Juan 5
Jesús sana a un hombre cojo
1Después de estas cosas había una fiesta de los judíos, y subió Jesús a Jerusalén.🗨📝 2Y hay en Jerusalén, cerca de la puerta de las ovejas, un estanque, llamado en hebreo Betesda, el cual tiene cinco pórticos.🗨📝 3En éstos yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos, que esperaban el movimiento del agua.🗨📝 4Porque un ángel descendía de tiempo en tiempo al estanque, y agitaba el agua; y el que primero descendía al estanque después del movimiento del agua, quedaba sano de cualquier enfermedad que tuviese.🗨📝 5Y había allí un hombre que hacía treinta y ocho años que estaba enfermo.🗨📝 6Cuando Jesús lo vio acostado, y supo que llevaba ya mucho tiempo así, le dijo: ¿Quieres ser sano?🗨📝 7Señor, le respondió el enfermo, no tengo quien me meta en el estanque cuando se agita el agua; y entre tanto que yo voy, otro desciende antes que yo.🗨📝 8Jesús le dijo: Levántate, toma tu lecho, y anda.🗨📝 9Y al instante aquel hombre fue sanado, y tomó su lecho, y anduvo. Y era día de reposo aquel día.🗨📝 10Entonces los judíos dijeron a aquel que había sido sanado: Es día de reposo; no te es lícito llevar tu lecho.🗨📝 11El les respondió: El que me sanó, él mismo me dijo: Toma tu lecho y anda.🗨📝 12Entonces le preguntaron: ¿Quién es el que te dijo: Toma tu lecho y anda?🗨📝 13Y el que había sido sanado no sabía quién fuese, porque Jesús se había apartado de la gente que estaba en aquel lugar.🗨📝 14Después le halló Jesús en el templo, y le dijo: Mira, has sido sanado; no peques más, para que no te venga alguna cosa peor.🗨📝 15El hombre se fue, y dio aviso a los judíos, que Jesús era el que le había sanado.🗨📝Jesús afirma ser el Hijo de Dios
16Y por esta causa los judíos perseguían a Jesús, y procuraban matarle, porque hacía estas cosas en el día de reposo.🗨📝 17Y Jesús les respondió: Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo.🗨📝 18Por esto los judíos aun más procuraban matarle, porque no sólo quebrantaba el día de reposo, sino que también decía que Dios era su propio Padre, haciéndose igual a Dios.🗨📝 19Respondió entonces Jesús, y les dijo: De cierto, de cierto os digo: No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente.🗨📝 20Porque el Padre ama al Hijo, y le muestra todas las cosas que él hace; y mayores obras que estas le mostrará, de modo que vosotros os maravilléis.🗨📝 21Porque como el Padre levanta a los muertos, y les da vida, así también el Hijo a los que quiere da vida.🗨📝 22Porque el Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo,🗨📝 23para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que le envió.🗨📝 24De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida.🗨📝 25De cierto, de cierto os digo: Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oyeren vivirán.🗨📝 26Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo;🗨📝 27y también le dio autoridad de hacer juicio, por cuanto es el Hijo del Hombre.🗨📝 28No os maravilléis de esto; porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz;🗨📝 29y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación.🗨📝 30No puedo yo hacer nada por mí mismo; según oigo, así juzgo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió, la del Padre.📝Testigos de Jesús
31Si yo doy testimonio acerca de mí mismo, mi testimonio no es verdadero.🗨📝 32Otro es el que da testimonio acerca de mí, y sé que el testimonio que da de mí es verdadero.📝 33Vosotros enviasteis mensajeros a Juan, y él dio testimonio de la verdad.🗨📝 34Pero yo no recibo testimonio de hombre alguno; mas digo esto, para que vosotros seáis salvos.🗨📝 35El era antorcha que ardía y alumbraba; y vosotros quisisteis regocijaros por un tiempo en su luz.🗨📝 36Mas yo tengo mayor testimonio que el de Juan; porque las obras que el Padre me dio para que cumpliese, las mismas obras que yo hago, dan testimonio de mí, que el Padre me ha enviado.🗨📝 37También el Padre que me envió ha dado testimonio de mí. Nunca habéis oído su voz, ni habéis visto su aspecto,🗨📝 38ni tenéis su palabra morando en vosotros; porque a quien él envió, vosotros no creéis.🗨📝 39Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí;🗨📝 40y no queréis venir a mí para que tengáis vida.🗨📝 41Gloria de los hombres no recibo.🗨📝 42Mas yo os conozco, que no tenéis amor de Dios en vosotros.🗨📝 43Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibís; si otro viniere en su propio nombre, a ése recibiréis.🗨📝 44¿Cómo podéis vosotros creer, pues recibís gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria que viene del Dios único?🗨📝 45No penséis que yo voy a acusaros delante del Padre; hay quien os acusa, Moisés, en quien tenéis vuestra esperanza.🗨📝 46Porque si creyeseis a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él.🗨📝 47Pero si no creéis a sus escritos, ¿cómo creeréis a mis palabras?🗨📝Texto bíblico: Reina-Valera 1960 © Sociedades Bíblicas en América Latina, 1960. Renovado © Sociedades Bíblicas Unidas, 1988. Utilizado con permiso. Ver todos los créditos
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Juan 5: RV60
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Juan 5:1
JUAN 5:1 «Después de estas cosas había una fiesta de los judíos, y subió Jesús a Jerusalén.» Juan no identifica la celebración. Utiliza simplemente ἑορτή (heortḗ), «fiesta». Se han propuesto distintas fiestas judías, pero el texto no permite identificarla con certeza. Jesús ἀνέβη (anébē), «subió», a Jerusalén. Como hemos visto anteriormente, Jerusalén estaba geográficamente elevada, pero «subir» también pertenecía al lenguaje espiritual del peregrino que se dirigía hacia la ciudad donde estaba el templo; como una figura retórica o alegórica para ver que alque que busca a Dios sube y debe subir; no debe conformarse con la vida de abajo, lo terrenal. Hay una ironía conmovedora. Jesús va hacia una fiesta, pero cerca de ella encontrará algo parecido a una sala de emergencias. Mientras unos celebran, junto a Betesda hay una multitud de enfermos esperando. La religión puede conservar fiestas, calendarios, ceremonias y recuerdos de lo que Dios hizo, mientras a pocos metros alguien lleva treinta y ocho años esperando vida. La palabra estancada carece de crecimiento. El estanque se llamaba Betesda, que significa “casa de bondad” o “casa de misericordia”. La Casa de Dios es el sitio donde la gente se encuentra con Jesús. Él siempre pasa por allí, pues es su casa. Allí hay cinco pórticos, plazas interiores. Allí se puede avanzar, crecer. ¿Por qué quedarse sólo en el estanque? Allí se puede tener comunión, allí están los hermanos. Algunos no disfrutan la comunión por no andar por las plazas, son paralíticos del alma, heridos que no se relacionan. Juan 4 terminó hablándonos del agua viva; Juan 5 comienza junto a un estanque. Una cosa es celebrar la Vida y otra dejar que la Vida entre donde llevamos años enfermos. Podemos recordar los grandes actos de Dios y, sin embargo, necesitar que el Dios de esos actos vuelva a caminar por nuestros pórticos. La fe no fue creada para convertir el ayer en museo, sino para reconocer a Cristo cuando pasa hoy.
— Roberto Tinoco
Juan 5:2
JUAN 5:2 «Y hay en Jerusalén, cerca de la puerta de las ovejas, un estanque, llamado en hebreo Betesda, el cual tiene cinco pórticos.» Juan sitúa la escena junto a un estanque llamado Βηθεσδά (Bēthesdá), nombre transmitido con algunas variantes antiguas. Tradicionalmente se ha relacionado con ideas como «casa de misericordia» o «casa de gracia». El complejo poseía πέντε στοὰς (pénte stoás), cinco pórticos. La arqueología ha descubierto en la zona norte del antiguo templo un complejo de estanques cuya estructura concuerda notablemente con la descripción de Juan. Estamos junto a la puerta de las ovejas, hay agua, pero debemos preguntar qué clase de agua. El estanque sirve muy bien como alegoría de «religión estancada», en contraste con el Agua Viva que Jesús ofreció a la mujer samaritana en el capítulo anterior. Allí Jesús ofrecía agua viva, agua que se convierte en fuente; aquí encontramos personas inmóviles alrededor de un estanque esperando que algo se mueva, religión con esperanza, pero sin novedad de vida. Qué contradicción: la casa llamada misericordia está llena de personas esperando misericordia. Podemos estar cerca de Biblias, iglesias, predicaciones y recuerdos de antiguos avivamientos y seguir sedientos. La cercanía a las cosas de Dios nunca debe sustituir el encuentro con Dios. Puedes vivir toda la vida junto al estanque y todavía necesitar que la Fuente venga a buscarte.
— Roberto Tinoco
Juan 5:3
JUAN 5:3 «En éstos yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos, que esperaban el movimiento del agua.» La palabra πλῆθος (plêthos) significa multitud. Juan describe τυφλῶν (typhlōn), ciegos; χωλῶν (chōlōn), cojos; y ξηρῶν (xērōn), literalmente secos, marchitos, incapacitados. El estanque no está rodeado de personas sanas disfrutando del agua. Está rodeado de personas necesitadas esperando algo que no pueden producir. Donde hay ovejas, hay agua; pero, ¿qué clase de agua? Estaban en el estanque cerca de la puerta de las ovejas; donde hay ovejas, hay agua; donde hay cristianos hay Palabra. El asunto es: ¿se trata de Palabra Viva o de palabra estancada? ¿Vida o sólo religión? El agua estancada es agua también; también cayó del cielo; pero el problema es que no es fresca; es agua de ayer. Agua que ya no está fluyendo, no es actual. Es palabra de ayer. Maná viejo. Mera religión. Distingue el agua viva del agua muerta. Mira la diferencia entre el agua viva y el agua muerta. El agua viva está en movimiento; mientras que el agua muerta está estancada. El Salmo 23 dice que el Pastor, Cristo, lleva a las ovejas junto a aguas de reposo, es decir, tranquilas, pacíficas, pero en movimiento. Apocalipsis 7:17 dice que el Cordero pastorea a fuentes de agua viva, es decir, manantiales, aguas en movimiento, no estancadas. Porque el Cordero que está en medio del trono los pastoreará, y los guiará a fuentes de aguas de vida; y Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos (Apoc. 7:17). Y en el Salmo 42 leemos que David anhelaba a Dios como el ciervo tiene sed por las corrientes de las aguas, no por el agua estancada. Y quizá lo más triste del versículo sea una palabra: esperaban. Cuando la espera dura demasiado, podemos convertir la vida en una sala de emergencia. Ya no vivimos; esperamos vivir cuando aquello cambie. El agua todavía no se ha movido, pero Cristo ya está caminando entre los pórticos. Ellos tienen los ojos puestos en el estanque y la Vida está pasando detrás de ellos.
— Roberto Tinoco
Juan 5:4
JUAN 5:4 «Porque un ángel descendía de tiempo en tiempo al estanque, y agitaba el agua; y el que primero descendía al estanque después del movimiento del agua, quedaba sano de cualquier enfermedad que tuviese.» La palabra estancada tiene movimientos pasajeros. Los movimientos son limitados, alcanzan para el primero que se mete. Los movimientos son hechos por ángeles; pero sólo la Palabra Viva es ilimitada. Dios habló una vez, es Cristo en acción; y toda la creación llegó a existir; luego Dios no ha necesitado seguir hablando para sostener su creación, sino que la misma Palabra (Cristo), sostiene el universo (Hebreos 1:3). Nosotros no queremos sobrevivir con el último mover y el último milagro; queremos la Palabra Viva de Dios que siempre nos tiene llenos de vida. La esperanza del paralítico dependía de un método. Agua que se mueve, alguien que lo carga, velocidad suficiente para entrar primero. Jesús está a punto de ignorar todo el mecanismo. Dios puede responder nuestra oración sin utilizar el método que durante años estuvimos esperando. Él esperaba un movimiento en el agua; Dios le envió una Palabra que camina.
— Roberto Tinoco
Juan 5:5
JUAN 5:5 «Y había allí un hombre que hacía treinta y ocho años que estaba enfermo.» Juan aparta la cámara de la multitud y enfoca a τις ἄνθρωπος (tis ánthrōpos), «cierto hombre». No sabemos su nombre. Sabemos cuánto tiempo ha sufrido: treinta y ocho años. Su enfermedad probablemente ha durado más que buena parte de las personas que pasan junto a él. Donde el agua está estancada se te va la vida. El agua estancada es muerte. Había allí un hombre que tenía 38 años paralítico esperando el movimiento del agua. El número 38 representa el tiempo efectivo de vida de un hombre que puede servir como guerrero (Deuteronomio 2:14). Donde no hay Palabra Viva no hay tampoco hombres de guerra; cuando la palabra está estancada las almas se la pasan esperando su sanidad y se les va la vida que podía ser efectiva para el reino. Treinta y ocho años pueden convertir una condición en identidad. Ya no dices «tengo esto»; comienzas a decir «yo soy esto». Pero Jesús nunca confunde la duración de un problema con su autoridad sobre el problema. Treinta y ocho años explican cuánto tiempo estuvo enfermo; no determinan cuánto tiempo necesitará Cristo para levantarlo. Para Dios, una historia larga no es una historia terminada.
— Roberto Tinoco
Juan 5:6
JUAN 5:6 «Cuando Jesús lo vio acostado, y supo que llevaba ya mucho tiempo así, le dijo: ¿Quieres ser sano?» Primero Jesús εἶδεν (eîden), «lo vio». Después γνούς (gnoús), «sabiendo», que llevaba mucho tiempo así. Antes de que el hombre conozca a Jesús, Jesús ya conoce al hombre. No fue el paralítico quien encontró a Cristo. Cristo lo encontró acostado. Y entonces viene la pregunta: θέλεις ὑγιὴς γενέσθαι; (théleis hygiḕs genésthai?), «¿quieres llegar a estar sano?». Parece absurda después de treinta y ocho años, pero toca algo muy profundo: «Yo sé lo que tienes, pero dime lo que quieres». El sufrimiento prolongado puede producir resignación. Podemos acostumbrarnos tanto a sobrevivir que la posibilidad de vivir otra vez llega incluso a asustarnos. Jesús no le pregunta: «¿Quieres que te meta al estanque?». Le pregunta si quiere ser sano. Nosotros solemos presentar a Dios el método: «Señor, necesito que esta persona haga esto, que aquella puerta se abra, que esto ocurra de esta manera». Cristo va más profundo: «No te pregunté cómo quieres que lo haga. Te pregunté qué quieres que haga en ti».
