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Juan 2

La boda de Caná

1Al tercer día se hicieron unas bodas en Caná de Galilea; y estaba allí la madre de Jesús.🗨 2Y fueron también invitados a las bodas Jesús y sus discípulos.🗨 3Y faltando el vino, la madre de Jesús le dijo: No tienen vino.🗨 4Jesús le dijo: ¿Qué tienes conmigo, mujer? Aún no ha venido mi hora.🗨 5Su madre dijo a los que servían: Haced todo lo que os dijere.🗨 6Y estaban allí seis tinajas de piedra para agua, conforme al rito de la purificación de los judíos, en cada una de las cuales cabían dos o tres cántaros.🗨 7Jesús les dijo: Llenad estas tinajas de agua. Y las llenaron hasta arriba.🗨 8Entonces les dijo: Sacad ahora, y llevadlo al maestresala. Y se lo llevaron.🗨 9Cuando el maestresala probó el agua hecha vino, sin saber él de dónde era, aunque lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua, llamó al esposo,🗨 10y le dijo: Todo hombre sirve primero el buen vino, y cuando ya han bebido mucho, entonces el inferior; mas tú has reservado el buen vino hasta ahora.🗨 11Este principio de señales hizo Jesús en Caná de Galilea, y manifestó su gloria; y sus discípulos creyeron en él.🗨 12Después de esto descendieron a Capernaum, él, su madre, sus hermanos y sus discípulos; y estuvieron allí no muchos días.🗨

Jesús despeja el templo

13Estaba cerca la pascua de los judíos; y subió Jesús a Jerusalén,🗨 14y halló en el templo a los que vendían bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas allí sentados.🗨 15Y haciendo un azote de cuerdas, echó fuera del templo a todos, y las ovejas y los bueyes; y esparció las monedas de los cambistas, y volcó las mesas;🗨 16y dijo a los que vendían palomas: Quitad de aquí esto, y no hagáis de la casa de mi Padre casa de mercado.🗨 17Entonces se acordaron sus discípulos que está escrito: El celo de tu casa me consume.🗨 18Y los judíos respondieron y le dijeron: ¿Qué señal nos muestras, ya que haces esto?🗨 19Respondió Jesús y les dijo: Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.🗨 20Dijeron luego los judíos: En cuarenta y seis años fue edificado este templo, ¿y tú en tres días lo levantarás?🗨 21Mas él hablaba del templo de su cuerpo.🗨 22Por tanto, cuando resucitó de entre los muertos, sus discípulos se acordaron que había dicho esto; y creyeron la Escritura y la palabra que Jesús había dicho.🗨

Jesús y Nicodemo

23Estando en Jerusalén en la fiesta de la pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo las señales que hacía.🗨 24Pero Jesús mismo no se fiaba de ellos, porque conocía a todos,🗨 25y no tenía necesidad de que nadie le diese testimonio del hombre, pues él sabía lo que había en el hombre.🗨

Texto bíblico: Reina-Valera 1960 © Sociedades Bíblicas en América Latina, 1960. Renovado © Sociedades Bíblicas Unidas, 1988. Utilizado con permiso. Ver todos los créditos

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Juan 2: RV60

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Juan 2:1

Comentario general

JUAN 2:1 «Al tercer día se hicieron unas bodas en Caná de Galilea; y estaba allí la madre de Jesús.» El capítulo 2 viene después del 1. Lo último que vimos en el capítulo anterior fue la manifestación de la Vida para la edificación de la Casa de Dios. Luego vemos que la Vida vivifica lo que estaba muerto para edificar la Casa de Dios. Esto lo hace a partir de purificarnos, sacar lo muerto. Juan comienza diciendo: «al tercer día». La expresión griega es τῇ ἡμέρᾳ τῇ τρίτῃ (tē hēméra tē trítē), literalmente «en el día tercero». En el flujo inmediato del Evangelio funciona como una referencia cronológica dentro de los días que Juan viene contando desde el capítulo anterior. Pero para un lector de toda la Biblia, «el tercer día» inevitablemente adquiere resonancias mayores: Oseas 6:2 habla de levantamiento al tercer día y, finalmente, Cristo resucitará «al tercer día» (1 Corintios 15:4). Resulta hermoso que el primer signo de transformación del Evangelio comience bajo la sombra de esas palabras: «al tercer día». Es el nuevo comienzo, el horizonte de nueva vida. La boda ocurre en Caná de Galilea. No sabemos con certeza absoluta la ubicación del antiguo poblado, aunque estaba en Galilea y Natanael será identificado después como procedente de Caná (Juan 21:2). Más importante es el escenario elegido por Jesús. La primera señal que escoge Juan para su evangelio, no ocurre en el templo de Jerusalén, delante de sacerdotes y multitudes, sino en una boda de pueblo. El Antiguo Testamento utilizaba el matrimonio como imagen de la relación de Dios con su pueblo (Isaías 54:5; Oseas 2:19-20), y los profetas asociaban también la abundancia de vino con la alegría de los tiempos de restauración (Amós 9:13-14). Juan todavía no explica todo esto, pero ya ha colocado a Jesús en un escenario cargado de ecos bíblicos. Y hay algo entrañable aquí: el primer milagro de Jesús en este Evangelio ocurre donde una familia está comenzando. Dios no se interesa solamente por templos, púlpitos y momentos que nosotros llamaríamos «espirituales». También entra en bodas, mesas, hogares y celebraciones. A veces dividimos la vida entre lo sagrado y lo cotidiano; Jesús parece disfrutar borrando esa línea. Hay mesas familiares que pueden convertirse en altares cuando Cristo ha sido invitado a sentarse en ellas.

