Juan 6
Jesús alimenta a cinco mil
1Después de esto, Jesús fue al otro lado del mar de Galilea, el de Tiberias.🗨📝 2Y le seguía gran multitud, porque veían las señales que hacía en los enfermos.🗨📝 3Entonces subió Jesús a un monte, y se sentó allí con sus discípulos.🗨📝 4Y estaba cerca la pascua, la fiesta de los judíos.🗨📝 5Cuando alzó Jesús los ojos, y vio que había venido a él gran multitud, dijo a Felipe: ¿De dónde compraremos pan para que coman éstos?🗨📝 6Pero esto decía para probarle; porque él sabía lo que había de hacer.🗨📝 7Felipe le respondió: Doscientos denarios de pan no bastarían para que cada uno de ellos tomase un poco.🗨📝 8Uno de sus discípulos, Andrés, hermano de Simón Pedro, le dijo:🗨📝 9Aquí está un muchacho, que tiene cinco panes de cebada y dos pececillos; mas ¿qué es esto para tantos?🗨📝 10Entonces Jesús dijo: Haced recostar la gente. Y había mucha hierba en aquel lugar; y se recostaron como en número de cinco mil varones.🗨📝 11Y tomó Jesús aquellos panes, y habiendo dado gracias, los repartió entre los discípulos, y los discípulos entre los que estaban recostados; asimismo de los peces, cuanto querían.🗨📝 12Y cuando se hubieron saciado, dijo a sus discípulos: Recoged los pedazos que sobraron, para que no se pierda nada.🗨📝 13Recogieron, pues, y llenaron doce cestas de pedazos, que de los cinco panes de cebada sobraron a los que habían comido.🗨📝 14Aquellos hombres entonces, viendo la señal que Jesús había hecho, dijeron: Este verdaderamente es el profeta que había de venir al mundo.🗨📝 15Pero entendiendo Jesús que iban a venir para apoderarse de él y hacerle rey, volvió a retirarse al monte él solo.🗨📝Jesús camina sobre el agua
16Al anochecer, descendieron sus discípulos al mar,🗨📝 17y entrando en una barca, iban cruzando el mar hacia Capernaum. Estaba ya oscuro, y Jesús no había venido a ellos.🗨📝 18Y se levantaba el mar con un gran viento que soplaba.🗨📝 19Cuando habían remado como veinticinco o treinta estadios, vieron a Jesús que andaba sobre el mar y se acercaba a la barca; y tuvieron miedo.🗨📝 20Mas él les dijo: Yo soy; no temáis.🗨📝 21Ellos entonces con gusto le recibieron en la barca, la cual llegó en seguida a la tierra adonde iban.🗨📝Jesús, el pan de vida
22El día siguiente, la gente que estaba al otro lado del mar vio que no había habido allí más que una sola barca, y que Jesús no había entrado en ella con sus discípulos, sino que éstos se habían ido solos.🗨📝 23Pero otras barcas habían arribado de Tiberias junto al lugar donde habían comido el pan después de haber dado gracias el Señor.🗨📝 24Cuando vio, pues, la gente que Jesús no estaba allí, ni sus discípulos, entraron en las barcas y fueron a Capernaum, buscando a Jesús.🗨📝 25Y hallándole al otro lado del mar, le dijeron: Rabí, ¿cuándo llegaste acá?🗨📝 26Respondió Jesús y les dijo: De cierto, de cierto os digo que me buscáis, no porque habéis visto las señales, sino porque comisteis el pan y os saciasteis.🗨📝 27Trabajad, no por la comida que perece, sino por la comida que a vida eterna permanece, la cual el Hijo del Hombre os dará; porque a éste señaló Dios el Padre.🗨📝 28Entonces le dijeron: ¿Qué debemos hacer para poner en práctica las obras de Dios?🗨📝 29Respondió Jesús y les dijo: Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado.🗨📝 30Le dijeron entonces: ¿Qué señal, pues, haces tú, para que veamos, y te creamos? ¿Qué obra haces?🗨📝 31Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: Pan del cielo les dio a comer.🗨📝 32Y Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: No os dio Moisés el pan del cielo, mas mi Padre os da el verdadero pan del cielo.🗨📝 33Porque el pan de Dios es aquel que descendió del cielo y da vida al mundo.🗨📝 34Le dijeron: Señor, danos siempre este pan.🗨📝 35Jesús les dijo: Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás.🗨📝 36Mas os he dicho, que aunque me habéis visto, no creéis.🗨📝 37Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera.🗨📝 38Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió.🗨📝 39Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero.🗨📝 40Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero.🗨📝 41Murmuraban entonces de él los judíos, porque había dicho: Yo soy el pan que descendió del cielo.🗨📝 42Y decían: ¿No es éste Jesús, el hijo de José, cuyo padre y madre nosotros conocemos? ¿Cómo, pues, dice éste: Del cielo he descendido?🗨📝 43Jesús respondió y les dijo: No murmuréis entre vosotros.🗨📝 44Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero.🗨📝 45Escrito está en los profetas: Y serán todos enseñados por Dios. Así que, todo aquel que oyó al Padre, y aprendió de él, viene a mí.🗨📝 46No que alguno haya visto al Padre, sino aquel que vino de Dios; éste ha visto al Padre.🗨📝 47De cierto, de cierto os digo: El que cree en mí, tiene vida eterna.🗨📝 48Yo soy el pan de vida.🗨📝 49Vuestros padres comieron el maná en el desierto, y murieron.📝 50Este es el pan que desciende del cielo, para que el que de él come, no muera.🗨📝 51Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo.🗨📝 52Entonces los judíos contendían entre sí, diciendo: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?🗨📝 53Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros.🗨📝 54El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero.🗨📝 55Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida.🗨📝 56El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece, y yo en él.🗨📝 57Como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre, asimismo el que me come, él también vivirá por mí.🗨📝 58Este es el pan que descendió del cielo; no como vuestros padres comieron el maná, y murieron; el que come de este pan, vivirá eternamente.🗨📝 59Estas cosas dijo en la sinagoga, enseñando en Capernaum.🗨📝Muchos discípulos abandonan a Jesús
60Al oirlas, muchos de sus discípulos dijeron: Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír?🗨📝 61Sabiendo Jesús en sí mismo que sus discípulos murmuraban de esto, les dijo: ¿Esto os ofende?🗨📝 62¿Pues qué, si viereis al Hijo del Hombre subir adonde estaba primero?🗨📝 63El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida.🗨📝 64Pero hay algunos de vosotros que no creen. Porque Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían, y quién le había de entregar.🗨📝 65Y dijo: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre.🗨📝 66Desde entonces muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él.🗨📝 67Dijo entonces Jesús a los doce: ¿Queréis acaso iros también vosotros?🗨📝 68Le respondió Simón Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.🗨📝 69Y nosotros hemos creído y conocemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.🗨📝 70Jesús les respondió: ¿No os he escogido yo a vosotros los doce, y uno de vosotros es diablo?🗨📝 71Hablaba de Judas Iscariote, hijo de Simón; porque éste era el que le iba a entregar, y era uno de los doce.🗨📝Texto bíblico: Reina-Valera 1960 © Sociedades Bíblicas en América Latina, 1960. Renovado © Sociedades Bíblicas Unidas, 1988. Utilizado con permiso. Ver todos los créditos
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Juan 6: RV60
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Juan 6:1
JUAN 6:1 «Después de esto, Jesús fue al otro lado del mar de Galilea, el de Tiberias.» Juan comienza con μετὰ ταῦτα (metà taûta), «después de estas cosas». Dejamos Jerusalén y Betesda y viajamos hacia el norte, al mar de Galilea, llamado aquí también «mar de Tiberias». El cambio geográfico parece sencillo, pero Juan nos está llevando hacia otro escenario de revelación. En Betesda, Jesús mostró que su Palabra puede levantar al hombre incapacitado. Ahora, frente a una multitud hambrienta, mostrará que su suficiencia puede alimentar aquello que los recursos humanos no alcanzan a satisfacer. El agua vuelve a acompañarnos. Juan 4 tuvo un pozo, Juan 5 un estanque y Juan 6 comienza junto a un mar. Es como si Juan hubiese diseñado conscientemente una alegoría progresiva acerca del agua. Junto al pozo descubrimos la Fuente; junto al estanque, la Palabra que vivifica; junto al mar descubriremos el Pan. Cristo no sólo responde a una necesidad del hombre. Allí donde aparece una nueva hambre, una nueva sed o una nueva impotencia, descubrimos otra dimensión de su suficiencia: Él es la Vida. El mar de Galilea será además escenario de dos revelaciones consecutivas. Primero Jesús alimentará a la multitud junto a sus orillas; después caminará sobre sus aguas. En una escena domina la escasez; en la siguiente, el caos. Cristo mostrará autoridad sobre ambas cosas. Lo poco no lo limita y la tormenta no lo detiene. La creación no es para Él una frontera, porque Juan ya nos dijo desde el principio que «todas las cosas por él fueron hechas» (Juan 1:3). Y aquí comienza a insinuarse el tema de todo el capítulo. La humanidad tiene hambre, pero todavía no sabe exactamente de qué. Cree necesitar pan, soluciones y milagros. Jesús atenderá compasivamente la necesidad inmediata, pero no permitirá que se detengan allí. Dios puede comenzar tocando nuestra necesidad visible para llevarnos hasta nuestra necesidad invisible. La multitud piensa que necesita alimento; Jesús sabe que necesita Vida.
— Roberto Tinoco
Juan 6:2
JUAN 6:2 «Y le seguía gran multitud, porque veían las señales que hacía en los enfermos.» La multitud ἠκολούθει (ēkoloúthei), «seguía», a Jesús porque contemplaba las σημεῖα (sēmeîa), señales que hacía sobre los enfermos. El apóstol Juan escoge cuidadosamente esa palabra. No son simplemente milagros sorprendentes; son señales. Una señal tiene valor, pero no termina en sí misma. Existe para dirigir la mirada hacia la realidad. El problema de la multitud será que aprenderá a disfrutar la señal sin comprender aquello hacia lo que señala. Más adelante Jesús les dirá: «Me buscáis, no porque habéis visto las señales, sino porque comisteis el pan y os saciasteis» (Juan 6:26). Es posible ver un milagro sin verdaderamente ver la señal. Sus ojos observaron multiplicación; sus estómagos experimentaron saciedad; pero todavía no habían reconocido al Pan. Ésa será la tensión de todo Juan 6. Esto conecta con Juan 2:23-25. Allí muchos creyeron viendo las señales, pero Jesús no se confiaba a ellos porque conocía lo que había en el hombre. Una fe que depende exclusivamente de señales puede entusiasmarse rápidamente y desaparecer con la misma rapidez cuando Cristo deja de hacer lo que esperábamos. La señal puede despertar la fe, pero no fue diseñada para sustituir una relación con Aquel hacia quien señala. Esto toca nuestras motivaciones. Podemos buscar a Jesús porque queremos sanidad, provisión, restauración familiar, respuesta o dirección. No está mal comenzar allí. Muchísimas personas llegaron a Cristo movidas inicialmente por una necesidad. La gracia sabe encontrarnos incluso cuando nuestras motivaciones todavía son pequeñas. Pero Jesús nos ama demasiado para dejarnos buscando solamente sus manos. La bendición puede llevarte hasta Cristo, pero llega un momento en que debes decidir si quieres la bendición o al Cristo que bendice. La multitud está siguiendo los milagros. Jesús comenzará lentamente a enseñarles a seguirlo a Él.
— Roberto Tinoco
Juan 6:3
JUAN 6:3 «Entonces subió Jesús a un monte, y se sentó allí con sus discípulos.» Jesús ἀνῆλθεν (anêlthen), «subió», al monte y se ἐκάθητο (ekáthēto), sentó con sus discípulos. Subir para descansar; así funciona el reino de los cielos. Por otro lado, sentarse era la postura habitual del maestro. Antes de convertirse en escenario de multiplicación, aquel monte se convierte en lugar de comunión y enseñanza entre Maestro y discípulos. Pero el monte tiene resonancias inevitables dentro de la historia bíblica. Moisés subió al Sinaí. Allí Yahwéh habló y entregó su Palabra. Ahora Jesús sube al monte y muy pronto aparecerán otros elementos del Éxodo: Pascua, multitud en un lugar apartado, pan, Moisés y maná. Juan está construyendo un ambiente en el que inevitablemente comenzaremos a descubrir que estamos frente a Alguien mayor que Moisés. Y eso es precisamente lo que ocurrirá. Moisés subió al monte para recibir la Palabra de Yahwéh; Jesús es el Verbo hecho carne. Moisés estuvo relacionado con el maná que Dios dio; Jesús declarará que Él mismo es el verdadero Pan del cielo. Moisés guió al pueblo atravesando el mar; unas páginas después veremos a Jesús caminando sobre el mar. La historia no se está repitiendo simplemente. Está encontrando a Aquel hacia quien venía apuntando. Antes de alimentar a la multitud, los discípulos están sentados cerca de Jesús. El orden importa. Primero presencia, después distribución. Primero comunión, después ministerio. Cuando invertimos el orden, terminamos intentando alimentar a otros con un pan que nosotros mismos dejamos de comer. Nadie puede repartir indefinidamente desde una cesta vacía. El ministerio saludable no comienza preguntando: «¿Qué voy a darle a la gente?». Comienza sentándose delante de Cristo y preguntando: «¿Qué quieres poner primero dentro de mí?»
— Roberto Tinoco
Juan 6:4
JUAN 6:4 «Y estaba cerca la pascua, la fiesta de los judíos.» Juan introduce un dato decisivo: estaba cerca τὸ πάσχα (to páscha), la Pascua. No es una nota de calendario sin importancia. De pronto, detrás de la multitud, en el monte y el pan comienza a proyectarse la sombra del Éxodo. Pascua significa esclavitud, cordero, sangre, liberación y salida de Egipto. Después de la Pascua vino el mar; después del mar, el desierto; y en el desierto, el maná. Ahora estamos cerca de Pascua, junto a un mar, con una multitud en un lugar apartado y a punto de recibir pan milagroso. Más adelante la propia multitud introducirá explícitamente a Moisés y el maná (6:30-31). El escenario está preparado: Jesús está cumpliendo el Éxodo, Él es la realidad prefigurada por Israel saliendo de Egipto. Pero Jesús será mayor que todo aquello. El cordero pascual protegió de la muerte; Juan ya llamó a Jesús «el Cordero de Dios» (Juan 1:29). Moisés atravesó el mar; Jesús caminará sobre él. El maná descendió del cielo; Jesús dirá: «Yo soy el pan vivo que descendió del cielo» (Juan 6:51). Israel comió maná y finalmente murió; quien come del Pan Cristo recibirá vida eterna. La multiplicación no debe aislarse del discurso posterior, sino entenderse como la ilustración del Pan de Vida. Primero Jesús realiza algo que pueden tocar y comer; después revelará la realidad espiritual hacia la que apuntaba aquello que tuvieron entre sus manos. Hay aquí un principio frecuente en la manera en que Dios nos enseña. Primero puede permitirnos experimentar algo de su gracia y después explicarnos la profundidad de aquello que vivimos. Los discípulos comen antes de comprender. Recogen las cestas antes de conocer completamente el significado. Años después recordarán que aquel pan no era solamente pan. La Pascua recordaba una liberación pasada. Jesús está preparando una liberación mayor. El primer Éxodo sacó a un pueblo de Egipto; Cristo viene a sacar al hombre de la muerte.
— Roberto Tinoco
Juan 6:5
JUAN 6:5 «Cuando alzó Jesús los ojos, y vio que había venido a él gran multitud, dijo a Felipe: ¿De dónde compraremos pan para que coman éstos?» La escena comienza con los ojos de Jesús: ἐπάρας τοὺς ὀφθαλμούς (epáras toùs ophthalmous), «levantando los ojos». Antes de que alguien le explique el problema, Jesús ve. Juan 5:6 utilizó la misma sensibilidad narrativa: Jesús vio al paralítico acostado y supo cuánto tiempo llevaba así. Ahora ve una multitud. La compasión de Cristo comienza viendo. Nosotros podemos aprender a pasar junto a necesidades sin verlas. Jesús no. La multitud no es para Él una masa anónima. Cada número representa una persona con hambre. Dios puede contar cinco mil sin dejar de ver uno. La grandeza de la multitud nunca diluye la mirada personal de Cristo. Entonces pregunta a Felipe: πόθεν (póthen), «¿de dónde compraremos pan?». Ésta es una palabra muy importante porque todo Juan 6 terminará respondiendo precisamente la pregunta del origen. ¿De dónde viene el pan? ¿De una aldea? ¿De Moisés? ¿Del desierto? Jesús terminará diciendo: «Mi Padre os da el verdadero pan del cielo» (Juan 6:32). Felipe escucha «¿de dónde?» y comenzará a pensar «¿cuánto?». Ahí está muchas veces nuestro problema. Dios nos habla de fuente y nosotros pensamos en cantidad. Él pregunta de dónde viene la provisión; nosotros sacamos la calculadora. Pero la pregunta más profunda de Juan 6 no será cuánto pan necesitamos, sino quién es el Pan. Cuando encontramos la respuesta a la segunda pregunta, la primera comienza a perder su poder.
— Roberto Tinoco
Juan 6:6
JUAN 6:6 «Pero esto decía para probarle; porque él sabía lo que había de hacer.» Jesús pregunta para πειράζων (peirázōn), «probar» a Felipe. El término puede utilizarse para prueba respecto a Dios y como tentación por el enemigo; pero aquí no existe intención de llevarlo al mal. Jesús está revelando y formando la fe de su discípulo. Y el apóstol Juan nos permite conocer algo que Felipe desconoce: «Él sabía lo que había de hacer». Esta frase cambia todo el relato. El problema es real, pero nunca estuvo fuera del conocimiento de Cristo. Antes de que Felipe calcule, antes de que Andrés encuentre al muchacho y antes de que aparezca el primer pan, Jesús ya conoce el final. Esto es profundamente consolador. Lo que para nosotros llega como emergencia puede llegar delante de Dios como escenario conocido. Nuestra sorpresa no es su sorpresa. Nosotros recibimos una llamada inesperada, un diagnóstico, una pérdida o una puerta cerrada y preguntamos: «¿Ahora qué hacemos?». Cristo nunca necesita pronunciar esa pregunta por desesperación. La prueba, entonces, no sirve para que Jesús descubra qué hay en Felipe. Sirve para que Felipe descubra qué hay en Felipe. Las pruebas revelan dónde hemos colocado nuestra seguridad. Cuando todo alcanza, creemos fácilmente que confiamos en Dios. La escasez descubre cuánto dependíamos realmente de nuestros recursos. Cuando tú todavía no sabes qué hacer, Cristo ya sabe lo que va a hacer. La fe no consiste en conocer anticipadamente todos sus movimientos. Consiste en conocer y confiar suficientemente a quien sí los conoce.
— Roberto Tinoco
Juan 6:7
JUAN 6:7 «Felipe le respondió: Doscientos denarios de pan no bastarían para que cada uno de ellos tomase un poco.» Felipe calcula διακοσίων δηναρίων (diakosíōn dēnaríōn), doscientos denarios. Un denario podía representar aproximadamente el salario de un día de trabajo. Está hablando de una cantidad enorme para el pequeño grupo de discípulos. Pero incluso semejante cantidad sería insuficiente para que cada persona recibiera βραχύ (brachý), «un poco». Felipe no está equivocado matemáticamente. Ésa es precisamente la fuerza de la escena. Puedes tener razón en tus cálculos y estar equivocado en tu conclusión si tus cálculos no incluyen a Cristo. La fe bíblica no desprecia las matemáticas, la medicina, la administración, la planificación o los recursos. Jesús mismo enseñó a calcular el costo antes de construir una torre. El problema aparece cuando convertimos el cálculo en profecía: «No alcanza, por lo tanto no puede suceder». El cálculo puede describir nuestros recursos; pero no puede medir los recursos de Dios. Felipe considera lo que tienen y lo compara con lo que necesitan. Ésa es la fórmula natural de la ansiedad. La fe introduce una tercera realidad: quién está presente. Cinco mil personas menos nuestros recursos produce desesperación. Cinco mil personas delante de Cristo es otra ecuación. Quizá la fe no consista en dejar de contar los panes, sino en dejar de pensar que después de contarlos ya conocemos toda la historia.
— Roberto Tinoco
Juan 6:8
JUAN 6:8 «Uno de sus discípulos, Andrés, hermano de Simón Pedro, le dijo...» El anciano Juan introduce a Ἀνδρέας (Andréas), Andrés. Y Andrés tiene una característica hermosa dentro de este Evangelio: suele aparecer acercando personas a Jesús. En Juan 1 encuentra a Simón y lo lleva a Cristo. Aquí encuentra al muchacho y sus panes. En Juan 12, cuando unos griegos quieren ver a Jesús, Felipe consulta a Andrés y juntos llevan la petición al Maestro. Andrés quizá no sea el discípulo que pronuncia los grandes discursos, pero parece tener un instinto espiritual valioso: cuando encuentra algo o alguien, sabe hacia dónde llevarlo. Felipe trae una imposibilidad. Andrés trae una posibilidad minúscula. Ninguno posee la respuesta, pero Andrés hace algo que puede parecer insignificante: pone lo poco disponible cerca de Jesús. Ése es un ministerio extraordinario. No todos multiplicarán panes. De hecho, ninguno de nosotros puede hacerlo. Pero todos podemos aprender a llevar hacia Cristo. Un padre puede llevar a sus hijos. Un amigo puede llevar a otro amigo. Un pastor puede llevar una congregación. Un discípulo puede llevar una necesidad. Andrés no sabe qué hará Jesús con aquello. Sólo sabe dónde debe ponerlo. La fe no siempre sabe qué hará Cristo; muchas veces simplemente sabe dónde llevar lo que tiene.
— Roberto Tinoco
Juan 6:9
JUAN 6:9 «Aquí está un muchacho, que tiene cinco panes de cebada y dos pececillos; mas ¿qué es esto para tantos?» El muchacho es παιδάριον (paidárion), un niño o jovencito. Posee cinco panes de κριθίνους (krithínous), cebada, y dos ὀψάρια (opsária), pequeños pescados o acompañamientos de pescado. La cebada era un alimento sencillo y económico. Todo en la escena habla de pequeñez. Existe además una resonancia bíblica interesante en 2 Reyes 4:42-44. Allí Eliseo recibe veinte panes de cebada y ordena alimentar a cien hombres. El siervo pregunta cómo puede poner tan poco delante de tantos; sin embargo, comen y sobra conforme a la Palabra de Yahwéh. En Juan 6 tenemos una escena semejante, pero ampliada de manera extraordinaria: cinco panes para miles. Jesús no sólo aparece dentro de la línea profética; la sobrepasa. Andrés pregunta: «¿qué es esto para tantos?». Esa frase podría escribirse sobre muchas cosas que entregamos a Dios. ¿Qué es mi capacidad frente a esta necesidad? ¿Qué son mis años frente a todo lo que falta? ¿Qué es mi iglesia frente a una ciudad? ¿Qué es mi oración frente a un problema tan grande? Dios acostumbra esconder grandeza dentro de formas que el mundo considera pequeñas. Belén era pequeña. David era el menor. Una semilla de mostaza parece insignificante. El Mesías llegó como niño. Lo mínimo de Jesús es mayor que nuestro máximo. Hay momentos en el ministerio y en la vida en que la pregunta de Andrés termina saliendo también de nuestra boca: «¿Qué es esto para tantos?» Consideramos nuestros recursos, nuestra capacidad, el tiempo disponible, nuestra experiencia, incluso nuestra fe, y todo parece pequeño frente a aquello que tenemos delante. Una familia que restaurar, hijos que formar, una iglesia que pastorear, una enfermedad que atravesar, una deuda que resolver, una persona que ayudar. Cinco panes. Dos peces. Cinco mil necesidades. Pero Jesús no le pidió al muchacho que produjera alimento para cinco mil personas. Sólo recibió aquello que el muchacho tenía. Ésta es una diferencia importantísima. Dios no te pide que seas suficiente para aquello que solamente Él puede hacer. Te pide disponibilidad. El muchacho no tenía que multiplicar el pan; tenía que soltarlo. Andrés no tenía que realizar el milagro; tenía que llevar lo poco hasta Jesús. Los discípulos no tenían que crear alimento; tenían que repartir aquello que pasaba por las manos de Cristo. Nuestra responsabilidad termina donde comienza la omnipotencia de Dios. Esto nos libera de dos peligros: el orgullo y la desesperación. El orgullo dice: «Yo puedo alimentar a todos». La desesperación dice: «Como no puedo alimentar a todos, no sirve de nada lo que tengo». Jesús desmonta ambas mentiras. Tú no puedes alimentar a todos, pero eso no significa que aquello que tienes sea inútil. Entre “yo puedo hacerlo todo” y “yo no puedo hacer nada” existe el lugar de la fe: “Señor, esto es lo que tengo; lo pongo en tus manos”. Quizá lo que tienes hoy sean cinco panes de tiempo, dos peces de fuerza y una cesta bastante vacía de ánimo. Entrégalo. Quizá tu oración te parezca pequeña. Ora. Quizá tu conocimiento bíblico todavía sea limitado. Comparte fielmente lo que sabes. Quizá no puedas resolver el sufrimiento de alguien. Siéntate junto a él. Quizá no puedas cambiar a tus hijos. Ámalos, enséñales y llévalos continuamente a Cristo. Dios nunca te pidió que ocuparas su lugar; te pidió que pusieras en sus manos aquello que Él puso primero en las tuyas. Y hay algo más: no despreciemos al muchacho. En una multitud de miles, alguien podría haber pensado que un niño y su almuerzo eran irrelevantes. Jesús no lo pensó. El Reino tiene una extraña economía: aquello que el mundo apenas cuenta, Dios puede contarlo entre los ingredientes de un milagro. Pablo dirá que Dios escogió «lo débil del mundo para avergonzar a lo fuerte» (1 Corintios 1:27). No porque la debilidad tenga poder en sí misma, sino porque deja todavía más claro de dónde vino el poder. Esto es especialmente importante en el servicio cristiano. Podemos compararnos con otros y pensar: «Él tiene más capacidad, ella tiene más preparación, aquella iglesia tiene más recursos, aquel ministerio tiene más alcance». Pero Jesús no preguntó al muchacho por los panes de otra persona. Le interesaban los que estaban en sus manos. La comparación nos hace despreciar nuestra porción; la consagración nos enseña a entregarla. Y quizá aquí encontramos la pregunta pastoral del versículo. No es solamente: «¿qué tienes?» Y tampoco: «¿es suficiente?» La respuesta a esa segunda pregunta será casi siempre no, si estamos hablando de nuestras fuerzas. La pregunta decisiva es: «¿en manos de quién está lo que tienes?» Porque cinco panes en nuestras manos siguen siendo cinco panes. Pero lo pequeño entregado a Cristo deja de estar limitado por la pequeñez de quien lo entregó. No esperes tener más para comenzar a obedecer. No esperes sentirte suficiente para servir. No esperes que desaparezca la desproporción entre tu capacidad y tu llamado. Entrega el pan. La multiplicación le corresponde a Él.
