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Juan 3

1Había un hombre de los fariseos que se llamaba Nicodemo, un principal entre los judíos.🗨 2Este vino a Jesús de noche, y le dijo: Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él.🗨 3Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios.🗨 4Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer?🗨 5Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios.🗨 6Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es.🗨 7No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo.🗨 8El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu.🗨 9Respondió Nicodemo y le dijo: ¿Cómo puede hacerse esto?🗨 10Respondió Jesús y le dijo: ¿Eres tú maestro de Israel, y no sabes esto?🗨 11De cierto, de cierto te digo, que lo que sabemos hablamos, y lo que hemos visto, testificamos; y no recibís nuestro testimonio.🗨 12Si os he dicho cosas terrenales, y no creéis, ¿cómo creeréis si os dijere las celestiales?🗨 13Nadie subió al cielo, sino el que descendió del cielo; el Hijo del Hombre, que está en el cielo.🗨 14Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado,🗨 15para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.🗨 16Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.🗨 17Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él.🗨 18El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.🗨 19Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.🗨 20Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas.🗨 21Mas el que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios.🗨

Juan el Bautista exalta a Jesús

22Después de esto, vino Jesús con sus discípulos a la tierra de Judea, y estuvo allí con ellos, y bautizaba.🗨 23Juan bautizaba también en Enón, junto a Salim, porque había allí muchas aguas; y venían, y eran bautizados.🗨 24Porque Juan no había sido aún encarcelado.🗨 25Entonces hubo discusión entre los discípulos de Juan y los judíos acerca de la purificación.🗨 26Y vinieron a Juan y le dijeron: Rabí, mira que el que estaba contigo al otro lado del Jordán, de quien tú diste testimonio, bautiza, y todos vienen a él.🗨 27Respondió Juan y dijo: No puede el hombre recibir nada, si no le fuere dado del cielo.🗨 28Vosotros mismos me sois testigos de que dije: Yo no soy el Cristo, sino que soy enviado delante de él.🗨 29El que tiene la esposa, es el esposo; mas el amigo del esposo, que está a su lado y le oye, se goza grandemente de la voz del esposo; así pues, este mi gozo está cumplido.🗨 30Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe.🗨 31El que de arriba viene, es sobre todos; el que es de la tierra, es terrenal, y cosas terrenales habla; el que viene del cielo, es sobre todos.🗨 32Y lo que vio y oyó, esto testifica; y nadie recibe su testimonio.🗨 33El que recibe su testimonio, éste atestigua que Dios es veraz.🗨 34Porque el que Dios envió, las palabras de Dios habla; pues Dios no da el Espíritu por medida.🗨 35El Padre ama al Hijo, y todas las cosas ha entregado en su mano.🗨 36El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él.🗨

Texto bíblico: Reina-Valera 1960 © Sociedades Bíblicas en América Latina, 1960. Renovado © Sociedades Bíblicas Unidas, 1988. Utilizado con permiso. Ver todos los créditos

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Juan 3:1

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JUAN 3:1 «Había un hombre de los fariseos que se llamaba Nicodemo, un principal entre los judíos.» La división entre los capítulos 2 y 3 puede hacernos perder una conexión preciosa. Juan acaba de decir que Jesús «sabía lo que había en el hombre» (2:25), y el siguiente versículo comienza literalmente: «Había un hombre». En ambos lugares aparece ἄνθρωπος (ánthrōpos), ser humano, hombre. Es como si el anciano Juan dijera: Jesús conoce lo que hay dentro del hombre; ahora permíteme presentarte uno. Su nombre es Νικόδημος (Nikódēmos), Nicodemo. Es fariseo y «principal entre los judíos», probablemente miembro del Sanedrín. No estamos frente a un ignorante espiritual, sino ante un hombre formado, respetado, moral y profundamente religioso. Nicodemo es un hombre bueno y religioso que se acerca buscando respuestas. Reconoce que Jesús viene de Dios, pero todavía no comprende que quien está delante de él es mucho más que un maestro enviado por Dios. Juan ha venido presentándonos la Vida desde el principio eterno, después al Verbo hecho carne y ahora nos mostrará cómo esa Vida puede entrar en el ser humano. Nicodemo tiene religión, pero necesita Vida; posee conocimiento, pero necesita nacimiento. Nicodemo era un hombre religioso entre los religiosos, ya que era un principal entre los judíos y de la secta de los fariseos. Su experiencia con Jesús demuestra que ser religioso y tener calidad moral, así como buenas obras no trae salvación. Independientemente de lo que el hombre considere ser, debe nacer de nuevo. Nicodemos reconocía que venía de Dios, pero no sabía aun que era Dios. Vino de noche, como todos en tinieblas. Le llamó Rabí, Maestro; pero no Mesías ni Señor. Reconoció saber que venía de Dios por las señales, estaba cerca de conocerle. El Señor no se quedó con el buen Nicodemo y le dio de golpe la respuesta, el cómo recibimos la Vida verdadera: Nicodemo debía nacer de nuevo. Toda la vida que tenía era insuficiente para ver el reino de Dios. Ésa es una advertencia especialmente seria para quienes llevamos años cerca de Dios. Podemos conocer Escritura, doctrina, ministerio y lenguaje cristiano, y aun así permitir que ciertas habitaciones interiores permanezcan sin transformar. Se puede saber mucho acerca de la Vida y todavía necesitar que la Vida nazca más profundamente dentro de nosotros. Dios no se impresiona tanto por cuánto sabemos de Él como por cuánto de Él está en nosotros y cuanto le hemos permitido transformar.

— Roberto Tinoco

Juan 3:2

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JUAN 3:2 «Este vino a Jesús de noche, y le dijo: Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él.» Nicodemo viene νυκτός (nyktós), «de noche». Puede haber una razón práctica: quizá buscaba privacidad. Pero en Juan la noche tiene también fuerza simbólica. Judas saldrá a traicionar a Jesús y Juan dirá sencillamente: «era ya de noche» (Juan 13:30); representa andar en oscuridad, a pesar de la religión del principal de la sinagoga. Nicodemo llega físicamente en la oscuridad y también viene desde una comprensión todavía incompleta hacia Aquel que Juan presentó como la Luz. Vino de noche porque todavía no veía todo; pero tuvo suficiente luz para saber hacia dónde caminar. Lo llama Ῥαββί (Rabbí), Maestro, y reconoce las σημεῖα (sēmeîa), señales. Ha llegado a una conclusión correcta, pero incompleta: «has venido de Dios». Sabía que Jesús venía de Dios, pero todavía no sabía que era Dios. Está cerca de la verdad, pero estar cerca todavía no es lo mismo que verla plenamente. Y hay algo hermoso aquí: Nicodemo viene de noche, pero viene. No entiende todo. Tiene preguntas. Quizá tiene miedo de ser visto. Pero se acerca. Dios puede hacer muchísimo con una persona que todavía no ve claramente pero está dispuesta a caminar hacia la Luz. Es mejor llegar a Jesús con preguntas en la noche que quedarse lejos de Él fingiendo que vivimos en pleno día.

