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Juan 4

Jesús y la mujer samaritana

1Cuando, pues, el Señor entendió que los fariseos habían oído decir: Jesús hace y bautiza más discípulos que Juan🗨 2(aunque Jesús no bautizaba, sino sus discípulos),🗨 3salió de Judea, y se fue otra vez a Galilea.🗨 4Y le era necesario pasar por Samaria.🗨 5Vino, pues, a una ciudad de Samaria llamada Sicar, junto a la heredad que Jacob dio a su hijo José.🗨 6Y estaba allí el pozo de Jacob. Entonces Jesús, cansado del camino, se sentó así junto al pozo. Era como la hora sexta.🗨 7Vino una mujer de Samaria a sacar agua; y Jesús le dijo: Dame de beber.🗨 8Pues sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar de comer.🗨 9La mujer samaritana le dijo: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana? Porque judíos y samaritanos no se tratan entre sí.🗨 10Respondió Jesús y le dijo: Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva.🗨 11La mujer le dijo: Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo. ¿De dónde, pues, tienes el agua viva?🗨 12¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del cual bebieron él, sus hijos y sus ganados?🗨 13Respondió Jesús y le dijo: Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed;🗨 14mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna. 🗨 15La mujer le dijo: Señor, dame esa agua, para que no tenga yo sed, ni venga aquí a sacarla.🗨 16Jesús le dijo: Ve, llama a tu marido, y ven acá.🗨 17Respondió la mujer y dijo: No tengo marido. Jesús le dijo: Bien has dicho: No tengo marido;🗨 18porque cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido; esto has dicho con verdad.🗨 19Le dijo la mujer: Señor, me parece que tú eres profeta.🗨 20Nuestros padres adoraron en este monte, y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar.🗨 21Jesús le dijo: Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre.🗨 22Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos; porque la salvación viene de los judíos.🗨 23Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren.🗨 24Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren.🗨 25Le dijo la mujer: Sé que ha de venir el Mesías, llamado el Cristo; cuando él venga nos declarará todas las cosas.🗨 26Jesús le dijo: Yo soy, el que habla contigo.🗨 27En esto vinieron sus discípulos, y se maravillaron de que hablaba con una mujer; sin embargo, ninguno dijo: ¿Qué preguntas? o, ¿Qué hablas con ella?🗨 28Entonces la mujer dejó su cántaro, y fue a la ciudad, y dijo a los hombres:🗨 29Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será éste el Cristo?🗨 30Entonces salieron de la ciudad, y vinieron a él.🗨 31Entre tanto, los discípulos le rogaban, diciendo: Rabí, come.🗨 32El les dijo: Yo tengo una comida que comer, que vosotros no sabéis.🗨 33Entonces los discípulos decían unos a otros: ¿Le habrá traído alguien de comer?🗨 34Jesús les dijo: Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra.🗨 35¿No decís vosotros: Aún faltan cuatro meses para que llegue la siega? He aquí os digo: Alzad vuestros ojos y mirad los campos, porque ya están blancos para la siega.🗨 36Y el que siega recibe salario, y recoge fruto para vida eterna, para que el que siembra goce juntamente con el que siega.🗨 37Porque en esto es verdadero el dicho: Uno es el que siembra, y otro es el que siega.🗨 38Yo os he enviado a segar lo que vosotros no labrasteis; otros labraron, y vosotros habéis entrado en sus labores.🗨

Muchos samaritanos creen

39Y muchos de los samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por la palabra de la mujer, que daba testimonio diciendo: Me dijo todo lo que he hecho.🗨 40Entonces vinieron los samaritanos a él y le rogaron que se quedase con ellos; y se quedó allí dos días.🗨 41Y creyeron muchos más por la palabra de él,🗨 42y decían a la mujer: Ya no creemos solamente por tu dicho, porque nosotros mismos hemos oído, y sabemos que verdaderamente éste es el Salvador del mundo, el Cristo.🗨

Jesús sana al hijo de un funcionario

43Dos días después, salió de allí y fue a Galilea.🗨 44Porque Jesús mismo dio testimonio de que el profeta no tiene honra en su propia tierra.🗨 45Cuando vino a Galilea, los galileos le recibieron, habiendo visto todas las cosas que había hecho en Jerusalén, en la fiesta; porque también ellos habían ido a la fiesta.🗨 46Vino, pues, Jesús otra vez a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Y había en Capernaum un oficial del rey, cuyo hijo estaba enfermo.🗨 47Este, cuando oyó que Jesús había llegado de Judea a Galilea, vino a él y le rogó que descendiese y sanase a su hijo, que estaba a punto de morir.🗨 48Entonces Jesús le dijo: Si no viereis señales y prodigios, no creeréis.🗨 49El oficial del rey le dijo: Señor, desciende antes que mi hijo muera.🗨 50Jesús le dijo: Ve, tu hijo vive. Y el hombre creyó la palabra que Jesús le dijo, y se fue.🗨 51Cuando ya él descendía, sus siervos salieron a recibirle, y le dieron nuevas, diciendo: Tu hijo vive.🗨 52Entonces él les preguntó a qué hora había comenzado a estar mejor. Y le dijeron: Ayer a las siete le dejó la fiebre.🗨 53El padre entonces entendió que aquella era la hora en que Jesús le había dicho: Tu hijo vive; y creyó él con toda su casa.🗨 54Esta segunda señal hizo Jesús, cuando fue de Judea a Galilea.🗨

Texto bíblico: Reina-Valera 1960 © Sociedades Bíblicas en América Latina, 1960. Renovado © Sociedades Bíblicas Unidas, 1988. Utilizado con permiso. Ver todos los créditos

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Juan 4: RV60

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Juan 4:1

Comentario general

JUAN 4:1 «Cuando, pues, el Señor entendió que los fariseos habían oído decir: Jesús hace y bautiza más discípulos que Juan...» Juan 3 terminó hablando de una comparación que los discípulos de Juan habían comenzado a hacer: «todos vienen a Él». Ahora los fariseos también han oído que el movimiento alrededor de Jesús está creciendo. La palabra μαθητάς (mathētás), «discípulos», nos recuerda que Jesús no está simplemente reuniendo admiradores; está formando personas que aprenderán a caminar detrás de Él; está reproduciéndose. Pero mientras el Reino crece, también crece la atención sobre Jesús, así como el miedo y los celos. Hay una conexión interesante con lo anterior. Juan el Bautista había respondido al crecimiento de Jesús diciendo: «Es necesario que Él crezca, pero que yo mengüe». Los fariseos, en cambio, parecen ver el crecimiento desde la competencia y la preocupación. El mismo crecimiento de Cristo puede producir gozo en quien ha aprendido a menguar y amenaza en quien necesita conservar el control. También nosotros podemos medir demasiado la obra de Dios con números, comparaciones y posiciones. ¿Quién tiene más? ¿Quién creció? ¿Quién es reconocido? Juan ya nos dio el antídoto: Cristo debe crecer. Cuando el Reino se convierte en competencia, dejamos de celebrar que Jesús está ganando discípulos porque estamos demasiado ocupados contando los nuestros.

— Roberto Tinoco

Juan 4:2

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JUAN 4:2 «Aunque Jesús no bautizaba, sino sus discípulos.» Juan hace una aclaración importante: Jesús no realizaba personalmente los bautismos; lo hacían sus discípulos. El verbo ἐβάπτιζεν (ebáptizen), de baptízō, significa bautizar, sumergir. El versículo anterior atribuye la actividad a Jesús porque ocurría bajo su autoridad, aunque Él no ejecutaba personalmente cada bautismo. Esto nos muestra algo que aparecerá repetidamente en el Nuevo Testamento: Cristo obra mediante personas. Los discípulos hacen algo y, sin embargo, el Evangelio puede describirlo como obra de Jesús. Después de la resurrección esta realidad será todavía más clara: Cristo ascenderá, pero su obra continuará mediante su Iglesia por el poder del Espíritu Santo en nosotros. Hay aquí una dignidad enorme para el servicio cristiano. Las manos pueden ser nuestras mientras la obra sigue siendo suya. Eso nos libra tanto del orgullo como de la inseguridad. Si Dios utiliza tu voz, tus manos o tu tiempo, no necesitas apropiarte del resultado. El siervo participa; Cristo sigue siendo la fuente.

— Roberto Tinoco

Juan 4:3

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JUAN 4:3 «Salió de Judea, y se fue otra vez a Galilea.» Jesús decide dejar Judea y dirigirse nuevamente a Galilea. El verbo ἀφῆκεν (aphêken), de aphíēmi, puede significar dejar, abandonar, soltar. Jesús no permite que la creciente atención de los fariseos determine prematuramente el curso de su misión. Todavía no ha llegado «su hora». Pero el viaje hacia Galilea abrirá una puerta inesperada. Lo que parece simplemente una retirada estratégica terminará convirtiéndose en el encuentro con una mujer y, después, con una ciudad entera. Dios puede esconder una cita dentro de un cambio de planes. Nosotros vemos un trayecto; Él puede estar viendo una persona. Hay caminos que recorremos pensando solamente en el destino final, mientras Dios tiene propósitos en medio del camino. Quizá quieres llegar a Galilea y Dios tiene una Samaria preparada entre Judea y tu destino. No corras tanto hacia donde quieres llegar que pases de largo junto a aquello que Dios quería encontrarte en el camino.

— Roberto Tinoco

Juan 4:4

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JUAN 4:4 «Y le era necesario pasar por Samaria.» La expresión es ἔδει (édei), «era necesario». Viene de la misma familia de δεῖ (deî) que hemos encontrado repetidamente: «os es necesario nacer de nuevo» (3:7), «es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado» (3:14), «es necesario que Él crezca» (3:30). Ahora: «era necesario pasar por Samaria». Geográficamente, Samaria estaba en la ruta más directa entre Judea y Galilea, aunque algunos judíos preferían rutas alternativas. Pero en Juan, después de tantos usos de deî, resulta difícil no escuchar también una necesidad ligada a la misión. La relación entre judíos y samaritanos estaba marcada por siglos de tensión religiosa, étnica e histórica. Tras la caída del reino del norte ante Asiria, la región había experimentado mezclas poblacionales y religiosas cuando los asirios abusaron de las mujeres sobrevivientes israelitas. Siglos después, judíos y samaritanos disputaban el lugar legítimo de adoración. La mujer heredó un conflicto que había comenzado mucho antes de que ella naciera. Hay enemistades que recibimos como herencia sin recordar siquiera quién comenzó la pelea. Pero Jesús «tenía» que pasar por allí. Antes de que la mujer llegue al pozo, Él ya está en camino hacia ella. La gracia suele llegar primero. Antes de que supieras buscarlo, Cristo ya había comenzado a acercarse. Samaria era un lugar que otros preferían evitar; Jesús lo convierte en parte de su itinerario. Hay lugares de nuestra historia que nosotros rodearíamos para no volver a tocarlos, pero Cristo atraviesa Samaria porque sabe que allí hay alguien sediento.

— Roberto Tinoco

Juan 4:5

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JUAN 4:5 «Vino, pues, a una ciudad de Samaria llamada Sicar, junto a la heredad que Jacob dio a su hijo José.» Juan vuelve a anclar el relato en geografía e historia. Jesús llega cerca de Συχάρ (Sychár), Sicar, en una región asociada con Jacob y José. Génesis 33:18-20 narra que Jacob adquirió tierra cerca de Siquem, y Génesis 48:22 habla de una porción dada a José. El escenario está cargado de memoria patriarcal y, por lo mismo, de significado espiritual. Eso explica parte del orgullo que la mujer mostrará después. Los samaritanos no se consideraban personas sin raíces. Apuntaban hacia Jacob y reclamaban continuidad con la historia de Israel. El problema es que tener una historia espiritual no significa necesariamente poseer vida espiritual. Nicodemo tenía Abraham, Moisés y los profetas; y la samaritana tiene a Jacob y su pozo; pero ambos necesitan a Jesús. Podemos heredar Biblias, canciones, testimonios, iglesias y recuerdos preciosos de quienes caminaron antes que nosotros. Todo eso merece gratitud. Pero nadie puede beber hoy del agua que bebió su abuelo ayer. La herencia espiritual puede mostrarnos dónde está el pozo; pero cada generación tiene que beber por sí misma.

— Roberto Tinoco

Juan 4:6

Comentario general

JUAN 4:6 «Y estaba allí el pozo de Jacob. Entonces Jesús, cansado del camino, se sentó así junto al pozo. Era como la hora sexta.» Una frase sencilla nos permite contemplar profundamente la encarnación: Jesús estaba κεκοπιακὼς (kekopiakṓs), «cansado, fatigado». El Verbo que hizo todas las cosas en Juan 1 ahora está sentado junto a un pozo porque le duelen las piernas a causa del esfuerzo del camino. El que sostiene el universo conoce el cansancio humano desde dentro. Hebreos 4:15 dirá que tenemos un sumo sacerdote capaz de compadecerse de nuestras debilidades. Era aproximadamente «la hora sexta». Suele entenderse como alrededor del mediodía. Se ha dicho comunmente que la mujer acudió a esa hora para evitar a otras mujeres y podría ser así. El escenario queda preparado: Jesús está cansado, el pozo está allí y una mujer a punto de llegar con sed en el alma. ¿Tienes tú sed? Hay una paradoja preciosa: Aquel que pronto ofrecerá agua viva está cansado y tiene sed. El Dios que no necesita nada asumió una humanidad capaz de sentir necesidad. No tenemos un Salvador que observe nuestra fragilidad desde una distancia segura. Se sentó dentro de ella. Cuando estás cansado, no tienes que explicarle a Cristo qué significa estar cansado. El que te ofrece descanso también conoce el peso del camino.