— Roberto Tinoco
Juan 5:7
JUAN 5:7 «Señor, le respondió el enfermo, no tengo quien me meta en el estanque cuando se agita el agua; y entre tanto que yo voy, otro desciende antes que yo.» La respuesta comienza con una frase dolorosa: ἄνθρωπον οὐκ ἔχω (ánthrōpon ouk échō), «no tengo un hombre». Jesús preguntó por su deseo; él responde hablando de su carencia. Treinta y ocho años de frustración han entrenado su mente para explicar por qué no puede. Después aparece el otro: «otro desciende antes que yo». Su esperanza depende de que alguien lo ayude y de que nadie llegue primero. Esta es la vida de «casi milagros»: casi llegué, casi pude, casi cambió, pero alguien llegó antes. Hay una diferencia importante entre reconocer las barreras reales y permitir que esas barreras escriban la conclusión de nuestra historia. Pero la frase «no tengo quien» contiene una ironía preciosa. El Hombre que necesita está delante de él. No necesita otro que lo lleve hasta el estanque; tiene delante al Hijo del Hombre. Podemos pasar años lamentando quién no estuvo, quién no ayudó, quién llegó primero, quién nos abandonó. La Palabra Viva no culpa a los demás. Los que tienen agua estancada culpan a los demás de su situación: entre tanto que yo voy, otro desciende antes que yo –dicen. Señor, estoy así por la culpa de…” Jesús no niega ese dolor, pero introduce una pregunta nueva: ¿qué puede ocurrir ahora que Él está aquí? Cuando llega la Palabra Viva, el «no tengo» deja de tener la última palabra.
— Roberto Tinoco
Juan 5:8
JUAN 5:8 «Jesús le dijo: Levántate, toma tu lecho, y anda.» Jesús no toca el agua. Pronuncia una palabra. Y esa palabra contiene tres órdenes: ἔγειρε (égeire), «levántate»; ἆρον (âron), «toma»; περιπάτει (peripátei), «anda». La Palabra Viva ordena, desafía y pone en movimiento. Levántate. Égeire pertenece a la familia verbal que el Nuevo Testamento utiliza también para levantar y resucitar. Jesús no está ofreciendo motivación psicológica a unas piernas incapaces. Su mandato lleva consigo aquello que exige. Ésta es una diferencia fundamental entre consejo y palabra creadora. Génesis comienza con Dios diciendo «sea la luz», y la luz aparece. Juan comenzó diciendo que todas las cosas fueron hechas por medio del Verbo. Ahora esa misma autoridad habla a unas piernas paralizadas. Cuando Cristo ordena vida, su palabra no sólo informa lo que debe suceder; lleva en sí poder para hacerlo posible. La Palabra Viva te ordena. Debes levantarte. No te sugiere ni te da una mano, te transforma. Ni siquiera te levanta, sino que te da poder para que tú te levantes. Toma tu lecho. La Palabra Viva te desafía. Debes tomar tu lecho. Desafía tu limitación. Desafía la religión de agua estancada (recuerda que los judíos eran muy celosos con eso de cargar algo en sábado). Aquello que durante años cargó al hombre ahora será cargado por el hombre. La Palabra Viva te acciona. Debes andar. El paralítico no era ciego ni sordo y tampoco mudo; él veía, oía y hablaba las cosas de Dios; ¡pero no podía andar en el reino de los cielos! Si tú no puedes andar en lo que hablas, miras o escuchas del reino, entonces tienes aguas estancadas, religión muerta, no Palabra Viva. Aprende a llevar aquello que antes te aprisionaba y comienza a caminar, un paso a la vez. La gracia no siempre borra de nuestra historia el lugar donde estuvimos acostados; algunas veces nos hace cargarlo como testimonio de que ya no vivimos allí. El lecho sigue existiendo. El paralítico ya no.
— Roberto Tinoco
Juan 5:9
JUAN 5:9 «Y al instante aquel hombre fue sanado, y tomó su lecho, y anduvo. Y era día de reposo aquel día.» La primera expresión es εὐθέως (euthéōs), «inmediatamente». Y el hombre quedó ὑγιής (hygiḗs), sano, entero. La misma palabra utilizada por Jesús en su pregunta del versículo 6. Después ocurre exactamente lo que la Palabra había dicho: toma su lecho y περιεπάτει (periepátei), «andaba». El agua, como la religión judía, llevaba años delante de él; mientras que la Palabra de Cristo lo levantó en un instante. La misma Palabra por medio de la cual comenzó la creación puede comenzar algo nuevo dentro de una vida que parecía detenida. Y Juan termina con una pequeña bomba narrativa: «era sábado», σάββατον (sábbaton). El hombre está caminando por primera vez en décadas y, en los siguientes versículos, algunos verán primero el lecho que lleva. Ahí comenzará el conflicto entre la obra vivificante de Cristo y una interpretación religiosa del sábado. Esto es un encuentro entre la Palabra Viva de Dios y la palabra estancada de la religión ritualista y fría. La imagen es potentísima: Jesús encontró a un hombre esperando que el agua se moviera y terminó poniendo al hombre en movimiento. La verdadera señal no fue que Betesda se agitara. Fue que alguien que llevaba treinta y ocho años acostado comenzó a caminar. No pongas tus ojos en el método; pon tus ojos en la Palabra Viva de Dios. La Palabra Viva está en movimiento. Jesús no se quedó allí, recuerda que Él es agua en movimiento. Jesús no le había dicho levántate, toma tu lecho y vete; sino anda. El hombre debería haber preguntado: ¿hacia dónde vas para que sepa hacia dónde debo andar? Hoy no sólo debes levantarte y rebasar tus límites, sino seguir a Jesús, la Palabra Viva.
— Roberto Tinoco
Juan 5:10
JUAN 5:10 «Entonces los judíos dijeron a aquel que había sido sanado: Es día de reposo; no te es lícito llevar tu lecho.» El hombre acaba de caminar después de treinta y ocho años, pero la primera reacción de los religiosos judíos no es celebración, sino corrección: «No te es lícito». La palabra ἔξεστιν (éxestin) significa ser permitido, lícito. La preocupación, para los que le reprenden, tiene un trasfondo bíblico real. Éxodo 20:8-11 ordenaba guardar el sábado, y Jeremías 17:21-22 advertía contra llevar cargas por las puertas de Jerusalén en ese día. El problema no consiste simplemente en que aquellos hombres amaran demasiado la Escritura; el conflicto estará en cómo interpretan el sábado frente a la obra que Dios acaba de realizar. Cristo ha dicho «toma tu lecho», mientras la interpretación religiosa dice «no te es lícito llevarlo». Ley de Moisés, por haber dejado la comunión con Dios, hizo que fuese para los religiosos judíos como agua estancada, palabra muerta. Pablo dirá que «la ley es santa» (Romanos 7:12). El problema aparece cuando una palabra dada por Dios se separa del propósito de Dios, de la fe y amor a Él y termina utilizándose contra la obra de Dios, como les pasó a quienes se opusieron a Jesús. Hay una ironía dolorosa: ellos ven la cama antes que las piernas. Un hombre que llevaba treinta y ocho años acostado está caminando y lo primero que encuentran es una infracción. La religión sin misericordia puede tener una extraordinaria capacidad para encontrar lo incorrecto dentro de algo hermoso. Cuando nuestras reglas nos impiden alegrarnos porque alguien volvió a caminar, quizá no sea el milagro lo que necesita revisión. Debes ser probado en la Palabra. Después de que sales del agua estancada y experimentas la Palabra Viva, todavía serás probado por la religión, a ver si permanecerás en Palabra Viva. Estás entre dos palabras. El agua estancada se opone a la Palabra Viva: los religiosos prohibieron al ex paralítico cargar su lecho porque era día de reposo. Él tenía que decidir a quien obedecería, a la Palabra Viva o a la palabra estancada; la orden fresca de Cristo o el mandamiento religioso y viejo de la ley mal entendida. El logos, la Palabra y la palabra estancada de la religión siempre están en controversia: Porque los hombres ciertamente juran por uno mayor que ellos, y para ellos el fin de toda controversia es el juramento para confirmación (Hebreos 6:16). “Palabra” es “logos”. “Controversia” traduce “antilogos”, ¡esto es muy significativo! Es antipalabra. ¿Cómo se pone fin al anti logos? Con un juramento de confirmación. Hay quienes hablan palabra estancada en contra de la Palabra, es allí donde levantamos nuestra mano junto con Dios y hablamos para homologar la Palabra Viva que confirma lo que Dios ha dicho en su Palabra escrita. La palabra “interponer” en el versículo 16 es mesiteúo, “arbitro”. “Juramento”, jérkos, significa poner límite (a la otra palabra) jurando, decretando.
— Roberto Tinoco
Juan 5:11
JUAN 5:11 «Él les respondió: El que me sanó, él mismo me dijo: Toma tu lecho y anda.» El hombre responde desde una lógica sencilla: «El que me sanó... me dijo». El verbo ὑγιῆ (hygiê), sano, nos devuelve al milagro. Para él, la autoridad de la orden está vinculada a la autoridad del que pudo hacer aquello que nadie había conseguido en treinta y ocho años. Hay algo casi conmovedor en su razonamiento. No conoce todavía el Nombre de Jesús, pero sabe esto: la voz que me ordenó cargar el lecho es la misma voz que me dio fuerzas para cargarlo. Su experiencia de la gracia ha creado una primera forma de obediencia y su primer argumento de testimonio. Hallamos un contraste entre la orden fresca de Cristo y la objeción religiosa. Cristo está revelando el sentido pleno de esa Palabra frente a una interpretación que no reconoce quién está actuando. La voz de Dios nunca contradice verdaderamente la Palabra de Dios; puede, eso sí, derribar las cajas donde nosotros intentamos encerrarla por haberla mal entendido.
— Roberto Tinoco
Juan 5:12
JUAN 5:12 «Entonces le preguntaron: ¿Quién es el que te dijo: Toma tu lecho y anda?» La pregunta resulta reveladora. No preguntan: «¿Quién te sanó?» Preguntan: «¿Quién te dijo que cargaras el lecho?». El milagro queda desplazado por la controversia, es un antilogos. Su atención no se dirige primero hacia el poder que levantó al paralítico, sino hacia la persona responsable de la aparente transgresión. El verbo importante es εἶπεν (eîpen), «dijo». Todo el conflicto comienza alrededor de una palabra. Jesús habló; el hombre obedeció; ahora otros cuestionan la palabra que produjo el movimiento. ¿No es así el actuar de la serpiente desde el principio? ¿No parece su ser un signo de interrogación? Pero pongamos atención, esto puede sucedernos también. Podemos tener delante una evidencia de transformación y, aun así, quedarnos atrapados en aquello que no encaja con nuestras expectativas. Hay personas que pueden contemplar unas piernas recién levantadas y seguir discutiendo acerca del colchón. El corazón religioso no siempre niega que algo ocurrió; algunas veces simplemente está demasiado ocupado defendiendo su sistema para preguntarse si Dios está allí.
— Roberto Tinoco
Juan 5:13
JUAN 5:13 «Y el que había sido sanado no sabía quién fuese, porque Jesús se había apartado de la gente que estaba en aquel lugar.» Aquí aparece una situación sorprendente: el hombre ha recibido el milagro, pero todavía no conoce al que lo hizo. El verbo ᾔδει (ḗdei) significa saber, conocer. Jesús se había retirado discretamente entre la multitud. Hallamos una advertencia muy fuerte: es posible recibir el beneficio de la Palabra de Dios y todavía conocer poco a Cristo. Este hombre es un «cristiano sin Cristo». Recibir algo de Dios no equivale automáticamente a conocer verdaderamente a Dios. Podemos enamorarnos del milagro y no buscar al que lo hizo. Podemos recordar la respuesta a una oración y dejar de cultivar relación con quien respondió. La sanidad puede cambiar tus circunstancias; conocer al Sanador cambia el centro de tu vida. El hombre ya puede caminar, pero todavía le falta un encuentro más. Tengamos cuidado de conocer la Palabra que recibimos. El ex paralítico no pudo responder quién lo sanó. Puede darse el caso de alguno que reciba el beneficio de la Palabra Viva y aún así no conozca a Cristo. Cristianos sin Cristo como vimos en el capítulo anterior.
— Roberto Tinoco
Juan 5:14
JUAN 5:14 «Después le halló Jesús en el templo, y le dijo: Mira, has sido sanado; no peques más, para que no te venga alguna cosa peor.» Ahora ocurre algo precioso: Jesús vuelve a buscarlo. El verbo εὑρίσκει (heurískei) significa encontrar. En el estanque Jesús encontró al enfermo; ahora, después del milagro, vuelve a encontrar al hombre sano. La gracia no sólo nos busca cuando estamos tirados junto al estanque. También nos busca después de levantarnos. Jesús dice: μηκέτι ἁμάρτανε (mēkéti hamártane), «no peques más». Jesús relaciona aquí la nueva vida recibida con una responsabilidad moral: haber sido sanado no significa que el problema más profundo del hombre haya desaparecido. Hay algo «peor» que la enfermedad física: la enfermedad del alma, el pecado. Hay gente que recibe la Palabra Viva y luego se va a pecar. Quizá el ex paralítico dijo: ahora sí, por fin me puedo ir a bailar; o quizá patear a todo el mundo. Antes no tenías un centavo y rogabas; luego tuviste dinero y comenzaste a maltratar a los demás. Antes no tenías hijos y el día que Dios te dio uno no te volviste a aparecer en la iglesia, ¡y piensas que crecerá en Dios! Eso también es algo peor. Ese «algo peor» es apartarse de Cristo y terminar colaborando con quienes lo persiguen. El texto no dice directamente que ése sea el significado de la advertencia, así que la conservaría como una aplicación devocional muy seria, no como identificación exegética segura. Lo que sí podemos afirmar es esto: treinta y ocho años sin caminar no son lo peor que puede ocurrirle a un hombre; vivir lejos de Dios es una tragedia más profunda. Jesús no lo levantó solamente para que caminara. Lo levantó para que aprendiera cómo vivir. Para qué quieres la Palabra Viva. La Palabra Viva no sólo debe recibirse y seguirse, sino también retenerse. El paralítico recibió la Palabra Viva y fue sanado; pero luego no siguió a Cristo, la Palabra Viva. La recibió y se fue para otro lado. Por eso es que no lo conocía y por eso también es que después no pudo retenerla. El peligro de rechazar la Palabra Viva. Despreciar la palabra estancada no es tan peligroso; pero despreciar la Palabra Viva de Dios es muy peligroso: …para que no te venga alguna cosa peor. Te voy a decir que fue lo peor que le pasó al ex paralítico: no que se volviera a enfermar, no que se llenara de lepra, no que se muriera en un accidente ni que se le enfermara toda su familia, no, lo pero que le vino al ex paralítico es convertirse en el primer Judas del evangelio: “El hombre se fue, y dio aviso a los judíos, que Jesús era el que le había sanado. 16Y por esta causa los judíos perseguían a Jesús, y procuraban matarle, porque hacía estas cosas en el día de reposo.” ¡Lo traicionó! (lee la nota al siguiente versículo). Lo peor que te puede pasar es que te pases del lado enemigo de la Palabra Viva. ¿Qué esperanza hay para quien está en contra de la Palabra que sustenta toda su vida?
— Roberto Tinoco
Juan 5:15
JUAN 5:15 «El hombre se fue, y dio aviso a los judíos, que Jesús era el que le había sanado.» Ahora sabe su nombre. El hombre ἀνήγγειλεν (anḗngeilen), «anunció, informó», a los dirigentes que Jesús era quien lo había sanado. ¿Lo hizo con intención de traicionarlo? Es muy probable que quisiera evitar problemas con ellos. Parece «el primer Judas del Evangelio», su acción parece traición. Es posible recibir una bendición de Cristo y después utilizar incluso lo recibido de una manera que no honra a Cristo. El milagro no sustituye al discipulado. Haber sido tocado por Dios ayer no decide automáticamente cómo responderemos a Dios mañana. La gracia recibida quiere convertirse en una vida rendida. No basta poder decir «Él me sanó»; el Evangelio finalmente nos llevará a una pregunta más profunda: «recibiste piernas, ¿ahora caminarás con Él?».