— Roberto Tinoco

Juan 3:3

Comentario general

JUAN 3:2 «Este vino a Jesús de noche, y le dijo: Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él.» Nicodemo viene νυκτός (nyktós), «de noche». Puede haber una razón práctica: quizá buscaba privacidad. Pero en Juan la noche tiene también fuerza simbólica. Judas saldrá a traicionar a Jesús y Juan dirá sencillamente: «era ya de noche» (Juan 13:30); representa andar en oscuridad, a pesar de la religión del principal de la sinagoga. Nicodemo llega físicamente en la oscuridad y también viene desde una comprensión todavía incompleta hacia Aquel que Juan presentó como la Luz. Vino de noche porque todavía no veía todo; pero tuvo suficiente luz para saber hacia dónde caminar. Lo llama Ῥαββί (Rabbí), Maestro, y reconoce las σημεῖα (sēmeîa), señales. Ha llegado a una conclusión correcta, pero incompleta: «has venido de Dios». Sabía que Jesús venía de Dios, pero todavía no sabía que era Dios. Está cerca de la verdad, pero estar cerca todavía no es lo mismo que verla plenamente. Y hay algo hermoso aquí: Nicodemo viene de noche, pero viene. No entiende todo. Tiene preguntas. Quizá tiene miedo de ser visto. Pero se acerca. Dios puede hacer muchísimo con una persona que todavía no ve claramente pero está dispuesta a caminar hacia la Luz. Es mejor llegar a Jesús con preguntas en la noche que quedarse lejos de Él fingiendo que vivimos en pleno día.

— Roberto Tinoco

Comentario general

JUAN 3:3 «Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios.» Jesús comienza con ἀμὴν ἀμὴν (amēn amēn), «de cierto, de cierto», y va directamente al corazón del asunto. Nicodemo ha venido hablando de señales; Jesús le habla de nuevo nacimiento. La expresión es γεννηθῇ ἄνωθεν (gennēthē ánōthen). Ánōthen puede significar «otra vez» y también «de arriba». Ambas ideas se encuentran maravillosamente: el hombre necesita volver a nacer porque necesita recibir una Vida cuyo origen no está abajo, sino arriba, en Dios. Distintas criaturas perciben realidades distintas según la capacidad que poseen. Como imagen devocional, el punto es poderoso: no podemos ver el Reino simplemente esforzándonos por ver mejor con los mismos ojos. Necesitamos una capacidad que nuestra naturaleza no puede producir por sí sola. Para ver una realidad nueva no siempre funciona abrir más los ojos; necesitamos recibir ojos nuevos. Jesús no le dice al religioso Nicodemo: «mejora un poco». Le dice: «nace de nuevo». Ésa es la diferencia entre reforma y regeneración. El Evangelio no vino simplemente a producir una versión más educada, disciplinada o religiosa del mismo hombre. Cristo no vino a remodelar la casa vieja hasta que parezca nueva; vino a poner dentro una vida que antes no estaba allí. El cristianismo no comienza con «hazlo mejor», sino con «recibe Vida de arriba». Permíteme decirlo de nuevo: Nacer de nuevo no tiene nada que ver con la vida terrenal que recibimos de nuestros padres. Nicodemo trataba de razonarlo y concluía imposible volver al vientre materno. Jesús le confirmó que precisamente lo que nace de la carne es vida carnal y lo que nace del Espíritu es la vida verdadera. Esto no es superación personal ni mejoramiento del hombre que has sido; sino una nueva criatura que fue engendrada de Dios y tiene su genética.

— Roberto Tinoco

Juan 3:4

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JUAN 3:4 «Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer?» Nicodemo responde con πῶς (pōs), «¿cómo?». Está intentando introducir una verdad celestial dentro de categorías biológicas. «¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo?». No parece estar burlándose. Simplemente no posee todavía el marco para comprender aquello que Jesús está diciendo. El apóstol Juan repetirá este recurso muchas veces. Jesús habla del templo y piensan en piedras; habla de agua viva y la samaritana piensa en un pozo; habla de pan celestial y la multitud piensa en comida. Dios habla del cielo y nosotros seguimos buscando la respuesta en el suelo. La inteligencia de Nicodemo no es el problema. Hay realidades que no pueden alcanzarse únicamente mediante razonamiento humano porque pertenecen a otro orden. Pero su pregunta contiene también una esperanza que quizá él mismo no alcanza a ver: «¿puede un hombre nacer siendo viejo?». La respuesta del Evangelio será sí, aunque no de la manera que Nicodemo imagina. Nunca se envejece demasiado para que Dios comience algo nuevo. Podemos haber pasado años construyendo hábitos, heridas, pecados y maneras de pensar, pero el pasado no tiene poder para impedir que el Espíritu Santo produzca vida nueva.

— Roberto Tinoco

Juan 3:5

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JUAN 3:5 «Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios.» Jesús habla de nacer ἐξ ὕδατος καὶ πνεύματος (ex hýdatos kaì pneúmatos), «de agua y Espíritu». El trasfondo especialmente natural para Nicodemo, como maestro de Israel, está en Ezequiel 36:25-27: «Esparciré sobre vosotros agua limpia… os daré corazón nuevo… y pondré dentro de vosotros mi Espíritu». El agua habla de purificación; el Espíritu, de la vida que Dios pone dentro. Esto conecta extraordinariamente bien con Juan 2. Allí encontramos tinajas para purificación y después un templo que necesitaba ser limpiado. Ahora Jesús lleva la limpieza al lugar más profundo: el propio corazón humano. No basta lavar las manos, ordenar el templo o corregir la conducta. Necesitamos ser purificados y vivificados desde dentro. La gracia hace ambas cosas. Quita y pone. Limpia y llena. Perdona y vivifica. Dios no solamente lava de nosotros la historia que no quiere que carguemos; pone dentro de nosotros la Vida con la que quiere que continuemos la historia. El nuevo nacimiento no es únicamente quedar limpio del ayer; es recibir vida para mañana. Nacer de nuevo por el esperma o Palabra de Dios (1 pedro 1:23) permite ver o comprender el reino de Dios (3.1-3); pero ahora el Maestro le añade revelación: si el hombre nace, no sólo de nuevo, sino del agua y del espíritu, entonces puede entrar y no sólo ver el reino de Dios. ¡Esto es poderoso! Nacer del agua es una referencia al bautismo, no sólo en su práctica ritual de ser sumergido en agua, sino en su realidad espiritual de ser muerto y sepultado; en otras palabras, nacer del agua y del espíritu es la muerte, sepultura y resurrección, la entrega total, negarse a uno para vivir para Dios. Cuando alguno recibe a Jesucristo nace de nuevo (Juan 1:12) y puede ver el reino; pero cuando alguno se entrega totalmente a Él no sólo comprende el reino, sino que comienza a disfrutarlo. Su vida experimenta la realidad sobrenatural del reino de Dios por encima de las cosas temporales. No te conformes con ver el reino, debes vivirlo.

— Roberto Tinoco

Juan 3:6

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JUAN 3:6 «Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es.» Jesús establece una distinción radical entre σάρξ (sárx), «carne», y πνεῦμα (pneûma), «Espíritu». Carne aquí no significa que el cuerpo sea malo; habla de la vida humana según su origen natural. Y Jesús establece un principio sencillo: cada naturaleza produce conforme a su naturaleza. Lo humano puede engendrar vida humana; solamente el Espíritu puede engendrar vida espiritual. Un ser humano engendra otro ser humano; no puede producir por sí mismo una criatura perteneciente a otra naturaleza. De allí surge la aplicación: si queremos ser hijos de Dios, la vida tiene que provenir de Dios. Juan ya había dicho en 1:13 que los hijos de Dios «no son engendrados de sangre… sino de Dios». Juan 3 está desarrollando aquella afirmación. Por eso el nuevo nacimiento no es superación personal. No es simplemente mejorar al hombre que ya éramos. La religión puede enseñarle mejores modales al hombre viejo; el Espíritu produce una criatura nueva. Podemos pegar hojas verdes sobre un árbol seco, pero tarde o temprano caerán. Dios trabaja de otra manera: pone vida en la raíz. Y cuando cambia la raíz, el fruto termina contando la historia. Lo que es nacido de la carne es todo aquello que es producido por el esfuerzo humano sin la intervención divina; mientras que aquello que es nacido del espíritu es todo lo que Dios produce a través del espíritu humano con su Espíritu. En este sentido, no importa si lo que la carne produce, sea bueno o sea malo, es vano por excluir a Dios. La carne puede hacer moralistas, pero no hijos de Dios.