— Roberto Tinoco
Juan 6:10
JUAN 6:10 «Entonces Jesús dijo: Haced recostar la gente. Y había mucha hierba en aquel lugar; y se recostaron como en número de cinco mil varones.» Antes de multiplicar un solo pan, Jesús ordena: ποιήσατε τοὺς ἀνθρώπους ἀναπεσεῖν (poiḗsate toùs anthrṓpous anapeseîn), «haced que la gente se recueste». Resulta interesante el orden. Dios bendijo a la creación en el principio; pero primero la puso en orden, luego le puso vida, y solo entonces la bendijo. ¿Has leído el Génesis? Dios no bendice el desorden y no les daría de comer sin que primero estuvieran en grupos perfectamente ordenados. Además, el Señor bendice la fe. La multitud todavía no ha visto la solución, pero Jesús le pide adoptar la postura de quien está a punto de comer. La obediencia precede a la evidencia. Deben sentarse delante de una mesa que todavía no pueden ver. Esto es fe. Hay momentos en que la fe trabaja, pero hay otros en que la fe se sienta. «Haced recostar la gente». Todavía existen cinco mil personas y sólo cinco panes, pero Jesús está allí. Descansar no significa que ya no existe la necesidad; significa que hemos dejado de comportarnos como si la solución dependiera exclusivamente de nosotros. Juan menciona πολὺς χόρτος (polýs chórtos), «mucha hierba». Marcos añade que se sentaron sobre «la hierba verde» (Marcos 6:39). Parece que Juan está citando deliberadamente el Salmo 23: «En lugares de delicados pastos me hará descansar». Tenemos multitud, hierba, alimento y a Cristo tomando responsabilidad por la necesidad del pueblo. Más adelante Jesús se revelará como el Buen Pastor (Juan 10:11). Aquí, antes de decirlo, ya comienza a manifestarse como tal. Israel fue una multitud alimentada por Yahwéh en el desierto; ahora otra multitud se encuentra en un lugar apartado y recibe alimento de manos de Jesús. Sin embargo, hay una diferencia enorme. Moisés tuvo que preguntar a Yahwéh cómo alimentar al pueblo. Jesús ya «sabía lo que había de hacer». Moisés fue mediador de la provisión; Jesús es la Fuente de la provisión. Quizá algunos milagros comienzan con una orden que nuestro activismo encuentra difícil: siéntate. Deja de correr por un momento. Deja de intentar multiplicar tú mismo los panes. El Pastor ya vio a la multitud. El Pastor ya conoce la necesidad. El Pastor ya sabe lo que va a hacer.
— Roberto Tinoco
Juan 6:11
JUAN 6:11 «Y tomó Jesús aquellos panes, y habiendo dado gracias, los repartió entre los discípulos, y los discípulos entre los que estaban recostados; asimismo de los peces, cuanto querían.» Jesús ἔλαβεν (élaben), «tomó», los panes y εὐχαριστήσας (eucharistḗsas), «habiendo dado gracias», los distribuyó. De eucharistéō procede la palabra «eucaristía», muy usada en los círculos católicos para referirse a lo que llamamos La Cena del Señor. La acción es sencilla y, al mismo tiempo, profundamente significativa: Jesús toma, agradece y da. Más adelante encontraremos movimientos semejantes alrededor de la Cena del Señor. Poco a poco, Juan 6 avanzará hacia el lenguaje de comer Su carne y beber Su sangre. Me impresiona que Jesús dé gracias antes de que la multitud vea la abundancia. Delante de sus ojos siguen estando cinco panes. Nosotros solemos agradecer cuando contamos las doce cestas; Cristo agradece cuando todavía tiene cinco panes. La gratitud de la fe no necesita esperar a que la provisión sea visible para reconocer al Proveedor. Quizá agradecemos demasiado tarde: después de ver. Jesús nos enseña también a agradecer antes de comprender cómo será suficiente. Cristo permite a los discípulos participar en la distribución. El poder no procede de ellos, pero el pan pasa por sus manos. Ésta es una imagen pastoral magnífica del ministerio, ya que ningún predicador fabrica Pan de Vida y ningún maestro produce revelación por sí mismo. No podemos crear vida espiritual por nosotrtos mismos. Recibimos de Cristo y repartimos. Nuestro honor no consiste en ser la panadería, sino en estar suficientemente cerca del Pan para poder llevarlo hasta otros. Y entonces Juan añade una expresión que destruye los cálculos de Felipe: ὅσον ἤθελον (hóson ḗthelon), «cuanto querían». Felipe había dicho que doscientos denarios no alcanzarían para que cada uno recibiera «un poco». Jesús no entrega un poco. Les da cuanto quieren. La multitud no termina simplemente alimentada; termina satisfecha. El Señor no bendice con lo justo y necesario, sino con abundancia. Esto satisface más allá del estómago, el alma. Lo necesario es compasión; lo abundante es amor. Bendice a mil por uno, ya que hizo de cinco panes alimento de cinco mil varones, ¡sin contar mujeres y niños! Cristo es el Pan de Vida más allá de lo suficiente. La señal que Juan está relatando va preparando nuestros corazones para entender 6:35: «El que a mí viene, nunca tendrá hambre». Cuando Cristo se convierte en el alimento, la pregunta deja de ser si alcanzará y comienza a ser cuánto estamos dispuestos a recibir.
— Roberto Tinoco
Juan 6:12
JUAN 6:12 «Y cuando se hubieron saciado, dijo a sus discípulos: Recoged los pedazos que sobraron, para que no se pierda nada.» La palabra ἐνεπλήσθησαν (eneplḗsthēsan) significa «fueron llenos, quedaron satisfechos». Es importante detenernos aquí. Jesús no les dio una pequeña muestra para demostrar su poder. Comieron hasta quedar satisfechos. La señal no habla solamente de capacidad; habla de suficiencia. El amor siempre da yendo más allá de la necesidad. Eso conecta profundamente con el tema del Evangelio. En Juan 2, Jesús produjo vino en abundancia. En Juan 4 ofreció agua que termina con la sed más profunda. Ahora produce pan hasta la saciedad. Juan nos está mostrando una y otra vez que en Cristo no encontramos una gracia raquítica, administrada con miedo a que se termine. Juan 1:16 ya lo había anunciado: «De su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia». Cristo no es apenas suficiente. Es abundantemente suficiente. Pero inmediatamente después de mostrar abundancia, Jesús ordena cuidado: συναγάγετε (synagágete), «recoged», los fragmentos, ἵνα μή τι ἀπόληται (hína mḗ ti apólētai), «para que nada se pierda». Ésta es una combinación preciosa: el Dios que puede multiplicar infinitamente también valora los pedazos. Poder producir más no convierte en despreciable aquello que ya dio. La abundancia divina nunca justifica nuestro desperdicio. Dios nos llama a ser buenos administradores no desperdiciando nada. Y si Cristo muestra cuidado incluso por los fragmentos del pan, cuánto más por las personas que le pertenecen. El mismo verbo apollymi, «perder, perecer», aparece significativamente en Juan 6:39 cuando Jesús dice que la voluntad del Padre es que no pierda nada de todo lo que le ha dado. Quizá tú te sientas como un fragmento. Algo roto, pequeño, sobrante, aquello que nadie recogería después de que terminó la comida. Jesús tiene una extraña ternura por lo que otros considerarían desechable. En su Reino, quebrado no significa inútil y pequeño no significa olvidado. El mismo Cristo que alimenta multitudes todavía tiene ojos para los pedazos.
— Roberto Tinoco
Juan 6:13
JUAN 6:13 «Recogieron, pues, y llenaron doce cestas de pedazos, que de los cinco panes de cebada sobraron a los que habían comido.» Aparecen δώδεκα κοφίνους (dṓdeka kophínous), «doce cestas». De inmediato pensamos en los doce discípulos y, también en las doce tribus de Israel. Jesucristo es el Pan de Vida que sustenta a su pueblo, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Pacto; además de mostrar Su generosidad. Después de que todos quedaron satisfechos, todavía hubo sobra. La necesidad agotó el hambre de la multitud; no agotó los recursos que Cristo tiene para su reino. Hay una imagen devocional que me parece especialmente hermosa. Imagina a los discípulos recogiendo las cestas. Felipe, que había calculado la imposibilidad, carga ahora una. Andrés, que preguntó «¿qué es esto para tantos?», carga otra cesta. Sus brazos están sosteniendo la respuesta de Jesús a sus propios razonamientos. Dios puede permitir que terminemos cargando aquello que antes habíamos declarado imposible. Las cestas se convierten en una lección que pesa entre las manos. Llevamos dos mil años alimentándonos de Cristo y todavía no hemos agotado el Pan. Millones han llegado antes que nosotros. Ireneo comió de este Pan. Orígenes comió. Crisóstomo comió. Los creyentes anónimos de siglos de persecución comieron. Nuestros padres espirituales comieron. Nosotros llegamos siglos después y la mesa sigue servida. Esto ocurre porque Cristo no se divide hasta desaparecer cuando se entrega. Su plenitud no disminuye porque muchos participen de ella. Cada generación descubre que otros comieron antes, pero nadie dejó vacía la despensa del cielo. Hay panes que se terminan al repartirlos. Cristo se revela inagotable precisamente mientras se entrega.
— Roberto Tinoco
Juan 6:14
JUAN 6:14 «Aquellos hombres entonces, viendo la señal que Jesús había hecho, dijeron: Este verdaderamente es el profeta que había de venir al mundo.» La multitud reconoce que ha contemplado un σημεῖον (sēmeîon), «señal», y concluye: οὗτός ἐστιν ἀληθῶς ὁ προφήτης (hoûtós estin alēthōs ho prophḗtēs), «éste verdaderamente es el Profeta». El artículo importa: no piensan simplemente que Jesús sea uno más entre los profetas. Probablemente están recordando Deuteronomio 18:15, donde Moisés prometió: «Profeta de en medio de ti, de tus hermanos, como yo, te levantará Yahwéh tu Dios; a él oiréis». La conclusión tiene sentido. Estamos cerca de Pascua. Hay una multitud en un lugar apartado. Aparece pan milagrosamente. Moisés está flotando, por decirlo así, sobre toda la escena. Pero precisamente aquí comienza el contraste: Moisés estuvo presente cuando Dios dio pan; Jesús toma el pan y lo multiplica. Y más adelante corregirá expresamente a la multitud: «No os dio Moisés el pan del cielo, mas mi Padre os da el verdadero pan del cielo» (6:32). Jesús es efectivamente el Profeta prometido, pero es muchísimo más. Éste es un patrón recurrente en el evangelio de Juan. Nicodemo dijo «maestro venido de Dios», pero Jesús era más. La samaritana dijo «profeta», pero Jesús era más. La multitud dice ahora «el Profeta», y nuevamente Jesús es más. Cada título correcto parece quedarse pequeño cuando intenta contenerlo. Hay aquí una advertencia espiritual importante. Podemos decir cosas verdaderas acerca de Cristo y todavía conocerlo insuficientemente. La ortodoxia comienza con confesiones correctas, pero no termina allí. No basta tener la respuesta correcta en un examen doctrinal si nuestro corazón todavía quiere utilizar a Jesús para sus propios fines. Eso quedará demostrado inmediatamente. La multitud ha leído parcialmente la señal, pero no ha comprendido el Reino. Reconocen correctamente al Profeta y reaccionan equivocadamente ante Él. Una verdad teológica puede estar en nuestros labios mientras una ambición carnal continúa sentada en nuestro corazón. La revelación no sólo debe cambiar lo que decimos acerca de Cristo. Debe cambiar lo que permitimos que Cristo diga acerca de nosotros.
— Roberto Tinoco
Juan 6:15
JUAN 6:15 «Pero entendiendo Jesús que iban a venir para apoderarse de él y hacerle rey, volvió a retirarse al monte Él solo.» Jesús γνούς (gnoús), «sabiendo», comprende lo que la multitud pretende. Quieren ἁρπάζειν (harpázein), «tomarlo, apoderarse de Él», y hacerlo βασιλέα (basiléa), rey. La ironía es extraordinaria: quieren obligar al verdadero Rey a aceptar la clase de reino que ellos han imaginado para Él. Ten cuidado cuando intentas hacer el reino a tu medida y al Rey para tus deseos. El contexto político ayuda a entenderlo. Israel vivía bajo dominio romano y las expectativas de liberación eran intensas. Un hombre capaz de sanar enfermedades y alimentar miles sin cadenas de suministro podía parecer el rey perfecto. Podría alimentar un ejército. Podría resolver escasez. Podría encabezar una revolución. El milagro despierta no solamente fe, sino imaginación política. El problema no consiste en llamarlo Rey. Jesús es Rey. Natanael ya lo confesó: «Tú eres el Rey de Israel» (Juan 1:49). Pilato colocará sobre la cruz de Cristo: «Jesús Nazareno, Rey de los judíos» (Juan 19:19). Apocalipsis lo llamará «Rey de reyes». El problema es que quieren coronarlo según su agenda en vez de rendirse a su Reino. Esto recuerda poderosamente la tentación del desierto. Satanás ofreció a Jesús los reinos del mundo mediante un camino que evitaba la cruz. Ahora una multitud entusiasmada le ofrece una corona igualmente prematura. Una corona sin cruz sigue siendo una tentación aunque venga acompañada de aplausos. Con frecuencia tu también eres tentado así. El enemigo siempre ofrece atajos y caminos alternos al de Dios, ¿no ofreció a la mujer en el huerto de Edén ser como Dios sin Dios? Y Jesús se retira μόνος (mónos), «solo», al monte. Esto revela una libertad interior extraordinaria. Acaba de realizar el milagro que cualquier líder utilizaría para aumentar su plataforma. Tiene miles de personas emocionadas, una oportunidad histórica y reconocimiento mesiánico, pero Jesús se marcha. ¿Por qué? Porque Juan 5:30 ya nos dio la respuesta: «No busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió». Jesús no permite que el entusiasmo popular escriba su agenda. No está en campaña política ni de popularidad. Su identidad no depende de una encuesta y su llamado no cambia porque una multitud grite su Nombre. No toda puerta abierta viene de Dios. No toda oportunidad de crecer debe aceptarse. No todo aplauso confirma el propósito. Hay oportunidades que pueden alejarnos de la voluntad de Dios precisamente porque parecen demasiado buenas para rechazarlas. Más adelante Jesús dirá: «el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo» (Juan 6:51). La multitud quiere un rey que produzca pan. El Padre ha enviado un Rey que se convertirá en Pan entregándose a sí mismo. Ellos quieren coronarlo para evitar el hambre; pero Jesús irá a la cruz para vencer la muerte. Ellos quieren utilizar su poder para conservar esta vida; pero Él quiere entregar su vida para darles otra clase de Vida. La multitud vio pan y quiso un Rey que satisficiera sus necesidades; pero Jesús vio una multitud y decidió que un día Él mismo sería el Pan partido para darle Vida. Y por eso se retira. Porque el verdadero Rey no aceptará una corona que le permita evitar la cruz.
— Roberto Tinoco
Juan 6:16
JUAN 6:16 «Al anochecer, descendieron sus discípulos al mar.» El apóstol Juan introduce una transición sencilla: ὡς δὲ ὀψία ἐγένετο (hōs dè opsía egéneto), «cuando llegó la tarde». Hace apenas unas horas los discípulos estaban sobre un monte contemplando uno de los milagros más extraordinarios del ministerio de Jesús. Ahora descienden hacia el mar y comienza a oscurecer. El mismo día contiene abundancia y tormenta, monte y mar, multitud y soledad. El verbo κατέβησαν (katébēsan), «descendieron», es geográficamente natural: bajan desde la zona elevada hacia el lago. Pero también podemos verlo como una imagen de las temporadas en que parece que la vida comienza a ir «hacia abajo»: menos tranquilidad, menos claridad, menos fuerzas. Hay días que comienzan recogiendo cestas y terminan remando en la oscuridad. Esto corrige una idea ingenua de la vida cristiana. Haber experimentado ayer una gran manifestación de Dios no significa que hoy no habrá viento. Los discípulos no están entrando en el mar después de alejarse de Cristo. Según los sinópticos, Jesús mismo los hizo entrar en la barca (Mateo 14:22; Marcos 6:45). Puedes encontrarte en una tormenta precisamente mientras estás obedeciendo. No toda dificultad significa que tomaste el camino equivocado. Y hay algo profundamente humano aquí. Nosotros queremos conservar el monte. Queremos que el momento de multiplicación dure indefinidamente. Pero Jesús permite que los discípulos bajen. La fe no puede vivir solamente de experiencias luminosas. Tiene que aprender también a caminar cuando cae la tarde. El Dios del monte sigue siendo Dios cuando descendemos hacia el mar.
— Roberto Tinoco
Juan 6:17
JUAN 6:17 «Y entrando en una barca, iban cruzando el mar hacia Capernaum. Estaba ya oscuro, y Jesús no había venido a ellos.» Los discípulos entran en πλοῖον (ploîon), una barca, y se dirigen hacia Capernaum. Entonces Juan coloca juntas dos frases que producen una sensación extraordinaria: σκοτία ἤδη ἐγεγόνει (skotía ḗdē egegónei), «ya había llegado la oscuridad», y οὔπω ἐληλύθει πρὸς αὐτοὺς ὁ Ἰησοῦς, «Jesús todavía no había venido a ellos». Oscuridad y aparente ausencia de Jesús. En el Evangelio de Juan, σκοτία (skotía), oscuridad, posee además una idea teológica. Juan 1:5 dijo que «la luz en las tinieblas resplandece». Nicodemo llegó «de noche». Judas saldrá a traicionar a Jesús y Juan dirá: «era ya de noche» (Juan 13:30). Aquí la oscuridad es primeramente una descripción temporal real, pero el lector de Juan difícilmente puede evitar sentir también su peso simbólico. Tenemos que aprender a avanzar también cuando parece que Dios no está presente. La ausencia de Jesús era aparente y temporal. Marcos añade que desde tierra Jesús los vio «remando con gran fatiga» (Marcos 6:48). Ellos no podían verlo, pero Él sí podía verlos. Ésa es una revelación: la ausencia de percepción no significa ausencia de presencia. «No veo a Dios» y «Dios no está» son dos afirmaciones completamente diferentes. Nuestra experiencia puede decir: «Jesús todavía no ha venido». La verdad puede ser que Jesús ya nos está viendo desde donde nosotros no podemos verlo. Hay noches espirituales en las que no sentimos nada extraordinario. Oramos y no cambia inmediatamente el viento. Abrimos la Biblia y no aparece una respuesta espectacular. Seguimos remando. En esos momentos la fe aprende una de sus lecciones más difíciles: Dios sigue siendo real cuando no es perceptible. La oscuridad limita tus ojos. Nunca limita los Suyos.
— Roberto Tinoco
Juan 6:18
JUAN 6:18 «Y se levantaba el mar con un gran viento que soplaba.» Juan describe el mar agitado por ἀνέμου μεγάλου πνέοντος (anémou megálou pnéontos), «un gran viento que soplaba». El mar de Galilea se encuentra en una depresión rodeada de elevaciones, y puede experimentar cambios bruscos de viento y oleaje. Varios de los discípulos eran pescadores. No eran hombres completamente inexpertos frente al agua, lo cual hace todavía más significativa su dificultad. El mar simbólicamente es como un mundo caótico y hostil. Según Apocalipsis 17:15 el mar sí puede representar alegóricamente pueblos, muchedumbres, naciones y lenguas; esto es, el mundo. Génesis comienza con tinieblas sobre el abismo; el diluvio muestra aguas desatadas que cubrió todo y murió todo ser viviente; el Salmo 107 describe marineros que claman a Yahwéh en la tormenta. Jonás tuvo su experiencia de muerte con el mar igualmente. Así como la bestia que prefigura el anticristo sube del mar, refiriéndose al mundo sin Dios (Apocaslipsis 13:1). A Moisés lo hizo abrir el mar; pero Jesús caminó sobre el agua. El Antiguo Testamento presenta a Yahwéh con autoridad exclusiva sobre el mar. Job 9:8 dice que Dios «anda sobre las ondas del mar». El Salmo 77:19 declara: «En el mar fue tu camino, y tus sendas en las muchas aguas». Cuando Juan nos muestre a Jesús caminando sobre el mar, no estará simplemente narrando una acrobacia sobrenatural. Está utilizando una imagen que las Escrituras habían reservado para la soberanía de Yahwéh. Moisés abrió el mar para atravesarlo; Jesús camina sobre él. Moisés necesitó que Yahwéh dominara las aguas; Jesús se acerca ejerciendo dominio sobre ellas. Cuando sigues a Moisés atraviesas el problema y eres vencedor; pero cuando sigues a Cristo estás por encima del problema, y lo usas a tu favor (Jesús caminó sobre él para alcanzar a sus discípulos). Hay problemas que Dios abre para que los atravesemos. Hay otros sobre los que Cristo simplemente camina. Aquello que amenaza con estar sobre tu cabeza está debajo de sus pies.
— Roberto Tinoco
Juan 6:19
JUAN 6:19 «Cuando habían remado como veinticinco o treinta estadios, vieron a Jesús que andaba sobre el mar y se acercaba a la barca; y tuvieron miedo.» Los discípulos han remado εἴκοσι πέντε ἢ τριάκοντα σταδίους (eíkosi pénte ē triákonta stadíous), veinticinco o treinta estadios, aproximadamente entre 4.5 y 5.5 kilómetros. Están suficientemente lejos de la orilla como para que la llegada de Jesús resulte humanamente inexplicable. Para que el milagro sea milagro, guarda cierta dictancia con la normalidad. Entonces sucede: θεωροῦσιν τὸν Ἰησοῦν περιπατοῦντα ἐπὶ τῆς θαλάσσης, «ven a Jesús caminando sobre el mar». El verbo περιπατέω (peripatéō) significa caminar. No está nadando, aferrándose a algo ni luchando contra las olas. Literalmente camina. Aquí Job 9:8 resulta especialmente impresionante. La Septuaginta describe a Dios como quien «camina sobre el mar como sobre tierra». Los discípulos están contemplando algo que, dentro de la memoria bíblica de Israel, pertenece al gobierno de Yahwéh sobre la creación. El Creador de Juan 1 está caminando sobre aquello que creó. ¿No podrá erguirse también sobre toda experiencia de tu vida? Pero la reacción de los discípulos es ἐφοβήθησαν (ephobḗthēsan), «tuvieron miedo». Y esto contiene una paradoja fascinante: temían la tormenta, pero cuando aparece la solución también les produce temor. Cuando vieron al Señor caminando en el agua tuvieron miedo. La mayoría eran pescadores y habían visto tormentas, eran hombres recios, duros; pero nunca había estado en una tormenta en donde una silueta humana caminara entre las olas. Así que tuvieron miedo. ¿te has encontrado con una situación totalmente nueva? ¿Algo para lo que no estabas preparado? Lo peor de esto es estar en la tormenta y asustarse de Dios. Cuando más debes buscarle no es para dejarle. Si tienes problemas no culpes a Dios de hacerte mal o abandonarte. Por imposible que parezca, Él está por manifestarse; y lo hará en formas que no imaginas. Hay quienes quieren salir de la tormenta, pero en cuanto les dices que Dios puede sacarlos, se asustan más de Dios, por decirlo así, que de la tormenta y prefieren seguir ahí. He visto a quienes se abrazan de su dolor, de su pecado o de su mala vida por miedo a que Jesús venga a sus vidas de forma distinta a lo que esperaban. Mateo y Marcos añaden que pensaron que era un fantasma. Lo conocido era terrible, pero lo desconocido parecía todavía peor. Así somos nosotros. Podemos acostumbrarnos incluso a nuestros problemas y sentir temor cuando Dios comienza a moverse de una manera diferente a la que habíamos imaginado. Pedimos que venga. Después viene caminando sobre el agua y decimos: «Nunca lo había visto así». La respuesta de Dios no siempre llega vestida como nuestra expectativa. Y hay algo precioso en la última expresión: «se acercaba a la barca». No caminaba sobre el mar para exhibir poder. Caminaba hacia ellos. El milagro tiene dirección. No puedes estar tan lejos que Cristo no pueda llegar hasta ti. Cinco kilómetros de agua embravecida son un obstáculo para un hombre. No para Él. Ni la noche ni el mar lo detuvieron. El viento no lo hizo retroceder. La tormenta que te impide llegar hasta Cristo no necesariamente puede impedir que Cristo llegue hasta ti.
— Roberto Tinoco
Juan 6:20
JUAN 6:20 «Mas él les dijo: Yo soy; no temáis.» Aquí llegamos al corazón del bloque. Jesús pronuncia: ἐγώ εἰμι· μὴ φοβεῖσθε (egṓ eimi; mē phobeîsthe), literalmente: «Yo soy; no temáis». En el nivel inmediato, egō eimi puede significar simplemente «soy yo». Jesús se identifica para tranquilizar a los discípulos. Pero en el evangelio de Juan estas palabras tienen un significado imposible de ignorar. ἐγώ εἰμι, «Yo Soy», aparecerá repetidamente en labios de Jesús y alcanzará una fuerza extraordinaria en Juan 8:58: «Antes que Abraham fuese, Yo Soy». Además, el escenario de dominio sobre el mar recuerda las descripciones veterotestamentarias de Yahwéh. Hay una conexión con la revelación divina a Moisés y con el nombre «Yo Soy» (Éxodo 3). El que dice «soy yo» es también Aquel que Juan está revelando como el eterno «Yo Soy». Y observa que Jesús no comienza diciendo: «La tormenta terminará». Dice: «Yo Soy». Sólo entonces expresa después: «No temáis». El remedio para el temor no comienza con información acerca de la tormenta, sino con revelación acerca de Cristo. Queremos escuchar: «el viento se detendrá en cinco minutos». Jesús puede responder: «Yo estoy aquí». Ésa es una diferencia espiritual enorme. Nuestra paz suele depender de respuestas: ¿qué va a pasar?, ¿cuándo terminará?, ¿cómo se resolverá? Jesús ofrece primero su Persona. La fe madura cuando la presencia de Cristo comienza a ser una respuesta suficiente aun antes de que sepamos cómo terminará la tormenta. Como dijo el profeta: Isaías 43:2: «Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo». Dios no promete que nunca habrá aguas. Promete presencia dentro de ellas. El Salmo 23 tampoco dice que no exista valle de sombra de muerte; dice: «no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo». El gran antídoto bíblico contra el temor no es siempre: «Esto no sucederá». En ocasiones es: «Yo estoy contigo». Cristo no es simplemente alguien capaz de hacer un milagro. Es el Yo Soy acercándose a la barca. Cuando sabes quién viene, el tamaño de la ola deja de ser la información más importante de la escena.
