no son de este redil; aquellas también debo traer, y oirán mi voz; y habrá un rebaño, y un pastor». Jesús introduce ahora una revelación que amplía extraordinariamente el horizonte de su misión. Hasta este momento, la imagen del redil había estado relacionada con el pueblo de Israel y con los dirigentes religiosos que pretendían gobernarlo. Pero el Señor declara que posee «otras ovejas que no son de este redil». La expresión griega álla próbata (ἄλλα πρόβατα), «otras ovejas», señala a quienes no pertenecen al recinto mencionado anteriormente, pero que también están comprendidos dentro del propósito redentor de Cristo. La interpretación cristiana histórica ha reconocido principalmente en estas palabras una referencia a los gentiles que serían incorporados al pueblo de Dios mediante el Evangelio. Esta comprensión encuentra sólido fundamento en el desarrollo posterior del Nuevo Testamento. En Efesios 2:11-18, Pablo explica que los gentiles, anteriormente alejados de los pactos de la promesa, fueron acercados mediante la sangre de Cristo, quien derribó la pared intermedia de separación para crear de ambos pueblos un solo y nuevo hombre. La promesa hecha a Abraham, según la cual todas las familias de la tierra serían bendecidas en su descendencia, comienza a manifestar aquí su alcance universal. Jesús no vino únicamente para reunir a las ovejas dispersas de Israel, sino para formar un pueblo compuesto de judíos y gentiles unidos mediante la misma fe y la misma vida. El propósito de Dios no consistía en establecer dos rebaños separados bajo diferentes pastores, sino en reunir a todos los redimidos alrededor de su Hijo Jesucristo. La declaración «también tengo otras ovejas» merece una consideración especial. Jesús habla de ellas como suyas aun antes de que hayan sido incorporadas visiblemente al rebaño. Esta expresión revela la amplitud de su conocimiento y la certeza de su propósito redentor. Sin embargo, no debemos deducir necesariamente de estas palabras que aquellas personas estuvieran predestinadas individualmente a creer de manera irresistible, sin posibilidad de respuesta o rechazo. El contexto destaca la iniciativa del Pastor y su misión de reunir a las ovejas, pero también afirma expresamente que ellas oirán su voz. La relación entre la gracia divina y la respuesta humana permanece presente. Dios conoce anticipadamente el alcance de su obra y ha determinado que la salvación se encuentre en Jesucristo; los hombres son llamados a escuchar el Evangelio, creer y venir a Él. Esta perspectiva armoniza con Juan 3:16, donde la promesa de vida eterna se dirige a todo aquel que cree, y con Juan 12:32, donde Jesús anuncia que, al ser levantado de la tierra, atraerá a todos hacia sí. La iniciativa divina no elimina la responsabilidad humana, sino que hace posible su respuesta. El Pastor viene a buscar, llama y conduce; las ovejas escuchan y lo siguen. La salvación no nace del mérito de quienes responden, sino de la gracia de Aquel que salió a buscarlos. La expresión «aquellas también debo traer» contiene una palabra particularmente significativa. El verbo griego deî (δεῖ), traducido como «debo», expresa una necesidad relacionada aquí con el cumplimiento del propósito divino. Jesús no está hablando de una posibilidad secundaria ni de una decisión improvisada, sino de algo que pertenece a la misión recibida del Padre. El verbo agageîn (ἀγαγεῖν), «traer» o «conducir», presenta al Pastor reuniendo personalmente a quienes todavía se encuentran fuera del redil mencionado. Esta misión se desarrollará históricamente mediante la proclamación del Evangelio. En Hechos 10, Pedro será enviado a la casa de Cornelio, donde el Espíritu Santo descenderá sobre los gentiles que escuchaban la palabra. Más adelante, Pablo llevará el anuncio de Jesucristo a numerosas ciudades del mundo grecorromano. Lo que Jesús anuncia aquí comenzará a hacerse visible en la expansión de la Iglesia. Sin embargo, el verdadero protagonista de esa misión continúa siendo Cristo. Los apóstoles predican, enseñan y bautizan, pero es el Pastor quien reúne a las ovejas mediante su Palabra y su Espíritu. La misión cristiana participa de una obra que comenzó en el corazón de Dios mucho antes de que los primeros discípulos comprendieran su alcance. Jesús declara: «y habrá un rebaño, y un pastor». Aquí encontramos una distinción lingüística de enorme importancia. El término griego utilizado para «rebaño» es poímnē (ποίμνη), mientras que anteriormente había empleado aulē (αὐλή) para referirse al redil. El redil es el recinto donde las ovejas permanecen protegidas; el rebaño es la comunidad viva de ovejas reunidas bajo el cuidado del pastor. Jesús no dice que habrá un solo redil, sino un solo rebaño. Esta diferencia permite reconocer que la unidad del pueblo de Dios no depende fundamentalmente de permanecer dentro de las antiguas estructuras religiosas, sino de compartir una misma relación con Jesucristo. Como lectura tipológica, podemos contemplar en el redil de Israel la antigua administración bajo la ley, mientras que el único rebaño anuncia la comunidad de los redimidos reunidos en Cristo, tanto judíos como gentiles como iglesia. Pablo desarrollará esta verdad al declarar que por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, esclavos o libres (1 Corintios 12:13). La unidad cristiana no consiste en borrar las diferencias culturales o históricas, sino en reconocer que todos hemos recibido una misma vida y pertenecemos al mismo Señor. La Iglesia no es simplemente una multitud que comparte una organización religiosa; es un organismo espiritual cuya unidad procede de su comunión con Cristo. Y la grandeza de esta revelación se encuentra en que el Señor no promete únicamente reunir a las ovejas entre sí, sino reunirlas bajo su propia autoridad y cuidado. Puede haber diversidad de congregaciones, ministerios y expresiones culturales, pero solamente existe un Pastor supremo al que todos debemos pertenecer. En Génesis 12:3, Dios prometió a Abraham que en él serían benditas todas las familias de la tierra. En Isaías 49:6, el Siervo del Señor recibe la misión de ser luz para las naciones, llevando la salvación hasta lo postrero de la tierra. Y en Apocalipsis 7:9, Juan contempla una multitud innumerable procedente de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas, adorando delante del trono y del Cordero. Aquella multitud representa la consumación de una promesa que atraviesa toda la historia de la redención. Dios llamó a Abraham para bendecir a las naciones; envió a sus profetas para anunciar la extensión de su salvación; y finalmente envió a su Hijo para reunir en una sola familia a quienes antes permanecían separados. La Iglesia, por tanto, no constituye una improvisación divina surgida después del rechazo de Israel, sino que participa del propósito anunciado desde antiguo y cumplido mediante Jesucristo. Ireneo de Lyon destacó en su enseñanza sobre la unidad de la historia de la salvación que Dios conduce su propósito hacia su cumplimiento en Cristo, reuniendo bajo Él aquello que el pecado había separado. Esta perspectiva ilumina la declaración del buen Pastor: las ovejas proceden de diferentes pueblos, poseen historias distintas y han vivido bajo circunstancias diversas, pero encuentran su unidad en una misma Persona. No es la semejanza entre las ovejas lo que produce un solo rebaño, sino su pertenencia al mismo Pastor. Existe todavía una dimensión profundamente hermosa en la expresión «oirán mi voz». Jesús no declara simplemente que los gentiles serán incorporados a una nueva organización religiosa, sino que participarán de la misma relación personal que Él ha descrito respecto de sus ovejas. El conocimiento del Pastor, su llamado y la respuesta de fe no quedarán reservados exclusivamente para Israel. Aquellos que antes estaban lejos podrán escuchar la misma voz, recibir la misma vida y acercarse al mismo Padre. Esta promesa encuentra una correspondencia preciosa con Efesios 2:18: «Porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre». La unidad del rebaño posee, por consiguiente, una profundidad trinitaria: el Hijo nos reconcilia mediante su obra redentora, el Espíritu nos incorpora a una misma comunión y el Padre nos recibe como miembros de su familia. No existen dos clases de hijos con diferentes accesos a Dios, ni dos fuentes de vida eterna para pueblos distintos. Todos somos recibidos mediante Jesucristo. Esta verdad tampoco elimina la responsabilidad de escuchar y responder a su voz, porque la pertenencia visible a una comunidad cristiana no sustituye la fe personal. El Pastor reúne a sus ovejas mediante una relación viva, no solamente mediante una identificación exterior. La declaración «un rebaño, y un pastor» revela tanto la naturaleza de la Iglesia como el destino hacia el cual Dios conduce su obra. La unidad que Cristo anuncia, repito, no exige que todos los creyentes posean idénticas funciones, capacidades o expresiones culturales. Pablo enseñará que el cuerpo es uno, aunque posee muchos miembros, y que la diversidad de dones procede del mismo Espíritu (1 Corintios 12:4-12). La verdadera unidad no consiste en uniformidad, sino en la participación de una misma vida bajo una misma Cabeza. Esto tiene una consecuencia pastoral extraordinaria: ningún ministro, congregación o movimiento cristiano puede reclamar para sí la propiedad exclusiva del rebaño de Jesucristo. Los pastores humanos reciben responsabilidades particulares, pero las ovejas pertenecen al Señor. Él es quien las llama, las alimenta y las conduce hacia su propósito eterno. Por eso, la Iglesia encuentra su mayor hermosura cuando sus diferentes miembros, sin perder la riqueza de sus particularidades, viven unidos por el amor y la verdad de Cristo. Y al contemplar el conjunto de este versículo descubrimos algo todavía más profundo: Jesús no dice que enviará a sus ovejas a buscar un pastor, sino que Él mismo irá a reunirlas. El Hijo eterno descendió hasta nuestra humanidad, entregó su vida en la cruz y resucitó para hacer posible esta reunión. Las ovejas dispersas no podían construir por sí mismas el camino de regreso; fue el Pastor quien salió a buscarlas. Así, la historia que comenzó con la dispersión provocada por el pecado encuentra su respuesta en el amor de Cristo, quien reúne lo que estaba separado y comunica una misma vida a quienes antes permanecían lejos. La multitud de Apocalipsis 7, reunida delante del Cordero, constituye una visión gloriosa del alcance de aquella promesa pronunciada junto al redil de Israel. El Pastor que habló a unos cuantos hombres en Jerusalén tenía delante de sus ojos un rebaño que todavía no había aparecido en la historia. Veía a los gentiles que escucharían el Evangelio, a las generaciones que creerían mediante el testimonio apostólico y a los redimidos de todas las naciones que un día se reunirían delante de su trono. Su mirada alcanzaba mucho más allá de los límites del antiguo redil, porque su amor había venido a cumplir una promesa tan antigua como la esperanza de la humanidad. La Iglesia es el rebaño que la gracia reunió de entre las naciones; Cristo es el Pastor que le dio existencia mediante su propia vida. Y cuando finalmente todos los redimidos se encuentren delante de Él, no habrá dos pueblos separados por sus antiguas diferencias, sino una multitud reconciliada, alimentada por el mismo Cordero que, según Apocalipsis 7:17, también será su Pastor y los guiará a fuentes de aguas de vida. Qué revelación tan hermosa: el Cordero que murió para reunir a las ovejas será también el Pastor que las conducirá eternamente.

— Roberto Tinoco

Juan 10:17

Comentario general

Juan 10:17 «Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar». Jesús nos introduce ahora en una de las revelaciones más profundas acerca de su relación con el Padre. Después de declarar que entregaría su vida por las ovejas, añade: «Por eso me ama el Padre». Estas palabras no significan que el Padre comenzara a amar al Hijo como consecuencia de su sacrificio, porque el amor entre ambos es anterior a la creación misma. En Juan 17:24, Jesús declara que el Padre lo amó desde antes de la fundación del mundo. La expresión griega dià toûto (διὰ τοῦτο), «por esto» o «por esta razón», relaciona el amor del Padre con la entrega voluntaria del Hijo, no como si aquella entrega produjera por primera vez el amor divino, sino porque manifiesta el enorme agrado del Padre por la entrega del Hijo por nosotros. En Juan 8:29, Jesús había declarado que siempre hacía lo que agradaba al Padre. Ahora descubrimos que aquella obediencia alcanzaría su expresión suprema mediante la entrega de su propia vida. La cruz, por tanto, no debe comprenderse como un acto mediante el cual el Hijo procura convencer a un Padre que se resiste a salvarnos, sino como la manifestación histórica del amor que ambos comparten por la humanidad. El Padre entrega al Hijo por amor al mundo, y el Hijo se entrega voluntariamente por amor al Padre y a la iglesia. Pero la declaración contiene una segunda expresión extraordinaria: «porque yo pongo mi vida». El verbo griego títhēmi (τίθημι), utilizado anteriormente en los versículos once y quince, comunica la acción de poner o entregar algo voluntariamente. Jesús no presenta su muerte como una tragedia inevitable provocada por la superioridad de sus enemigos, sino como una entrega consciente que pertenece al propósito eterno de Dios. Los dirigentes religiosos conspirarían contra Él, Judas lo traicionaría y los soldados romanos ejecutarían la sentencia, pero ninguno de aquellos acontecimientos podría convertirlo en una víctima impotente frente a la historia. Su entrega fue voluntaria, aunque quienes participaron injustamente en su muerte conservaron su responsabilidad moral. Esta verdad encuentra una correspondencia preciosa con Filipenses 2:6-8, donde Pablo describe al Hijo que, siendo en forma de Dios, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte de cruz. La grandeza de Cristo no se manifiesta únicamente en su capacidad para vencer a sus enemigos, sino también en la libertad con que decidió entregarse por aquellos a quienes había venido a salvar. El mismo que podía llamar legiones de ángeles permaneció voluntariamente en el camino del sacrificio. Su amor no fue obligado por nuestra necesidad; nuestra necesidad encontró respuesta en la libertad de su amor. Sin embargo, Jesús añade una afirmación que transforma por completo nuestra comprensión de la cruz: «para volverla a tomar». Su muerte no constituye el final de su misión, sino el camino hacia una victoria que Él conoce anticipadamente. La expresión griega pálin lábō autḗn (πάλιν λάβω αὐτήν) anuncia que volverá a tomar la vida que voluntariamente ha entregado. La resurrección no aparece aquí como una solución inesperada después de la tragedia del Calvario, sino como parte inseparable del propósito redentor. Jesús no solamente sabe que morirá; sabe también que vencerá la muerte. Esta declaración armoniza con Juan 2:19, donde había anunciado que levantaría el templo de su cuerpo después de tres días. El Nuevo Testamento atribuye igualmente la resurrección a la acción del Padre (Hechos 2:24; Romanos 6:4), mostrando que no existe competencia entre la autoridad del Hijo y el poder del Padre, sino una perfecta unidad en la obra de la redención. La muerte de Cristo fue verdadera, pero no definitiva; su humanidad experimentó realmente la separación del alma y del cuerpo, sin que la muerte pudiera destruir retenerlo bajo su dominio. El buen Pastor no descendió a la muerte solamente para acompañar a sus ovejas hasta el sepulcro, sino para abrir desde allí el camino de una vida que jamás volvería a morir. Esta revelación también ilumina nuestra experiencia espiritual. En el reino de Dios, la entrega no constituye necesariamente una pérdida estéril, porque el Señor puede producir fruto mediante aquello que ofrecemos en obediencia. Jesús había declarado que el grano de trigo debe caer en tierra y morir para llevar mucho fruto (Juan 12:24). Aunque aquella enseñanza se refiere primeramente a su propia muerte, también establece un principio para el discipulado: la vida entregada a Dios puede convertirse en fuente de bendición para otros. No significa que debamos buscar el sufrimiento por sí mismo ni que toda renuncia produzca automáticamente un resultado visible, sino que el amor cristiano aprende a no colocar la propia comodidad por encima de la voluntad del Padre. El buen Pastor nos muestra que la verdadera grandeza no consiste en conservar egoístamente todo cuanto poseemos, sino en ofrecer nuestra vida al servicio del propósito divino. Y, sin embargo, existe una diferencia esencial: nosotros entregamos nuestra vida siguiendo a Cristo, mientras que Él entregó la suya para redimirnos. Su sacrificio es único; nuestra entrega constituye una respuesta agradecida a su amor.