— Roberto Tinoco
Juan 5:16
JUAN 5:16 «Y por esta causa los judíos perseguían a Jesús, y procuraban matarle, porque hacía estas cosas en el día de reposo.» El verbo ἐδίωκον (edíōkon) significa perseguir, acosar, hostigar. La oposición comienza a endurecerse. ¿Por qué? Porque Jesús ἐποίει (epoíei), «hacía», estas cosas en sábado. El imperfecto puede sugerir una práctica, no sólo un incidente aislado. El conflicto no gira simplemente alrededor de un hombre cargando una cama. Gira alrededor de la autoridad con la que Jesús actuaba. Una experiencia con Dios no significa que ya no habrá oposición. Algunas de nuestras obediencias más hermosas nacen precisamente en el lugar donde tenemos que decidir si seguiremos caminando cuando otros cuestionen por qué nos levantamos. La religiosidad no entiende la Palabra de Dios y, en su dureza, perseguirá a los que piensan diferente. Sabrás si estás del lado correcto de la historia si eres o no, el perseguidor. La Palabra de Dios y la fe en Él deben llevarte a amar al prójimo y no a perseguirlo. Si tratas de hacerle daño a tu prójimo por cuestiones de fe, cuestiona tu fe.
— Roberto Tinoco
Juan 5:17
JUAN 5:17 «Y Jesús les respondió: Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo.» Aquí la escena sube repentinamente de nivel. Jesús no responde solamente defendiendo una interpretación más misericordiosa del sábado. Dice: ὁ πατήρ μου (ho patḗr mou), «mi Padre», y ἐργάζεται (ergázetai), «trabaja, está obrando». La teología judía reconocía una cuestión evidente: Dios descansó en el séptimo día de su obra creadora (Génesis 2:2-3), pero no dejó de sostener el universo. La vida continuaba, los niños nacían, las personas morían, la creación era preservada y Dios seguía gobernando. Su descanso sabático no significa inactividad absoluta. Jesús coloca su propia obra en ese horizonte: «Mi Padre trabaja... y yo trabajo». Ésta es una declaración gigantesca. Jesús no dice simplemente: «Dios me permitió hacer una excepción». Coloca su actividad junto a la actividad continua del Padre. El agua de Betesda no fue el verdadero movimiento de Dios aquel sábado. El Padre estaba trabajando, y el Hijo estaba trabajando con Él. Mientras todos esperaban que se moviera el estanque, Dios ya estaba en movimiento en Cristo. La pregunta es: ¿estás descansando mientras sirves a Dios? El Señor Jesús nos invita a descansar sirviéndole: “venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y Yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil y ligera mi carga” (Mateo 11:28-30).
— Roberto Tinoco
Juan 5:18
JUAN 5:18 «Por esto los judíos aún más procuraban matarle, porque no sólo quebrantaba el día de reposo, sino que también decía que Dios era su propio Padre, haciéndose igual a Dios.» Juan nos explica cómo entendieron las palabras de Jesús. No pensaron que estaba utilizando «Padre» simplemente como cualquier israelita podía hablar de Dios. Jesús decía πατέρα ἴδιον (patéra ídion), «su propio Padre», y con ello, dice Juan, se hacía ἴσον τῷ θεῷ (íson tō theō), «igual a Dios». Esto conecta directamente con Juan 1:1: «el Verbo era Dios». Y prepara uno de los discursos cristológicos más profundos de todo el Evangelio, que comenzará en el versículo 19. La controversia del sábado ha abierto una puerta hacia la identidad eterna del Hijo de Dios en su divinidad. No se trata simplemente de que Jesús pronuncie palabras vivificantes. Jesús es la Palabra Viva de Dios porque comparte la vida y la obra del Padre. El hombre de Betesda no fue levantado por una técnica nueva ni por una religión mejorada. Fue levantado porque Aquel que dijo «levántate» posee la autoridad para dar vida. La religión estaba esperando que el agua se moviera. Dios había venido caminando.
— Roberto Tinoco
Juan 5:19
JUAN 5:19 «Respondió entonces Jesús, y les dijo: De cierto, de cierto os digo: No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente.» Jesús comienza con ἀμὴν ἀμὴν (amēn amēn), «de cierto, de cierto». Lo que sigue es una revelación solemne de su relación con el Padre. Sus adversarios entendieron que se hacía igual a Dios (Juan 5:18), y Jesús no responde disminuyendo esa afirmación y menos negándola. La profundiza. «No puede el Hijo hacer nada por sí mismo» no significa incapacidad o inferioridad esencial. Significa que el Hijo de Dios se hizo Hijo del Hombre y nunca actúa independientemente del Padre. Padre e Hijo no compiten, no discrepan, no desarrollan proyectos separados. La expresión más sorprendente viene después: ἃ γὰρ ἂν ἐκεῖνος ποιῇ, ταῦτα καὶ ὁ υἱὸς ὁμοίως ποιεῖ, «todo lo que aquel hace, esto también el Hijo lo hace igualmente». ὁμοίως (homoíōs) significa «de la misma manera, igualmente». Ningún profeta podía decir eso. Moisés hacía aquello que Yahwéh le ordenaba; Elías actuaba por el poder que Dios le concedía. Jesús afirma algo mayor: todo lo que el Padre hace, el Hijo también lo hace. Juan 1:3 ya nos había preparado: «Todas las cosas por él fueron hechas». Y esto ilumina Betesda. Cuando Jesús dijo «levántate», no estaba realizando una obra independiente de Dios en sábado. El Padre estaba dando vida y el Hijo estaba haciendo visible la obra del Padre. Hay una comunión perfecta entre ellos. La verdadera vida espiritual no consiste en preguntarnos «¿qué quiero hacer para Dios?», sino «¿qué está haciendo el Padre y cómo puedo participar en ello?». La madurez deja de pedirle a Dios que bendiga nuestros movimientos y comienza a buscar el movimiento de Dios para caminar dentro de él.
— Roberto Tinoco
Juan 5:20
JUAN 5:20 «Porque el Padre ama al Hijo, y le muestra todas las cosas que él hace; y mayores obras que estas le mostrará, de modo que vosotros os maravilléis.» Las obras de Dios fluyen dentro de una relación de amor. No se trata de esdtar en el mismo negocio, por decirlo así; sino de tener el mismo afecto. El amor les mueve; las obras son producto de su relación. Así debemos ser también nosotros. El trabajo más agotador es el que carece de amor. «Le muestra todas las cosas». El Hijo del Hombre no observó al Padre desde lejos; sino en una comunión perfecta. Y Jesús anuncia μείζονα ἔργα (meízona érga), «obras mayores». ¿Qué puede ser mayor que levantar a un paralítico después de treinta y ocho años? Los siguientes versículos responden: dar vida a los muertos; además de ejercer el juiciode Dios. Betesda no es la cima; es una ventana. El hombre levantándose de su lecho es una pequeña anticipación de algo inmensamente mayor. El milagro no era el mensaje completo; era una rendija por la que podía verse quién estaba detrás del milagro. Si sólo admiramos al paralítico caminando, hemos visto algo hermoso. Si descubrimos que quien lo levantó tiene autoridad para levantar a los muertos, hemos comenzado a comprender la señal.
— Roberto Tinoco
Juan 5:21
JUAN 5:21 «Porque como el Padre levanta a los muertos, y les da vida, así también el Hijo a los que quiere da vida.» Ahora llegamos a una afirmación enorme. En el Antiguo Testamento, dar vida pertenece exclusivamente a Yahwéh; es un atributo divino. Deuteronomio 32:39 dice: «Yo hago morir, y yo hago vivir». Ana canta: «Yahwéh mata, y Él da vida» (1 Samuel 2:6). Ezequiel 37 presenta a Dios dando aliento a huesos secos de muertos. Jesús toma esa prerrogativa divina y dice: «así también el Hijo... da vida». Una afirmación de su deidad y por lo mismo, de ser uno con el Padre, pues no podrían existir dos infinitos separados (en el misterio de que son el mismo Dios sin ser la misma Persona). El verbo es ζῳοποιεῖ (zōopoieî), «hacer vivir, vivificar». No significa simplemente mejorar algo que ya tiene vida. Es comunicar vida. Y Jesús añade οὓς θέλει (hoùs thélei), «a quienes quiere». El Hijo no aparece como un instrumento pasivo esperando recibir instrucciones para cada milagro. Actúa con voluntad y autoridad divina en perfecta unidad con el Padre. No llamamos a Cristo Palabra Viva simplemente porque sus enseñanzas son inspiradoras. Es Palabra Viva porque tiene vida en sí y puede comunicarla. Génesis comienza con una palabra que hace existir lo que no existía. Betesda presenta una palabra que hace caminar lo que estaba inmóvil. Y llegará el día en que esa misma voz entrará en los cementerios. Cuando la Vida habla, hasta la muerte tiene que escuchar.
— Roberto Tinoco
Juan 5:22
JUAN 5:22 «Porque el Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo.» Ve la secuencia 5:21–23: 5:21: el Hijo tiene autoridad para dar Vida. 5:22: el Hijo tiene autoridad para juzgar. 5:23: el Hijo debe recibir la misma honra que el Padre. Juan no nos está mostrando simplemente a un gran sanador junto a Betesda. Está retirando poco a poco el velo para que descubramos quién fue realmente el que dijo al paralítico: «Levántate». La palabra central es κρίσις (krísis), «juicio, decisión judicial, acto de discernir y emitir sentencia». Y Juan utiliza una expresión absoluta: τὴν κρίσιν πᾶσαν (tēn krísin pâsan), «todo el juicio». Jesús no se presenta simplemente como alguien que participará junto con otros en el juicio de Dios. Afirma que el Padre Celestial ha confiado todo el juicio a Él, al Hijo. Esto resulta todavía más impresionante si recordamos el Antiguo Testamento. Abraham llama a Yahwéh «el Juez de toda la tierra» (Génesis 18:25); el Salmo 50 presenta a Dios convocando a los cielos y a la tierra para juzgar a su pueblo; y Eclesiastés termina afirmando que «Dios traerá toda obra a juicio» (Eclesiastés 12:14). Aquello que las Sagradas Escrituras atribuyen a Yahwéh, Jesús declara que el Padre lo ha puesto en manos del Hijo. Por eso este versículo debe leerse junto con Daniel 7:9-14. Daniel contempla al Anciano de días, se sienta el tribunal y son abiertos los libros. Después aparece «uno como un hijo de hombre» que recibe dominio, gloria y reino sobre pueblos, naciones y lenguas. Jesús utilizará repetidamente para sí mismo precisamente ese título: Hijo del Hombre. Juan 5:27 lo hará explícito al decir que el Padre le dio autoridad para ejecutar juicio «por cuanto es el Hijo del Hombre». El hombre cansado que se sentó junto al pozo de Samaria, el que caminó entre los enfermos de Betesda y el que será llevado aparentemente indefenso ante Pilato es, paradójicamente, Aquel delante de quien un día comparecerán todos los hombres. Esto nos permite comprender mejor una escena posterior. Cuando Jesús está delante del sumo sacerdote, aparentemente es Él quien está siendo juzgado. Sin embargo, declara que verán «al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo» (Mateo 26:64). La imagen procede precisamente de Daniel 7. El Juez permitió ser juzgado. El tribunal humano pronunció sentencia contra Cristo, pero llegará el día en que Cristo pronunciará la sentencia definitiva sobre todo tribunal humano. Qué inversión tan extraordinaria: los hombres sentaron a Jesús en el banquillo, sin saber que estaban interrogando al Juez. Pero debemos colocar Juan 5:22 junto a Juan 3:17: «No envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él». ¿Cómo pueden ser verdaderas ambas cosas? Porque la primera venida de Cristo tiene una misión redentora. El Hijo vino a buscar y salvar lo perdido. Pero el mismo Cristo que hoy ofrece salvación posee también autoridad final sobre el juicio cuando regrese. El Salvador y el Juez no son dos personas diferentes. El que dice «ven a mí» es el mismo delante de quien un día compareceremos. Esta es una diferencia importante entre la primera y la segunda venida de Cristo. Y esto transforma nuestra manera de entender el juicio. El Juez del último día no será alguien indiferente a nuestra condición. Será el Crucificado. Hechos 17:31 dice que Dios ha establecido un día en que juzgará al mundo «por aquel varón a quien designó», y que dio garantía de ello levantándolo de los muertos. Pablo añade en Romanos 2:16 que Dios juzgará «por Jesucristo los secretos de los hombres». Nada permanecerá escondido. Las apariencias caerán. Los motivos quedarán expuestos. Aquello que nadie supo, Cristo lo sabrá. Aquello que otros juzgaron injustamente, Él lo juzgará perfectamente. Pero aquí aparece algo profundamente consolador. El juicio está en manos heridas. Las manos que un día sostendrán la autoridad del tribunal son las manos que primero recibieron clavos. El Juez puede decirle al pecador: «Yo sé exactamente cuánto costaba salvarte, porque yo mismo pagué el precio». Esto no vuelve menos serio el juicio; lo vuelve más solemne. Nadie podrá decir que Dios fue indiferente a nuestra salvación. Antes de abrirse los libros, se abrió el costado de Cristo. Antes del trono del juicio estuvo la cruz de la gracia. Esto conecta también con Juan 5:24, apenas dos versículos después: «El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida». El mismo Juez nos está diciendo ahora cómo no llegar al juicio bajo condenación. Ésta es una de las maravillas del Evangelio: el Juez salió del tribunal para buscar al culpable y ofrecerle vida antes del día de la sentencia. Cristo no oculta el juicio, pero tampoco espera silenciosamente a que lleguemos a él. Nos encuentra en el camino y dice: «Cree y vive». Hay además una conexión preciosa con Juan 5:21. El versículo anterior dice que el Hijo da vida; el 22 dice que el Hijo juzga. Vida y juicio están en las mismas manos. Esto significa que Jesús no es simplemente una opción religiosa entre muchas. Nuestra relación con Él toca el asunto último de nuestra existencia. Por eso Juan 3:36 había dicho: «El que cree en el Hijo tiene vida eterna». Encontrarse con Cristo es encontrarse con Aquel en cuyas manos están tanto la Vida como el juicio. Los primeros cristianos comprendieron muy pronto la enorme cristología de este pasaje. Ireneo insistió en la unidad entre el Cristo que salva y el Cristo que juzga: no hay un dios severo distinto del Padre amoroso revelado por Jesús, como algunos movimientos de su tiempo pretendían. El mismo Dios que crea es quien redime y quien finalmente juzga; y todo alcanza su cumplimiento en el Hijo. La misericordia y la justicia no son dos personalidades enfrentadas dentro de Dios. En Cristo descubrimos que ambas pertenecen al mismo corazón santo. Y aquí encontramos una conexión devocional especialmente hermosa con Betesda. Los religiosos acaban de juzgar al hombre porque llevaba su lecho en sábado. Después comienzan a juzgar a Jesús porque lo sanó. Los hombres están emitiendo juicios mientras el verdadero Juez está caminando entre ellos. Ellos deciden quién quebranta el sábado; Jesús conoce quién necesita Vida. Ellos miran el colchón; Jesús mira al hombre. Ellos pronuncian «no te es lícito»; Jesús había pronunciado «levántate». Eso debería hacernos humildes cuando juzgamos a otros. Nosotros vemos fragmentos; Cristo ve la historia completa. Nosotros vemos acciones; Él conoce también motivos, heridas, oportunidades, luz recibida y luz rechazada. Esto no significa abandonar el discernimiento moral que la Escritura manda, sino recordar que ninguno de nosotros ocupa el trono. Podemos discernir frutos; sólo Cristo conoce exhaustivamente el corazón. Y quizá aquí está la revelación más hermosa del versículo: el Padre confió el juicio al Hijo que decidió cargar sobre sí nuestro juicio en la cruz. Isaías 53 había anunciado que el Siervo sería herido por nuestras rebeliones. Pablo dirá que Dios hizo pecado por nosotros al que no conoció pecado (2 Corintios 5:21), y Gálatas 3:13 que Cristo «se hizo maldición por nosotros». El Juez tomó el lugar del acusado y aunque era Santo, cargó la culpa. El que podía pronunciar sentencia permitió que la sentencia de todos los males cayera sobre Él. En la cruz, el Juez no dejó de ser justo; sino que mostró hasta dónde estaba dispuesto a llegar su amor para salvar al culpable sin llamar inocente al pecado. Por eso Juan 5:22 no debería producir solamente temor; lo que debe producir es una profunda seguridad en quien está en Cristo. El destino final del universo no está en manos del azar, de gobiernos, de ejércitos, de tribunales humanos ni de fuerzas impersonales. Está en manos de Jesús. El último juicio del universo ha sido confiado a las manos del Cordero.