— Roberto Tinoco
Juan 6:21
JUAN 6:21 «Ellos entonces con gusto le recibieron en la barca, la cual llegó en seguida a la tierra adonde iban.» La reacción cambia completamente. Primero tuvieron miedo; ahora ἤθελον οὖν λαβεῖν αὐτὸν εἰς τὸ πλοῖον, «quisieron recibirlo en la barca». Algunas traducciones expresan acertadamente la disposición como recibirlo «con gusto». La presencia que hace unos segundos los asustaba se convierte ahora en la Presencia que desean cerca. Ésta es una transformación espiritual importante. El miedo comienza a desaparecer cuando reconocemos quién es el que viene hacia nosotros. No cambió primero el mar. Cambió su percepción de Jesús. Aquello que pensaban que era una nueva amenaza resultó ser su Señor. Juan añade entonces que εὐθέως (euthéōs), «inmediatamente», la barca llegó a la tierra hacia donde iban. Esto parece ser otro milagro, ya que estaban lejos de la orilla y, sin embargo, en cuanto Jesús entra en la barca, han llegado a su destinop. ¿No es esto maravilloso? Con el Señor todo es posible. Juan no menciona aquí explícitamente que la tormenta cesara, aunque Mateo y Marcos sí describen que el viento se calmó en sus relatos paralelos. Juan concentra su atención y su fe en otra cosa: Jesús entra en la barca y llegan a su destino. Nosotros queremos principalmente que Cristo quite la tormenta. Él quiere llevarnos al destino. No siempre son exactamente la misma petición. Podemos convertir toda nuestra oración en: «Señor, que deje de soplar». Dios puede estar trabajando con una pregunta mayor: «¿A dónde te estoy llevando?» Hay tormentas que queremos evitar y que, sin embargo, terminan enseñándonos algo acerca de Cristo que nunca habríamos aprendido en tierra firme. Antes de aquella noche, los discípulos sabían que Jesús podía multiplicar el pan; pero después de aquella noche sabían algo más: el mar tampoco podía impedirle llegar. En 6:1–15 aprendieron que Cristo es suficiente cuando no alcanza el pan. En 6:16–21 aprenden que Cristo es suficiente cuando no alcanzan las fuerzas. Primero enfrentaron escasez; ahora enfrentan la tormenta. Pero en ambas escenas, la respuesta final no es una técnica, sino una Persona. Hay noches en que Jesús parece no haber llegado todavía, en donde mares y vientos se levantan, los remos pesan y las distancias parecen enormes; pero si tienes una relación con Jesús, no confundas «todavía no lo veo» con «Él no viene». Porque puede estar mucho más cerca de tu barca de lo que la oscuridad te permite distinguir. Y cuando finalmente escuches su voz sobre el ruido del viento, quizá no te explique primero la tormenta, sino su identidad: «Yo Soy. No temas».
— Roberto Tinoco
Juan 6:22
JUAN 6:22 «El día siguiente, la gente que estaba al otro lado del mar vio que no había habido allí más que una sola barca, y que Jesús no había entrado en ella con sus discípulos, sino que éstos se habían ido solos.» Juan comienza τῇ ἐπαύριον (tē epaúrion), «al día siguiente». La multitud despierta después de haber comido milagrosamente y descubre un pequeño misterio. Había una sola barca. Los discípulos salieron en ella, pero Jesús no subió con ellos. Sin embargo, pronto descubrirán que Jesús tampoco está donde lo dejaron. Humanamente, las cuentas no cuadran. Nosotros conocemos algo que ellos desconocen: durante la noche Jesús caminó sobre el mar. Ellos están intentando reconstruir el movimiento de Cristo utilizando únicamente los datos que poseen. Una barca y doce discípulos, pero Jesús se quedó. Por tanto, Jesús debería seguir allí. El problema es que Cristo acaba de hacer algo que no cabe dentro de sus cálculos. Hay aquí una continuidad preciosa con Felipe en 6:7. Felipe calculó cuánto dinero necesitarían para alimentar a la multitud. Ahora la multitud calcula cómo pudo Jesús cruzar el lago. En ambos casos, el razonamiento funciona perfectamente mientras se limita a las posibilidades humanas. Pero Juan 6 está enseñándonos que no podemos encerrar a Cristo dentro de aquello que sabemos calcular. Esto no significa que la fe deba despreciar la razón. Juan ofrece detalles precisamente porque quiere que pensemos. Pero la razón cristiana aprende humildad delante de Cristo. Hay un momento en que nuestros datos llegan hasta el borde del mar y tienen que admitir: «No sé cómo llegó hasta allí». Esto también toca nuestra necesidad de entender todos los movimientos de Dios. Queremos reconstruir cómo hará lo que prometió, por qué tomó determinada ruta, cómo resolverá aquello que parece imposible. Pero la fe no siempre recibe un mapa del trayecto. No necesitas comprender cómo cruzó el mar para encontrarlo al otro lado. Déjate sorprender por Dios; no todo tiene una explicación.
— Roberto Tinoco
Juan 6:23
JUAN 6:23 «Pero otras barcas habían arribado de Tiberias junto al lugar donde habían comido el pan después de haber dado gracias el Señor.» Llegan otras πλοιάρια (ploiária), pequeñas embarcaciones, desde Tiberias. Juan identifica el lugar no simplemente como el sitio del milagro, sino como aquel donde «habían comido el pan después de haber dado gracias el Señor». Pero lo verdaderamente significativo es que vuelva a mencionar la acción de gracias. El verbo procede otra vez de εὐχαριστέω (eucharistéō), dar gracias. Juan podría haber dicho sencillamente «donde Jesús multiplicó los panes». Sin embargo, recuerda el momento mediante la gratitud de Cristo. El milagro permanece asociado al gesto de tomar lo poco y agradecer al Padre. Esto refuerza lo que observamos en 6:11 acerca de la Cena del Señor. Los primeros cristianos, naturalmente, escucharon este lenguaje con oídos que entendían esta celebración, especialmente después de las palabras posteriores acerca de comer la carne y beber la sangre de Cristo. Por ejemplo, Juan Crisóstomo, comentando este capítulo, presta atención al hecho de que Cristo da gracias y ve allí también una enseñanza para sus discípulos: el Hijo utiliza el milagro para dirigir la vista al Padre y formar a quienes lo observan. La acción poderosa no produce independencia de Dios, sino gratitud. Cuanto mayor la obra, más evidente la comunión con el Padre. La multitud recordará dónde comió. Juan recuerda además cómo comenzó el milagro: con gratitud. Nosotros solemos recordar nuestras necesidades, pero debemos recordar también los altares de gratitud que las acompañaron. Hay lugares que se vuelven santos en nuestra memoria porque allí descubrimos que lo poco, agradecido en manos de Cristo, podía convertirse en suficiente.
— Roberto Tinoco
Juan 6:24
JUAN 6:24 «Cuando vio, pues, la gente que Jesús no estaba allí, ni sus discípulos, entraron en las barcas y fueron a Capernaum, buscando a Jesús.» Ahora aparece una expresión que, aislada, parece magnífica: ζητοῦντες τὸν Ἰησοῦν (zētoûntes ton Iēsoûn), «buscando a Jesús». Suben a las barcas, cruzan el lago y van hasta Capernaum. Hay esfuerzo, intención y perseverancia. Si el relato terminara aquí, probablemente admiraríamos a la multitud. «¡Qué hambre de Dios! Cruzaron el mar buscando a Jesús». Pero el versículo 26 nos obligará a ser más cuidadosos. Jesús conoce por qué lo buscan. Se puede buscar intensamente a Jesús, pero aún así, buscarlo por aquello que esperamos recibir de Él. Ésta es una verdad incómoda pero necesaria. No toda búsqueda espiritual tiene la misma profundidad. Podemos orar mucho porque estamos desesperados por una solución. Podemos acercarnos a la iglesia porque necesitamos restauración. Podemos abrir la Biblia porque queremos una respuesta concreta. Dios, en su misericordia, puede recibirnos allí. Pero después comenzará a purificar nuestra búsqueda. El Salmo 27:8 dice: «Mi corazón ha dicho de ti: Buscad mi rostro. Tu rostro buscaré, Yahwéh». Hay una diferencia entre buscar la mano y buscar el rostro. La mano representa lo que Dios puede dar; el rostro, a Dios mismo. No necesitamos despreciar sus dones para amar su Rostro. El problema aparece cuando el don nos interesa y el Dador sólo funciona como medio para conseguirlo. Agustín desarrolló constantemente esta distinción entre usar y disfrutar: las cosas creadas deben conducirnos hacia Dios, mientras Dios mismo es el bien último en quien descansa el corazón. Esa intuición ilumina magníficamente esta escena. La multitud corre el riesgo de convertir a Cristo en un medio para conseguir pan. Es posible atravesar un mar entero buscando a Jesús y todavía necesitar descubrir por qué lo estamos buscando.
— Roberto Tinoco
Juan 6:25
JUAN 6:25 «Y hallándole al otro lado del mar, le dijeron: Rabí, ¿cuándo llegaste acá?» Finalmente lo encuentran: εὑρόντες αὐτὸν (heuróntes autón), «habiéndolo encontrado». Y preguntan: «Rabí, ¿cuándo llegaste acá?». Curiosamente, Jesús no responderá la pregunta. Ellos quieren saber cuándo y probablemente implícitamente cómo. Nosotros conocemos la respuesta: llegó atravesando el mar de una manera que ellos no pueden imaginar. Pero Jesús considera que existe una pregunta más importante que aquella que han formulado. Esto es muy característico del Evangelio de Juan. Nicodemo pregunta cómo puede un hombre volver al vientre; Jesús continúa hablando del nacimiento de arriba. La samaritana pregunta dónde conseguir el agua; Jesús lleva la conversación hasta la adoración y el Mesías. Aquí preguntan cuándo llegó; Jesús responde revelando por qué ellos llegaron. Cristo no siempre responde primero la pregunta que sale de nuestra boca. Puede responder la pregunta que nuestro corazón todavía no sabe formular. Nosotros preguntamos: «¿Cuándo vas a resolverlo?». Él puede preguntarnos: «¿Por qué necesitas tanto que se resuelva?». Preguntamos: «¿Cómo llegaste aquí?». Él pregunta: «¿Por qué me buscaste?». Hay una diferencia entre curiosidad y revelación. Saber cómo caminó sobre el agua habría sido fascinante. Descubrir por qué lo estaban buscando podía transformar sus vidas. Jesús deja sin responder la pregunta que alimentaría su curiosidad para responder la que puede darles vida y sanar su corazón.
— Roberto Tinoco
Juan 6:26
JUAN 6:26 «Respondió Jesús y les dijo: De cierto, de cierto os digo que me buscáis, no porque habéis visto las señales, sino porque comisteis el pan y os saciasteis.» Jesús comienza solemnemente: ἀμὴν ἀμὴν (amēn amēn), «de cierto, de cierto». Y entonces descubre su motivación: ζητεῖτέ με (zēteîté me), «me buscáis». El problema no es que lo busquen. El problema es por qué. «No porque habéis visto las señales». Esto parece extraño, porque 6:2 dijo que lo seguían porque veían señales. Pero ahora Jesús distingue entre contemplar un milagro y comprenderlo como señal. Vieron la multiplicación, pero no entendieron aquello hacia lo que apuntaba. Si realmente hubieran «visto» la señal en el sentido profundo, con el espíritu, el pan los habría llevado a preguntar quién es Jesús. En cambio, el pan los llevó a preguntar dónde pueden conseguir más pan. La expresión final es ἐχορτάσθητε (echortásthēte), «fuisteis saciados». Originalmente podía utilizarse para alimentar hasta quedar lleno. Ellos experimentaron una satisfacción real, pero temporal. El estómago lleno de ayer vuelve a tener hambre hoy. Esa es precisamente la diferencia que Jesús comenzará a desarrollar entre βρῶσις ἀπολλυμένη, alimento que perece, y el alimento que permanece para vida eterna. La multitud siguió a Jesús por el sustento de la vida natural, mientras Él quería enseñarles a buscarlo como sustento de la Vida eterna. Éste es el corazón del pasaje. Jesús no desprecia el pan natural. Él mismo acaba de proporcionarlo. El problema comienza cuando queremos reducir al Hijo eterno de Dios al tamaño de nuestras necesidades temporales. Podemos hacer lo mismo. «Jesús, arregla mi matrimonio». «Sana mi cuerpo». «Abre esta puerta». «Resuelve mis finanzas». «Ayuda a mis hijos». Todas pueden ser oraciones legítimas. Pero si Cristo hace todo eso y después nos vamos satisfechos sin querer conocerlo más, hemos comido el pan y perdido la señal. Crisóstomo percibía aquí la corrección de Cristo como una medicina para elevar a la multitud desde el interés material hacia las realidades espirituales. Jesús no los rechaza porque comenzaron buscando pan. Los confronta porque quiere llevarlos más arriba. Ésa es la gracia de Cristo: recibe nuestras motivaciones pequeñas, pero no permite que sigan siendo pequeñas para siempre.
— Roberto Tinoco
Juan 6:27
JUAN 6:27 «Trabajad, no por la comida que perece, sino por la comida que a vida eterna permanece, la cual el Hijo del Hombre os dará; porque a éste señaló Dios el Padre.» Aquí comienza formalmente el gran discurso. Jesús dice: ἐργάζεσθε (ergázesthe), «trabajad, ocupaos, esforzaos». Pero inmediatamente establece un contraste entre dos alimentos: βρῶσιν τὴν ἀπολλυμένην (brōsin tēn apollyménēn), «el alimento que perece», y aquel que μένει (ménei), «permanece», para vida eterna. Jesús no está condenando el trabajo cotidiano. Él mismo trabajó. El apóstol Pablo enseñará inspirado por el Espíritu que quien no quiere trabajar tampoco coma (2 Tesalonicenses 3:10). El contraste es de prioridades últimas. Podemos invertir toda nuestra existencia en aquello que inevitablemente perecerá mientras descuidamos aquello que seguirá teniendo valor cuando todo lo temporal desaparezca. Isaías 55:2 se escucha detrás de estas palabras: «¿Por qué gastáis el dinero en lo que no es pan, y vuestro trabajo en lo que no sacia? Oídme atentamente, y comed del bien». Siglos antes, Yahwéh ya había formulado la misma pregunta al corazón humano: ¿por qué gastar la vida alimentándonos de aquello que nunca conseguirá satisfacernos definitivamente? Y entonces aparece una paradoja preciosa. Jesús dice «trabajad», pero después declara que ese alimento «el Hijo del Hombre os dará», δώσει (dṓsei). ¿Trabajar o recibir? El siguiente movimiento resolverá la tensión: la «obra de Dios» será creer en Aquel que Él envió (Juan 6:29). Trabajamos para descubrir que el alimento eterno no se compra; se recibe. La vida natural necesita sustento natural, mientras la Vida eterna necesita el Pan de Vida. El problema no consiste en comer pan terrestre. El problema es intentar alimentar con él una parte de nosotros que fue creada para Dios: la vida espiritual. Orígenes tenía una sensibilidad especial hacia el alimento espiritual de la Palabra. En su lectura cristiana de las Escrituras, el alma necesita nutrirse de aquello que procede de Dios y elevarse desde la superficie hacia la realidad espiritual. Esa intuición ilumina bien el texto, siempre que mantengamos a Cristo mismo como centro: el alimento que permanece no es simplemente conocimiento religioso. El discurso terminará revelando que es Él. Y entonces Jesús añade: «porque a éste señaló Dios el Padre». El verbo es ἐσφράγισεν (esphrágisen), «selló». Un sello indicaba autenticidad, propiedad o autorización. El Padre ha puesto su sello sobre el Hijo. Podemos relacionarlo con el testimonio del Padre, el descenso del Espíritu en el bautismo y las obras que Jesús acaba de mencionar en Juan 5. Aquí aparece una revelación preciosa: la multitud está trabajando para conseguir pan, pero el Padre ya ha señalado dónde está el verdadero Pan. La humanidad corre de mesa en mesa intentando satisfacer su hambre; Dios ha colocado su sello sobre una Persona: Jesucristo. Este versículo nos obliga a revisar en qué estamos gastando la vida. Todos estamos trabajando por algún tipo de pan. Algunos por reconocimiento. Otros por seguridad. Otros por dinero, placer, éxito, influencia o aprobación. Incluso podemos trabajar intensamente en el ministerio buscando un pan que tampoco satisface: resultados, crecimiento, reconocimiento espiritual. La pregunta no es solamente: «¿estás trabajando?» Sino: «¿qué alimento estás intentando comprar con tu vida?» Porque podemos llegar al final habiendo conseguido exactamente aquello por lo que trabajamos y descubrir que pereció antes que nosotros. Jesús ofrece algo diferente: un alimento que μένει, permanece. No sólo hasta mañana ni hasta la próxima crisis; no sólo mientras tengamos salud; sino hasta la eternidad. Y hay una última belleza en la frase: «el Hijo del Hombre os dará». El alimento eterno no es salario, sino un regalo. No terminamos este versículo con las manos llenas de méritos; lo terminamos con las manos abiertas. Porque el Pan que permanece no se compra, sino que se recibe de Cristo.
— Roberto Tinoco
Juan 6:28
JUAN 6:28 «Entonces le dijeron: ¿Qué debemos hacer para poner en práctica las obras de Dios?» La multitud ha escuchado a Jesús decir: «Trabajad... por la comida que a vida eterna permanece». Su reacción resulta completamente natural: «¿Qué debemos hacer?» La expresión griega es τί ποιῶμεν (tí poiōmen), «¿qué hagamos?». Después preguntan por τὰ ἔργα τοῦ θεοῦ (tà érga tou theoû), «las obras de Dios». El sustantivo está en plural: obras. Quieren saber qué acciones deben realizar para conseguir aquello de lo que Jesús acaba de hablar. La pregunta revela una inclinación profundamente humana. Cuando escuchamos hablar de vida eterna, nuestra primera reacción puede ser: «Dime qué tengo que hacer para ganarla». Queremos una lista, un método, un esfuerzo o algo que podamos colocar delante de Dios y decir: «Cumplí». La religión natural del corazón humano prefiere una escalera que pueda subir antes que unas manos vacías que tengan que recibir. Esto recuerda al joven rico: «Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?» (Marcos 10:17). También al intérprete de la Ley en Lucas 10:25: «¿Haciendo qué cosa heredaré la vida eterna?». La pregunta aparece una y otra vez porque toca una fibra profunda y religiosa del hombre: queremos convertir la gracia en salario. Si puedo ganarla, entonces todavía conservo algo de control. Pero observa la contradicción que ya estaba en el versículo anterior. Jesús había dicho que el alimento eterno «el Hijo del Hombre os dará». Ellos escucharon «trabajad», pero parece que no escucharon «os dará». Nosotros hacemos algo parecido. La gracia habla de regalo y nuestra mente inmediatamente comienza a calcular el precio. Es la prioridad de la gracia: incluso aquello que Dios obra después en nosotros comienza por aquello que Dios nos da. Esta escena prepara precisamente esa verdad. La multitud pregunta por las obras que ellos pueden presentar; Jesús les mostrará la obra que los lleva a recibir. Esto también alcanza a quienes llevamos años en la fe. Podemos transformar la vida cristiana en una interminable lista de rendimiento: oré, leí, serví, prediqué, ayuné, di, asistí. Todas esas disciplinas pueden ser hermosas. Pero ninguna puede sustituir la relación con Cristo. Las obras cristianas son fruto de la Vida; pero nunca pueden convertirse en sustituto de la Vida. El árbol no vive porque produce fruto. Produce fruto porque primero recibió vida.
— Roberto Tinoco
Juan 6:29
JUAN 6:29 «Respondió Jesús y les dijo: Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado.» Ellos preguntaron por obras, plural. Jesús responde con τὸ ἔργον τοῦ θεοῦ (to érgon tou theoû), «la obra de Dios», singular. Y entonces pronuncia: ἵνα πιστεύητε (hína pisteúēte), «que creáis», en Aquel a quien Dios envió. Jesús no está diciendo que la fe sea una obra meritoria mediante la cual compramos la salvación. Todo el contexto va en dirección contraria. El alimento es algo que el Hijo da. Creer significa dejar de intentar ser nuestra propia fuente y confiar en Aquel que el Padre envió. La fe es la mano vacía que descubre que su vacío no es una desventaja cuando Cristo quiere llenarla. Esto conecta directamente con Juan 3:16: «todo aquel que en él cree... tenga vida eterna». También con 5:24: «el que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna». Juan está siendo extraordinariamente consistente. La Vida no se consigue mediante acumulación de méritos; se recibe mediante relación de fe con el Hijo. Pero la fe bíblica tampoco es simple aceptación intelectual. πιστεύω (pisteúō) implica confiar, descansar, entregar el peso de la vida. Creer que una silla existe no es lo mismo que sentarse sobre ella. Creer en Cristo significa colocar sobre Él el peso de nuestra esperanza, nuestra culpa, nuestro futuro y nuestra eternidad. Hay una conexión poderosa con Génesis 15:6: Abraham «creyó a Yahwéh, y le fue contado por justicia». Antes de Sinaí, antes de las obras de la Ley, aparece un hombre creyendo la promesa de Dios. Pablo construirá sobre ese texto en Romanos 4. La fe nunca fue una ocurrencia tardía del Evangelio. Desde el principio, Dios buscó corazones que confiaran en su palabra. Y aquí aparece algo todavía más profundo: Jesús dice creer «en el que Él ha enviado». La fe cristiana no es fe genérica en que «algo bueno ocurrirá». Tiene objeto. Tiene rostro. La fe que salva no es confianza en nuestra capacidad de creer; es confianza en Cristo. Crisóstomo observa en este pasaje que Jesús dirige a la multitud desde su obsesión por el alimento material hacia la fe en Él. El movimiento es importante: no les entrega una lista más larga. Los lleva hacia una Persona. Quizá podamos expresarlo así: Ellos preguntaron: «¿Qué debemos hacer?»Y Jesús respondió, en esencia: «Antes de hacer, tienen que recibir». La vida cristiana producirá muchas obras, pero todas ellas nacen después de esta: creer en el Hijo.
— Roberto Tinoco
Juan 6:30
JUAN 6:30 «Le dijeron entonces: ¿Qué señal, pues, haces tú, para que veamos, y te creamos? ¿Qué obra haces?» La respuesta de la multitud resulta casi increíble. Preguntan: τί οὖν ποιεῖς σὺ σημεῖον (tí oûn poieîs sý sēmeîon), «¿qué señal haces tú?». ¡Acaban de comer pan multiplicado milagrosamente! El día anterior cinco panes alimentaron a miles. Y ahora preguntan: «¿Qué señal haces?» Esto revela algo acerca de la incredulidad: una señal nunca es suficiente para el corazón que ha decidido que necesita otra señal. Juan 2 ya mostró personas creyendo por señales sin llegar todavía a una fe profunda. Ahora encontramos el otro extremo: personas que reciben una señal extraordinaria y al día siguiente piden otra más. Habían sido alimentados con el desayuno de un muchacho y todavía pedían una señal para creer. No les falta evidencia reciente. Les falta comprender el significado de la evidencia. La expresión «para que veamos, y te creamos» revela además el orden que ellos exigen: primero ver, después creer. El anciano Juan irá conduciéndonos hacia una bienaventuranza diferente. Después de la resurrección Jesús dirá a Tomás: «Bienaventurados los que no vieron, y creyeron» (Juan 20:29). No se trata de fe ciega, sino de una fe que aprende a confiar en la revelación suficiente de Cristo sin exigir que Dios vuelva a demostrar diariamente quién es. Podemos vivir diciendo: «Señor, si haces esto, entonces sabré que estás conmigo». Entonces Dios en su misericordia responde. Después aparece otra crisis y repetimos: «Ahora sí, si haces esto otro...». Así convertimos nuestra relación con Dios en una sucesión de exámenes que nosotros le aplicamos a Él. Israel hizo algo parecido en el desierto. Había visto Egipto juzgado, el mar abierto y la provisión divina de agua y maná, pero preguntaba repetidamente: «¿Está, pues, Yahwéh entre nosotros, o no?» (Éxodo 17:7). El milagro de ayer no impidió la duda de hoy. Sólo la fe madura aprende a construir memoria y no necesita que Dios vuelva a presentar sus credenciales cada mañana. La cruz ya ocurrió; es más, la tumba ya quedó vacía. El Hijo ya fue dado, esto es mucho más que suficiente.
— Roberto Tinoco
Juan 6:31
JUAN 6:31 «Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: Pan del cielo les dio a comer.» Ahora comprendemos qué clase de señal desean. Introducen el μάννα (mánna), maná, y citan una tradición basada especialmente en Éxodo 16:4 y Salmo 78:24: «Pan del cielo les dio a comer». La comparación parece ser ésta: Moisés alimentó a una nación durante décadas; Jesús alimentó una multitud una vez. Si Jesús pretende ser el Profeta que dijo Moisés, quieren algo comparable o mayor. El milagro de ayer, en lugar de conducirlos a adoración, se convierte en punto de partida para exigir el milagro de mañana. Pero hay un error escondido en su frase: «nuestros padres comieron». Se sienten orgullosos del maná de sus antepasados. Más adelante Jesús les recordará algo incómodo: «Vuestros padres comieron el maná en el desierto, y murieron» (Juan 6:49). El maná fue un regalo de Dios, pero nunca tuvo la capacidad de comunicar vida eterna. Los judíos veneraban ahora el maná que sus propios antepasados habían llegado a despreciar, llamándolo «pan liviano» en el desierto. Hay aquí una ironía humana muy reconocible: podemos romantizar la provisión de ayer que, si hubiéramos vivido entonces, quizá también habríamos murmurado contra ella. Esto conecta con Juan 4. La samaritana preguntó: «¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob?» Ahora la multitud coloca implícitamente a Moisés delante de Jesús. Una y otra vez, las grandes figuras del pasado se convierten en medida con la que intentan evaluar a Cristo. Pero Juan escribe para invertir la comparación. No debemos preguntar si Jesús alcanza la grandeza de Moisés; lo que debemos hacer es descubrir que Moisés estaba señalando a Jesús. El maná tampoco era el destino, era sólo una señal en el desierto. La sombra fue gloriosa. Pero la sombra nunca fue el verdadero Pan.