— Roberto Tinoco

Juan 4:7

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JUAN 4:7 «Vino una mujer de Samaria a sacar agua; y Jesús le dijo: Dame de beber.» Juan no nos da todavía su nombre. Simplemente es γυνὴ ἐκ τῆς Σαμαρείας (gynḕ ek tês Samareías), «una mujer de Samaria». Para muchos judíos, esas dos características ya levantaban barreras: mujer y samaritana. Los judíos tomaban en poco a las mujeres y aún más a los samaritanos, quienes venían de los abusos aririos sobre mujeres israelitas. Jesús ve algo más significativo: un alma. Y sus primeras palabras resultan desconcertantes: «Dame de beber». El verbo δός (dós) es un imperativo de dídōmi, dar. El que en pocos versículos ofrecerá agua viva comienza pidiendo agua. Jesús se coloca voluntariamente en una posición de necesidad y permite que la mujer tenga algo que ofrecerle. Cristo tiene sed y la mujer también, aunque cada uno habla inicialmente de una sed distinta. La mujer que habrá de beber del Espíritu de Dios tiene primero la oportunidad de dar de beber al Hijo de Dios. Un circulo virtuoso entre la adoración y la bendición: tú adoras y Dios te llena. Hay encuentros con Dios que comienzan de maneras que nunca esperaríamos. Ella vino por agua y encontró a alguien pidiéndole agua. Creía que llevaba un cántaro para llenar; no sabía que llevaba también un corazón vacío. Y Jesús comenzará precisamente desde lo cotidiano. Dios no siempre inicia las conversaciones profundas con palabras religiosas. En ocasiones comienza diciendo: «Dame de beber».

— Roberto Tinoco

Juan 4:8

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JUAN 4:8 «Pues sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar de comer.» El apóstol Juan explica por qué Jesús está solo. Los discípulos habían ido a comprar τροφάς (trophás), alimentos. Parece un detalle menor, pero permite que ocurra una conversación que probablemente habría sido mucho más difícil rodeada de hombres judíos observando. Más adelante los discípulos regresarán y se sorprenderán de que Jesús esté hablando con una mujer (4:27). Sin saberlo, su ausencia abre un espacio donde alguien marginado puede hablar con Jesús sin una multitud de miradas alrededor. ¿Y no le sucede lo mismo a muchos ante los religiosos que cuestionan? Dios conoce incluso el escenario que necesita una conversación. Hay personas que sólo se atreverán a abrir el corazón cuando la multitud se haya ido. Jesús sabe hablar en templos llenos, pero también sabe esperar junto a un pozo hasta que sólo quede una persona. Para Él, una sola alma nunca es una audiencia pequeña.

— Roberto Tinoco

Juan 4:9

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JUAN 4:9 «La mujer samaritana le dijo: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana? Porque judíos y samaritanos no se tratan entre sí.» La mujer responde desde las categorías que conoce: «tú, judío; yo, samaritana». Juan añade que judíos y samaritanos no se relacionaban normalmente; esto se debía a que los judíos los consideraban medio gentiles, con sangre judío-asiria. El verbo συγχρῶνται (synchrōntai) puede expresar trato o asociación y, según el matiz, incluso compartir ciertos rasgos; pero la historia había colocado una frontera entre ellos. Ella no había creado aquel conflicto; lo había heredado. Hay diferencias históricas reales, pero el principio permanece: podemos recibir prejuicios antes de tener edad suficiente para examinarlos. Aprendemos quiénes son «ellos» antes de preguntarnos si Cristo también murió por «ellos». Jesús no permitirá que una enemistad heredada decida con quién puede hablar. La mujer ve una frontera; Jesús ve una sed. Nosotros clasificamos rápidamente: judío, samaritano, conservador, liberal, rico, pobre, de aquí, de allá. Cristo ve más profundo. El Evangelio comienza a sanar nuestras divisiones cuando sustituimos lentamente «ellos» por «nosotros, necesitados de la misma gracia».

— Roberto Tinoco

Juan 4:10

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JUAN 4:10 «Respondió Jesús y le dijo: Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva.» Aquí cambia toda la conversación. Jesús dice: «Si conocieras», ᾔδεις (ḗdeis), si supieras, si reconocieras. El problema de la mujer no es solamente que tiene sed; es que todavía no sabe dos cosas: «el don de Dios» y «quién es» el que habla con ella. La tragedia del alma puede consistir en tener la Fuente delante y no reconocerla. La expresión δωρεὰ τοῦ θεοῦ (dōreà tou theoû), «don de Dios», apunta al regalo que Dios ofrece, y Jesús promete ὕδωρ ζῶν (hýdōr zō̂n), «agua viva». En el uso ordinario, «agua viva» podía referirse a agua corriente o de manantial, en contraste con agua estancada. Pero bíblicamente la expresión posee una resonancia mucho mayor. Yahwéh se llama a sí mismo «fuente de agua viva» en Jeremías 2:13; Zacarías 14:8 imagina aguas vivas fluyendo en el día del Señor. Y Juan 7:37-39 relacionará explícitamente los ríos de agua viva con el Espíritu Santo. Observa la inversión: Jesús comienza diciendo «dame» y termina diciendo «yo te daría». El que parecía necesitado resulta ser la Fuente. Ella tiene cántaro; Él tiene agua viva. Ella puede aliviar la sed de Jesús por unas horas; Cristo puede tocar una sed que lleva años buscando dónde beber. Muchas de nuestras búsquedas cambiarían si realmente supiéramos dos cosas: qué regalo tiene Dios y quién es Jesús. La experiencia de la mujer samaritana es mucho más que la satisfacción de la sed natural del Hombre Jesús y más que la satisfacción del alma de la mujer samaritana; es una forma de explicarnos que Dios tiene cierta necesidad o deseo, por decirlo así, que la iglesia puede y debe satisfacer. Al hacerlo, también la iglesia será satisfecha. Sin embargo, para entender el misterio aquí presentado, es imperativo acudir a las figuras del Génesis. Batiendo leche sacamos mantequilla, un pasaje de aquí y otro de allá, renglón tras renglón nos dan revelación. Debemos ver las experiencias de Abraham, Isaac y Jacob relacionadas con este pozo, el agua, el cántaro y la satisfacción. En el primer libro Dios se revela como el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob; sabemos que Abraham es el padre; Isaac es el hijo; y Jacob habla de la obra transformadora del Espíritu Santo. Así que tenemos allí al Padre, al Hijo y al Espíritu. Ahora veamos cómo Dios tiene sed, cómo puede satisfacerle el hombre, y cómo Dios da beber también al hombre. Veamos... En génesos 24 hallamos con los ojos del espíritu al siervo del Padre, figura del Espíritu Santo y el Padre Celestial, buscando esposa para su hijo, figura de Cristo. La mujer hallada habrá de representar a la iglesia. Era la responsabilidad de Eliezer (significa “Dios que ayuda”), el siervo de Abraham encontrar esposa para el Hijo de Abraham; así es la responsabilidad del Espíritu Santo encontrar y formar a la esposa para el Hijo; es decir, la iglesia que no puede ser de las hijas de los cananeos, sino que tiene que tener la misma naturaleza del Hijo de Dios. Eliezer puso su mano bajo el muslo de Abraham, literalmente en sus genitales, para jurar que encontraría una buena mujer de su misma familia para su hijo Isaac y que no lo devolvería a la tierra de donde salió Abraham, a fin de cumplir la promesa de Dios a su simiente sobre la tierra prometida. De la misma manera, el Espíritu de Dios tiene juramento que sacará de la iglesia a la esposa del Hijo. Él cumplirá su obra en nosotros. La trasferencia de paternidad espiritual está bajo juramento (Hebreos 6:17-19): llegaremos a las bodas del Cordero. El Siervo del Padre trae la esposa para el Hijo (Gen. 24:2-4). ¿Qué experiencias vivieron entre tanto llegaban a la tienda de Isaac? Eliezer tenía la encomienda de llevar con bien a Rebeca y lo cumplió. Es la obra del Espíritu Santo formar a la iglesia esposa del Hijo. El poder que creó los cielos y la tierra y que levantó a Jesús de entre los muertos está dentro de ti; es el Espíritu Santo. El que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará. La condición para ser la esposa es traer cántaro; así como actitud de adoración a Dios y servicio a la iglesia (Génesis 24:14, 18-19). La condición que puso Eliezer para reconocer a la esposa que Dios tenía para Isaac es válida en la esfera espiritual; ¿quién puede ser la esposa del Cordero, sino quienes viven esforzadamente para satisfacerle? No todos pueden satisfacer a Dios, no todos tienen cántaro, pues aunque todos tienen un cuerpo, no todos tienen vida espiritual dentro de él. Junto con esto, la iglesia esposa debe satisfacer los mandamientos del Padre (Génesis 24:14, 19-22). Los diez camellos son la satisfacción de los mandamientos de Dios. El Hijo dijo: “El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él” (Juan 14:21). Dar de beber a diez camellos era un trabajo extenuante; cada camello puede beber hasta cien litros de agua y siendo que les dio hasta que estuvieron satisfechos, ¡debió haber llenado por lo menos cien veces su cántaro de agua! Quizá no te parezca sencillo guardar los mandamientos de Dios, pero eso es precisamente lo que produce el deleite del Espíritu como Siervo del Padre. La unción sigue a la obediencia. También, la iglesia esposa sebe satisfacer a los siervos del Padre (Génesis 24:14; 19-22). Por otro lado, los camellos no sólo representan los mandamientos de Dios, sino también a los siervos de Dios. ¿Recuerdas que Elías y Juan el Bautista se vestían con piel de camello? Mantenerse bajo autoridad es también una marca característica de la iglesia esposa; ¿por qué habría de casarse el Señor con una iglesia rebelde? Si no obedece tutores, seguramente tampoco obedecerá marido. Como recompensa por aceptar ser la esposa, la iglesia recibe los dones del Espíritu, su vida, riquezas y al Esposo. ¿Qué representan estos? Un pendiente y dos brazaletes de oro (Génesis 24:22) como recompensa de darle de beber a él y a sus camellos. Un pendiente en la nariz y brazaletes en los brazos son adornos de Pacto; dones espirituales para el ministerio que hermosean a los creyentes; son el resultado de ministrar al Espíritu Santo, darle de beber. Sin embargo, debes distinguir la diferencia entre la esposa y los hermanos interesados sólo en los dones sin el Esposo. La Palabra presenta al hermano interesado Labán (Génesis 24:29-32), quien al mirar el pendiente y los brazaletes corrió hacia Eliezer diciéndole: “bendito de Yahwéh, no estés afuera”. Es lamentable aquellos que procuran al Espíritu Santo sólo por sus dones y no porque nos lleve hacia el Hijo. Alhajas de plata y de oro, vestidos y cosas preciosas (Génesis 24:53) como recompensa de aceptar ser la esposa del Hijo. El pendiente y los brazaletes sólo fueron un anticipo o recompensa por ministrarle; pero detrás de la decisión de vivir para el Hijo viene la dote de bendiciones. El Espíritu del Padre es muy generoso y con tal de satisfacer al Hijo nos promete todo por amarlo. Incluso, a causa del compromiso de los creyentes que componen a la esposa del Hijo, todos son bendecidos, hasta los hermanos carnales. El Espíritu del Padre hace fiesta cuando su Hijo obtiene esposa. El Hijo, la mejor recompensa (Génesis 24:63-67). Rebeca viene hermoseada y enriquecida al encuentro del Hijo; pero aún no ha obtenido lo mejor. No me refiero a la herencia del Padre que el Hijo posee, aunque esta sea incontable; sino al Hijo mismo. De todos los regalos que podamos tener y de todas las bendiciones que podamos recibir, nada se compara al hecho de disfrutar la Presencia del Señor. Ya vimos a la iglesia esposa dando de beber a Dios y los beneficios maravillosos resultantes de esto; ahora es conveniente observar la otra parte de la historia; es decir, al Espíritu Santo dando de beber y desatando a la iglesia para que pueda beber de Él en la siguiente generación. Cerca de cuarenta años después… El Espíritu de Dios da de beber a la iglesia (Génesis 29). Tienes que ver primero que el Espíritu santo desata a la iglesia para que beba agua viva. Rebaños atados que no pueden beber (Génesis 29:1-3, 7-8). Jacob, figura del Espíritu como el Dios de Jacob, llaga al lugar donde se encuentra quien ha de ser la madre del pueblo de Dios y, por ende, figura de la iglesia. Curiosamente encuentra tres rebaños atados que no pueden beber agua ni salir a pastar, ya que el pozo está tapado por pastores que respetan más sus tradiciones que la necesidad de las ovejas. Los tres rebaños sin beber expresan la condición de una iglesia necesitada en todo su ser, espíritu, alma y cuerpo. Esta es la verdadera libertad del Espíritu, la que desata a la iglesia para beber de Dios y no el desequilibrio emocional ni la manipulación profética. ¡Espíritu, alma y cuerpo libres! Salvación integral: salvó nuestro espíritu mediante el nuevo nacimiento, está salvando nuestras almas con la Palabra implantada (Santiago 1:21), y salvará nuestro cuerpo glorificándolo en la resurrección. Estamos viviendo el tiempo cuando el Espíritu de Dios ha visitado a su pueblo y está rompiendo tradiciones y costumbres pastorales en beneficio de sus ovejas… La pastora y un nuevo tiempo para los rebaños (Génesis 29:6, 9). Cuando Jacob ve llegar a Rebeca, a quien el Libro llama pastora y que representa el nuevo tiempo espiritual rompe límites para la iglesia (tan sólo piensa en el ministerio de la mujer: Dios ha revelado a la Esposa del Hijo al tiempo que liberó también el ministerio de la mujer); Jacob destapa el pozo para dar de beber a las ovejas… Es la era del Espíritu y el pozo abierto para los rebaños (Génesis 29:10). El pozo abierto es el nuevo tiempo, la era del Espíritu. Los tiempos del Padre y del Hijo han sido maravillosos, pero ahora estamos viviendo el extraordinario tiempo del Espíritu con señales, prodigios y milagros revelando al Padre y al Hijo. ¡El pozo de agua viva está abierto! Hasta después de esto comprendemos realmente lo que sucede en Génesis 4. Una iglesia mezclada de judíos y gentiles que no sabe beber, pero está a punto de hacerlo. El Hijo cansado busca agua en el pozo de Jacob (Juan 4:6). Venía de dejar a los fariseos conflictivos buscando a una iglesia que le diera satisfacción, la iglesia esposa que le da de beber. Vino una mujer samaritana al pozo de Jacob y a ella pidió Jesús de beber (Juan 4:7). Como samaritana era mezcla judío siria, ¿recuerdas que Jacob tenía dos mujeres? Raquel y Lea; una era la amada y la otra menospreciada aunque las dos eran las madres del pueblo de Israel; así también, la samaritana tiene una doble naturaleza. Es la iglesia de entre la cual el Señor encuentra su amada; aquí también hay dos mujeres judíos y gentiles. Ella estaba tan sedienta de verdadera vida que había tenido cinco maridos y ahora vivía con uno que no era su marido (Juan 4:17-18). Representa el camino que la iglesia ha tenido que pasar antes de ser la esposa del Hijo. Viene de la insatisfacción, del dolor, de las caídas. Viene del pecado y de la deshonra. Viene del maltrato y del desprecio; de la desilusión y del desamor. ¡Pero ya no está allá! ¡Ha encontrado a Cristo, su verdadero Marido! Pero hay una condición para beber la Vida: conocer al Don de Dios y Quién le pide de beber (Juan 4:10). El don de Dios. Podemos suponer que se refiere a Cristo porque Él es un regalo de Dios; pero en este caso se refiere al Espíritu Santo, Él es la Promesa enviada del Padre (Hechos 1:4-5). Los cristianos saben mucho de doctrinas y de cultos, pero necesitan saber más del don de Dios: ¡la vida en el Espíritu! Quién pide de beber. El Hijo de Dios pide la satisfacción por parte de su iglesia esposa. ¡Si supieras cuánto te anhela tu Señor! Conociendo al Hijo fluye en nosotros el agua viva de su Espíritu (Juan 4:12-14; 7:38-39). El último día de la fiesta. Era costumbre llenar tinajas de agua para celebrar esta fiesta judía representando la historia cuando Dios le dio de beber a su pueblo en el desierto agua de la peña. En el último día Jesús se puso en pie, es decir, se manifestó como la verdadera agua de vida eterna: ¡Si alguno tiene sed, venga a mí y beba! Esto fue un shock para los religiosos y una algarabía para los creyentes. Pero, ¿cómo puedo beber de Cristo? El Hijo satisface la sed creyendo en Él. Esta es su promesa de satisfacción personal por la fe en Él. La incredulidad seca. El Espíritu satisface la sed al ser recibido en el hombre. Es real en nosotros. Por nuestra parte, la forma de satisfacer, por decirlo así, a Dios, es la adoración genuina y verdadera... Adoración tradicional (Juan 4:20). La samaritana pelea un lugar y una tradición: “nuestros padres… en este monte”. Discute una denominación: “nuestros… ustedes”. Es patético cómo la iglesia pelea por el cómo y dónde adorar a Dios en vez de adorarlo; es ridículo que se divida acerca de cómo satisfacer a Dios, en vez de satisfacerlo. Adoración genuina (Juan 4:21-24). La adoración genuina sabe a Quién adora por encima de dónde y cómo adora (Juan 4:22). Te explico: si no puedes adorar a Dios porque no estás en el lugar ni el la condición que quisieras, ¡no eres un genuino adorador en espíritu! Hay una hora en camino que marca la adoración genuina; ¿ya viste el segundero? …está llegando: cinco, cuatro, tres, dos, uno, ¡ahora es! ¡Esta es tu oportunidad de adorar! ¡Ahora es! (Juan 4:21, 23). ¡Es necesario que adoren! (vr. 24). Satisfacer la sed no es una opción, sino una necesidad. ¡Es necesario que adoren! Adoración comprometida (Juan 4:28-29). La mujer dejó su cántaro. La adoración es mucho más que música, es el compromiso de dejar nuestro cántaro para obedecer al Señor; es decir, hacer un lado nuestra vida y agenda para procurar la satisfacción de Dios trayendo a otros a Él. Es Raquel trayendo agua una y otra y otra vez a Eliezer, “el Dios que ayuda”.