— Roberto Tinoco

Juan 10:18

Comentario general

Juan 10:18 «Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar. Este mandamiento recibí de mi Padre». Jesús profundiza en la naturaleza voluntaria de su sacrificio mediante una declaración de extraordinaria autoridad: «Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo». El término griego aírei (αἴρει), traducido como «quita», procede del verbo aírō, que puede expresar tomar o quitar algo. Frente a esta acción, Jesús afirma que entrega su vida ap’ emautoû (ἀπ’ ἐμαυτοῦ), es decir, por sí mismo o voluntariamente. Esto no significa que su muerte careciera de responsables humanos, porque las Escrituras reconocen claramente la culpabilidad de quienes lo entregaron y crucificaron. Significa que ninguna fuerza humana podía arrebatarle la vida independientemente de su voluntad y del propósito del Padre. De hecho, por no venir de Adán y no tener pecado, no podría morir si Él no diera su vida, ya que la paga del pecado es la muerte y Él jamás pecó ni había pecado en su naturaleza. En Juan 19:11, Jesús dirá a Pilato que no tendría autoridad sobre Él si no le hubiera sido dada de arriba. Aquella escena revela la sorprendente inversión que caracteriza toda la pasión: el hombre que parecía estar siendo juzgado era, en realidad, el Señor ante quien todos tendrían que responder. Los soldados podían sujetar sus manos, pero no podían someter su voluntad; podían levantar una cruz, pero no obligarlo a abandonar el propósito por el cual había venido. Su entrega fue verdaderamente libre, y precisamente por eso su obediencia posee una hermosura incomparable. La declaración continúa: «Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar». La palabra griega exousía (ἐξουσία), traducida como «poder», expresa aquí autoridad o derecho legítimo, más que simple capacidad física. Jesús afirma poseer autoridad tanto para entregar su vida como para recuperarla mediante la resurrección. Esta afirmación revela una singularidad que ningún otro ser humano puede reclamar por naturaleza. Los hombres podemos arriesgar nuestra vida e incluso entregarla voluntariamente por amor, pero no poseemos autoridad propia para recuperarla después de la muerte. Jesucristo, en cambio, habla como Aquel en quien reside la vida y sobre quien la muerte no puede ejercer dominio definitivo. En Juan 5:26 había declarado que el Padre tiene vida en sí mismo y que ha dado al Hijo tener vida en sí mismo. Ahora esa realidad se manifiesta en relación con su muerte y resurrección. Su humanidad puede morir verdaderamente y esto sólo si Él entrega su vida, pero su persona divina no queda sometida a la muerte como una criatura impotente. La resurrección será la manifestación gloriosa de su victoria humana y la confirmación de que su sacrificio ha sido aceptado. Como declarará posteriormente Pablo, Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de Él (Romanos 6:9). Pero Jesús concluye con una afirmación que impide interpretar su autoridad como independencia respecto del Padre: «Este mandamiento recibí de mi Padre». El término entolḗ (ἐντολή) significa mandamiento o encargo, y en este contexto expresa la misión recibida dentro de la perfecta comunión entre el Padre y el Hijo. Aquí encontramos una de las armonías más profundas de la cristología joánica: Jesús posee autoridad para entregar y recuperar su vida (sólo así moriría), pero ejerce esa autoridad en obediencia al Padre. Su libertad no se opone a la obediencia, porque ambas proceden de una voluntad perfectamente unida al amor divino. Esta verdad recuerda Juan 6:38, donde Jesús declara que descendió del cielo no para hacer su propia voluntad independientemente del Padre, sino la voluntad de Aquel que lo envió. No existe contradicción entre su soberanía y su obediencia. El Hijo no actúa separado del Padre; se entrega libremente porque ama y porque su voluntad humana permanece perfectamente sometida al propósito divino. En Getsemaní, los Evangelios sinópticos nos permitirán contemplar la intensidad de esa obediencia cuando Jesús ore: «No se haga mi voluntad, sino la tuya», no le fue fácil (Lucas 22:42). La obediencia de Cristo no fue una formalidad carente de sufrimiento, sino una fidelidad que permaneció intacta aun cuando el camino conducía hacia la cruz. La libertad que Cristo nos concede no consiste en vivir sin dirección, sino en aprender a amar la voluntad del Padre. El pecado promete independencia, pero termina produciendo esclavitud; la gracia nos reconcilia con Dios y nos capacita para obedecer desde una vida renovada. Jesús declaró que si el Hijo nos libertare, seremos verdaderamente libres (Juan 8:36). Esa libertad encuentra su expresión más elevada cuando dejamos de considerar la voluntad divina como una amenaza contra nuestra felicidad y comenzamos a reconocerla como el camino de nuestra plenitud. Sin embargo, debemos conservar la diferencia entre nuestra obediencia y la de Jesucristo. Él obedeció perfectamente y mediante su entrega realizó la redención; nosotros obedecemos como quienes hemos sido redimidos y sostenidos por su gracia. Su obediencia constituye el fundamento de nuestra salvación, mientras que la nuestra es el fruto de una relación viva con Él. En el buen Pastor contemplamos, por tanto, una libertad que no necesita rebelarse para demostrar su grandeza y una autoridad que no necesita imponerse para manifestar su poder. La majestad del Hijo resplandece precisamente en la humildad con que cumple la voluntad del Padre. Por otro lado, debo enfatizar que Jesús no venía de José, sino de Dios, por lo que no tenía naturaleza pecaminosa, sólo humanidad al nacer de María. Era semejante al primer Adán y por eso la Palabra le llama el postrer Adán. Simplemente no podía morir porque no había pecado. Allí es donde se vuelve indispensable el mandamiento de Dios Padre de entregar su vida y la voluntad de Jesús de obedecer al Padre y entregarla. Hasta que Él entregó su espíritu en la cruz fue que murió y pudo redimirnos.

— Roberto Tinoco

Juan 10:19

Comentario general

Juan 10:19 «Volvió a haber disensión entre los judíos por estas palabras». Después de escuchar una de las revelaciones más extraordinarias acerca de la muerte y resurrección de Jesucristo, Juan registra una reacción profundamente humana: «Volvió a haber disensión entre los judíos por estas palabras». El término griego schísma (σχίσμα) describe una división, ruptura o desacuerdo entre quienes anteriormente parecían formar un mismo grupo. No se trata simplemente de una diferencia intelectual acerca de una enseñanza difícil, sino de una separación provocada por la persona y las declaraciones de Jesús. El evangelista ya había utilizado este término en Juan 7:43, cuando la multitud quedó dividida acerca de su identidad, y en Juan 9:16, cuando algunos fariseos afirmaban que Jesús no procedía de Dios porque no guardaba el sábado según su interpretación, mientras otros se preguntaban cómo podía un pecador realizar semejantes señales. Ahora la división reaparece después de que Jesús declara poseer autoridad para entregar su vida y volverla a tomar. Sus palabras no permiten permanecer fácilmente en una posición neutral, porque contienen afirmaciones que superan las categorías ordinarias mediante las cuales sus oyentes comprendían a los maestros religiosos. Un hombre que anuncia voluntariamente su muerte puede despertar admiración; pero uno que afirma poseer autoridad para recuperar su vida está reclamando una identidad que exige una respuesta mucho más profunda. La disensión revela también una característica recurrente del Evangelio de Juan: la manifestación de la luz provoca diferentes respuestas en quienes la reciben. En Juan 3:19-21, Jesús había explicado que la luz vino al mundo, pero los hombres reaccionaron de manera distinta según su disposición hacia la verdad. No significa que toda persona que inicialmente rechaza una enseñanza lo haga necesariamente por maldad consciente, porque el mismo Evangelio muestra discípulos que necesitaron tiempo para comprender determinadas revelaciones. Sin embargo, la presencia de Cristo obliga progresivamente a examinar nuestras convicciones. Algunos escuchaban sus palabras y encontraban razones para creer; otros interpretaban sus afirmaciones como una amenaza contra aquello que consideraban verdadero. La división no fue el propósito último de su venida, pues Él había anunciado que reuniría a sus ovejas en un solo rebaño, pero sí fue una consecuencia histórica de la confrontación entre su revelación y las diferentes respuestas humanas. La verdad puede producir unidad entre quienes la reciben y, al mismo tiempo, provocar oposición entre quienes la rechazan. No toda división demuestra fidelidad a Dios, pero tampoco toda apariencia de unidad constituye una evidencia de que estamos permaneciendo en su verdad. Existe una ironía profundamente significativa en el desarrollo de esta escena. Jesús acaba de anunciar que dará su vida para reunir a las ovejas, y sus palabras producen una nueva división entre quienes lo escuchan. El Pastor que vino a formar un solo rebaño se encuentra rodeado de personas que todavía no pueden ponerse de acuerdo acerca de su identidad. Sin embargo, esa oposición no detendrá su propósito. La unidad que Cristo producirá no nacerá de una aceptación superficial de sus enseñanzas, sino de su muerte, resurrección y la comunicación de su Espíritu. Juan 11:51-52 anunciará posteriormente que Jesús moriría no solamente por la nación, sino también para congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos. La cruz, que humanamente parecerá la culminación del rechazo, se convertirá en el fundamento de la reconciliación. De esta manera, el Evangelio nos muestra que la obra de Dios no depende de que todos comprendan inmediatamente su propósito. El Señor continúa avanzando hacia la consumación de su misión incluso mientras los hombres discuten acerca de su persona. La incredulidad puede oponerse a la luz, pero no tiene poder para extinguirla. Finalmente, este versículo nos invita a considerar nuestra propia respuesta ante la revelación de Jesucristo. Podemos estudiar sus palabras, debatir sus implicaciones y admirar su profundidad sin haber llegado todavía a rendirnos verdaderamente ante Él. La comprensión intelectual posee un valor indispensable, pero el propósito del Evangelio no termina en ella. Juan escribió para que creyéramos que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tuviéramos vida en su nombre (Juan 20:31). La verdad que divide a los oyentes de Juan 10 es la misma que puede conducirlos a la salvación si responden mediante la fe. El buen Pastor no había pronunciado aquellas palabras para despertar controversia como un fin en sí mismo, sino para revelar quién era y por qué estaba dispuesto a morir. Algunos permanecieron atrapados en la discusión; otros comenzarían a reconocer en sus obras y palabras la Presencia del Hijo enviado por el Padre. Y mientras las voces humanas se dividían alrededor de Él, Jesús permanecía firme en su propósito: entregar su vida por las ovejas y volverla a tomar, para que todos aquellos que escucharan su voz pudieran encontrar en Él la vida eterna.

— Roberto Tinoco

Juan 10:20

Comentario general

Juan 10:20 «Muchos de ellos decían: Demonio tiene, y está fuera de sí; ¿por qué le oís?». Después de escuchar a Jesús declarar que es el buen Pastor, que conoce a sus ovejas y que posee autoridad para entregar su vida y volverla a tomar, una parte de sus oyentes responde mediante una acusación extraordinariamente grave: «Demonio tiene, y está fuera de sí». La expresión griega daimónion échei (δαιμόνιον ἔχει) significa literalmente «tiene un demonio», mientras que maínetai (μαίνεται), del verbo maínomai, expresa la idea de estar fuera de sí, delirar o encontrarse en un estado de locura. No se trata de una simple discrepancia teológica. Aquellos hombres atribuyen las palabras de Jesucristo a una influencia demoníaca y presentan su enseñanza como el producto de una mente perturbada. La acusación resulta todavía más dolorosa cuando recordamos que Jesús acababa de revelar la intimidad de su relación con el Padre. El Hijo que vive en perfecta comunión con Dios es acusado de encontrarse bajo el dominio de un espíritu maligno. Quienes escuchaban la voz del verdadero Pastor no solamente se negaban a reconocerla, sino que llegaban a identificarla con aquello que representaba su más absoluta oposición. Esta reacción no aparece por primera vez en el Evangelio. En Juan 7:20, algunos habían acusado a Jesús de tener demonio cuando denunció sus intenciones homicidas; posteriormente, en Juan 8:48 y 8:52, sus adversarios repitieron semejante acusación. Existe una progresión significativa en el conflicto. Cuanto más claramente revela Jesús su identidad, mayor resistencia encuentra entre quienes se niegan a reconocerlo. Sus declaraciones acerca de su origen celestial, su relación con Abraham y su unidad con el Padre desafiaban profundamente las categorías religiosas de sus oyentes. Sin embargo, en lugar de examinar cuidadosamente sus palabras y sus obras, algunos preferían desacreditar a quien las pronunciaba. La acusación de locura permitía evitar el peso de sus afirmaciones: si Jesús estaba fuera de sí, no era necesario considerar seriamente su autoridad. Aquí descubrimos una forma particularmente peligrosa de resistencia espiritual. Cuando una verdad confronta nuestras convicciones más arraigadas, podemos sentir la tentación de descalificar al mensajero para no tener que responder al mensaje. Aquellos hombres no habían conseguido refutar la misericordia manifestada en la sanidad del ciego, pero todavía pretendían invalidar la autoridad de Aquel que lo había sanado. La pregunta final, «¿por qué le oís?», revela que la oposición no se dirigía solamente contra Jesús, sino también contra quienes estaban dispuestos a escucharlo. El verbo akoúete (ἀκούετε), de akoúō, significa «escucháis» u «oís». La ironía resulta extraordinaria dentro del contexto de Juan 10. Jesús había declarado que sus ovejas oyen su voz y lo siguen; ahora sus adversarios preguntan por qué alguien debería escucharlo. Sin advertirlo, están confrontando precisamente la relación que el Pastor acaba de describir. Pretenden impedir que las ovejas reconozcan la voz de Aquel que ha venido a conducirlas hacia la Vida. Esto recuerda la advertencia de Mateo 23:13, donde Jesús denuncia a los dirigentes religiosos que cierran el reino de los cielos delante de los hombres, sin entrar ellos ni permitir entrar a quienes desean hacerlo. La autoridad espiritual puede convertirse en un obstáculo cuando, en lugar de ayudar a las personas a escuchar la Palabra de Dios, procura controlar aquello que tienen permitido considerar. El verdadero maestro no necesita proteger sus enseñanzas mediante la prohibición de examinar las Escrituras; desea que la verdad sea comprendida y recibida con convicción. Como mostrarán los creyentes de Berea en Hechos 17:11, escuchar atentamente y examinar las Escrituras no son actitudes contrarias, sino expresiones complementarias de una fe responsable. Jesús conoce perfectamente la falsedad de las acusaciones y, sin embargo, continúa avanzando hacia la cruz por amor a una humanidad que no siempre sabe reconocerlo. El Pastor es rechazado por aquellos a quienes ha venido a salvar; la Luz es llamada oscuridad por quienes necesitan ser iluminados. Isaías había anunciado que el Siervo de Yahwéh sería despreciado y desechado entre los hombres (Isaías 53:3), y Juan había declarado desde el prólogo que el Verbo vino a lo suyo, pero los suyos no lo recibieron (Juan 1:11). La oposición que encontramos aquí forma parte de ese doloroso rechazo. Sin embargo, no debemos perder de vista que algunos de sus oyentes reaccionarán de manera diferente, como mostrará el siguiente versículo. La incredulidad de unos no representa necesariamente la respuesta de todos. Jesús continúa hablando, sanando y revelando al Padre, porque su misión no depende de la aprobación humana. Su fidelidad permanece intacta incluso cuando su amor es malinterpretado. El mismo Pastor acusado de estar fuera de sí entregará voluntariamente su vida por las ovejas, mostrando que la verdadera cordura del cielo puede parecer incomprensible para un mundo acostumbrado a vivir buscando únicamente su propio beneficio.

— Roberto Tinoco

Juan 10:21

Comentario general

Juan 10:21 «Decían otros: Estas palabras no son de endemoniado. ¿Puede acaso el demonio abrir los ojos de los ciegos?». Juan presenta ahora una reacción diferente, que permite comprender mejor la división mencionada en el versículo diecinueve. Mientras algunos acusaban a Jesús de estar endemoniado, otros reconocían que sus palabras no correspondían a semejante acusación. La expresión «estas palabras no son de endemoniado» revela que aquellos oyentes estaban considerando el contenido de su enseñanza y no solamente las opiniones que circulaban acerca de su Persona. Jesús había hablado del amor del Pastor, de su disposición a entregar la vida y de su perfecta obediencia al Padre. Había descrito una relación de conocimiento, cuidado y sacrificio que difícilmente podía identificarse con una intención destructiva. Aquellos hombres todavía no expresan necesariamente una confesión plena de fe en Jesucristo, pero muestran una disposición más honesta hacia la evidencia. No aceptan sin examen la interpretación de sus adversarios. Esta actitud recuerda la enseñanza de Juan 7:24: «No juzguéis según las apariencias, sino juzgad con justo juicio». La fe cristiana no exige abandonar el discernimiento, sino emplearlo con humildad delante de la verdad. El problema de los primeros oyentes no era que pensaran demasiado, sino que habían permitido que sus prejuicios determinaran de antemano aquello que estaban dispuestos a reconocer. La segunda pregunta resulta todavía más significativa: «¿Puede acaso el demonio abrir los ojos de los ciegos?». Con estas palabras, Juan establece una conexión explícita entre la enseñanza del buen Pastor y la sanidad del hombre que nació ciego. La controversia del capítulo diez no constituye un episodio completamente independiente, sino que permanece relacionada con el milagro del capítulo anterior. Aquellos oyentes recordaban que Jesús había dado vista a un hombre ciego de nacimiento, una obra extraordinaria cuya realidad había sido investigada por los mismos dirigentes religiosos. La pregunta no pretende establecer que cualquier acontecimiento sobrenatural constituya automáticamente una prueba de procedencia divina, porque las Escrituras también advierten acerca de señales engañosas (Deuteronomio 13:1-3; Mateo 24:24). Su fuerza se encuentra en la correspondencia entre la obra realizada y el carácter de la misión de Jesús. Él había declarado ser la Luz del mundo y había abierto los ojos de quien vivía en tinieblas; ahora se presentaba como el buen Pastor que había venido para dar vida. Sus palabras y sus obras manifestaban una misma orientación de misericordia y restauración. Aquellos hombres comenzaban a reconocer que no era razonable atribuir a una intención demoníaca una obra que expresaba tan claramente la compasión y el poder de Dios. Esta relación entre la palabra y la obra de Cristo ocupa un lugar fundamental en el Evangelio de Juan. Jesús no solamente anuncia la vida; la comunica. No se limita a declarar que es la luz; abre los ojos de los ciegos. No habla del pan de vida sin haber alimentado antes a una multitud. Sus señales no son espectáculos destinados a despertar admiración, sino manifestaciones visibles de verdades espirituales más profundas. En Juan 5:36, Jesús declaró que las obras que el Padre le había dado para realizar daban testimonio de que había sido enviado por Él. Más adelante, en Juan 10:37-38, volverá a invitar a sus adversarios a considerar sus obras para reconocer la relación que existe entre el Padre y el Hijo. Agustín, en sus tratados sobre el Evangelio de Juan, desarrolla frecuentemente la relación entre los milagros visibles de Cristo y las realidades espirituales que estos permiten contemplar. Desde esa perspectiva, la sanidad del ciego anuncia algo mayor que la recuperación de la vista corporal: revela al Hijo que puede iluminar el entendimiento humano para conducirlo al conocimiento de Dios. El hombre sanado recibió dos bendiciones relacionadas, aunque distintas: primero pudo ver con sus ojos, y posteriormente reconoció mediante la fe a Aquel que le había concedido la vista. El milagro abrió sus ojos al mundo; la revelación de Cristo abrió su corazón a la adoración. Sin embargo, debemos observar que aquellos oyentes todavía se encuentran en el terreno de la pregunta. Reconocen que la acusación contra Jesús no corresponde fácilmente con sus palabras y obras, pero Juan no afirma que todos hayan llegado a creer en Él. Esta distinción es importante porque existe una diferencia entre reconocer que una enseñanza es extraordinaria y rendirse personalmente ante Aquel que la pronuncia. Nicodemo había reconocido que Jesús era un maestro venido de Dios debido a sus señales (Juan 3:2), pero todavía necesitaba comprender el nuevo nacimiento. De manera semejante, estos oyentes comienzan a cuestionar el juicio de los adversarios, aunque todavía deben responder a la identidad que Jesús ha revelado. El conocimiento espiritual puede comenzar mediante una pregunta sincera, pero no debería detenerse indefinidamente en la admiración. Las obras de Cristo nos invitan a reconocer su autoridad, y su autoridad nos conduce hacia la fe. La pregunta «¿Puede acaso el demonio abrir los ojos de los ciegos?» conserva así una belleza particular: mientras algunos se empeñaban en desacreditar la Luz, otros comenzaban a preguntarse si aquella claridad no procedería verdaderamente de Dios. Y en medio de ambas respuestas permanecía Jesucristo, cuya gloria no aumentaba con la aceptación de unos ni disminuía con el rechazo de otros.