— Roberto Tinoco
Juan 6:32
JUAN 6:32 «Y Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: No os dio Moisés el pan del cielo, mas mi Padre os da el verdadero pan del cielo.» Otra vez aparece ἀμὴν ἀμὴν (amēn amēn), «de cierto, de cierto». Jesús va a corregir dos cosas: quién dio el pan y cuál es el verdadero Pan. Primero: «No os dio Moisés». El maná nunca fue regalo de Moisés. Éxodo 16 lo deja claro: Yahwéh dijo «he aquí yo os haré llover pan del cielo». Moisés fue un siervo para el milagro; pero Dios es la Fuente del milagro. Atribuían a Moisés la generosidad de Dios. Podemos amar tanto a las personas mediante quienes Dios nos bendijo que terminemos atribuyéndoles lo que sólo Dios produjo. Un pastor nos alimentó, un maestro nos enseñó, alguien oró por nosotros, una iglesia nos recibió. Debemos honrarlos y amarlos. Pero el pan nunca fue de Moisés. El buen siervo reparte, pero es Dios quien alimenta. Después Jesús cambia el tiempo verbal de una manera preciosa: «mi Padre os da», δίδωσιν (dídōsin), presente. Ellos hablan del pasado: «dio». Jesús habla del presente: «da». Están recordando el pan que cayó siglos atrás mientras el Padre está poniendo delante de ellos el verdadero Pan ahora. Ésta es una de las tragedias de la religión: podemos estar tan ocupados celebrando lo que Dios dio que no reconocemos lo que Dios da. Honramos el avivamiento antiguo, el mover pasado, la generación anterior, los héroes de la fe, y eso puede ser hermoso. Pero el Dios que dio maná ayer sigue dando Pan hoy. Y Jesús lo llama τὸν ἄρτον τὸν ἀληθινόν (ton árton ton alēthinón), «el pan verdadero». Alēthinós en Juan suele expresar no simplemente lo contrario de falso, sino aquello que es pleno, definitivo, la realidad hacia la que otras cosas apuntaban, lo eterno. Jesús es la Luz verdadera (Juan 1:9), el verdadero Pan, la Vid verdadera (Juan 15:1). El maná era alimento; pero no era el alimento definitivo, eterno y verdadero. Era pan que caía del cielo; pero Cristo es el Pan que vino del cielo.
— Roberto Tinoco
Juan 6:33
JUAN 6:33 «Porque el pan de Dios es aquel que descendió del cielo y da vida al mundo.» Aquí Jesús comienza a retirar el velo. ὁ γὰρ ἄρτος τοῦ θεοῦ (ho gar ártos tou theoû), «el pan de Dios», es el que καταβαίνων (katabaínōn), «desciende», del cielo y ζωὴν διδοὺς τῷ κόσμῳ (zōḕn didoùs tō kósmō), «da vida al mundo». La multitud piensa todavía en una cosa; pero Jesús está hablando de una Persona. La forma gramatical puede inicialmente mantener cierta ambigüedad para ellos, pero el versículo 35 la destruirá completamente: «Yo soy el Pan de Vida». Observa además la diferencia con el maná. El maná sostenía una vida que ya existía. Cristo da Vida. El maná mantenía físicamente a Israel durante el desierto. Cristo comunica ζωή (zōḗ), la palabra que Juan utiliza para la Vida divina y eterna. Juan 1:4 ya lo había anunciado: «En Él estaba la Vida». Y la extensión también cambia: τῷ κόσμῳ (tō kósmō), «al mundo». El maná cayó alrededor del campamento de Israel. El Pan de Dios viene para el mundo. Esto nos devuelve a Juan 3:16: «De tal manera amó Dios al mundo». También a 4:42, donde los samaritanos confesaron a Jesús como «Salvador del mundo». La revelación se ensancha: ya no es sólo Israel ni sólo para Judea. Ya no se trata sólo de los religiosos ni sólo de quienes conocen a Moisés. Ahora es el cumplimiento del misterio de Cristo, se trata de todo el mundo (Efesios 3:4-6). Lo único que puede llenar con vida eterna es Cristo mismo. El Padre no ha enviado simplemente una enseñanza mejor, una religión más completa o una provisión más abundante. Dios ha dado a su Hijo. Ireneo veía la encarnación dentro de este gran movimiento descendente de la gracia: el Hijo entra verdaderamente en nuestra humanidad para comunicarnos la Vida de Dios. El Hijo se hizo lo que somos para llevarnos hacia la comunión con lo que Él es por naturaleza. Juan 6 comienza a expresarlo mediante alimento: la Vida celestial ha descendido hasta quedar al alcance del hambriento. El hombre no construye una escalera hasta el cielo para conseguir Pan; sino que el Pan desciende. La gracia siempre tiene primero dirección descendente. Dios viene hacia nosotros antes de que nosotros sepamos cómo llegar hasta Él.
— Roberto Tinoco
Juan 6:34
JUAN 6:34 «Le dijeron: Señor, danos siempre este pan.» La respuesta recuerda inmediatamente a la samaritana: «Señor, dame esa agua» (Juan 4:15). Aquí dicen: κύριε, πάντοτε δὸς ἡμῖν τὸν ἄρτον τοῦτον (Kýrie, pántote dòs hēmîn ton árton toûton), «Señor, danos siempre este pan». En ambos relatos existe una comprensión todavía incompleta. La samaritana pensaba inicialmente en agua que le evitara volver al pozo. La multitud piensa probablemente en un pan permanente que elimine su necesidad de trabajar por alimento. En ambos casos Jesús habla de una realidad celestial mientras sus oyentes todavía la traducen a comodidad terrenal. Pero no debemos despreciar demasiado rápido su petición. Hay algo correcto dentro de su incomprensión: πάντοτε (pántote), «siempre». Han comenzado a desear aquello de lo que Jesús habla, aunque todavía no saben exactamente qué están pidiendo. Esto recuerda también Juan 2, donde las personas disfrutaron el vino sin comprender todavía toda la señal. Juan muestra repetidamente que podemos experimentar primero la gracia y comprender después la profundidad de aquello que recibimos. Dios puede comenzar respondiendo a un hambre que conocemos para despertar en nosotros otra hambre que todavía no sabemos nombrar. La petición también recuerda la oración que Jesús enseñó: «El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy» (Mateo 6:11). Allí pedimos legítimamente la provisión cotidiana del Padre. Pero Juan 6 nos lleva todavía más profundo. Hay un pan que necesitamos cada día para mantener la vida natural, y existe un Pan sin el cual no podemos poseer la Vida eterna. La vida natural requiere el sustento del pan natural y la vida eterna necesita igualmente el Pan de Vida. Jesús no desprecia el primero, pues acaba de multiplicarlo. Simplemente se niega a permitir que confundamos sobrevivir con vivir. Y aquí vuelve a aparecer el paralelismo con Juan 4. La mujer dijo: «Dame esa agua, para que no tenga yo sed, ni venga aquí a sacarla». La multitud dice: «Danos siempre este pan». En ambos casos el hombre quiere convertir el don celestial en una solución permanente para su necesidad temporal. Queremos que Dios nos dé algo que haga más cómoda nuestra vida; Dios quiere darnos una Vida completamente nueva. Nosotros pedimos una cubeta que nunca se vacíe; Él ofrece una Fuente. Pedimos una mesa que nunca quede sin pan; Él ofrece al Pan mismo. Esto también recuerda la reacción de Israel frente al maná. El pueblo necesitaba recogerlo diariamente. No podía almacenarlo para independizarse de Yahwéh (Éxodo 16:19-21). Cada mañana tenía que volver a recibir. Aquello enseñaba dependencia. La multitud de Juan 6 parece desear algo diferente: «danos siempre este pan», quizá imaginando una provisión que elimine para siempre la preocupación cotidiana. Pero el verdadero Pan no nos hace independientes de Dios. Hace exactamente lo contrario: nos une permanentemente a Él. Hay una diferencia enorme entre pedirle a Dios una bendición permanente y descubrir que nuestra verdadera bendición es permanecer en Dios. Más adelante Jesús utilizará precisamente el verbo μένω (ménō), permanecer: «El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece, y yo en él» (Juan 6:56). La respuesta definitiva al hambre no será tener una despensa infinita separada de Cristo. Será vivir unidos a Cristo. Y aquí la frase «danos siempre» adquiere una profundidad devocional preciosa. Aunque ellos todavía no entiendan completamente, nosotros podemos hacer nuestra su petición, pero con otro conocimiento: Señor, danos siempre este Pan, verdadero pan del cielo. No solamente cuando tengamos problemas o cuando sintamos hambre espiritual. No solamente los domingos ni solamente cuando necesitemos una respuesta. Siempre. Porque el alma también puede sufrir desnutrición mientras el cuerpo está perfectamente alimentado. El alma también come. Aquello que vemos, escuchamos, meditamos, deseamos y permitimos permanecer dentro de nosotros termina alimentando cierta clase de vida temporal. Cada día estamos poniendo algo sobre la mesa interior. El corazón nunca deja completamente de comer. Podemos alimentar resentimiento hasta volvernos amargos o temor hasta volvernos esclavos. Podemos alimentar orgullo hasta no poder recibir corrección y entretenimiento sin descanso hasta volvernos incapaces de silencio. O podemos alimentar el alma con Cristo. Aquello de lo que continuamente comes termina apareciendo en la clase de vida que vives. Por eso «danos siempre este pan» puede convertirse en una oración para cada mañana. Antes de alimentar nuestra ansiedad con noticias, nuestra comparación con las vidas de otros, nuestro ego con reconocimiento o nuestra imaginación con preocupaciones, podemos acercarnos al Pan de Vida. No porque leer un capítulo de la Biblia funcione como una fórmula automática, sino porque buscamos mediante la Palabra, la oración, la adoración y la comunión alimentarnos de Cristo mismo. Orígenes desarrolló con especial intensidad la imagen del alimento espiritual y de la Palabra que nutre al alma: el hombre interior también necesita alimento correspondiente a su vida. No podemos pretender vivir celestialmente mientras alimentamos continuamente el corazón sólo de lo terrenal. Y hay una ironía preciosa que la multitud todavía no percibe. Dicen: «Danos... este pan». Pero el versículo siguiente comenzará: «Jesús les dijo: Yo soy el Pan de Vida». Ellos están esperando que Jesús extienda las manos y les entregue algo; pero Jesús les revelará que Dios ya extendió sus manos y les entregó a Alguien. Ésta es quizá la diferencia entre una espiritualidad centrada en las bendiciones y una vida centrada en Cristo. Podemos pasar años pidiendo cosas que vienen de Dios hasta descubrir que el regalo supremo de Dios es Dios mismo acercándose a nosotros en el Hijo. La samaritana pidió agua; Jesús terminó revelándose como Mesías. La multitud pide pan y Jesús está a punto de revelar: «Yo Soy». Y aquí encontramos una conexión bellísima con todo lo que acaba de ocurrir esa misma noche. Sobre el mar dijo Jesús: ἐγώ εἰμι, «Yo Soy; no temáis» (Juan 6:20). Ahora, después de que la multitud pida pan, volverá a pronunciar ἐγώ εἰμι: «Yo Soy el Pan de Vida». En el mar, el Yo Soy fue respuesta al temor y en la calle, aun en la sinagoga, el Yo Soy será respuesta al hambre. Porque Cristo no solamente tiene una respuesta para lo que tememos, Cristo es la respuesta para aquello que nuestra alma lleva toda la vida intentando comer sin conseguir quedar satisfecha. Porque podemos recibir aquello que pedimos y volver a tener hambre. Podemos conseguir la oportunidad y necesitar otra. Recibir reconocimiento y querer más. Resolver una crisis y encontrar la siguiente. Todo pan de esta tierra lleva escondida una fecha de caducidad. Pero Cristo no.
— Roberto Tinoco
Juan 6:35
JUAN 6:35 «Jesús les dijo: Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás.» Finalmente Jesús responde a la petición del versículo anterior: «Señor, danos siempre este pan». Pero su respuesta rompe completamente sus expectativas: ἐγώ εἰμι ὁ ἄρτος τῆς ζωῆς (egṓ eimi ho ártos tês zōês), «Yo Soy el Pan de la Vida». No dice: «Yo conozco dónde conseguirlo». Tampoco: «Yo puedo producirlo». Ni siquiera: «Yo se los daré». Dice: «Yo Soy». La respuesta al hambre humana no es primero una provisión, una doctrina, una experiencia ni una bendición. Es una Persona: Jesucristo. Ésta es la primera gran declaración «Yo Soy» con predicado de este Evangelio.El Dios verdadero como vimos en las notas a los versículos anteriores. Después escucharemos: «Yo soy la luz del mundo», «Yo soy la puerta», «Yo soy el buen pastor», «Yo soy la resurrección y la vida», «Yo soy el camino, la verdad y la vida» y «Yo soy la vid verdadera». Pero aquí comienza con aquello que ningún ser humano puede vivir mucho tiempo sin recibir: pan. Jesús se presenta no como un lujo espiritual para personas particularmente religiosas, sino como necesidad vital. Puedes vivir sin muchas cosas; no puedes vivir sin alimento. Así quiere que entendamos nuestra relación con Él. «Yo Soy tu Vida, tu sustento». Ésa es exactamente la fuerza de la metáfora. El pan no se coloca en una vitrina para admirarlo. Se recibe, se come, pasa a formar parte de nosotros y sostiene la vida desde dentro. Cristo no vino solamente para ser admirado desde fuera, sino recibido tan profundamente que su Vida comience a sostener la nuestra desde dentro. Después Jesús interpreta su propia metáfora: «el que a mí viene» y «el que en mí cree». Esto es decisivo para comprender lo que seguirá. Venir y creer son paralelos. Quien viene no tendrá hambre; quien cree no tendrá sed. Por tanto, ya aquí Juan nos enseña que alimentarnos de Cristo está inseparablemente relacionado con venir a Él y creer en Él. Comer y creer son sinónimos en este capítulo. Más adelante, cuando aparezca el lenguaje de carne y sangre, tendremos que conservar esta base. Y observa la intensidad de la promesa: οὐ μὴ πεινάσῃ (ou mē peinásē), «ciertamente nunca tendrá hambre», y οὐ μὴ διψήσει πώποτε (ou mē dipsḗsei pōpote), «no tendrá sed jamás». No significa que el cristiano nunca volverá a sentir deseos, necesidades, sequedad emocional o hambre de mayor comunión con Dios. El mismo creyente sigue diciendo: «Mi alma tiene sed de Dios» (Salmo 42:2). Jesús habla de haber encontrado finalmente la Fuente adecuada para nuestra hambre esencial. Agustín expresó esta realidad desde otra imagen en sus Confesiones: el corazón humano permanece inquieto hasta descansar en Dios. Aquí Juan utiliza hambre y sed. El corazón puede recorrer muchas mesas antes de descubrir para qué alimento fue creado. Podemos comer éxito y seguir hambrientos; reconocimiento y seguir hambrientos; placer y seguir hambrientos; incluso actividad religiosa y seguir hambrientos. «¿De qué alimentas tu alma?» Esa pregunta merece permanecer junto a este versículo. Porque aquello que alimentamos crece. Alimenta resentimiento y crecerá amargura. Alimenta temor y crecerá esclavitud. Alimenta ego y crecerá orgullo. Aliméntate de Cristo y comenzará a hacerse visible la clase de Vida que recibiste. Cristo no vino solamente a poner pan sobre tu mesa. Vino a sentarse en el centro de tu vida y decirte: «Aquello que llevas tanto tiempo buscando para saciarte, Soy Yo». Jesús ofreció su carne para comer en lugar del maná que veneraban los judíos, los cuales eran descendientes de los mismos que rechazaron el maná pidiendo carne (Juan 6:51). ¿No es esto una ironía? Es el principio de comer la vida superior. Les prohibió comer carne con sangre de animales, pero les ofreció comer su carne y beber su sangre. Comer hacia abajo te animaliza, comer hacia arriba te permite recibir la Vida y naturaleza divinas.
— Roberto Tinoco
Juan 6:36
JUAN 6:36 «Mas os he dicho, que aunque me habéis visto, no creéis.» Después de una de las promesas más hermosas del Evangelio aparece una frase dolorosa: «me habéis visto, y no creéis». La palabra es nuevamente πιστεύετε (pisteúete), creer, confiar. Ellos poseen aquello que nosotros pensaríamos que garantiza la fe: han visto personalmente a Jesús, escucharon su voz y comieron pan multiplicado por sus manos. Y aun así no creen. Esto destruye la idea de que la incredulidad existe simplemente por falta de evidencia. La evidencia importa, y Juan escribe precisamente presentando señales para que creamos (Juan 20:30-31). Pero la evidencia no obliga mecánicamente al corazón; puedes tener una señal delante de los ojos y mantener cerrada la puerta interior del espíritu. Esto conecta profundamente con Juan 5:39-40. Allí Jesús dijo: «Escudriñáis las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí; y no queréis venir a mí para que tengáis vida». Aquí el problema reaparece: han visto, pero no han venido en el sentido espiritual. La distancia más peligrosa no siempre se mide en kilómetros. Puede haber centímetros entre los ojos y Cristo y kilómetros entre Cristo y el corazón. Hay además una ironía relacionada con su petición anterior. Dijeron: «¿Qué señal haces tú, para que veamos y creamos?» (Juan 6:30). Jesús responde, en esencia: ya vieron y no creen. El problema no es conseguir otra señal. Otra señal alimentaría durante unas horas la misma demanda de señales. Crisóstomo observa frecuentemente en este discurso cómo Jesús alterna promesa y reprensión: atrae y confronta. No halaga a la multitud para conservarla. El mismo Cristo que alimentó su cuerpo ahora confronta su incredulidad. El amor de Jesús no consiste en decirnos siempre aquello que nos mantiene cómodos, sino aquello que puede conducirnos a la Vida. Esto nos obliga a distinguir entre estar expuestos a Cristo y creer en Cristo. Puedes escuchar cientos de sermones. Crecer en una familia cristiana. Conocer canciones, versículos y lenguaje de iglesia. Incluso experimentar respuestas a la oración. Y aún así, todavía existir la pregunta: ¿Has puesto realmente tu confianza en Cristo? Porque ver el Pan no alimenta; hay que recibirlo, creer en Él.
— Roberto Tinoco
Juan 6:37
JUAN 6:37 «Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera.» Aquí entramos en una de las declaraciones más consoladoras y teológicamente profundas del Evangelio. Jesús comienza: πᾶν ὃ δίδωσίν μοι ὁ πατήρ (pân ho dídōsín moi ho patḗr), «todo lo que el Padre me da». La salvación aparece nuevamente comenzando en la iniciativa de Dios. El Padre da; las personas responden viniendo al Señor y el Hijo recibe. Juan mantiene juntas dos realidades que nosotros podemos sentir tentación de separar: la iniciativa soberana del Padre y la respuesta real del hombre. El Padre da y el hombre viene. Más adelante, 6:44 dirá: «Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere». Sin embargo, Jesús acaba de invitar: «el que a mí viene». El apóstol Juan no parece incómodo manteniendo ambas verdades juntas, lo mismo que el resto de la Biblia. La segunda mitad es extraordinaria: τὸν ἐρχόμενον πρός με οὐ μὴ ἐκβάλω ἔξω (ton erchómenon pròs me ou mē ekbálō éxō), «al que viene a mí, ciertamente no lo echaré fuera». La construcción οὐ μή es enfática. Piensa quién está hablando. El Pan de Vida acaba de decir que cualquier hambriento que venga encontrará la puerta abierta. No dice: «al que venga con una historia limpia». No dice: «al que venga después de arreglar su vida». No dice: «al que venga con suficiente conocimiento». Dice: «al que viene». Esto recuerda al hijo pródigo de Lucas 15. Regresa preparando un discurso acerca de no ser digno; el padre corre hacia él antes de que pueda negociar un lugar como jornalero. La gracia no niega el pecado. Precisamente porque el pecado es grave, el regreso es tan hermoso. La casa del Padre no recibe al pródigo porque nunca se fue, sino porque volvió. La gracia divina tiene la iniciativa que despierta y sostiene nuestro regreso hacia Dios. Y este versículo mantiene esa belleza: si viniste, no puedes jactarte como si hubieras encontrado a Cristo sin gracia; pero si vienes, tampoco debes vivir aterrorizado pensando que Cristo podría cerrar la puerta en tu rostro. Hay personas que dicen: «Después de lo que hice, ¿todavía puedo volver?». Juan 6:37 responde: Ven. «¿Y si he fallado muchas veces?» Ven. «¿Y si me siento indigno?» Ven. Porque la seguridad no está en la calidad del que llega, sino en el carácter del que recibe. El Pan de Vida no rechaza al hambriento que viene a comer.
— Roberto Tinoco
Juan 6:38
JUAN 6:38 «Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió.» Aquí encontramos una conexión directa y preciosa con Juan 5:30. Allí Jesús dijo: «No busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió». Ahora añade algo todavía mayor: καταβέβηκα ἀπὸ τοῦ οὐρανοῦ (katabébēka apò tou ouranoû), «he descendido del cielo». La multitud había hablado del maná que descendió del cielo. Jesús comienza a revelar que el verdadero descenso no fue una sustancia blanca sobre el desierto. El verdadero descenso fue la encarnación del Hijo. Juan 1:14 lo expresó diciendo que el Verbo se hizo carne (literal); Juan 6 lo expresa diciendo que el Pan descendió, el Verbo se hizo Pan, metafóricamente hablando. Cristo se hizo cercano y accesible en la encarnación para comunicarnos su Vida. El Dios inconmensurable no nos pidió crecer hasta alcanzar su altura. Descendió hasta nuestra mesa. Filipenses 2:6-8 desarrolla este movimiento: Cristo, existiendo en forma de Dios, se despojó tomando forma de siervo y se humilló hasta la muerte. El descenso de Juan 6 no terminará en Belén. Seguirá descendiendo hasta la cruz. Y Jesús dice que descendió no para hacer su propia voluntad, sino la voluntad del Padre. Como ya vimos en Juan 5:30, esto no implica conflicto moral dentro de la Trinidad. Padre e Hijo viven en perfecta unidad. Pero el Hijo encarnado vive ante nosotros la obediencia humana perfecta. Ireneo encontró aquí uno de los grandes temas de la redención: Cristo recapitula la historia humana mediante la obediencia. Donde Adán tomó lo prohibido buscando su propia voluntad, Cristo se entrega completamente a la voluntad del Padre. Romanos 5:19 lo dirá así: «por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos». Y mira qué hermosa seguridad produce esto al conectarlo con el versículo 37. ¿Por qué no echar fuera al que viene? Porque recibirlo forma parte de la voluntad del Padre que vino a cumplir. Tu bienvenida no depende del humor temporal de alguien, sino que está enraizada en la voluntad eterna de Dios.
— Roberto Tinoco
Juan 6:39
JUAN 6:39 «Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda Yo nada, sino que lo resucite en el día postrero.» Ahora Jesús explica la voluntad del Padre: μὴ ἀπολέσω ἐξ αὐτοῦ (mē apolésō ex autoû), «que no pierda de ello nada». Aparece una conexión sorprendente con Juan 6:12. Después de alimentar a la multitud, Jesús ordenó recoger los fragmentos «para que nada se pierda», utilizando la misma familia verbal: apollymi. En la señal, Jesús dice: «que nada se pierda». En la explicación, dice que la voluntad del Padre es que no pierda nada de lo que le dio. Si Cristo cuida los fragmentos del pan, ¡cuánto más aquello que pertenece al Padre! ¡Estás seguro en Cristo! Y después aparece nuevamente la resurrección: ἀναστήσω αὐτὸ ἐν τῇ ἐσχάτῃ ἡμέρᾳ (anastḗsō autò en tē eschátē hēméra), «lo resucitaré en el día postrero». Esto conecta directamente con Juan 5:28-29. El Hijo cuya voz llamará a los muertos ahora promete personalmente levantar a quienes el Padre le dio. Observa la seguridad: la salvación no termina cuando creímos. Cristo ve todo el camino hasta el último día. Nos recibe, nos guarda y finalmente nos levanta. La gracia que comenzó nuestra historia no abandona el libro a mitad del capítulo. Aquí hay consuelo para quienes temen ser solamente un fragmento. Quizá te sientes quebrado, pequeño, incluso como algo que otros dejaron tirado después de la comida, como un trozo de pan, una sobra. pero Cristo dice: «Que nada se pierda». No porque seamos dignos en nosotros mismos o fuertes para sostenernos eternamente; sino porque pertenecemos a Él y ese es el deseo del Padre.