— Roberto Tinoco

Juan 4:11

Comentario general

JUAN 4:11 «La mujer le dijo: Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo. ¿De dónde, pues, tienes el agua viva?» Lee la nota anterior. La mujer mira las circunstancias: Jesús no tiene ἄντλημα (ántlēma), recipiente para sacar agua, y el pozo es βαθύ (bathý), profundo. Su razonamiento es impecable dentro de lo visible. Si el agua está abajo y no tienes cubeta, no puedes sacarla. Esto es un símbolo de la religión ritualista que imita a la verdad, es seguir pensando en el medio, la herramienta necesaria para alcanzar el fondo del pozo. Es el mismo patrón de Nicodemo. Él oyó «nacer de nuevo» y pensó en un vientre; ella escucha «agua viva» y piensa en una cubeta. Cuando Dios habla desde la eternidad, nuestra primera reacción suele ser medir la profundidad del pozo y revisar si tenemos cuerda. Nosotros también sabemos decirle a Dios por qué algo no puede hacerse: «el pozo es demasiado hondo», «no tengo con qué», «ya pasó demasiado tiempo». Pero la pregunta de la mujer contiene sin saberlo la respuesta: «¿de dónde tienes el agua?». El error consiste en suponer que Jesús necesita sacar del mismo pozo del que nosotros hemos estado bebiendo. Sus recursos no están limitados por la profundidad de nuestros rituales.

— Roberto Tinoco

Juan 4:12

Comentario general

JUAN 4:12 «¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del cual bebieron él, sus hijos y sus ganados?» Lee las notas 4:10 y 4:11. Ahora aparece la tradición: «nuestro padre Jacob». La pregunta griega comienza esperando, en la mente de la mujer, una respuesta negativa: seguramente Jesús no pretenderá ser μείζων (meízōn), «mayor», que Jacob. Pero nosotros ya sabemos la respuesta. Sí. Muchísimo mayor. Jacob representa para ella historia, identidad y seguridad. El pozo ha funcionado durante generaciones. Es muy peligroso convertir lo heredado en el límite de lo que Dios puede hacer ahora. La tradición puede ser una memoria preciosa cuando nos conduce a Dios; se convierte en prisión cuando no permitimos que Dios haga nada que nuestros antepasados no hayan visto. Jacob dio un pozo; Jesús ofrece una fuente. La tradición puede ser una memoria preciosa cuando nos conduce hacia Dios; se convierte en prisión cuando pensamos que Dios sólo puede hacer aquello que ya hizo en el pasado. Pero la pregunta contiene una ironía enorme: «¿Eres tú mayor que Jacob?». También conocemos la respuesta. Jacob necesitaba el pozo; Jesús es la Fuente. Jacob bebió agua; Jesús ofrece vida. Jacob dejó una herencia que podía agotarse con cada cántaro; Cristo ofrece algo que puede brotar dentro del hombre. Jacob pudo dejarles un pozo; Jesús venía a dejarles una fuente. La mujer está comparando a Cristo con su tradición sin darse cuenta de que toda la historia de los patriarcas estaba caminando hacia Él. También nosotros podemos vivir espiritualmente de recuerdos prestados: «así lo hacían nuestros padres», «así comenzó nuestra iglesia», «antes Dios hacía…». Debemos honrar lo que Dios hizo ayer, pero nunca utilizarlo para limitar lo que quiere hacer hoy. La tradición puede decirnos dónde bebieron nuestros padres; Cristo nos pregunta dónde estamos bebiendo nosotros. Honrar el pasado no significa vivir de espaldas a lo nuevo que Dios está haciendo.

— Roberto Tinoco

Juan 4:13

Comentario general

JUAN 4:13 «Respondió Jesús y le dijo: Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed.» Jesús no desprecia el pozo de Jacob. Simplemente señala su límite: «volverá a tener sed». El verbo es διψήσει (dipsḗsei), de dipsáō: tener sed. El agua es buena. El problema es que su efecto es temporal. La mujer tendrá que regresar mañana, después otro día y nuevamente después. El pozo puede aliviar la sed, pero no puede terminar con ella. Aquí la escena comienza a revelar algo mucho más profundo que la necesidad física. Las cosas temporales no satisfacen por mucho tiempo. Por ser temporales, su satisfacción es precisamente temporal. Ése es el problema cuando pedimos a cosas temporales que hagan un trabajo eterno. Dinero, reconocimiento, éxito, relaciones, experiencias y posesiones pueden ser regalos legítimos, pero ninguno fue creado para soportar todo el peso de nuestra necesidad interior. No es pecado beber del pozo ni tener tradiciones. El error es pedirle al pozo que haga lo que sólo la Fuente puede hacer. Todo pozo de esta tierra viene con una frase escrita en el borde: «volverás a tener sed». Quizá por eso acumulamos tanto y seguimos sintiendo que falta algo. No siempre necesitamos otro cántaro lleno; quizá necesitamos descubrir que nuestra sed era más profunda que el pozo.

— Roberto Tinoco

Juan 4:14

Comentario general

JUAN 4:14 «Mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna.» Ahora Jesús establece el contraste. «El agua que yo le daré». La palabra ὕδωρ (hýdōr), agua, ya no describe simplemente aquello que se obtiene de un pozo. Jesús habla de un regalo que procede de Él, la Vida del cielo. Y ocurre algo todavía más sorprendente: el agua recibida se convierte dentro del creyente en πηγὴ ὕδατος (pēgḕ hýdatos), «fuente de agua». Ya no se trata únicamente de venir repetidamente a un lugar exterior para sacar algo; la Fuente comienza a brotar dentro. El verbo ἁλλομένου (halloménou) significa saltar, brotar, surgir vigorosamente. Y la dirección de esa fuente es εἰς ζωὴν αἰώνιον (eis zōḕn aiṓnion), «para vida eterna». Juan conecta así esta conversación directamente con el capítulo anterior. Nicodemo escuchó acerca de la vida eterna; ahora la samaritana escucha acerca de una fuente que brota hacia esa misma Vida. Más adelante, Juan 7:37-39 hará explícita la relación entre el agua viva y el Espíritu. Conocer al Hijo conduce a beber de la vida del Espíritu. Cristo no vino solamente a llenar nuestro cántaro; vino a poner una fuente donde antes había sed. Ésta es una diferencia enorme. La religión puede hacernos depender permanentemente de estímulos exteriores: otra reunión, otra experiencia, otra emoción. Jesús habla de una Vida interior. No significa que nunca volveremos a experimentar deseos, tristeza o necesidad física. Habla de una satisfacción más profunda: hemos encontrado la Fuente. Lo temporal necesita ser renovado porque se agota; la Vida de Dios se renueva porque brota, es una vida siempre nueva. El cristiano no es alguien que nunca siente sed; es alguien que finalmente sabe dónde beber.

— Roberto Tinoco

Juan 4:15

Comentario general

JUAN 4:15 «La mujer le dijo: Señor, dame esa agua, para que no tenga yo sed, ni venga aquí a sacarla.» La mujer responde: «Señor, dame». El verbo es δός (dós), el mismo que Jesús utilizó en el versículo 7 cuando dijo: «Dame de beber». La conversación ha dado una vuelta preciosa. Primero Jesús le pidió a ella; ahora ella le pide a Jesús. Cuando comenzamos a descubrir quién es Cristo, nuestras oraciones cambian de dirección. Sin embargo, todavía interpreta la promesa principalmente desde su necesidad inmediata: «para que no tenga sed, ni venga aquí a sacarla». Piensa en evitar el cansancio del pozo. Jesús le está hablando de vida eterna y ella todavía imagina una solución para no cargar el cántaro. No debemos burlarnos de ella. Nosotros hacemos algo parecido cuando reducimos a Dios al tamaño de nuestros problemas inmediatos: «Señor, dame esto para que no tenga que sufrir aquello». Queremos agua viva y, sin darnos cuenta, lo que realmente estamos pidiendo es una cubeta más cómoda. Pero su petición abre la puerta para la parte más delicada de la conversación. Jesús no responderá inmediatamente hablando más del agua. En el siguiente versículo dirá: «Ve, llama a tu marido». Y allí comenzaremos a entender que Cristo conoce perfectamente dónde ha estado buscando esta mujer aquello que sólo Él puede darle. Se trata de la insatisfacción y del «verdadero marido»: sus relaciones, heridas y búsquedas no habían conseguido apagar su sed. Jesús no señala nuestra sed para avergonzarnos por los pozos donde bebimos; la señala para conducirnos finalmente hasta la Fuente.