— Roberto Tinoco

Juan 10:22

Comentario general

Juan 10:22 «Celebrábase en Jerusalén la fiesta de la dedicación. Era invierno». Juan introduce ahora una transición histórica que posee una riqueza considerable: «Celebrábase en Jerusalén la fiesta de la dedicación». El término griego enkáinia (ἐγκαίνια) significa dedicación o inauguración, y designa aquí la festividad que posteriormente sería conocida ampliamente como Janucá, la fiesta de la Dedicación. Su origen se encuentra en la restauración y purificación del templo de Jerusalén en el año 164 a. C., después de haber sido profanado durante la persecución de Antíoco IV Epífanes. Tras la recuperación del santuario, Judas Macabeo y sus compañeros restauraron el altar y celebraron nuevamente su dedicación al servicio de Dios. La festividad comenzaba el día veinticinco del mes de Quisleu y se prolongaba durante ocho días, conmemorando la recuperación del culto y la fidelidad de quienes habían resistido la imposición de la idolatría. Aunque estos acontecimientos pertenecen al período posterior a los últimos libros históricos del Antiguo Testamento, su contexto resulta importante para comprender la escena que Juan describe. La celebración recordaba que el templo había sido rescatado de la profanación para volver a ser un lugar dedicado a Dios. Y precisamente durante aquella fiesta aparece Jesucristo, quien anteriormente había declarado que el verdadero templo sería levantado mediante su resurrección (Juan 2:19-21). La historia del santuario restaurado proporciona así un trasfondo especialmente significativo para la revelación del Hijo. La relación entre la fiesta y la persona de Cristo adquiere una profundidad todavía mayor cuando recordamos que el templo representaba el lugar de la Presencia divina en medio de Israel. Desde el tabernáculo levantado por Moisés hasta el templo construido por Salomón, Dios había dispuesto un lugar donde su pueblo pudiera acercarse a Él conforme a las condiciones del Pacto. Sin embargo, Juan había declarado desde el principio que el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros (Juan 1:14). El verbo skēnóō, traducido como «habitó», evoca la idea de establecer una morada o tabernáculo. En Jesucristo, la presencia divina ya no se manifiesta solamente mediante un edificio consagrado, sino personalmente en el Hijo encarnado. La fiesta de la Dedicación celebraba la restauración de un santuario que había sido profanado; Jesús, en cambio, estaba preparando el camino para una redención que permitiría a los hombres convertirse en morada de Dios mediante el Espíritu (Efesios 2:21-22). Israel celebraba la dedicación de la casa de Dios, mientras el Hijo, en quien habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad (Colosenses 2:9), caminaba entre ellos. El templo había sido restaurado para el culto, pero Aquel hacia quien señalaba toda su santidad, el verdadero Templo, se encontraba ahora presente en medio de su pueblo. Juan añade una observación aparentemente sencilla: «Era invierno». La palabra griega cheimṓn (χειμών) designa el invierno o la estación caracterizada por el frío y las lluvias. La precisión resulta históricamente natural, porque la fiesta de la Dedicación se celebraba durante los meses correspondientes aproximadamente a noviembre y diciembre. Además, explica el escenario que aparecerá inmediatamente después, cuando Jesús camine por el pórtico de Salomón, una zona cubierta del recinto del templo que ofrecía resguardo frente a las condiciones climáticas. El invierno es una estación en la que la vida parece recogerse, los árboles pierden parte de su esplendor y la tierra espera silenciosamente una nueva primavera. En medio de aquella estación fría, Jesús continúa revelando la vida que ha venido a comunicar. Hay un contraste entre el invierno exterior y la vida divina presente en Cristo. Mientras Jerusalén experimentaba el frío de la estación, la Luz del mundo seguía caminando entre sus habitantes. Existe finalmente una relación especialmente significativa entre la dedicación del templo y lo que Jesús declarará en el versículo treinta y seis, cuando se presente como Aquel a quien el Padre «santificó y envió al mundo». El verbo hēgíasen (ἡγίασεν), procedente de hagiázō, expresa la acción de santificar o consagrar. Aunque la fiesta de la Dedicación y esta declaración no utilizan la misma palabra griega, ambas participan del campo conceptual de la consagración a Dios. El templo había sido dedicado nuevamente para el servicio divino; Jesucristo, por su parte, es el Hijo consagrado y enviado por el Padre para realizar la obra de la redención. La diferencia es inmensa: el santuario necesitaba ser purificado porque había sido profanado, mientras que el Hijo es santo en su propia persona y cumple perfectamente la misión recibida. Esta relación nos prepara para comprender la controversia que seguirá, cuando sus adversarios lo acusen de blasfemia por declarar su unidad con el Padre. La fiesta que celebraba la restauración de la casa de Dios se convierte en el escenario donde Jesús revelará con mayor claridad su relación divina con Aquel que lo envió. Y así, con una precisión histórica aparentemente discreta, Juan nos conduce hacia una nueva escena de revelación. Jerusalén celebra la dedicación de su templo; el invierno cubre la ciudad; los hombres caminan bajo los pórticos del santuario. Pero entre ellos se encuentra Aquel que había prometido dar vida en abundancia, entregar voluntariamente la suya y volverla a tomar. El edificio recordaba la fidelidad de Dios en la historia de Israel, mientras Jesucristo anunciaba el cumplimiento de una fidelidad todavía mayor. La Presencia divina ya no sería contemplada solamente a través de las figuras del santuario, porque el Hijo había venido para revelar al Padre y abrirnos el acceso a su comunión. La ciudad celebraba la restauración de un templo de piedra, sin comprender todavía que el verdadero Templo caminaba por sus atrios. Y mientras el invierno avanzaba sobre Jerusalén, la vida eterna permanecía allí, al alcance de quienes estuvieran dispuestos a escuchar su Voz.

— Roberto Tinoco

Juan 10:23

Comentario general

Juan 10:23 «Y Jesús andaba en el templo por el pórtico de Salomón». Juan sitúa ahora a Jesucristo caminando por el pórtico de Salomón, una galería cubierta situada en el lado oriental del recinto del templo de Jerusalén. El término griego periepátei (περιεπάτει), traducido como «andaba», describe una acción continua: Jesús estaba caminando por aquel lugar. La precisión geográfica no es accidental, pues permite comprender el escenario de la conversación que está por desarrollarse. Durante el invierno, cuando las lluvias y el frío podían dificultar la permanencia en los patios abiertos, los pórticos ofrecían protección a quienes acudían al templo. El nombre de Salomón conservaba el recuerdo del antiguo santuario, aunque las estructuras existentes en tiempos de Jesús pertenecían al complejo del segundo templo, ampliado considerablemente durante el reinado de Herodes. Allí, entre columnas que evocaban la historia religiosa de Israel, caminaba Aquel que había declarado ser mayor que el templo (Mateo 12:6). La escena posee una belleza particular: el Hijo eterno no permanece distante de los lugares donde su pueblo busca a Dios, sino que se encuentra presente entre quienes acuden al santuario, aun cuando muchos todavía no reconocen su identidad. La referencia al pórtico de Salomón también nos permite contemplar una continuidad extraordinaria en la historia de la redención. Salomón había construido el primer templo como lugar dedicado al Nombre de Yahwéh, pero durante su oración de dedicación reconoció que ni siquiera los cielos de los cielos podían contener a Dios, mucho menos aquella casa que había edificado (1 Reyes 8:27). Siglos después, Jesús camina por un recinto que conserva el recuerdo de aquel rey, mientras Juan ya ha revelado que en Él habita corporalmente la Presencia divina. El templo representaba el lugar donde Dios había dispuesto manifestarse a Israel; Jesucristo es el Verbo hecho carne, en quien la revelación del Padre alcanza su plenitud. En Juan 2:19-21, el Señor había hablado del templo de su cuerpo, anunciando anticipadamente su muerte y resurrección. Por consiguiente, el contraste no consiste en despreciar el santuario, sino en reconocer que su propósito encuentra cumplimiento en Cristo. Las piedras podían señalar hacia la Presencia de Dios, pero no podían comunicar por sí mismas la vida eterna. El Hijo, en cambio, había venido para revelar al Padre y abrir mediante su propia persona el camino hacia Él. En Hechos 3:11, después de la sanidad del hombre cojo, la multitud se reúne alrededor de Pedro y Juan precisamente en el pórtico de Salomón. Más adelante, Hechos 5:12 menciona que los creyentes se reunían allí mientras los apóstoles realizaban señales y prodigios. El lugar donde Jesús había revelado su identidad se convertiría en uno de los escenarios del testimonio apostólico acerca de su resurrección. El mismo espacio donde algunos cuestionaron la autoridad de Cristo sería testigo de la proclamación de su Nombre. Los dirigentes religiosos habían interrogado al Señor acerca de su identidad; posteriormente, sus discípulos anunciarían públicamente que Dios lo había levantado de entre los muertos. El templo continuaba siendo un lugar de reunión, pero el centro del mensaje apostólico ya no sería un edificio, sino Jesucristo resucitado. Juan no describe aquí una manifestación deslumbrante de gloria celestial, sino al Hijo de Dios caminando por un lugar frecuentado por personas comunes. El mismo que posee vida en sí mismo, que conoce eternamente al Padre y que tiene autoridad para entregar y recuperar su vida, camina entre los hombres con la naturalidad de quien ha asumido verdaderamente nuestra humanidad. La gloria divina no desaparece bajo aquella apariencia ordinaria; permanece presente, aunque no todos puedan reconocerla. Esta verdad recuerda las palabras de Juan 1:10: «En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció». La encarnación nos enseña que la presencia de Dios no siempre se manifiesta mediante aquello que impresiona nuestros sentidos. En Jesucristo, la majestad eterna se acercó a nosotros revestida de humildad. Y mientras Jerusalén celebraba la dedicación de su templo, el Hijo consagrado por el Padre caminaba silenciosamente por sus atrios, llevando consigo una gloria infinitamente mayor que la de todas las construcciones levantadas por manos humanas.

— Roberto Tinoco

Juan 10:24

Comentario general

Juan 10:24 «Y le rodearon los judíos y le dijeron: ¿Hasta cuándo nos turbarás el alma? Si tú eres el Cristo, dínoslo abiertamente». La tranquilidad de la escena anterior se transforma repentinamente en una confrontación. Juan declara que algunos dirigentes judíos rodearon a Jesús y comenzaron a interrogarlo acerca de su identidad. El verbo griego ekýklōsan (ἐκύκλωσαν), procedente de kyklóō, significa rodear o formar un círculo alrededor de alguien. La expresión describe un acercamiento colectivo que, dentro del contexto de oposición, adquiere un carácter de presión. No debemos imaginar necesariamente una agresión física, pero sí una situación en la que Jesús se encuentra confrontado por un grupo que exige una respuesta definitiva. La pregunta «¿Hasta cuándo nos turbarás el alma?» traduce una expresión griega que literalmente puede entenderse como «¿Hasta cuándo mantendrás nuestra alma en suspenso?». El término psychḗ (ψυχή), traducido como «alma», designa aquí la vida interior o la persona misma. Sus interlocutores expresan impaciencia ante lo que consideran una incertidumbre prolongada. Desean que Jesús declare abiertamente si es el Mesías esperado, como si el problema principal fuera la falta de claridad de sus palabras. Sin embargo, el desarrollo anterior del Evangelio muestra que Jesús ya había proporcionado abundantes testimonios acerca de su identidad. La expresión «si tú eres el Cristo» contiene el título griego Christós (Χριστός), equivalente al hebreo Mashíaj, «Ungido» o «Mesías». En las Escrituras de Israel, la unción estaba relacionada especialmente con reyes, sacerdotes y, en determinados contextos, profetas. Sin embargo, la esperanza mesiánica había adquirido una importancia particular alrededor de las promesas hechas a David. En 2 Samuel 7:12-16, Dios había anunciado que establecería el reino de su descendencia, y los profetas desarrollaron la esperanza de un gobernante justo que restauraría al pueblo y manifestaría el gobierno divino. Durante el período del segundo templo existían diferentes expectativas acerca de cómo habría de manifestarse esa esperanza. Algunos esperaban especialmente un libertador político; otros destacaban la restauración espiritual de Israel. Por consiguiente, la pregunta dirigida a Jesús no era una simple solicitud de información religiosa. Una afirmación pública acerca de su identidad mesiánica podía provocar profundas consecuencias teológicas y políticas. Jesús había revelado su misión mediante palabras y obras, pero se había resistido a permitir que las expectativas humanas redujeran su identidad a las categorías de un libertador terrenal. Él era verdaderamente el Cristo, pero su reino no podía comprenderse adecuadamente sin la cruz y la resurrección. La petición «dínoslo abiertamente» utiliza el término griego parrēsía (παρρησία), relacionado con la franqueza, la libertad de expresión y la claridad pública. Sus interlocutores desean una declaración que no deje lugar a dudas. Sin embargo, Juan ha mostrado que la claridad de una revelación no garantiza su aceptación. Jesús había declarado ser el pan de vida, la luz del mundo, la puerta de las ovejas y el buen Pastor. Había afirmado que procedía del Padre y que sus obras daban testimonio de su misión. Incluso había pronunciado una de las declaraciones más extraordinarias acerca de su identidad al decir: «Antes que Abraham fuese, yo soy» (Juan 8:58). El problema, por tanto, no podía reducirse a una ausencia de testimonio. Aquellos hombres habían recibido numerosas oportunidades para considerar quién era Jesús, pero sus expectativas y su resistencia les impedían reconocer el significado de sus palabras. Esta situación recuerda Juan 5:39-40, donde el Señor declara que las Escrituras dan testimonio de Él, pero sus oyentes no quieren venir a Él para tener vida. Podemos buscar respuestas acerca de Dios y, sin embargo, resistirnos a aceptar aquellas que contradicen nuestras ideas preconcebidas. La verdadera búsqueda espiritual exige tanto inteligencia para examinar como humildad para recibir. Esta escena posee una aplicación particularmente importante para nuestra relación con Jesucristo. La fe no consiste en exigir que Dios responda siempre dentro de las formas que nosotros hemos establecido previamente. El Señor ha querido revelarse mediante su palabra, sus obras y, de manera suprema, mediante la persona de su Hijo. Nuestra responsabilidad consiste en escuchar esa revelación y responder a ella. Esto no significa que las preguntas sinceras sean incorrectas; los Evangelios muestran que Jesús recibió y respondió numerosas inquietudes auténticas. La diferencia se encuentra entre preguntar para comprender y exigir una respuesta mientras permanecemos decididos a rechazarla. Los dirigentes religiosos solicitaban una declaración abierta, pero la siguiente respuesta de Jesús revelará que ya habían recibido un testimonio suficiente para comenzar a creer. La luz estaba delante de ellos; lo que faltaba no era necesariamente una manifestación más intensa, sino una disposición diferente para contemplarla. Y así, bajo los pórticos del templo, aquellos hombres preguntaban si Jesús era el Mesías, mientras el Mesías mismo permanecía delante de ellos, dispuesto a revelar una vez más su relación con el Padre.

— Roberto Tinoco

Juan 10:25

Comentario general

Juan 10:25 «Jesús les respondió: Os lo he dicho, y no creéis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, ellas dan testimonio de mí». La respuesta de Jesús descubre inmediatamente el verdadero problema: «Os lo he dicho, y no creéis». El Señor no afirma que sus interlocutores carezcan de información, sino que no han respondido mediante la fe al testimonio recibido. El verbo griego pisteúete (πιστεύετε), de pisteúō, significa creer o confiar. En el Evangelio de Juan, creer no consiste únicamente en aceptar una proposición acerca de Jesucristo, sino en reconocer su identidad y depositar en Él nuestra confianza. Jesús había revelado su relación con el Padre mediante numerosas declaraciones, pero sus adversarios continuaban resistiéndose a reconocerlo. Esta distinción entre escuchar y creer aparece repetidamente en el Evangelio. En Juan 5:24, el Señor declara que quien oye su palabra y cree al que lo envió tiene vida eterna. Escuchar constituye una oportunidad de recibir la revelación; creer representa la respuesta personal a esa palabra. Por consiguiente, la incredulidad de aquellos hombres no puede explicarse simplemente como una falta de evidencia. Habían escuchado sus enseñanzas y presenciado o conocido sus obras, pero todavía no estaban dispuestos a aceptar las consecuencias de su identidad. La fe requiere una respuesta que compromete la vida, porque reconocer verdaderamente a Jesucristo como el Hijo enviado por el Padre significa aceptar también su autoridad sobre nosotros. Jesús añade entonces: «las obras que yo hago en nombre de mi Padre, ellas dan testimonio de mí». El término griego érga (ἔργα), traducido como «obras», comprende las acciones que Jesús realiza en cumplimiento de la misión recibida. En Juan, estas obras incluyen sus señales milagrosas, pero no se reducen necesariamente a ellas; abarcan la manifestación de la voluntad del Padre mediante su ministerio. El verbo martyréō (μαρτυρέω), relacionado con dar testimonio, ocupa un lugar importante en la estructura del Evangelio. Juan el Bautista dio testimonio de Cristo, las Escrituras dan testimonio de Él, el Padre confirma su misión y sus propias obras manifiestan la verdad de sus declaraciones. En Juan 5:36, Jesús había afirmado que las obras que el Padre le dio para realizar testificaban que había sido enviado por Él. Ahora vuelve a presentar esa evidencia. Sus milagros no fueron actos independientes destinados a despertar admiración, sino señales que revelaban el carácter y el propósito de Dios. Cuando sanó al paralítico, manifestó su autoridad para dar vida; cuando alimentó a la multitud, reveló su suficiencia como pan celestial; cuando abrió los ojos del ciego, mostró que era la luz del mundo. Cada obra constituía una expresión visible de la verdad que proclamaba. La frase «en nombre de mi Padre» merece especial atención. En el lenguaje bíblico, actuar en el nombre de alguien significa hacerlo bajo su autoridad y en representación de su persona. Jesús no presenta sus obras como manifestaciones de un poder separado del Padre, sino como expresiones de la perfecta comunión que existe entre ambos. En Juan 5:19 había declarado que el Hijo no puede hacer nada por su propia cuenta, sino aquello que ve hacer al Padre. Esta afirmación no describe incapacidad divina, sino unidad perfecta de acción y voluntad. El Hijo no obra independientemente porque su comunión con el Padre es absoluta. Por eso, las obras de Jesús revelan algo más profundo que su capacidad sobrenatural: manifiestan al Padre mismo. En Juan 14:9, el Señor declarará a Felipe: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre». La encarnación constituye la revelación visible del Dios invisible, y las obras de Cristo permiten contemplar su misericordia, santidad, justicia y amor. Cuando Jesús se acerca al enfermo, no está actuando en contradicción con el corazón del Padre; está mostrando cómo es el Padre. Cuando perdona al pecador arrepentido, manifiesta la gracia divina. Cuando confronta la hipocresía, revela la santidad de Dios. Toda su vida constituye una exposición perfecta del carácter de Aquel que lo envió. Finalmente, esta declaración nos conduce hacia una enseñanza esencial acerca de la relación entre la fe y las evidencias de la revelación. Jesús no exige una credulidad ciega que ignore sus palabras y sus obras, sino que invita a reconocer el testimonio que Dios ha proporcionado acerca de su Hijo. Sin embargo, tampoco presenta la fe como el resultado automático de acumular suficientes pruebas, porque sus adversarios habían contemplado señales extraordinarias y continuaban resistiéndose. La revelación divina ilumina y llama, pero el hombre debe responder a ella con sinceridad y disposición para obedecer. Esta verdad conserva una importancia profunda para nuestro estudio de las Escrituras. No buscamos conocer el contexto histórico, las palabras griegas y las conexiones bíblicas únicamente para enriquecer nuestra información religiosa, sino para contemplar con mayor claridad a Jesucristo y responder a su persona. El conocimiento que no nos conduce hacia la fe puede convertirse en una acumulación de verdades que permanecen fuera de nuestra experiencia. Aquellos hombres deseaban una declaración abierta acerca del Mesías, pero Jesús les recordó que el Padre ya había hablado mediante sus obras. El problema no era que el cielo permaneciera en silencio, sino que ellos todavía no reconocían la voz que había descendido hasta la tierra. Y mientras los dirigentes religiosos continuaban preguntando quién era Jesús, sus obras permanecían como testigos silenciosos de su identidad. El hombre que había nacido ciego podía ver; el paralítico había caminado; la multitud había sido alimentada. Cada una de aquellas vidas transformadas anunciaba que el Padre estaba obrando mediante su Hijo. No era necesario que las piedras del templo hablaran para dar testimonio de su Presencia: la misericordia divina ya había dejado su huella sobre aquellos a quienes Jesucristo había tocado.