— Roberto Tinoco
Juan 6:40
JUAN 6:40 «Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero.» Jesús vuelve a expresar la voluntad del Padre, ahora desde la perspectiva de la respuesta humana: πᾶς ὁ θεωρῶν τὸν υἱὸν καὶ πιστεύων εἰς αὐτόν (pâs ho theōrōn ton huión kaì pisteúōn eis autón), «todo el que contempla al Hijo y cree en Él». Otra vez Juan mantiene juntas iniciativa divina y fe humana en respuesta. El Padre da (Juan 6:37,39), pero el hombre contempla y obedece creyendo (Juan 6:40). La teología no debe utilizar una verdad para borrar la otra. La gracia de Dios no convierte al hombre en piedra; despierta en él la respuesta de fe. Soberanía divina y responsabilidad humana juntas. La expresión «tenga vida eterna» está en presente. Volvemos a una verdad que Juan repite desde el capítulo 3: la vida eterna no es únicamente una recompensa futura. Comienza ahora. Pero Jesús añade nuevamente: «Yo le resucitaré en el día postrero». Presente y futuro se abrazan. Esto nos permite conectar con nuestra reflexión de Juan 5:24 y Juan 5:29. Hoy pasamos de muerte a Vida. Un día nuestro cuerpo será levantado en resurrección. La Vida eterna comienza antes de nuestra muerte y finalmente vencerá también nuestra muerte. Hay además una progresión preciosa desde 6:35: venir → creer → tener Vida → ser resucitado. Cristo no promete solamente satisfacer una emoción religiosa presente. Lleva la promesa hasta el cementerio y más allá. El Pan que recibimos hoy contiene una Vida que la muerte no podrá digerir. Los primeros cristianos vivieron esta esperanza con enorme fuerza. Ireneo, especialmente en su defensa de la resurrección corporal, insistió en que la salvación de Dios no abandona el cuerpo. El mismo Dios que creó nuestra carne la levantará (aunque no se trata de la misma materia). Juan 6:40 da fundamento directo a esa esperanza: «Yo le resucitaré» hablando del cuerpo glorificado. Ésta es la seguridad completa del Evangelio: Cristo no sólo sabe salvarnos del pasado; sabe llevarnos hasta el último día. Su obra no termina en nuestra conversión. No recibimos vida eterna para después quedar abandonados a nuestra capacidad de conservarla. El mismo Jesús que dice «ven» es quien promete: «yo le resucitaré». El que recibe al hambriento en Juan 6:37 es el mismo que abrirá su sepulcro en Juan 6:40. Esto nos permite comprender todavía mejor qué significa ζωὴ αἰώνιος (zōḕ aiṓnios), «vida eterna». No significa simplemente existencia interminable. Según Juan 17:3, consiste en conocer al Padre y a Jesucristo. Es participación en la Vida que procede de Dios. Por eso puede comenzar ahora y atravesar después la muerte. La eternidad cristiana no comienza cuando morimos; comienza cuando Cristo se convierte en nuestra Vida. La muerte no inaugura esa Vida. Solamente descubre que no pudo terminarla. Y aquí la imagen del Pan alcanza una profundidad preciosa. El alimento natural sostiene una vida que inevitablemente termina. Podemos comer el mejor pan del mundo y, unas horas después, tendremos hambre otra vez; podemos alimentarnos durante ochenta o noventa años y finalmente nuestro cuerpo morirá. Pero Cristo ofrece un alimento correspondiente a otra clase de Vida. El pan de esta tierra aplaza la muerte; el Pan del cielo finalmente la vencerá. Por eso Jesús puede pasar de «el que cree tiene vida eterna» a «yo le resucitaré» sin cambiar de tema. Ambas afirmaciones pertenecen a la misma Vida. El maná no podía ser el verdadero Pan definitivo porque quienes lo comieron murieron. Jesús desarrollará explícitamente ese contraste en Juan 6:49-50. Aquí ya podemos ver hacia dónde conduce: Israel recibió una provisión milagrosa que sostuvo su peregrinación; Cristo comunica una Vida que sobrevivirá nuestro peregrinaje en este mundo, incluso más allá del sepulcro. El maná podía acompañarlos hasta la tumba. Cristo puede llamarlos desde la tumba. Esto conecta directamente con Juan 5:28: «todos los que están en los sepulcros oirán su voz». Allí contemplamos la autoridad del Hijo sobre la muerte. Aquí esa autoridad se convierte en promesa personal para el creyente. Ya no es solamente «los muertos resucitarán». Ahora Jesús dice: «Yo le resucitaré». La doctrina de la resurrección adquiere rostro. Nuestra esperanza no descansa solamente en que existe un acontecimiento futuro llamado resurrección; descansa en una Persona que ha asumido responsabilidad por levantarnos. Marta expresará la esperanza judía diciendo acerca de Lázaro: «Yo sé que resucitará en la resurrección, en el día postrero» (Juan 11:24). Su teología era correcta. Pero Jesús responderá llevando la doctrina hacia sí mismo: «Yo soy la resurrección y la vida» (Juan 11:25). Éste es el mismo pensamiento de Juan 6. La multitud piensa en pan; Jesús dice «Yo Soy el Pan». Marta piensa en resurrección; Jesús dice «Yo Soy la Resurrección». En Juan, todas las grandes esperanzas de Dios terminan tomando el rostro de Cristo. Por eso Ireneo defendió con tanta fuerza la resurrección corporal. Para él, la carne no era un accidente que Dios finalmente descartaría. El Hijo verdaderamente asumió nuestra humanidad, murió y resucitó corporalmente; por tanto, la salvación alcanza finalmente también aquello que la muerte destruye. Juan 6:40 es extraordinariamente concreto: «yo le resucitaré». Dios no salva solamente pensamientos, emociones o una parte invisible del hombre. Su redención reclama finalmente a la persona entera. Y hay aquí un consuelo enorme para quien ha acompañado a alguien amado hasta una tumba. Desde nuestra perspectiva, el cementerio parece el lugar donde tuvimos que soltar. Desde la perspectiva de Cristo, no es el lugar donde Él soltó. Nosotros acompañamos hasta donde podemos; Cristo continúa más allá de donde nosotros tenemos que detenernos. La muerte puede sacar a una persona de nuestras manos, pero nunca puede sacarla de las Suyas. Esto ilumina todavía más el versículo anterior: «que no pierda yo nada». El cementerio no contradice esa promesa. Nosotros podemos mirar una tumba y pensar «lo perdimos». Cristo mira hacia el último día y dice: «lo resucitaré». La tierra puede recibir el cuerpo, pero no adquiere propiedad definitiva sobre él. Hay una frase que quizá condense esta verdad: la muerte puede guardar temporalmente aquello que pertenece a Cristo; pero nunca puede quedárselo. Y observa también la expresión «todo aquel», πᾶς (pâs). Después de hablar del Padre dando al Hijo, Jesús abre delante del oyente una invitación completamente personal: todo aquel que contempla al Hijo y cree. Nadie que escucha estas palabras necesita preguntarse primero si pertenece a alguna categoría privilegiada. La invitación está delante de él: mira al Hijo, cree en Él, recibe Vida. Aquí vuelve a oirse Juan 3:14-16 y la serpiente levantada en el desierto. Los israelitas mordidos miraban y vivían. Jesús dijo que el Hijo del Hombre sería igualmente levantado para que todo aquel que cree tenga vida eterna. Es una bella conexión entre mirar y creer. Ahora 6:40 vuelve a unir ambas acciones: «ve al Hijo, y cree en Él». La fe comienza dejando de ver obsesivamente la herida para ver al Salvador. Israel podía pasar horas estudiando la mordedura y morir perfectamente informado acerca del veneno. Tenía que ver hacia aquello que Yahwéh había provisto. Nosotros también podemos conocer profundamente nuestros fracasos, analizar nuestras heridas y enumerar nuestros pecados sin encontrar Vida. La salvación no está en ver mejor nuestra muerte, sino en ver por fe al Hijo que fue levantado para vencerla. Juan 6:40 puede convertirse en una medicina para dos temores muy humanos: «¿Qué ocurrirá conmigo mientras viva?» y «¿Qué ocurrirá conmigo cuando muera?» Para el primero, Jesús dice: «tiene vida eterna». Para el segundo: «Yo le resucitaré». Por eso el creyente no camina hacia la muerte como quien se acerca a un precipicio sin saber qué existe detrás. Caminamos hacia un enemigo que todavía duele, todavía separa y todavía nos hace llorar, pero cuya sentencia ya fue pronunciada por la resurrección de Cristo. Pablo podrá burlarse de ella en 1 Corintios 15:55: «¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?». No porque la muerte sea pequeña, sino porque Cristo es mayor. Y quizá aquí está la imagen final de todo Juan 6:35–40: el Padre prepara la mesa y el Hijo desciende como Pan. El hambriento viene y come por la fe. Entonces la Vida comienza y aunque la muerte llegue pareciendo que todo terminó, la misma voz que dijo «Yo Soy el Pan de Vida» vuelve a hablar sobre el polvo. Entonces el último enemigo descubre que alimentarse de Cristo tenía consecuencias que llegaban mucho más lejos de lo que imaginábamos. Porque quien recibió al Pan de Vida recibió dentro de sí una Vida que apunta hacia la resurrección y la eternidad. El Pan que Cristo da no sólo alcanza para atravesar el día. Alcanza para atravesar la tumba.
— Roberto Tinoco
Juan 6:41
JUAN 6:41 «Murmuraban entonces de él los judíos, porque había dicho: Yo soy el pan que descendió del cielo.» La palabra es ἐγόγγυζον (egóngyzon), «murmuraban». No es una elección accidental. La Septuaginta utiliza palabras de esta misma familia para describir repetidamente la murmuración de Israel en el desierto. Éxodo 16 resulta especialmente importante: Israel murmuró por falta de alimento y Yahwéh respondió dando maná. Ahora, en Juan 6, una multitud que acaba de recibir pan vuelve a murmurar precisamente cuando el verdadero Pan se revela delante de ella. La escena tiene una ironía profunda. Sus antepasados murmuraron antes de recibir el maná; ellos murmuran teniendo delante al verdadero Pan del cielo. Cambió la generación, pero el corazón humano puede repetir el mismo desierto. Israel llegó a despreciar el maná y llamarlo «pan liviano», mientras generaciones posteriores lo recordaban con veneración. Podemos erróneamente admirar la provisión antigua y resistir la provisión presente. ¿Y qué los escandaliza? No que Jesús hable de pan. Acaban de pedirlo. Les molesta su afirmación de haber descendido del cielo. Podían aceptar a Jesús como hacedor de milagros, profeta e incluso candidato a rey. Lo difícil comienza cuando Jesús reclama un origen que no cabe dentro de las categorías con las que ellos lo conocen. Aquí aparece un patrón espiritual muy serio. Cristo puede resultar atractivo mientras satisface nuestras expectativas; el verdadero discipulado comienza cuando Cristo contradice nuestras categorías. Queremos un Jesús suficientemente poderoso para resolver nuestros problemas, pero quizá no suficientemente Señor para redefinir nuestra realidad. Crisóstomo percibió en esta murmuración algo semejante a la incredulidad del desierto: el problema no era simplemente intelectual, sino una resistencia interior ante lo que Cristo estaba revelando. El murmullo es peligroso porque permite discutir entre nosotros aquello que deberíamos llevar directamente delante de Dios. La murmuración tiene además una característica particular: suele hablar acerca de Él antes de hablar con Él. Y muchas crisis de fe comienzan allí. Cuando dejamos de preguntarle a Cristo y comenzamos solamente a murmurar acerca de Cristo.
— Roberto Tinoco
Juan 6:42
JUAN 6:42 «Y decían: ¿No es éste Jesús, el hijo de José, cuyo padre y madre nosotros conocemos? ¿Cómo, pues, dice éste: Del cielo he descendido?» Su objeción parece razonable: «Nosotros conocemos a su familia». El verbo οἴδαμεν (oídamen) significa «sabemos, conocemos». Saben algo verdadero acerca de Jesús y precisamente ese conocimiento parcial les impide recibir una verdad mayor. Lo llaman «Jesús, el hijo de José». Desde su perspectiva social, así era conocido. Pero el lector de Juan posee información que ellos no han recibido: «En el principio era el Verbo... y el Verbo era Dios» (Juan 1:1); «aquel Verbo fue hecho carne» (Juan 1:14). Ellos conocen su procedencia terrenal, pero desconocen su origen eterno. Aquí aparece el misterio de la encarnación. Jesús es verdaderamente humano sin dejar de ser Aquel que descendió del cielo. El error de ellos no consiste en afirmar su humanidad, sino en pensar que su humanidad agota su identidad. Ven Nazaret y concluyen que no puede haber cielo. Conocen a la familia y piensan que ya conocen el misterio. Esto recuerda Marcos 6:3, cuando en Nazaret preguntaban: «¿No es éste el carpintero?». La familiaridad puede convertirse en una extraña barrera para la revelación. Podemos conocer tanto la envoltura que dejamos de preguntarnos qué tesoro contiene. Esto también sucede con las cosas de Dios. Podemos acostumbrarnos a la Biblia, al culto, a la Cena del Señor, a la oración, incluso al Nombre de Jesús. Lo santo puede volverse familiar sin dejar de ser santo. El problema no está en la familiaridad, sino en permitir que ésta destruya el asombro. Ellos conocían la familia terrenal de Jesús y por eso rechazaban su afirmación de haber descendido del cielo. Conocían su dirección en la tierra, pero no reconocieron su procedencia del cielo. Hay personas de las que sabemos muchos datos y, sin embargo, no las conocemos realmente. Con Cristo puede ocurrir algo todavía más serio: podemos conocer su historia y no haber descubierto todavía su gloria.
— Roberto Tinoco
Juan 6:43
JUAN 6:43 «Jesús respondió y les dijo: No murmuréis entre vosotros.» Jesús responde: μὴ γογγύζετε μετ᾽ ἀλλήλων (mē gongýzete met' allḗlōn), «no murmuréis unos con otros». Observa que Jesús conoce una conversación que ocurre entre ellos. Juan vuelve a mostrarnos lo que ya vimos en Juan 2:25: Cristo conoce lo que hay en el hombre. La murmuración no es simplemente expresar una duda. La Biblia está llena de hombres de Dios que preguntaron honestamente. Los Salmos incluso contienen preguntas dolorosas dirigidas a Yahwéh. La diferencia es importante: la pregunta lleva su confusión hacia Dios; la murmuración convierte su confusión en resistencia compartida. Israel hizo esto repetidamente en el desierto. En lugar de recordar la fidelidad de Dios, permitía que el temor circulara de tienda en tienda. La murmuración es contagiosa. Una interpretación incrédula de la realidad puede convertirse rápidamente en ambiente comunitario. Por eso Jesús corta el murmullo antes de continuar la enseñanza. Hay verdades que no podremos escuchar correctamente mientras el corazón está ocupado alimentando su objeción. Esto nos invita a vigilar nuestras conversaciones en tiempos de incomprensión. No se trata de silenciar preguntas legítimas, sino de decidir dónde procesaremos aquello que no entendemos. Podemos llevarlo a la oración y a las Sagradas Escrituras; incluso podemos buscar consejo sabio o podemos convertir nuestra confusión en conversación circular hasta que todos terminemos más lejos de la fe que cuando comenzamos. La duda que ora todavía está viendo hacia Dios. Es la murmuración la que ya comenzó a darle la espalda.
— Roberto Tinoco
Juan 6:44
JUAN 6:44 «Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero.» Jesús afirma aquí con toda claridad la iniciativa de Dios en la salvación: οὐδεὶς δύναται ἐλθεῖν πρός με (oudeìs dýnatai eltheîn pròs me), «nadie puede venir a mí», si el Padre no lo ἑλκύσῃ (helkýsē), «atrae, trae». El hombre no produce por sí mismo la Vida de Dios ni llega a Cristo independientemente de la gracia. Antes de nuestros pasos hacia Cristo ya existe un movimiento de Dios hacia nosotros. La gracia precede, ilumina, despierta el hambre y nos conduce hacia el Hijo. Pero esto no significa que Jesús esté anulando la responsabilidad humana ni describiendo al hombre como alguien arrastrado hacia Cristo sin una respuesta real de su voluntad. El mismo Evangelio habla continuamente de oír, recibir, creer, venir, permanecer y también rechazar. Juan 1:11-12 distingue entre quienes «no le recibieron» y quienes «le recibieron»; Juan 5:40 añade una expresión todavía más fuerte: «no queréis venir a mí para que tengáis vida». Existe incapacidad sin la gracia, pero también existe una respuesta moral ante la gracia. El versículo siguiente es decisivo porque Jesús mismo explica la atracción del Padre: «Y serán todos enseñados por Dios. Así que, todo aquel que oyó al Padre, y aprendió de él, viene a mí» (Juan 6:45). El Padre enseña; el hombre oye y aprende; entonces viene a Cristo. La atracción no aparece como una fuerza mecánica o determinista, sino como la obra de Dios que ilumina, convence y conduce al Hijo. Esto armoniza con Jeremías 31:33 y Ezequiel 36:26-27: Dios trabaja en el interior del hombre, escribiendo su voluntad en el corazón y dando un corazón nuevo capaz de responder. Por eso Juan mantiene juntas dos verdades que no necesitamos enfrentar. Dios atrae y el hombre viene. Dios enseña y el hombre escucha. Dios revela y el hombre cree. Dios ofrece el Pan y el hombre come. La respuesta humana no crea la gracia ni merece la salvación; simplemente responde a una gracia que llegó primero. El mismo verbo ἑλκύω (helkýō), «atraer», reaparece significativamente en Juan 12:32, cuando Jesús dice: «Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo». La cruz aparece así como el gran acto de atracción divina: Cristo es levantado, el amor de Dios queda expuesto delante del mundo y el hombre es llamado a responder. Esto hace difícil convertir helkýō, por sí solo, en una coerción irresistible reservada exclusivamente a determinados individuos. La imagen de Juan 3:14-16 ayuda mucho. En el desierto, Yahwéh proveyó la serpiente levantada y con ella el medio de salvación, pero el israelita mordido debía mirar. La mirada no tenía poder en sí misma ni podía convertirse en motivo de orgullo; el poder estaba en la provisión de Dios. Sin embargo, tampoco podía decir: «Como Yahwéh proveyó la salvación, ya no necesito mirar». La fe no crea la gracia; la fe recibe la gracia. Juan Crisóstomo entendió la atracción divina sin convertirla en determinismo: el versículo 45 le permitía contemplarla en términos de enseñanza y respuesta. Siglos después, Juan Wesley hablaría de gracia preveniente, una gracia que llega primero, despierta, convence y capacita al pecador para responder al Evangelio. En ambos casos se preserva la misma verdad esencial: nadie puede atribuirse el mérito de haber iniciado su salvación, pero tampoco puede utilizar la soberanía de Dios como excusa para permanecer en incredulidad. El final del capítulo confirma esta responsabilidad. Algunos discípulos «volvieron atrás» (Juan 6:66); Jesús preguntó a los Doce: «¿Queréis acaso iros también vosotros?» (Juan 6:67); y Pedro respondió: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna» (Juan 6:68). La gracia del Padre había llevado a Pedro hacia el Hijo, pero Pedro verdaderamente creyó, confesó y decidió permanecer. La gracia hizo posible su respuesta; no respondió en su lugar. Juan 6:44 debería producir humildad, no ansiedad. No llegamos a Cristo porque fuéramos espiritualmente superiores. Quizá Dios utilizó una persona, una predicación, una crisis, un versículo o una necesidad para despertar nuestro corazón. Detrás de aquellos hilos estaba el Padre diciendo: «Ven a mi Hijo». Pero cuando Dios atrae, somos llamados a responder. Cuando ilumina, escucha. Cuando convence, no endurezcas el corazón. Cuando Cristo llama, ven. No digamos: «Si Dios quiere, algún día me hará venir». El Pan ya descendió, la cruz ya fue levantada y Cristo ya prometió: «al que a mí viene, no le echo fuera» (6:37). Quizá podamos resumir el versículo así: Nadie llega a Cristo sin la gracia del Padre; pero la gracia del Padre no reemplaza nuestra respuesta, sino que hace posible que respondamos. Dios atrae y el corazón escucha; entonces la fe responde y el pecador viene. Ahora sí, Cristo recibe. Y el mismo Cristo que nos recibe promete llevar su obra hasta el final: «Yo le resucitaré en el día postrero».
— Roberto Tinoco
Juan 6:45
JUAN 6:45 «Escrito está en los profetas: Y serán todos enseñados por Dios. Así que, todo aquel que oyó al Padre, y aprendió de él, viene a mí.» Lee la nota de Juan 6:44. Jesús fundamenta lo que acaba de decir en Isaías 54:13: «Y todos tus hijos serán enseñados por Yahwéh». La expresión griega es διδακτοὶ θεοῦ (didaktoì theoû), «enseñados por Dios». Esto es importante porque explica cómo atrae el Padre. La atracción divina no aparece aquí como manipulación irracional, sino como enseñanza interior: oír y aprender del Padre conduce hacia el Hijo. Esto conecta con Jeremías 31:33-34 y la promesa del Nuevo Pacto: Dios escribiría su ley en el corazón y todos lo conocerían. También con Ezequiel 36:26-27: un corazón nuevo y el Espíritu dentro del pueblo. La salvación no consiste simplemente en recibir mejores instrucciones externas. Dios comienza a enseñar desde dentro; es orgánico, nueva vida. Y observa la conclusión extraordinaria: quien verdaderamente aprende del Padre viene a Jesús. Esto conecta con Juan 5:46: «Si creyeseis a Moisés, me creeríais a mí». El Padre nunca enseña algo que aleje del Hijo. La Escritura correctamente recibida, la voz del Padre correctamente escuchada y la obra del Espíritu terminan llevando hacia Cristo. Orígenes insistió mucho en la necesidad de que Dios mismo abra las Escrituras al corazón. Podemos leer letras y todavía necesitar iluminación espiritual. Lucas 24 dice que Jesús «les abrió el entendimiento» para comprender las Escrituras. Hay entonces una diferencia entre la información religiosa y la enseñanza divina. Una llena cuadernos, mientras que la otra termina llevándonos a Cristo. Cuando el Padre enseña, el corazón reconoce al Hijo.
— Roberto Tinoco
Juan 6:46
JUAN 6:46 «No que alguno haya visto al Padre, sino aquel que vino de Dios; éste ha visto al Padre.» Jesús establece inmediatamente una precisión. Ser «enseñados por Dios» no significa poseer acceso visual directo al Padre. οὐχ ὅτι τὸν πατέρα ἑώρακέν τις (ouch hóti ton patéra heṓrakén tis), «no que alguien haya visto al Padre». Esto nos devuelve directamente a Juan 1:18: «A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo... él le ha dado a conocer». Y también a Juan 5:37: «Nunca habéis oído su voz, ni habéis visto su aspecto». Dios permanece invisible, pero no desconocido, porque el Hijo lo revela. Jesús hace entonces una afirmación única acerca de sí mismo: «éste ha visto al Padre». No habla como un profeta que recibió una visión ocasional. Habla desde una comunión que pertenece a su identidad eterna. Juan 1:1 ya dijo que el Verbo estaba πρὸς τὸν θεόν, vuelto hacia Dios, en comunión con Él. Esto explica por qué Cristo puede enseñarnos al Padre de una manera que ningún profeta puede. Moisés conoció a Dios de manera extraordinaria. Isaías vio una visión de su gloria. Pero el Hijo viene de Dios y conoce al Padre desde dentro de la comunión divina. Ireneo insistía en que el Hijo hace visible y conocido al Padre invisible. No porque la esencia divina pueda reducirse a forma humana, sino porque todo lo que necesitamos conocer salvadoramente del Padre nos es revelado verdaderamente en el Hijo. Por eso la pregunta cristiana «¿cómo es Dios?» termina viendo a Jesús. Mira cómo trata al pecador arrepentido, cómo toca al leproso, cómo confronta la hipocresía, cómo llora, cómo perdona y cómo entrega su vida. Cristo es la explicación que el Dios invisible decidió dar de sí mismo.
— Roberto Tinoco
Juan 6:47
JUAN 6:47 «De cierto, de cierto os digo: El que cree en mí, tiene vida eterna.» Otra vez: ἀμὴν ἀμὴν (amēn amēn). Y ahora Jesús concentra todo en una frase extraordinariamente sencilla: ὁ πιστεύων ἔχει ζωὴν αἰώνιον (ho pisteúōn échei zōḕn aiṓnion), «el que cree tiene vida eterna». No dice «quizá tendrá». Tampoco «comenzará a tener después de morir». ἔχει (échei), tiene. Presente. Esto repite Juan 3:16, 3:36 y 5:24. Juan no permite que olvidemos que la vida eterna es una posesión presente del creyente. La resurrección todavía está en el futuro, pero la Vida que hará posible esa resurrección ya comenzó. Vida eterna no significa solamente «no morir», sino participar de la Vida celestial que está en el Hijo. Esa distinción es muy valiosa. La eternidad no es sólo duración; es calidad y origen de Vida. Por eso 1 Juan 5:11 lo expresará así: «Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo». No dice solamente que Cristo entrega vida como quien entrega un objeto independiente de sí. La Vida está en Él. Creer en Cristo es, por tanto, más que aceptar una proposición correcta. Es entrar por la fe en comunión con Aquel en quien reside la Vida. La eternidad comienza cuando Cristo deja de ser solamente alguien en quien creemos doctrinalmente y se convierte en la Vida de la que vivimos.