— Roberto Tinoco

Juan 4:16

Comentario general

JUAN 4:16 «Jesús le dijo: Ve, llama a tu marido, y ven acá.» La conversación parece cambiar bruscamente. La mujer acaba de pedir el agua viva y Jesús responde: «Ve, llama a tu marido». El verbo ὕπαγε (hýpage) significa ir, marcharse; después añade φώνησον (phṓnēson), llama. Jesús no está abandonando el tema del agua. Está comenzando a mostrarle dónde ha estado buscando la mujer aquello que sólo el agua viva puede satisfacer. Jesús toca precisamente el sitio que ella probablemente habría preferido mantener fuera de la conversación. Pero no lo hace para avergonzarla. Cristo no descubre nuestras heridas para exhibirlas; las descubre porque quiere dejar de hablar solamente alrededor de ellas. Pedimos agua viva y Él puede llevarnos hasta el lugar donde llevamos años intentando apagar nuestra sed. La gracia no siempre acaricia primero; algunas veces pone suavemente el dedo donde necesitamos ser sanados. No sabemos quiénes eran los cinco maridos de la mujer samaritana, pero no se trataba de una vida fácil. Permíteme alegorizar al respecto sin dogmatizar ni describir históricamente a dichos maridos; pero imaginemos un poco sobre ellos simbólicamente y lo que la iglesia ha vivido... Un marido llamado sectarismo. En los versículos 7 al 10 vemos el conflicto entre judíos y samaritanos. La samaritana comenzó a levantar un muro de separación racial y sectaria; judíos y samaritanos no se llevan entre sí. No era parte del conflicto, sólo lo había heredado. Debemos cambiar el ellos por nosotros. Como iglesia no fomentamos conflictos con nadie, sino que todos amen al Señor. La satisfacción contra el sectarismo es el don de Dios: Respondió Jesús y le dijo: Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva (Juan 4:10). Nos separamos unos de otros cuando ponemos nuestra atención en nosotros y no en lo que Dios nos ha dado. El don de Dios es Cristo, la Vida eterna que vino del cielo a nosotros y está en nosotros. ¿Está la Vida en ti? En mí también, ¿por qué habríamos de separarnos? Las divisiones no son multiplicaciones; y surgen de quienes tienen motivaciones personales usando la fe para hacerse de seguidores. El sectario quiere que beban de él y por ello se separa de los que beben de Cristo. Dice beber de Dios, pero en realidad está centrado en sí mismo. La samaritana rechazó a Cristo porque no lo conocía. Si divides o atacas a tu hermano no conoces el don de Dios. El remedio contra el sectarismo es satisfacernos disfrutando a Cristo. Un marido llamado limitación: “La mujer le dijo: Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo. ¿De dónde, pues, tienes el agua viva?” (4:11). La samaritana mostró insatisfacción como producto de una mente limitada, estrecha, sin fe. También en el versículo 15 reaccionó limitada, pensando sólo en lo temporal y visible. Jesús le habla del don de Dios y la Vida eterna y ella está pensando en una cubeta para el pozo. ¿No es semejante a los creyentes cuyos dogmas son eternos y sus preocupaciones temporales? La satisfacción ante el vacío de la limitación es la fe: Respondió Jesús y le dijo: Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; 14 mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás… (Juan 4:13-14a). Las cosas temporales no satisfacen por mucho tiempo. Por ser temporales, su satisfacción es precisamente temporal. Sólo lo eterno produce satisfacción eterna. Dedicarse a las cosas de esta vida es quedarse corto permanentemente, es como comer cien gramos de alimento únicamente por comida. Un marido llamado tradición: “¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del cual bebieron él, sus hijos y sus ganados?” (Juan 4:12). Otro motivo de insatisfacción que tenía la mujer samaritana, a la manera de un mal marido, era la tradición. Argumentó tener costumbres desde Jacob, bebían del mismo pozo que bebió el patriarca y para ella, lo mismo que para los samaritanos, eso era sagrado y una razón de su supuesta espiritualidad: ¿por qué intentas cambiar nuestras tradiciones que recibimos de nuestros padres? ¿Quién te crees? Así es el ser humano, de tanto practicar algo lo toma por sagrado e intocable, ¡y hay de quien se atreva a hacer algo diferente! Lo acusa de hereje o algo peor. La satisfacción ante el vacío de la tradición es la vida siempre nueva: …sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna (4:14b). Jesús es siempre original. No se le han acabado las bendiciones como para que tenga que comenzar a repetirlas. Nuevas son cada mañana sus misericordias. Mientras la mujer habla de tradiciones, Jesús le ofrece tener una fuente de vida en su interior para una vida siempre nueva. Jamás se aburre quien tiene Vida interior. Un marido llamado amor humano: “Jesús le dijo: Ve, llama a tu marido, y ven acá. 17 Respondió la mujer y dijo: No tengo marido. Jesús le dijo: Bien has dicho: No tengo marido; 18 porque cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido; esto has dicho con verdad” (Juan 4:16-18). La mujer samaritana era vista por los demás como inmoral. Incluso ella misma estaba incómoda por esto, pues fue a buscar agua en el calor del día, cuando no vería a las demás mujeres. Jesús puso el dedo en la llaga, había tenido cinco maridos. ¡Cuántas historias de dolor tendría! Pero el Señor la entiende, sabe que no se encuentra en tal situación por inmoral, sino por insatisfacción. Amó con todo su corazón y le rompieron el corazón. Volvió a confiar y nuevo dolor. Y así sucesivamente, hasta que aprendió a defenderse y lastimar también. Estaba herida e insatisfecha. La satisfacción ante el vacío del amor humano es el amor divino: “Respondió Jesús y le dijo: Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva” (Juan 4:10). Jesús le ofrece el remedio: te has casado muchas veces, la última vez ya ni siquiera te casaste, sólo viven juntos; pero es la misma, siempre insatisfecha. Es porque no me habías conocido –dice el Señor. Un marido llamado religión: “Nuestros padres adoraron en este monte, y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar” (Juan 4:20). Los samaritanos tenían su religión y las leyes y reglas para guardarla. La adoración estaba fundada sobre la acción que habían hecho los patriarcas, así que remontaban su fe a tiempos anteriores a Moisés. Veían a los judíos como religiosos que sólo adoraban en Jerusalén, pero ellos mismos también tenían su monte santo. La religión es un marido que maltrata. El apóstol Pablo usó esta figura para referirse a la Ley de Moisés y la forma como puede por la religión maltratar al hombre. Las religiones golpean a sus fieles tratándolos como malos; Dios por su parte, es un buen marido que te da libertad y te trata como una esposa reina. La satisfacción ante el vacío de la religión es la vida espiritual: “Jesús le dijo: Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. 22 Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos; porque la salvación viene de los judíos. 23 Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren” (Juan 4:21-23). La religión adora lo que no sabe y de formas que ni sabe por qué lo hace así; pero la Vida cristiana genuina es adoración del interior. No está basada en lo externo, si el lugar o la forma; sino en la Vida interna que recibió del cielo. Y no comiences a irte por una nueva forma negando otras. Puedes ver a dos personas cantando o confesando el Nombre del Señor en igual manera; pero sólo uno de ellos lo realiza movido por la Vida espiritual. El otro es sólo aparente. El remedio contra la religiosidad es ser interior, genuino, espiritual (no místico). El falso marido sin Cristo: me refiero al llamado cristianismo, pero sin Cristo verdaderamente. “Le dijo la mujer: Sé que ha de venir el Mesías, llamado el Cristo; cuando él venga nos declarará todas las cosas” (Juan 4:25). La samaritana había tenido cinco maridos, fácilmente identificables por cuanto habían sido sus maridos. Pero ahora vivía con otro con quien no había contraído matrimonio. Este es un falso marido, parece marido, pero no lo es. Y es el más peligroso de todos (hablo espiritualmente). La samaritana habló finalmente del Mesías, pero tan no lo conocía que hablo del Mesías al Mesías. Es el cristianismo sin Cristo. Esposas sin Esposo. Cristianos que no conocen a Cristo aunque hablan de Él. Lo están esperando, pero no reconocen su Presencia en ellos. La satisfacción ante el vacío del falso cristianismo es la relación con Cristo: “Jesús le dijo: Yo soy, el que habla contigo” (Juan 4:26). La respuesta contra el cristianismo sin sustancia es conocer a Cristo. Intimar, ser reales, genuinos, verdaderos. “Jesús le dijo: Yo soy, el que habla contigo” (Juan 4:26). ¡El Verdadero Marido: Cristo!

— Roberto Tinoco

Juan 4:17

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JUAN 4:17 «Respondió la mujer y dijo: No tengo marido. Jesús le dijo: Bien has dicho: No tengo marido.» Lee la nota 4:16. La respuesta es breve: «No tengo marido». La palabra ἄνδρα (ándra), de anḗr, puede significar hombre, pero en este contexto es marido. La mujer dice la verdad, pero todavía no cuenta toda la historia. Jesús, sorprendentemente, comienza reconociendo lo verdadero de su respuesta: «Bien has dicho». Esto nos dice mucho acerca de la manera en que Cristo trata con una vida complicada. Antes de señalar lo que falta, reconoce la verdad que ella acaba de pronunciar. No la llama mentirosa. No la humilla. Comienza desde el pequeño espacio de sinceridad que ella le ha abierto. Jesús puede tomar una verdad pequeña que nos atrevemos a confesar y convertirla en la puerta hacia una verdad mucho más profunda que necesitamos enfrentar. La transformación comienza cuando dejamos de escondernos. No porque Dios necesite nuestra confesión para enterarse de lo sucedido, sino porque nosotros necesitamos dejar de esconder aquello que Él quiere sanar. Confesar no es informarle a Dios lo que hicimos; es dejar de huir del Dios que ya lo sabe. La mujer acaba de abrir una pequeña ventana, y por allí comenzará a entrar mucha luz.

— Roberto Tinoco

Juan 4:18

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JUAN 4:18 «Porque cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido; esto has dicho con verdad.» Es muy importante que leas la nota 4:16 Jesús conoce la historia que ella no contó: πέντε γὰρ ἄνδρας ἔσχες (pénte gar ándras éschēs), «cinco maridos has tenido». Y el hombre con quien ahora vive no es su marido. Podemos cambiar muchas veces de «pozo» sin cambiar nuestra sed. Cambiar aquello de lo que bebemos no resuelve nada si seguimos buscando en lo temporal lo que solamente lo eterno puede dar. Y observa algo hermoso: Jesús sabía todo esto antes de pedirle agua. Sabía su historia antes de comenzar la conversación. Sabía quién era cuando decidió pasar por Samaria. Cristo no descubrió tu pasado después de comenzar a amarte. Ya lo conocía cuando vino a buscarte. La mujer está descubriendo algo que todos necesitamos aprender: ser completamente conocido por Jesús no significa ser rechazado por Jesús.

— Roberto Tinoco

Juan 4:19

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JUAN 4:19 «Le dijo la mujer: Señor, me parece que tú eres profeta.» La percepción de la mujer comienza a crecer. Primero Jesús era simplemente «judío» (4:9), después lo llamó κύριε (kyrie), «Señor» o «señor» (4:11), y ahora dice: προφήτης εἶ σύ (prophḗtēs eî sý), «tú eres profeta». Todavía no ha llegado a comprender quién es realmente, pero está avanzando. ¿Por qué lo reconoce como profeta? Porque Jesús acaba de decirle algo de su vida que no tenía manera natural de conocer. Esto recuerda a los profetas del Antiguo Testamento, capaces de revelar asuntos escondidos porque Dios los mostraba. Pero hay algo mucho mayor aquí: ella cree estar frente a alguien que recibe revelación de Dios; en realidad está frente al Verbo de Dios. Así suele crecer nuestro conocimiento de Cristo. Primero lo vemos desde lejos, después descubrimos algo de su sabiduría, luego reconocemos su autoridad y finalmente comprendemos que es mucho más grande de lo que imaginábamos. Jesús no cambia mientras lo conocemos; lo que cambia es el tamaño de nuestros ojos. La mujer está bebiendo antes de saber todavía que está bebiendo.

— Roberto Tinoco

Juan 4:20

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JUAN 4:20 «Nuestros padres adoraron en este monte, y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar.» De pronto la conversación pasa de sus relaciones a una controversia religiosa. El monte al que se refiere es Gerizim, lugar sagrado para los samaritanos. Ellos aceptaban especialmente el Pentateuco y sostenían que Gerizim era el lugar escogido para la adoración, mientras los judíos reconocían a Jerusalén y su templo. La palabra central es προσκυνέω (proskynéō), adorar, postrarse, rendir homenaje. La religión puede convertirse en un sustituto de la relación con Dios. La mujer habla de «nuestros padres» y «vosotros». Es sorprendente lo fácil que resulta discutir acerca de lugares, tradiciones y formas religiosas mientras evitamos que Dios siga hablando de nuestro corazón. Jesús aceptará la pregunta y la llevará muchísimo más lejos. Nosotros discutimos sobre cuál monte es correcto; Dios pregunta si nuestro corazón está realmente inclinado delante de Él. Se puede estar en el monte correcto con el corazón a kilómetros de distancia. Lee la nota 4:21.