— Roberto Tinoco

Juan 2:2

Comentario general

JUAN 2:2 «Y fueron también invitados a las bodas Jesús y sus discípulos.» La palabra sencilla pero hermosa es ἐκλήθη (eklḗthē), de kaléō: llamar, invitar. Jesús fue invitado. Sus primeros discípulos también asistieron. La familia necesita la presencia de Cristo y también relaciones que fortalezcan la fe, no voces que destruyan lo que se está intentando edificar. Su presencia en aquella boda no significa que los novios jamás tendrían problemas. De hecho, el problema aparece inmediatamente. La diferencia es que cuando llega la crisis, Jesús ya está dentro de la casa. El Salmo 127:1 lo expresa desde otra imagen: «Si Yahwéh no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican». La fe no nos promete hogares sin dificultades; nos ofrece algo mucho más profundo: no atravesarlas solos. Hay personas que llaman a Jesús únicamente cuando se terminó el vino. Esta pareja, sin saber lo que ocurriría, ya lo había invitado antes. Ahí hay una pequeña sabiduría para toda la vida: no esperes a que llegue la crisis para hacerle lugar a Cristo. Invítalo a tus decisiones cuando todo está bien; a tu matrimonio cuando todavía hay vino; a tus hijos mientras todavía quieren escucharte; a tus proyectos antes de que aparezca la emergencia. Es mejor recibir a Jesús como invitado que buscarlo después únicamente como rescatista.

— Roberto Tinoco

Juan 2:3

Comentario general

JUAN 2:3 «Y faltando el vino, la madre de Jesús le dijo: No tienen vino.» El vino de los novios se acabó, sus recursos no fueron suficientes. Fue necesario que Cristo, la Vida, transformara el agua en vino para continuar la fiesta de bodas. Esta es una señal de cómo la vida humana no es suficiente para ser unidos a Dios y fue necesario que la Vida eterna nos diera vida verdadera. Sólo así Dios se unirá a nosotros. El verbo detrás de «faltando» es ὑστερήσαντος (hysterḗsantos), de hysteréō: faltar, carecer, quedarse corto. Es una palabra profundamente humana. Los recursos no alcanzaron. En una boda judía del primer siglo, quedarse sin vino no era una incomodidad menor. La celebración podía prolongarse varios días, y la hospitalidad era un deber social importante. Para la familia aquello podía convertirse en una vergüenza pública. El vino, además, aparece en el Antiguo Testamento asociado con celebración y alegría (Salmo 104:15). La fiesta continúa, pero aquello que sostenía la celebración se terminó. Los buenos deseos, las promesas y el esfuerzo humano tienen límites. Hay momentos en los que nuestras reservas emocionales, económicas o relacionales sencillamente ya no alcanzan. Por otro lado, La fiesta de bodas del cielo también se vio estorbada por nuestro pecado, ya que la Vida no se une a la muerte; ¿cómo habría de unirse Dios a una especie muerta? Se necesitaba vino nuevo, el Hijo de Dios dando vida nueva. María no pronuncia un discurso ni le dice a Jesús cómo solucionar el problema. Dice solamente: «No tienen vino». Qué manera tan sencilla de orar. Hay ocasiones en las que no sabemos ni qué pedir. Basta con poner la carencia delante de Cristo: «Señor, ya no tengo paciencia». «Ya no sé cómo arreglar esto». «Ya no me quedan fuerzas». La oración no siempre necesita traerle a Dios una solución; a veces basta con llevarle sinceramente la necesidad. Cuando nuestro vino termina, Cristo no comienza a quedarse sin recursos.

— Roberto Tinoco

Juan 2:4

Comentario general

JUAN 2:4 «Jesús le dijo: ¿Qué tienes conmigo, mujer? Aún no ha venido mi hora.» Esta respuesta puede sonar áspera en español, pero no debe leerse como desprecio hacia María. Jesús la llama γύναι (gýnai), «mujer» o «señora». La misma palabra aparecerá cuando, desde la cruz, le diga con ternura: «Mujer, he ahí tu hijo» (Juan 19:26). La expresión τί ἐμοὶ καὶ σοί (tí emoì kaì soí), literalmente algo semejante a «¿qué a mí y a ti?», marca cierta distancia entre perspectivas o responsabilidades. Jesús está dejando claro que su misión mesiánica no será gobernada por la presión familiar, sino por la voluntad del Padre. Y entonces aparece una de las palabras más importantes de Juan: ὥρα (hṓra), «hora». «Mi hora» llegará a significar especialmente la cruz, resurrección y glorificación de Jesús. En Juan 7:30 y 8:20 todavía «no había llegado su hora»; en Juan 12:23 finalmente dirá: «Ha llegado la hora para que el Hijo del Hombre sea glorificado». Así que incluso en una boda de Galilea, la mirada de Cristo ya está orientada hacia la cruz. Mientras todos piensan en el vino que falta en una mesa, Jesús sabe que su propia sangre será derramada cuando llegue su hora. Hay aquí una enseñanza delicada: Dios puede escuchar nuestra necesidad sin someterse a nuestro calendario. María ve una urgencia; Jesús ve también «la hora». Nosotros vivimos pendientes del reloj; Dios trabaja dentro de un propósito. La demora de Dios no siempre significa ausencia; en ocasiones significa que Él está viendo una historia más grande que la que nosotros alcanzamos a ver.

— Roberto Tinoco

Juan 2:5

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JUAN 2:5 «Su madre dijo a los que servían: Haced todo lo que os dijere.» María no discute. Se vuelve hacia los sirvientes y pronuncia unas palabras extraordinarias: «Haced todo lo que os dijere». El verbo ποιήσατε (poiḗsate), de poiéō, significa hacer, realizar. En la Versión de la Septuaginta, la idea de hacer lo que Dios dice aparece constantemente vinculada a la obediencia del Pacto. María deja de dirigir la situación y coloca a los sirvientes bajo la Palabra de Jesús. La participación humana en lo que Juan llama “la señal” será la obediencia. No porque la obediencia compre el milagro, sino porque coloca a aquellos hombres en el camino donde podrán contemplarlo. Ellos no tienen poder para transformar agua en vino. Pero sí pueden escuchar una instrucción y cumplirla. Quizá éste sea uno de los mejores consejos que María pronuncia en todo el Evangelio: «Haced todo lo que os dijere». Hay momentos en los que pedimos una nueva Palabra de Dios cuando todavía no obedecemos la última que entendimos. Queremos saber qué hará Él, y Él comienza preguntando qué haremos nosotros con lo que ya dijo. La obediencia no hace el milagro, pero prepara la mesa donde el milagro habrá de servirse.