— Roberto Tinoco

Juan 3:7

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JUAN 3:7 «No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo.» «No te maravilles». El verbo es θαυμάσῃς (thaumásēs), sorprenderse, quedar asombrado. Y después aparece una palabra pequeña pero contundente: δεῖ (deî), «es necesario». Jesús no está ofreciendo una experiencia espiritual opcional para personas especialmente interesadas. Dice: «os es necesario», es indispensable. Eso debió resultar desconcertante para Nicodemo. Si Jesús hubiera dicho que un pagano necesitaba nacer de nuevo, probablemente habría asentido. Pero se lo dice a un fariseo, maestro y dirigente de Israel. Toda la vida humana que Nicodemo había acumulado, por respetable que fuera, seguía siendo insuficiente para entrar en el Reino de Dios. La vida humana es maravillosa, pero no es la forma más alta de vida; necesitamos recibir la vida que procede de Dios. Esto nos coloca a todos en el mismo lugar. El moral y el inmoral, el religioso y el irreligioso, el que creció dentro de la iglesia y el que acaba de llegar. Nadie puede presumir de haber nacido. El nacimiento es algo que recibimos antes de poder hacer algo con la vida recibida. Por eso la vida cristiana comienza con gracia y sigue creciendo por gracia.

— Roberto Tinoco

Juan 3:8

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JUAN 3:8 «El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu.» Jesús utiliza un juego de palabras precioso. πνεῦμα (pneûma) puede significar «Espíritu» y «viento»; πνεῖ (pneî) significa «sopla». Nicodemo no puede ver el viento, pero puede escuchar su sonido y contemplar sus efectos. Así es la obra del Espíritu Santo: misteriosa en su operación, inconfundible en sus resultados. La imagen nos lleva hacia Génesis 1, donde el Espíritu de Dios se mueve sobre las aguas, y especialmente hacia Ezequiel 37. Allí hay un valle lleno de huesos secos. El profeta no puede fabricar vida; sólo Dios puede hacer que entre aliento en los muertos. El hombre puede ordenar los huesos; solamente Dios puede hacerlos respirar. Eso es regeneración. Nicodemo quiere comprender exactamente cómo sucede. Jesús le muestra el viento. Hay algo profundamente liberador allí. No tenemos que entender el viento para abrir la ventana. Hay momentos en que la fe debe dejar de exigir un mapa del misterio y simplemente permitir que Dios obre. El Espíritu sigue soplando sobre lugares secos, corazones endurecidos y personas que creían que ya era demasiado tarde. Y cuando sopla el viento de Dios, aquello que parecía definitivamente muerto puede comenzar otra vez a respirar.

— Roberto Tinoco

Juan 3:9

Comentario general

JUAN 3:9 «Respondió Nicodemo y le dijo: ¿Cómo puede hacerse esto?» Nicodemo vuelve a preguntar: «¿Cómo?». La expresión griega es πῶς δύναται ταῦτα γενέσθαι (pōs dýnatai taûta genésthai), «¿cómo pueden llegar a suceder estas cosas?». Ya no pregunta cómo puede un hombre entrar otra vez en el vientre de su madre. Parece haber entendido que Jesús habla de otra clase de nacimiento, pero ahora quiere comprender cómo puede producirse. La conversación está avanzando. Nicodemo todavía no tiene la respuesta, pero al menos su pregunta está comenzando a cambiar. Y quizá ésa sea una señal de crecimiento que no valoramos suficientemente. Hay momentos en que Dios todavía no nos ha dado todas las respuestas, pero ya está transformando nuestras preguntas. Nicodemo comenzó pensando en un segundo nacimiento físico; ahora está frente al misterio de una obra divina. Hay preguntas que no desaparecen cuando nos acercamos a Jesús; simplemente se vuelven más profundas. «¿Cómo puede hacerse esto?» también es una pregunta que conocemos bien. ¿Cómo puede cambiar un corazón? ¿Cómo puede alguien comenzar otra vez después de tantos años? ¿Cómo puede Dios dar vida a lo que parece muerto? Jesús no reprende a Nicodemo por preguntar. Lo llevará más allá. La fe no es dejar de preguntar «cómo»; es aprender que, cuando nuestro «cómo» llega a su límite, el poder de Dios todavía no ha llegado al suyo.

— Roberto Tinoco

Juan 3:10

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JUAN 3:10 «Respondió Jesús y le dijo: ¿Eres tú maestro de Israel, y no sabes esto?» Jesús llama a Nicodemo ὁ διδάσκαλος τοῦ Ἰσραήλ (ho didáskalos tou Israḗl), literalmente «el maestro de Israel». El artículo puede sugerir que Nicodemo era un maestro reconocido. Por eso la pregunta tiene peso: ¿cómo puede alguien tan conocedor de las Escrituras no reconocer lo que Jesús está describiendo? El nuevo nacimiento no debía ser completamente extraño para quien conociera a los profetas. Ezequiel había anunciado agua limpia, corazón nuevo y Espíritu dentro del hombre (Ezequiel 36:25-27). Jeremías había hablado de una ley escrita en el corazón (Jeremías 31:31-34). Ezequiel 37 había contemplado huesos secos recibiendo aliento y volviendo a vivir. Nicodemo conocía esos textos, pero todavía no había unido las piezas. Podemos conocer cada palabra de una promesa y tardar años en reconocerla cuando comienza a cumplirse delante de nosotros. Aquí hay una advertencia para quienes enseñamos la Sagrada Escritura. El conocimiento bíblico es precioso, pero también puede producir una ilusión peligrosa: pensar que por poder explicar algo ya lo estamos viviendo. Se puede enseñar acerca del agua y seguir teniendo sed; se puede explicar el viento y mantener cerrada la ventana. La Palabra no fue dada solamente para llenar nuestra mente, sino para abrir nuestra vida a Dios.

— Roberto Tinoco

Juan 3:11

Comentario general

JUAN 3:11 «De cierto, de cierto te digo, que lo que sabemos hablamos, y lo que hemos visto, testificamos; y no recibís nuestro testimonio.» Jesús vuelve a utilizar ἀμὴν ἀμὴν (amēn amēn), «de cierto, de cierto». Después habla de aquello que οἴδαμεν (oídamen), «sabemos», y ἑωράκαμεν (heōrákamen), «hemos visto». Nicodemo habla desde lo que ha estudiado; Jesús habla desde un conocimiento directo de las realidades de Dios. No está formulando hipótesis acerca del cielo. Habla como quien conoce aquello de lo que da testimonio. Aparece además μαρτυρία (martyría), «testimonio», una de las grandes palabras que ya encontramos en Juan 1. Juan el Bautista dio testimonio de la Luz; ahora Jesús mismo testifica acerca de las realidades celestiales. Sin embargo, dice: «no recibís nuestro testimonio». El problema humano no siempre es falta de evidencia. También existe una resistencia del corazón a recibir aquello que Dios revela. Podemos pedir a Dios que nos hable y, cuando habla, descubrir que la respuesta exige cambiar demasiado. En ocasiones no nos falta luz; nos falta disposición para caminar hacia donde la luz señala. La verdad de Dios no fue dada solamente para ser examinada. Llega hasta nosotros preguntando: «Ahora que lo sabes, ¿qué vas a hacer con ello?».