— Roberto Tinoco

Juan 4:21

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JUAN 4:21 «Jesús le dijo: Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre.» Jesús comienza: πίστευέ μοι (písteué moi), «créeme». Antes de explicarle la adoración, la invita a confiar. Y entonces anuncia que viene una ὥρα (hṓra), «hora», en la que la cuestión central ya no será Gerizim contra Jerusalén. La llegada de Cristo está produciendo un cambio en la historia de la adoración. Esto no significa que todos los lugares fueran teológicamente equivalentes bajo el Antiguo Pacto. Jesús mismo aclarará en el siguiente versículo la posición histórica de Israel. El punto es que algo nuevo está llegando. El templo de Jerusalén tenía un papel establecido en la historia de la redención, pero Juan 2 ya nos mostró al verdadero Templo: Cristo. Cuando el verdadero Templo llega, la presencia de Dios ya no queda definida por las coordenadas de un edificio. El verdadero adorador no es adorador únicamente «de templo y ocasión». Cristo no vino simplemente a trasladar la adoración de un monte a otro; vino a sacar la adoración de los mapas y llevarla hasta el corazón. Puedes estar lejos del edificio y cerca del Padre, porque en Cristo el camino hacia Él está abierto. Dios busca adoradores, ¿qué buscan los adoradores? Los adoradores buscan el deleite de Dios por encima de su propio deleite. O mejor aún, tienen su deleite en el Señor. Es doloroso que Dios busque adoradores mientras los adoradores busquen argumentos que aprueben su no consagración. Comprendo que un creyente común no dado a ser seducido por la música como lo es quien tiene ese preciado talento, debata la cuestión, pero aquel que ha consagrado su talento no debiera tener dudas sobre lo que puede influir en el uso de su don y en el enfoque hacia su Señor. No se afilan espadas con madera. En Israel, conforme a las Escrituras, todos los judíos podían hacer incienso o comprarlo para sus hogares, pero el incienso usado por los levitas para adorar a Dios, no debía usarse para olerse en sus hogares por el sólo placer del aroma; es decir, ellos, que lo fabricaban, tenían por mandamiento renunciar al deleite personal aromático en pro de producir el deleite de la adoración a Dios (Exodo 30:37-38). Don en exclusiva. Asimismo, los verdaderos adoradores son capaces de renunciar a un deleite personal que otros puedan argumentar legítimo (y a quienes me dirigiré en otra ocasión), por el sólo hecho y privilegio de hacer de Dios su pasión principal. No escribo al músico, sino al verdadero adorador. Argumentando formas y perdiendo principios. Cuando el Señor Jesucristo habló acerca de la adoración a la mujer samaritana junto al pozo de Jacob (Juan 4), se refirió a la búsqueda del Padre de adoradores en espíritu y en verdad. La mujer discutía acerca de doctrinas judías y samaritanas y sobre quién tenía la razón sobre el dónde y el cómo adorar a Dios. Un debate que no tiene fin y que termina perdiéndose en los gustos humanos. ¡Increíblemente discutía formas religiosas cuando su vida tenía serios problemas morales y familiares! Adorar no es una invitación, sino una necesidad: “…tales adoradores, en espíritu y en verdad, es necesario que adoren…”. ¿Necesario? Un asunto de fe. Sólo puede ser recibido por la fe y no por la razón: mujer, créeme. Desde la venida de nuestro Señor Jesucristo el tiempo de los adoradores conforme a lo que Dios busca ha llegado. Son personas que no están enfocadas en su placer personal (menos aún en su economía), o mejor dicho, que han hecho a Dios su placer (y su sustento). Adoradores de tiempo completo. Son adoradores en todo lugar, no son adoradores de templo y ocasión; sus oídos y bocas, lo mismo que su talento, están dedicados en todo lugar a ser adoración. Ese es su llamado, eso es lo que son. No tienen inicio de culto ni final. “Ni en este monte ni en Jerusalén”, adoradores de corazón. Así que no interpretan un día cantos celestiales y el otro terrenales; son adoración. Adoradores entendidos. Llegó el tiempo en el que los adoradores adoren lo que conocen. Es patético que algunos llamen alabanza y adoración a la exaltación de los sentidos musicalmente, saben a Quién adoran, pero no conocen a ese Quién; expertos en música e ignorantes de Dios; son mezclados como samaritanos que rechazaron a los profetas y que trataban de adorar sin tener las Escrituras. Los judíos por su parte, adoraban lo que conocían, pues tenían la luz de la Palabra. ¿Dónde están las Escrituras en los ensayos? ¿Conocen las Palabras del Dios que dicen adorar? ¿Han estado con Él diariamente? No es de extrañar el deseo de carne en forma de música para quienes no valoran el maná (Números 11:4-6). La salvación sólo puede venir de quienes adoran con el conocimiento de lo que hacen, “la salvación viene de los judíos”; verdaderos judíos, que significa “los que adoran”. La genuina ministración se efectúa por parte de aquellos que tienen luz y vida que trasmitir. Esta vida se trasmite como una recompensa del precio pagado en la intimidad cotidiana con el Dios que adoran. Llegó el tiempo de la adoración. Este es un nuevo tiempo. “La hora viene y ahora es”, llegó el tiempo del surgimiento de adoradores conforme el deseo del Padre y no los gustos de los hombres. Puedes tener los argumentos que desees, pero, sólo podrás ser un verdadero adorador al estilo de Dios. El tiempo del Rey. “Adorarán”, traduce el griego proskuneo, que significa “doblar la rodilla”, humillarse como un siervo ante un rey cediendo sus derechos. No tenemos una lista de razones para mantener nuestros gustos ni nos excusamos en lo que otros hagan o dejen de hacer, nosotros nos humillamos ante el Rey adoptando sus límites. Como nazareos que decidieron hacer voto a Dios manifestando con esto vivir más alto que el resto de los hombres por amor al Señor. Como esclavos por amor que pudiendo ser libres prefirieron horadar su oreja dedicándola a escuchar sólo lo que suena a cielo. “En espíritu y en verdad”; pneumati kai aletheiai, desde el espíritu humano, la parte más íntima del hombre. Más allá de su mente y de sus sentidos, adoración espiritual y no limitada al gusto sensual. Dios es Espíritu y recibe lo que viene del espíritu; es su idioma y su alimento; es el código que usa el cielo. Desafortunadamente mucha de la música producida como supuesta adoración a Dios es resultado de la inspiración de la carne, reflejo de vidas matizadas de mundo, y de oídos cuyo deleite es la música fabricada en las almas de los hombres sin Dios. Es Pedro yendo más allá que Juan al entrar a la tumba vacía el día de resurrección donde su hermano se quedó a la puerta. Profundidad. Verdad traduce aletheiai, que significa genuino, auténtico. El adorador del culto público no es una personificación escénica para ambientar el servicio dominical, sino el estilo de vida de un amante de Dios que corresponde con lo que Dios desea de un adorador. Esto es, su amante exclusivo. Quizá te suene extraño decirlo así, pero una buena forma de definir verdadero en el contexto bíblico es exclusivo. Dios busca salmistas exclusivos como un amante no comparte a su amor, tampoco un adorador musical dedica su don a lo que no es su amor. Adorar es amar a Dios. ¿Por qué crees que el Padre busca tales adoradores? Es inneludible. De nuevo: “es necesario”. Quizá digas: si tal es la condición, entonces prefiero no participar. Sin embargo, haber recibido el don te hace responsable de él y no debes rehusar el propósito por el cual fuiste creado con dicho don. Es necesario que adoren. Es una necesidad, tanto de Dios como tuya misma. Dios seguirá siendo Dios, no sufre pérdida, su necesidad es amor; pero tú habrás perdido razón de ser. Diluir tu don oliendo incienso extraño te incapacita. Tienes un don y con él, una responsabilidad.

— Roberto Tinoco

Juan 4:22

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JUAN 4:22 «Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos; porque la salvación viene de los judíos.» Lee la nota 4:21 Jesús no responde con relativismo. Hay una verdad histórica objetiva. Los samaritanos poseían una tradición religiosa parcial y rechazaban buena parte de la revelación que Dios había dado a Israel. Jesús dice: «la salvación viene de los judíos». La palabra σωτηρία (sōtēría) significa salvación, liberación, rescate. El Mesías prometido viene dentro de la historia de Israel, descendiente de Abraham y David. Romanos 9:4-5 expresará algo semejante: a Israel pertenecían los pactos, las promesas y, según la carne, de ellos vino el Cristo. La gracia que alcanzará al mundo no apareció desconectada de la historia bíblica. Dios había estado preparando durante siglos el camino para la llegada de su Hijo. Esto también nos enseña que sinceridad y verdad no son exactamente lo mismo. Podemos ser sinceros y estar equivocados. La adoración genuina necesita conocer a Aquel a quien adora. La pasión sin verdad puede producir intensidad, pero no necesariamente adoración. El corazón necesita fuego, sí, pero la Palabra le da al fuego un altar donde arder.

— Roberto Tinoco

Juan 4:23

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JUAN 4:23 «Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren.» Lee la nota 4:21 Aquí ocurre algo extraordinario: «la hora viene, y ahora es». Con Jesús, el futuro prometido acaba de irrumpir en el presente. Y aparece ἀληθινοὶ προσκυνηταί (alēthinoì proskynētaí), «verdaderos adoradores». Alēthinós se refiere a lo verdadero, lo genuino, aquello que corresponde plenamente a la realidad, lo eterno que no cambia. Es adoración que no puede ser alterada por nada. Por eso es que estos adoradores adorarán ἐν πνεύματι καὶ ἀληθείᾳ (en pneúmati kaì alētheía), «en espíritu y en verdad». La adoración que inaugura Cristo nace de la obra del Espíritu y corresponde a la verdad revelada plenamente en Jesús, quien más adelante dirá: «Yo soy... la verdad» (Juan 14:6), infinito y eterno. También involucra, naturalmente, lo profundo del ser humano vivificado por Dios. La adoración genuina supera el mero lugar, forma y gusto externo. Nace del interior. En espíritu, nacido de la Vida interior. En verdad, genuino basado en lo eterno, en Dios, por lo que no puede modificarse por nada temporal. Pero quizá la frase más conmovedora sea: «el Padre tales adoradores busca». El verbo ζητεῖ (zēteî) significa buscar. La mujer llegó al pozo buscando agua, pero descubre que durante todo ese tiempo Dios también estaba buscando. Ella buscaba una fuente; el Padre buscaba una adoradora. Quizá por eso Jesús «tenía» que pasar por Samaria. El Padre estaba buscando a alguien que todavía no sabía que podía ser encontrada. Se equivocó con hombres a quienes llamó maridos, cuando en realidad busca a Dios.

— Roberto Tinoco

Juan 4:24

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JUAN 4:24 «Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren.» Lee las notas 4:21-23 Jesús declara: πνεῦμα ὁ θεός (pneûma ho theós), «Dios es Espíritu». No significa simplemente que Dios sea invisible; habla de su naturaleza, que no está limitada por materia, espacio o ubicación geográfica. Por eso la adoración que corresponde a Dios tampoco puede quedar encerrada en Gerizim o Jerusalén. Y vuelve una palabra que ya conocemos: δεῖ (deî), «es necesario». En Juan 3 era necesario nacer de nuevo; era necesario que el Hijo fuera levantado; era necesario que Cristo creciera. En Juan 4 era necesario pasar por Samaria. Ahora es necesario adorar en espíritu y verdad. No se trata de una preferencia estética acerca del estilo de culto. Surge de quién es Dios. La naturaleza del Adorado determina la naturaleza de la adoración. Es necesaria la consagración del adorador: no vivir una personalidad espiritual durante el culto y otra fuera de él, sino convertirse en adoración. La adoración deja de ser algo que hacemos durante unos minutos cuando comienza a convertirse en alguien que somos durante todo el día. El verdadero adorador no termina de adorar cuando termina la canción.

— Roberto Tinoco

Juan 4:25

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JUAN 4:25 «Le dijo la mujer: Sé que ha de venir el Mesías, llamado el Cristo; cuando él venga nos declarará todas las cosas.» Por primera vez la mujer menciona directamente al Μεσσίας (Messías), que Juan traduce Χριστός (Christós), el Ungido. Los samaritanos esperaban una figura restauradora asociada especialmente con Deuteronomio 18:15, el profeta semejante a Moisés. Ella posee esperanza: «cuando Él venga, nos declarará todas las cosas». Hay una ironía preciosa y dolorosa: habla del Mesías al Mesías sin reconocerlo todavía. Puede ocurrir algo semejante religiosamente: hablar de Cristo, cantar acerca de Cristo, esperar a Cristo y, sin embargo, conocerlo poco personalmente. Es posible manejar correctamente el Nombre y todavía no reconocer el Rostro. Pero su esperanza está a punto de encontrarse con su cumplimiento. Durante toda la conversación Jesús ha ido creciendo ante sus ojos: judío, señor, profeta... y ahora la conversación llega al Mesías. La fe muchas veces comienza nombrando a Cristo desde lejos hasta que un día descubrimos que Él estaba mucho más cerca de lo que imaginábamos. Es la esperanza de los creyentes: “se que ha de venir el Mesías”. El Mesías es la simiente prometida desde el principio por Dios que vendría por medio de la mujer para salvar a la humanidad. Esta es la esperanza que acompañó a los creyentes desde el principio. A lo largo de la historia vemos algunos ejemplos de dicha esperanza: - Enoc, séptimo desde Adán, dio testimonio de ver proféticamente la venida del Señor (Judas 1:14). - Job creyó en la resurrección del Señor y en su propia resurrección con su venida: Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo; 26 Y después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios; 27 Al cual veré por mí mismo, y mis ojos lo verán, y no otro, aunque mi corazón desfallece dentro de mí (Job 19:25-27). Estamos hablando de santos de tres mil y dos mil años antes de la primera venida de nuestro Señor Jesucristo; mucho tiempo antes de que hubiera ley o la Escritura se formara. Así que la esperanza de la samaritana está muy bien fundamentada como la esperanza no sólo de los creyentes, sino de la humanidad en sí. La vida en este mundo sin la fe es dura, así que la esperanza viene a ser la razón por la que se puede seguir viviendo. Saber que el Señor volverá, ¡qué gran alivio! Es la esperanza de los creyentes de hoy. Actualmente los creyentes tenemos nuestra fe depositada en Cristo. Fe en su venida y esperanza en su segunda venida: “Por lo cual os decimos esto en palabra del Señor: que nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor, no precederemos a los que durmieron. 16 Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. 17 Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor. 18 Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras” (1 Tesalonicenses 4:15-18). Vivimos esperando su regreso, incluso así termina la Biblia: Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven. Y el que oye, diga: Ven. Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente. 20 El que da testimonio de estas cosas dice: Ciertamente vengo en breve. Amén; sí, ven, Señor Jesús (Ap. 22:17, 20). Los primeros creyentes esperaron hasta cuatro mil años para la primera venida, y vino. Nosotros tenemos la mitad de ese tiempo esperándole, ¡y vendrá! Profetas como Habacuc citados por el autor de hebreos dijeron: “porque aun un poquito, y el que ha de venir vendrá y no tardará” (Hebreos 10:37). La mujer samaritana decía estar esperando al Mesías, pero no sabía que hablaba con Él. Puede darse el caso de alguno que esté esperando al Cristo sin siquiera conocerlo. ¿No sería trágico no reconocerle en su venida? Es el Señor de los creyentes: “llamado el Cristo” -dice el texto. Cristo significa ungido. Término usado especialmente para referirse a los reyes (aunque se ungía también a sacerdotes y profetas entre otros). Por ejemplo, en la era de los reyes solía usarse la expresión «el ungido del Señor» como referencia al rey de Israel. Al referirse a Jeshúa como el Cristo, y más viniendo de sus labios, es llamarlo el Rey. Jeshúa está diciendo: YO SOY EL REY. No un rey, sino el Rey. Rey de reyes y Señor de señores. El rey en tiempos bíblicos no sólo era amo del reino, sino dueño de todos. Disponía a voluntad de su reino y de sus ciudadanos. Al decir Yo Soy el Rey, Jeshúa está diciendo: me perteneces, Yo Soy tu Dueño. No suena nada atractivo decir que tenemos Dueño, es comprensible, pues nuestra idea de dueño es la de tirano; imagina a la samaritana y cómo sus ojos se abrían, ella ha tenido cinco maridos y estaba con otro que ni siquiera era su marido; es decir, había soportado maltratos y supuestos dueños de su vida; pero esto está muy lejos de poder aplicarse a Cristo. Él es Dueño en el sentido de generoso Creador y sustentador. Por Él fuimos creados, y es Él quien nos sustenta para seguir siendo. Sin Él desaparecemos. Es también el futuro de los creyentes: “cuando Él venga nos declarará todas las cosas”. La mujer samaritana había tenido una vida confusa, familiar, religiosa y moralmente confusa, sin claridad ni entendimiento de lo que es y lo que no es la voluntad de Dios. Discutía de religión y costumbres, tradiciones de hombres tenidas por sagradas; por ello su esperanza era que al venir el Mesías pudiera recibir entendimiento de las cosas, saber en verdad qué si está bien y qué sí es de Dios. Esperaba recibir luz con la Presencia del Mesías, conocer la verdad de una vez por todas. Eso hace la Presencia de Dios, trae luz, revelación, entendimiento entre otras muchas bendiciones. Más que saber, se trata de ver. De modo que si estamos confundidos es porque estamos vacíos; si no vemos claramente en asuntos de fe, necesitamos Presencia de Dios. Lo primero que vemos en la Biblia es que la tierra estaba en tinieblas y desordenada, pero la Presencia de Dios trajo luz y orden. Por eso la vida de muchos está desordenada, porque carecen de luz. Y por eso carecen de luz, porque no tienen la Presencia de Dios. Cuando Jesús dijo Yo Soy, la samaritana comprendió el por qué de sus fracasos y malas obras. Sólo Cristo era lo que ella necesitaba y sólo Cristo es lo que nosotros necesitamos. Él era el amor que siempre buscó y la razón de vida que tanto necesitaba. En Él podía ser una buena persona que viviera con integridad.