— Roberto Tinoco
Juan 5:23
JUAN 5:23 «Para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que le envió.» La palabra central es τιμῶσι (timōsi), de timáō: honrar, valorar, reconocer la dignidad de alguien. Pero la expresión que hace extraordinario el versículo es καθὼς (kathṓs), «como, así como, de la misma manera que». Jesús no dice simplemente que debemos honrar al Hijo además de honrar al Padre. Dice que el propósito es «que todos honren al Hijo como honran al Padre». En el ambiente monoteísta de Israel, semejante afirmación tiene un peso enorme. Yahwéh había declarado: «Yo Yahwéh; este es mi Nombre; y a otro no daré mi gloria» (Isaías 42:8). Sin embargo, Jesús afirma que la honra debida al Padre debe dirigirse también al Hijo en la misma forma. No está colocando a una criatura junto a Dios; está revelando la dignidad divina del Hijo. Esto nos devuelve inmediatamente al comienzo del Evangelio: «el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios» (Juan 1:1). Juan mantiene desde el principio dos verdades que no permite separar: el Verbo estaba con Dios, por lo que existe una distinción real entre Padre e Hijo; y el Verbo era Dios, por lo que el Hijo participa plenamente de la identidad divina. Juan 5:23 vuelve a expresar esa misma realidad desde la adoración: distinguimos al Padre del Hijo, pero no podemos colocar al Hijo en una categoría de honor inferior a la del Padre. No confundimos al Padre con el Hijo; tampoco podemos honrar al Padre mientras disminuimos al Hijo. Y observa cómo llegamos hasta aquí. En 5:19 Jesús dijo que hace lo que hace el Padre. En 5:21, que así como el Padre levanta y vivifica a los muertos, el Hijo también da vida. En 5:22, que todo juicio ha sido entregado al Hijo. Ahora, en 5:23, aparece la conclusión: para que todos honren al Hijo como honran al Padre. Obras divinas, autoridad divina, vida divina y finalmente honra divina. Juan no construye la divinidad de Cristo mediante una sola frase aislada. Va levantando el velo hasta que comprendemos quién estuvo realmente caminando entre los pórticos de Betesda. Hay aquí una conexión preciosa con Filipenses 2:9-11. Después de describir la humillación de Cristo hasta la muerte de cruz, Pablo dice que Dios lo exaltó hasta lo sumo para que «en el nombre de Jesús se doble toda rodilla» y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor. Pablo está evocando Isaías 45:23, donde Yahwéh declara: «A mí se doblará toda rodilla». Lo que Isaías dice de Yahwéh, Pablo lo contempla cumpliéndose alrededor de Jesús. Juan 5:23 expresa la misma realidad desde otro ángulo: el Padre no considera que honrar al Hijo le robe gloria; quiere que la humanidad honre al Hijo precisamente como expresión de la gloria divina. Esto corrige una idea religiosa que puede parecer humilde pero en realidad contradice al propio Padre: pensar que darle demasiada gloria a Jesús podría quitarle gloria a Dios. Según este versículo sucede exactamente lo contrario. Glorificar al Hijo glorifica al Padre. Jesús dirá después: «El que me recibe a mí, recibe al que me envió» (Juan 13:20), y en 1 Juan 2:23 leeremos: «Todo aquel que niega al Hijo, tampoco tiene al Padre». El Padre no está celoso del Hijo; el Padre se glorifica en el Hijo. Esto permite comprender también la adoración cristiana. Cuando Tomás contempla al Cristo resucitado y exclama: «¡Señor mío, y Dios mío!» (Juan 20:28), Jesús no lo reprende por blasfemia ni le dice que reserve esas palabras para el Padre. Recibe su confesión. Cuando los discípulos adoran al Resucitado (Mateo 28:17), el Nuevo Testamento no presenta aquello como idolatría. Apocalipsis llevará la escena hasta su clímax: toda la creación proclama «al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria y el poder» (Apocalipsis 5:13). El Cordero aparece dentro de la adoración celestial. Los primeros cristianos entendieron muy pronto la importancia de esta verdad. Atanasio, durante las controversias acerca de la divinidad del Hijo, razonó con enorme fuerza que si la Escritura manda honrar y adorar al Hijo junto con el Padre, el Hijo no puede pertenecer simplemente al orden de las criaturas. Adorar a una criatura sería idolatría; pero si el Padre mismo quiere que el Hijo reciba la honra divina, entonces la adoración al Hijo pertenece a la adoración del único Dios. La Iglesia no terminó adorando a Jesús porque olvidó el monoteísmo; lo adoró porque descubrió que el monoteísmo bíblico tenía espacio dentro del misterio de Dios para el Padre, el Hijo y, posteriormente revelado con mayor claridad, el Espíritu Santo. Pero la segunda mitad del versículo hace la afirmación todavía más contundente: «El que no honra al Hijo, no honra al Padre que le envió». Jesús elimina cualquier posibilidad de decir: «Yo respeto a Dios, pero no necesito a Cristo». Para Jesús, esa posición no existe. El Padre ha unido su propia honra al reconocimiento del Hijo. Rechazar al Enviado es rechazar a quien lo envió. Esto recuerda la parábola de los labradores malvados. El dueño envía siervos y finalmente dice: «Enviaré a mi hijo amado; quizá cuando le vean a él, le tendrán respeto» (Lucas 20:13). Pero los labradores deciden matarlo. El rechazo del Hijo revela finalmente lo que siempre hubo en el corazón respecto del Dueño. Nuestra respuesta a Cristo revela nuestra verdadera respuesta al Padre. Aquí aparece una revelación devocional muy profunda. Podemos hablar mucho de «Dios» de una manera genérica y todavía mantenerlo suficientemente lejos como para no rendirle nuestra vida. Pero en Jesús, Dios se acerca demasiado. Tiene rostro. Habla. Toca. Ordena. Perdona. Confronta. Dice «sígueme». Cristo convierte nuestra idea de Dios en un encuentro del que ya no podemos escapar mediante conceptos. Ya no preguntamos solamente si creemos en Dios; tenemos que responder qué haremos con Jesús. Y quizá aquí podamos volver por última vez al hombre de Betesda. Aquellos dirigentes están indignados porque Jesús sanó en sábado. Creen estar honrando al Padre mediante su celo por la Ley, mientras están comenzando a perseguir al Hijo que el Padre envió. Jesús les revela la contradicción: no puedes utilizar tu devoción al Padre como argumento para rechazar al Hijo, porque el Padre quiere que honres al Hijo como lo honras a Él. Qué advertencia para toda religiosidad: podemos defender cosas de Dios mientras resistimos al Dios que esas cosas querían enseñarnos a reconocer. Pero también qué invitación tan hermosa para nosotros. Honrar al Hijo significa mucho más que decir palabras correctas acerca de Jesús. Significa reconocer su peso sobre nuestra vida. La palabra hebrea asociada a gloria, kavod, lleva la idea de peso. Aunque Juan escribe en griego, la imagen ayuda devocionalmente: aquello que honramos tiene peso en nuestras decisiones. Si Cristo recibe honra sólo en nuestras canciones, pero poco peso en nuestras elecciones, todavía tenemos que aprender lo que significa honrar al Hijo. Jesús no sólo hace obras semejantes a las del Padre; no sólo comunica vida y no sólo posee autoridad de juicio. El Padre quiere que veamos al Hijo y nos inclinemos ante Él. El Padre no pierde gloria cuando adoramos al Hijo. El Padre recibe gloria cuando reconocemos en el Hijo la gloria que Él mismo puso delante de nosotros. Y un día aquello que ahora hacemos por fe será universalmente reconocido. Toda rodilla se doblará, toda lengua confesará y toda la creación comprenderá quién era realmente aquel hombre que caminó entre los enfermos de Betesda. El que dijo al paralítico «levántate» era el Hijo al que el cielo entero dice: «digno eres».
— Roberto Tinoco
Juan 5:24
JUAN 5:24 «De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida.» Éste es uno de los grandes versículos de promesa de salvación que nos da el evangelio. Jesús utiliza tres tiempos que forman una pequeña teología de la salvación. Quien oye y cree ἔχει (échei), «tiene», vida eterna. No vendrá a juicio condenatorio. Y μεταβέβηκεν (metabébēken), «ha pasado», de muerte a vida. No dice solamente «algún día tendrá». Como vimos en Juan 3:36, la vida eterna comienza ahora. Y metabébēken está en perfecto: algo ha sucedido cuyos efectos permanecen. El creyente ha cambiado de territorio. Colosenses 1:13 utilizará otra imagen: Dios «nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo». Aquí hay una frase que me parece profundamente devocional: el cristiano todavía espera la resurrección de su cuerpo, pero la resurrección ya comenzó en su interior, en su espíritu. Todavía caminamos hacia la eternidad, pero la eternidad ya comenzó a caminar dentro de nosotros. El creyente no está simplemente esperando vida después de la muerte; ha comenzado a vivir antes de morir una Vida que seguirá viviendo después de la muerte. Es un hecho en el cual debe permanecer.
— Roberto Tinoco
Juan 5:25
JUAN 5:25 «De cierto, de cierto os digo: Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oyeren vivirán.» «Viene la hora, y ahora es». Esto indica que Jesús no está hablando todavía de la resurrección física final, porque ésta aparecerá explícitamente en los versículos 28-29. Aquí habla de una resurrección que ya está comenzando. Los νεκροί (nekroí), muertos, oirán τῆς φωνῆς τοῦ υἱοῦ τοῦ θεοῦ (tês phōnês tou huioû tou theoû), «la voz del Hijo de Dios», y vivirán. Pablo describirá nuestra condición sin Cristo diciendo: «estabais muertos en vuestros delitos y pecados» (Efesios 2:1), y después: Dios «nos dio vida juntamente con Cristo» (2:5). Recuerda que Jesús llamó a los hombres sin una relación con Él como muertos al decir: “deja que los muertos entierren a los muertos” (Lucas 9:60). Recibirle como Salvador es el “ahora es” que los muertos resucitan. Ahora Betesda adquiere otra dimensión. El paralítico estaba vivo físicamente, pero su levantamiento se convierte en una imagen de una obra más profunda que Cristo realiza en el ser humano. Hay personas que respiran, trabajan, comen y sonríen, pero todavía necesitan escuchar la voz que hace vivir el espíritu. El Evangelio no vino solamente para enseñarle mejores movimientos al muerto. Vino para darle vida.
— Roberto Tinoco
Juan 5:26
JUAN 5:26 «Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo.» Quizá ésta sea una de las afirmaciones más profundas de todo Juan. El Padre tiene ζωὴν ἐν ἑαυτῷ (zōḕn en heautō̂), «vida en sí mismo». Toda criatura posee vida recibida. Nosotros vivimos porque otro nos dio vida y porque Dios la sostiene. Dios no recibe la existencia de nadie. Él es la Fuente sin fuente anterior. Y Jesús dice que el Padre ha dado al Hijo «tener vida en sí mismo». Dentro de la teología cristiana histórica, este versículo fue importante al reflexionar sobre la relación eterna entre Padre e Hijo. No significa que el Hijo sea una criatura que un día recibió existencia. Juan ya declaró que el Verbo estaba con Dios «en el principio» y era Dios. Habla de la comunión eterna de vida entre Padre e Hijo. Los padres de la Iglesia meditaron profundamente sobre esto. Atanasio, enfrentando la idea de que el Hijo fuese sólo una criatura, insistió en que si el Hijo da vida a la creación no puede pertenecer Él mismo al orden de las criaturas necesitadas de vida. La intuición es poderosa: la fuente no puede depender del río que alimenta. Cristo puede darnos vida eterna porque la vida no es algo que simplemente posee en un recipiente. La Vida está en Él porque la Vida es Él.
— Roberto Tinoco
Juan 5:27
JUAN 5:27 «Y también le dio autoridad de hacer juicio, por cuanto es el Hijo del Hombre.» Lee la nota 5:22. Ahora aparece ἐξουσία (exousía), autoridad, derecho legítimo para ejercer juicio. Y la razón expresada es que es υἱὸς ἀνθρώπου (huiòs anthrṓpou), Hijo del Hombre. Esto nos lleva nuevamente a Daniel 7. El Hijo del Hombre recibe autoridad universal del Anciano de días. Pero hay también algo profundamente hermoso en que el Juez sea el Hijo del Hombre. El que juzgará a la humanidad se hizo verdaderamente humano. Hebreos 4:15 nos recuerda que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. No seremos juzgados por alguien que desconoce lo que significa tener hambre, cansarse, ser rechazado, llorar o sufrir. El Juez caminó nuestros caminos. Esto no debilita su justicia; hace todavía más impresionante su autoridad. Quien conoce perfectamente nuestra humanidad también conoce perfectamente la santidad del Padre.