— Roberto Tinoco

Juan 10:26

Comentario general

Juan 10:26 «Pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas, como os he dicho». Jesús responde a sus adversarios con una declaración que descubre la raíz de su incredulidad: «Vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas». El orden de las palabras merece especial atención. El Señor no dice simplemente que aquellos hombres todavía no han comprendido su enseñanza, sino que su resistencia a creer manifiesta que no participan de la relación que caracteriza a sus ovejas. El verbo griego pisteúete (πιστεύετε), de pisteúō, expresa creer o depositar confianza, mientras que la expresión «no sois de mis ovejas» describe una condición de pertenencia. La dificultad interpretativa aparece en la relación entre ambas afirmaciones: ¿no creen porque no pertenecen a las ovejas, o no pertenecen porque se han negado a creer? Jesús presenta la falta de pertenencia como explicación de su incredulidad, pero el versículo, considerado dentro del conjunto del Evangelio, no exige concluir que Dios haya determinado irresistiblemente la incredulidad de aquellos hombres. Juan ha mostrado repetidamente que la gracia divina toma la iniciativa, ilumina y atrae, mientras el ser humano es llamado verdaderamente a responder. En Juan 5:40, Jesús había dicho a sus adversarios: «Y no queréis venir a mí para que tengáis vida». Allí la resistencia humana aparece expresamente relacionada con la voluntad. Por consiguiente, debemos conservar ambas verdades: nadie puede atribuirse el mérito de pertenecer a Cristo, pero tampoco debemos convertir la incredulidad en una condición impuesta por Dios que anule la responsabilidad de quien rechaza su palabra. La expresión «porque no sois de mis ovejas» adquiere mayor claridad cuando recordamos las enseñanzas anteriores. En Juan 8:47, Jesús había dicho: «El que es de Dios, las palabras de Dios oye; por esto no las oís vosotros, porque no sois de Dios». Existe una correspondencia evidente entre pertenecer a Dios, escuchar su palabra y reconocer la voz de Jesucristo. Esta relación no debe comprenderse como un círculo cerrado que impida al pecador arrepentirse y creer, sino como una descripción de la diferencia espiritual entre quienes responden a la revelación divina y quienes permanecen resistiéndola. Los adversarios de Jesús habían escuchado sus enseñanzas, contemplado sus obras y conocido el testimonio de las Escrituras; sin embargo, persistían en rechazarlo. La incredulidad no era simplemente una ausencia de información, sino una disposición que se había manifestado repetidamente frente a la luz recibida. Aquí resulta especialmente importante Juan 1:11-12: aunque el Verbo vino a los suyos y no fue recibido por muchos, a todos los que lo recibieron y creyeron en su nombre les concedió ser hechos hijos de Dios. La gracia no encuentra su origen en la respuesta humana, pero esa respuesta forma parte de la relación viva que el Evangelio describe. La oveja no pertenece al Pastor porque haya conseguido merecer su amor, sino porque ha respondido a la voz de Aquel que salió a buscarla. La declaración también nos permite contemplar la profundidad del conocimiento que Cristo posee acerca del corazón humano. Sus adversarios podían presentarse como defensores de Moisés, guardianes de la ley y representantes de la verdadera religión, pero Jesús distinguía entre la posición exterior que ocupaban y la relación espiritual que mantenían con Dios. Esta diferencia había quedado manifiesta en la experiencia del hombre que nació ciego. Los fariseos afirmaban conocer la voluntad divina, pero rechazaron la obra que Dios había realizado delante de ellos; el hombre sanado, en cambio, poseía un conocimiento todavía limitado, pero respondió con sinceridad a la luz recibida. Su fe fue creciendo hasta reconocer y adorar al Hijo de Dios. La pertenencia al rebaño no se determina, por tanto, mediante la antigüedad de una tradición religiosa ni por la posición que alguien ocupa dentro de una comunidad. Lo decisivo es la relación con Jesucristo. Esto no significa despreciar la enseñanza, la comunión de la Iglesia o la obediencia, sino reconocer que todas ellas encuentran su verdadero fundamento en la vida que recibimos del Señor. Podemos conocer las costumbres del redil sin haber aprendido todavía a reconocer la voz del Pastor. Jesús conoce perfectamente quiénes son sus ovejas; nosotros, en cambio, no poseemos su conocimiento absoluto de los corazones. Por ello, no debemos utilizar este versículo para declarar precipitadamente que una persona que hoy rechaza el Evangelio jamás podrá llegar a pertenecer a Cristo. Pablo mismo había perseguido a la Iglesia antes de encontrarse con el Señor resucitado, y su historia demuestra que la gracia puede alcanzar a quienes parecen profundamente endurecidos. La responsabilidad de la Iglesia consiste en anunciar fielmente la palabra, llamar al arrepentimiento y confiar en la obra del Espíritu, sin pretender ocupar el lugar del Juez que conoce todas las cosas. La incredulidad es una condición seria, pero el Evangelio continúa proclamando la misericordia de Dios a quienes todavía no han creído. El Pastor que denuncia la resistencia de sus adversarios es el mismo que entregará su vida para abrir el camino de la salvación. Sus palabras no nos autorizan a cerrar la puerta delante de los hombres; nos recuerdan la urgencia de invitarlos a escuchar su voz.

— Roberto Tinoco

Juan 10:27

Comentario general

Juan 10:27 «Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen». Después de describir la incredulidad de sus adversarios, Jesús presenta tres características que revelan la naturaleza de su relación con las ovejas: oyen su voz, son conocidas por Él y lo siguen. La primera expresión, «Mis ovejas oyen mi voz», utiliza el verbo griego akoúousin (ἀκούουσιν), de akoúō, que significa escuchar y que, en este contexto, implica una respuesta atenta al llamado del Pastor. El tiempo presente de los verbos describe acciones características de esta relación, sin exigir que cada instante de la vida cristiana manifieste idéntica intensidad espiritual. Las ovejas pertenecen a Cristo y, por esa razón, reconocen su voz como la autoridad que debe orientar su existencia. No se trata simplemente de escuchar sonidos religiosos ni de aceptar cualquier impresión interior como si procediera de Dios. La voz de Jesucristo se reconoce mediante su palabra, iluminada por el Espíritu Santo, y se distingue por su perfecta armonía con la verdad revelada. En Juan 6:63, Jesús había declarado que sus palabras son espíritu y son vida. Escucharlo, por consiguiente, significa recibir una palabra que no solamente informa el entendimiento, sino que comunica dirección, despierta la fe y transforma la existencia. La vida espiritual comienza con la gracia que nos llama y continúa desarrollándose mediante una disposición perseverante a escuchar. La segunda declaración contiene una ternura extraordinaria: «y yo las conozco». El verbo ginṓskō (γινώσκω) expresa aquí un conocimiento personal que pertenece a la relación entre el Pastor y sus ovejas. Jesús no afirma únicamente que sabe quiénes forman parte de su rebaño, sino que los conoce con la profundidad de Aquel que comprende su historia, sus necesidades y su condición interior. Esta afirmación adquiere mayor belleza cuando recordamos Juan 10:14-15, donde el Señor relaciona el conocimiento de sus ovejas con la comunión que existe entre Él y el Padre. La comparación no significa que el creyente participe de la omnisciencia divina, sino que ha sido introducido, por gracia, en una relación cuyo origen se encuentra en el amor eterno de Dios. Antes de que nosotros pudiéramos conocer plenamente al Señor, Él ya nos conocía. Pablo expresará una verdad semejante cuando escriba: «Mas ahora, conociendo a Dios, o más bien, siendo conocidos por Dios» (Gálatas 4:9). La corrección que introduce el apóstol resulta profundamente significativa: nuestro conocimiento de Dios es precioso, pero descansa sobre una realidad todavía mayor, el conocimiento que Dios tiene de nosotros. La seguridad de las ovejas no procede de la perfección de su comprensión, sino de la fidelidad del Pastor que las conoce. Podemos atravesar circunstancias en las que nuestras emociones se debiliten o nuestra comprensión resulte insuficiente, pero ninguna de esas limitaciones convierte nuestra vida en un misterio para Jesucristo. La tercera característica completa la relación: «y me siguen». El verbo akolouthoûsin (ἀκολουθοῦσιν), de akolouthéō, describe el seguimiento que caracteriza al discípulo. Jesús no separa el conocimiento espiritual de la obediencia, porque escuchar verdaderamente al Pastor conduce a caminar detrás de Él. La fe no consiste únicamente en reconocer su identidad, sino en responder a su dirección. En Juan 8:31, el Señor había declarado que quienes permanecen en su palabra son verdaderamente sus discípulos; ahora expresa esa misma realidad mediante la imagen de las ovejas que siguen su voz. Sin embargo, debemos conservar cuidadosamente el orden espiritual de la enseñanza. Jesús no dice que las ovejas lo siguen para conseguir que Él las conozca, sino que son suyas, escuchan su voz, son conocidas por Él y lo siguen. La obediencia no compra el amor del Pastor; nace de la relación que su gracia ha establecido. Esto no elimina la responsabilidad humana ni convierte el seguimiento en una acción inevitable e independiente de nuestra voluntad. El creyente es llamado a permanecer, obedecer y perseverar, sostenido por la gracia que lo capacita para responder. Como enseñó Andrew Murray al desarrollar la vida de permanencia en Cristo, la fecundidad espiritual no procede de una actividad independiente del Señor, sino de una comunión continua con Él. La oveja no encuentra seguridad porque haya aprendido a caminar sola, sino porque ha descubierto la sabiduría de permanecer cerca de quien conoce el camino.

— Roberto Tinoco

Juan 10:28

Comentario general

Juan 10:28 «Y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano». Jesús alcanza ahora una de las promesas más consoladoras de todo el Evangelio: «Y yo les doy vida eterna». El verbo griego dídōmi (δίδωμι), utilizado aquí en la forma dídōmi, «doy», presenta la vida eterna como un don que procede directamente de Jesucristo. Las ovejas no la producen mediante sus esfuerzos ni la conquistan como recompensa por sus méritos; la reciben de Aquel que posee vida en sí mismo. El término zōḗ aiṓnios (ζωὴ αἰώνιος) expresa la vida eterna, una realidad que no debe reducirse simplemente a una existencia interminable. En el Evangelio de Juan, esta vida pertenece al orden divino y comienza a experimentarse desde el momento en que el hombre cree en el Hijo. Jesús había declarado que quien oye su palabra y cree al Padre que lo envió tiene vida eterna y ha pasado de muerte a vida (Juan 5:24). No se trata solamente de una promesa reservada para después de la muerte, sino de una realidad presente que alcanzará su consumación en la resurrección. La vida eterna posee una duración que no termina, pero su riqueza consiste en la comunión con Dios mediante Jesucristo. Por eso, cuando el Señor afirma que Él mismo la da, está revelando nuevamente su identidad divina. Ningún profeta podía presentarse como fuente autónoma de la vida eterna; los profetas anunciaban la vida que Dios concedería. Jesús, en cambio, declara que Él la comunica. El buen Pastor no solamente protege la existencia de sus ovejas, sino que les concede participar de una vida que procede del Padre y que la muerte no puede destruir. La promesa continúa con una afirmación de extraordinaria fuerza: «y no perecerán jamás». El texto griego utiliza una negación enfática, ou mē apólōntai eis ton aiōna (οὐ μὴ ἀπόλωνται εἰς τὸν αἰῶνα), que expresa de manera solemne que las ovejas no perecerán eternamente. El verbo apóllymi puede significar perder, destruir o perecer, y en este contexto se relaciona con la perdición definitiva frente a la vida eterna que Cristo concede. Jesús no está prometiendo que sus discípulos jamás experimentarán sufrimiento, persecución o muerte física, porque Él mismo anunciará que algunos serán perseguidos y entregarán su vida por causa de su nombre. La promesa se refiere a la seguridad de la vida eterna que reciben de Él. Quienes pertenecen al Pastor no necesitan vivir bajo el temor constante de que alguna fuerza exterior pueda destruir la salvación que Cristo les ha concedido. Esta seguridad encuentra fundamento en la fidelidad divina, no en la fortaleza humana. Sin embargo, debemos leer la declaración dentro del conjunto de la enseñanza de Juan, donde Jesús también exhorta a permanecer en Él (Juan 15:4-6). La promesa de seguridad no debe utilizarse para anular las advertencias acerca de la incredulidad y el abandono deliberado de Cristo. Las ovejas descritas aquí son precisamente aquellas que oyen su voz y lo siguen. La perseverancia no constituye un mérito que produce la vida eterna, sino la respuesta viva de quienes permanecen unidos a su fuente. La última expresión revela la fortaleza de esa seguridad: «ni nadie las arrebatará de mi mano». El verbo griego harpázō (ἁρπάζω), aquí en la forma harpásei, significa arrebatar o apoderarse violentamente de algo. Es el mismo verbo utilizado en Juan 10:12 para describir al lobo que arrebata a las ovejas cuando el asalariado huye. La correspondencia resulta extraordinaria. El lobo podía arrebatar las ovejas abandonadas por un cuidador indiferente, pero nadie puede arrebatarlas de la mano del buen Pastor. Jesús no promete que nunca habrá enemigos, tentaciones o ataques espirituales; promete que ninguna fuerza exterior posee autoridad superior a la suya para arrancar de sus manos a quienes le pertenecen. Esta afirmación recuerda Romanos 8:38-39, donde Pablo declara que ni la muerte, ni la vida, ni los poderes presentes o futuros podrán separarnos del amor de Dios que es en Cristo Jesús. La seguridad del creyente descansa en el poder y la fidelidad del Señor. La imagen de la mano expresa protección, autoridad y pertenencia. En Isaías 49:16, Dios declara a Sion que la tiene esculpida en las palmas de sus manos, una figura de su memoria y fidelidad hacia su pueblo. Ahora Jesucristo presenta su propia mano como el lugar donde las ovejas encuentran una protección que ningún enemigo puede vencer. La fragilidad de las ovejas no disminuye la fortaleza del Pastor; precisamente porque son vulnerables, necesitan permanecer bajo su cuidado. Esta promesa también exige una distinción teológica importante. Jesús declara que nadie puede arrebatar a sus ovejas de su mano, pero no está desarrollando aquí de manera exhaustiva la cuestión de si una persona puede abandonar voluntaria y definitivamente la fe. El verbo harpázō describe una acción de apropiación violenta ejercida desde fuera, no una decisión personal de dejar de seguir al Señor. Por consiguiente, el pasaje ofrece una seguridad extraordinaria frente a cualquier fuerza que pretenda separarnos de Cristo, sin que debamos convertirlo en una negación de las advertencias bíblicas acerca de la apostasía. En Juan 15:6, Jesús advierte sobre las consecuencias de no permanecer en Él, mientras que Hebreos 3:12 exhorta a los creyentes a cuidarse de un corazón malo de incredulidad que los aparte del Dios vivo. Estas enseñanzas no necesitan enfrentarse entre sí. La gracia divina es plenamente suficiente para guardar al creyente, y el creyente es llamado a permanecer en esa gracia mediante una fe viva. La seguridad cristiana no consiste en afirmar que nuestra voluntad ha dejado de tener importancia, sino en descansar en la fidelidad de Aquel que nos sostiene mientras permanecemos unidos a Él. El Pastor es infinitamente más fuerte que todos nuestros enemigos, pero su amor no debe confundirse con una relación que elimina nuestra responsabilidad de escuchar y seguir su voz. Finalmente, la belleza de este versículo se encuentra en la persona que pronuncia la promesa. Jesús no dice simplemente que las ovejas estarán protegidas por una fuerza celestial desconocida, sino que Él mismo les da vida eterna y las guarda en su mano. El mismo Pastor que entregará su vida en la cruz es quien asegura que nadie podrá arrebatarle a sus ovejas. Su muerte demuestra la profundidad de su amor; su resurrección revela la victoria de su poder. Por eso, nuestra confianza no descansa en la ausencia de peligros, sino en la Presencia de Cristo. El creyente puede atravesar valles de sufrimiento, experimentar debilidad y enfrentar oposición, pero ninguna de esas circunstancias posee por sí misma el poder de destruir la vida que el Señor le ha concedido. Como David había confesado en el Salmo 23, aun en el valle de sombra de muerte podía caminar sin temor porque Yahwéh estaba con él. Jesús lleva aquella antigua confianza hacia una revelación todavía más profunda: las ovejas no solamente son acompañadas por el Pastor, sino sostenidas por su propia mano. Y esa mano es la misma que tocará a los enfermos, bendecirá a los niños y será atravesada por los clavos de la crucifixión. Aquí encontramos una correspondencia devocional de extraordinaria belleza: las manos que fueron heridas para nuestra redención son las mismas en las que descansamos para nuestra seguridad. El poder que nos guarda no está separado del amor que nos salvó. Cristo no nos sostiene simplemente porque posee autoridad sobre todas las cosas, sino porque nos ama con el amor que lo llevó hasta la cruz. Y mientras permanezcamos escuchando su voz y siguiéndolo, podemos descansar en la certeza de que ninguna fuerza del universo es mayor que Aquel que nos tiene en sus manos. La seguridad de las ovejas no reside en la fuerza con que ellas consiguen aferrarse al Pastor, sino en la fidelidad y el poder con que Él las sostiene. La vida eterna no es solamente una promesa que Cristo nos hace; es una vida que Él mismo nos comunica y que su amor poderoso se compromete a guardar.