— Roberto Tinoco

Juan 3:12

Comentario general

JUAN 3:12 «Si os he dicho cosas terrenales, y no creéis, ¿cómo creeréis si os dijere las celestiales?» Aquí aparece una palabra central: ἐπουράνια (epouránia), «cosas celestiales», aquello que pertenece al cielo. Jesús contrasta estas realidades con ἐπίγεια (epígeia), «cosas terrenales». Probablemente llama «terrenales» al nuevo nacimiento porque, aunque su origen es celestial, sucede aquí, en la experiencia humana. Si Nicodemo tiene dificultad comprendiendo la obra del Espíritu en la tierra, ¿cómo podrá comprender lo que Jesús está a punto de revelar acerca del Hijo venido del cielo? La conversación está subiendo. Comenzó con un hombre entrando de noche en una habitación y ahora Jesús abre delante de él el cielo. Nicodemo preguntaba cómo podía nacer otra vez; Jesús está a punto de explicarle que la respuesta depende de alguien que descendió de arriba. Ésta es una constante del Evangelio: la salvación no nace de la tierra intentando alcanzar el cielo, sino del cielo acercándose a la tierra. También nosotros podemos pasar la vida viendo solamente lo inmediato: lo que ocurrió, lo que perdimos, lo que tenemos, lo que tememos. Pero, ¿dónde estás tú? ¿Estás viendo lo terrenal o lo celestial?. La imagen es devocionalmente poderosa. Dos personas pueden caminar por el mismo desierto y una sólo ver arena mientras la otra levanta los ojos buscando a Dios. Nacer de arriba comienza también a enseñarnos a ver desde arriba.

— Roberto Tinoco

Juan 3:13

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JUAN 3:13 «Nadie subió al cielo, sino el que descendió del cielo; el Hijo del Hombre.» La palabra decisiva es καταβάς (katabás), de katabaínō: descender, bajar. Jesús no es un hombre que consiguió escalar hasta Dios y regresó con información celestial. Descendió del cielo. Eso lo distingue radicalmente de cualquier maestro religioso. Nicodemo lo había llamado «maestro venido de Dios»; Jesús está llevando esa confesión mucho más lejos. Aquí aparece otra vez ὁ υἱὸς τοῦ ἀνθρώπου (ho huiòs tou anthrṓpou), «el Hijo del Hombre», título que conecta con Daniel 7:13-14 y que Jesús utiliza para hablar tanto de su humillación como de su gloria. Algunas traducciones antiguas incluyen «que está en el cielo», frase presente en una parte de la tradición manuscrita pero ausente de varios de los manuscritos más antiguos. La verdad central del versículo permanece clara: Jesús posee autoridad para hablar de las cosas celestiales porque su origen es celestial. Un día Jesús dijo a los discípulos cuando estaba por despedirse de ellos: “para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Juan 14:3). De nuevo, ¿qué no estaba en la tierra hablando con ellos? La respuesta es según los ojos con los que esto se vea. Aquí el Evangelio invierte la dirección de todas nuestras búsquedas religiosas. Babel representa al hombre diciendo: «construyamos una torre cuya cúspide llegue al cielo» (Génesis 11:4). El Evangelio cuenta la historia opuesta: no conseguimos construir una torre suficientemente alta, así que Dios descendió suficientemente bajo. La salvación no es la historia del hombre alcanzando a Dios; es la historia de Dios alcanzando al hombre.

— Roberto Tinoco

Juan 3:14

Comentario general

JUAN 3:14 «Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado.» Jesús lleva a Nicodemo hasta Números 21. Israel había pecado, serpientes venenosas entraron en el campamento y muchos estaban muriendo. Dios ordenó a Moisés levantar una serpiente de bronce sobre un asta; quien la miraba vivía. Ahora Jesús dice que aquello apuntaba hacia Él. El verbo es ὑψωθῆναι (hypsōthênai), «ser levantado, exaltado». El apóstol Juan lo utilizará con un doble sentido extraordinario: Jesús será físicamente levantado sobre una cruz y, precisamente allí, comenzará a manifestarse paradójicamente su gloria. La comparación debe manejarse con cuidado. Jesús no está diciendo que Él sea maligno como la serpiente, pero si llevó todos nuestros pecados y la maldición de Dios sobre Él en la cruz. La imagen conecta al crucificado con el lugar donde la maldición y el juicio son enfrentados. Pablo lo expresará desde otro ángulo: Cristo «se hizo maldición por nosotros» (Gálatas 3:13) y Dios «al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado» en sentido sacrificial (2 Corintios 5:21). El veneno estaba en el pueblo, pero Dios puso delante de ellos un lugar hacia donde mirar para vivir. Y aquí aparece otra vez δεῖ (deî), «es necesario». La cruz no será un accidente inesperado al final del ministerio de Jesús. No había otra opción. Desde el comienzo existe una necesidad redentora: el Hijo del Hombre debe ser levantado. El amor de Dios no buscó un camino alrededor de nuestra muerte; entró en ella para abrir un camino a través de ella. Antes de que Nicodemo comprenda completamente la cruz, Jesús ya le está mostrando su sombra.

— Roberto Tinoco

Juan 3:15

Comentario general

JUAN 3:15 «Para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.» Aquí aparece uno de los grandes términos del Evangelio: ζωὴν αἰώνιον (zōḕn aiṓnion), «vida eterna». Zōḗ es la palabra para vida que Juan utilizó desde 1:4: «En él estaba la vida». Ahora descubrimos que esa Vida puede ser recibida por el hombre. Y αἰώνιος (aiṓnios), eterna, no habla solamente de duración interminable; en Juan describe la Vida perteneciente a la naturaleza de Dios, una calidad de Vida que procede de Él. Por eso Juan 17:3 podrá definirla en términos de conocer al Padre y al Hijo. ¿Cómo se recibe? πιστεύων (pisteúōn), «el que cree». En el contexto de la serpiente de bronce, el israelita moribundo no tenía que curarse antes de mirar. Veía porque estaba muriendo. De la misma manera, la fe no significa demostrar que somos dignos de la Vida; significa dirigir nuestra confianza hacia Aquel que fue levantado para dárnosla. El enfermo no mira porque ya está sano; mira porque sabe que necesita vivir. Y así Jesús conduce a Nicodemo desde «nacer de nuevo» hasta «vida eterna». Son dos maneras de contemplar el mismo regalo: desde nuestro lado, comenzamos de nuevo; desde el lado de Dios, recibimos su Vida. El nuevo nacimiento es el comienzo de una vida que no terminará. Nicodemo vino de noche preguntando cómo podían suceder estas cosas. Jesús le está mostrando la respuesta: la Vida del cielo descenderá, será levantada en una cruz y quedará al alcance de todo aquel que crea. Y aquí estamos justo en el borde de Juan 3:16. El versículo 15 termina diciendo que el que cree tiene vida eterna, y el 16 responde a la pregunta que queda flotando: ¿por qué haría Dios algo así por nosotros? La respuesta será una sola palabra: amor.