— Roberto Tinoco

Juan 4:26

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JUAN 4:26 «Jesús le dijo: Yo soy, el que habla contigo.» Lee la nota 4:25. La respuesta es extraordinariamente directa: ἐγώ εἰμι (egṓ eimi), «Yo soy», seguida de «el que habla contigo». En el contexto inmediato significa claramente: Yo soy el Mesías del que estás hablando. Pero para el lector de Juan, egō eimi resonará una y otra vez con una profundidad mayor en las declaraciones de Jesús: «Yo soy el pan», «Yo soy la luz», «Yo soy la resurrección», y finalmente el sorprendente «antes que Abraham fuese, Yo soy» (Juan 8:58). La respuesta definitiva a la insatisfacción de la mujer no es una nueva tradición, una relación diferente, otro pozo ni siquiera una mejor explicación religiosa. Es Cristo mismo. Ella dijo: «Sé que ha de venir el Mesías». Jesús responde, en esencia: «No tienes que seguir esperándolo. Está hablando contigo». Pasó años buscando algo que apagara su sed, y al final descubrió que la respuesta no era algo para beber, sino Alguien a quien conocer. Y quizá allí entendemos todo el recorrido desde el versículo 7. Jesús comenzó diciendo: «Dame de beber». Después habló del agua viva, tocó su historia, atravesó sus heridas, respondió sus preguntas religiosas y finalmente se reveló a sí mismo. Cristo no vino solamente a darnos cosas que satisfagan; vino a convertirse Él mismo en nuestra satisfacción. El verdadero milagro junto al pozo no fue que apareciera agua donde no había. Fue que una mujer que había llegado con un cántaro comenzó a descubrir que, después de encontrar a Cristo, su sed ya tenía Nombre y su Fuente también. Este bloque tiene una arquitectura preciosa: Jesús toca su historia, después su religión y finalmente su identidad espiritual. No la conduce hacia una nueva forma religiosa. La conduce hacia Él mismo. Podemos cambiar de pozo, de relación, de tradición y hasta de religión, pero la sed seguirá regresando hasta que encontremos a Cristo.

— Roberto Tinoco

Juan 4:27

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JUAN 4:27 «En esto vinieron sus discípulos, y se maravillaron de que hablaba con una mujer; sin embargo, ninguno dijo: ¿Qué preguntas? o, ¿Qué hablas con ella?» Los discípulos regresan y ἐθαύμαζον (ethaúmazon), «se maravillaban, estaban sorprendidos», porque Jesús hablaba con una mujer. La sorpresa debe entenderse dentro del ambiente social y religioso de su tiempo. Una conversación pública y prolongada entre un maestro judío y una mujer desconocida, además samaritana, podía resultar inusual. Pero Juan señala algo interesante: nadie se atreve a preguntar qué busca Jesús ni por qué habla con ella. Los discípulos ven exactamente la misma escena que nosotros, pero todavía no saben interpretarla. Ven a un rabino junto a una mujer samaritana; Jesús ve a un alma a quien el Padre está buscando. Podemos estar físicamente cerca de Jesús y todavía necesitar aprender a ver a las personas como Jesús las ve. El Evangelio tiene la costumbre de cruzar fronteras que nosotros consideramos definitivas. Jesús ya atravesó la frontera entre judío y samaritano, entre hombre y mujer, entre respetable y cuestionado. Y lo hizo sin perder santidad. La santidad de Cristo no necesitaba alejarse del herido para mantenerse limpia; era suficientemente santa para acercarse y comenzar a sanar.

— Roberto Tinoco

Juan 4:28

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JUAN 4:28 «Entonces la mujer dejó su cántaro, y fue a la ciudad, y dijo a los hombres...» Juan menciona algo aparentemente pequeño: ἀφῆκεν τὴν ὑδρίαν (aphêken tēn hydrían), «dejó el cántaro». Ella había venido al pozo precisamente por agua. El cántaro era la razón visible de su viaje. Sin embargo, después de encontrarse con Jesús, lo deja allí y corre hacia la ciudad. La muer dejó el cántaro como quien deja su antigua vida. La imagen resulta poderosa devocionalmente. Es una figura de la adoración comprometida: hacer a un lado la propia agenda para llevar a otros hacia Cristo. Llegó preocupada por sacar agua del pozo y se fue preocupada porque una ciudad conociera la Fuente. Hay encuentros con Jesús que reorganizan nuestras urgencias. Lo que hace unos minutos parecía indispensable puede quedarse junto al pozo cuando aparece algo más grande. El cántaro no dejó de ser útil; simplemente dejó de ser lo más importante. La madurez espiritual no consiste en abandonar todo lo cotidiano, sino en aprender qué cosas pueden esperar cuando Cristo nos muestra algo eterno.

— Roberto Tinoco

Juan 4:29

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JUAN 4:29 «Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será éste el Cristo?» Sus primeras palabras evangelísticas son extraordinariamente sencillas: δεῦτε ἴδετε (deûte ídete), «venid, ved». Es semejante a la invitación de Felipe a Natanael en Juan 1:46: «Ven y ve». La mujer no posee todavía un curso de teología ni respuestas para todas las preguntas. Tiene un encuentro que contar. Dice que Jesús le ha dicho «todo cuanto he hecho». Literalmente la conversación registrada no contiene toda su biografía; es una expresión natural de asombro: este hombre me conoce. Y después pregunta: μήτι οὗτός ἐστιν ὁ Χριστός; (mḗti hoûtós estin ho Christós?), algo como «¿No será éste el Cristo?». La forma de la pregunta deja espacio para que ellos mismos vengan y descubran. Eso es hermoso. No intenta obligarlos a creer en su experiencia. Los invita a tener la suya. El testimonio cristiano no consiste en pedirle al mundo que viva de nuestro encuentro con Cristo, sino en decirle dónde puede encontrarlo por sí mismo. Ella no lleva agua viva aún en una explicación perfecta; simplemente conoce el camino hasta la Fuente.

— Roberto Tinoco

Juan 4:30

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JUAN 4:30 «Entonces salieron de la ciudad, y vinieron a él.» La respuesta es inmediata: ἐξῆλθον (exêlthon), «salieron», y ἤρχοντο (ḗrchonto), «venían». El imperfecto puede pintar la escena casi en movimiento: la gente está saliendo de la ciudad y avanzando hacia Jesús. Esto hace todavía más impresionante lo que ocurrirá en el versículo 35. Mientras Jesús habla con sus discípulos acerca de campos blancos para la siega, es muy posible que tenga delante de sus ojos a los samaritanos acercándose. Y Jesús sabe que vienen movidos por el testimonio de la mujer. Una conversación junto a un pozo comienza a mover una ciudad. Nunca sabemos cuántas personas están escondidas detrás de una sola persona a la que decidimos amar bien. Los discípulos fueron a Samaria buscando comida y regresaron solos. La mujer regresó llevando una pregunta acerca de Jesús y detrás de ella comenzó a venir la ciudad.

— Roberto Tinoco

Juan 4:31

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JUAN 4:31 «Entre tanto, los discípulos le rogaban, diciendo: Rabí, come.» Los discípulos vuelven con τροφάς (trophás), comida, y naturalmente quieren que Jesús coma. Él estaba cansado y sediento cuando llegaron al pozo. Su preocupación es legítima. Pero Juan vuelve a utilizar el mismo recurso que vimos con Nicodemo y la samaritana. Jesús habla desde una realidad espiritual y sus interlocutores comienzan desde lo material. Nicodemo pensó en un vientre, la mujer en una cubeta y ahora los discípulos piensan en comida. No hay nada malo en el pan. El problema surge cuando lo urgente nos impide ver lo importante. Frente a ellos está comenzando una cosecha espiritual y todavía están pensando en el almuerzo. Podemos estar ocupados satisfaciendo necesidades legítimas mientras Dios está haciendo algo eterno a pocos metros de nosotros.

— Roberto Tinoco

Juan 4:32

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JUAN 4:32 «Él les dijo: Yo tengo una comida que comer, que vosotros no sabéis.» La palabra es βρῶσις (brōsis), alimento, comida. Jesús habla de una fuente de satisfacción que los discípulos todavía no conocen: «Yo tengo comida»; está hablando del pan del cielo, por decirlo así. La escena dialoga bellamente con todo el capítulo. Jesús tuvo sed y ofreció agua. Ahora tuvo hambre y habla de un alimento diferente. La mujer necesitaba descubrir qué podía satisfacerla; los discípulos necesitan descubrir qué satisface a Jesús. No sólo el hombre tiene sed de Dios; la escena nos invita a pensar, analógicamente, en el deseo de Dios de encontrar una respuesta de amor, obediencia y adoración en su pueblo. Debemos expresarlo con cuidado, porque Dios no es necesitado en el sentido humano; pero sí podemos decir bíblicamente que se complace en la obediencia de sus hijos. Hay una manera de vivir que alegra el corazón de Dios.

— Roberto Tinoco

Juan 4:33

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JUAN 4:33 «Entonces los discípulos decían unos a otros: ¿Le habrá traído alguien de comer?» Los discípulos interpretan literalmente sus palabras: μή τις ἤνεγκεν αὐτῷ φαγεῖν;, «¿acaso alguien le trajo de comer?». La escena tiene incluso un pequeño toque de humor. Mientras estuvieron comprando comida, imaginan que quizá alguien llegó antes que ellos. Pero la incomprensión tiene una función pedagógica. Jesús utiliza su pregunta para llevarlos de la comida visible a una satisfacción más profunda. Nos parecemos bastante a ellos. Dios habla de propósito y preguntamos por comodidad; habla de cosecha y preguntamos por horarios; habla de eternidad y hacemos cuentas del día. Nuestra mente puede tener el estómago tan cerca de los ojos que termina tapándonos el horizonte. Jesús está a punto de levantarles la vista.

— Roberto Tinoco

Juan 4:34

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JUAN 4:34 «Jesús les dijo: Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra.» Aquí está la respuesta. ἐμὸν βρῶμά (emòn brōmá), «mi alimento», es hacer τὸ θέλημα (to thélēma), «la voluntad», del Padre y τελειώσω (teleiṓsō), completar, llevar a término, su obra. Jesús vive alimentado por obediencia. Deuteronomio 8:3 había enseñado que el hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Yahwéh. En la tentación del desierto Jesús citó precisamente ese texto (Mateo 4:4). Ahora lo vemos encarnado: hacer la voluntad del Padre no es para Él una carga que soporta; es alimento, vida. Hay una verdad preciosa aquí. Nosotros solemos pensar que obedecer a Dios nos quitará vida. Jesús dice que hacer la voluntad del Padre lo alimenta. La voluntad de Dios no es siempre el plato que nuestra carne habría pedido, pero puede terminar siendo el alimento que nuestra alma llevaba años necesitando. Hay cansancios que no se curan con inactividad física, porque nacen de vivir lejos de aquello para lo que fuimos creados.