— Roberto Tinoco

Juan 10:29

Comentario general

Juan 10:29 «Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre». Jesús profundiza ahora en la seguridad de sus ovejas revelando que su protección no descansa solamente en la mano del Hijo, sino también en la del Padre. La expresión «Mi Padre que me las dio» nos introduce nuevamente en el misterio de la relación entre ambos y en el origen divino de nuestra salvación. El verbo griego dédōken (δέδωκεν), de dídōmi, significa «ha dado», y su forma verbal presenta una acción cuyos efectos permanecen. Las ovejas pertenecen al Hijo porque el Padre se las ha dado. Esta afirmación recuerda Juan 6:37 y 6:39, donde Jesús declara que todo lo que el Padre le da vendrá a Él y que su voluntad es que no pierda nada de aquello que ha recibido. La salvación, por tanto, no comienza en la iniciativa independiente del hombre, sino en el propósito amoroso de Dios, quien envía al Hijo para reunir y redimir a su pueblo. Sin embargo, debemos distinguir esta iniciativa divina de una interpretación que convierta la respuesta humana en algo innecesario o inevitable. El mismo Evangelio presenta al Padre enseñando y atrayendo, mientras llama a los hombres a escuchar, creer y venir a Jesucristo (Juan 6:44-45). La gracia precede y hace posible nuestra respuesta, pero no debemos concluir que el Padre entregue al Hijo personas obligadas irresistiblemente a creer. La pertenencia a Cristo encuentra su fundamento en el amor divino y se manifiesta mediante la fe de quienes escuchan su voz y lo siguen. La declaración «es mayor que todos» contiene una afirmación extraordinaria acerca de la supremacía del Padre. El término griego meízōn (μείζων) expresa superioridad o grandeza, y aquí señala que ningún poder puede compararse con la autoridad divina. Conviene mencionar que existe una variante textual antigua en este versículo: algunos manuscritos presentan la lectura «Mi Padre, que me las dio, es mayor que todos», mientras que otros permiten entender «Lo que mi Padre me ha dado es mayor que todo». La primera lectura corresponde a la traducción tradicional que estamos utilizando y armoniza naturalmente con la afirmación posterior acerca de la imposibilidad de arrebatar las ovejas de la mano del Padre. Jesús no está estableciendo aquí una comparación entre la naturaleza divina del Padre y la del Hijo, como si el Padre poseyera una divinidad superior, sino destacando la supremacía de Aquel cuya autoridad protege al rebaño. Más adelante, cuando declare que el Padre es mayor que Él (Juan 14:28), será necesario considerar el contexto de su misión y encarnación. En este versículo, el énfasis recae sobre la absoluta suficiencia del poder del Padre. Ningún enemigo puede reclamar una autoridad superior a la suya, ni existe fuerza capaz de vencerlo para apropiarse de aquello que Él ha confiado al Hijo. Jesús añade: «y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre». El verbo harpázō (ἁρπάζω), utilizado también en el versículo anterior, describe la acción de arrebatar o apoderarse violentamente de algo. La repetición es deliberadamente significativa: nadie puede arrebatar a las ovejas de la mano del Hijo, y nadie puede arrebatarlas de la mano del Padre. No se trata de dos protecciones independientes, como si la seguridad proporcionada por uno necesitara ser completada por el otro. Jesús está revelando la unidad de propósito y poder que existe entre ambos. La mano, en el lenguaje bíblico, representa frecuentemente autoridad, fuerza y protección. En Isaías 43:13, Dios declara: «Lo que hago yo, ¿quién lo estorbará?». La misma certeza aparece ahora en las palabras de Jesucristo. El Padre no contempla pasivamente la salvación de las ovejas, sino que participa plenamente en su preservación. La seguridad del creyente descansa sobre una fidelidad divina que ningún poder creado puede derrotar. Esta promesa no elimina las advertencias bíblicas acerca de la necesidad de permanecer en la fe, pero sí excluye la idea de que Satanás, la persecución o cualquier circunstancia exterior puedan arrancarnos de Cristo contra nuestra voluntad. La fragilidad humana encuentra descanso en la fortaleza de Dios. Hay una belleza particular en el hecho de que Jesús mencione primero su propia mano y después la del Padre. El creyente no necesita abandonar la seguridad del Hijo para encontrar una protección mayor en el Padre, porque ambos obran inseparablemente en nuestra salvación. El Hijo nos recibe y nos guarda conforme a la voluntad de Aquel que lo envió. Esta verdad recuerda las palabras de Pablo: «Vuestra vida está escondida con Cristo en Dios» (Colosenses 3:3). La imagen no pretende describir una localización física, sino expresar la profundidad de nuestra unión y seguridad espiritual. El Padre no es menos misericordioso que el Hijo, ni el Hijo necesita persuadirlo constantemente para que continúe amándonos. Ambos participan del mismo propósito redentor. El amor que nos buscó mediante Jesucristo es el mismo amor que nos sostiene en nuestra peregrinación. Por eso, la confianza cristiana no nace de imaginar que somos incapaces de caer, sino de reconocer que hemos sido recibidos por un Dios cuya fidelidad supera infinitamente nuestra debilidad. Las ovejas pueden desconocer muchos peligros del camino, pero el Padre y el Hijo conocen perfectamente aquello que amenaza su vida. Y ninguna de esas amenazas posee autoridad suficiente para vencer la protección divina.

— Roberto Tinoco

Juan 10:30

Comentario general

Juan 10:30 «Yo y el Padre uno somos». Llegamos a una de las declaraciones cristológicas más profundas de todo el Evangelio. Después de afirmar que nadie puede arrebatar a las ovejas de su mano ni de la mano del Padre, Jesús revela el fundamento de esa seguridad mediante unas palabras extraordinariamente breves: «Yo y el Padre uno somos». En griego, egṓ kaì ho patḕr hén esmen (ἐγὼ καὶ ὁ πατὴρ ἕν ἐσμεν). Cada término posee importancia. El pronombre egṓ, «yo», distingue al Hijo del Padre; la conjunción kaí, «y», relaciona a ambos sin confundirlos; el término hén, «uno», aparece en género neutro, mientras que el verbo esmen, «somos», está en primera persona del plural. Jesús no dice «yo soy el Padre», como si ambos fueran una misma persona, sino «yo y el Padre uno somos». La pluralidad personal permanece, pero se afirma una unidad extraordinaria. El género neutro de hén no define por sí solo toda la doctrina de la Trinidad, pero resulta coherente con una unidad que no elimina la distinción entre el Padre y el Hijo. El contexto inmediato destaca su unidad de poder y acción en la protección de las ovejas; sin embargo, el conjunto del Evangelio permite reconocer que esta unidad tiene su fundamento en una relación divina mucho más profunda que una simple coincidencia de propósitos. Esta declaración debe contemplarse a la luz de las revelaciones anteriores de Juan. En el prólogo, el evangelista había afirmado que el Verbo estaba con Dios y que el Verbo era Dios (Juan 1:1). La primera expresión establece una distinción personal; la segunda afirma su naturaleza divina. Ahora Jesús revela esa misma verdad desde la intimidad de su relación con el Padre. En Juan 5:19, había declarado que el Hijo hace aquello que ve hacer al Padre, y en Juan 5:23 afirmó que todos deben honrar al Hijo como honran al Padre. Más adelante, en Juan 14:9-11, enseñará que quien lo ha visto a Él ha visto al Padre, porque el Padre permanece en Él y Él en el Padre. Estas afirmaciones no pueden reducirse a la relación ordinaria entre Dios y un profeta obediente. Los profetas anunciaban la palabra de Dios, pero Jesús declara poseer una unidad con el Padre que se manifiesta en sus obras, su autoridad y su capacidad para comunicar vida eterna. Los antiguos escritores cristianos reconocieron la importancia de estas palabras para comprender la divinidad del Hijo. Atanasio las utilizó en su defensa de la plena divinidad de Cristo, insistiendo en que la unidad del Padre y del Hijo no podía explicarse como una simple semejanza moral entre dos seres de naturaleza diferente. La fe cristiana confiesa que el Hijo es verdaderamente Dios, sin dejar de ser distinto del Padre como persona. Sin embargo, la unidad divina que Jesús revela no permanece encerrada en una contemplación teológica abstracta. Sus palabras aparecen precisamente después de haber prometido que nadie podrá arrebatar a las ovejas de sus manos. La doctrina de la divinidad de Cristo se encuentra, por tanto, íntimamente relacionada con nuestra salvación. Si Jesús fuera solamente una criatura extraordinaria, su poder de guardar eternamente a las ovejas dependería de una autoridad ajena a su propia naturaleza. Pero Juan presenta al Hijo como Aquel que posee vida en sí mismo y participa plenamente de la obra divina. Su mano puede guardar a las ovejas porque su autoridad no está separada de la del Padre. Aquí encontramos una de las razones por las cuales la identidad de Jesucristo resulta esencial para la fe cristiana. No somos salvados simplemente por la enseñanza de un hombre excepcional, sino por la obra del Hijo eterno que asumió nuestra humanidad para reconciliarnos con Dios. Ireneo de Lyon destacó repetidamente que la salvación depende de la verdadera encarnación del Verbo, porque solamente mediante la unión de la divinidad y la humanidad en Cristo podía realizarse plenamente nuestra reconciliación. La grandeza de nuestra redención corresponde a la grandeza de Aquel que la llevó a cabo. Esta unidad entre el Padre y el Hijo también constituye el fundamento de la comunión a la que somos llamados. En Juan 17:21, Jesús orará para que sus discípulos sean uno, así como el Padre está en Él y Él en el Padre. No significa que los creyentes lleguemos a compartir la esencia divina por naturaleza ni que desaparezcan nuestras diferencias personales, sino que participamos por gracia de una comunión cuyo modelo se encuentra en la unidad divina. La Iglesia no alcanza su verdadera unidad simplemente mediante acuerdos institucionales, estructuras organizativas o semejanzas culturales, aunque estas puedan contribuir a su convivencia. Su unidad más profunda procede de compartir la vida de Cristo mediante el Espíritu Santo. De ahí que la división, el orgullo y la competencia entre creyentes resulten tan contrarios al carácter de Aquel a quien pertenecemos. El Hijo no compite con el Padre por la gloria; vive en perfecta comunión con Él. Y quienes hemos sido recibidos en Cristo somos llamados a reflejar, dentro de nuestras limitaciones humanas, algo de esa armonía celestial. La unidad cristiana no consiste en que todos ocupemos el mismo lugar, sino en que todos permanezcamos unidos a la misma Vida. El buen Pastor reúne a sus ovejas en un solo rebaño porque Él mismo vive en perfecta unidad con el Padre.

— Roberto Tinoco

Juan 10:31

Comentario general

Juan 10:31 «Entonces los judíos volvieron a tomar piedras para apedrearle». La reacción de los adversarios de Jesús demuestra que comprendieron la extraordinaria gravedad de su declaración. Juan afirma que «volvieron a tomar piedras», utilizando el verbo griego ebástasan (ἐβάστασαν), de bastázō, que puede significar levantar, cargar o tomar algo. La expresión indica una acción concreta de violencia: aquellos hombres se disponían a apedrear a Jesús. El adverbio «otra vez» recuerda el episodio de Juan 8:59, cuando intentaron hacer lo mismo después de escuchar su declaración «Antes que Abraham fuese, yo soy». En ambos casos, la reacción se produce ante palabras que sus adversarios interpretan como una pretensión de identidad o autoridad divina. La lapidación estaba contemplada en la ley mosaica para determinados delitos, incluida la blasfemia (Levítico 24:16), pero el hecho de que aquellos hombres consideraran blasfemas las palabras de Jesús no significa que su juicio fuera correcto. La escena revela la distancia entre su interpretación religiosa y la realidad de Aquel que tenían delante. Pretendían defender el honor de Dios mediante la muerte del Hijo enviado por Dios. La ironía es dolorosa: quienes se consideraban guardianes de la santidad divina estaban dispuestos a destruir al Santo que había venido a manifestarla. El contraste con la fiesta de la Dedicación resulta particularmente significativo. Jerusalén celebraba la restauración del templo después de haber sido profanado por la idolatría, recordando la fidelidad de quienes habían defendido la santidad del santuario. En ese mismo contexto, algunos dirigentes religiosos consideran que Jesús está profanando el nombre divino y procuran castigarlo. Sin embargo, el evangelista ha mostrado que Cristo es precisamente Aquel en quien la presencia de Dios se manifiesta de manera definitiva. Los hombres que celebraban la purificación de un edificio sagrado estaban a punto de derramar la sangre del Hijo consagrado por el Padre. Esto no significa que todos los participantes de la fiesta compartieran la misma actitud, ni que la celebración careciera de valor histórico. Revela más bien el peligro de defender correctamente un símbolo mientras se rechaza la realidad hacia la cual señala. El templo era santo porque Dios había dispuesto manifestar allí su Presencia; Jesucristo es santo porque es el Hijo eterno que vive en perfecta comunión con el Padre. Aquellos hombres reconocían la importancia de la casa, pero no estaban dispuestos a recibir al Señor de la casa. La escena también muestra cómo una convicción religiosa puede convertirse en instrumento de violencia cuando pierde la humildad necesaria para examinar la verdad. Los adversarios de Jesús no carecían de celo; estaban profundamente comprometidos con aquello que consideraban la defensa de Dios. Su problema consistía en que habían identificado sus propias conclusiones con la voluntad divina de manera tan absoluta que ya no podían considerar la posibilidad de estar equivocados. Pablo describiría posteriormente una experiencia semejante al reconocer que, antes de encontrarse con Cristo, había perseguido a la Iglesia por celo religioso (Filipenses 3:6). El celo, por sí mismo, no garantiza fidelidad a Dios. Puede acompañar a la verdad, pero también puede fortalecer el error cuando no permanece sometido a la revelación divina. Esta enseñanza exige especial atención de quienes ejercemos responsabilidades espirituales. Defender la sana doctrina es necesario, pero nunca debemos permitir que esa defensa nos conduzca a despreciar la dignidad de las personas o a sustituir la verdad por la imposición. La autoridad espiritual debe permanecer acompañada de humildad, paciencia y disposición para examinar las Escrituras. El buen Pastor había venido a entregar su vida por las ovejas; sus adversarios estaban dispuestos a quitarle la vida porque no podían aceptar sus palabras. Juan no describe aquí una reacción de temor ni un intento desesperado por retractarse por parte de Jesús. El Señor continuará hablando y preguntará por cuál de sus buenas obras desean apedrearlo. Su firmeza procede de la certeza de su identidad y de su perfecta obediencia al Padre. Jesús sabe que su muerte se aproxima, pero también conoce que llegará conforme al propósito divino y mediante su entrega voluntaria. Los hombres pueden levantar piedras contra Él, pero no poseen autoridad para alterar el momento ni el significado de su sacrificio. En Juan 10:18 había declarado que nadie le quita la vida, sino que Él mismo la pone. Ahora vemos cómo aquella afirmación comienza a manifestarse en medio de la oposición. El Hijo de Dios no necesita responder a la violencia mediante una demostración inmediata de poder, porque su misión no consiste en preservar su vida terrenal a cualquier precio, sino en entregarla cuando llegue la hora señalada. Y mientras las piedras permanecen en las manos de sus adversarios, Jesús continúa revelando al Padre con una paciencia que anticipa la misericordia de la cruz. La misma humanidad que intenta destruirlo será aquella por cuya salvación Él ofrecerá voluntariamente su vida.

— Roberto Tinoco

Juan 10:32

Comentario general

Juan 10:32 «Jesús les respondió: Muchas buenas obras os he mostrado de mi Padre; ¿por cuál de ellas me apedreáis?». Frente a los hombres que habían tomado piedras para quitarle la vida, Jesús responde con una serenidad que revela la majestad de su persona. No intenta escapar mediante una retractación ni responde a la violencia con amenazas. En lugar de ello, dirige la atención hacia las obras que ha realizado delante de ellos: «Muchas buenas obras os he mostrado de mi Padre». La expresión griega pollà érga kalá (πολλὰ ἔργα καλά) significa «muchas obras buenas», pero el adjetivo kalós posee una riqueza que merece nuestra consideración. Es el mismo término utilizado cuando Jesús se presenta como el buen Pastor, y puede comunicar la idea de aquello que es noble, excelente, hermoso y digno de admiración. Sus obras no eran simplemente manifestaciones extraordinarias de poder; poseían la hermosura moral del carácter divino. Había sanado enfermos, restaurado cuerpos quebrantados, alimentado hambrientos y abierto los ojos de un hombre ciego de nacimiento. En cada una de aquellas acciones, el poder de Dios se había manifestado inseparablemente de su misericordia. Jesús no utilizaba su autoridad para engrandecerse a costa de los necesitados, sino para restaurar aquello que el sufrimiento había deteriorado. Sus milagros eran ventanas abiertas hacia el corazón del Padre. La expresión «os he mostrado de mi Padre» profundiza todavía más esta revelación. El verbo édeixa (ἔδειξα), de deíknymi, significa mostrar o hacer visible. Jesús presenta sus obras como manifestaciones de aquello que procede del Padre. No actúa como un profeta que simplemente recibe poder para realizar determinadas señales, sino como el Hijo que revela mediante sus acciones la naturaleza y la voluntad de Aquel que lo envió. En Juan 5:19 había declarado que el Hijo hace aquello que ve hacer al Padre; ahora afirma que sus obras permiten contemplar esa relación. Esto alcanza su plenitud en Juan 14:9, cuando Jesús dice a Felipe: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre». La encarnación no solamente hizo audible la palabra divina, sino visible su gloria. Cuando Cristo tocaba al leproso, manifestaba la disposición del Padre hacia quien había sido marginado; cuando perdonaba al pecador arrepentido, revelaba la gracia divina; cuando confrontaba la hipocresía, expresaba la santidad de Dios. No debemos separar al Padre glorioso del Hijo compasivo, como si uno deseara condenar mientras el otro procurara salvar. Ambos participan del mismo propósito redentor. En Jesucristo, el Dios invisible se ha acercado a nosotros de una manera que podemos contemplar, escuchar y conocer. La pregunta final contiene una ironía profundamente conmovedora: «¿Por cuál de ellas me apedreáis?». Jesús no desconoce que sus adversarios consideran blasfemas sus declaraciones, como explicarán inmediatamente. Su pregunta busca poner de manifiesto la contradicción entre las obras que han presenciado y la violencia que pretenden ejercer. Aquellos hombres están dispuestos a destruir a quien ha dedicado su ministerio a restaurar vidas. La escena recuerda el acontecimiento del capítulo nueve, cuando los dirigentes religiosos investigaron la sanidad del ciego sin mostrar verdadera alegría por su restauración. La misericordia había quedado subordinada a la defensa de sus interpretaciones religiosas. Aquí encontramos una advertencia especialmente importante: es posible desarrollar un celo intenso por aquello que consideramos sagrado y, al mismo tiempo, perder la capacidad de reconocer la bondad de Dios cuando se manifiesta de una manera que contradice nuestras expectativas. El discernimiento espiritual no consiste solamente en examinar las palabras de quienes enseñan, sino también en considerar el fruto de sus obras a la luz de las Escrituras. Jesús había enseñado que el árbol se conoce por sus frutos (Mateo 7:16-20). Sus obras manifestaban una bondad coherente con su enseñanza, pero sus adversarios parecían más interesados en preservar sus conclusiones que en reconocer la verdad. Jesús responde a quienes desean apedrearlo recordándoles el bien que ha hecho, no para reclamar una recompensa humana, sino para confrontarlos con la evidencia de la obra del Padre. Su conducta nos enseña que la verdad no necesita abandonar la mansedumbre para conservar su autoridad. El Señor no se muestra débil por responder con serenidad; precisamente su dominio sobre sí mismo manifiesta la profundidad de su fortaleza. Pedro recordará posteriormente que Cristo, cuando padecía, no amenazaba, sino que encomendaba su causa al que juzga justamente (1 Pedro 2:23). Esto no significa que el creyente deba permanecer pasivamente ante toda injusticia ni renunciar a la protección legítima, sino que la fidelidad a Dios no necesita alimentarse del deseo de venganza. La escena adquiere una belleza particular cuando recordamos que Jesús está hablando con hombres por cuya salvación también ha venido al mundo. Mientras ellos levantan piedras, Él continúa ofreciéndoles razones para reconocer al Padre. La misericordia divina no desaparece inmediatamente cuando encuentra resistencia; permanece llamando al arrepentimiento aun delante de quienes se han convertido en sus adversarios.