— Roberto Tinoco

Juan 2:6

Comentario general

JUAN 2:6 «Y estaban allí seis tinajas de piedra para agua, conforme al rito de la purificación de los judíos, en cada una de las cuales cabían dos o tres cántaros.» Juan especifica que eran λίθιναι ὑδρίαι (líthinai hydríai), «tinajas de piedra». Seis tinajas. Seis tinajas de piedra para agua es una figura del hombre como recipiente para contener la Vida, pero que al momento estuvo muerto. No eran objetos decorativos. Estaban relacionadas con καθαρισμός (katharismós), purificación. Los judíos practicaban lavamientos rituales vinculados a la pureza ceremonial. Marcos 7:3-4 muestra la importancia que algunas tradiciones habían dado a esos lavamientos. Juan está diciendo algo teológicamente muy interesante: Jesús no trae el vino utilizando cualquier recipiente; utiliza precisamente los recipientes destinados a la purificación. La fiesta de la purificación es la manera como el Señor obtiene vasijas para llenar de vida. Todo el proceso que vio el profeta Jeremías para hacer vasijas, la obra misma del evangelio. Las tinajas son una imagen del esfuerzo religioso incapaz por sí mismo de producir vida. La tinaja, como un hombre ritualmente, puede contener agua para lavar las manos; pero solamente Cristo puede producir vida al alma. También nosotros podemos tener «tinajas» muy correctas: disciplina, liturgia, conocimiento, costumbres, ministerio. Todo eso puede servir. Pero el recipiente nunca debe confundirse con la vida que debe contener. La religión puede cuidar la forma de la vasija; sólo Cristo puede llenarla de vida. El problema no es tener tinajas, de hecho, somos vasijas. El problema es acostumbrarnos tanto a ellas que dejemos de notar que están vacías de vida verdadera.

— Roberto Tinoco

Juan 2:7

Comentario general

JUAN 2:7 «Jesús les dijo: Llenad estas tinajas de agua. Y las llenaron hasta arriba.» Jesús ordena: γεμίσατε (gemísate), «llenad». Y Juan añade que las llenaron ἕως ἄνω (héōs ánō), «hasta arriba», hasta el borde. No a medias. Aquellas seis tinajas podían contener una cantidad considerable de agua. Los sirvientes tuvieron que traerla y llenarlas. El milagro será sobrenatural, pero la obediencia previa resulta muy concreta y seguramente cansada. No podemos hacer vino, pero podemos traer agua. Hay una gran relación entre responsabilidad humana y gracia divina. Nosotros no podemos producir regeneración, cambiar otro corazón ni fabricar el poder de Dios; pero sí podemos perdonar, pedir perdón, buscar ayuda, orar, servir, estudiar, amar y obedecer. Podemos llenar la tinaja. Y además la llenaron «hasta arriba». No porque su esfuerzo produjera la transformación, sino porque obedecieron con seriedad. La gracia no convierte nuestra impotencia en excusa para la pasividad. Haz lo que puedes hacer y deja en manos de Cristo lo que sólo Cristo puede hacer. Lleva agua hasta que te duelan los brazos. Llena la tinaja hasta el borde. Después hazte a un lado. Nuestra parte puede terminar en agua; la de Jesús puede comenzar allí y terminar en vino.

— Roberto Tinoco

Juan 2:8

Comentario general

JUAN 2:8 «Entonces les dijo: Sacad ahora, y llevadlo al maestresala. Y se lo llevaron.» Ahora la instrucción se vuelve todavía más exigente. ἀντλήσατε (antlḗsate) significa sacar, extraer, especialmente agua. Después deben llevarlo al ἀρχιτρίκλινος (architríklinos), el responsable o encargado del banquete. Los servidores tienen que actuar antes de recibir una explicación de cómo ocurrirá aquello, obedecer aún sin saber. El texto tampoco nos dice exactamente en qué instante ocurrió la transformación. ¿Dentro de las tinajas? ¿Mientras sacaban? ¿Durante el trayecto? Juan parece deliberadamente desinteresado en satisfacer nuestra curiosidad mecánica. Lo que sí sabemos es que Jesús habló, ellos obedecieron y el agua llegó convertida en vino. La Biblia no siempre nos explica cómo trabaja Dios; simplemente nos invita a caminar con lo que Él dijo. Hay obediencias que solamente cobran sentido después de dar el paso. Los sirvientes podrían haberse quedado junto a las tinajas esperando ver primero el vino. Nunca habrían llegado al maestresala. La fe no consiste en fingir que el agua ya es vino; consiste en confiar suficientemente en Jesús como para caminar con el agua cuando Él dice que camines. Hay milagros cuyo primer sonido no es un trueno, sino los pasos de alguien obedeciendo.

— Roberto Tinoco

Juan 2:9

Comentario general

JUAN 2:9 «Cuando el maestresala probó el agua hecha vino, sin saber él de dónde era, aunque lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua, llamó al esposo.» Juan lo dice casi sin dramatismo: «el agua hecha vino». El verbo γεγενημένον (gegenēménon), de gínomai, comunica algo que ha llegado a ser otra cosa. La misma familia verbal apareció en Juan 1:3 al hablar de las cosas que llegaron a existir por medio del Verbo. El Evangelio de Juan que presentó a Cristo como aquel por medio de quien todo llegó a existir muestra ahora su primera señal mediante una transformación sobrenatural. El maestresala no sabe de dónde procede el vino. Los sirvientes sí. Ésta es una pequeña joya narrativa: quienes obedecieron conocen el secreto que el experto desconoce. El encargado puede evaluar la calidad; los sirvientes saben de dónde vino. Dios permite aquí que quienes cargaron las tinajas contemplen algo que la persona más importante del banquete todavía ignora. Hay experiencias de Dios que solamente se conocen desde el lugar de la obediencia. Otros pueden disfrutar el vino sin conocer la historia del agua. Tú recordarás las tinajas, el peso de los cántaros y el momento en que decidiste obedecer sin entender. Quien solamente prueba el vino conoce el resultado; quien cargó el agua conoce también el camino. Y conocer el camino termina siendo tan precioso como disfrutar del milagro.