— Roberto Tinoco

Juan 4:35

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JUAN 4:35 «¿No decís vosotros: Aún faltan cuatro meses para que llegue la siega? He aquí os digo: Alzad vuestros ojos y mirad los campos, porque ya están blancos para la siega.» Jesús toma un dicho agrícola: todavía faltan τετράμηνος (tetrámēnos), cuatro meses, para la cosecha. En el mundo natural hay que esperar entre siembra y siega. Pero Jesús les dice: ἐπάρατε τοὺς ὀφθαλμούς (epárate toùs ophthalmous), «levantad los ojos». Encontrar razones por las cuales no se pueda obtener el fruto de algo es fácil: hay más de una excusa para cada situación. Y en lo natural es comprensible, no justificable, pero comprensible. Los que fracasan siempre tienen la razón y pueden argumentar por qué fracasaron. Los cristianos usamos la frase: “no es el tiempo de Dios”. El profeta Hageo desdeñó está frase diciendo: “¿no es tiempo de edificar la casa de Dios, pero si es tiempo de decorar sus propias casas?” Hay cosechas que parecen lejanas solamente porque seguimos viendo al suelo. Levantar los ojos no significa negar la realidad; significa mirar la realidad completa, incluida la obra de Dios. Ellos veían una Samaria históricamente difícil. Jesús veía un campo maduro. Donde el prejuicio ve personas improbables, Cristo puede estar viendo una cosecha blanca. Decís vosotros, no Yo -parece decir Jesús. Existe lo natural, pero existe también la realidad. Lo natural puede modificarse, la realidad es. Lo que se necesita para abrir los sentidos espirituales y cosechar logros que parecían imposibles, es alzar los ojos. Si nuestra visión está hacia abajo, midiendo lo natural, no cosecharemos de forma sobrenatural. Es posible que no consigas lo que buscas porque tu visión sigue hacia abajo, natural. También, alguno pudiera suponer que ha levantado sus ojos porque habla de cosas espirituales, pero Jesús no solo dijo alzad vuestros ojos, sino también, mirad los campos. Concentrar la visión en aquello donde queremos frutos.

— Roberto Tinoco

Juan 4:36

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JUAN 4:36 «Y el que siega recibe salario, y recoge fruto para vida eterna, para que el que siembra goce juntamente con el que siega.» Ahora aparece θερίζων (therízōn), «el que cosecha», y καρπὸν (karpón), fruto. Pero éste no es fruto temporal: es fruto εἰς ζωὴν αἰώνιον (eis zōḕn aiṓnion), «para vida eterna». Dios nos ha llamado a cosechar y nos estimula a lanzarnos a ello mediante la promesa de dos cosas: salario y fruto para vida eterna. Lo primero es para nosotros, lo segundo, por nosotros y por los demás. ¡Vamos por las almas, Dios nos pagará muy bien! Si está dispuesto a morir por ello, ¿cuánto estará dispuesto a pagar? ¡Vamos por las almas, se trata de su vida eterna! ¿Crees realmente que se perderán sin Cristo? Porque si verdaderamente lo crees, verdaderamente los traerás. Jesús nos recuerda que participar en la salvación de otros tiene valor eterno. No producimos la salvación, pero Dios nos concede el privilegio de participar en la cosecha. Y hay alegría. En el Reino, el que sembró no tiene que ponerse celoso del que cosechó, ni el que cosecha puede presumir como si hubiera producido la semilla. Ambos terminan celebrando juntos. En el cielo descubriremos cuántas personas participaron silenciosamente en historias cuyo fruto otro tuvo el privilegio de recoger. Jesús dijo que al hacer esto, los que cosechan se gozarán junto con los que sembraron. ¿Comprendes esto? Porque ellos, los primeros, sembraron, es que nosotros somos cristianos y un día estaremos en el gozo del Señor con ellos en gloria. Y si nosotros cosechamos, un día nos gozaremos en gloria con los que alcancemos para Cristo. La siembra es un proceso difícil, cansado, sin ver resultados. Solo dar y dar. La Biblia dice que se siembra con lágrimas y se cosecha con alegría: “Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán. 6 Irá andando y llorando el que lleva la preciosa semilla; mas volverá a venir con regocijo, trayendo sus gavillas” (Sal. 126:5-6).

— Roberto Tinoco

Juan 4:37

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JUAN 4:37 «Porque en esto es verdadero el dicho: Uno es el que siembra, y otro es el que siega.» La palabra σπείρων (speírōn) significa sembrar; θερίζων (therízōn), cosechar. Jesús reconoce una realidad sencilla: no siempre veremos personalmente el resultado de aquello que sembramos. Esto atraviesa toda la historia bíblica. Profetas hablaron sin contemplar el cumplimiento completo. Juan el Bautista preparó el camino y después menguó. Otros sembraron en Samaria antes de que los discípulos llegaran a esta cosecha. Generaciones anteriores a nosotros cumplieron, por eso existe hoy el cristianismo. Fueron sembradores. Llegó nuestro turno de continuar esta obra. Tomemos el relevo. Estamos trabajando sobre tierra donde otros ya lloraron, oraron y sembraron. Eso nos libra de la ansiedad por resultados inmediatos. Una semilla no es un fracaso porque todavía no parece una cosecha. Hay palabras que pronuncias hoy cuyo fruto quizá recogerá alguien cuyo nombre nunca conocerás. En el Reino, obedecer también es aprender a sembrar sin exigirle a la semilla que nos aplauda.

— Roberto Tinoco

Juan 4:38

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JUAN 4:38 «Yo os he enviado a segar lo que vosotros no labrasteis; otros labraron, y vosotros habéis entrado en sus labores.» Jesús dice ἀπέστειλα (apésteila), «os envié». Es lenguaje de misión. Y añade que entraron en un trabajo por el cual otros κεκοπιάκασιν (kekopiákasin), «han trabajado arduamente, se han fatigado». Es la misma familia de palabras que describió a Jesús «cansado» junto al pozo en 4:6. La cosecha que disfrutamos tiene detrás cansancios que quizá no vimos. ¿Quiénes son esos «otros»? El texto no lo especifica. Podemos pensar ampliamente en la obra preparatoria de Dios mediante la historia de Israel, los profetas, Juan el Bautista y, de manera inmediata, Jesús mismo y el testimonio de la mujer. No conviene ser más precisos de lo que Juan permite. ¿No es maravilloso que nos esté llamado a una época de la historia de cosecha? Nuestros antepasados en la fe lloraron, tuvieron momentos dolorosos. Fueron mártires. Nosotros tenemos un llamado de alegría, de regocijo, de fiesta. Ellos cumplieron en el dolor, con mayor razón, nosotros cumpliremos en la alegría. Es un privilegio entrar en labores anteriores. Muchos frutos que recogemos llevan lágrimas que no lloramos y oraciones que no pronunciamos. La gratitud es la postura correcta del cosechador. Antes de nosotros hubo manos sembrando en esta tierra.

— Roberto Tinoco

Juan 4:39

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JUAN 4:39 «Y muchos de los samaritanos de aquella ciudad creyeron en Él por la palabra de la mujer, que daba testimonio diciendo: Me dijo todo lo que he hecho.» Ahora vemos la cosecha. Muchos ἐπίστευσαν (epísteusan), «creyeron», por τὸν λόγον τῆς γυναικός (ton lógon tês gynaikós), «la palabra de la mujer». Esto es extraordinario dentro de su contexto. La persona que unas horas antes estaba sola junto al pozo se convierte en puente para que muchos lleguen a Jesús. Su pasado no fue borrado de su testimonio; de hecho, forma parte de él: «me dijo todo lo que he hecho». Jesús puede convertir aquello que nos avergonzaba en parte de la historia con la que otros encuentran esperanza. No porque el pecado se vuelva bueno, sino porque la gracia demuestra que el pecado no tuvo la última palabra. Una mujer vino por agua. Regresó llevando una ciudad hacia Cristo.

— Roberto Tinoco

Juan 4:40

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JUAN 4.40 «Entonces vinieron los samaritanos a él y le rogaron que se quedase con ellos; y se quedó allí dos días.» Los samaritanos ἠρώτων (ērṓtōn), rogaban, pedían insistentemente que Jesús μείναι (meînai), permaneciera con ellos. Y Jesús se quedó. Esta palabra, ménō, «permanecer», es profundamente joánica. En Juan 1 el Espíritu permaneció sobre Jesús; más adelante Jesús dirá: «Permaneced en mí» (Juan 15:4). Los samaritanos no quieren solamente una visita rápida ni un milagro; quieren tiempo con Él. Hay una diferencia entre conocer a Cristo por el testimonio de alguien y abrirle espacio para que permanezca. El testimonio puede llevarnos hasta la puerta; la comunión nos permite conocer al que entró. La fe necesita momentos de «ven y ve», pero también necesita aprender a decir: «Quédate».

— Roberto Tinoco

Juan 4:41

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JUAN 4:41 «Y creyeron muchos más por la palabra de él.» Ahora la fe se profundiza. Primero muchos creyeron por la palabra de la mujer; después πολλῷ πλείους (pollō̂i pleíous), «muchos más», creen por la palabra de Jesús mismo. El término λόγος (lógos), «palabra», tiene aquí una resonancia especialmente hermosa en este Evangelio. El anciano Juan comenzó diciendo: «En el principio era el Verbo (Lógos)». Ahora los samaritanos escuchan las palabras de Aquel que Juan presentó como la Palabra eterna de Dios. La mujer pudo llevarlos hasta Jesús, pero solamente Jesús podía revelarse plenamente a sus corazones. Él es la Palabra. Esto establece una diferencia importante entre testimonio y encuentro. El testimonio de otra persona puede despertar nuestra curiosidad, abrir una puerta y conducirnos hacia Cristo. Pero nadie puede vivir permanentemente de una fe prestada. La mujer hizo exactamente lo correcto: no consiguió que la ciudad dependiera de ella, sino que llevó la ciudad hasta Cristo. El mejor testimonio no consigue que las personas se maravillen de nuestra historia; consigue que quieran conocer al Cristo que cambió nuestra historia. Esto también define nuestro papel cuando hablamos de Jesús. No podemos convertir a nadie ni fabricar fe en otro corazón. Podemos señalar, invitar, contar y decir: «Ven y ve». Después necesitamos hacernos a un lado para que escuchen Su Voz. Nuestra voz puede conducir a alguien hasta la Fuente; sólo Cristo puede darle de beber. El evangelismo alcanza su propósito cuando nuestra palabra disminuye y comienza a escucharse la suya.

— Roberto Tinoco

Juan 4:42

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JUAN 4:42 «Y decían a la mujer: Ya no creemos solamente por tu dicho, porque nosotros mismos hemos oído, y sabemos que verdaderamente éste es el Salvador del mundo, el Cristo.» La expresión es extraordinaria: αὐτοὶ γὰρ ἀκηκόαμεν (autoì gar akēkóamen), «porque nosotros mismos hemos oído». No están despreciando el testimonio de la mujer. Sin él probablemente no habrían llegado hasta Jesús. Pero su fe ya no descansa solamente en lo que ella les contó. Ahora pueden decir: «nosotros mismos». La fe heredada se ha convertido en fe experimentada; el testimonio ajeno los llevó hasta la puerta, pero ellos mismos entraron. Y entonces pronuncian uno de los títulos cristológicos más grandes del Evangelio: ὁ σωτὴρ τοῦ κόσμου (ho sōtḕr tou kósmou), «el Salvador del mundo». La palabra σωτήρ (sōtḗr) significa salvador, libertador, rescatador. Y κόσμος (kósmos), mundo, nos devuelve directamente a Juan 3:16: «De tal manera amó Dios al mundo». Lo sorprendente es quiénes llegan a esta conclusión: samaritanos. Aquellos que estaban separados históricamente de los judíos reconocen que Jesús no pertenece exclusivamente a un pueblo. El Mesías judío es el Salvador del mundo. La mujer comenzó diciendo: «Tú eres judío y yo soy samaritana». Ahora su ciudad termina confesando una verdad que derriba aquella primera frontera: si Él es Salvador del mundo, entonces la gracia es más grande que nuestras divisiones. Y mira cómo termina todo lo que comenzó junto al pozo. Una mujer llegó sola buscando agua. Jesús le pidió de beber. Ella levantó barreras, habló de Jacob, discutió acerca del pozo, expuso sus preguntas religiosas y terminó descubriendo al Mesías. Después dejó su cántaro, regresó a la ciudad y la ciudad vino a Cristo. Una mujer satisfecha trajo a otros hacia Jesús. La mujer llegó al pozo con sed y terminó convirtiéndose en camino para que otros encontraran la Fuente. Ése es uno de los frutos más hermosos de beber de Cristo: cuando finalmente encontramos aquello que satisface el corazón, ya no queremos guardar el agua solamente para nosotros.

— Roberto Tinoco

Juan 4:43

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JUAN 4:43 «Dos días después, salió de allí y fue a Galilea.» Jesús permanece dos días con los samaritanos y después continúa hacia Galilea. El verbo ἐξῆλθεν (exêlthen), «salió», marca el movimiento. Lo que parecía inicialmente un camino de Judea hacia Galilea se convirtió en una estancia inesperada en Samaria. Jesús no pasó apresuradamente por allí. Se quedó. Esto importa porque en el versículo 4 el apóstol Juan había dicho que a Jesús «le era necesario pasar por Samaria». Ahora sabemos algo de aquella necesidad. Una mujer tenía que encontrar agua viva. Una ciudad tenía que escuchar. Personas que judíos y samaritanos habían aprendido a considerar «los otros» terminaron confesando a Jesús como «Salvador del mundo». Y después Jesús sigue caminando. Hay momentos en los que Dios permanece y momentos en los que Dios nos mueve hacia la siguiente etapa. No debemos convertir en residencia aquello que Dios diseñó como estación, ni atravesar corriendo el lugar donde quería que permaneciéramos. La sabiduría está en caminar cuando Él camina y quedarse cuando Él se queda.