— Roberto Tinoco

Juan 10:33

Comentario general

Juan 10:33 «Le respondieron los judíos, diciendo: Por buena obra no te apedreamos, sino por la blasfemia; porque tú, siendo hombre, te haces Dios». La respuesta de los adversarios de Jesús revela con extraordinaria claridad el verdadero motivo de su oposición. No discuten directamente la bondad de sus obras, sino que afirman estar reaccionando contra una blasfemia. El término griego blasphēmía (βλασφημία) designa una expresión injuriosa o irreverente y, en el contexto religioso, una ofensa contra Dios. Según Levítico 24:16, la blasfemia contra el Nombre divino podía ser castigada con la muerte. Aquellos hombres consideran, por tanto, que su intención de apedrear a Jesús constituye una defensa legítima del honor de Dios. Sin embargo, la gravedad de su acusación depende enteramente de la identidad de Aquel a quien están juzgando. Si Jesús fuera solamente un hombre que pretendiera atribuirse una condición divina que no le pertenece, su declaración sería efectivamente una usurpación. Pero si es verdaderamente el Hijo eterno enviado por el Padre, entonces sus palabras no constituyen blasfemia, sino revelación. Aquí se encuentra el centro de toda la controversia: no están discutiendo simplemente acerca de una interpretación religiosa, sino acerca de quién es Jesucristo. La expresión «porque tú, siendo hombre, te haces Dios» contiene una de las confesiones involuntarias más significativas del Evangelio. Sus adversarios reconocen correctamente la humanidad de Jesús, pero consideran imposible que aquel hombre posea una identidad divina. El texto griego dice sý ánthrōpos ōn poieîs seautòn theón (σὺ ἄνθρωπος ὢν ποιεῖς σεαυτὸν θεόν), destacando el contraste entre su condición humana y la dignidad divina que, según ellos, pretende atribuirse. Sin embargo, Juan había presentado desde el prólogo la verdad precisamente en el orden contrario: no era un hombre que procuraba convertirse en Dios, sino el Verbo que era Dios y que se hizo carne (Juan 1:1, 14). Aquellos hombres contemplaban la humanidad visible de Jesús y concluían que su divinidad era imposible; el evangelista nos invita a reconocer que la humanidad del Hijo constituye la manifestación histórica de su amor eterno. La encarnación no significa que una criatura haya ascendido hasta convertirse en Dios, sino que el Hijo eterno asumió verdaderamente nuestra naturaleza sin dejar de ser quien era. La acusación de sus adversarios invierte el misterio de la salvación: Cristo no se hizo Dios siendo hombre; sino que, siendo Dios, se hizo Hombre para reconciliar al hombre con Dios. Esta distinción ocupó un lugar central en la reflexión de los antiguos escritores cristianos. Ireneo de Lyon defendió la realidad de la encarnación porque nuestra salvación exige que el Hijo haya asumido verdaderamente la humanidad que vino a redimir. Atanasio desarrollaría posteriormente la importancia de confesar la plena divinidad del Verbo, pues solamente Dios puede comunicar la vida divina y restaurar al hombre a la comunión con su Creador. Estas reflexiones encuentran un fundamento precioso en la enseñanza de Juan. Si Jesucristo fuera solamente un hombre excepcional, su muerte podría constituir un ejemplo extraordinario de amor, pero no poseería por sí misma la suficiencia redentora que el Evangelio le atribuye. Y si su humanidad fuera solamente aparente, no habría asumido verdaderamente nuestra condición ni experimentado realmente la muerte por nosotros. La gloria de la encarnación consiste precisamente en la unión de ambas verdades: el Hijo es plenamente divino y verdaderamente humano. No debemos imaginar que su divinidad se transformó en humanidad ni que su humanidad fue absorbida por su naturaleza divina. En la única persona de Jesucristo encontramos al Verbo eterno que asumió nuestra naturaleza para llevar a cabo la obra de nuestra redención. Por eso, cuando sus adversarios dicen «siendo hombre», expresan una verdad incompleta; y cuando afirman «te haces Dios», revelan que todavía no han comprendido el misterio de su Persona. La dificultad de aquellos hombres no consistía en reconocer la humanidad de Jesús, porque esta era evidente, sino en aceptar que Dios pudiera haberse acercado a ellos mediante una humanidad verdadera. Esperaban al Mesías prometido, pero no estaban preparados para reconocer en aquel Hombre al Hijo eterno del Padre. Aquí encontramos una de las paradojas más hermosas de la encarnación: la grandeza divina no desapareció cuando el Verbo asumió nuestra naturaleza, sino que comenzó a manifestarse mediante una humildad que los hombres no habían imaginado. Pablo expresaría posteriormente que Cristo, siendo en forma de Dios, no consideró su igualdad con Dios como algo a lo cual aferrarse para su propio provecho, sino que se vació a sí mismo tomando forma de siervo (Filipenses 2:6-7). Ese despojamiento no significó que abandonara su divinidad, sino que asumió nuestra condición humana y el camino de la obediencia. Los adversarios de Jesús contemplaban su humillación y la consideraban incompatible con su divinidad; la fe cristiana reconoce precisamente en esa humillación la profundidad del amor divino. El Hijo no descendió porque hubiera perdido su gloria, sino porque decidió acercarla a quienes jamás habrían podido alcanzarla por sí mismos. La acusación también nos permite comprender por qué la identidad de Jesucristo constituye el centro irrenunciable de la fe cristiana. Si el Señor fuera únicamente un maestro extraordinario, podríamos admirar sus enseñanzas sin rendirle la adoración que corresponde a Dios. Si fuera solamente un profeta, sus palabras nos conducirían hacia otro que poseyera la autoridad definitiva. Pero Juan presenta a Jesús como el Verbo eterno hecho carne, la revelación perfecta del Padre y la fuente de la vida eterna. Por eso, cuando Tomás lo encuentre resucitado, exclamará: «¡Señor mío, y Dios mío!» (Juan 20:28). Aquella confesión no será una contradicción del monoteísmo bíblico, sino el reconocimiento de la identidad divina del Hijo dentro de la revelación que el Evangelio ha venido desarrollando. Los hombres que ahora desean apedrear a Jesús consideran que está usurpando la gloria de Dios, cuando en realidad están contemplando a Aquel por medio de quien esa gloria ha descendido hasta nosotros. La tragedia de su incredulidad no consiste solamente en que desconocen una doctrina, sino en que están rechazando a la persona en quien Dios ha querido darse a conocer.

— Roberto Tinoco

Juan 10:34

Comentario general

Juan 10:34 «Jesús les respondió: ¿No está escrito en vuestra ley: Yo dije, dioses sois?». La respuesta de Jesús resulta sorprendente. Después de ser acusado de blasfemia por atribuirse una condición divina, el Señor no comienza defendiendo su identidad mediante una nueva declaración acerca de su origen celestial, sino que dirige a sus adversarios hacia las Escrituras que ellos mismos reconocen como autoridad. La expresión «¿No está escrito en vuestra ley?» introduce una cita del Salmo 82:6: «Yo dije: Vosotros sois dioses, y todos vosotros hijos del Altísimo». El término griego theoí (θεοί), traducido como «dioses», corresponde al hebreo elohim (אֱלֹהִים), cuya interpretación depende del contexto. En el Salmo 82, Dios aparece juzgando a quienes ejercen una autoridad que debería reflejar su justicia (jueces), pero que ha sido utilizada para favorecer a los impíos y descuidar a los débiles. El salmista denuncia a quienes no hacen justicia al afligido ni defienden al necesitado, y finalmente anuncia que morirán como los hombres. Una interpretación cristiana tradicional, representada entre otros por Agustín, entiende que el título «dioses» se aplica a seres humanos que han recibido una dignidad o autoridad derivada de Dios, sin que por ello posean la naturaleza divina. El contexto del Salmo 82 resulta particularmente revelador para la controversia que estamos estudiando. Allí Dios reprende a quienes, habiendo recibido autoridad para administrar justicia, terminaron actuando injustamente. Debían defender al débil, al huérfano, al afligido y al menesteroso, pero habían olvidado el propósito de su responsabilidad. Esta denuncia guarda un parecido notable con la conducta de los dirigentes religiosos que expulsaron al hombre sanado del capítulo nueve. Aquellos hombres también poseían una responsabilidad espiritual sobre el pueblo, pero habían utilizado su autoridad para condenar a quien había recibido misericordia. Aunque Jesús no afirma expresamente que esté aplicando toda la acusación del salmo a sus interlocutores, la relación temática merece nuestra atención. Los hombres que ahora pretenden juzgar al Hijo de Dios deberían recordar que toda autoridad recibida de Dios permanece sometida a su justicia. El título, la posición o el reconocimiento religioso no convierten a nadie en dueño de la verdad ni lo colocan por encima del juicio divino. El Salmo 82 recuerda que incluso quienes ejercen funciones elevadas deben responder ante Aquel que les concedió su autoridad. Y precisamente eso estaban olvidando quienes se disponían a apedrear a Jesucristo. Pero la expresión «dioses sois» también nos introduce en una cuestión teológica de extraordinaria profundidad: la participación del ser humano en la vida divina. Debemos distinguir cuidadosamente el significado inmediato del salmo de las enseñanzas que el conjunto del Nuevo Testamento desarrolla acerca de nuestra unión con Cristo. El Salmo 82 no afirma que los hombres puedan convertirse en dioses; y menos, independientes del Creador. Su lenguaje reconoce una dignidad recibida y, al mismo tiempo, denuncia la fragilidad de quienes la ejercen injustamente. Sin embargo, otras Escrituras revelan que la redención nos concede algo todavía más profundo que una autoridad delegada. Juan declara que quienes reciben a Cristo son hechos hijos de Dios (Juan 1:12), mientras que Pedro afirma que mediante las preciosas promesas divinas llegamos a ser participantes de la naturaleza divina (2 Pedro 1:4). Esta participación de su naturaleza no significa que dejemos de ser criaturas ni que adquiramos la esencia incomunicable de Dios, sino que recibimos su vida por gracia y somos transformados mediante nuestra comunión con Él. Atanasio expresó esta verdad mediante su conocida enseñanza acerca de la encarnación y nuestra participación en la vida divina: el Hijo se hizo hombre para que nosotros fuéramos elevados, por gracia, a la comunión con Dios. La antigua tradición cristiana llamó a esta realidad theōsis, o deificación, entendida correctamente como participación y transformación, nunca como igualdad de naturaleza con el Creador. El Verbo que era Dios se hizo carne para que los hombres, nacidos de la carne, pudieran nacer del Espíritu y recibir la vida que procede de Dios. Jesús había enseñado a Nicodemo que lo nacido de la carne es carne y lo nacido del Espíritu es espíritu (Juan 3:6). La regeneración no convierte nuestra humanidad en divinidad, pero introduce en nosotros una vida que no procede de nuestra naturaleza caída, sino del Espíritu Santo. Watchman Nee y Witness Lee desarrollaron ampliamente esta distinción entre la vida humana y la vida divina recibida mediante el nuevo nacimiento. Su énfasis puede ayudarnos a comprender que la salvación no consiste solamente en una declaración exterior de perdón, sino también en la comunicación de una vida nueva que transforma progresivamente nuestra existencia. Sin embargo, esta enseñanza debe mantenerse dentro de los límites establecidos por las Escrituras: somos hijos de Dios por gracia y participación, mientras que Jesucristo es el Hijo eterno por naturaleza. Nosotros recibimos la vida divina; Él la posee en sí mismo. Nosotros somos adoptados y regenerados; Él es eternamente el Unigénito del Padre. La diferencia entre el Hijo y los hijos no disminuye nuestra gloria, sino que revela la inmensidad del regalo que hemos recibido. Debemos observar la sabiduría con que Jesús responde a sus acusadores. No les ofrece una explicación que puedan aceptar superficialmente sin reconsiderar sus convicciones, sino que los conduce hacia una dificultad que sus propias Escrituras les obligan a examinar. Si el lenguaje sagrado puede aplicar el título «dioses» a quienes reciben una dignidad derivada de Dios, ¿con qué fundamento consideran automáticamente blasfemo que Aquel a quien el Padre santificó y envió al mundo se presente como su Hijo? Esta pregunta alcanzará su desarrollo completo en los versículos treinta y cinco y treinta y seis. El argumento avanza desde una dignidad recibida hacia la identidad incomparable del Hijo enviado por el Padre. Jesús no está afirmando que su divinidad sea simplemente semejante a la autoridad de aquellos hombres, sino preparando una comparación que mostrará cuánto mayor es su condición. Los hombres mencionados en el salmo recibieron una responsabilidad que podía ser corrompida; Cristo posee una relación eterna con el Padre y cumple perfectamente su voluntad. Aquellos podían ser juzgados por ejercer injustamente su autoridad; Él es el Hijo santo que ha venido para realizar la obra de la redención. Y así, mientras sus adversarios sostienen piedras entre las manos, Jesús sostiene delante de ellos la autoridad de las Escrituras. No responde a la violencia mediante otra violencia, sino mediante una verdad que exige reflexión. La escena posee una profundidad singular: aquellos hombres desean defender la gloria de Dios, pero el Hijo les muestra que todavía no han comprendido plenamente la palabra divina que pretenden proteger. El Salmo 82, escrito siglos antes, se convierte ahora en una puerta hacia una revelación mayor. Porque si Dios concedió a determinados hombres una dignidad que permitió llamarlos «dioses», cuánto más debemos considerar la identidad de Aquel que no recibió simplemente una función entre los hombres, sino que fue santificado y enviado por el Padre para comunicarles la vida eterna. En el siguiente versículo descubriremos que Jesús no solamente fundamenta su respuesta en una palabra de las Escrituras, sino también en una declaración acerca de su autoridad permanente: «Y la Escritura no puede ser quebrantada».

— Roberto Tinoco

Juan 10:35

Comentario general

Juan 10:35 «Si llamó dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios (y la Escritura no puede ser quebrantada)». Jesús continúa desarrollando su argumento a partir del Salmo 82:6, donde Dios declara: «Yo dije: Vosotros sois dioses, y todos vosotros hijos del Altísimo». La expresión «aquellos a quienes vino la palabra de Dios» resulta fundamental para comprender su razonamiento. El verbo griego egéneto (ἐγένετο), de gínomai, aparece en la construcción que describe la llegada de la palabra divina a determinados destinatarios. En el contexto del salmo, Dios está juzgando a quienes ejercen autoridad y han dejado de practicar la justicia. La interpretación cristiana tradicional, representada por Agustín y otros comentaristas, ha reconocido en estos personajes a hombres que recibieron una dignidad derivada de Dios para juzgar. El argumento de Jesús se apoya en el hecho de que la Escritura emplea el título «dioses» para designar a seres distintos del Dios supremo, sin atribuirles necesariamente su naturaleza eterna. El título procede de una designación divina y no de una divinidad independiente. Por eso, cuando Jesús recuerda que la palabra de Dios vino a ellos, establece una distinción decisiva entre quienes reciben una dignidad mediante la revelación y Aquel que posee una relación incomparable con el Padre. Los primeros reciben una palabra; el Hijo es el Verbo eterno que estaba con Dios y era Dios desde el principio (Juan 1:1). Pero Jesús introduce una afirmación que trasciende el argumento inmediato: «y la Escritura no puede ser quebrantada». La expresión griega ou dýnatai lythênai hē graphḗ (οὐ δύναται λυθῆναι ἡ γραφή) contiene una declaración extraordinaria acerca de la autoridad de la revelación escrita. El verbo lýō, aquí en infinitivo pasivo, puede significar desatar, soltar, invalidar o dejar sin efecto. Jesús afirma que la Escritura no puede ser anulada ni privada de su autoridad. Resulta significativo que fundamente su defensa en una expresión particular de un salmo, mostrando que incluso aquello que sus adversarios podrían considerar secundario posee importancia dentro del testimonio inspirado. El Señor no trata las Escrituras como documentos religiosos cuya autoridad depende de la aceptación humana, sino como la palabra de Dios que permanece firme. Esta convicción aparece también en Mateo 5:18, donde declara que ni una jota ni una tilde pasarán de la ley hasta que todo se haya cumplido. Ninguna parte de la revelación divina puede ser despreciada como si careciera de propósito o pudiera ser anulada arbitrariamente. Lo que Dios ha hablado permanece verdadero y alcanza su cumplimiento conforme a su sabiduría. Existe aquí una enseñanza especialmente importante acerca de la relación entre Jesucristo y las Escrituras. El mismo que es el Verbo encarnado reconoce la autoridad de la palabra escrita. No establece una competencia entre su persona y la revelación anterior, sino que muestra que ambas pertenecen al mismo propósito divino. En Juan 5:39 había declarado que las Escrituras dan testimonio de Él, y en Juan 5:46 afirmó que Moisés escribió acerca de su Persona. Por consiguiente, la Biblia no constituye simplemente una colección de enseñanzas morales o relatos históricos, sino el testimonio progresivo de la obra redentora que encuentra su centro en Jesucristo. Ireneo de Lyon defendió la unidad de las Escrituras frente a quienes pretendían separar radicalmente al Dios del Antiguo Testamento del Padre revelado por Jesucristo. Su insistencia en la continuidad del propósito divino ilumina estas palabras del Señor: el Dios que habló mediante Moisés y los profetas es el mismo Padre que ha enviado al Hijo. La Escritura no puede ser quebrantada porque su autoridad procede de la fidelidad de Aquel que la inspiró. Esta declaración también establece un principio indispensable para nuestro estudio bíblico. La profundidad espiritual no debe alcanzarse mediante interpretaciones que contradigan el significado de las Escrituras, sino mediante una comprensión cada vez más cuidadosa de su verdad. Jesús no utilizó la Escritura únicamente para ganar una controversia; mediante ella estaba revelando la legitimidad de su identidad y preparando a sus oyentes para comprender su relación con el Padre. El creyente que ama verdaderamente a Cristo aprende también a amar la palabra que da testimonio de Él. Y cuanto más profundamente la conoce, más descubre que la fidelidad de Dios permanece intacta a través de los siglos: las generaciones cambian, los reinos desaparecen y las voces humanas se extinguen, pero la palabra divina continúa dando testimonio de Aquel que es el mismo ayer, hoy y por los siglos.