— Roberto Tinoco

Juan 3:16

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JUAN 3:16 «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.» Llegamos probablemente al versículo más conocido del Evangelio, pero su familiaridad no debería disminuir su grandeza. «De tal manera amó». La palabra es ἠγάπησεν (ēgápēsen), de agapáō, amar. Lo sorprendente no es solamente la intensidad del amor, sino su objeto: κόσμος (kósmos), el mundo. En Juan, ese mundo no aparece como una humanidad inocente buscando desesperadamente a Dios; es el mismo mundo que «no le conoció» (1:10), donde las tinieblas resistieron la Luz. Y precisamente a ese mundo Dios amó. Dios no esperó a que el mundo se volviera digno de su amor; su amor salió a buscar al mundo mientras todavía estaba perdido. ¿Y cómo se mide semejante amor? Juan no nos entrega una emoción, sino una dádiva: ἔδωκεν (édōken), «dio». Dios amó dando. ¿Y qué dio? No algo suyo, sino a τὸν υἱὸν τὸν μονογενῆ (ton huión ton monogenê), «su Hijo unigénito», su Hijo único, singular, incomparable. Aquí vemos: De tal manera = La medida más grande. Amó = El amor más grande. Dios = La Persona más grande. Al mundo = La extensión más grande. Que ha dado = La dádiva más grande. A su Hijo = El Salvador más grande. Unigénito = La relación más grande. Para que todo aquel = La invitación más grande. Que en Él crea = la virtud más grande. No se pierda = La salvación más grande. Más tenga = La posesión más grande. Vida eterna = La bendición más grande. Pablo intentará medir este amor hablando de anchura, longitud, profundidad y altura, para terminar reconociendo que «excede a todo conocimiento» (Efesios 3:18-19). La medida del amor de Dios no se encuentra preguntando cuánto sintió, sino mirando cuánto dio. Y cuando Dios quiso mostrarnos cuánto amaba, puso a su Hijo en medio de la respuesta. Aquí también caben tu pasado, tu presente y tu futuro. Dios te amó: tu pasado puede dejar de definirte. Dios dio a su Hijo para que creas: ahí está la decisión del presente. Dios te ofrece vida eterna: ahí está abierto el futuro. Y todo descansa sobre πᾶς ὁ πιστεύων (pâs ho pisteúōn), «todo aquel que cree». No dice todo aquel que lo merece, entiende todo o consigue arreglar primero su vida. Dice: «todo aquel». Juan 3:16 es tan ancho que cabe el mundo y tan personal que cabe un solo nombre: el tuyo. El amor comenzó en Dios, el regalo fue su Hijo, la puerta es la fe y el destino es la vida.

— Roberto Tinoco

Juan 3:17

Comentario general

JUAN 3:17 «Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él.» Después del versículo 16, Juan nos dice para qué vino el Hijo. El verbo ἀπέστειλεν (apésteilen), de apostéllō, significa enviar con una misión. Dios no envió al Hijo para κρίνῃ (krínē), juzgar o condenar al mundo, sino para que el mundo fuese σωθῇ (sōthê), de sōzō: salvar, rescatar, librar. El Hijo vino no para condenar, sino para salvar. Esto no significa que Juan elimine el juicio. Los siguientes versículos hablarán precisamente de él. Significa que la finalidad de la primera venida de Cristo es salvadora. El mundo ya se encuentra bajo la realidad del pecado y la muerte; Jesús entra en esa condición como rescate. Lucas 19:10 lo dirá así: «el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido». Un salvavidas no salta al agua para explicarle al que se ahoga lo mal que está nadando. Salta porque quiere sacarlo. Hay personas que imaginan a Dios viendo desde el cielo con el dedo levantado, buscando una razón para condenarlas. Juan presenta otra imagen: Dios enviando a su Hijo hacia un mundo que se está perdiendo. La cruz no es Dios buscando una excusa para castigarnos; es Dios abriendo un camino para rescatarnos. Cristo no vino a empujar hacia el fondo al que se estaba hundiendo; vino a meterse en nuestras aguas para llevarnos hasta la orilla.

— Roberto Tinoco

Juan 3:18

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JUAN 3:18 «El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.» Ahora aparece el contraste inevitable. ὁ πιστεύων (ho pisteúōn), «el que cree», no es condenado. Pero quien no cree «ya ha sido condenado». El verbo κέκριται (kécritai), de krínō, está en una forma que comunica un estado ya establecido. Jesús no presenta a la humanidad como neutral, esperando que Dios decida arbitrariamente qué hacer con ella. El Evangelio encuentra al hombre en una condición de separación y le ofrece vida. ¿Por qué tiene tanto peso «creer»? Porque la fe no es una pequeña opinión mental acerca de Jesús. En Juan significa confiar, recibir, descansar en Él. Como un enorme barco dirigido por un timón pequeño: algo aparentemente pequeño puede determinar una dirección inmensa. La fe no salva porque sea una obra extraordinaria que impresionó a Dios; salva porque nos une al Salvador. No es grande la mano que recibe el regalo; es grande el regalo que esa mano recibe. Esto elimina tanto el orgullo como la desesperación. No puedes presumir: recibiste. Pero tampoco necesitas pensar que estás demasiado lejos: la invitación sigue abierta. La fe es una mano vacía, y precisamente por estar vacía puede recibir a Cristo. La pregunta decisiva no es cuánto tienes para ofrecerle, sino si estás dispuesto a confiarte a Él.

— Roberto Tinoco

Juan 3:19

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JUAN 3:19 «Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.» Juan nos lleva de nuevo a una imagen que comenzó en el prólogo: φῶς (phōs), luz, y σκότος (skótos), tinieblas. «La luz vino al mundo». Juan 1:9 ya había presentado a Jesús como «aquella luz verdadera». El problema, entonces, no es que Dios dejó al mundo sin luz. La tragedia es que, cuando la Luz llegó, los hombres ἠγάπησαν (ēgápēsan), «amaron», más las tinieblas. Y aquí Juan utiliza el mismo verbo de amor que apareció en el versículo 16. Dios amó al mundo; algunos hombres amaron las tinieblas. Dos amores aparecen frente a frente. El pecado no es solamente quebrantar reglas; alcanza también nuestros afectos. Podemos acostumbrarnos tanto a determinada oscuridad que la luz nos incomode porque revela aquello que preferíamos mantener escondido. El problema de las tinieblas no siempre es que no podamos encontrar la puerta; algunas veces es que aprendimos a querer la puerta cerrada y la habitación oscura. Por eso la salvación toca más que nuestra conducta: toca nuestros amores. No basta pedir: «Señor, impídeme hacer lo malo». También necesitamos decir: «Cambia lo que amo». La transformación más profunda ocurre cuando Dios no sólo cambia nuestros pasos, sino también aquello hacia donde el corazón desea caminar. La santidad comienza a volverse libertad cuando empezamos a amar la Luz.

— Roberto Tinoco

Juan 3:20

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JUAN 3:20 «Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas.» Jesús explica por qué la oscuridad resulta atractiva. El que practica lo malo μισεῖ (miseî), «aborrece», la luz y evita acercarse para que sus obras no sean ἐλεγχθῇ (elenchthê), expuestas, descubiertas, puestas en evidencia. La luz no crea aquello que encuentra; simplemente lo revela. Cuando abres las cortinas y ves polvo en la habitación, la luz no trajo el polvo. Sólo mostró lo que la oscuridad permitía ignorar. ¿Por qué enojarse contra la luz? Eso explica por qué el encuentro con Cristo puede resultar incómodo antes de volverse sanador. Su presencia ilumina motivos, heridas, resentimientos, hábitos y dobles intenciones que habíamos aprendido a justificar. Hebreos 4:13 dice que todas las cosas están desnudas y abiertas delante de Dios. Pero debemos leer esa verdad junto a Juan 3:17: el que nos expone es el mismo que vino a salvarnos. El médico descubre la herida porque quiere tratarla. Por eso esconderse de la Luz es una tragedia innecesaria. Cristo ya sabe lo que encontrará. No necesitas limpiar la habitación antes de encender la lámpara; enciéndela precisamente porque necesitas ver dónde limpiar. Hablo de tu vida. La confesión cristiana a Dios consiste, en buena medida, en dejar de defender la oscuridad y permitir que la gracia entre con la luz encendida.