— Roberto Tinoco

Juan 2:10

Comentario general

JUAN 2:10 «Y le dijo: Todo hombre sirve primero el buen vino, y cuando ya han bebido mucho, entonces el inferior; mas tú has reservado el buen vino hasta ahora.» El maestresala queda sorprendido por la calidad del vino. La palabra καλόν (kalón) significa bueno, excelente, incluso hermoso en calidad. La práctica que describe es comprensible: normalmente se ofrecía primero lo mejor y después algo inferior cuando ya los invitados han bebido lo suficiente como para no distinguir la diferencia. Pero aquí el orden se ha invertido. Con Jesús, lo inesperado no fue solamente que hubiera vino; fue que el vino nuevo resultara mejor. El mejor tiempo no necesariamente tiene que haber quedado atrás. Cristo puede producir algo que los recursos humanos ya no podían proporcionar. Cuando nuestras reservas llegan al fondo, las de Cristo ni siquiera han comenzado a agotarse. Y serán mucho mejores que nuestros resultados sin Él. El maestresala felicita al novio, pero el lector conoce el secreto. El novio recibe un reconocimiento por algo que no produjo. Eso también se parece mucho a la gracia. Dios hace en nosotros cosas por las que después otros quizá nos feliciten. Hay vidas por los que el hombre recibe el aplauso, aunque sólo Jesús conozca el agua o condición de la que vinieron. Cuando algo bueno aparezca en nuestra vida, conviene recordar quién hizo realmente la transformación.

— Roberto Tinoco

Juan 2:11

Comentario general

JUAN 2:11 «Este principio de señales hizo Jesús en Caná de Galilea, y manifestó su gloria; y sus discípulos creyeron en él.» El evangelista Juan finalmente nos explica lo qué acabamos de presenciar. No llama al acontecimiento simplemente «milagro», sino σημεῖον (sēmeîon), «señal, signo, aquello que apunta hacia algo más grande que sí mismo». Ésta será una palabra fundamental en todo el Evangelio. Juan seleccionará determinadas señales no solamente para mostrarnos lo que Jesús puede hacer, sino para revelarnos quién es Jesús. Por eso, al final de su Evangelio, explicará que las señales fueron escritas «para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios» (Juan 20:30-31). El agua convertida en vino es maravillosa, pero detenernos solamente en el milagro sería quedarnos viendo el letrero en lugar de aquello hacia donde apunta. La señal puede sorprender los ojos; su verdadero propósito es llevar el corazón hasta Cristo. Juan dice que mediante esta primera señal Jesús «manifestó su gloria». El verbo es ἐφανέρωσεν (ephanérōsen), de phaneróō: manifestar, revelar, hacer visible algo que estaba presente pero todavía no había sido percibido claramente. Es la misma familia verbal que encontramos en Juan 1:31 cuando el Bautista habló de que Jesús fuese «manifestado a Israel». Y la palabra δόξα (dóxa), «gloria», nos lleva directamente de regreso a Juan 1:14: «vimos su gloria». Ahora comenzamos a comprender cómo será vista esa gloria. No solamente en resplandores celestiales, sino en Jesús entrando en una necesidad humana y transformándola, más específicamente, dando vida nueva. Caná es un «principio de señales» donde Dios manifiesta su gloria, en este caso, en medio de la vida familiar. La gloria de Dios no siempre llega haciendo temblar una montaña; algunas veces aparece silenciosamente salvando una fiesta que estaba a punto de terminar. El resultado es que «sus discípulos creyeron en él». El verbo ἐπίστευσαν (epísteusan), de pisteúō, significa creer, confiar, depositar la confianza en alguien. Ellos ya habían comenzado a seguirlo en Juan 1, de modo que no se trata simplemente de que por primera vez admitan que Jesús existe o que es digno de atención. Su fe está creciendo. Han oído a Juan decir «He aquí el Cordero», han pasado tiempo con Jesús y ahora han contemplado su gloria. La fe también tiene camino: comienza siguiendo una voz y va echando raíces mientras contempla la fidelidad de Cristo. Por eso quizá el milagro más profundo de Caná no ocurrió solamente dentro de seis tinajas. El agua se convirtió en vino, pero unos discípulos comenzaron a convertirse en creyentes más profundos. Las tinajas quedaron llenas de vino; los discípulos comenzaron a llenarse de fe. Juan no termina el relato de las Bodas diciendo cuánto vino quedó, cuánto valía o cuánto duró la fiesta; termina hablando de gloria y de fe. Porque para Juan, el vino nunca fue el verdadero protagonista. El milagro estaba en las tinajas; la señal apuntaba a Cristo, la Vida, manifestándose.

— Roberto Tinoco

Juan 2:12

Comentario general

JUAN 2:12 «Después de esto descendieron a Capernaum, él, su madre, sus hermanos y sus discípulos; y estuvieron allí no muchos días.» Después de la intensidad de Caná, Juan introduce un pequeño descanso narrativo. Jesús desciende a Καφαρναούμ (Kapharnaoúm), Capernaum, acompañado por su madre, sus hermanos y sus discípulos. «Descendieron» no significa necesariamente ir hacia el sur, sino bajar geográficamente hacia la región del mar de Galilea. Capernaum se encontraba a una altura considerablemente menor que Caná y posteriormente se convertirá en un centro importante del ministerio galileo de Jesús. Hay algo interesante en el grupo que viaja con Él. La familia natural de Jesús y la comunidad naciente de discípulos aparecen juntas. Más adelante, Juan mostrará que sus hermanos todavía no creen plenamente en Él (Juan 7:5), mientras los discípulos están comenzando a hacerlo. Todos caminan físicamente cerca de Jesús, pero no todos comprenden todavía quién es Él. Se puede caminar a pocos metros de Cristo y todavía tener kilómetros por recorrer para conocerlo. La cercanía exterior nunca sustituye el descubrimiento interior. El versículo parece simplemente una transición, pero también nos recuerda que la vida con Dios tiene trayectos silenciosos. No todo es agua convertida en vino ni milagros portentosos. Después del milagro viene el camino a Capernaum y después de la celebración hay días ordinarios. No midas la presencia de Dios solamente por los momentos extraordinarios; el Cristo del milagro también camina contigo cuando no está pasando nada espectacular. Hay días para contemplar el vino nuevo y días sencillamente para caminar junto a Jesús; ambos son nueva Vida.