— Roberto Tinoco
Juan 5:28
JUAN 5:28 «No os maravilléis de esto; porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz.» Jesús comienza diciendo μὴ θαυμάζετε (mē thaumázete), «no os maravilléis». Acaba de declarar algo suficientemente grande para dejarlos asombrados: «los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oyeren vivirán» (5:25). Pero allí añadió: «la hora viene, y ahora es», hablando de la vida que ya comienza a irrumpir cuando el pecador escucha al Hijo y cree. Ahora desaparece «y ahora es». Simplemente dice: «vendrá hora». El horizonte se desplaza desde la regeneración presente hacia la resurrección futura. Primero Cristo llama al corazón muerto; un día llamará también al cuerpo muerto. La salvación comienza dentro de nosotros ahora, pero todavía espera el día en que alcanzará incluso nuestro polvo. Somos vivificados en el espíritu, estamos siendo vivificados en el alma; y un día seremos vivificados en nuestro cuerpo. La expresión es universal: πάντες οἱ ἐν τοῖς μνημείοις (pántes hoi en toîs mnēmeíois), «todos los que están en los sepulcros». No algunos. Todos. El tiempo no ha conseguido borrar a nadie de la memoria de Dios. Personas cuyos nombres desaparecieron de la historia, cuerpos convertidos en polvo hace milenios, tumbas que ya nadie visita, mártires cuyos restos fueron destruidos, generaciones que nosotros sólo conocemos por una línea en una genealogía: todos siguen estando al alcance de su voz. Para nosotros puede desaparecer el sepulcro; para Dios nunca desaparece la persona. La muerte puede desarmar el cuerpo, pero no puede esconderle a Dios las piezas. Esto conecta directamente con Daniel 12:2: «Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados». Isaías había cantado algo semejante: «Tus muertos vivirán; sus cadáveres resucitarán. ¡Despertad y cantad, moradores del polvo!» (Isaías 26:19). El Antiguo Testamento había comenzado a escuchar a lo lejos el rumor de una resurrección futura. Jesús ahora se coloca en el centro de aquella esperanza y hace una afirmación impresionante: será su voz la que los muertos escucharán. La esperanza de Israel tiene ahora rostro y voz. Y esto nos conduce inevitablemente a Juan 11. Frente a la tumba de Lázaro, Jesús no solamente enseñará una doctrina acerca de la resurrección. Dirá: «Yo soy la resurrección y la vida» (11:25). Después se colocará delante de una tumba y gritará: «¡Lázaro, ven fuera!». El muerto escuchará y saldrá. Aquello será una señal de Juan 5:28 en miniatura. Lázaro escuchó individualmente lo que un día escuchará la humanidad entera. Juan 11 será un sepulcro obedeciendo anticipadamente la orden que un día obedecerán todos los sepulcros. Hay además una conexión preciosa con la creación. En Génesis 1, Dios habla y aquello que no existe comienza a existir: «Sea la luz; y fue la luz». En Juan 1 descubrimos que todas las cosas fueron hechas por medio del Verbo. Por eso no debería sorprendernos que Aquel cuya voz llamó a la creación desde la nada pueda llamar nuevamente a nuestros cuerpos desde el polvo (aunque en realidad nos dará otro cuerpo, uno de gloria). La resurrección no será más difícil para Cristo que la creación. Quien sabe pronunciar galaxias también sabe pronunciar nuestros nombres. Pablo desarrollará esta esperanza en 1 Corintios 15. Lo corruptible se vestirá de incorrupción, lo mortal de inmortalidad y entonces se cumplirá: «Sorbida es la muerte en victoria» (15:54). Y en 1 Tesalonicenses 4:16 describe al Señor descendiendo y a «los muertos en Cristo» resucitando. La esperanza cristiana, por tanto, no consiste simplemente en decir que «el alma va al cielo». Eso es verdadero respecto de la comunión del creyente con Cristo después de la muerte, pero nuestra esperanza final es todavía mayor: esperamos resurrección. Dios no abandona el cuerpo como un envoltorio inútil. Redime al ser humano completo. Los primeros cristianos defendieron esta verdad con enorme fuerza. Ireneo de Lyon insistió contra quienes despreciaban el cuerpo: si Dios creó nuestra carne, si el Hijo verdaderamente asumió carne y si Cristo resucitó corporalmente, entonces la salvación no termina desechando aquello que Dios creó. La resurrección declara que Dios no tira a la basura su creación; la restaura. El cuerpo que envejeció, sufrió, lloró y finalmente fue entregado a la tierra no será olvidado por su Creador, sino transformado en gloria. Y aquí Betesda adquiere una dimensión profética bellísima. Jesús había dicho a un hombre acostado: «Levántate». El verbo egeire pertenece al lenguaje de levantar y resucitar. Aquel hombre se levantó de una cama, pero todavía moriría algún día. Su milagro era temporal; la señal apuntaba hacia algo eterno. En Betesda, Jesús hizo caminar unas piernas. En el último día hará caminar cementerios enteros. El lecho abandonado junto al estanque era apenas un pequeño anuncio de tumbas que también quedarán vacías. Por eso la frase «oirán su voz» es quizá lo más conmovedor del versículo. La muerte puede silenciar todas las demás voces. Llegará un día en que ya no escucharemos a nuestros amigos llamarnos, ni la voz de nuestros hijos, ni la música que amamos, ni el ruido del mundo. Pero existe una voz que atraviesa la frontera que ninguna voz humana puede cruzar. Los muertos pueden quedar sordos para nosotros, pero nunca quedarán sordos para Cristo. La muerte descubrirá que nunca tuvo la última palabra.
— Roberto Tinoco
Juan 5:29
JUAN 5:29 «Y los que hicieron lo bueno saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación.» Jesús continúa: ἐκπορεύσονται (ekporeúsontai), «saldrán». La muerte no será el estado definitivo de nadie. Todos resucitarán, pero no todos hacia el mismo destino. Unos irán hacia ἀνάστασιν ζωῆς (anástasin zōês), «resurrección de vida»; otros hacia ἀνάστασιν κρίσεως (anástasin kríseōs), «resurrección de juicio». La resurrección universal no significa salvación universal. La misma voz levantará a todos; la relación que tuvieron con el Hijo revelará hacia dónde conduce ese levantamiento. La conexión más directa vuelve a ser Daniel 12:2: unos despertarán «para vida eterna» y otros «para vergüenza y confusión perpetua». Pablo también hablará de «resurrección de los muertos, así de justos como de injustos» (Hechos 24:15). Y Apocalipsis 20 llevará esta imagen hasta la escena del juicio: los muertos, grandes y pequeños, compareciendo delante de Dios. La tumba iguala momentáneamente al rey y al mendigo, pero la resurrección revelará que la muerte nunca borró nuestra responsabilidad delante de Dios. Ahora surge una pregunta teológica importante. Jesús habla de «los que hicieron lo bueno» y «los que hicieron lo malo». ¿Está enseñando salvación por obras? El propio contexto impide esa lectura. Cinco versículos antes dijo: «El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna» (5:24). Juan 3:16 colocó la vida eterna en quien cree en el Hijo; Juan 6 volverá a hacerlo. Las obras no aparecen como el precio con el que compramos la vida eterna, sino como la manifestación visible de la vida que hemos recibido. Aquí podemos usar la imagen de Jesús en Mateo 7:17: «Todo buen árbol da buenos frutos». El fruto no convierte al árbol en vivo; aparece porque el árbol está vivo. Una rama no produce manzanas para convertirse en manzano. Las produce porque la vida del manzano ya corre por dentro. Así también las obras no compran nuestra salvación, pero revelan qué vida estuvo gobernando nuestro corazón. Santiago dirá que la fe sin obras está muerta (Santiago 2:17), no porque las obras sustituyan a la fe, sino porque una fe que nunca produce vida visible debe preguntarse si realmente está viva. Esto armoniza profundamente con Efesios 2:8-10. Pablo dice primero: «Por gracia sois salvos por medio de la fe... no por obras». Pero inmediatamente añade: «somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras». No somos salvos por buenas obras; somos salvados para una vida en la que comienzan a aparecer buenas obras. La gracia no recibe al pecador para dejarlo exactamente donde lo encontró. Lo recibe gratuitamente y después comienza a enseñarle a caminar. Y eso nos devuelve otra vez al paralítico. Jesús no sólo lo sanó. Le dijo: «Levántate... y anda». Más adelante lo encontró y añadió: «No peques más». Ésa puede convertirse en una imagen devocional de la salvación: la gracia nos encuentra acostados, nos da vida y después nos enseña a caminar. No caminamos para conseguir que Cristo nos levante; caminamos porque Cristo nos levantó. La obediencia no es el precio del milagro. Es uno de sus resultados. Juan mismo desarrollará esta verdad en su primera carta: «El que practica justicia es justo» y «todo aquel que es nacido de Dios no practica el pecado» (1 Juan 3:7-9). No está enseñando perfección sin pecado, pues antes dijo que quien afirma no tener pecado se engaña (1 Juan 1:8). Habla de dirección, naturaleza y fruto. La vida eterna recibida por dentro comienza inevitablemente a dejar señales por fuera. Pero hay algo todavía más profundo en la expresión «resurrección de vida». Juan no entiende la vida eterna simplemente como existencia interminable. Todos existirán después de la resurrección. Zōḗ, en este Evangelio, es la vida que procede de Dios, la vida del Reino, la comunión con el Padre mediante el Hijo. Jesús definirá la vida eterna diciendo: «que te conozcan a ti... y a Jesucristo» (Juan 17:3). Por eso «resurrección de vida» no significa simplemente levantarse para seguir existiendo. Significa entrar corporalmente en la plenitud de esa Vida que comenzó cuando creímos. Entonces ocurre algo maravilloso: Juan 5:24 y Juan 5:29 son dos extremos de la misma salvación. En 5:24, el creyente ya pasó de muerte a vida. En 5:29, un día saldrá del sepulcro hacia la resurrección de vida. Primero la vida entra en nosotros; finalmente nosotros entraremos corporalmente en toda la plenitud de la Vida. La regeneración es el amanecer; la resurrección será el mediodía. El proceso es así: hoy Cristo resucita el espíritu; luego va dándole Vida al alma resucitándola (proceso que nos llevará toda la vida en este mundo); y por último, un día resucitará el cuerpo dándonos un cuerpo glorificado. Esa es la salvación completa en foma resumida. Y frente a eso aparece la otra posibilidad: ἀνάστασις κρίσεως, resurrección de juicio. Esto nos recuerda que rechazar a Cristo no significa escapar de Él. El mismo Jesús que hoy dice «venid a mí» será Aquel delante de quien comparecerá la humanidad. Pero debemos conservar el orden del Evangelio: antes de hablarnos del Juez, Juan nos mostró al Salvador. No quiso traernos el tribunal sin darnos primero la cruz y antes de la sentencia estuvo la invitación. Antes de decir «resurrección de juicio», Jesús dijo: «el que oye mi palabra y cree... no vendrá a condenación». Eso hace todavía más impresionante la gracia. El Juez está ofreciendo ahora mismo vida antes de que llegue el día del juicio. El que un día estará sentado en el tribunal es el mismo que hoy está junto a Betesda preguntando: «¿Quieres ser sano?». Las manos que juzgarán son manos que primero fueron clavadas. Y quizá ésta sea la revelación que une los versículos 28 y 29 con todo Juan 5: el capítulo comenzó con un hombre acostado entre una multitud de enfermos. Nadie podía levantarlo, pero Jesús le habló y se levantó. El capítulo terminará entonces mostrando una humanidad entera acostada bajo el poder de la muerte sin nadie que pueda levantarse a sí mismo. Pero entonces Jesús volverá a hablar dando vida. Betesda fue un ensayo, lo mismo que será Lázaro; y, por cierto, Cristo mismo será la gran primicia de la resurrección. Aquel día comprenderemos definitivamente algo que Juan ha estado diciéndonos desde el principio: «En Él estaba la Vida».
— Roberto Tinoco
Juan 5:31
JUAN 5:31 «Si yo doy testimonio acerca de mí mismo, mi testimonio no es verdadero.» Jesús introduce lenguaje judicial. La palabra μαρτυρία (martyría) significa «testimonio». No está confesando que su palabra pueda ser falsa. Está hablando dentro del principio bíblico según el cual una afirmación debía establecerse mediante testigos. Deuteronomio 19:15 requería dos o tres testigos para establecer un asunto. Más adelante Jesús dirá que su testimonio es verdadero aunque testifique acerca de sí mismo (Juan 8:14). No existe contradicción. Aquí acepta, por así decirlo, las reglas del tribunal de sus adversarios y les dice: «No tienen que aceptar solamente lo que digo acerca de mí. Miren a los testigos». Y eso revela algo hermoso acerca de Dios. La fe cristiana no se presenta como un salto hacia la oscuridad. Dios ha dejado huellas. Juan, las obras, el Padre y las Escrituras apuntarán hacia Cristo. La fe no significa cerrar los ojos para creer; significa abrirlos suficientemente para reconocer hacia dónde apuntan todas las señales.
— Roberto Tinoco
Juan 5:33
JUAN 5:33 «Vosotros enviasteis mensajeros a Juan, y él dio testimonio de la verdad.» Ahora aparece Juan el Bautista. El verbo μεμαρτύρηκεν (memartýrēken), «ha dado testimonio», vuelve a la gran misión de Juan: señalar a otro. Esto nos devuelve al capítulo 1. Cuando le preguntaron quién era, Juan el Bautista respondió que no era el Cristo. Después señaló a Jesús: «He aquí el Cordero de Dios». Y en el capítulo 3 declaró: «Es necesario que Él crezca, pero que yo mengüe». Él es el puente entre lo viejo y lo nuevo, una antorcha levantada en un tiempo de oscuridad para preparar el camino del Mesías (lee la nota 5:35). Ésa es una definición preciosa del ministerio. El testigo cumple su misión cuando los ojos dejan de verlo a él y comienzan a ver a Cristo. Podemos predicar extraordinariamente y fracasar si las personas terminan fascinadas con nosotros. Juan sabía algo que todo siervo necesita recordar: la voz puede ser nuestra; pero la Palabra es de Él.
— Roberto Tinoco
Juan 5:34
JUAN 5:34 «Pero yo no recibo testimonio de hombre alguno; mas digo esto para que vosotros seáis salvos.» Jesús aclara que no necesita testimonio humano para validar su identidad. παρὰ ἀνθρώπου (parà anthrṓpou), «de parte del hombre». Juan no convierte a Jesús en Mesías al reconocerlo. Simplemente anuncia una realidad que ya es verdadera. Entonces Jesús revela por qué menciona estos testimonios: ἵνα ὑμεῖς σωθῆτε (hína hymeîs sōthête), «para que vosotros seáis salvos». Incluso dentro de una discusión con personas que lo cuestionan, el propósito de Jesús sigue siendo salvador. Eso es profundamente conmovedor. Cristo no está ganando una discusión para alimentar su ego. Está hablando porque quiere salvar incluso a quienes discuten con Él. Dios no necesita ganar nuestros debates; nosotros necesitamos encontrar su Vida. Detrás de las correcciones de Cristo sigue latiendo un corazón que dice: «Quiero que seas salvo».