— Roberto Tinoco

Juan 3:21

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JUAN 3:21 «Mas el que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios.» Juan no dice simplemente «el que conoce la verdad», sino ὁ ποιῶν τὴν ἀλήθειαν (ho poiōn tēn alḗtheian), literalmente «el que hace la verdad». Es una expresión profundamente hebrea en su manera de pensar. La verdad bíblica no está destinada únicamente a ser afirmada; debe convertirse en una forma de vivir. En Primera carta de Juan 1:6 retomará una expresión semejante al hablar de «practicar la verdad». Esa persona viene a la luz. No porque sea perfecta ni porque no tenga nada que confesar, sino porque ya no necesita esconderse. Y entonces ocurre algo precioso: sus obras se manifiestan como «hechas en Dios». Incluso aquello bueno que aparece en la vida regenerada termina señalando nuevamente a la gracia. La luz revela nuestro pecado, pero también termina revelando lo que Dios ha estado haciendo dentro de nosotros. Así termina esta sección que comenzó con Nicodemo llegando de noche. Juan nos ha llevado de la noche a la luz. No sabemos si la conversación terminó exactamente aquí, pero literariamente el movimiento es bellísimo: un hombre vino en oscuridad preguntando por las señales, y Jesús terminó hablándole de nacimiento, cruz, amor, salvación y luz. Nicodemo llegó de noche para hablar con Jesús; Jesús encendió una luz que tardaría tiempo en amanecer completamente dentro de Nicodemo. Más adelante lo veremos defendiendo un trato justo para Jesús (Juan 7:50-51), y finalmente aparecerá junto a su cuerpo después de la cruz (Juan 19:39). Algunas conversiones parecen relámpagos; otras se parecen al amanecer: la luz llega poco a poco, pero finalmente la noche ya no puede quedarse. Hay un movimiento precioso en Juan 3:16–21: primero, Dios ama; después, Dios da; luego, Dios salva; finalmente, Dios enciende la Luz. En Él, Dios resuelve tu vida. No porque desaparezcan todos los problemas temporales, sino porque en Cristo Dios toca las tres dimensiones que ningún ser humano puede controlar por completo: redime nuestro pasado, entra en nuestro presente y abre nuestro futuro hacia la vida eterna.

— Roberto Tinoco

Juan 3:22

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JUAN 3:22 «Después de esto, vino Jesús con sus discípulos a la tierra de Judea, y estuvo allí con ellos, y bautizaba.» Después de la conversación nocturna con Nicodemo, Jesús sale con sus discípulos hacia la región de Judea. Juan dice que διέτριβεν (diétriben), «permanecía, pasaba tiempo», con ellos. Antes de mencionar el bautismo y las multitudes, aparece algo más sencillo: Jesús estaba con sus discípulos. El ministerio público nace junto a una relación privada. Antes de enviarlos a representar su vida, Cristo permite que compartan su vida. El texto dice que Jesús «bautizaba», aunque Juan 4:2 aclarará que Jesús mismo no realizaba personalmente los bautismos, sino sus discípulos en su Nombre. Lo importante es que alrededor de Jesús comienza a formarse una comunidad. El nuevo nacimiento del que acaba de hablar a Nicodemo no quedará encerrado en una conversación individual. Personas comienzan a acercarse, responder y entrar públicamente en un movimiento de arrepentimiento y de fe. La Vida celestial recibida por regeneración comienza ahora a extenderse. Esa aplicación atraviesa todo el resto del capítulo. La vida de Dios nunca llega a nosotros con intención de terminar en nosotros. Un río que recibe agua y nunca la entrega termina convertido en estanque. Cristo nos da vida para que, de alguna manera, esa vida alcance también a otros.

— Roberto Tinoco

Juan 3:23

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JUAN 3:23 «Juan bautizaba también en Enón, junto a Salim, porque había allí muchas aguas; y venían, y eran bautizados.» Juan el Bautista continúa su ministerio en Αἰνών (Ainṓn), Enón, cerca de Salim. El evangelista añade una razón práctica: había allí ὕδατα πολλά (hýdata pollá), «muchas aguas». La escena tiene movimiento: personas vienen y son bautizadas. Pero ahora hay dos ministerios bautizando simultáneamente: el de Juan y el que se desarrolla alrededor de Jesús. Esto preparará la tensión de los siguientes versículos. Desde una perspectiva humana parece inevitable comenzar a comparar números, influencia y crecimiento. ¿Quién tiene más gente? ¿Quién está creciendo? ¿Quién está perdiendo seguidores? En realidad, Juan el Bautista debería haberse retirado del ministerio y seguido a Jesús después de presentarlo como el Cordero de Dios. De ahí en adelante, su obra es ineficaz. Ésa es una tentación muy antigua del ministerio. Podemos comenzar sirviendo a Dios y terminar midiendo nuestra importancia comparándonos con otro que también sirve a Dios. Cuando convertimos el Reino en competencia, podemos entristecernos precisamente porque Dios está bendiciendo a alguien más. Juan está a punto de mostrarnos otra manera de mirar.

— Roberto Tinoco

Juan 3:24

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JUAN 3:24 «Porque Juan no había sido aún encarcelado.» Es una pequeña nota histórica, pero importante. El apóstol Juan aclara que estos acontecimientos ocurrieron antes del encarcelamiento del Bautista. Esto complementa la cronología de los Evangelios sinópticos, que comienzan buena parte del ministerio galileo de Jesús después de que Juan fue encarcelado. Pero el lector que conoce la historia sabe algo que los personajes todavía no saben: el ministerio público de Juan ya debería haber terminado. Pronto vendrán prisión y muerte. Y, sin embargo, él continúa predicando y bautizando, aún cuando ya había llegado el Mesías. Algunas temporadas terminan sin avisarnos. Ministerios cambian, puertas se cierran, etapas pasan. Pero el valor de una temporada no depende de cuánto duró, sino de si cumplió aquello para lo que Dios la dio. Una vida no necesita ser larga para estar completa; necesita ser fiel.

— Roberto Tinoco

Juan 3:25

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JUAN 3:25 «Entonces hubo discusión entre los discípulos de Juan y los judíos acerca de la purificación.» La palabra ζήτησις (zḗtēsis) significa discusión, debate, controversia. El tema es καθαρισμός (katharismós), «purificación». Es exactamente la palabra que apareció en Juan 2:6 con las tinajas de Caná. Juan sigue hilando cuidadosamente sus temas: tinajas de purificación, templo purificado, nuevo nacimiento de agua y Espíritu, y ahora una discusión acerca de la purificación. No conocemos todos los detalles de la disputa. El anciano Juan no los considera necesarios. Lo importante será lo que ésta provoca: los discípulos del Bautista comienzan a mirar el ministerio de Jesús como una amenaza para el suyo. Una conversación teológica acerca de purificación terminará revelando algo que necesita purificación dentro de ellos: los celos. ¿No es absurdo que los discípulos del Bautista vean al ministerio del Mesías como amenaza? !Ello deberían estarlo siguiendo, pero el Bautista no se retiró a tiempo. Eso sucede también con nosotros. Podemos discutir asuntos espirituales correctos mientras Dios está intentando mostrar algo incorrecto en nuestro corazón. Es posible ganar una discusión bíblica y perder la batalla contra nuestro orgullo. La verdad no fue dada solamente para que podamos defenderla; también debe defender nuestro corazón de aquello en lo que podemos convertirnos.