— Roberto Tinoco

Juan 2:13

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JUAN 2:13 «Estaba cerca la pascua de los judíos; y subió Jesús a Jerusalén.» En la señal de convertir el agua en vino vemos que las bodas de Dios pudieron continuar porque el Señor nos dio vida. ¿Cómo fue que nos dio vida? Lo primero que hizo fue purificarnos de la muerte, quitar las tinieblas. Por ello, inmediatamente después de las bodas de Caná de Galilea se menciona en el evangelio de Juan: - la purificación del templo; - y esto, en la fiesta de la Pascua cuando ofrecían el cordero a Dios. Ese día el Señor hizo un azote de cuerdas y sacó a los vendedores del templo de Jerusalén. Ellos eran sólo aguas estancadas, sin vino; sólo religión muerta; estrictos, pero aparentes. Unas Pascuas después, Él sería el Cordero de Dios que recibiría el azote de la ira de Dios muriendo en nuestro lugar a fin de quitar toda muerte y tinieblas purificando así la Casa de Dios. Ahora el anciano Juan cambia completamente de escenario. Dejamos una boda en Galilea y llegamos a Jerusalén durante τὸ πάσχα (tò páscha), «la Pascua». La palabra griega páscha procede del hebreo Pésaj, la fiesta que recordaba la liberación de Israel de Egipto. Éxodo 12 estaba detrás de cada celebración: sangre del cordero, juicio que pasa de largo, esclavos liberados y un pueblo comenzando un nuevo camino. El concepto hebreo מוֹעֵד (mo'ed), «tiempo señalado, cita, encuentro establecido» deja en claro que las fiestas de Israel eran tiempos determinados para encontrarse con Dios. Jesús «subió» a Jerusalén. El verbo es ἀνέβη (anébē), subir. Jerusalén se encontraba en una región elevada, pero la expresión tenía además un profundo peso religioso: se subía hacia el lugar donde estaba el templo. Deuteronomio había establecido que la Pascua debía celebrarse en el lugar escogido por Dios. Ahora el Hijo está subiendo hacia la casa de su Padre. Y hay una ironía que el creyente puede percibir: el Cordero de Dios está entrando en Jerusalén para celebrar la fiesta de los corderos. ¿No es esto maravilloso? Pablo terminará diciendo: «nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros» (1 Corintios 5:7). Así que cada Pascua del Evangelio de Juan proyecta una sombra hacia la cruz. Israel celebraba que la sangre de un cordero había abierto la puerta de Egipto; nosotros celebramos que la sangre del Cordero abrió la puerta de regreso a Dios. La Pascua recordaba una liberación; Cristo vino a convertirse en la liberación definitiva y eterna.

— Roberto Tinoco

Juan 2:14

Comentario general

JUAN 2:14 «Y halló en el templo a los que vendían bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas allí sentados.» Jesús entra al recinto del templo y encuentra vendedores y κερματιστὰς (kermatistás), cambistas. Los peregrinos llegaban desde lugares lejanos y necesitaban animales apropiados para los sacrificios. También necesitaban cambiar monedas para determinadas obligaciones religiosas. En sí mismas, esas funciones respondían a necesidades reales del sistema del templo; desafortunadamente la codicia de los sacerdotes se aprovechó de tales necesidades para enriquecerse y enseñorearse del pueblo hasta el abuso. Aquello que debía facilitar la adoración había terminado invadiendo el espacio destinado a ella. Marcos, en su relato de la purificación del templo, recordará Isaías 56:7: «Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones». El espacio santo había sido ocupado por transacciones. Lo que comenzó sirviendo al altar terminó compitiendo con el altar. Ése es uno de los peligros más sutiles de la religión: cosas legítimas pueden crecer tanto alrededor de Dios que finalmente nos impiden llegar a Dios. La pregunta resulta inevitable: ¿qué ha ido ocupando espacio dentro de nosotros que ahora somos Su casa? No necesariamente cosas malas. A veces son actividades, responsabilidades, proyectos e incluso ministerios buenos que terminaron desplazando la comunión con Dios. El corazón rara vez se llena de ídolos de un día para otro; poco a poco permitimos que demasiadas mesas ocupen el lugar donde antes había un altar. Jesús entra en el templo y no pregunta únicamente qué cosas son malas; en realidad pregunta qué cosas no pertenecen allí.

— Roberto Tinoco

Juan 2:15

Comentario general

JUAN 2:15 «Y haciendo un azote de cuerdas, echó fuera del templo a todos, y las ovejas y los bueyes; y esparció las monedas de los cambistas, y volcó las mesas.» La escena rompe cualquier imagen de un Jesús pasivo o indiferente. Hace un φραγέλλιον (phragéllion), un azote o látigo de cuerdas, y comienza a desalojar el recinto. El texto menciona explícitamente a las ovejas y los bueyes junto con la expulsión. La escena comunica autoridad y juicio profético. No debemos imaginar un arrebato incontrolado. Jesús ha tenido tiempo incluso para preparar las cuerdas. No estamos contemplando a Cristo perdiendo el control; estamos contemplando al Señor ejerciendo autoridad sobre la casa de su Padre. Los profetas habían realizado acciones igualmente dramáticas para comunicar el juicio de Dios. Malaquías 3:1-3 había anunciado que el Señor vendría súbitamente a su templo y actuaría como fuego purificador. Zacarías 14:21 había imaginado un día en que ya no habría comerciante en la casa del Señor. Cuando Jesús vuelca aquellas mesas, su gesto no es solamente una protesta contra malas prácticas: tiene el peso de una acción profética. Las mismas manos que unas horas antes produjeron vino nuevo ahora vuelcan mesas. La gracia que llena también sabe limpiar. Y esto completa de manera preciosa la escena de Caná. Hay cosas que Jesús quiere transformar y otras que quiere expulsar; ambas cosas pertenecen a la nueva Vida. Queremos al Cristo que convierte nuestra agua en vino; nos cuesta más recibir al Cristo que entra preguntando qué mesa debe volcar. Pero ambos son el mismo Señor vivificándonos. El amor de Dios no solamente añade cosas buenas dándonos nueva vida; también tiene el valor de sacar aquello que está ocupando el lugar de lo santo o que pertenece a lo viejo y muerto de la religiosidad. Algunas respuestas a nuestras oraciones llegan como vino nuevo. Otras llegan con mesas cayendo al suelo.