— Roberto Tinoco
Juan 6:48
JUAN 6:48 «Yo soy el pan de vida.» Jesús vuelve a pronunciar la gran declaración del capítulo: ἐγώ εἰμι ὁ ἄρτος τῆς ζωῆς (egṓ eimi ho ártos tês zōês), «Yo Soy el Pan de Vida». Ya lo había dicho en 6:35, pero ahora lo repite después de hablar de venir, creer, ser atraídos por el Padre y recibir Vida eterna. La repetición no es redundancia. Jesús vuelve a colocar el centro donde debe estar: la salvación no termina en una doctrina acerca de Cristo; termina en Cristo mismo. La expresión τῆς ζωῆς (tês zōês), «de la Vida», merece atención. Juan utiliza ζωή (zōḗ) para hablar repetidamente de la Vida que procede de Dios. «En él estaba la vida» (Juan 1:4); el Hijo tiene «vida en sí mismo» (Juan 5:26); quien cree «tiene vida eterna» (Juan 6:47). Por eso Jesús no está diciendo solamente que ayuda a vivir mejor. Él es el alimento de una clase de Vida que sólo existe porque procede de Dios. Aquí hay una diferencia fundamental entre Cristo y el maná. El maná era algo que Dios daba; Cristo es Aquel a quien Dios da. El maná estaba separado de Yahwéh: podía recibirse el alimento sin que el alimento fuera Dios mismo. Pero en Cristo, el Don y el Dador se acercan de una manera extraordinaria. El Padre no envía simplemente una provisión desde el cielo; envía al Hijo. Esto explica por qué Jesús no dice: «Yo tengo el Pan de Vida», sino «Yo Soy». Podemos recibir muchas cosas de Dios y continuar necesitando algo más. Podemos recibir sanidad y después volver a enfermarnos; provisión y volver a necesitar; una respuesta y después encontrarnos con otra pregunta. Pero Cristo no se presenta como una provisión temporal dentro de nuestra historia. Se presenta como el sustento permanente de nuestra Vida. Cristo no debe ser entendido solamente de manera objetiva como Aquel en quien creemos, sino también como Aquel de quien vivimos espiritualmente. El pan no fue hecho para ser estudiado, sino para alimentar, al llamarse Pan de Vida, Cristo es nuestro suministro de Vida. Esto recuerda maravillosamente Juan 6:57, donde Jesús dirá: «el que me come, él también vivirá por mí». Allí la metáfora alcanza su profundidad: Cristo no es solamente nuestro modelo exterior, sino el sustento interior de una vida que procede de Él. Pablo expresa algo semejante desde otro lenguaje: «ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí» (Gálatas 2:20), y «para mí el vivir es Cristo» (Filipenses 1:21). Podemos conocer muchas cosas acerca de un alimento y continuar hambrientos. Podemos estudiar su composición, explicar sus propiedades, defender su valor y escribir libros sobre él; pero el alimento sólo cumple finalmente su propósito cuando es recibido. Aplicado a Cristo, esto nos advierte que la teología acerca de Jesús debe conducirnos a la comunión con Jesús. No significa despreciar la doctrina. Todo lo contrario. La doctrina verdadera nos dice quién está sobre la mesa. Pero su propósito no es dejarnos contemplando conceptos desde lejos. Jesús mismo había reprendido en Juan 5:39-40 a quienes escudriñaban las Escrituras pero no querían venir a Él para tener Vida. La Escritura puede mostrarnos el Pan; la fe viene a comer. Y aquí podemos distinguir cuidadosamente entre tener a Cristo como Salvador y aprender diariamente a vivir de Cristo. No son dos salvaciones ni dos categorías de cristianos. Es crecimiento dentro de la misma relación. Recibimos a Cristo por la fe y, después, aprendemos progresivamente a encontrar en Él nuestra fuerza, identidad, sabiduría, paz, santidad y suficiencia. Pablo dice que Cristo nos ha sido hecho «sabiduría, justificación, santificación y redención» (1 Corintios 1:30). Observa que Dios no sólo nos entrega cosas llamadas sabiduría o santificación; nos une a una Persona en quien esas realidades encuentran su plenitud. Dios responde muchas de nuestras necesidades dándonos más profundamente a Cristo. Esto cambia incluso nuestra oración. Podemos decir: «Señor, dame paciencia», y ciertamente podemos pedirla. Pero también podemos aprender a decir: «Cristo, vive tu paciencia en mí». Podemos pedir fuerzas, pero también reconocer que «todo lo puedo en Cristo que me fortalece» (Filipenses 4:13). Podemos pedir paz y descubrir que Cristo mismo «es nuestra paz» (Efesios 2:14). Ésta es una de las bellezas de llamarlo Pan. El alimento no permanece exterior al que lo recibe. Es ingerido, asimilado y termina sosteniendo desde dentro aquello que después se manifiesta exteriormente. Ésta es una imagen muy rica para la vida cristiana: aquello que recibimos de Cristo interiormente comienza a aparecer en nuestra manera de vivir. Por eso el cristianismo no consiste únicamente en preguntarnos: «¿Qué haría Jesús?» Hay una pregunta todavía más profunda: «¿Qué quiere vivir Cristo en mí?» La primera puede conducirnos a la imitación; mientras que la segunda nos recuerda la dependencia. Y ambas juntas producen una vida cristiana saludable: imitamos a Cristo porque primero vivimos de Cristo. Podemos acostumbrarnos tanto a hablar de Jesús que olvidemos alimentarnos de Él. Predicamos sobre Cristo, cantamos acerca de Cristo, estudiamos a Cristo, defendemos doctrinas acerca de Cristo. Todo eso puede ser hermoso y necesario. Pero lo verdaderamente importante e imprescindible es comer a Cristo. Por eso es que algunos conocen doctrinas sobre Dios y aun así están agotadas; expertos del menú, flamélicos del alma. Cuando estés cansado, vuelve al Pan. Cuando tengas que perdonar, tu propia fuerza no alcance o el ministerio comience a vaciarte, vuelve al Pan. El Pan de Vida sigue siendo Pan de hoy. Mientras seguimos alimentándonos de Cristo, algo de Cristo comienza inevitablemente a aparecer en nosotros.
— Roberto Tinoco
Juan 6:50
JUAN 6:50 «Este es el pan que desciende del cielo, para que el que de él come, no muera.» Ahora Jesús contrapone directamente dos panes. El maná: «comieron... y murieron». Cristo: «el que de él come, no muera». La diferencia no está simplemente en calidad de alimento. Estamos delante de dos clases de vida diferentes. La expresión ὁ ἐκ τούτου φάγῃ καὶ μὴ ἀποθάνῃ (ho ek toútou phágē kaì mē apothánē) significa «para que quien coma de éste no muera». Evidentemente Jesús no está prometiendo que sus discípulos evitarán la muerte física inmediata. Los apóstoles murieron. Los primeros cristianos murieron. Nosotros, si Cristo no viene antes, moriremos. Está hablando de una Vida sobre la cual la muerte física no tiene autoridad definitiva. Esto conecta directamente con Juan 11:25-26: «El que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente». Allí aparece la misma paradoja: puede morir y, sin embargo, no morir. El cuerpo atraviesa la muerte; la Vida recibida de Cristo no termina allí y finalmente reclamará también el cuerpo mediante la resurrección. Por eso hemos visto tantas veces en este capítulo la frase: «yo le resucitaré en el día postrero». Juan 6:39, 40 y 44 la repiten. Ahora comprendemos por qué. El Pan del cielo no impide simplemente que el creyente llegue al sepulcro. Impide que el sepulcro sea su destino final. Aquí aparece una conexión preciosa con Génesis. Después de la caída, el hombre es apartado del árbol de la vida para que no coma y viva eternamente en su condición caída (Génesis 3:22-24). Desde entonces, la Biblia comienza una larga historia de regreso hacia la Vida. Y al final de Apocalipsis, el árbol de la vida reaparece junto al río que procede del trono de Dios y del Cordero (Apocalipsis 22:1-2). Entre aquel árbol perdido y aquel árbol restaurado está Cristo diciendo: «El que come de este Pan no muera». Podemos contemplar una misma gran historia: el hombre perdió acceso a la Vida por el pecado; Dios viene en Cristo para abrir nuevamente el camino hacia la Vida. Debemos notar que la carne de Cristo, el velo rasgado y el camino nuevamente abierto hacia la Presencia y la Vida de Dios tienen el mismo significado, son lo mismo. Lo que nos impedía acercarnos a Dios, a saber, Su justicia tipificada en el velo, fue satisfecha cuando la carne de Cristo en la cruz fue rasgada con la muerte, así que el velo ha sido roto y tenemos entrada a Dios libremente. Recuerda esto cuando lleguemos a los versículos 53–56 y a Hebreos 10.
— Roberto Tinoco
Juan 6:51
JUAN 6:51 «Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo.» Aquí el discurso da un paso decisivo. Jesús no dice solamente «Pan de Vida», sino ὁ ἄρτος ὁ ζῶν (ho ártos ho zōn), dice «el Pan viviente». El Pan no sólo produce Vida; está vivo. Esto nos devuelve a Juan 1:4: «En Él estaba la Vida». Cristo no distribuye una Vida que recibió de una fuente exterior. Como vimos en Juan 5:26, el Hijo tiene Vida en sí mismo. Después repite: «descendió del cielo». La encarnación permanece en el centro. El Pan celestial no cayó como cayó el maná. Se hizo carne. Juan 1:14 dijo: «El Verbo fue hecho carne». Juan 6:51 comienza a unir ambas grandes imágenes: el Verbo que se hizo carne es el Pan que descendió del cielo. Y entonces aparece una promesa enorme: ἐάν τις φάγῃ... ζήσει εἰς τὸν αἰῶνα (eán tis phágē... zḗsei eis ton aiōna), «si alguno come... vivirá para siempre». La invitación se vuelve individual: ἐάν τις, «si alguno». El Pan viene para el mundo, pero debe ser recibido personalmente. Nadie puede comer por otro. Podemos orar por nuestros hijos, enseñarles, llevarlos a la iglesia y mostrarles a Cristo. Pero finalmente cada persona tiene que recibir por la fe al Hijo de Dios. El Pan puede estar sobre la mesa de toda la familia; cada uno debe comer. Y entonces Jesús pronuncia las palabras que cambiarán el tono de toda la conversación: «El pan que yo daré es mi carne». La palabra es σάρξ (sárx), carne. Hasta aquí la multitud podía seguir pensando metafóricamente en un pan celestial semejante al maná. Ahora Jesús coloca su propia carne en el centro de la imagen. Esto nos lleva directamente a Juan 1:14: ὁ λόγος σὰρξ ἐγένετο (ho lógos sàrx egéneto), «el Verbo se hizo carne». El mismo término. El Verbo se hizo sárx; ahora el Pan que dará es su sárx. La encarnación no fue simplemente Dios acercándose para hablarnos desde un cuerpo. El cuerpo asumido por el Hijo será entregado para nuestra salvación. Y aparece el verbo δώσω (dṓsō), «daré». Es futuro. Jesús está mirando hacia la cruz. El pan multiplicado en el monte fue tomado, bendecido y repartido. Ahora comenzamos a comprender que la señal estaba apuntando mucho más lejos. Llegará un momento en que Cristo mismo será entregado a muerte. El Pan de Vida se dará por el mundo. El milagro de los cinco panes no era sólo demostración de provisión. Estaba preparando un lenguaje para entender la cruz. Hay una diferencia conmovedora entre el maná y Cristo: El maná cayó, pero Cristo se entregó. El maná no decidió descender, pero el Hijo vino voluntariamente. El maná alimentó sin sufrir, pero el Pan vivo dará su carne. Y Jesús dice: ὑπὲρ τῆς τοῦ κόσμου ζωῆς (hypèr tês tou kósmou zōês), «por la vida del mundo». La preposición ὑπέρ (hypér) puede expresar «por, en favor de». Aquí comienza a escucharse claramente el lenguaje sacrificial. Su carne será entregada por otros. Esto conecta con Juan 10:11: «El buen pastor su vida da por las ovejas». También con 11:51-52, donde Juan interpretará la muerte de Jesús como muerte por la nación y para congregar a los hijos de Dios dispersos. Y nuevamente aparece κόσμος (kósmos), mundo. Juan 3:16: Dios amó al mundo. Juan 4:42: Salvador del mundo. Juan 6:33: da Vida al mundo. Juan 6:51: entrega su carne por la Vida del mundo. El Pan no pertenece a una mesa étnicamente cerrada, pues la cruz tendrá brazos suficientemente abiertos para todo el mundo. Aquí debemos escuchar con atención a los primeros cristianos, porque Juan 6:51–58 fue muy importante en su comprensión de la Cena del Señor. Por ejemplo, Ignacio de Antioquía, a comienzos del siglo II, habló de la celebración de la Cena del Señor en términos profundamente realistas, vinculándola con «la carne de nuestro Salvador Jesucristo». Ireneo de Lyon, posteriormente, relacionó el pan y la copa de la Cena con la realidad de la encarnación y también con la esperanza de la resurrección corporal. Esto no significa que creían que el pan literalmente cambiaba de sustancia y se convertía en carne ni que el vino se transformaba literalmente en sangre; sino que la celebración de la cena del Señor era la mejor celebración litúrgica práctica de creer en la muerte de nuestro Señor identificándonos así con Él en su muerte por la fe. No fe en los símbolos de la Cena, sino fe en Jesucristo crucificado. Participar exteriormente de la Cena no equivale automáticamente a alimentarse espiritualmente de Cristo si falta la fe. Y ahora la imagen del Pan adquiere un significado completamente nuevo. Hasta aquí podríamos pensar: Cristo alimenta porque tiene mucho. Pero 6:51 dice algo mayor: Cristo alimenta porque se da a sí mismo. Ésa es la naturaleza del amor cristiano. El verdadero amor no entrega solamente cosas; finalmente se entrega a si mismo. Cristo no salvó al mundo enviando algo que le sobraba. Se dio. Y quizá ésta sea una de las frases más hermosas que podemos llevarnos del versículo: El Pan de Vida no fue amasado con abundancia, sino partido por amor. La multitud quería otro pan que bajara del cielo, pero el Padre les dio algo infinitamente mayor: un Hijo que descendió del cielo dispuesto a ser entregado por ellos. Y aquí termina este movimiento que comenzó con hombres diciendo: «¿No es éste el hijo de José?» Y termina con Jesús diciendo, en esencia: «Mi historia no comenzó en Nazaret y mi misión no terminará alimentando una multitud. Descendí del cielo para entregar mi carne por la Vida del mundo».
— Roberto Tinoco
Juan 6:52
JUAN 6:52 «Entonces los judíos contendían entre sí, diciendo: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?» La reacción sube de intensidad. Antes murmuraban (Juan 6:41); ahora ἐμάχοντο (emáchonto), «discutían, contendían, peleaban» entre ellos. La revelación de Cristo está dividiendo la conversación. Y la pregunta es comprensible: πῶς δύναται οὗτος ἡμῖν δοῦναι τὴν σάρκα φαγεῖν; (pōs dýnatai hoûtos hēmîn doûnai tēn sárka phageîn?), «¿cómo puede éste darnos a comer su carne?». El problema es que interpretan las palabras de Jesús exclusivamente dentro de categorías naturales. Esto ya ocurrió con Nicodemo: «¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo?» (Juan 3:4). Ocurrió con la samaritana: «No tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo» (Juan 4:11). Ahora vuelve a ocurrir: «¿Cómo puede darnos su carne?». Juan nos muestra repetidamente al hombre intentando comprender una realidad celestial utilizando únicamente las posibilidades de la vida natural. Hay una distinción entre realidad celestial y apariencia terrenal, y conectan «carne y sangre» con la esfera de la vida humana natural. Como aplicación teológica puede enriquecernos, especialmente recordando Mateo 16:17, donde Jesús dice a Pedro que «carne ni sangre» no le revelaron su identidad. Sin embargo, en Juan 6 debemos conservar una precisión: cuando Jesús habla de «mi carne», el contexto inmediato apunta específicamente a su propia humanidad entregada en la muerte, como acaba de decir en 6:51: «mi carne... por la vida del mundo». La pregunta de ellos, sin embargo, contiene una palabra útil: «¿cómo?». Ese «cómo» aparece constantemente cuando lo divino supera nuestra capacidad natural. Nicodemo preguntó cómo nacer de nuevo. María preguntó cómo concebiría siendo virgen (Lucas 1:34). Hay «cómos» que nacen de incredulidad y otros que nacen de asombro. La diferencia está en si nuestra pregunta busca una razón para rechazar o una puerta para comprender. El misterio cristiano no contradice la razón, pero puede sobrepasarla. La encarnación ya lo hizo: el Verbo se hizo carne. La cruz lo hará: el Autor de la Vida morirá. La resurrección lo hará nuevamente: el Crucificado saldrá del sepulcro. Ellos preguntan: «¿Cómo puede?» Juan nos está enseñando desde el principio que, cuando el sujeto de la frase es Cristo, quizá deberíamos ser más cuidadosos antes de decidir qué puede y qué no puede hacer.
— Roberto Tinoco
Juan 6:53
JUAN 6:53 «Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros.» Jesús no suaviza su lenguaje. Lo intensifica: ἐὰν μὴ φάγητε... καὶ πίητε (eàn mē phágēte... kaì píēte), «si no coméis... y bebéis». Y ahora añade explícitamente αἷμα (haîma), sangre. Para un judío esto era particularmente impactante. Levítico 17:11 declara que «la vida de la carne en la sangre está» y prohíbe ingerirla. Génesis 9:4 ya había establecido una prohibición semejante. La Ley prohibía comer sangre, mientras Jesús habla ahora de beber su sangre. Pero la paradoja comienza a aclararse cuando recordamos por qué la sangre estaba reservada. La vida pertenece a Dios, y la sangre había sido dada sobre el altar para expiación. Jesús no está invitando al canibalismo, algo que el propio contexto espiritual de Juan 6:63 hará imposible sostener de manera cruda. Está dirigiendo nuestra mirada hacia su Vida entregada sacrificialmente. Comer su carne y beber su sangre significa recibir por fe al Cristo que entrega cuerpo y vida por nosotros. Aquí aparece inevitablemente la cruz. En la última Cena, los sinópticos registrarán palabras que resuenan profundamente con Juan 6: «Esto es mi cuerpo... ésta es mi sangre del nuevo pacto» (Mateo 26:26-28). Juan no narra la institución del pan y la copa de la misma manera, pero su discurso del Pan de Vida posee una profundidad acerca de la cena del Señor que la Iglesia antigua reconoció muy pronto. Por ejemplo, Ignacio de Antioquía, a comienzos del siglo II, habló de la Cena del Señor enseñando sobre la carne y sangre de Jesucristo. Justino Mártir, unas décadas después, explicó que los cristianos no recibían el alimento de la Cena como pan y bebida comunes, sino uniéndose a Cristo en su Cuerpo. Ireneo utilizará la Cena Señorial incluso para defender la futura resurrección del cuerpo. Pero debemos mantener también la otra mitad del testimonio de Juan. En Juan 6:35 Jesús ya explicó el lenguaje del alimento mediante venir y creer. Y en 6:47 dijo sencillamente: «El que cree en mí tiene vida eterna». Por eso no debemos creer que literalmente el pan y el vino cambian a la sustancia de la carne y la sangre. La Cena sin fe es un rito vacío; la fe verdadera recibe al Cristo crucificado y resucitado, y la Cena proclama esa realidad. Participar exteriormente de los elementos sin creer no equivale automáticamente a alimentarse de Cristo. La frase final es terrible y hermosa: «no tenéis vida en vosotros». El hombre puede poseer respiración, inteligencia, éxito, religión y todavía carecer de ζωή, la Vida de Dios. Cristo no vino solamente a mejorar la vida que Adán nos dejó. Vino a comunicarnos una Vida que sólo existe en el Hijo de Dios.
— Roberto Tinoco
Juan 6:54
JUAN 6:54 «El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero.» Aquí cambia incluso el verbo utilizado para «comer». Aparece τρώγων (trṓgōn), término muy concreto para comer, alimentarse, masticar. Juan lo repetirá en los siguientes versículos. Jesús intensifica la imagen en lugar de permitir que sus oyentes la conviertan rápidamente en una abstracción inofensiva. Pero observa nuevamente el tiempo verbal: ἔχει ζωὴν αἰώνιον (échei zōḕn aiṓnion), «tiene vida eterna». Exactamente la misma estructura de 6:47: «el que cree tiene vida eterna». Esta correspondencia es teológicamente importantísima. Comer a Cristo no puede separarse de creer en Cristo. Es apropiarse personalmente por fe de su Persona y de su muerte vivificadora. También sirve para evitar creer que los elementos de la santa Cena cambian de sustancia, son símbolos únicamente y lo que hace cierto comer a Cristo es creer en Él. Así también, hay muchos que participan de la Cena del Señor, pero aún así su vida continúa en experiencias de muerte y no de vida. ¿Por qué es esto así? ¡Porque no están creyendo a Cristo! Sólo tienen una ceremonia religiosa. La Palabra dice: Porque el que come y bebe indignamente, sin discernir el cuerpo del Señor, juicio come y bebe para sí. Por lo cual hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros, y muchos duermen (1 Cor. 11:29-30). Existe una realidad celestial y una apariencia terrenal. Lo terrenal no es lo auténtico, sino lo celestial. Lo terrenal es sólo una especie de sombra o figura temporal. Es así que se habla de “carne y sangre” para referirse primero a lo terrenal, a la vida natural de los seres humanos. Jesús dijo a Pedro ante la declaración de su identidad que dicha revelación no le fue revelada por carne y sangre (Mateo 16:17). Pedro no había llegado al convencimiento de quién es Jesús por el consejo de alguna persona de este mundo. Y el apóstol Pablo testificó que al comienzo de su conversión no fue a consultar con carne y sangre (Gálatas 1:16); es decir, con seres humanos en la limitación terrenal. El apóstol Juan escribió acerca de los hijos de Dios que no son engendrados de sangre ni de voluntad de carne (Juan 1:13); de manera que hay hijos celestiales e hijos terrenales; así como revelaciones espirituales y conocimientos terrenales o naturales. Tal ambivalencia de posibilidades hace que los hombres anden en la carne o en el espíritu y ocasionalmente en uno y luego en otro. Son cristianos y de pronto se portan como si no lo fueran. Miras su rostro como el de un ángel y luego lo escuchas abrir la boca como demonio. ¿A que se debe tal doblez? ¿Diremos que es simple hipocresía? No me parece, pues he encontrado cristianos sinceros y sufrientes por vivir una vida más alta que la que están viviendo sin conseguirlo y que desean hallar el cómo salir de su situación. ¿Cuál es la respuesta? Te diré cuál es: el principio de comer carne y sangre. Permíteme explicarte. Hay un principio de vida que luego es reafirmado en la Ley: “no comeréis carne con su vida” (Génesis 9:4; Levítico 17:14). Este es un principio universal. Toda carne tiene un cierto grado o nivel de vida y quien la come recibe el suministro de esa clase de vida, porque hay muchos tipos diferentes de vida y cada tipo tiene cierto grado de gloria: “No toda carne es la misma carne, sino que una carne es la de los hombres, otra carne la de las bestias, otra la de los peces, y otra la de las aves. Y hay cuerpos celestiales, y cuerpos terrenales; pero una es la gloria de los celestiales, y otra la de los terrenales. Una es la gloria del sol, otra la gloria de la luna, y otra la gloria de las estrellas, pues una estrella es diferente de otra en gloria” (1 Cor. 15:39-41). Al ser diferente una carne de otra, su efecto al comerla es diferente. Según el grado de gloria de la carne, así es el grado de vida que trasmite a quien la come. Por ejemplo, en lo natural, comer carne de pescado tiene un poco más de gloria o beneficio que comer carne de cerdo. Espiritualmente es semejante. Permíteme preguntarte: ¿de qué alimentas tu alma? Conoce el principio de la vida: comer la carne superior proporciona la vida superior. El Señor Jesucristo como Hijo del Hombre expresó: “…el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna” (Juan 6:53-56). Es interesante que la Ley de Dios prohíba comer carne con su sangre y sin embargo, Jesucristo sentencie que si no comemos su carne y bebemos su sangre no tendremos vida eterna. Hasta los judíos dijeron: “¿cómo puede este darnos a comer su carne y beber su sangre?” (Juan 6:52). E incluso muchos de los discípulos lo abandonaron a partir de ello. Para la mente carnal es un escándalo el misterio de la carne de Cristo. El punto es que la Ley prohíbe comer las clases de vida inferior para no descender a dicha vida inferior; pero sí puedes comer la vida superior para ascender a dicha vida superior, a saber, la vida eterna (entiéndase por vida eterna a la vida celestial y no sólo a no morir). Por eso es que también expresó que comer su carne y beber su sangre nos hace permanecer en Él (Juan 6:56); pero si alguno come carne y sangre inferior permanecerá en ese estado inferior. Sólo su carne es verdadera comida y sólo su sangre verdadera bebida (Juan 6:55). En la creación caída el mayor come al menor, pero en la creación celestial el menor come al mayor. A eso se debe que la vida de algunos sea una vida inferior; han estado comiendo carne con su vida inferior. El mundo judío preguntó: “¿cómo puede este darnos a comer su carne y a beber su sangre?” Lo mismo sucede con las cosas del mundo, ¿cómo puede alguno comer carne con vida inferior? El apóstol Pablo escribió: “el que siembra para la carne, de la carne segará corrupción” (Gálatas 6:8). Sembrar para la carne es hacer provisión para satisfacer los deseos de la carne (Romanos 8:13); es decir, alimentar un deseo carnal mediante los sentidos (vista, oído, olfato, tacto, imaginación, etc.) hasta llevarlo al hecho. El deseo sólo o inicial no te lleva a pecar, sino que requiere ser alimentado primero. El estómago del alma es mucho más amplio que el del cuerpo y la boca del alma es mucho más grande que la física. Es muy fácil darle de comer al alma, tanto si le damos lo bueno como si le alimentamos de algarrobas. Cuando el deseo carnal quiere pecar despierta hambre en el corazón del hombre. Luego este procura alimentar su deseo mediante los sentidos del cuerpo y una vez que el estómago del alma ha recibido suficiente suministro de carnalidad, puede realizar el pecado. Por otro lado, un ejemplo glorioso de buena alimentación del alma es la Santa Cena. La celebración de la Cena del Señor es también la celebración o participación de una vida superior, la vida indestructible de Jesucristo. ¿Un ritual religioso? De ninguna manera. Nos reunimos para participar de la vida del cielo. ¿No es glorioso apartarse un momento del contacto con esta vida para participar de Su Vida? ¿Cómo podemos comer la carne de Jesucristo y beber su sangre? Mediante la fe participando de servicios espirituales como la Santa Cena, la Palabra, la oración, la adoración, la comunión, etc. La Biblia dice que “la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios” (1 Corintios 15:50). La vida inferior no experimenta las bendiciones del reino de Dios. Una persona puede ser cristiana y aún así vivir una vida inferior como si no conociera a Jesús; ¿por qué? Porque su alimento es carne y sangre inferior; se alimenta de sus amistades o del estilo de vida del mundo. La herencia del reino está disponible, pero para acceder a ella es imperativo dejar de alimentarse de tales cosas; hay que rasgar dicha carne para entrar al reino. Jesucristo “nos abrió un camino vivo y nuevo a través del velo” y se aclara: “esto es, de su carne” para entrar confiadamente al trono de la gracia de Dios (Hebreos 10:19-20). Quienes viven en un estado de desgracia en vez de un estado de gracia, lo hacen debido a que comen carne inferior, no rasgan el velo carnal. Los judíos rasgaban sus ropas ante una causa dolorosa y Dios rasgó su velo ante la muerte de su Hijo. Mientras no sintamos dolor por comer carne y sangre inferior no rasgamos el velo de la carnalidad; y tampoco entramos a la vida del reino donde hay un trono de gracia. La Palabra habla de que “tres son los que dan testimonio: el Espíritu, el agua y la sangre” (1 Juan 5:6-8). Ya no es el testimonio de la carne, sino el testimonio del espíritu y de la sangre. El agua es haber pasado por la muerte de la carne. Hay un testimonio: morimos a la carne y vivimos por el Espíritu, “este es el testimonio: Dios nos ha dado vida eterna y esta vida está en su Hijo” (1 Juan 5:11). Tenemos la vida indestructible. Somos Israel cojeando después de Peniel y no el orgulloso Jacob antes de luchar con Dios. El testimonio de la carne es “no puedes entrar al trono de gracia, no puedes disfrutar la vida del reino”. El velo de carne intacto es como el velo del tabernáculo bordado con querubines de obra primorosa que recuerda a los hijos del caído Adán: “no puedes entrar al trono de la gracia, olvídate del árbol de la vida”. Pero una vez roto el velo de la carne, la ley del reino proclama que los querubines de justicia ya no son necesarios, el camino al árbol de la vida está abierto.