— Roberto Tinoco
Juan 5:35
JUAN 5:35 «Él era antorcha que ardía y alumbraba; y vosotros quisisteis regocijaros por un tiempo en su luz.» Jesús llama a Juan ὁ λύχνος (ho lýchnos), «la lámpara». No utiliza aquí phōs, la palabra con la que Juan 1 describe a Cristo como la Luz verdadera. Juan es lámpara; Cristo es Luz. La lámpara recibe y porta la luz, pero no es su fuente. Después aparecen dos participios preciosos: καιόμενος (kaiómenos), «ardiendo», y φαίνων (phaínōn), «alumbrando». Juan no solamente iluminaba, también ardía. Juan el Bautista fue un personaje muy importante en la Biblia. Prácticamente el Antiguo Testamento termina profetizando su venida (Malaquías 4:5-6) y el Nuevo Testamento comienza con él. Juan es el puente entre lo viejo y lo nuevo; demasiado grande para pertenecer a un solo Pacto. Es similar a aquella vez cuando el patriarca Abraham ofreció sacrificios a Dios y pactó con Él matando una vaquilla, una cabra y un carnero, cada uno de tres años de edad, los partió por la mitad y puso las mitades una frente a otra; luego tuvo que luchar contra los buitres que intentaban comerse el sacrificio y experimentó una visión terrible sobre el futuro de Israel: 400 años de tinieblas. La Palabra dice que se puso el sol y en las tinieblas apareció de pronto una antorcha ardiendo que pasó por en medio de los animales sacrificados. Ese día Dios pactó con Abraham (Génesis 15:7-18). Así sucedió también en tiempos del primer siglo, cuando todo Israel estaba en tinieblas (400 años de silencio sin Palabra de Dios, pues no hubo profeta) y de pronto, en un ministerio sacrificial de tres años apareció entre el Antiguo y Nuevo Testamentos una antorcha ardiente, un hombre llamado Juan, que vino a abrir camino al Mesías y al Nuevo Pacto. ¿De dónde salió? ¿Cuándo se encendió esta antorcha? Nació milagrosamente de padre viejo y mujer estéril; fue lleno del Espíritu Santo, encendido desde el vientre de su madre cuando María saludó a Elizabet su madre estando ambas embarazadas de Jesús y Juan respectivamente (Lucas 1:39-41). Su padre profetizó de él: “y tú, niño, profeta del Altísimo serás llamado; porque irás delante de la presencia del Señor, para preparar sus caminos…” (Lucas 1:67, 76-77). La Biblia dice que Juan estuvo en el desierto hasta el día de su manifestación a Israel (Lucas 1:80). Siendo sus padres ancianos cuando nació, es probable que comenzara a vivir sólo desde su adolescencia. La soledad no es necesariamente algo malo; es una oportunidad de citarse con Dios. No hay ministerio eficaz sin tiempos de retiro con Dios. El desierto es una gran escuela. No maldigas tu pasado, pues también eso estuvo dentro de los planes divinos para graduarte. Pablo escribió que Dios lo apartó desde el vientre de su madre a pesar de haber sido un terrible perseguidor de la iglesia (Gálatas 1:13-15); ¿cómo es esto posible? ¡Sabía que todo fue parte del plan! No maldigas tu desierto; no llores ni te quejes de tus experiencias; no digas: “si hubiese tenido una vida diferente”. La tierra del “hubiera” puede robarte la herencia del “ahora”. ¡Bendice tu pasado! ¡Gloríate en tu desierto porque también allí estuvo el Señor! Juan se vestía de pelo de camello, con un cinto de cuero a la cintura al estilo de Elías y de los profetas antiguos (Mateo 3:4) y al vivir en el desierto no tenía acceso a bañarse regularmente. Posiblemente vivían en cuevas. ¿De dónde sacaría Juan el cuero de camello? ¿Puedes imaginarlo persiguiendo, matando y arrancando el cuero a un camello en el desierto? Elías fue el primer hombre en vestirse así para ejercer un ministerio profético (2 Reyes 1:8); con ello creó una especie de moda, pues a partir de entonces aquellos que querían ser tomados como profetas se vestían igual (Zacarías 13:4). Juan el Bautista era uno de esos locos. Tuvo desde su nacimiento un voto de nazareo, como Sansón, no debía cortarse el cabello. ¡Y pensar que hay quienes no quieren cambiar ni un pequeño aspecto de su persona por el Señor! ¿Has dejado crecer tu cabello? No hablo literalmente, sino por el espíritu; ¿estás bajo la autoridad del reino de los cielos? ¿Es Cristo tu Cabeza? Es de suponerse que desde que naciste de nuevo Cristo es tu autoridad. Juan se alimentaba de langostas (insectos) y miel silvestre. ¿Puedes imaginarte a un hombre que come de panales de miel sin cortarse el cabello ni la barba y viviendo en el desierto? Además se vestía de pieles de camellos que seguramente encontró muertos por allí. Por eso es que muchos dijeron sobre Juan que estaba endemoniado. ¡Parecía el gadareno! Todo esto nos habla de la pasión de Juan. ¡Juan ardía! Juan resultaba demasiado incómodo para todos los que pertenecían al mover anterior. Los sacerdotes y religiosos no podían comprender su vida; si tocas la antorcha puedes quemarte. Decían que Juan tenía demonio, estaban equivocados; ¡Juan tenía fuego! Tuvo mucho éxito como profeta, tanto que llegaron a pensar que el podría ser el Mesías. La gente le seguía en multitudes. No se puede esconder la luz de quien está ardiendo. Le preguntaron a un hombre sobre el por qué del éxito del gran predicador del siglo XIX Spurgeon, respondió: “si un hombre está ardiendo, la gente vendrá a ver las llamas”. Juan fue un innovador a su tiempo. Los judíos acostumbraban bautizar a los prosélitos gentiles para declararlos judíos, pero Juan comenzó a bautizar a los judíos para hacerlos creyentes arrepentidos. Es posible que si Juan viviera en nuestros tiempos entre nosotros comenzara a bautizar cristianos que no han vivido como verdaderos cristianos presionándolos a arrepentirse: “Y decía a las multitudes que salían para ser bautizadas por él: ¡Oh generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera? 8 Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento, y no comencéis a decir dentro de vosotros mismos: Tenemos a Abraham por padre; porque os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas piedras. 9 Y ya también el hacha está puesta a la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto se corta y se echa en el fuego” (Lucas 3:7-9). El mensaje de Juan era el de un mensajero delante del rey: “Yo soy la voz de uno que clama en el desierto: preparad el camino del Señor… Él viene detrás de mí… yo no soy digno de desatar la correa de su calzado… ¡arrepentíos porque el reino de los cielos de ha acercado!” (Juan 1:23; 1:27; Mateo 3:1-2). El clamor se da en el desierto; mientras que la alabanza se oye en la ciudad. El ministerio de Juan era arder en las tinieblas. A la gente le gusta arder donde hay luz. Nos gustan los ministerios populares, pero Dios busca ministerios encendidos. Juan preparaba el camino para el Rey que venía detrás de él. Es verdad que la antorcha llama la atención, pero los ojos terminan posándose en el que trae la antorcha. Como Juan esperamos la venida del Rey, el servicio cristiano se trata de prepararle el camino para su venida. Pensar que Dios viene detrás de mí me produce la misma sensación que pensar que detrás de mí viene una locomotora en toda su fuerza. ¡Es tiempo de apurarnos! ¡Velocidad! El reino de los cielos se ha acercado; Dios ha dado el primer movimiento, nos toca a nosotros responder. ¿Hay alguien que se acerque al reino de los cielos? El mensaje de Juan era también el de un amigo del Novio ayudándole en los preparativos de su boda: “yo no soy el Cristo. Sino que he sido enviado delante de Él. El que tiene la novia es el Novio, pero el amigo del Novio que ha estado de pie y le escucha, se alegra mucho a causa de la voz del novio. Así pues, este mi gozo está cumplido. Es necesario que yo mengue, pero que Él crezca” (Juan 3:28-30). El Hijo intentó casarse mil quinientos años antes en el Sinaí (Éxodo 24:3-8); pero la novia se asustó ante la fogosidad del novio (el fuego del monte). Luego reanudó y consumó su compromiso con la novia en el templo de Salomón mediante el fuego de la dedicación de la casa (Ezequiel 16:8-14); pero la novia se fue tras de otros amantes (Ezequiel 16:15-34; idolatría), por lo que Dios rompió su Pacto con ella dándole carta de divorcio (Isaías 50:1; Jeremías 3:8). Sin embargo, tanto la ha amado, que de nuevo prometió bodas (Oseas 2:13-23) y prometió volver a casarse con ella (Jeremías 31:31-34, 38-41). Allí es donde aparece Juan, el amigo del Novio enviado a preparar las bodas (Juan 3:28-30); ¿te has fijado que el primer milagro que realizó fue precisamente en unas bodas? Con todo, hubo un nuevo rechazo, ¡en lugar de bodas, una cruz! (Mat. 22:2-10). Así que estamos llamados nuevamente a las bodas: “Porque os celo con celo de Dios; pues os he desposado con un solo esposo, para presentaros como una virgen pura a Cristo” (2 Corintios 11:2; Efesios 5:31-32; Apocalipsis 19:6-9). El corazón ardiente como el de Juan vive preparando unas bodas. Incomodó a la religión. Llamó a los fariseos y religiosos de su tiempo “generación de víboras”. Esto no lo hizo ganar muchos amigos. Prácticamente les dijo que tenían la genética de Satanás. Una persona que aparenta ser santa cuando en realidad no lo es, es similar a aquel que gusta de vestirse como ángel de luz. El hijo de un sacerdote fue un escándalo para el sacerdocio de la época. Un corazón ardiendo por Jesús no puede amoldarse a la apariencia de la religión. Necesita lo genuino. Es por eso que a todos molesta la hipocresía; en lo profundo del corazón anhelamos el fuego de lo genuino y de la verdadera pasión por el Señor. Incomodó a la corte y a la sociedad. Denunció al rey Herodes al haberse casado con la mujer de su hermano Felipe. De hecho se lo gritó en su cara. Esto no le cayó nada bien ni a Herodes ni a Herodías, la mujer en cuestión. Los hambrientos y sedientos de justicia no son criticones de las personas puestas en autoridad, sino que las confrontan cara a cara. Cualquiera habla mal de otros, pero no cualquiera amonesta al príncipe por su pecado. Los murmuradores son personas con mente de esclavos que no quieren justicia, sino sólo beneficios personales. Los que tienen hambre y sed de justicia actúan en busca de ella. Juan el Bautista incomodó a los discípulos. Aún a sus propios discípulos les movió el nido cuando les dijo que se apartaran de él y siguieran a Jesús. Algunos de los doce fueron de ellos. Después de un estilo tan austero de Juan, ¿cómo seguir al alegre Jesús que siempre estaba de fiesta? No es fácil menguar ante el ministerio ajeno. Nos gusta “pelear nuestros derechos” y defender lo que tenemos. Un siervo genuino sabe que sólo tiene lo que Dios le concede. Hay mensajes que retienen a las multitudes; pero también hay mensajes que retienen la vida. El hombre de Dios no habla al oído, sino al corazón. Sin embargo, al no retirarse después del haber presentado al Rey Divino, se quedó sin mensaje y se fue a perseguir al rey humano. Por haber denunciado el adulterio del rey Herodes, el Bautista fue encarcelado y encadenado en la cárcel, como si se tratase de un preso peligroso o de un loco (Mateo 4:12; Marcos 1:14; 6:17). No es popular hablar contra el pecado. La verdad te hace libre, pero también te puede apresar. La vida justa puede hacer perder honores y privilegios del justo. En principio, si declaras todos los impuestos tendrás menos dinero; si no sobornas a un funcionario, perderás un contrato; si mientes retendrás a tu esposa; si copias en el examen pasarás; por no mover tu cuerpo en la pista de baile perderás al joven que te gusta; por oponerte al vicio de tu marido lo pierdes; etc. La recompensa por ser justo puede hacernos llorar al principio. ¡Pero no hacemos justicia por la recompensa, sino por ser justos! ¡No hacemos lo correcto por comodidad, sino porque es lo correcto! ¡Mantenemos nuestros valores y principios cristianos precisamente porque eso es la vida cristiana! El mártir en el circo romano lo sabía. El mártir en la hoguera lo sabía. ¡Juan lo sabía! ¡Y yo lo sé! No puedo dejar de ser lo que soy: soy hijo de Dios y tengo su vida. Su justicia me emociona y su pasión me enciende. Con todo, una vez en la cárcel, la antorcha Juan pareció apagarse. Jesús comenzó su ministerio precisamente en el ocaso de Juan y a Juan le llegaban noticias de que el ministerio de Jesús era algo escandaloso, se juntaba con publicanos y pecadores, andaba de fiesta en fiesta, le gustaba comer y reír. No era lo que esperaba. Quizá las noticias le llegaron distorsionadas por sus celosos seguidores. Así que el mismo que había declarado: “ha aquí que el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” sobre Jesús, mandó preguntarle: “eres tú el que había de venir o esperaremos a otro” (Lucas 7:19). ¿Has dudado alguna vez? ¿Has llegado al límite? Cuando esperabas que Dios te sacara de la cárcel y no respondió; cuando creíste que te sanaría y la enfermedad continuó; cuando pensaste que te libraría de la deuda y te endeudaste mas; ¿has dicho: “¿dónde está Dios?” Te has preguntado: “¿será que no es bueno?” Dijiste: “Él me olvido” o “me equivoqué en lo que creí”. Sí, lo llamaste: “el Cordero de Dios que quitó tu pecado”, pero luego renegaste dudando: “¿por qué sigo preso de esto hábitos?” “¿Será Él?” “A lo mejor no era Él…” Juan pasó por ese valle. Pero Jesús no reprendió a Juan ni mandó llamarle la atención, sino que en esa misma hora sanó a muchos enfermos, liberó demonios y dio vista a ciegos y les respondió a los enviados: “id y haced saber a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados y a los pobres es predicado el evangelio y bienaventurado es aquel que no halle tropiezo (escándalo) en mí” (Lucas 7:19-23). Cuando eres débil en tu fe, Dios no te lanza una andanada de teología; y tampoco te reprende: “¡eres un infiel!” ¡No! Él te da una muestra de su gracia y de su bondad. No te confundas, sus milagros no tienen sólo el propósito de mostrarte su poder, Juan y tú no dudan de su poder; Él te muestra su bondad, esa es su gloria. ¿Por qué? Porque necesitas volver a creer que Dios es bueno…a pesar de todo. Porque necesitas volver a creer que Dios es confiable…a pesar de todo. Porque necesitas volver a creer que Dios tiene un mejor plan…a pesar de todo. A pesar de todo, los ciegos ven. A pesar de todo, los cojos andan. A pesar de todo, los leprosos son limpiados. A pesar de todo, los sordos oyen. A pesar de todo, los muertos son resucitados. A pesar de todo, los pobres tendrán buen porvenir. A pesar de todo, Jesús es el que había de venir. Que la cárcel no te robe tu fe. Que los barrotes de la prisión no te quiten tu esperanza. Que tu situación no se transforme en tu dios. La cárcel es temporal, pero el amor del Señor es eterno. La circunstancia adversa es pasajera; pero la bondad de Dios es permanente. Juan podía pensar: “si Jesús es el Mesías, ¿por qué no ha manifestado su poder? ¿Por qué no nos ha quitado el yugo romano? ¿Por qué sigo aquí mientras Herodes anda de celebración? Y lo que es peor, si Él es el Mesías ¿por qué anda de fiesta mientras yo, su siervo que le preparó el camino, voy rumbo a ser decapitado? Este es el escándalo o tropiezo de Juan. El fuego tiende a apagarse cuando Dios no hace lo que esperamos o cuando no recibimos lo que creímos que recibiríamos. Sin embargo, Jesús no apagó el pabilo que humea ni rompió la caña cascada (Mateo 12:20); su amor fue compasivo con su siervo Juan alentándolo al mostrarle su bondad y los resultados de la venida del reino. ¡Juan: el reino en verdad llegó, míralo! Finalmente la antorcha se apagó. En el cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías danzó en medio y agradó al rey, por lo que el rey prometió darle lo que quisiera. La joven, instigada por su madre pidió la cabeza de Juan el Bautista. Herodes, aunque triste, mandó decapitar a Juan. Hay danzas que roban el alma; momentos de pasión que roban lo eterno. Hay risas que harán llorar; diversiones pasajeras con terribles consecuencias. La antorcha fue apagada por la maldad de una mujer que no admitía reprensión. Hay personas que primero dejarán a Dios que su pecado. Prefieren apagar el fuego del espíritu antes que cambiar. ¡Qué se extinga la antorcha, yo quiero bailar! ¡Ah! Pero no sólo fue Herodías la culpable de la cabeza de Juan; también Herodes es culpable. “Corten la cabeza a Juan pues he dado mi palabra”. Hay personas que prefieren decapitar los principios y la fe antes que quedar mal con aquellos que los miran. Prefieren volverse enemigos del reino antes que ridículos de sus amistades. “Qué pensarán de mí en el trabajo”. “Qué dirán de mí mis parientes”. “¿Cómo voy a orar por los alimentos en público?” “Si no me río de sus chistes morbosos pensarán que soy un fanático”. “¡Qué se extinga la antorcha, yo quiero quedar bien con los demás!” ¿La recompensa del profeta? Te diré… No siempre la recompensa de un hombre de Dios fue como el hombre de Dios esperaba. El único brillo que Juan tuvo para sí, fue el del plato donde pusieron su cabeza. ¡Juan: no tropieces! ¡Juan: no te escandalices! ¿Y qué si tu graduación al reino del Padre no es con globos de colores ni serpentinas? Aunque tú no lo estés viviendo, el reino y el Rey son reales. ¿Y qué si la recompensa no vendrá ahora, sino hasta el final de los tiempos? Eso no invalida la bondad divina (Hebreos 11:35-40). Luego vinieron los discípulos de Juan y pidieron su cuerpo. De la cabeza nada se menciona. No se dice nada de la cabeza, pues fue precisamente por seguir su ministerio sin retirarse después de señalar a Jesús, que hubo necesidad de quitarla. En el reino de Dios sólo puede haber una cabeza: Jesús. Cuando los discípulos de Juan contaron a Jesús estas cosas, el Señor testificó de él como “el más grande profeta entre los nacidos de mujer” ¡He allí la recompensa de un profeta: el testimonio de haber agradado a Dios! ¿Quién es tu cabeza? ¿Quién dirige tu vida? ¿Has sido decapitado? Jesús es tu Cabeza cuando preferiste perder la propia antes que perderlo a Él. Jesús es tu Cabeza cuando preferiste perder beneficios del mundo antes que los principios del reino. Jesús es tu Cabeza cuando seguiste amándolo desde la cárcel. Jesús es tu Cabeza cuando continuaste siguiéndolo desde el hospital. Jesús es tu Cabeza cuando decidiste seguir confiando sin recompensa. Jesús es tu Cabeza cuando sostuviste tu fe desde una cama vacía. Jesús es tu Cabeza cuando proclamaste vida desde el funeral de tu Hijo. Jesús es tu Cabeza cuando ríes y lo adoras con el estómago vacío. ¿Arderá nuevamente la antorcha? ¡Hombres y mujeres dispuestos a consumirse en celo por la santidad! ¡Hombres y mujeres como antorchas alumbrando con su justicia! ¡Hombres y mujeres apasionados por allanarle el camino al Rey y proclamar sus bodas! ¡Hombres y mujeres como Elías y Juan dispuestos a confrontar la tibieza y el adulterio espiritual! ¡Hombres y mujeres que han perdido la cabeza por una causa! Como dice la Escritura (Juan 1:6), que vuelva a decirse: “hubo un hombre enviado de Dios, el cual se llamaba…” (escribe aquí tu nombre).