— Roberto Tinoco

Juan 2:16

Comentario general

JUAN 2:16 «Y dijo a los que vendían palomas: Quitad de aquí esto, y no hagáis de la casa de mi Padre casa de mercado.» Ahora escuchamos la razón de Jesús: «quitad de aquí esto». El verbo ἄρατε (árate), de aírō, significa levantar, quitar, llevarse. Es interesante que pertenece a la misma familia verbal utilizada en Juan 1:29 cuando Juan el Bautista declaró que Jesús «quita» el pecado del mundo. Allí el Cordero quita el pecado; aquí el Hijo ordena quitar de Su Casa aquello que no pertenece a la nueva Vida. Cristo no solamente vino a perdonar lo que contamina; vino también a enseñarnos a sacarlo. Pero la expresión central es «la casa de mi Padre». Jesús no dice simplemente «el templo». Habla de él como οἶκος τοῦ πατρός μου (oîkos tou patrós mou), «casa de mi Padre». Desde niño había utilizado una expresión semejante (Lucas 2:49). Su celo nace de relación. Aquello no es un edificio cualquiera; pertenece al Padre. Y por eso no puede reducirse a οἶκον ἐμπορίου (oîkon emporíou), «casa de comercio» o mercado. El problema no es solamente económico; es que una casa diseñada para encuentro con Dios está siendo utilizada para otra cosa (en realidad está hablando de almas). Pablo aplicará posteriormente el lenguaje del templo a la Iglesia y al creyente: «sois templo de Dios, y el Espíritu de Dios mora en vosotros» (1 Corintios 3:16). Si pertenecemos a Dios, también nosotros somos una Casa con Dueño. Hay una oración valiente que podemos hacer: «Señor, recorre Tu casa. Si encuentras algo que ya no debe estar aquí, sácalo». Porque si pedimos que Dios habite nuestra vida no debemos decidir nosotros cómo estará amueblada.

— Roberto Tinoco

Juan 2:17

Comentario general

JUAN 2:17 «Entonces se acordaron sus discípulos que está escrito: El celo de tu casa me consume.» Los discípulos interpretan la escena recordando el Salmo 69:9: «Porque me consumió el celo de tu casa». La palabra griega es ζῆλος (zêlos), celo, ardor, pasión intensa. De ella procede nuestra palabra «celo». En el Salmo 69, el justo sufre precisamente por su fidelidad a Dios. el anciano Juan toma ese lenguaje y lo coloca sobre Jesús, despues de todo, Jesús es el cumplimiento, la Palabra. El verbo traducido «consume» es καταφάγεται (kataphágetai), literalmente «devorará, consumirá». Hay algo profético en la forma futura. El celo por la casa del Padre no solamente llevará a Jesús a limpiar el templo; terminará contribuyendo al conflicto que lo conducirá a la cruz. Jesús no sólo consumirá su energía por la casa de Dios; su amor por la casa terminará consumiendo su propia vida. Aquí comienza a asomarse otra vez «la hora». Y quizá ésta sea la diferencia entre nuestro celo y el de Cristo. Nuestro celo quiere consumir a otros; el suyo terminó consumiéndolo a Él. El celo humano puede volverse ira, orgullo y condenación. El de Jesús nace del amor por su Padre y por aquello que pertenece a su Padre. El verdadero celo no pregunta cuánto daño puedo hacer para defender lo santo, sino cuánto estoy dispuesto a entregar para que lo santo vuelva a ocupar su lugar. Cristo volcó mesas, sí; pero finalmente permitiría que su propio cuerpo fuera quebrantado para levantar una casa mucho más grande. Esta es, en efecto, una Pascua marcada por la limpieza, y Pablo después conecta explícitamente a Cristo con nuestra Pascua y con la eliminación de la «vieja levadura». Considera la secuencia que está apareciendo en Juan 2: en Caná, Jesús encontró tinajas y las llenó; en Jerusalén encontró el templo lleno y lo vació. Porque la obra de Cristo en nosotros tiene las dos direcciones: llenarnos de lo que nos falta y vaciarnos de lo que nos sobra. Esto es la nueva Vida en Cristo.

— Roberto Tinoco

Juan 2:18

Comentario general

JUAN 2:18 «Y los judíos respondieron y le dijeron: ¿Qué señal nos muestras, ya que haces esto?» La reacción es comprensible. Jesús acaba de intervenir públicamente en el templo y las autoridades quieren saber con qué derecho lo hace. Le preguntan por una σημεῖον (sēmeîon), «señal». Es exactamente la palabra que el evangelista Juan utilizó en las Bodas de Caná. Pero hay una diferencia importante: en Caná la señal llevó a los discípulos a creer; aquí algunos exigen una señal para que Jesús demuestre que tiene autoridad. La misma palabra puede esconder dos corazones diferentes: uno dispuesto a reconocer y otro que exige pruebas antes de rendirse. Cuando Dios da una señál es para ayudar a creer; pero pedir una señal suele ser precisamente porque no se cree. No es algo muy positivo. Y es aún peor cuando la señal deja de ser ayuda para la fe y se convierte en condición impuesta a Dios. Más adelante preguntarán a Jesús: «¿Qué señal haces tú, para que veamos, y te creamos?» (Juan 6:30), incluso después de haber contemplado obras extraordinarias. El corazón que ha decidido no creer siempre puede pedir una señal más. Esto no debe ser así. También nosotros podemos, erróneamente, intentar negociar con Dios: «Si haces esto, confiaré en ti». «Si respondes como espero, entonces sabré que estás conmigo». Pero la fe genuina aprende algo diferente. Dios no tiene que aprobar nuestro examen para merecer nuestra confianza. Las señales pueden confirmar quién es Cristo, pero nunca deberían convertirse en una manera de mantenerlo permanentemente sentado en el banquillo de los acusados mientras nosotros hacemos de jueces. No pidas señales a quien te entregó a su Hijo.