— Roberto Tinoco

Juan 3:26

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JUAN 3:26 «Y vinieron a Juan y le dijeron: Rabí, mira que el que estaba contigo al otro lado del Jordán, de quien tú diste testimonio, bautiza, y todos vienen a él.» La preocupación ya es evidente: «todos vienen a él». Naturalmente, no significa literalmente toda persona. Es el lenguaje exagerado de quienes sienten que están perdiendo terreno. Lo más irónico es que describen a Jesús como «aquel de quien tú diste testimonio». Juan había dedicado su ministerio entero a dirigir personas hacia Cristo, y ahora sus discípulos están preocupados porque las personas efectivamente están yendo hacia Cristo. Aquí aparece una enfermedad muy sutil del corazón: querer que Dios cumpla su propósito, siempre y cuando nosotros sigamos siendo importantes dentro del propósito. Podemos orar para que Cristo sea conocido y sentirnos incómodos cuando alguien lo conoce sin necesitarnos a nosotros. Juan no compartirá esa inseguridad. Para él, que las multitudes vayan hacia Jesús no significa que su ministerio esté fracasando. Significa exactamente lo contrario. Una señal cumple su propósito cuando la gente deja de mirar la señal porque finalmente encontró el destino. Juan no está compitiendo con Cristo, solo no desea cerrar su propio ministerio.

— Roberto Tinoco

Juan 3:27

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JUAN 3:27 «Respondió Juan y dijo: No puede el hombre recibir nada, si no le fuere dado del cielo.» La palabra λαμβάνειν (lambánein) significa recibir. Juan comienza colocando todo ministerio, influencia y oportunidad bajo una verdad sencilla: nadie puede recibir nada si no le es δεδομένον (dedoménon), «dado», desde el cielo. Eso destruye la comparación desde la raíz. Si lo que tengo me fue dado, no puedo presumir. Y si aquello que otro tiene también le fue dado, no necesito envidiarlo. Pablo formulará después una pregunta semejante: «¿Qué tienes que no hayas recibido?» (1 Corintios 4:7). La comparación pierde fuerza cuando recordamos que ninguno de nosotros escribió su propio regalo. Hay mucha libertad aquí. No tienes que sostener desesperadamente una plataforma que Dios te prestó. Tampoco necesitas codiciar la de otro. Lo que Dios te dio no necesita la envidia para conservarse ni el orgullo para hacerse valioso. Recíbelo, úsalo, agradécelo y, cuando llegue el momento de entregarlo, abre también la mano.

— Roberto Tinoco

Juan 3:28

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JUAN 3:28 «Vosotros mismos me sois testigos de que dije: Yo no soy el Cristo, sino que soy enviado delante de él.» Juan regresa a su identidad. «Yo no soy el Cristo». Ya lo había dicho en Juan 1:20. La palabra ἀπεσταλμένος (apestalménos), «enviado», vuelve a definirlo. Él no es el destino; es quien prepara el camino. La respuesta es notable porque la inseguridad de sus discípulos no consigue infectarlo. Ellos interpretan el crecimiento del ministerio de Jesús como disminución del ministerio de Juan. Juan lo interpreta desde su llamado: esto es exactamente para lo que fui enviado. Muchas crisis de identidad nacen cuando esperamos que nuestro llamado haga algo que Dios nunca prometió que haría. Juan no fue llamado a conservar multitudes, sino a entregárselas al Mesías, desafortunadamente, por no retirarse de lo propio para seguir a Jesús, producía esta confusión. El éxito espiritual no consiste en permanecer siempre en el centro; algunas veces consiste en saber cuándo salir del cuadro para que Cristo pueda verse completo.

— Roberto Tinoco

Juan 3:29

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JUAN 3:29 «El que tiene la esposa, es el esposo; mas el amigo del esposo, que está a su lado y le oye, se goza grandemente de la voz del esposo; así pues, este mi gozo está cumplido.» Ahora Juan el Bautista utiliza una imagen preciosa: νύμφη (nýmphē), esposa o novia, y νυμφίος (nymphíos), esposo o novio. En el Antiguo Testamento, Yahwéh había sido presentado como Esposo de su pueblo (Isaías 54:5; Oseas 2:19-20). Que Juan coloque a Jesús en la posición del Esposo tiene una profundidad cristológica enorme. Juan se llama φίλος τοῦ νυμφίου (phílos tou nymphíou), «amigo del esposo». Su función no es quedarse con la novia, sino prepararla y alegrarse cuando llega el Novio. Aunado al regocijo del Esposo con la esposa, otra razón por la que desea Cristo obtener a su esposa, es porque la iglesia es la forma que Él escogió para ampliar o extender su manifestación. Mientras estuvo en carne, estuvo limitado. Si se encontraba en Jerusalén no se hallaba en Galilea. Si hablaba con Pedro no estaba conversando con Nicodemo. Estaba limitado como Hombre. Pero la obtención de la iglesia es su oportunidad de extenderse en su ministerio en este mundo. La vida celestial se extiende al mundo entero por medio de la iglesia. La Iglesia es la esposa de Cristo como resultado de la regeneración formando un pueblo para Él. El Nuevo Testamento desarrollará claramente esta imagen en Efesios 5:25-32 y Apocalipsis 19:7. Juan 3 todavía no desarrolla toda la doctrina de la Iglesia como esposa, pero abre claramente la puerta hacia ella. Y escucha el corazón de Juan el Bautista: «mi gozo está cumplido». No tolera que Jesús crezca; se alegra. Ésa es una medida de madurez. La humildad verdadera no sólo soporta que otro ocupe el lugar principal; celebra que el lugar principal pertenezca a quien siempre debió pertenecer. Juan escucha la voz del Esposo y eso le basta.

— Roberto Tinoco

Juan 3:30

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JUAN 3:30 «Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe.» Probablemente no haya mejor resumen de la vida espiritual. ἐκεῖνον δεῖ αὐξάνειν (ekeînon deî auxánein), «es necesario que Él crezca». Otra vez aparece δεῖ (deî), la palabra de necesidad divina que encontramos cuando Jesús dijo que era necesario nacer de nuevo y que el Hijo del Hombre debía ser levantado. Ahora también es necesario que Cristo crezca. Y Juan añade: ἐμὲ δὲ ἐλαττοῦσθαι (emè dè elattoûsthai), «pero yo disminuir, hacerme menor». Juan sufría porque sabía que debía retirarse, cerrar su ministerio y seguir a Jesús; pero no podía hacerlo. ¿Cómo dejas las multitudes? ¿Cómo menguas de verdad? Prefería que fuese un proceso orgánico, natural, que sus discípulos se fueran yendo poco a poco tras Jesús, pero no decir él: “hasta aquí”. Tenía que hacerlo, solo que no pudo. Juan dijo: Él debe crecer y yo menguar; aunque en la práctica no lo hizo, pues no dejó de bautizar hasta que fue encarcelado; y de predicar hasta que fue decapitado (el reino no tiene dos cabezas). También, menguar no significa despreciarse, anular la personalidad ni fingir que no tenemos valor. Significa que Cristo ocupa cada vez más espacio en nuestra identidad, deseos, decisiones y propósito. Menguar no es desaparecer; es dejar de necesitar estar en el centro. Cristo se extiende a través de su pueblo; se agranda formándose en cada uno que luego le manifiesta al mundo. Cuando yo menguo, Cristo no me borra; comienza a verse con mayor claridad a través de mí. La madurez cristiana podría medirse menos por cuánto hablamos de nosotros y más por cuánto de Jesús queda visible después de que terminamos de hablar.

— Roberto Tinoco

Juan 3:31

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JUAN 3:31 «El que de arriba viene, es sobre todos; el que es de la tierra, es terrenal, y cosas terrenales habla; el que viene del cielo, es sobre todos.» Volvemos a ἄνωθεν (ánōthen), «de arriba», la misma palabra de Juan 3:3: «nacer de arriba». Ahora comprendemos mejor por qué la nueva vida tiene que venir de arriba: porque Cristo mismo viene de arriba y Él es la Vida. Juan contrasta γῆ (gê), tierra, con οὐρανός (ouranós), cielo. Él mismo reconoce su lugar: es un hombre de la tierra, un testigo. Jesús pertenece a otra categoría. No es simplemente un profeta más dentro de una larga lista. «Es sobre todos». Jesucristo es Dios. Esto mantiene la humildad de Juan el Bautista en su sitio correcto. No se hace pequeño porque piense poco de sí mismo; se hace pequeño porque piensa correctamente acerca de Cristo. La humildad cristiana no nace de contemplar nuestra insignificancia, sino de contemplar su grandeza. Cuando el cielo llena nuestra vista, ya no necesitamos parecernos tan grandes sobre la tierra.