— Roberto Tinoco
Juan 5:36
JUAN 5:36 «Mas yo tengo mayor testimonio que el de Juan; porque las obras que el Padre me dio para que cumpliese, las mismas obras que yo hago, dan testimonio de mí, que el Padre me ha enviado.» Juan fue un gran testigo, pero Jesús dice que existe μείζω (meízō), un testimonio «mayor». Son las ἔργα (érga), obras que el Padre le dio para realizar. No se refiere simplemente a milagros espectaculares. Todo el ministerio de Jesús manifiesta al Padre: las señales, sus palabras, su misericordia y finalmente la cruz y resurrección. El paralítico caminando todavía está allí, por decirlo así, como una prueba viva. Quienes preguntan con qué autoridad Jesús actúa tienen delante a un hombre que llevaba treinta y ocho años sin poder levantarse y ahora camina. Los milagros no muestran solamente el poder del Señor, sino también bondad. Las obras de Cristo no sólo dicen «mira cuánto puede hacer Dios»; dicen también «mira cómo es Dios». El poder puede impresionarnos. La bondad consigue que queramos acercarnos.
— Roberto Tinoco
Juan 5:37
JUAN 5:37 «También el Padre que me envió ha dado testimonio de mí. Nunca habéis oído su voz, ni habéis visto su aspecto.» Jesús lleva ahora el testimonio hasta su fuente más alta: ὁ πέμψας με πατήρ (ho pémpsas me patḗr), «el Padre que me envió». Juan el Bautista había testificado. Las obras de Jesús estaban testificando. Pero detrás de Juan y detrás de las obras está el Padre dando testimonio acerca del Hijo. Jesús no apareció en la historia proclamándose a sí mismo desde una soledad divina; vino como el Enviado del Padre. Desde el comienzo del Evangelio existe esa relación: «el Verbo era con Dios» (Juan 1:1), y después Juan 1:18 presenta al Hijo en íntima comunión con el Padre, dándolo a conocer. El cristianismo comienza antes de nuestra relación con Dios: comienza en la relación eterna del Padre con el Hijo. El Padre ya había dado testimonio de múltiples maneras. Juan el Bautista afirmó que quien lo envió a bautizar le había dicho que aquel sobre quien viera descender y permanecer el Espíritu sería el que bautizaría con el Espíritu Santo (Juan 1:32-34). Los evangelios sinópticos hacen todavía más explícito el testimonio en el bautismo: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia» (Mateo 3:17). Y en la transfiguración volverá a escucharse: «Este es mi Hijo amado... a él oíd» (Mateo 17:5). Es hermoso observar la dirección: el Padre no atrae la atención hacia sí alejándonos del Hijo; el Padre nos dice que escuchemos al Hijo. Entonces Jesús pronuncia algo desconcertante: «Nunca habéis oído su voz, ni habéis visto su aspecto». La palabra εἶδος (eîdos) significa forma, apariencia, aspecto. Esto recuerda el Sinaí. Deuteronomio 4:12 dice que Israel oyó «la voz de sus palabras», pero «ninguna figura visteis». Yahwéh no podía reducirse a una imagen fabricada por el hombre. Sin embargo, Juan ya ha presentado una respuesta sorprendente al problema de la invisibilidad de Dios: «A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo... él le ha dado a conocer» (Juan 1:18). Aquí entramos en una de las revelaciones más grandes del Evangelio. El Dios invisible se ha dado a conocer en el Hijo visible. Pablo llamará a Cristo «la imagen del Dios invisible» (Colosenses 1:15), y Hebreos 1:3 lo describirá como «el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia». Esto no significa que el cuerpo humano de Jesús agote todo lo que Dios es. Significa que en el Hijo Dios se ha revelado verdaderamente. Por eso Jesús podrá decirle a Felipe: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Juan 14:9). La tragedia de aquellos hombres es entonces enorme: dicen buscar al Dios cuya forma nunca han visto mientras rechazan al Hijo que lo está revelando delante de ellos. Quieren al Dios invisible sin aceptar su revelación visible. Quieren al Padre sin recibir al Hijo. Pero Jesús insiste una y otra vez en que eso es imposible: «El que me recibe a mí, recibe al que me envió» (Juan 13:20). Aquí hay también una aplicación profundamente devocional. Nosotros podemos construir durante años una imagen mental de cómo creemos que Dios debería actuar. Después Cristo se acerca y rompe nuestro dibujo. Pensábamos que Dios debía bendecir de cierta manera, responder en determinado tiempo, trabajar mediante ciertas personas. Y cuando no lo hace según nuestro retrato, podemos sentir que Dios no está allí. El peligro comienza cuando amamos más nuestra idea acerca de Dios que al Dios que se está revelando. Los adversarios de Jesús conocían conceptos acerca de Yahwéh, pero no reconocieron su corazón cuando lo vieron levantando a un paralítico. Eso debería hacernos preguntar: ¿el Dios en quien digo creer se parece al Padre que Jesús revela? Porque Cristo no vino simplemente a decirnos que Dios existe. Vino a mostrarnos cómo es. El Padre invisible dejó sus huellas en las obras del Hijo. Si quieres saber cómo ve Dios al quebrantado, mira a Jesús. Si quieres saber cómo recibe al pecador arrepentido, ve a Jesús. Si quieres saber cuánto cuesta su amor, mira la cruz. Cristo no es una sombra que oculta al Padre; sino la ventana por la que el Padre decidió dejarse conocer.
— Roberto Tinoco
Juan 5:38
JUAN 5:38 «Ni tenéis su palabra morando en vosotros; porque a quien Él envió, vosotros no creéis.» Ahora Jesús pasa de la voz exterior a la realidad interior. El verbo decisivo es μένουσαν (ménousan), de μένω (ménō), permanecer, quedarse, habitar. Es una de las palabras favoritas del apóstol Juan. El Espíritu permanece sobre Jesús (1:32-33). Jesús preguntará a sus primeros discípulos qué buscan y ellos dónde mora (1:38). Más adelante dirá: «Permaneced en mí, y yo en vosotros» (15:4). Aquí el problema es exactamente el contrario: la Palabra no permanece dentro de ellos. Observa que Jesús no dice: «Nunca han leído la Palabra». Sería absurdo. Está hablando con personas profundamente formadas en las Sagradas Escrituras. Tampoco dice que no puedan citarla, discutirla o interpretarla. Dice algo mucho más inquietante: no la tienen viviendo dentro. Hay una diferencia enorme entre una Palabra que pasa por nuestra mente y una Palabra que establece residencia en nuestro corazón. Esto conecta maravillosamente con Jeremías 31:33: «Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón». Ezequiel 36:26-27 añade: «Os daré corazón nuevo... y pondré dentro de vosotros mi Espíritu». El Nuevo Pacto no consiste simplemente en entregar una edición mejor de tablas exteriores. Dios quiere convertir el corazón en el lugar donde su voluntad pueda habitar. La antigua piedra llevaba letras; el nuevo corazón lleva Vida. Es el contraste entre el agua que permanece inmóvil con la Palabra que produce movimiento y vida. La Palabra de Dios nunca está muerta ni envejece; pero lo que puede estancarse es nuestra relación con ella. Podemos convertir una revelación viva en información almacenada. Podemos saber lo que Dios dijo y dejar de permitir que aquello que dijo siga hablándonos. Santiago utiliza una imagen parecida desde otro ángulo: quien oye la Palabra y no la hace es semejante al hombre que mira su rostro en un espejo, se marcha y olvida cómo era (Santiago 1:22-24). La Palabra fue dada para entrar, permanecer y transformar. Colosenses 3:16 dirá: «La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros». No la visite. No pase un fin de semana. More. Hay algo todavía más profundo en la razón que Jesús ofrece: «porque a quien él envió, vosotros no creéis». ¿Cómo demuestra Jesús que la Palabra no mora en ellos? Porque rechazan a Cristo. Ésta es una prueba extraordinaria. Una persona puede memorizar las Escrituras y, sin embargo, si aquello que aprende no la conduce hacia Cristo, algo esencial está fallando: el amor, la fe. En Juan 8:37 Jesús dirá algo semejante: «Mi palabra no halla cabida en vosotros». Qué expresión tan dolorosa: la Palabra llega y no encuentra habitación. Como en Belén, donde no hubo lugar para Él en el mesón, también puede ocurrir espiritualmente que no haya lugar para la Palabra dentro de nosotros. Podemos llenar la casa de muchas cosas: opiniones, heridas, ambiciones, recuerdos, temores, prejuicios, deseos. Y entonces llega la Palabra buscando dónde quedarse. La pregunta devocional ya no es solamente: «¿Leí hoy la Biblia?» Puede ser algo más incómodo: «¿Encontró la Biblia un lugar donde vivir dentro de mí?» Porque una cosa es que la Palabra pase por tus ojos y otra que atraviese tu corazón. Una cosa es subrayar un versículo y otra permitir que el versículo nos subraye a nosotros el alma. La Palabra Viva no quiere solamente ser leída; lo que desea es quedarse. Y cuando se queda, comienza a cambiar los muebles del corazón.
— Roberto Tinoco
Juan 5:39
JUAN 5:39 «Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí.» Llegamos a una de las declaraciones más importantes de Jesús acerca de la Biblia. El verbo ἐραυνᾶτε (eraunâte) puede traducirse como imperativo, «escudriñad», o indicativo, «escudriñáis». Gramaticalmente ambas posibilidades existen. En el contexto, la idea puede entenderse así: ustedes investigan cuidadosamente las Escrituras porque piensan encontrar en ellas vida eterna; sin embargo, esas mismas Escrituras están hablando de mí. La palabra γραφαί (graphaí), «Escrituras», se refiere aquí a aquello que nosotros llamamos Antiguo Testamento. Jesús no desprecia su estudio. Al contrario, su acusación sólo tiene fuerza porque las Escrituras son verdaderamente testigos de Él. El problema no es estudiar demasiado la Biblia. El problema es detenernos en la Biblia antes de llegar al Cristo del que la Biblia habla. Esto conecta directamente con Lucas 24. Dos discípulos caminan hacia Emaús derrotados porque Cristo murió. Jesús se acerca y comienza «desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas» a explicarles «en todas las Escrituras lo que de él decían» (Lucas 24:27). Después confesarán: «¿No ardía nuestro corazón... mientras nos abría las Escrituras?» (Lucas 24:32). Aquellos hombres ya conocían los textos. Lo que cambió fue que Cristo abrió delante de ellos el centro de los textos. Juan el Bautista era una lámpara que ardía porque señalaba hacia Cristo. Las Escrituras hacen algo semejante de manera infinitamente más amplia: encienden luces a lo largo de toda la historia para que podamos reconocer al Hijo cuando llegue. Génesis enciende una luz: la descendencia de la mujer. Éxodo enciende otra: el cordero pascual. El desierto enciende otra: el maná. La roca abierta deja correr agua. Levítico levanta un altar. Números levanta una serpiente. Deuteronomio espera un profeta semejante a Moisés. Los Salmos cantan acerca del Rey y del Justo sufriente. Isaías contempla al Siervo herido. Miqueas señala Belén. Zacarías contempla al Rey entrando humilde. Y cuando todas esas pequeñas luces comienzan a juntarse, descubrimos que estaban iluminando un mismo rostro: Cristo. Orígenes percibió con enorme intensidad esta profundidad cristológica de las Escrituras. Su pasión central era: no conformarse con leer la superficie sin buscar a Cristo. Ireneo, desde otra perspectiva, contempló toda la historia de salvación como una gran unidad que encuentra su recapitulación en el Hijo de Dios. Hay además una paradoja dolorosa en el versículo. Ellos buscan ζωὴν αἰώνιον (zōḕn aiṓnion), vida eterna, dentro de las Escrituras. Y no están equivocados al pensar que las Escrituras hablan de vida. El error consiste en separar la vida de la Persona hacia quien las Escrituras señalan. El versículo siguiente lo hará explícito: «Y no queréis venir a mí para que tengáis vida». Ahí está todo. La Biblia puede describir el Pan, pero debemos comer. Puede hablar del Agua, pero debemos beber. Puede mostrarnos el Camino, pero debemos caminar. Puede anunciarnos al Cordero, pero debemos confiar en su sangre. Puede hablarnos de la Vida, pero debemos venir a Cristo. La Escritura no fue dada para sustituir un encuentro con Dios, sino para conducirnos hacia Él. Y aquí hay una advertencia especialmente importante para quienes amamos estudiar. Podemos aprender griego, conocer historia, comparar manuscritos, leer comentarios, estudiar a los padres de la Iglesia, preparar sermones y llenar cuadernos enteros. Todo eso puede ser precioso. Pero existe una pregunta que debe acompañar cada página: «¿Esto me está llevando más cerca de Cristo?» Porque se puede conocer perfectamente el mapa y nunca visitar el lugar; como quien estudia una receta, pero muere de hambre. Se puede escudriñar cada palabra que habla de Jesús y no querer venir a Jesús. Grave y mortal error. Por eso el estudio bíblico alcanza su momento más alto cuando deja de ser solamente información y se convierte en encuentro con Dios. Cuando la mente entiende, el corazón arde y finalmente la voluntad responde. La Biblia no termina en una página, sino en una Persona: Jesucristo. Y cuando encontramos a la Persona, las páginas comienzan a arder. Ahora estos tres versículos forman una progresión que me parece bellísima: 5:37: el Padre habla acerca del Hijo. 5:38: la Palabra quiere habitar dentro del hombre. 5:39: las Escrituras señalan hacia Cristo. Y entonces 5:40 da el golpe final: «pero no queréis venir a mí para que tengáis Vida». Es decir, el problema nunca fue falta de voz ni falta de Palabra o Escritura. El problema era tener todos los caminos señalando hacia Cristo y todavía negarse a caminar hacia Él.