— Roberto Tinoco

Juan 4:44

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JUAN 4:44 «Porque Jesús mismo dio testimonio de que el profeta no tiene honra en su propia tierra.» La palabra es τιμή (timḗ), «honra, valor, reconocimiento». Jesús afirma que un profeta no recibe honra en su propia tierra. Una idea semejante aparece en los Evangelios sinópticos (Mateo 13:57; Marcos 6:4; Lucas 4:24). La familiaridad puede convertirse en una barrera para reconocer lo extraordinario. Hay una pequeña tensión narrativa, porque el versículo siguiente dice que los galileos lo recibieron. Pero Juan explicará inmediatamente por qué: habían visto lo que Jesús hizo en Jerusalén. Lo reciben impresionados por sus obras. Eso no necesariamente equivale a honrarlo por quien es. Los samaritanos, en contraste, terminaron confesándolo «Salvador del mundo» después de escucharlo. Éste es un peligro especialmente serio para quienes llevamos mucho tiempo alrededor de las cosas de Dios. Podemos acostumbrarnos tanto a lo santo que dejemos de temblar delante de su belleza. La familiaridad sabe el nombre, conoce la historia y puede incluso repetir el versículo; la honra vuelve a mirar y todavía encuentra razones para inclinarse.

— Roberto Tinoco

Juan 4:45

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JUAN 4:45 «Cuando vino a Galilea, los galileos le recibieron, habiendo visto todas las cosas que había hecho en Jerusalén, en la fiesta; porque también ellos habían ido a la fiesta.» Los galileos ἐδέξαντο (edéxanto), «recibieron», a Jesús. Pero el apóstiol Juan añade la motivación: habían visto lo que hizo en Jerusalén. Esto nos lleva nuevamente a Juan 2:23, donde muchos creyeron en su nombre al contemplar las señales, pero Jesús no se confiaba a ellos porque conocía sus corazones. El anciano Juan está preparando un contraste. Los samaritanos creyeron después de oír su palabra. Los galileos lo reciben porque han visto sus obras. Las señales tienen valor, pues Juan mismo dirá que fueron escritas para que creamos (Juan 20:30-31). El problema comienza cuando necesitamos constantemente una nueva señal para seguir confiando; eso muestra incredulidad. Hay una fe pequeña que dice: «Muéstrame y creeré», y otra que aprende a decir: «Porque tú lo dijiste, caminaré». El oficial que está a punto de aparecer comenzará cerca de la primera y terminará aprendiendo la segunda.

— Roberto Tinoco

Juan 4:46

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JUAN 4:46 «Vino, pues, Jesús otra vez a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Y había en Capernaum un oficial del rey, cuyo hijo estaba enfermo.» Juan nos devuelve deliberadamente a Caná. No quiere que olvidemos lo ocurrido allí. La primera señal transformó agua en vino; la segunda gran señal realizada en relación con Caná tocará una realidad todavía más dolorosa: un hijo se está muriendo. Pero las dos son señales tratan acerca de que Cristo es la Vida, es transformar lo muerto en nueva vida. El hombre es βασιλικός (basilikós), un oficial real, probablemente relacionado con la administración de Herodes Antipas. Tiene posición, influencia y probablemente recursos. Pero ninguna de esas cosas puede sanar a su hijo. Hay puertas que el poder abre y habitaciones delante de las cuales hasta el poder tiene que quedarse afuera. La enfermedad ha reducido al oficial a algo mucho más elemental que su título: es un padre preocupado por su hijo. Eso nos recuerda cuán rápidamente pueden perder importancia nuestras etiquetas cuando alguien que amamos sufre. El hombre no llega ante Jesús presentando credenciales. Llega necesitado. Hay dolores que nos quitan los títulos y nos devuelven al corazón. Y quizá no sea malo llegar alguna vez delante de Cristo sin nada que mostrarle, excepto nuestra necesidad.

— Roberto Tinoco

Juan 4:47

Comentario general

JUAN 4:47 «Este, cuando oyó que Jesús había llegado de Judea a Galilea, vino a él y le rogó que descendiese y sanase a su hijo, que estaba a punto de morir.» El oficial ἤκουσεν (ḗkousen), «oyó», que Jesús había llegado. Esa noticia produce movimiento: ἀπῆλθεν (apêlthen), fue hacia Él. La fe todavía es pequeña, pero ya tiene piernas. Escuchó algo acerca de Jesús y decidió buscarlo. Después ἠρώτα (ērṓta), «rogaba, pedía insistentemente». No está haciendo una solicitud protocolaria. Su hijo ἤμελλεν ἀποθνῄσκειν (ḗmellen apothnḗskein), estaba a punto de morir. Probablemente ha recorrido desde Capernaum hasta Caná, una distancia considerable y además cuesta arriba. El hombre está desesperado. Pero observa su petición: quiere que Jesús descienda a Capernaum. Cree que Jesús puede sanar, pero todavía imagina que debe estar físicamente junto al muchacho para hacerlo. Su fe es real, aunque todavía tiene límites. Y Jesús no desprecia una fe imperfecta. Cristo puede comenzar trabajando con la fe que tenemos mientras nos enseña una fe que todavía no tenemos.

— Roberto Tinoco

Juan 4:48

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JUAN 4:48 «Entonces Jesús le dijo: Si no viereis señales y prodigios, no creeréis.» Jesús utiliza el plural: ἴδητε (ídēte), «viereis», y πιστεύσητε (pisteúsēte), «creáis». Por eso la respuesta parece ir más allá del oficial y alcanzar a los galileos que lo rodean. «Si no veis σημεῖα καὶ τέρατα (sēmeîa kaì térata), señales y prodigios, no creeréis». También te está hablando a ti y a mi. No está condenando toda fe que comienza al contemplar un milagro. El apóstol Juan ha llamado a los milagros «señales» precisamente porque apuntan hacia el Señor Jesús. Pero una señal no debe convertirse en alimento permanente de una fe incapaz de caminar sin espectáculo. El milagro señala hacia Cristo; si después de mirar la señal seguimos dependiendo de señales, todavía no llegamos completamente a donde apuntaba la misma. Esto nos alcanza con facilidad. «Señor, si haces esto, creeré que estás conmigo». «Si respondes aquello, sabré que me escuchas». Pero llega un momento en que Cristo nos invita a algo más profundo. La señal puede encender la fe; la palabra debe aprender a sostenerla. Dios no quiere solamente hijos capaces de celebrar cuando ven. Quiere hijos capaces de caminar porque confían.

— Roberto Tinoco

Juan 4:49

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JUAN 4:49 «El oficial del rey le dijo: Señor, desciende antes que mi hijo muera.» El hombre no entra en una discusión teológica. Su oración se vuelve todavía más breve: «Señor, desciende». Y aparece la palabra que ningún padre quiere pronunciar: ἀποθανεῖν (apothaneîn), morir. Hay oraciones que pierden palabras cuando aumenta el dolor. No necesitan introducción, vocabulario elegante ni explicaciones largas. «Señor, ven». «Señor, ayúdame antes de que...». La Biblia está llena de oraciones pequeñas dichas desde necesidades enormes. Y Jesús no desprecia esa oración. Dios no mide nuestras oraciones por su longitud, sino que escucha el corazón que llevan dentro. Cuando ya no tengas palabras, no pienses que ya no puedes orar. ¿Recuerdas la oración de Ana en 1 Samuel 1? Leela. Algunas de las oraciones más verdaderas de nuestra vida caben en una sola respiración.

— Roberto Tinoco

Juan 4:50

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JUAN 4:50 «Jesús le dijo: Ve, tu hijo vive. Y el hombre creyó la palabra que Jesús le dijo, y se fue.» Aquí está el centro de toda la escena. El Señor Jesús no baja con él. No le entrega una señal visible, sólo le da una Palabra: πορεύου· ὁ υἱός σου ζῇ (poreúou; ho huiós sou zêi), «Ve; tu hijo vive». Lo único que necesitas es una Palabra de Jesús. Y entonces ocurre un milagro antes de que sepamos qué pasó con el muchacho: ἐπίστευσεν ὁ ἄνθρωπος τῷ λόγῳ (epísteusen ho ánthrōpos tō lógō), «el hombre creyó la palabra». El apóstol Juan ya no lo llama primero por su cargo, sino «el hombre». Y ese hombre hace algo extraordinario: se va. Regresa a casa sin Jesús caminando a su lado, sin certificado médico y sin haber visto todavía al hijo levantarse. Pero estaba viendo por la fe a su hijo sanado; si Jesús lo dijo era verdad. Ésta es una de las imágenes más hermosas de fe en Juan. Llegó queriendo llevarse a Jesús; regresó llevando solamente una Palabra de Jesús, y descubrió que la Palabra era suficiente. Hay momentos en que Dios cambia las circunstancias delante de nuestros ojos. En otros, nos entrega una Palabra y nos pide comenzar el camino de regreso antes de ver nada. La fe madura cuando podemos caminar con una promesa en el corazón mientras la evidencia todavía está lejos.

— Roberto Tinoco

Juan 4:51

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JUAN 4:51 «Cuando ya él descendía, sus siervos salieron a recibirle, y le dieron nuevas, diciendo: Tu hijo vive.» Mientras el padre ἤδη καταβαίνοντος (ḗdē katabaínontos), «ya descendía», sus siervos vienen a encontrarlo. Observa esto: la confirmación llega mientras está caminando en obediencia. El hombre principal descendió para ver a su hijo sano; se soltó en Jesús obedeciendo su Palabra. Y las palabras de los siervos son prácticamente las mismas de Jesús: «Tu hijo vive». La palabra que creyó en Caná se convierte en noticia durante el camino. Primero fue promesa; después fue evidencia. Hay una enseñanza delicada aquí. Nosotros queremos recibir la noticia antes de comenzar a caminar. Este hombre tuvo que caminar antes de escucharla. La fe comenzó el viaje con una palabra; la confirmación la encontró en el camino. Quizá algunas respuestas de Dios no están esperando en el lugar donde seguimos detenidos, sino unos pasos más adelante, en el camino de la obediencia.

— Roberto Tinoco

Juan 4:52

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JUAN 4:52 «Entonces él les preguntó a qué hora había comenzado a estar mejor. Y le dijeron: Ayer a las siete le dejó la fiebre.» El padre pregunta por la ὥρα (hṓra), la hora. Quiere saber cuándo ocurrió. Los siervos responden que a la hora séptima la fiebre ἀφῆκεν (aphêken), «lo dejó». A la hora que obedeces a Cristo, el mal te deja. La expresión «comenzó a estar mejor» podría hacernos pensar en una recuperación gradual, pero la respuesta de los siervos señala un momento concreto: la fiebre lo dejó. Juan está preparando la conexión entre la Palabra pronunciada en Caná y la sanidad ocurrida a distancia en Capernaum. Y hay algo muy humano en la pregunta del padre. La fe no tiene miedo de ver después los detalles. Creer no significa dejar de pensar; significa que nuestra razón ya no exige ir delante de Dios para permitirnos obedecer. Primero creyó y caminó. Ahora puede ver hacia atrás y descubrir con precisión dónde la palabra de Cristo tocó su historia. En cierto modo, está armando el testimonio.

— Roberto Tinoco

Juan 4:53

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JUAN 4:53 «El padre entonces entendió que aquella era la hora en que Jesús le había dicho: Tu hijo vive; y creyó él con toda su casa.» Ahora todo encaja. El verbo ἔγνω (égnō), de ginṓskō, significa conocer, reconocer, comprender. El padre descubre que la sanidad ocurrió exactamente cuando Jesús pronunció: «Tu hijo vive». La Palabra de Cristo es vida y salud. Pero Juan añade algo que puede parecer extraño: «y creyó él». ¿No había creído ya en el versículo 50? Sí. Y ésa es precisamente la belleza. La fe puede crecer. En el versículo 47 creyó suficiente para buscar a Jesús. En el 50 creyó suficiente para confiar en su Palabra. Ahora su experiencia profundiza esa fe, y se extiende lo suficiente para que toda su casa entre en ella. La fe no es siempre un interruptor que solamente está apagado o encendido. También puede echar raíces, ensancharse y madurar. Ayer creíste lo suficiente para dar un paso; mañana verás hacia atrás y descubrirás cuánto más grande se volvió Cristo ante tus ojos durante el camino. Y una fe personal puede terminar iluminando una casa entera.

— Roberto Tinoco

Juan 4:54

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JUAN 4:54 «Esta segunda señal hizo Jesús, cuando fue de Judea a Galilea.» Juan cierra el capítulo llamando nuevamente al milagro σημεῖον (sēmeîon), señal. Y especifica que ésta fue la δευτέραν (deutéran), segunda señal realizada por Jesús al venir de Judea a Galilea, en la secuencia que Juan viene destacando. La primera señal en Caná fue el agua convertida en vino (2:11); ahora, vinculada nuevamente con Caná, aparece la vida venciendo una enfermedad que llevaba a la muerte. Las dos señales dialogan entre sí. En la primera hubo una necesidad que nadie podía resolver: «no tienen vino». En la segunda: «mi hijo está a punto de morir». En Caná, unos sirvientes obedecieron llevando agua antes de saber cómo terminaría la historia. Aquí un padre obedece regresando a casa antes de ver cómo terminó la historia. En las dos señales, la obediencia comienza antes de que la evidencia esté completa. También, las dos señales apuntan a Cristo como la Vida verdadera que cambia el ambiente de muerte. Y así termina Juan 4 con una palabra que ha recorrido todo el capítulo: creer. Los samaritanos creyeron después de oír a Jesús. El oficial creyó la palabra antes de ver la sanidad. La mujer comenzó viendo a un judío y terminó encontrando al Mesías. El padre comenzó buscando un milagro y terminó confiando en una Palabra. La mujer aprendió que Jesús es suficiente para su sed; el oficial aprendió que la Palabra de Jesús es suficiente para su camino. Quizá ésa sea una manera hermosa de cerrar el capítulo: todas las señales de las que Juan habla nos hace conocer a Jesús como la Vida que descendió del cielo. En Él podemos andar en la obediencia de la fe y de una vida nueva.

— Roberto Tinoco

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