— Roberto Tinoco

Juan 3:32

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JUAN 3:32 «Y lo que vio y oyó, esto testifica; y nadie recibe su testimonio.» Jesús habla de aquello que ἑώρακεν (heṓraken), ha visto, y ἤκουσεν (ḗkousen), que ha oído. Esto conecta con 3:11. Cristo no habla del cielo como un investigador externo. Él da testimonio de una realidad que conoce y que ha experimentado. Y, sin embargo, Juan el Bautista dice hiperbólicamente que «nadie recibe su testimonio». Sabemos que muchos sí lo reciben, porque el siguiente versículo hablará precisamente de ellos. El contraste subraya la resistencia general del mundo. Hay una tristeza aquí: el cielo habló y la tierra tuvo dificultades para escuchar. No porque el mensaje fuera confuso, sino porque recibirlo exige reconocer que nuestra perspectiva no es la medida final de la realidad. La fe comienza cuando dejamos que Dios tenga derecho a decirnos cómo son realmente las cosas.

— Roberto Tinoco

Juan 3:33

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JUAN 3:33 «El que recibe su testimonio, éste atestigua que Dios es veraz.» El verbo σφραγίζω (sphragízō) significa sellar, certificar, confirmar. Quien recibe el testimonio de Jesús pone, por decirlo así, su sello sobre esta afirmación: Dios es verdadero. Juan el Bautista habla de sí mismo como el que ha creído y da testimonio de Jesús. Eso hace quien escucha verdaderamente la Palabra de Dios, toma posición respecto a Él para ser su testigo. Creer en Cristo no significa solamente aceptar información acerca de Él. Es tomar posición respecto del carácter de Dios. Primera de Juan 5:10 desarrollará una idea semejante: quien cree en el Hijo tiene el testimonio en sí mismo. Cada acto de fe contiene una confesión silenciosa: «Dios, creo que tú dices la verdad aunque todavía no vea todo». La fe pone su firma debajo de la palabra de Dios antes de conocer cómo terminará la historia. No porque cierre los ojos a la realidad, sino porque ha descubierto que Aquel que habla es digno de confianza.

— Roberto Tinoco

Juan 3:34

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JUAN 3:34 «Porque el que Dios envió, las palabras de Dios habla; pues Dios no da el Espíritu por medida.» Jesús habla τὰ ῥήματα τοῦ θεοῦ (tà rhḗmata tou theoû), «las palabras de Dios». ¿Por qué? Porque el Espíritu le es dado sin μέτρον (métron), medida. Los profetas habían sido capacitados por el Espíritu para tareas determinadas; sobre el Mesías, Isaías había anunciado que el Espíritu de Yahwéh reposaría plenamente (Isaías 11:2; 61:1); sin medida, completa y totalmente lleno del Espíritu Santo como nadie jamás lo experimentó. Pues aunque hubo otros llenos del Espíritu en la historia de la fe, son vasos muy limitados e inferiores al gigantesco depósito de Jesús, el Hijo del Hombre. Esto nos devuelve a Juan 1:32-33, donde el Bautista vio al Espíritu descender y permanecer sobre Jesús. Cristo no ofrece una pequeña porción de la realidad divina. En Él habita toda la plenitud (Colosenses 2:9). Dios no nos habló en Cristo con cuentagotas. Cuando entregó al Hijo, abrió delante de nosotros la plenitud de su revelación. Por eso escuchar a Jesús no es recibir una opinión religiosa entre muchas; es escuchar la voz del cielo pronunciada en lenguaje humano.

— Roberto Tinoco

Juan 3:35

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JUAN 3:35 «El Padre ama al Hijo, y todas las cosas ha entregado en su mano.» Después del amor de Dios al mundo en 3:16, Juan nos lleva al amor eterno entre el Padre y el Hijo. ἀγαπᾷ (agapâ), «ama». El Padre ama al Hijo y ha puesto πάντα (pánta), «todas las cosas», en su mano. La absoluta humillación del Hijo en obediencia al Padre redundará en absoluta recompensa del Padre dándole todo lo creado. Aquí volvemos, de alguna manera, a Juan 1:1-2. Antes de que existiera el mundo, el Hijo estaba con Dios. La salvación nace dentro de esa comunión divina. El Padre que ama al mundo entrega al Hijo que ama; y el Hijo, en perfecta obediencia al Padre, entrega su vida. Esto hace todavía más impresionante Juan 3:16. Dios no nos dio algo que le sobraba; nos dio al Hijo que ama. El precio del regalo revela el valor que el Dador puso sobre quienes quería rescatar. Cuando dudes de cuánto le importas a Dios, no intentes medir su amor viendo tus circunstancias. Mira lo que puso en tus manos: a su Hijo.

— Roberto Tinoco

Juan 3:36

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JUAN 3:36 «El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él.» El capítulo termina regresando al tema que lo ha atravesado entero: ζωὴ αἰώνιος (zōḕ aiṓnios), «vida eterna». Y hay una palabra que no deberíamos leer demasiado rápido: ἔχει (échei), «tiene». Juan no dice solamente que quien cree recibirá vida eterna algún día; dice que la tiene ahora. La vida eterna posee futuro, pero comienza en el presente. Jesús lo repetirá en Juan 5:24: quien oye su palabra y cree «tiene vida eterna» y «ha pasado de muerte a vida». Por eso el nuevo nacimiento no es únicamente una garantía para después de morir. Es recibir desde ahora una vida de otra procedencia. La eternidad no comienza cuando llegamos al cielo; comienza cuando la vida del cielo llega a nosotros. Pero Juan coloca frente a esa promesa una alternativa seria. Dice que quien ἀπειθῶν (apeithōn) se rehusa creer en el Hijo «no verá la vida». Esta palabra es especialmente interesante porque puede expresar desobedecer, resistirse o negarse a creer. No se trata simplemente de una persona que todavía tiene preguntas intelectuales; hay una resistencia a confiarse al Hijo, un rechazo. Y sobre ella permanece la ὀργή (orgḗ) ira de Dios. No debemos imaginar aquí un arranque emocional e incontrolado. La ira de Dios es su oposición santa y justa contra aquello que destruye su creación. Juan 3:17 ya dejó claro que Dios envió al Hijo para salvar, no para condenar; precisamente por eso rechazar al Salvador significa permanecer en la condición de la que vino a rescatarnos. La misma mano que Dios extendió para sacarnos del agua no va a salvarnos si insistimos en apartarla. Y así termina una conversación que comenzó con Nicodemo llegando de noche. Jesús le habló de nacer de arriba, del viento del Espíritu, del Hijo que descendió del cielo, de la serpiente levantada, del amor de Dios, de la cruz, de la luz y de la vida eterna. Después Juan el Bautista añadió al Esposo, el gozo de verlo crecer y la necesidad de menguar delante de Él. Todo desemboca aquí: ¿qué haremos con el Hijo? Porque la vida eterna no es solamente una duración que recibimos; está inseparablemente unida a una Persona en quien creemos. La Vida que estaba en el Verbo ahora puede estar en nosotros por la fe. El Evangelio no consiste solamente en que un día viviremos para siempre; consiste en que, unidos a Cristo, podemos comenzar a vivir desde ahora con una vida que la muerte nunca podrá terminar.

— Roberto Tinoco

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