— Roberto Tinoco
Juan 5:40
JUAN 5:40 «Y no queréis venir a mí para que tengáis vida.» Lee la nota 5:39. Después de tanta teología aparece una frase terriblemente sencilla: οὐ θέλετε ἐλθεῖν πρός με (ou thélete eltheîn pròs me), «no queréis venir a mí». No dice «no podéis entender». Dice «no queréis». Y el propósito de venir es ζωὴν ἔχητε (zōḕn échēte), «que tengáis vida». Aquí todo Juan 5 se reúne. El paralítico estaba junto al agua esperando vida; Jesús lo levantó con su Palabra. Ahora personas expertas en Escritura están delante de la misma Vida y se niegan a acercarse a la Palabra encarnada. Esta es una de las tragedias religiosas más grandes: morir de sed con la Biblia abierta delante de la Fuente. Las Escrituras son preciosas precisamente porque nos llevan a Cristo. El objetivo final no es saber más textos que los demás. Es venir a Él y vivir.
— Roberto Tinoco
Juan 5:41
JUAN 5:41 «Gloria de los hombres no recibo.» La palabra δόξα (dóxa) puede significar gloria, honor, reconocimiento. Jesús no vive alimentándose de aprobación humana ni de elogios. Esto contrasta con aquello que dirá en el versículo 44. El problema de sus adversarios no es falta de inteligencia bíblica, sino una vida construida alrededor de la opinión de otros. Aquí hay libertad para cualquiera que sirve a Dios. El aplauso es un alimento extraño: cuanto más comes, más hambre produce. Cristo no vivía preguntando cuántas personas lo aprobaban. Su alimento, como dijo en Juan 4, era hacer la voluntad del Padre.
— Roberto Tinoco
Juan 5:42
JUAN 5:42 «Mas yo os conozco, que no tenéis amor de Dios en vosotros.» Jesús dice ἔγνωκα ὑμᾶς (égnōka hymâs), «os conozco». Esto recuerda Juan 2:25: Él sabía lo que había en el hombre. Y lo que falta no es información religiosa, sino ἀγάπην τοῦ θεοῦ (agápēn tou theoû), «amor de Dios». Pueden conocer mandamientos, discutir el sábado y escudriñar las Escrituras mientras el amor de Dios está ausente. Ésta es una advertencia que debería hacernos temblar suavemente. Podemos tener una cabeza llena de Biblia y un corazón vacío de Dios. La profundidad espiritual no se mide solamente por cuánto podemos explicar, sino también por cuánto hemos aprendido a amar. Finalmente todo se trata de amor.
— Roberto Tinoco
Juan 5:43
JUAN 5:43 «Yo he venido en Nombre de mi Padre, y no me recibís; si otro viniere en su propio nombre, a ése recibiréis.» Jesús viene ἐν τῷ ὀνόματι τοῦ πατρός μου (en tō onómati tou patrós mou), «en el Nombre de mi Padre». No busca construir una identidad independiente del Padre. Sin embargo, quienes lo rechazan pueden terminar recibiendo a alguien que venga ἐν τῷ ὀνόματι τῷ ἰδίῳ, «en su propio nombre». ¿Está hablando hacia el futuro señalando un anticristo? El corazón humano puede resistirse a la verdad humilde y sentirse fascinado por la grandeza autopromocionada. Esto sigue siendo peligrosamente actual. Nos impresiona quien habla mucho de sí mismo y podemos pasar de largo delante de quien sólo quiere mostrarnos al Padre Celestial. El ego sabe hacer propaganda; mientras que la verdad suele llegar sin espectáculo.
— Roberto Tinoco
Juan 5:44
JUAN 5:44 «¿Cómo podéis vosotros creer, pues recibís gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria que viene del Dios único?» Jesús pregunta **πῶς δύνασθε πιστεῦσαι; (pōs dýnasthe pisteûsai?)**, «¿cómo podéis creer?». Hay algo que está obstaculizando la fe: buscar gloria unos de otros. No dice simplemente que la aprobación humana sea desagradable. Dice que puede convertirse en obstáculo para creer. Si necesito que mi grupo me apruebe, será muy difícil seguir a Cristo cuando Cristo me lleve fuera de lo que mi grupo considera aceptable. Hay verdades que sólo podremos obedecer después de dejar de pedir permiso a la multitud. La fe como la adoración, necesitan audiencia de Uno. Cuando Dios es esa audiencia, podemos soportar que otras sillas queden vacías.
— Roberto Tinoco
Juan 5:45
JUAN 5:45 «No penséis que yo voy a acusaros delante del Padre; hay quien os acusa, Moisés, en quien tenéis vuestra esperanza.» La palabra es κατηγορήσω (katēgorḗsō), acusar. Jesús hace una afirmación sorprendente: no necesita convertirse en su acusador. Moisés, precisamente aquel en quien depositan su confianza, ya cumple esa función mediante la Ley. Ellos utilizan a Moisés para cuestionar a Jesús cuando en realidad Moisés habla de Jesús y eso les dice el Señor. El problema no es haber tomado demasiado en serio a Moisés. Es no haberlo tomado suficientemente en serio como para seguir la dirección hacia la que Moisés señalaba. Hay una ironía espiritual aquí: podemos utilizar la Biblia para defendernos de aquello que la Biblia quiere hacer en nosotros. La Palabra que usamos como escudo puede terminar convirtiéndose en espejo.
— Roberto Tinoco
Juan 5:46
JUAN 5:46 «Porque si creyeseis a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él.» Jesús hace una afirmación enorme: περὶ γὰρ ἐμοῦ ἐκεῖνος ἔγραψεν (perì gar emoû ekeînos égrapsen), «porque aquel escribió acerca de mí». Sus adversarios pensaban que tenían que elegir entre Moisés y Jesús. Cristo les responde que semejante elección es falsa: si realmente creyeran a Moisés, terminarían creyendo en Él. No porque Moisés y Cristo sean iguales, sino porque el ministerio de Moisés estaba orientado hacia una realidad que alcanzaría su plenitud en Cristo. La Ley no fue entregada para construir un camino paralelo al Hijo. Pablo dirá que «la ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo» (Gálatas 3:24). El maestro que verdaderamente entiende a Moisés termina escuchando pasos que vienen detrás de él o que llegarán a ser el cumplimiento de lo que habló Moisés. La referencia más directa probablemente incluye Deuteronomio 18:15: «Profeta de en medio de ti, de tus hermanos, como yo, te levantará Yahwéh tu Dios; a él oiréis». Pedro aplicará explícitamente esta promesa a Jesús en Hechos 3:22-23. Pero la afirmación de Cristo parece abarcar mucho más que un solo versículo. Todo el Pentateuco construye un lenguaje de redención que encuentra en Él su cumplimiento. Por ejemplo, en Génesis aparece la descendencia de la mujer que herirá la cabeza de la serpiente (Génesis 3:15); la descendencia de Abraham por medio de la cual serán benditas las naciones (Génesis 12:3; Gálatas 3:16); Isaac, el hijo amado, caminando hacia el monte del sacrificio mientras carga la madera (Génesis 22); y José, rechazado por sus hermanos pero posteriormente convertido en instrumento para salvarlos de la muerte. En Éxodo, un cordero muere y su sangre libra a una familia del juicio (Éxodo 12); Pablo dirá después: «Cristo, nuestra pascua, fue sacrificado por nosotros» (1 Corintios 5:7). Israel atraviesa las aguas y sale de esclavitud hacia una vida nueva. El maná desciende del cielo y, apenas un capítulo después de este pasaje, Jesús declarará: «Yo soy el pan de vida» (Juan 6:35). La roca da agua al pueblo sediento y Pablo escribirá: «la roca era Cristo» (1 Corintios 10:4). Moisés escribió acontecimientos históricos reales, pero la providencia de Dios estaba construyendo mediante ellos un vocabulario que permitiría reconocer al Hijo cuando llegara. Después viene el tabernáculo. Yahwéh ordena: «Harán un santuario para mí, y habitaré en medio de ellos» (Éxodo 25:8). Y Juan comenzó su Evangelio diciendo que «el Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros» (Juan 1:14). El verbo utilizado allí, eskēnōsen, evoca precisamente la idea de tabernaculizar. Luego, en Juan 2:21, descubrimos que Jesús hablaba del templo de su cuerpo. Lo que durante siglos fue expresado mediante tienda, cortinas, altar, sacerdocio y presencia, finalmente camina entre nosotros en una Persona. El tabernáculo decía: Dios quiere habitar con el hombre. Jesús dice: Dios ha venido a hacerlo, Emanuel. Levítico añade el lenguaje del sacrificio. Hay pecado, sangre, sacerdote, altar, expiación y acceso a Dios. Hebreos desarrollará extensamente cómo Cristo entra no con sangre ajena, sino mediante su propia sangre, y cómo su sacrificio posee una eficacia que los sacrificios repetidos anticipaban pero no podían consumar definitivamente (Hebreos 9–10). Otra vez, no se trata de despreciar aquello que vino antes. La sombra es preciosa precisamente porque nos permite reconocer la forma de Aquel que se acerca. Cuando finalmente aparece el Cordero, comprendemos por qué durante tantos siglos hubo sangre sobre el altar. Y Números nos entrega una conexión que Jesús mismo ya estableció en este Evangelio. Cuando Israel estaba muriendo por las serpientes, Moisés levantó la serpiente de bronce para que quien mirara viviera (Números 21:4-9). Jesús tomó esa historia y dijo: «Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado» (Juan 3:14). Por eso los padres de la Iglesia leyeron el Antiguo Testamento con los ojos puestos en Cristo. Ireneo de Lyon habló de la «recapitulación»: Cristo recoge en sí mismo la historia humana y la conduce hacia el propósito para el cual Dios la creó. Orígenes buscó con enorme intensidad el sentido espiritual de las Escrituras: la Escritura tiene una profundidad cristológica. No leemos el Antiguo Testamento intentando inventar a Cristo detrás de cada piedra; lo leemos sabiendo que toda la historia de redención camina hacia Él. Pero hay todavía algo más profundo. Jesús no dice solamente que Moisés escribió cosas parecidas a Él. Dice: «de mí escribió». Eso significa que Cristo no es simplemente una explicación posterior que los cristianos añadieron a Moisés. Según Jesús, Él ya estaba en el horizonte hacia el cual Moisés escribía. Esto conecta maravillosamente con Juan 8:56, donde dirá: «Abraham vuestro padre se gozó de que había de ver mi día; y lo vio, y se gozó». Los patriarcas vivían dentro de una promesa cuyo cumplimiento todavía no podían contemplar completamente. Ellos veían el amanecer desde lejos; nosotros conocemos el Nombre del Sol que estaba saliendo. Aquí podemos conectar también con Lucas 24. Después de la resurrección, dos discípulos caminan hacia Emaús completamente derrotados. Jesús se acerca y, «comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían» (Lucas 24:27). Más tarde ellos recordarán: «¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras?» (Lucas 24:32). Cuando Moisés es leído a la luz de Cristo, las Escrituras dejan de ser solamente información para convertirse en fuego dentro del corazón. Como Juan que ardía señalando a Cristo. También hay una ironía dolorosa en Juan 5. Los adversarios de Jesús están defendiendo a Moisés contra Aquel acerca de quien Moisés escribió. Es como abrazar una carta mientras rechazamos a la persona amada que la carta anunciaba. Conocen las palabras, protegen los mandamientos, discuten el sábado y honran al legislador, pero cuando la finalidad hacia la que todo apuntaba está delante de ellos, quieren matarla. La religión puede llegar a amar tanto las huellas de Dios que se moleste cuando Dios mismo entra en la habitación. Juan 5:46 deja de ser solamente una discusión con algunos dirigentes del primer siglo y se convierte en una pregunta para nosotros. Podemos leer Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio buscando información histórica, leyes, personajes, cronologías y doctrinas. Todo eso tiene valor. Pero Jesús nos invita a leer más profundamente: «de mí escribió él». Hay que buscar al Hijo. Hay que preguntarnos qué revela el texto acerca de la necesidad humana, la santidad de Dios, el sacrificio, el pacto, la presencia, la promesa y finalmente Cristo. Porque al final, Moisés no quería discípulos que terminaran solamente en Moisés. Juan el Bautista tampoco quería discípulos que terminaran en Juan. Los profetas tampoco querían que la mirada terminara sobre ellos. Todo concluye en Cristo Jesús. Moisés escribió con tinta acerca de la Palabra que un día se escribiría en carne delante de nosotros.
— Roberto Tinoco
Juan 5:47
JUAN 5:47 «Pero si no creéis a sus escritos, ¿cómo creeréis a mis palabras?» Jesús termina contrastando γράμμασιν (grámmasin), «escritos», con ῥήμασιν (rhḗmasin), «palabras». Si no creen lo que Moisés dejó escrito, ¿cómo creerán lo que Jesús está diciendo delante de ellos? No hay una batalla entre Moisés y Cristo. Hay una sola revelación avanzando hacia su plenitud. Esto recuerda Hebreos 1:1-2: «Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras... en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo». Yahwéh habló mediante profetas, símbolos, pactos y acontecimientos; finalmente habló en el Hijo. La Biblia es una conversación que durante siglos fue pronunciando una frase, y cuando llegó Cristo descubrimos cuál era la Palabra hacia la que toda la frase avanzaba. Y así termina Juan 5 de una manera sorprendente. Comenzó con un hombre que llevaba treinta y ocho años esperando junto a un estanque y termina con hombres que llevan años escudriñando las Escrituras. El paralítico escuchó una palabra de Jesús y se levantó. Los religiosos escuchan esa misma Palabra y se resisten. Uno tenía piernas que no funcionaban; los otros tienen corazones que no quieren venir. Quizá la parálisis más peligrosa del capítulo nunca estuvo junto a Betesda. El paralítico sabía que necesitaba ayuda; ellos podían caminar, estudiar, discutir y enseñar, pero se negaban a dar el paso más importante de todos: venir a Cristo para tener Vida.
— Roberto Tinoco