— Roberto Tinoco

Juan 2:19

Comentario general

JUAN 2:19 «Respondió Jesús y les dijo: Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.» La respuesta de Jesús ante la demanda de una seál es sorprendente: «Destruid este templo». Pero aquí Juan utiliza ναός (naós), palabra que puede referirse específicamente al santuario, al lugar de la presencia divina, y que prepara el doble sentido que el evangelista explicará después. Jesús está hablando de algo mucho más profundo que las piedras que rodean la conversación. Y vuelve a aparecer «en tres días». El verbo ἐγερῶ (egerō̂), de egeírō, significa levantar, despertar, resucitar, nueva Vida. La misma familia verbal será utilizada constantemente para la resurrección. En ese momento sus oyentes no pueden entenderlo, pero Jesús está entregando la señal definitiva de su autoridad: su muerte y resurrección. Ellos piden una credencial; Él les habla de una tumba vacía. La autoridad de Cristo sobre la casa de Dios no quedará demostrada solamente por las mesas que puede derribar, sino por la muerte que puede vencer. Aquí comenzamos a entender también por qué Juan colocó esta conversación junto a la purificación del templo. Jesús no vino simplemente a reformar un edificio religioso. Algo mucho mayor está comenzando. El antiguo templo podía señalar dónde encontrarse con Dios; Jesús viene a convertirse Él mismo en el lugar del encuentro. El camino hacia Dios ya no terminará en una construcción de piedra, sino en una Persona: Jesús.

— Roberto Tinoco

Juan 2:20

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JUAN 2:20 «Dijeron luego los judíos: En cuarenta y seis años fue edificado este templo, ¿y tú en tres días lo levantarás?» Ellos escuchan «templo» y naturalmente voltean a ver el edificio que tienen delante. La construcción y ampliación del templo herodiano había comenzado décadas atrás y continuaba durante el tiempo del ministerio de Jesús. Por eso responden: «cuarenta y seis años». Frente a semejante obra arquitectónica, tres días parecen absurdos. No están entendiendo que Jesús les habla de si mismo. El verbo relacionado con edificar es οἰκοδομέω (oikodoméō), construir, edificar una casa. De esta familia procede la idea neotestamentaria de «edificación», que posteriormente se aplicará también al crecimiento espiritual de la Iglesia. Ellos piensan en piedras colocadas una sobre otra. Jesús está hablando de una realidad que la piedra nunca pudo contener plenamente: Él como la Roca fundamento de la iglesia y cada uno de los creyentes como piedras vivas edificados como la Casa de Dios. Y aquí encontramos un problema que aparecerá muchas veces en el Evangelio de Juan: Jesús habla desde arriba y sus oyentes interpretan desde abajo. Hablará de nacer de nuevo y Nicodemo pensará en volver al vientre; hablará de agua viva y la samaritana pensará en un pozo; hablará de pan celestial y la multitud pensará en comida. Dios está intentando llevarnos a una realidad espiritual mientras nosotros seguimos midiendo ladrillos. No todo lo que Cristo dice puede comprenderse si insistimos en encerrarlo dentro de nuestras categorías. Todo lo que Jesús dijo aplica a nuestras vidas; pero en realidad, se trata de su Vida.

— Roberto Tinoco

Juan 2:21

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JUAN 2:21 «Mas él hablaba del templo de su cuerpo.» El anciano Juan abre ahora la ventana y nos permite entender: Jesús hablaba del templo de su cuerpo. La palabra vuelve a ser ναός (naós), santuario. Esta afirmación es enorme. El templo de Jerusalén había representado durante siglos el lugar especial de la Presencia de Dios entre su pueblo. Juan ya nos había preparado para esto en 1:14: «el Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros». Allí vimos que eskēnóō evocaba el tabernáculo. Ahora la idea se vuelve todavía más explícita: el verdadero santuario está delante de ellos y tiene cuerpo humano, lo llamaron Jesús. Esto recorre toda la historia bíblica. Dios habitó simbólicamente en el tabernáculo, después en el templo, y ahora la plenitud de su Presencia se manifiesta en Cristo. Colosenses 2:9 lo expresará diciendo que «en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad». Más adelante, por nuestra unión con Cristo y la Presencia del Espíritu Santo, Pablo podrá llamar también a la Iglesia «templo de Dios» (1 Corintios 3:16) y al cuerpo del creyente «templo del Espíritu Santo» (1 Corintios 6:19). Pero todo comienza en Él, en Jesucristo. Esto cambia nuestra idea de dónde encontrar a Dios. El templo dejó de ser solamente un lugar al que el hombre debía llegar, porque Dios hizo de Cristo el lugar donde Él mismo vino a encontrarnos. Podemos perder edificios, lugares y estructuras, pero mientras tengamos a Cristo no hemos perdido el acceso al Padre. Dios no está encerrado detrás de una puerta ni física ni religiosa. En Jesús, salió a nuestro encuentro.

— Roberto Tinoco

Juan 2:22

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JUAN 2:22 «Por tanto, cuando resucitó de entre los muertos, sus discípulos se acordaron que había dicho esto; y creyeron la Escritura y la palabra que Jesús había dicho.» El anciano Juan reconoce algo profundamente humano: los discípulos no entendieron todo en el momento. Comprendieron después. Cuando Jesús ἠγέρθη (ēgérthē), «fue levantado, es decir, resucitó», recordaron sus palabras. La resurrección se convirtió en la llave que abrió conversaciones que durante años habían permanecido cerradas. ¿Y no es así para nosotros? Sólo naciendo de nuevo, esto es, en la nueva Vida, es que podemos ver el reino de los cielos. Entonces «se acordaron». El verbo ἐμνήσθησαν (emnḗsthēsan), de mimnḗskomai, significa recordar, traer nuevamente a la memoria. Juan utiliza la misma idea en el versículo 17, cuando los discípulos recuerdan el Salmo 69. La vida con Jesús está llena de momentos que primero vivimos y solamente después comprendemos. Hay palabras de Dios que parecen semillas cuando las recibimos y sólo años después descubrimos el árbol que llevaban dentro. Esto puede darnos paciencia con nuestros propios procesos. Quizá hoy no entiendas por qué Dios permitió algo, por qué cerró una puerta o qué quiso decirte en determinada temporada. Guarda lo que todavía no comprendes. Los discípulos lo hicieron. La fe también sabe archivar preguntas sin tirarlas a la basura. Algunas respuestas no llegan cuando hacemos la pregunta; llegan cuando nuestra historia finalmente alcanza el lugar desde donde podemos entenderla.