— Roberto Tinoco
Juan 6:55
JUAN 6:55 «Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida.» Lee la nota 6:54 Jesús utiliza ἀληθής (alēthḗs), «verdadera, real». Algunos manuscritos presentan la forma relacionada alēthōs, «verdaderamente», pero la idea permanece: su carne es verdadero alimento y su sangre verdadera bebida; lo eternamente genuino. La palabra «verdadero» en Juan tiene una riqueza especial. Jesús es la Luz verdadera (Juan 1:9), el Padre da el verdadero Pan (Juan 6:32), y más adelante Cristo será la Vid verdadera (Juan 15:1). Lo verdadero no significa que las otras realidades sean necesariamente falsas, sino que Cristo es la realidad plena hacia la que apuntaban. El pan natural es alimento verdadero, pero sólo sostiene vida natural. El maná fue alimento verdadero, pero quienes lo comieron murieron. Cristo es alimento correspondiente a la Vida eterna. Es una Vida superior que sólo puede ser sustentada por alimento correspondiente a ella. La Vida que procede de Dios sólo puede ser sustentada por comunión con Dios. Clemente de Alejandría utilizó con frecuencia imágenes de alimento y nutrición para hablar del crecimiento espiritual. Para él, Cristo alimenta al creyente llevándolo hacia madurez. La imagen encaja maravillosamente aquí: no recibimos Vida para después intentar sostenerla independientemente de quien nos la dio. Esto corrige nuestra tendencia a intentar alimentar necesidades espirituales con sustitutos naturales. Descansamos, viajamos, compramos, nos entretenemos, conseguimos reconocimiento. Muchas de esas cosas pueden ser buenas, pero ninguna puede hacer el trabajo de Cristo. No todo lo que distrae el hambre alimenta; hay cosas que entretienen el vacío sin llenarlo. Jesús no dice: «Yo les ayudaré a olvidar el hambre». Él dice: «Yo soy verdadera comida».
— Roberto Tinoco
Juan 6:56
JUAN 6:56 «El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece, y yo en él.» Lee la nota 6:54. Ahora aparece una de las palabras más importantes de Juan: μένει (ménei), «permanece, habita, continúa». «En mí permanece, y yo en él». Aquí el lenguaje de alimento desemboca en unión. Comer no significa solamente recibir un beneficio de Cristo. Significa entrar en una comunión tan profunda que Jesús puede describirla como mutua permanencia. Esto anticipa directamente Juan 15:4: «Permaneced en mí, y yo en vosotros». Allí utilizará la imagen de la vid y los pámpanos. El pámpano no visita ocasionalmente la vid. Vive unido a ella. La vida cristiana no es una serie de visitas a Cristo; es permanencia en Cristo. Comer su carne y beber su sangre conduce a permanecer en Él. Cristo no quiere ser solamente la Persona a quien acudimos cuando tenemos hambre. Quiere convertirse en el lugar espiritual donde vivimos. Hay algo profundamente hermoso en la reciprocidad: «en mí... y yo en él». No solamente nosotros en Cristo, sino Cristo en nosotros. Pablo utilizará otra formulación: «Cristo en vosotros, la esperanza de gloria» (Colosenses 1:27). Gálatas 2:20: «ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí». Orígenes habló con frecuencia de Cristo habitando interiormente mediante la Palabra recibida y vivida. Sin reducir este versículo únicamente a lectura bíblica, esa intuición devocional es preciosa: la Palabra no quiere quedarse en la página; quiere hacerse morada dentro del hombre. Y aquí la Cena del Señor adquiere también una profundidad hermosa. No venimos simplemente a recordar un acontecimiento distante. Proclamamos la muerte del Señor, participamos en comunión con Cristo y recordamos que nuestra Vida depende continuamente de Él. El objetivo no es tener a Cristo durante unos minutos, sino permanecer en Él por siempre.
— Roberto Tinoco
Juan 6:57
JUAN 6:57 «Como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre, asimismo el que me come, él también vivirá por mí.» Aquí Jesús nos lleva hasta el origen de la Vida. El Padre es ὁ ζῶν πατήρ (ho zōn patḗr), «el Padre viviente». Y Jesús dice: κἀγὼ ζῶ διὰ τὸν πατέρα (kagṓ zō dià ton patéra), «yo vivo por causa del Padre». No debemos interpretar esto como si el Hijo fuera una criatura cuya existencia comenzó después que el Padre. Juan 1 ya excluyó esa lectura: el Verbo estaba en el principio y era Dios. Estamos nuevamente dentro del misterio de la relación entre el Padre y el Hijo en la encarnación del Hijo, como Hombre si es criatura del Padre, más no como Dios uno con el Padre. Ya en Juan 5:26 expresó que el Padre dio al Hijo «tener vida en sí mismo», de nuevo, esto es su encarnación. Y entonces Jesús establece una cadena de Vida: el Padre viviente → el Hijo → quien recibe al Hijo. «El que me come, él también vivirá por mí». Esto es extraordinario. La vida cristiana no consiste solamente en imitar a Jesús desde fuera. Consiste en vivir de Jesús desde dentro. Por supuesto que debemos imitarlo, pero la imitación cristiana nace de participación y comunión. Pablo dirá: «Para mí el vivir es Cristo» (Filipenses 1:21). No solamente: «Cristo es mi ejemplo». En realidad es mi Vida. Watchman Nee insistió mucho en esta distinción pastoral: el cristianismo no consiste principalmente en que el creyente intente reproducir con esfuerzo la vida de Cristo, sino en que la Vida de Cristo opere en el creyente. Esa intuición encaja muy bien aquí, siempre subordinada al texto: «vivirá por mí». Esto cambia nuestra manera de enfrentar la santidad. No decimos solamente: «Tengo que ser más paciente». Decimos: «Cristo, sé tu paciencia en mí». No sólo: «Debo amar más». Sino: «Permite que tu Vida exprese amor a través de mí». La rama no aprieta los dientes para fabricar fruto, sólo permanece en la vid. La Vida produce lo que la fuerza humana sólo puede imitar durante un tiempo.
— Roberto Tinoco
Juan 6:58
JUAN 6:58 «Este es el pan que descendió del cielo; no como vuestros padres comieron el maná, y murieron; el que come de este pan, vivirá eternamente.» Jesús cierra el gran contraste que ha recorrido todo el capítulo: οὗτός ἐστιν ὁ ἄρτος (hoûtós estin ho ártos), «éste es el Pan». La expresión tiene algo de señalamiento definitivo. Después de hablar de Moisés, del maná, del Padre, de la carne y de la sangre, Jesús vuelve a colocarse en el centro. No dice solamente: «ésta es mi enseñanza», sino «éste es el Pan». Todo termina regresando a su Persona. El cristianismo no consiste finalmente en encontrar una filosofía que nos explique la Vida, sino en recibir a Cristo, porque la Vida está en Él. El contraste es deliberadamente contundente: «vuestros padres comieron... y murieron», pero «el que come de este pan, vivirá eternamente». Jesús no desprecia el maná. Fue una provisión milagrosa de Dios. Cada mañana el desierto amanecía con la evidencia de que Dios no había olvidado a su pueblo. Sin embargo, el maná tenía un límite que Cristo no tiene: podía sostener la vida un día, pero no podía vencer la muerte. El maná alimentaba al hombre que iba a morir; Cristo alimenta al hombre para una Vida que finalmente vencerá la muerte. Esto nos ayuda a comprender mejor qué significa que Jesús sea el «verdadero Pan» (Juan 6:32 ve la nota). «Verdadero» no significa que el maná fuera falso. Significa que era provisional, anticipatorio, temporal. Era una sombra que señalaba hacia una realidad mayor. El maná decía silenciosamente cada mañana: «El hombre necesita recibir porciones de Dios para vivir». Cristo llega y revela el cumplimiento: el regalo definitivo que Dios da para que el hombre viva es su propio Hijo. Hay incluso una diferencia hermosa en la manera en que ambos descienden. El maná descendía sobre el suelo del desierto. Cristo descendió hasta nuestra humanidad. Juan 1:14 dijo: «el Verbo fue hecho carne». En Juan 6, el Verbo encarnado dice: «Yo soy el Pan que descendió del cielo». El descenso del maná fue geográfico; el descenso del Hijo fue una humillación de amor. Filipenses 2:6-8 lo describe descendiendo hasta la condición de siervo y finalmente hasta la muerte de cruz. El Pan no solamente descendió hasta nuestra mesa; descendió hasta nuestra muerte para encontrarnos allí. Y todavía hay una diferencia mayor. El maná caía sin sufrir. Cristo se entrega. En 6:51 dijo: «el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo». Por eso no podemos separar Juan 6:58 de la cruz. Comer del Pan significa recibir por fe al Cristo que se entregó por nosotros, creen en su sacrificio. La Vida eterna no llega simplemente porque Jesús enseñó cosas maravillosas, sino porque el Hijo encarnado entregó su vida, derramó su sangre, venció la muerte y resucitó. Aquí cobra mucha fuerza la expresión ὁ τρώγων (ho trṓgōn), «el que come, el que se alimenta». Jesús ya ha utilizado este verbo en los versículos anteriores. La imagen comunica apropiación personal y continua. El pan sobre la mesa puede ser suficiente para todos y, sin embargo, no alimenta a quien no come. La suficiencia de Cristo es infinita, pero debe ser recibida personalmente. Sin embargo, el propio discurso nos protege de interpretar «comer» de una manera física. En Juan 6:35 Jesús dijo: «el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás». En Juan 6:47: «el que cree en mí, tiene vida eterna». Y ahora: «el que come de este pan, vivirá eternamente». Juan coloca estas expresiones en paralelo. Venir, creer y comer describen diferentes dimensiones de recibir personalmente a Cristo y vivir de Él. Agustín percibió con mucha fuerza esta dimensión interior del texto: para él, creer en Cristo era verdaderamente alimentarse de Cristo. Pero la Iglesia antigua también escuchó aquí una referencia a la Cena del Señor. Ignacio de Antioquía, Justino Mártir e Ireneo relacionaron la participación en el pan y la copa con la participación de la carne y sangre del Señor. Sin embargo, se referían a participar de Cristo por la fe y algunos lo malinterpretaron como literal. La fe recibe a Cristo; la Cena proclama de forma simbólica dicha comunión con Él. El rito sin fe es vacío. Hay otra frase que merece detenernos: ζήσει εἰς τὸν αἰῶνα (zḗsei eis ton aiōna), «vivirá para siempre». Jesús no promete solamente prolongación de existencia. Juan utiliza ζωή (zōḗ) para hablar de la Vida que procede de Dios. Juan 1:4 ya había dicho: «En él estaba la vida». Por eso comer del Pan de Vida significa participar de una Vida cuyo origen no está en nosotros, sino en Cristo. Esto explica una paradoja que aparecerá con claridad en Juan 11:25: «El que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá». El creyente puede morir físicamente y, sin embargo, Jesús decir que vivirá eternamente. La muerte biológica sigue ocurriendo, pero ha dejado de ser definitiva. Cristo ha introducido dentro de nuestra historia una Vida sobre la cual la muerte no posee la última palabra. Por eso Juan 6 ha repetido tantas veces: «yo le resucitaré en el día postrero» (Juan 6:39, 40, 44, 54). No es una idea secundaria. Es la demostración final de que el Pan de Vida hizo aquello que el maná jamás pudo hacer. Los israelitas comieron maná y sus cuerpos quedaron en el desierto. El creyente puede descender al sepulcro, pero Cristo ha prometido volver por aquello que le pertenece. Ireneo encontró aquí una verdad especialmente preciosa. Frente a quienes despreciaban el cuerpo y reducían la salvación a una realidad puramente espiritual, insistió en la resurrección de la carne. Si Cristo asumió verdadera carne, entregó verdadera carne y promete resucitarnos, entonces la redención no abandona nuestro cuerpo a la muerte como si fuera basura de la creación. Dios terminará reclamando todo aquello que Cristo vino a redimir. Esto permite ver una línea extraordinaria que atraviesa toda la Escritura. En Génesis, el pecado expulsa al hombre del acceso al árbol de la Vida. En el desierto, Dios da maná para sostener a su pueblo. En los Evangelios, Cristo se presenta como el Pan vivo. En la cruz entrega su carne. En la resurrección vence la muerte. Y en Apocalipsis 22 vuelve a aparecer el árbol de la Vida junto al río que sale del trono de Dios y del Cordero. La historia completa parece decir: el hombre perdió la Vida, pero Dios nunca abandonó su propósito de llevarlo nuevamente hasta ella. El maná debía recogerse cada mañana. El creyente que intentaba guardar para sí lo que Dios había ordenado recibir diariamente descubría que se corrompía (Éxodo 16:19-21). Cristo, por supuesto, no «se corrompe» ni nuestra salvación caduca cada noche. Pero el maná puede enseñarnos algo sobre la dependencia cotidiana: la Vida cristiana no fue diseñada para independizarnos de Cristo después de haberlo recibido. Fuimos llamados a vivir continuamente de Él. Por eso la pregunta no es solamente: «¿Comiste alguna vez?» También es: «¿De qué estás viviendo hoy?» Podemos haber comenzado por fe y después intentar sostener la vida espiritual mediante recuerdos, métodos, experiencias antiguas o nuestra propia fuerza. Pero Jesús no dijo: «Yo fui el Pan de Vida cuando te convertiste». Dice: «Yo Soy». Lo que comemos físicamente termina formando parte de nosotros; aquello que permitimos entrar continuamente al corazón también termina manifestándose en nuestra manera de vivir. Si alimentamos resentimiento, la amargura comenzará a aparecer. Si alimentamos temor, nuestras decisiones terminarán oliendo a miedo. Si alimentamos orgullo, la corrección se volverá insoportable. Si vivimos alimentándonos de Cristo, tarde o temprano algo de Cristo tendrá que comenzar a verse. No porque nos estemos «divinizando» en el sentido de dejar de ser criaturas o convertirnos en Dios. Pero sí porque, como dice 2 Pedro 1:4, somos hechos «participantes de la naturaleza divina», escapando de la corrupción del mundo. Los padres de la Iglesia hablaron con mucha fuerza de esta participación, siempre preservando la diferencia entre Creador y criatura. Dios no nos convierte en Dios por naturaleza; nos comunica su Vida por gracia. Y esto cambia nuestra manera de entender la santidad. La santidad cristiana no consiste solamente en que una persona natural se esfuerce desesperadamente por comportarse como Jesús. Juan 6:57 acaba de decir: «el que me come, él también vivirá por mí». La fuente de la transformación es una Vida recibida. Obedecemos, luchamos, disciplinamos el cuerpo y renovamos la mente, pero todo eso nace de una realidad anterior: Cristo vive en nosotros. Hay panes que necesitamos durante una temporada. Un trabajo puede sostenernos durante algunos años. Una amistad puede acompañarnos durante una etapa. Una respuesta de Dios puede resolver una crisis concreta. Incluso ciertos dones que hoy parecen indispensables quizá mañana ya no sean necesarios. Pero existe un hambre que nos acompañará hasta la eternidad. Y para esa hambre Dios no nos dio simplemente una provisión. Nos dio a su Hijo. Por eso debemos tener cuidado de no convertir nuestra relación con Cristo en una búsqueda interminable de panes. Podemos pasar la vida diciendo: «Señor, dame esto; ahora aquello; abre esta puerta; resuelve este problema; cambia esta circunstancia». Él, en su bondad, puede responder muchas de esas oraciones. Pero después de cada pan volveremos a tener hambre; hasta que descubramos al verdadero Pan de vida.
— Roberto Tinoco
Juan 6:59
JUAN 6:59 «Estas cosas dijo en la sinagoga, enseñando en Capernaum.» Juan cierra la sección con una precisión histórica: ταῦτα εἶπεν ἐν συναγωγῇ διδάσκων ἐν Καφαρναούμ (taûta eîpen en synagōgē didáskōn en Kapharnaoúm), «estas cosas dijo enseñando en una sinagoga, en Capernaum». La palabra central puede parecer poco espectacular: διδάσκων (didáskōn), «enseñando». Todo este lenguaje extraordinario acerca del Pan celestial, carne, sangre, Vida eterna y resurrección fue pronunciado en un contexto de enseñanza. Capernaum había llegado a ser uno de los centros principales del ministerio galileo de Jesús. Allí enseñó, sanó y fue conocido públicamente. Juan quiere situar el discurso dentro de la historia. No estamos ante palabras supuestamente transmitidas en secreto décadas después, sino ante una enseñanza que el evangelista coloca públicamente en la sinagoga de Capernaum, delante de oyentes capaces de reaccionar, discutir y finalmente decidir si seguirán caminando con Jesús. Esto importa también por la naturaleza de la sinagoga. Era un lugar de lectura de las Escrituras, enseñanza y oración. Allí se recordaban Moisés, la Ley, los profetas y las obras de Dios. Y precisamente dentro de ese ambiente Jesús acaba de declarar que el maná no era el Pan definitivo y que Él es el Pan descendido del cielo. La escena es teológicamente enorme: en el lugar donde se leían las palabras acerca del pan del desierto está hablando Aquel hacia quien aquella historia apuntaba. Podemos conectar esto con Juan 5:39: «Escudriñáis las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí». Ahora casi podemos verlo materializado. Están dentro de una sinagoga, rodeados por la memoria de las Escrituras, y el Cristo hacia quien las Escrituras señalan está enseñando delante de ellos. La distancia entre el texto y su cumplimiento cabe dentro de aquella habitación. Pero hay algo todavía más fuerte: escuchar la Palabra coloca al oyente delante de una decisión. El discurso no terminará simplemente con personas diciendo: «qué interesante enseñanza». El siguiente versículo comienza: «Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír?» (Juan 6:60). Algunos discípulos se irán. Otros permanecerán. Judas seguirá físicamente presente mientras su corazón camina en otra dirección. La enseñanza de Cristo no sólo informa, sino que también revela al oyente. La misma Palabra que alimenta a uno descubre la resistencia de otro. La misma verdad que Pedro llamará «palabras de vida eterna» será llamada por otros «palabra dura». El problema no siempre está en la Palabra que escuchamos, sino en el corazón con que la escuchamos. Hay una diferencia enorme entre estar en la sinagoga donde Cristo habla y alimentarse de Cristo. Aquellos hombres estaban en el lugar correcto y escuchaban al Maestro correcto. Oían la Palabra correcta; pero aun así, algunos estaban a punto de marcharse. Eso debería producir una santa sobriedad en quienes llevamos años dentro de la iglesia. La cercanía exterior a las cosas de Dios nunca debe confundirse automáticamente con comunión interior con Cristo. Podemos sentarnos durante años donde se predica el Pan y continuar espiritualmente hambrientos; conocer el lenguaje, saber cuándo levantarnos y cuándo sentarnos. Cuándo cantar e incluso enseñar a otros. Y todavía necesitamos responder personalmente a Cristo. Porque el Pan puede ser predicado delante de una multitud, pero nadie puede comer por nosotros. En los siguientes versículos, la sinagoga de Capernaum nos dejará una pregunta que atravesará el resto del capítulo: ¿Qué haremos cuando el Cristo que nos alimentó diga algo que no queremos escuchar?
— Roberto Tinoco
Juan 6:60
JUAN 6:60 «Al oírlas, muchos de sus discípulos dijeron: Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír?» Lo primero que sorprende es quién habla. Juan no dice «los judíos» ni «los adversarios», sino πολλοὶ... τῶν μαθητῶν αὐτοῦ (polloì... tōn mathētōn autoû), «muchos de sus discípulos». ¡Sus discípulos! ¡Y no pocos, sino muchos! La crisis ya entró al círculo de quienes seguían a Jesús. Se puede caminar detrás de Cristo, presenciar milagros y ser llamado discípulo en un sentido amplio, y aun así llegar al momento en que su Palabra confronte aquello que todavía no hemos rendido. Dicen: σκληρός ἐστιν οὗτος ὁ λόγος (sklērós estin hoûtos ho lógos), «dura es esta palabra». Sklērós significa duro, áspero, difícil de aceptar. De esta raíz procede nuestra palabra «esclerosis». No están diciendo simplemente: «Esto es intelectualmente complicado». La frase siguiente, «¿quién la puede oír?», muestra que les resulta inaceptable, intolerable. La Palabra no sólo ha superado su comprensión; ha comenzado a chocar con sus expectativas. Yo le llamo a esto: «la confesión de la ofensa.» Antes habían admirado las palabras de Jesús, pero al sentirse escandalizados su confesión cambia a «no lo puedo oír». Hay una intuición pastoral muy buena aquí: nuestro estado interior puede modificar la manera en que escuchamos una misma voz. Cuando el corazón está abierto, una corrección puede parecernos medicina. Cuando está endurecido, incluso la medicina puede parecernos agresión. Pero conviene hacer una precisión. No toda dificultad con una enseñanza significa que la persona esté «ofendida» en un sentido pecaminoso o negativo. Hay palabras de Jesús genuinamente difíciles que requieren tiempo, oración y madurez para comprender. Los discípulos fieles también hicieron preguntas. La diferencia aparecerá en lo que hacemos después de no entender. Ésa es la gran pregunta del versículo: ¿Qué haces cuando Cristo dice algo que todavía no puedes procesar? Puedes quedarte y preguntar, puedes luchar en oración, también puedes esperar a comprender, incluso puedes decidir que, como no entiendes a Cristo, Cristo debe estar equivocado. Todo eso está mal. La fe cristiana madura no dice: «Entiendo todo». Dice: «Todavía no entiendo, pero sé quién está hablando».
— Roberto Tinoco
Juan 6:61
JUAN 6:61 «Sabiendo Jesús en sí mismo que sus discípulos murmuraban de esto, les dijo: ¿Esto os ofende?» Jesús conoce ἐν ἑαυτῷ (en heautō), «en sí mismo», que están murmurando. No necesita que alguien le informe. Nuevamente encontramos al Cristo de Juan 2:25, que «sabía lo que había en el hombre». Su sabiduría y cerebro perfecto, junto con el don de discernimiento de la unción del Espíritu sovre Él hacían posible esto. Y vuelve el verbo relacionado con la murmuración del desierto. Desde Juan 6:41 vemos a los judíos murmurando, pero ahora son los discípulos de Jesús. La enfermedad del desierto ha entrado en el grupo que camina con Jesús. Entonces pregunta: **τοῦτο ὑμᾶς σκανδαλίζει; (toûto hymâs skandalízei?)**, «¿esto os hace tropezar?». Skandalízō significa hacer tropezar, poner una ocasión de caída. Está relacionado con σκάνδαλον (skándalon), trampa u obstáculo. Ofendidos, se cerraron contra Jesús. La ofensa es una trampa que separa al corazón del hermano con su prójimo y luego lo separa de Dios. La palabra resulta dura, no porque lo sea, sino porque así la considera el ofendido; entonces, ¿cómo convencer a quien está ofendido?No siempre es posible: El hermano ofendido es más tenaz que una ciudad fuerte; y las contiendas de los hermanos son como cerrojos de alcázar –dice la Escritura (Proverbios 18:19). ¡No se abre! ¡Pone muros, fortalezas, cree tener la razón por sentirse víctima! La ofensa es la manera en la que las tinieblas introducen su oscuridad en los corazones humanos. Como vimos, la palabra griega para ofensa es skandalón, de donde viene el término «escándalo». ¿Quién no se ha escandalizado? Se usaba esta raíz para referirse a una rama con la que los cazadores ponían trampas a sus presas. Sentirse escandalizado, ofendido, es la manera como el diablo atrapa el corazón de los hombres; la ofensa es una trampa para cazar almas sumamente usada por las tinieblas. Herirse, ofenderse, lastimarse, es abrir puerta a las tinieblas. Todo lo que te escandalice es la ramita que estás moviendo para caer en la trampa. En griego es la misma raíz etimológica de donde viene nuestra palabra «capturar». Esto conecta con Isaías 8:14, donde Yahwéh aparece como «piedra para tropezar», texto que el Nuevo Testamento aplicará a Cristo (1 Pedro 2:7-8). Es una paradoja impresionante: la Piedra sobre la que puedes construir es también la Piedra con la que puedes tropezar. La diferencia no está en la Piedra, sino en nuestra respuesta. Y Jesús no evita la pregunta incómoda. No cambia el sermón para recuperar aprobación. Pregunta directamente: «¿Esto os hace tropezar?» Porque Cristo está más interesado en sanar el corazón que en conservar la multitud.
— Roberto Tinoco
Juan 6:62
JUAN 6:62 «¿Pues qué, si viereis al Hijo del Hombre subir adonde estaba primero?» Jesús no discute con los ofendidos, prefiere responder a su escándalo aumentando todavía más la revelación: «¿qué si viereis al Hijo del Hombre subir donde estaba antes?» La palabra es ἀναβαίνοντα (anabaínonta), «subiendo, ascendiendo». Hemos pasado todo el capítulo escuchando que Cristo descendió del cielo. Ahora aparece el movimiento inverso: subirá. Descenso y ascenso forman el arco de la encarnación. El Verbo estaba con Dios. Descendió, se hizo carne, entregará esa carne por la vida del mundo, resucitará y volverá a la gloria del Padre. Juan 17:5 lo expresará claramente: «glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese». Esto responde también a la objeción de Juan 6:42: «¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice que descendió del cielo?». Jesús dice, en esencia: si el descenso les resulta difícil, ¿qué harán con el ascenso? Jesús está llevando a sus oyentes más allá de las categorías puramente terrenales. La encarnación no puede comprenderse viendo solamente «carne y sangre» en el sentido natural. Hay una historia celestial detrás del hombre que tienen delante. Y hay aquí una tremenda lección: no juzgues toda la obra de Dios desde el capítulo en que estás parado. Ellos están viendo a un carpintero de Galilea y concluyendo que sus palabras son imposibles. Pero todavía faltan la cruz, la tumba vacía, la resurrección y la ascensión. Hay cosas que parecen incomprensibles en viernes, pero el domingo las explica. El Maestro sabía que no se ofendieron por lo que dijo, sino por lo que entendieron; y que no tropezaron por lo que estaba haciendo, sino por lo que pensaban que hacía. No soportaron un mensaje sobre su carne y su sangre como verdadera comida y bebida para vida eterna, ¡menos soportarían ir al cielo y ver lo celestial! Por esto es que debemos ser espirituales, sólo así tendremos vida celestial sin escándalo ni caída. Cada vez que te sientas ofendido u escandalizado sobre asuntos de esta vida, tienes un parámetro de estar viviendo en la carne y de estar malinterpretando las cosas. Por demás es que argumentes tener la razón cuando tu corazón está lastimado, pues errarás en tus decisiones. Vuelve a la vida espiritual mediante la oración y la Palabra de Dios, entonces verás bien para quitar la paja de tu hermano.