— Roberto Tinoco

Juan 10:36

Comentario general

Juan 10:36 «¿Al que el Padre santificó y envió al mundo, vosotros decís: Tú blasfemas, porque dije: Hijo de Dios soy?». Jesús lleva ahora su argumento hacia una conclusión de extraordinaria profundidad. Si las Escrituras pudieron llamar «dioses» a determinados destinatarios de la palabra divina, ¿cómo pueden sus adversarios considerar automáticamente blasfemo que Él se presente como Hijo de Dios? La fuerza del razonamiento se encuentra en el contraste entre aquellos que recibieron una dignidad derivada y Aquel que fue santificado y enviado por el Padre. Jesús no está afirmando que su condición sea simplemente equivalente a la de los personajes mencionados en el Salmo 82. Por el contrario, está estableciendo una comparación que conduce de lo menor a lo mayor. Si el lenguaje de la Escritura admite aquella designación para quienes recibieron una responsabilidad divina, cuánto más debe considerarse cuidadosamente la identidad de quien ha venido al mundo mediante una misión singular del Padre. Sus adversarios habían acusado a Jesús de hacerse Dios siendo hombre; Él responde mostrando que su identidad no procede de una exaltación humana, sino de su relación con Aquel que lo envió. No es un hombre que decidió atribuirse una dignidad celestial, sino el Hijo que ha venido del Padre para realizar la obra de la redención. La expresión «el Padre santificó» utiliza el verbo griego hēgíasen (ἡγίασεν), de hagiázō, que significa santificar, consagrar o apartar para un propósito sagrado. En este contexto no implica que Jesús necesitara ser purificado de pecado alguno, porque Juan lo presenta como el Cordero sin mancha que quita el pecado del mundo. La santificación se refiere a su consagración para la misión recibida del Padre. Esta declaración adquiere una belleza particular cuando recordamos que la conversación ocurre durante la fiesta de la Dedicación, celebración que conmemoraba la purificación y consagración del templo de Jerusalén. Israel celebraba la dedicación de un santuario material, mientras que en sus atrios caminaba el verdadero Templo, Aquel a quien el Padre había consagrado para una misión infinitamente mayor. El templo fue apartado para el culto divino; Jesucristo fue enviado para revelar al Padre y reconciliar al mundo con Él. El santuario podía ser profanado y necesitar una nueva purificación, pero el Hijo es santo en su propia persona y cumple perfectamente el propósito de Dios. La verdadera consagración no encuentra su plenitud en las piedras de un edificio, sino en la obediencia perfecta del Hijo que vino a habitar entre nosotros. Jesús añade que el Padre lo «envió al mundo». El verbo apésteilen (ἀπέστειλεν), de apostéllō, expresa el acto de enviar a alguien con una misión. En el Evangelio de Juan, esta expresión posee una importancia cristológica fundamental, porque la identidad de Jesús se encuentra inseparablemente relacionada con su procedencia del Padre. En Juan 6:38 declaró que había descendido del cielo para hacer la voluntad de Aquel que lo envió, mientras que en Juan 17:5 hablará de la gloria que tenía junto al Padre antes de que el mundo existiera. Su envío, por tanto, no puede reducirse al llamamiento de un profeta que comienza su misión dentro de la historia. El Hijo existe antes de su venida y entra voluntariamente en nuestra condición humana mediante la encarnación. Aquí encontramos una distinción esencial entre Jesucristo y todos los demás enviados de Dios. Los profetas fueron llamados desde su existencia humana para comunicar la palabra divina; el Hijo eterno vino al mundo siendo Él mismo el Verbo de Dios. Los primeros podían decir: «Así dice Yahwéh»; Jesucristo podía declarar con autoridad propia: «Yo soy». Su misión no comienza con su existencia, sino que su existencia eterna precede a la misión mediante la cual se manifiesta entre los hombres. La declaración «Hijo de Dios soy» revela la identidad que sus adversarios se negaban a reconocer. En el contexto del Evangelio de Juan, este título no se limita a expresar una relación de obediencia semejante a la de los antiguos reyes de Israel, aunque las Escrituras habían utilizado lenguaje filial para describir la relación del rey davídico con Dios (2 Samuel 7:14). Jesús se presenta como el Hijo que comparte una comunión única con el Padre, posee vida en sí mismo, realiza sus obras y participa de su autoridad divina. Por eso, cuando afirma que Él y el Padre son uno, sus adversarios comprenden que está reclamando una dignidad que supera la condición ordinaria de un enviado religioso. La respuesta de Jesús no disminuye esa afirmación, sino que prepara su defensa mediante las Escrituras y las obras que el Padre realiza por medio de Él. Esta verdad posee también una consecuencia extraordinaria para nuestra salvación: el Hijo eterno fue consagrado y enviado para que nosotros pudiéramos llegar a ser hijos de Dios por gracia. Él es Hijo por naturaleza; nosotros somos hechos hijos mediante la regeneración y la adopción. La encarnación no borra esa diferencia, pero abre el camino para que participemos de una comunión que antes nos resultaba inaccesible. El Hijo descendió hasta nuestra humanidad sin perder su divinidad, para elevarnos mediante su gracia hacia la Vida del Padre.

— Roberto Tinoco

Juan 10:37

Comentario general

Juan 10:37 «Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis». La respuesta de Jesús adquiere ahora una forma sorprendente: invita a sus adversarios a examinar sus obras y les concede, en términos de su argumento, que no crean en Él si sus acciones no corresponden a las del Padre. La expresión «si no hago las obras de mi Padre» establece un criterio que relaciona inseparablemente la identidad de Cristo con la manifestación de la voluntad divina. Jesús no exige que sus oyentes acepten sus declaraciones prescindiendo de toda evidencia, sino que consideren si sus obras expresan verdaderamente el carácter de Dios. Esta invitación revela una confianza absoluta en la coherencia entre su Persona, sus palabras y sus acciones. Ningún engaño puede sostener indefinidamente semejante correspondencia, porque tarde o temprano la conducta termina descubriendo aquello que las palabras procuran ocultar. En Jesucristo, sin embargo, no existe contradicción entre lo que anuncia y lo que realiza. Su enseñanza revela al Padre, y sus obras manifiestan visiblemente la misma verdad. Cuando declara ser la luz del mundo, abre los ojos del ciego; cuando se presenta como el pan de vida, alimenta a la multitud; cuando afirma poseer autoridad para dar vida, restaura a quienes se encuentran bajo el poder de la enfermedad y de la muerte. Sus señales no son adornos de su ministerio, sino testimonios de su identidad. Esta relación entre las obras del Padre y las acciones del Hijo encuentra su fundamento en Juan 5:19: «No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente». La expresión no describe una incapacidad del Hijo, sino la perfecta unidad de voluntad y acción que existe entre ambos. Jesús no obra independientemente del Padre porque su comunión con Él es absoluta. Esta verdad resulta esencial para comprender su identidad divina. Los profetas podían realizar milagros mediante el poder que Dios les concedía, pero Jesucristo presenta sus obras como manifestaciones de una relación singular con el Padre. No actúa simplemente como un instrumento ocasional del poder divino, sino como el Hijo que participa inseparablemente de la acción de Dios. Por eso, las obras de Jesús no solamente demuestran que posee autoridad espiritual; revelan cómo es el Padre. La misericordia que se acerca al enfermo, la santidad que confronta el pecado y el amor que busca al perdido proceden del mismo corazón divino. El Hijo no representa una disposición diferente de la del Padre, sino que manifiesta perfectamente su carácter. En Él, la voluntad de Dios se ha hecho visible dentro de nuestra historia. Sin embargo, debemos observar que Jesús no convierte las señales milagrosas en el único fundamento de la fe. El Evangelio muestra que algunas personas contemplaron sus obras y, aun así, permanecieron incrédulas, mientras que otras llegaron a creer mediante su palabra. Las señales poseen una función testimonial, pero necesitan ser comprendidas dentro del conjunto de la revelación. Deuteronomio 13:1-3 ya advertía que una señal extraordinaria no justificaba seguir a quien pretendiera apartar al pueblo del verdadero Dios. Por consiguiente, el criterio establecido por Jesús no consiste simplemente en determinar si una persona realiza hechos sobrenaturales, sino en examinar si sus obras corresponden verdaderamente al carácter y al propósito del Padre. Esta distinción conserva una importancia fundamental para la Iglesia. El poder espiritual no puede separarse de la verdad, ni los resultados visibles justifican cualquier enseñanza o conducta. Un ministerio puede impresionar mediante sus actividades, su crecimiento o su influencia, pero debe ser examinado también por su fidelidad a las Escrituras y por el fruto de su carácter. Jesús no pidió que sus obras fueran admiradas independientemente de su identidad, sino que fueran reconocidas como testimonio del Padre que lo había enviado. La invitación «no me creáis» contiene una enseñanza preciosa acerca de la naturaleza de la fe cristiana. Jesús no procura obtener adhesión mediante la intimidación ni exige que sus interlocutores renuncien a examinar la verdad. Les presenta una evidencia que pueden considerar y los llama a responder honestamente a ella. Esto no significa que la razón humana pueda comprender exhaustivamente el misterio divino, porque la revelación siempre supera nuestra capacidad de abarcarla por completo. Significa que la fe no es enemiga del entendimiento, sino su respuesta ante la verdad que Dios ha manifestado. En Juan 20:30-31, el evangelista explicará que las señales de Jesús fueron escritas para que creyéramos que Él es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tuviéramos vida en su nombre. Las obras conducen hacia la identidad; la identidad invita a la fe; y la fe nos introduce en la vida que Cristo comunica. El Señor no desea simplemente despertar admiración por sus milagros, sino conducirnos al conocimiento del Padre mediante su persona. Y mientras sus adversarios sostienen todavía la acusación de blasfemia, Jesús les ofrece una oportunidad más para contemplar la verdad: si sus obras proceden del Padre, entonces sus palabras merecen ser escuchadas con una humildad que permita reconocer quién es verdaderamente Aquel que está delante de ellos.

— Roberto Tinoco

Juan 10:38

Comentario general

Juan 10:38 «Mas si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que conozcáis y creáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre». Jesús continúa su defensa mediante una invitación extraordinaria: «Aunque no me creáis a mí, creed a las obras». No está separando sus palabras de sus acciones, ni sugiriendo que los milagros posean una autoridad independiente de su persona. Está apelando a un testimonio que sus adversarios difícilmente podían ignorar. Habían escuchado sus declaraciones y las consideraban blasfemas, pero también habían contemplado obras cuya bondad y poder resultaban evidentes. El hombre que nació ciego había recibido la vista, el paralítico de Betesda había comenzado a caminar y numerosas personas habían experimentado la misericordia divina mediante su ministerio. Jesús los invita a examinar aquello que Dios ha hecho delante de sus ojos, para que las obras los conduzcan a reconocer la verdad de sus palabras. En Juan 5:36 ya había declarado que las obras recibidas del Padre daban testimonio de su misión. Ahora insiste en que aquellas señales no fueron realizadas simplemente para aliviar necesidades temporales, sino para revelar su identidad. Cada milagro constituye una manifestación visible de una realidad espiritual más profunda: el Padre está obrando mediante el Hijo. La fe cristiana no descansa en la fascinación por lo extraordinario, sino en el reconocimiento de Aquel cuya gloria se manifiesta a través de sus obras. La finalidad de esta invitación aparece en las palabras «para que conozcáis y creáis». El texto griego presenta dos formas del verbo ginṓskō (γινώσκω): gnōte y ginṓskēte, que pueden expresar el llegar a conocer y el continuar conociendo. Aunque nuestra traducción tradicional utiliza «conozcáis y creáis», el griego puede entenderse con mayor precisión como «para que lleguéis a conocer y continuéis conociendo». Esta distinción resulta hermosa porque presenta el conocimiento de Cristo no solamente como un descubrimiento inicial, sino como una comprensión que puede profundizarse. Las obras del Señor debían conducir a sus oyentes hacia una convicción cada vez más firme acerca de su relación con el Padre. No se trata de una experiencia intelectual desligada de la fe, sino de un conocimiento que nace de reconocer la revelación divina y que debe desarrollarse mediante la comunión con Él. En Juan 17:3, Jesús declarará que la vida eterna consiste en conocer al Padre y a Jesucristo, a quien ha enviado. Por consiguiente, el conocimiento espiritual no termina cuando aceptamos una verdad doctrinal; comienza allí una relación en la que somos llamados a descubrir continuamente nuevas profundidades de la persona del Señor. Las señales pueden despertar nuestra atención, pero su propósito más elevado es conducirnos hacia Aquel que las realiza. La declaración culmina con una de las afirmaciones cristológicas más profundas del Evangelio: «el Padre está en mí, y yo en el Padre». Jesús no se limita a afirmar que Dios lo acompaña o que aprueba su ministerio, como podría decirse de un profeta fiel. Describe una relación de mutua habitación que pertenece singularmente al Padre y al Hijo. La expresión griega utiliza la preposición en (ἐν), «en», para presentar esta comunión recíproca. Los antiguos escritores cristianos desarrollaron posteriormente el concepto de perichṓrēsis, utilizado para expresar la mutua inhabitación de las personas divinas sin confusión ni separación. Aunque Juan no emplea aquí ese término teológico posterior, sus palabras proporcionan uno de los fundamentos bíblicos de aquella reflexión. El Padre y el Hijo son personalmente distintos, pero inseparables en su naturaleza y acción divinas. Jesús no es el Padre, ni el Padre es el Hijo; sin embargo, la comunión entre ambos es tan perfecta que las obras del Hijo manifiestan verdaderamente la Presencia y voluntad del Padre. Esta verdad ilumina nuevamente Juan 10:30: «Yo y el Padre uno somos». La unidad divina no consiste solamente en compartir determinados propósitos, sino que encuentra su fundamento en la relación eterna de las Personas divinas. Jesús deseaba comunicarle esta vida a sus discípulos, lo mismo que a nosotros. En Juan 14:20, el Señor anunciará: «Yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros». La relación eterna entre el Padre y el Hijo constituye así el fundamento de una comunión en la que los creyentes somos introducidos por gracia. No significa que lleguemos a participar de la esencia divina como si fuéramos iguales a Dios, sino que recibimos su vida mediante el Espíritu y somos unidos a Cristo. Esta verdad fue especialmente apreciada por Atanasio y otros escritores cristianos al contemplar el propósito de la encarnación: el Hijo asumió nuestra humanidad para reconciliarnos con Dios y hacernos participantes de su vida. La salvación no consiste solamente en recibir beneficios procedentes del cielo, sino en ser introducidos en una relación viva con Aquel que eternamente habita en comunión con el Padre. Jesús no vino únicamente para mostrarnos cómo es Dios desde una distancia inaccesible; vino para abrirnos el camino hacia su Presencia. Y resulta conmovedor que esta revelación sea pronunciada delante de hombres que todavía desean apedrearlo. Mientras ellos procuran rechazar al Hijo, Él continúa ofreciéndoles razones para conocer al Padre. La luz no deja de resplandecer porque algunos hayan decidido cerrar los ojos.