— Roberto Tinoco

Juan 2:23

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JUAN 2:23 «Estando en Jerusalén en la fiesta de la pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo las señales que hacía.» A primera vista, éste parece un versículo completamente positivo. Muchos ἐπίστευσαν (epísteusan), «creyeron», en el nombre de Jesús. Es el mismo verbo pisteúō que encontramos en Juan 2:11 cuando los discípulos creyeron en las Bodas de Caná. Pero el evangelista Juan introduce un detalle que pronto resultará decisivo: creyeron «viendo las señales». Jesús demostró mediante señales que Él es la Vida eterna y que dicha Vida estaba purificando su Casa; entonces muchos creyeron en Él. Pero a pesar de eso, el Señor no se fiaba de ellos, dice la Escritura que no se fiaba porque los conocía. El Señor sabía que no eran tan genuinos como parecían ni tan llenos de vida como profesaban. Él sabía lo que había en el hombre, si había Vida o sólo apariencia de vida. Las señales tienen precisamente la finalidad de revelar a Cristo, así que el problema no consiste en haberlas visto. El problema será quedarse únicamente en ellas. Más adelante, Jesús dirá a algunos: «me buscáis, no porque habéis visto las señales, sino porque comisteis el pan y os saciasteis» (Juan 6:26). Es posible sentirse atraído por lo que Jesús hace sin llegar a entregarse verdaderamente a quien Jesús es. Hay una fe que busca la mano de Cristo y otra que, después de recibir de su mano, levanta los ojos para buscar su Rostro. Este versículo nos invita a revisar nuestras propias motivaciones. ¿Seguiríamos amando a Cristo durante una temporada en la que no vemos ninguna señal espectacular? ¿Seguiríamos orando si la respuesta tarda? Una fe que solamente vive de milagros terminará teniendo hambre entre un milagro y el siguiente. La fe profunda aprende a alimentarse de Cristo mismo.

— Roberto Tinoco

Juan 2:24

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JUAN 2:24 «Pero Jesús mismo no se fiaba de ellos, porque conocía a todos.» Aquí Juan hace un juego de palabras extraordinario que algunas traducciones no pueden mostrar. En el versículo 23 dice que muchos «creyeron» en Jesús (ver comentario respectivo), epísteusan. Ahora dice que Jesús no «se fiaba» de ellos, ἐπίστευεν (epísteuen). Es el mismo verbo: pisteúō. Podríamos expresar la paradoja así: ellos creían en Jesús, pero Jesús no se confiaba a ellos. Dices creer en Dios, pero ¿Dios cree en ti? ¿Por qué? Porque los conocía. El verbo es γινώσκω (ginṓskō), conocer de manera real. El mismo Jesús que en Juan 1:48 vio a Natanael debajo de la higuera conoce ahora lo que existe detrás del entusiasmo de la multitud. No todo aplauso es discipulado. No toda emoción es conversión. No toda persona impresionada por Cristo está rendida a Cristo. Jesús no desprecia aquella fe incipiente, pero tampoco la confunde con algo que todavía no es. Ésta es una de las advertencias más fuertes del capítulo. Podemos aprender el lenguaje cristiano, emocionarnos en una reunión, admirar milagros y todavía reservar habitaciones del corazón que nunca entregamos. Es posible creer lo suficiente para admirar a Jesús y todavía no creer lo suficiente para pertenecerle. Cristo no busca solamente una reacción; busca el corazón. No quiere únicamente que confiemos en Él. Quiere formar en nosotros una fe a la que Él pueda confiarle también su propósito.

— Roberto Tinoco

Juan 2:25

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JUAN 2:25 «Y no tenía necesidad de que nadie le diese testimonio del hombre, pues él sabía lo que había en el hombre.» El capítulo termina con una afirmación penetrante. Jesús no necesita que nadie le explique al ser humano. Él ἐγίνωσκεν (egínōsken), «conocía», lo que había dentro del hombre. La palabra ἄνθρωπος (ánthrōpos) significa ser humano, hombre en sentido general. Y es importante notar que el capítulo siguiente comenzará inmediatamente: «Había un hombre (ánthrōpos) de los fariseos que se llamaba Nicodemo». La división entre capítulos fue añadida siglos después. Juan 2:25 y 3:1 están unidos: Jesús conoce lo que hay en el hombre, y entonces un hombre llamado Nicodemo viene a verlo. Esta capacidad de Cristo para conocer el interior conecta también con todo el Evangelio: conoció a Natanael antes de encontrarlo, conocerá la historia de la mujer samaritana y sabrá desde el principio quién habría de traicionarlo. Hebreos 4:13 expresa una verdad semejante: «no hay cosa creada que no sea manifiesta en su Presencia». Nosotros conocemos rostros; Cristo conoce habitaciones interiores. Nosotros escuchamos palabras; Él escucha también aquello que el corazón calla. Eso puede inquietarnos, pero termina siendo una noticia extraordinariamente buena. Porque significa que Jesús no ama una versión editada de nosotros. Conoce nuestras contradicciones, motivos mezclados, heridas, tentaciones y rincones oscuros. Y aun así vino a salvarnos. El que conoce lo peor de nosotros es el mismo que entregará lo mejor de sí por nosotros. Delante de Cristo ya no necesitamos actuar. Él sabe lo que hay dentro de la casa y, aunque sin duda va a limpoiarla y ordenarla con celo de Dios, sorprendentemente, todavía llama a la puerta. Quizá la oración apropiada para cerrar Juan 2 sea sencilla: «Señor, tú sabes lo que hay en mí. Entra. Llena lo que está vacío, transforma lo que se agotó y vuelca todo aquello que ya no pertenece a tu casa».

— Roberto Tinoco

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