— Roberto Tinoco
Juan 6:63
JUAN 6:63 «El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida.» Éste es uno de los versículos clave para interpretar todo el discurso. τὸ πνεῦμά ἐστιν τὸ ζῳοποιοῦν (to pneûmá estin to zōopoioûn), «el Espíritu es el que vivifica». El verbo zōopoieō es el mismo gran verbo de Juan 5:21: dar vida, vivificar. Después dice: ἡ σὰρξ οὐκ ὠφελεῖ οὐδέν (hē sàrx ouk ōpheleî oudén), «la carne no aprovecha nada». Jesús no puede estar diciendo que su propia carne carece de valor, porque acaba de afirmar que su carne será dada «por la vida del mundo» y que es «verdadera comida». Sería una contradicción inmediata. Aquí «carne» debe entenderse en relación con la capacidad humana meramente natural para captar y producir la Vida de Dios. Pablo utilizará lenguaje parecido al contrastar carne y Espíritu. La vida celestial no puede ser fabricada por recursos puramente naturales o terrenales. El problema de los discípulos es que están intentando interpretar una revelación espiritual únicamente mediante categorías carnales. Escuchan «comer mi carne» y no consiguen atravesar la superficie de la imagen. Entonces Jesús dice: «las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida». No significa que sus palabras sean meramente símbolos y que su encarnación o sacrificio sean irrelevantes. Significa que sus palabras comunican una realidad que sólo el Espíritu puede hacer viva en nosotros. Orígenes habría disfrutado enormemente este versículo, porque insistía en atravesar la mera superficie para buscar la realidad espiritual de la Escritura. Aquí su intuición fundamental es muy útil: no debemos detenernos en una lectura carnal que pierda la Vida espiritual a la que Cristo conduce. Por otro lado, ¿qué alimenta nuestra interpretación cuando estamos heridos? Cuando vivimos dominados por impulsos carnales, podemos escuchar una palabra verdadera y traducirla mediante nuestros temores, resentimientos o deseos. Por eso necesitamos al Espíritu; no sólo para obedecer la Palabra, sino también y primeramente, escucharla correctamente. La carne tiene una vida limitada; respecto del reino de Dios y la vida celestial, para nada aprovecha. Esta es otra de las razones por las que se ofende, porque no saca provecho de lo celestial; se siente usada, incomprendida. La próxima vez que tu carne comience a sentirse susceptible recuerda que la carne para nada aprovecha, te está metiendo en la trampa mirando lo suyo propio. Cuidado con la carne, suele disfrazar sus deseos de derechos legítimos; por ejemplo, ¿qué tiene de malo que si tienes hambre comas pan? ¿Recuerdas la tentación a Cristo en el desierto? La carne es más susceptible cuando está hambrienta, ya sea de pan, de amor, de pagar deudas, de cuidar hijos, de ser aceptado, etc. La carne es como Esaú, necesitas darle su plato de lentejas de cuando en cuando para quitarle su poder; mantener los instintos.
— Roberto Tinoco
Juan 6:64
JUAN 6:64 «Pero hay algunos de vosotros que no creen. Porque Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían, y quién le había de entregar.» Jesús llega al problema fundamental: οὐ πιστεύουσιν (ou pisteúousin), «no creen». Después de todo el debate sobre pan, carne, sangre, Moisés, maná y ascensión, Jesús lleva la crisis hasta su raíz: incredulidad. Esto confirma lo que hemos venido observando. Comer a Cristo está inseparablemente relacionado con creer en Cristo. El problema no es que necesiten mejores dientes espirituales para comprender una metáfora extraña. Necesitan fe. Y Juan añade algo solemne: Jesús sabía ἐξ ἀρχῆς (ex archês), «desde el principio», quiénes no creían y quién lo entregaría. Piensa en Judas, por ejemplo. Judas ha estado allí y comió el pan multiplicado, así como vio las señales y escuchó a decir que Él es el Pan de Vida. También le oyó hablar acerca de la resurrección. Y con todo y eso, Judas lleva dentro un corazón que terminará en traición. La proximidad física a Cristo nunca sustituyó la fe en Cristo. Judas tuvo privilegios espirituales que nosotros apenas podemos imaginar y aun así su corazón permaneció sin rendirse. La exposición a la luz no garantiza que abramos los ojos y por eso debemos cuidarnos de descansar en nuestra historia religiosa. La pregunta sigue siendo: ¿creo en Él?
— Roberto Tinoco
Juan 6:65
JUAN 6:65 «Y dijo: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre.» Jesús vuelve sobre la verdad expresada en 6:44: «Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere». Aquí utiliza otra expresión: ἐὰν μὴ ᾖ δεδομένον αὐτῷ ἐκ τοῦ πατρός (eàn mē ē dedoménon autō ek tou patrós), «si no le ha sido dado por el Padre». La palabra relevante es δεδομένον (dedoménon), de dídōmi, «dar, conceder». Jesús establece nuevamente que venir a Él nunca es una conquista autónoma del hombre. La salvación comienza como gracia antes de convertirse en respuesta. Pero el contexto inmediato impide interpretar esta afirmación como si Jesús estuviera enseñando que determinadas personas no creen porque Dios decidió previamente negarles toda posibilidad de responder. El versículo anterior dice: «hay algunos de vosotros que no creen» (Juan 6:64). Jesús identifica la incredulidad como una responsabilidad de ellos, no simplemente como el resultado inevitable de un decreto que les impidiera creer. Y el versículo siguiente añade que muchos «volvieron atrás, y ya no andaban con él» (Juan 6:66). Juan presenta una gracia necesaria y, al mismo tiempo, una respuesta humana real. Esto resulta todavía más claro cuando recordamos que Jesús ya explicó en Juan 6:45 cómo obra el Padre: «todo aquel que oyó al Padre, y aprendió de él, viene a mí». El Padre enseña; el hombre oye y aprende; entonces viene al Hijo. Por eso «ser dado por el Padre» no necesita entenderse como una coerción irresistible, sino como la obra previa de Dios que ilumina, enseña, convence y hace posible la respuesta de fe. La gracia de Dios jamás invalida la respuesta humana y sigue dando espacio al libre alvedrío. La voluntad divina no anula la voluntad humana. Por ejemplo, cuando Jesús llegó en su última semana a jerusalén antes de su muerte, lloró sobre ella diciendo: «¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!» (Mateo 23:37). Nota que en el mismo versículo Jesús dice: “quise” y también acusa al pueblo de “no quisiste”. El problema del hombre, entonces, no es simplemente que Dios no quiera concederle acceso a Cristo. Juan ya ha presentado una tragedia diferente. En Juan 1:11 Cristo vino a los suyos y «los suyos no le recibieron». En Juan 3:19 los hombres «amaron más las tinieblas que la luz». En Juan 5:40 Jesús dice: «no queréis venir a mí para que tengáis vida». La gracia está actuando, la Luz está brillando, Cristo está llamando, pero el hombre puede resistir aquello que Dios pone delante de él. Por eso debemos distinguir cuidadosamente entre incapacidad sin gracia e imposibilidad de responder a la gracia. Jesús enseña la primera; el texto no obliga a afirmar la segunda. Separado de Dios, el hombre no genera por sí mismo fe salvadora ni produce Vida eterna. Necesita que Dios se acerque primero. Pero cuando Dios se acerca, enseña, ilumina y atrae, la Escritura trata seriamente la respuesta del hombre. Podemos verlo en todo el discurso de Jesús en este capítulo: El Padre da, atrae y enseña. Mientras el hombre oye, aprende, cree, viene, come y finalmente el discípulo decide si permanece o vuelve atrás. No necesitamos sacrificar ninguno de los dos lados. La gracia tiene la primera palabra, pero no convierte nuestra respuesta en una palabra ficticia. Aquí la perspectiva de Juan Crisóstomo resulta especialmente útil. Al comentar este discurso, Crisóstomo no entendió la atracción divina como una eliminación de la voluntad. Su preocupación era mostrar que nadie llega a Cristo presumiendo de suficiencia propia: necesitamos la enseñanza y ayuda de Dios. Pero el ser humano continúa siendo responsable de recibir esa enseñanza. El propio Juan 6:45 le daba el equilibrio: «todo aquel que oyó... y aprendió... viene». También podemos expresarlo mediante la idea que posteriormente Juan Wesley desarrollaría como gracia preveniente. Dios obra antes de nuestra conversión. Despierta, convence, llama y capacita. Por eso nadie puede decir: «Yo inicié mi salvación». Pero esa gracia precisamente hace posible una respuesta verdadera, de modo que tampoco podemos decir: «Mi incredulidad carece de responsabilidad porque Dios decidió que yo no podía responder». Hay una conexión muy hermosa con la parábola del gran banquete. La invitación procede enteramente del anfitrión. Nadie fabrica el banquete, nadie paga la mesa, nadie merece la invitación. Todo es gracia. Sin embargo, Jesús cuenta que «comenzaron todos a una a excusarse» (Lucas 14:18). La provisión pertenece al anfitrión; la excusa pertenece al invitado. Que la mesa sea gracia no convierte en irreal la decisión de sentarse o rechazarla. Esto nos ayuda a entender mejor la palabra «dado». Lo que el Padre concede no tiene que concebirse como una selección arbitraria que deja al resto sin posibilidad. Puede comprenderse dentro del conjunto del Evangelio como la capacidad concedida por la gracia para reconocer al Hijo y responder a Él. Nadie abre sus propios ojos espirituales; pero cuando Dios enciende la luz, somos responsables de no cerrarlos. Y precisamente ahí aparece la tragedia de este pasaje. Estos hombres no están lejos de Cristo. Han escuchado sus palabras y han contemplado las señales. Algunos comieron el pan multiplicado, de manera que la gracia no parece ausente de la escena. Sin embargo, Juan 6:64 dice que «no creen», y Juan 6:66 que «volvieron atrás». Por eso la advertencia no es: «Tal vez Dios nunca quiso atraerte». La advertencia es mucho más cercana: «No resistas aquello que Dios está haciendo para llevarte hacia su Hijo». Hebreos expresará una idea semejante: «Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones» (Hebreos 3:15). La voz es gracia, pero la advertencia contra endurecerse reconoce nuestra responsabilidad. De manera que Juan 6:65 destruye dos orgullos. El primero dice: «Yo encontré a Cristo por mi propia capacidad». No. Si llegaste, la gracia ya estaba trabajando antes de que dieras el primer paso. Pero destruye también otra excusa: «Si Dios quiere que venga, Él hará todo y yo no tengo ninguna responsabilidad». Tampoco. Jesús acaba de hablar de creer y está a punto de preguntar a sus discípulos si quieren marcharse.
— Roberto Tinoco
Juan 6:66
JUAN 6:66 «Desde entonces muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él.» Éste es uno de los versículos más tristes del Evangelio. πολλοὶ... ἀπῆλθον εἰς τὰ ὀπίσω (polloì... apêlthon eis tà opísō), «muchos se fueron hacia atrás». Y Juan añade: «ya no caminaban con Él». El discipulado en Juan es camino, permanencia, seguimiento. Ahora aparece el movimiento contrario. Es la carne confesando: «me voy». Personas que dejan de caminar con Jesús mismo. Y eso hace la escena terrible: el capítulo comenzó con una gran multitud siguiéndolo, pero ahora muchos se marchan. Jesús parece estar «perdiendo» seguidores precisamente después de predicar uno de sus mensajes más profundos; sin embargo, no rebaja la verdad para recuperar los números. Esto nos enseña algo incómodo sobre el ministerio: el éxito del Reino no siempre puede medirse por cuántas personas permanecen después del sermón. Hay palabras que atraen multitudes y hay palabras que revelan discípulos. La carne les llevó a ofenderse; así que dijeron -nos vamos. El texto dice: «¡muchos! » ¿Cuantos habrán dicho alguna vez que estarían con el Maestro hasta la muerte? ¿Has dicho alguna vez: nunca te dejaré y finalmente te fuiste? Como pastor he escuchado las más diversas promesas de fidelidad de personas que sintiéndose ofendidas finalmente se fueron. No importa cuánto amor recibieron y cuanto dijeron amar, la decisión obedece a su corazón. Si dejaron al Salvador que murió por ellos ofendiéndose contra Él, ¿qué podemos esperar de nosotros? Es doloroso, pero sucede.
— Roberto Tinoco
Juan 6:67
JUAN 6:67 «Dijo entonces Jesús a los doce: ¿Queréis acaso iros también vosotros?» Ahora Jesús se vuelve hacia τοῖς δώδεκα (toîs dṓdeka), los Doce. Y pregunta: μὴ καὶ ὑμεῖς θέλετε ὑπάγειν; (mē kaì hymeîs thélete hypágein?) La forma de la pregunta espera una respuesta negativa: algo como «ustedes tampoco querrán irse, ¿verdad?» Pero Jesús les permite enfrentar la decisión. No los manipula diciéndoles: «Miren cuántos se fueron; necesito que ustedes se queden». No. La puerta está delante de ellos. La puerta que Jesús abre para entrar a su reino, también permite la salida. La puerta tiene dos lados. Jesús es la puerta (Juan 10) y siempre está abierta; por Él van al Padre los que creen; y también, quienes se escandalizan de Él salen del Padre. Pero aquí la pregunta toca algo todavía más profundo: ¿por qué te quedas con Jesús? Mientras hubo panes, quedarse era fácil. Cuando las palabras se vuelven difíciles y la multitud comienza a marcharse, la permanencia revela la verdadera raíz. La fe genuina llega en algún momento al lugar donde debe decidir: «aunque otros se vayan, ¿quién es Cristo para mí?»
— Roberto Tinoco
Juan 6:68
JUAN 6:68 «Le respondió Simón Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.» Y aquí aparece una de las confesiones más hermosas de toda la Biblia. Pedro no dice: «Entendimos todo». Eso es importante. No sabemos que Pedro haya comprendido perfectamente el discurso acerca de carne y sangre. Dice: «¿A quién iremos?» La expresión es ῥήματα ζωῆς αἰωνίου (rhḗmata zōês aiōníou), «palabras de vida eterna». Pedro ha descubierto algo que los demás olvidaron: cuando no entiendo completamente las palabras de Cristo, todavía puedo recordar qué clase de Vida he encontrado en ellas. Esta confesión es el centro del pasaje. La ofensa (ver contexto) puede desorientar el corazón, mientras la confesión de fe vuelve a dirigir los pasos hacia el Señor. Pedro no afirma que no existan otras voces, otros maestros u otras posibilidades. Pregunta qué otra voz posee Vida eterna. El asunto ya no es solamente adónde ir, sino a quién. La fe cristiana finalmente no descansa en haber encontrado el sistema perfecto, sino en haber encontrado una Persona de la cual ya no sabemos vivir separados. Y aquí se conecta todo Juan 6. La multitud buscaba pan y Jesús dijo que Él era el Pan. Buscaron otra señal y Jesús les habló de fe. Recordaron a Moisés y Jesús les habló del Padre. Hablaron del maná y Jesús les ofreció Vida. Algunos terminaron diciendo: «Dura es esta palabra». Pedro, escuchando exactamente al mismo Cristo, dice: «Tus palabras tienen Vida». La misma Palabra que uno considera insoportable es para otro alimento. Considera Juan 6:63: «las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida». Pedro parece haber captado, al menos espiritualmente, aquello que Jesús acababa de decir. No dcie: «Tus palabras son fáciles». Declara: «Tus palabras son Vida». Ésta es una diferencia enorme. No necesitamos que toda Palabra de Dios sea cómoda; necesitamos que sea verdadera Palabra de Dios y nos comunique a Cristo. La clase de palabra que recibimos termina influyendo en la dirección de nuestra vida. Proverbios 4:23 dice: «Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida». Aquello a lo que damos continuamente nuestros oídos termina alimentando nuestra imaginación, convicciones, deseos y decisiones. Por eso no es indiferente qué voces ocupan la mesa de nuestro corazón. Hay además algo profundamente pastoral en la primera palabra de Pedro: Κύριε (Kýrie), «Señor». Cuando no entiende el discurso, todavía sabe quién lo pronunció. Ahí hay una clave para atravesar temporadas de confusión espiritual. No siempre tendremos respuestas inmediatas para cada pregunta. Habrá textos difíciles, providencias dolorosas y silencios que no podremos explicar. Pero podemos decir: «Señor, no entiendo todo lo que haces; pero ya he probado demasiado de tu Vida para pensar que encontraré Vida alejándome de ti». Pedro no permanece porque todo sea claro, permanece porque Cristo ya se volvió irremplazable. La fe madura no siempre dice: «Ya entendí». En ocasiones dice algo más profundo: «No sé adónde iría sin Ti».
— Roberto Tinoco
Juan 6:69
JUAN 6:69 «Y nosotros hemos creído y conocemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.» Pedro continúa: ἡμεῖς πεπιστεύκαμεν καὶ ἐγνώκαμεν (hēmeîs pepisteúkamen kaì egnṓkamen), «nosotros hemos creído y hemos conocido». Ambos verbos aparecen en perfecto, comunicando algo que ha ocurrido y cuyos efectos permanecen: hemos llegado a creer y conocer, y permanecemos en esa convicción. El orden es glorioso: creímos y conocimos. No significa que la fe cristiana sea irracional o que primero debamos creer cosas sin evidencia. Juan ha presentado señales, testimonios y obras. Pero sí significa que existe un conocimiento de Cristo que sólo se profundiza cuando comenzamos a confiar en Él. Algunas verdades se contemplan desde fuera; otras sólo se conocen verdaderamente cuando entramos en relación con Cristo. Pedro puede permanecer porque su confesión no depende únicamente del ambiente del momento ni de cómo se siente. La multitud cambia rápidamente. Ayer quería coronar a Jesús; hoy muchos discípulos lo abandonan. Pedro no consulta la dirección del viento antes de decidir quién es Cristo. La verdad acerca de Jesús no cambia porque cambie el tamaño de la multitud. Pedro no permanece simplemente porque le gustan las palabras de Jesús; permanece porque sabe quién está hablando. Éste es el secreto. Una palabra difícil en boca de un desconocido puede alejarnos. Una palabra difícil pronunciada por Aquel que sabemos que nos ama puede hacernos esperar hasta comprender. Esto también recuerda Mateo 16:16-17, donde Pedro confiesa: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente», y Jesús responde que aquello no se lo reveló «carne ni sangre», sino el Padre. Qué conexión tan hermosa con Juan 6:44-45: el Padre atrae, el Padre enseña, y el discípulo termina reconociendo al Hijo. Ésta es una razón por la que necesitamos una relación verdadera con Cristo antes de que llegue la crisis. Si sólo conocemos sus bendiciones, cuando la bendición desaparezca quizá pensemos que Él desapareció también. Si sólo conocemos respuestas, cuando llegue una pregunta difícil nuestra fe puede tambalear. Pero si hemos conocido quién es Él, podemos atravesar temporadas en que todavía no comprendemos lo que está haciendo. Las raíces no impiden que sople el viento, pero sí impiden que el viento decida dónde terminará el árbol.
— Roberto Tinoco
Juan 6:70
JUAN 6:70 «Jesús les respondió: ¿No os he escogido yo a vosotros los doce, y uno de vosotros es diablo?» Justo cuando esperaríamos que el capítulo terminara triunfalmente con la confesión de Pedro, Jesús introduce una nota oscura: «uno de vosotros es diablo». La palabra es διάβολός (diábolos), que puede significar calumniador, acusador, adversario. Juan explicará inmediatamente que habla de Judas. Primero, Jesús dice: οὐκ ἐγὼ ὑμᾶς τοὺς δώδεκα ἐξελεξάμην; (ouk egṑ hymâs toùs dṓdeka exelexámēn?), «¿no os escogí yo a vosotros los doce?». El verbo ἐκλέγομαι (eklégomai) significa escoger. Aquí la elección se refiere claramente a la selección de los Doce para su función apostólica y no debe identificarse automáticamente con salvación eterna, porque dentro de los escogidos para esa función está Judas. Esto nos protege de una lectura superficial de los privilegios espirituales. Judas fue escogido como apóstol, estuvo cerca de Cristo, recibió enseñanza, participó del ministerio y fue enviado junto con los demás. Sin embargo, esos privilegios no sustituyeron la fe. Puedes tener un lugar cerca de las cosas santas y finalmente separarte de lo santo. Y observa el contraste con Pedro. Pedro acaba de decir: «Tú tienes palabras de Vida eterna». Judas está escuchando exactamente esas mismas palabras. Los dos estuvieron allí cuando los panes se multiplicaron. Los dos atravesaron el ministerio de Jesús. Los dos pertenecían a los Doce. Sin embargo, uno está siendo arraigado en Cristo y el otro está avanzando secretamente hacia la traición. Eso vuelve a conectar con el tema del alimento del capítulo. Dos personas pueden sentarse bajo la misma predicación y no alimentarse de la misma manera. Una recibe la Palabra con fe; otra puede escucharla mientras alimenta otra cosa en secreto por sentirse ofendido. En Judas, aquello que crecerá será una oscuridad que finalmente encontrará ocasión para manifestarse. No podemos evaluar completamente la condición espiritual de alguien sólo por su cercanía al ministerio, sus dones o su posición. Jesús enseñará que «por sus frutos los conoceréis», pero sólo Dios conoce perfectamente el corazón. Y también nos obliga a examinarnos sin paranoia, pero con sinceridad: ¿estoy solamente cerca de Cristo o estoy viviendo de Cristo? Porque Judas estaba tan cerca que podía compartir la mesa, pero la cercanía sin entrega puede dejar el corazón todavía lejos.
— Roberto Tinoco
Juan 6:71
JUAN 6:71 «Hablaba de Judas Iscariote, hijo de Simón; porque éste era el que le iba a entregar, y era uno de los doce.» Lee el comentario al versículo anterior. Juan elimina cualquier ambigüedad: ἔλεγεν δὲ τὸν Ἰούδαν (élegen dè ton Ioúdan), «hablaba de Judas». Y añade una frase especialmente dolorosa: εἷς ὢν ἐκ τῶν δώδεκα (heîs ōn ek tōn dṓdeka), «siendo uno de los doce». Ésa es quizá la frase más triste: uno de los doce. No es un enemigo externo ni alguien que nunca escuchó. No es alguien que jamás vio una señal, sino uno de los doce. Juan nos irá mostrando gradualmente el corazón de Judas. En Juan 12 dirá que robaba de la bolsa común. En Juan 13 Satanás entrará en él y saldrá a la noche. Pero aquí la sombra ya aparece. La traición final no surgirá de la nada. Los grandes derrumbes suelen tener una historia interior que comenzó mucho antes de que alguien pudiera verla. Hay ciertas caídas que pueden ir gestándose mediante pensamientos y deseos que se van alimentando poco a poco. Santiago 1:14-15 describe un proceso semejante: el deseo concibe, da a luz pecado y el pecado consumado produce muerte. Hay decisiones visibles que comenzaron como pequeñas conversaciones privadas dentro del corazón. Por eso Proverbios 4:23 dice: «Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón». No solamente porque del corazón salen cosas hermosas, sino porque allí también pueden comenzar caminos que todavía nadie ve. Y aquí Juan 6 termina de una manera extraordinariamente sobria. Comenzó con miles de personas siguiendo a Jesús porque veían señales. Después cinco mil varones sin contar mujeres y niños fueron alimentados; por lo cual, querían hacerlo rey; incluso cruzaron el mar buscándolo. Parecía un éxito gigantesco. Pero entonces Cristo comenzó a hablar fuerte y la multitud se redujo cuando muchos discípulos se marcharon. Entre los que no se fueron, quedaron los Doce y entre los Doce estaba Judas. Juan nos obliga a dejar de medir el Reino contando cabezas. La pregunta final no es cuántos estuvieron cerca de Jesús, sino quién recibió realmente su Vida. La gran pregunta de todo el capítulo nunca fue simplemente quién comió pan, porque todos comieron. Pedro estuvo allí. Lo mismo que Felipe, Andrés, Judas y los otros discípulos. La multitud estuvo allí. Pero el verdadero asunto era quién descubriría al Pan detrás del pan. Algunos querían a Cristo porque podía llenar el estómago y otros querían hacerlo rey porque podía resolver necesidades. Sin embargo, mucho lo siguieron hasta que Su Palabra resultó demasiado difícil. Irónicamente, Judas permaneció físicamente cerca, pero algo dentro de él caminaba hacia otra dirección. Y Pedro dice: «¿A quién iremos?» Esa es la gran pregunta. No hay Vida verdadera, eterna, en nadie más fuera de Cristo. Ésa quizá sea la gran división de Juan 6. No entre quienes tienen problemas y quienes no. Ni entre quienes entienden todo y quienes tienen preguntas. Tampoco es un asunto entre quienes alguna vez tropiezan y quienes jamás tropiezan. La diferencia está entre quienes, cuando llega la crisis, se alejan de Cristo y quienes llevan su crisis hacia Cristo. Hasta Pedro fallará y negará al Señor. Se hundirá en el mar; dirá cosas equivocadas y será reprendido. Pero después de caer seguirá existiendo en su corazón una dirección fundamental: hacia Jesús. Mientras que Judas terminará caminando en dirección contraria. Aquello que creemos acerca de Cristo termina definiendo hacia dónde corremos cuando todo se sacude. Al principio la pregunta era: «¿Qué es esto para tantos?» Al final fue: «¿A quién iremos?» Entre ambas preguntas Cristo ha revelado quién es: El Pan de Vida. El Yo Soy sobre las aguas. El que descendió del cielo. El que entrega su carne por el mundo. El que tiene palabras de Vida eterna. Como Pedro, cuando realmente has encontrado al Pan de Vida, ya no preguntas dónde hay otra mesa.
— Roberto Tinoco