— Roberto Tinoco

Juan 10:39

Comentario general

Juan 10:39 «Procuraron otra vez prenderle, pero él se escapó de sus manos». La respuesta de los adversarios de Jesús confirma que su explicación no había conseguido disipar la oposición. Después de escuchar que el Padre estaba en Él y Él en el Padre, intentaron nuevamente prenderlo. El verbo griego piásai (πιάσαι), de piázō, expresa la acción de apresar o sujetar a alguien. Juan ya había descrito intentos semejantes en los capítulos anteriores, especialmente cuando los dirigentes religiosos procuraron detener a Jesús, pero no pudieron hacerlo porque todavía no había llegado su hora (Juan 7:30; Juan 8:20). Esta repetición revela una tensión creciente entre la misión del Señor y la hostilidad de quienes se resisten a reconocerlo. Sus adversarios no se conforman con rechazar sus enseñanzas; desean impedir que continúe manifestándose públicamente. Sin embargo, la oposición humana no consigue detener el desarrollo del propósito divino. El mismo Jesús que había declarado poseer autoridad para entregar su vida y volverla a tomar permanece libre hasta el momento en que voluntariamente se ofrecerá. Su muerte no será el resultado de haber perdido finalmente el control de los acontecimientos, sino el cumplimiento de una misión aceptada desde la eternidad y realizada en obediencia al Padre. La expresión «pero él se escapó de sus manos» merece una consideración especial. El verbo griego exêlthen (ἐξῆλθεν), de exérchomai, significa literalmente «salió», mientras que la construcción completa comunica que Jesús salió de entre sus manos o escapó de su poder. Juan no explica el procedimiento mediante el cual ocurrió, por lo que sería innecesario imaginar una intervención sobrenatural específica que el texto no describe. Lo importante es el resultado: aquellos hombres no consiguieron apresarlo. Esta escena adquiere una belleza particular cuando la relacionamos con Juan 10:28-29, donde Jesús había declarado que nadie podía arrebatar a las ovejas de su mano ni de la mano del Padre. Ahora sus adversarios procuran sujetarlo con las suyas, pero no pueden retenerlo. La correspondencia permite desarrollar una aplicación espiritual sugerente: las manos humanas son incapaces de dominar al Hijo antes de la hora señalada, mientras que las manos divinas poseen poder suficiente para guardar a quienes le pertenecen. Esta libertad de Jesucristo también nos permite comprender mejor el carácter voluntario de su sacrificio. En Juan 18:4, cuando llegue finalmente el momento de su arresto, Jesús saldrá al encuentro de quienes vienen a prenderlo, sabiendo todas las cosas que habrían de sobrevenirle. No será necesario que sus enemigos lo sorprendan ni que una fuerza superior consiga vencer su resistencia. Él mismo se entregará. Por eso, los intentos fallidos de apresarlo no deben interpretarse simplemente como episodios de habilidad para escapar del peligro, sino como manifestaciones de que su misión permanece gobernada por el propósito del Padre. Existe una diferencia esencial entre evitar una muerte prematura y negarse a entregar la vida. Jesús hace lo primero porque todavía debe completar su ministerio; realizará lo segundo cuando llegue la hora de su sacrificio. Su obediencia no consiste en buscar el sufrimiento innecesariamente, sino en permanecer fiel al propósito divino en cada momento. La misma sabiduría que lo lleva a retirarse ahora lo conducirá posteriormente a permanecer delante de sus acusadores sin intentar escapar. Esta escena nos recuerda que la oposición no constituye necesariamente una señal de que hemos abandonado la voluntad de Dios. Jesús se encuentra en perfecta comunión con el Padre y, sin embargo, enfrenta rechazo, amenazas y persecución. La fidelidad espiritual no garantiza una existencia libre de conflictos, pero sí nos llama a discernir cómo responder a ellos. El Señor no convierte cada enfrentamiento en una batalla que deba prolongarse indefinidamente. En esta ocasión se retira, dejando atrás a quienes se han negado a recibir su testimonio. Su retirada no representa una derrota ni una renuncia a la verdad, sino la continuación de su misión por otro camino. No toda oposición necesita ser respondida mediante una confrontación permanente. Existen momentos para hablar con firmeza y otros para retirarse con serenidad, confiando en que la verdad de Dios no depende de nuestra capacidad para convencer a todos. Jesús había presentado sus palabras, sus obras y las Escrituras; ahora deja que sus adversarios permanezcan frente a la responsabilidad de responder a la luz que han recibido. La misericordia había hablado, pero no obligaría a nadie a creer.

— Roberto Tinoco

Juan 10:40

Comentario general

Juan 10:40 «Y se fue de nuevo al otro lado del Jordán, al lugar donde primero había estado bautizando Juan; y se quedó allí». El apóstol Juan describe ahora un desplazamiento geográfico que, dentro de la estructura de su Evangelio, posee una belleza extraordinaria. Jesús abandona Jerusalén y regresa al otro lado del Jordán, al lugar donde Juan el Bautista había desarrollado su ministerio al comienzo del relato. La expresión «de nuevo» establece una conexión deliberada con los primeros acontecimientos del Evangelio, especialmente con Juan 1:28, donde se menciona Betania al otro lado del Jordán como escenario del testimonio del Bautista. No debemos confundir este lugar con Betania, la aldea cercana a Jerusalén donde vivían Marta, María y Lázaro. Se trata de una región relacionada con los comienzos del ministerio público de Jesús, aunque su localización exacta continúa siendo objeto de discusión histórica. El evangelista parece conducirnos hacia el punto donde comenzó a desarrollarse la revelación pública del Mesías. Después de numerosos milagros, controversias y declaraciones acerca de su identidad, Jesús regresa al lugar donde Juan había anunciado su venida. La escena posee algo de recogimiento: el Señor deja atrás el ruido de Jerusalén y vuelve a una región donde su persona había sido reconocida mediante el testimonio de aquel que vino a preparar su camino. El Jordán ocupa un lugar particularmente significativo dentro de la historia bíblica. Israel lo cruzó bajo la dirección de Josué para entrar en la tierra prometida (Josué 3), y sus aguas fueron escenario de acontecimientos relacionados con Elías y Eliseo (2 Reyes 2). Posteriormente, Juan el Bautista llamó al pueblo al arrepentimiento mediante un bautismo que anunciaba la proximidad del reino de Dios. En ese ambiente, Jesús fue presentado como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. La referencia al Jordán permite reconocer una semejanza espiritual entre la antigua entrada de Israel en la tierra prometida y la nueva realidad que Cristo vino a inaugurar. El conjunto de las Escrituras permite contemplar cómo Dios conduce a su pueblo desde las antiguas promesas hacia su cumplimiento en el Hijo. Es como un nuevo cruce del Jordán a una nueva era. El mismo Señor que había anunciado ser la puerta de las ovejas se encuentra ahora fuera de Jerusalén, en una región asociada con el comienzo de su manifestación mesiánica. Existe además una relación especialmente sugerente con la enseñanza anterior acerca del redil y el rebaño. Jesús había declarado que sacaría a sus ovejas, que reuniría a otras que no pertenecían a aquel redil y que finalmente habría un solo rebaño bajo un solo Pastor. Ahora lo encontramos fuera del centro religioso de Jerusalén, en un lugar donde muchas personas comenzarán a creer en Él. No debemos afirmar que este desplazamiento constituya por sí mismo el cumplimiento de Juan 10:16, porque la incorporación de los gentiles al pueblo de Dios se desarrollará históricamente después de su muerte y resurrección. La escena permite contemplar un movimiento significativo: el Pastor no queda limitado por las estructuras religiosas que lo han rechazado. Su misión continúa allí donde existen personas dispuestas a escuchar su voz. La Presencia de Cristo no depende de la grandeza de un edificio ni del reconocimiento de una autoridad humana. El mismo Hijo que enseñó bajo los pórticos del templo puede manifestar su gloria junto a las aguas del Jordán. Y donde su palabra es recibida mediante la fe, comienza a formarse una especie de iglesia reunida alrededor de su Persona. Juan añade que Jesús «se quedó allí». El verbo griego émeinen (ἔμεινεν), de ménō, significa permanecer o habitar durante un tiempo. Es uno de los verbos característicos del Evangelio de Juan, donde adquiere especial profundidad espiritual al describir la permanencia en Cristo y la comunión con Él. Aquí conserva primeramente su sentido histórico: Jesús permaneció en aquella región. No obstante, la elección del término nos recuerda una verdad que el evangelista desarrollará ampliamente en el capítulo quince: la vida espiritual encuentra su plenitud en permanecer junto al Señor. En Jerusalén, muchos habían escuchado sus palabras y procurado apresarlo; al otro lado del Jordán, otros tendrán oportunidad de acercarse y creer. El contraste no depende de que un lugar geográfico sea espiritualmente superior al otro, sino de la respuesta que las personas ofrecen a Jesucristo. Allí donde la oposición parecía cerrar todas las posibilidades, el Señor continúa su obra en un ambiente diferente. Su misión no se ha detenido; simplemente ha cambiado de escenario. Y las aguas que habían escuchado el testimonio del Bautista volverán a ser testigos de la fe de quienes comienzan a reconocer al Mesías.

— Roberto Tinoco

Juan 10:41

Comentario general

Juan 10:41 «Y muchos venían a él, y decían: Juan, a la verdad, ninguna señal hizo; pero todo lo que Juan dijo de éste, era verdad». La reacción de las personas que se acercan a Jesús contrasta profundamente con la hostilidad que había encontrado en Jerusalén. Juan declara que muchos venían a Él, mostrando que su retirada no significó el final de su influencia ni el fracaso de su ministerio. El verbo griego ḗrchonto (ἤρχοντο), de érchomai, describe la acción de acudir o acercarse, y su forma verbal permite imaginar un movimiento continuado de personas hacia el Señor. Mientras algunos dirigentes religiosos habían procurado detenerlo, otros reconocían en su presencia una oportunidad para escuchar la verdad. Esta diferencia recuerda las palabras de Juan 6:37: «Al que a mí viene, no le echo fuera». Jesús no exige que quienes se acercan posean desde el principio una comprensión completa de su identidad; los recibe para conducirlos hacia la fe. La historia del Evangelio muestra repetidamente que el conocimiento espiritual puede comenzar mediante una inquietud sincera y desarrollarse progresivamente hasta convertirse en una convicción profunda. Los primeros discípulos habían comenzado siguiendo a Jesús después de escuchar el testimonio del Bautista; ahora, en aquella misma región, otros se acercan porque reconocen que aquel testimonio había sido verdadero. La declaración «Juan, a la verdad, ninguna señal hizo» resulta especialmente significativa. El Bautista había desarrollado un ministerio extraordinario, reconocido por multitudes y confirmado por el propio Jesucristo, quien lo llamó una antorcha que ardía y alumbraba (Juan 5:35). Sin embargo, el evangelista señala que no realizó señales milagrosas como las que caracterizaron el ministerio de Jesús. Esto no disminuye su importancia, sino que permite comprender la naturaleza particular de su vocación. Juan no fue enviado principalmente para manifestar poder mediante milagros, sino para dar testimonio del Mesías. Su grandeza no consistió en atraer la atención hacia sí mismo, sino en dirigirla hacia Aquel que venía después de él. En Juan 1:20 había confesado abiertamente que no era el Cristo, y en Juan 3:30 expresó el principio que gobernaba su ministerio: «Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe». Ahora, después de que su ministerio ha concluido, las personas reconocen que sus palabras acerca de Jesús eran verdaderas. Juan había desaparecido del escenario, pero su testimonio continuaba produciendo fruto. Aquí encontramos una enseñanza pastoral preciosa: la fidelidad de un ministerio no se mide exclusivamente por la espectacularidad de sus manifestaciones, sino por la verdad de su mensaje y por su capacidad para conducir a las personas hacia Jesucristo. La expresión «todo lo que Juan dijo de éste, era verdad» revela también la importancia del testimonio dentro del propósito divino. Juan el Bautista había anunciado que Jesús era el Cordero de Dios, que existía antes que él y que bautizaría con el Espíritu Santo. Sus palabras fueron pronunciadas cuando la plenitud de la obra de Cristo todavía no se había manifestado públicamente. Sin embargo, el desarrollo posterior del ministerio de Jesús permitió reconocer la veracidad de aquel testimonio. El Bautista había señalado al Cordero de Dios cuando todavía no había sido levantado sobre la cruz; había anunciado al que bautizaría con el Espíritu Santo antes de que llegara el día de Pentecostés; y había confesado la preeminencia del Hijo cuando muchos apenas comenzaban a conocerlo. Su testimonio había sido una semilla depositada en el corazón de quienes lo escucharon, pero necesitó tiempo para que algunos reconocieran plenamente su significado. Ahora, al contemplar las palabras y las obras de Jesucristo, aquellas personas podían afirmar que todo cuanto Juan había anunciado acerca de Él era verdadero. Existe aquí una enseñanza extraordinaria acerca de la fidelidad ministerial: no todo fruto aparece durante la vida de quien siembra. Algunas palabras pronunciadas bajo la dirección de Dios continuarán iluminando corazones cuando la voz que las anunció haya dejado de escucharse. Pablo expresaría posteriormente que uno planta y otro riega, pero Dios da el crecimiento (1 Corintios 3:6). Juan había sembrado mediante su testimonio; Jesucristo, hacia quien aquel testimonio dirigía todas las miradas, estaba recogiendo ahora el fruto. Hay también una belleza profundamente cristológica en el contraste entre Juan y Jesús. El Bautista no realizó señales milagrosas, pero anunció fielmente a Aquel cuyas obras revelarían la gloria del Padre. Juan era la lámpara; Cristo, la Luz. Juan era la voz que clamaba en el desierto; Cristo, el Verbo eterno que se hizo carne. Juan bautizaba con agua; Jesús comunicaría el Espíritu Santo. La grandeza del precursor no consistía en poseer aquello que solamente pertenecía al Mesías, sino en reconocerlo y anunciarlo con fidelidad. Esta distinción resulta esencial para comprender el ministerio cristiano. Ningún siervo de Dios necesita reproducir todas las manifestaciones extraordinarias de otros para cumplir el propósito que le ha sido confiado. Algunos serán llamados a sembrar donde otros cosecharán; algunos prepararán caminos que otros recorrerán; algunos dedicarán su vida a anunciar una verdad cuyo fruto pleno solamente será visible después de su partida. La medida definitiva de la fidelidad no se encuentra en cuánto conseguimos que los hombres hablen de nosotros, sino en cuánto contribuimos a que reconozcan a Jesucristo. Juan había disminuido hasta desaparecer del escenario, pero su testimonio permanecía vivo porque había señalado hacia Aquel que permanece para siempre.

— Roberto Tinoco

Juan 10:42

Comentario general

Juan 10:42 «Y muchos creyeron en él allí». Juan concluye el capítulo con una declaración extraordinariamente sencilla: «Y muchos creyeron en él allí». Después de tantas controversias, amenazas y acusaciones, el relato termina con personas que responden mediante la fe. El verbo griego epísteusan (ἐπίστευσαν), de pisteúō, expresa la acción de creer, mientras que la construcción eis autón (εἰς αὐτόν), literalmente «en Él» o «hacia Él», es característica del lenguaje joánico para describir la fe dirigida personalmente a Jesucristo. No se trata simplemente de aceptar que sus enseñanzas son interesantes o reconocer que sus milagros resultan extraordinarios. La expresión señala una confianza que encuentra su objeto en la persona del Señor. Aquellos hombres habían escuchado el testimonio de Juan el Bautista, habían considerado las obras de Jesús y finalmente respondieron creyendo en Él. La revelación divina había llegado a sus corazones y encontraron en Jesucristo al Mesías anunciado. El evangelista no describe todos los detalles de aquella experiencia ni afirma que cada uno poseyera una comprensión completa de su identidad, pero presenta su respuesta como un acontecimiento significativo dentro del desarrollo de la misión del Señor. La palabra «allí» merece una consideración particular. Jesús había abandonado Jerusalén, donde los dirigentes religiosos procuraron apresarlo y apedrearlo, y se había retirado al otro lado del Jordán. Allí, lejos del esplendor arquitectónico del templo y de las grandes controversias religiosas, muchas personas comenzaron a creer. El contraste es profundamente revelador. Jerusalén poseía el santuario, las tradiciones, los maestros y las instituciones que habían preservado durante siglos la identidad religiosa de Israel; sin embargo, una parte de sus dirigentes se resistía a reconocer al Hijo de Dios. Al otro lado del Jordán, donde Juan había anunciado la venida del Mesías, la palabra encontraba corazones dispuestos a recibirla. Esto no significa que la ciudad santa hubiera sido rechazada en su totalidad ni que la fe dependiera de abandonar determinados lugares geográficos. Juan mismo ha mostrado que también hubo personas que creyeron en Jesús dentro de Jerusalén. La diferencia fundamental se encuentra en la respuesta humana ante la revelación divina. El templo podía recordar la presencia de Dios, pero no podía producir automáticamente la fe; el desierto carecía de la magnificencia del santuario, pero podía convertirse en escenario de un encuentro verdadero con Jesucristo. La gloria de Dios no queda prisionera de los lugares donde los hombres esperan encontrarla. En Juan 1:35-39, dos discípulos escucharon al Bautista señalar a Jesús como el Cordero de Dios y comenzaron a seguirlo. Cuando preguntaron dónde moraba, el Señor respondió: «Venid y ved». Aquellos hombres fueron, vieron dónde permanecía y se quedaron con Él aquel día. Ahora, al terminar el capítulo diez, volvemos a la región donde Juan había desarrollado su ministerio, y encontramos nuevamente a personas que se acercan a Jesucristo y creen en su Nombre. El evangelista parece cerrar un círculo narrativo: el testimonio que abrió el camino hacia el conocimiento del Mesías continúa produciendo fruto. Sin embargo, existe una diferencia importante. Al principio, Juan anunciaba a Aquel que estaba por manifestarse; ahora sus palabras podían ser reconocidas como verdaderas a la luz de las obras que Jesús había realizado. La fe de aquellos hombres no descansaba únicamente en el recuerdo del Bautista, sino en el encuentro con la persona hacia quien su testimonio había señalado. El mensajero había cumplido su misión, pero el mensaje continuaba vivo porque su centro era Jesucristo. Este versículo nos permite contemplar la victoria silenciosa de la gracia en medio de la oposición humana. Los dirigentes religiosos habían procurado detener a Jesús, pero no pudieron impedir que otros creyeran en Él. Las amenazas no habían extinguido su palabra, ni el rechazo había detenido su misión. Mientras algunos levantaban piedras, otros abrían el corazón. El buen Pastor continuaba llamando, y sus ovejas reconocían su voz. Aquí encontramos una conclusión profundamente coherente con todo el capítulo: Jesús había declarado que tenía otras ovejas que debía traer, que ellas escucharían su voz y que habría un solo rebaño bajo un solo Pastor. Aunque el cumplimiento pleno de aquella promesa se desarrollaría después de su muerte y resurrección, la fe de quienes acudieron a Él junto al Jordán anticipaba la amplitud de su obra. La salvación no quedaría limitada por las fronteras de una institución religiosa ni por la resistencia de quienes pretendían controlar el acceso a Dios. Cristo había venido para dar vida, y esa vida comenzaba a manifestarse en quienes respondían a su palabra. El capítulo había comenzado con un Pastor que entraba al redil para llamar a sus ovejas y termina con muchas personas que, al escuchar su voz, creen en Él. Entre ambas escenas hemos contemplado su amor, su autoridad, su unidad con el Padre y su disposición a entregar voluntariamente la vida. Pero quizá la belleza más profunda de esta conclusión se encuentra en su sencillez. Después de tantas declaraciones extraordinarias, Juan no necesita añadir una descripción grandiosa. Le basta con decir que muchos creyeron en Jesús. Porque el propósito de toda aquella revelación no era producir admiración pasajera, sino conducir a los hombres hacia la vida eterna mediante la fe en el Hijo de Dios. Y así termina Juan 10. El Pastor ha sido rechazado por algunos, pero reconocido por otros; ha anunciado su muerte, pero también su resurrección; ha revelado su unidad con el Padre y ha prometido guardar a sus ovejas en sus manos. Ahora permanece junto al Jordán, donde comenzó a escucharse públicamente el anuncio de su venida, y allí la fe continúa floreciendo. Los hombres pudieron rechazar al Pastor, pero no pudieron silenciar su voz. Y mientras esa voz siguiera siendo escuchada, habría ovejas dispuestas a seguirlo. Concluimos así el capítulo diez, uno de los retratos más hermosos de Jesucristo en todo el Evangelio de Juan: el Pastor que conoce a sus ovejas, entrega su vida por ellas, las reúne bajo su cuidado y les comunica una vida que ni siquiera la muerte podrá destruir.

— Roberto Tinoco

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