📲

Instala BRPV en tu iPhone

Toca el botón de compartir ⬆️ en Safari, y luego "Agregar a pantalla de inicio".

BRPV
📖 Ir a la Biblia 📅 Planes 🙏 Muro de oración
🔍

Antiguo Testamento

Nuevo Testamento

Tamaño de letra

Fondo de lectura

‹ ›

Juan 7

Jesús y sus hermanos

1Después de estas cosas, andaba Jesús en Galilea; pues no quería andar en Judea, porque los judíos procuraban matarle.🗨 2Estaba cerca la fiesta de los judíos, la de los tabernáculos;🗨 3y le dijeron sus hermanos: Sal de aquí, y vete a Judea, para que también tus discípulos vean las obras que haces.🗨 4Porque ninguno que procura darse a conocer hace algo en secreto. Si estas cosas haces, manifiéstate al mundo.🗨 5Porque ni aun sus hermanos creían en él.🗨 6Entonces Jesús les dijo: Mi tiempo aún no ha llegado, mas vuestro tiempo siempre está presto.🗨 7No puede el mundo aborreceros a vosotros; mas a mí me aborrece, porque yo testifico de él, que sus obras son malas.🗨 8Subid vosotros a la fiesta; yo no subo todavía a esa fiesta, porque mi tiempo aún no se ha cumplido.🗨 9Y habiéndoles dicho esto, se quedó en Galilea.🗨

Jesús enseña abiertamente en el templo

10Pero después que sus hermanos habían subido, entonces él también subió a la fiesta, no abiertamente, sino como en secreto.🗨 11Y le buscaban los judíos en la fiesta, y decían: ¿Dónde está aquél?🗨 12Y había gran murmullo acerca de él entre la multitud, pues unos decían: Es bueno; pero otros decían: No, sino que engaña al pueblo.🗨 13Pero ninguno hablaba abiertamente de él, por miedo a los judíos.🗨 14Mas a la mitad de la fiesta subió Jesús al templo, y enseñaba.🗨 15Y se maravillaban los judíos, diciendo: ¿Cómo sabe éste letras, sin haber estudiado?🗨 16Jesús les respondió y dijo: Mi doctrina no es mía, sino de aquel que me envió.🗨 17El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mi propia cuenta.🗨 18El que habla por su propia cuenta, su propia gloria busca; pero el que busca la gloria del que le envió, éste es verdadero, y no hay en él injusticia.🗨 19¿No os dio Moisés la ley, y ninguno de vosotros cumple la ley? ¿Por qué procuráis matarme?🗨 20Respondió la multitud y dijo: Demonio tienes; ¿quién procura matarte?🗨 21Jesús respondió y les dijo: Una obra hice, y todos os maravilláis.🗨 22Por cierto, Moisés os dio la circuncisión (no porque sea de Moisés, sino de los padres); y en el día de reposo circuncidáis al hombre.🗨 23Si recibe el hombre la circuncisión en el día de reposo, para que la ley de Moisés no sea quebrantada, ¿os enojáis conmigo porque en el día de reposo sané completamente a un hombre?🗨 24No juzguéis según las apariencias, sino juzgad con justo juicio.

¿Es Jesús el Mesías?

25Decían entonces unos de Jerusalén: ¿No es éste a quien buscan para matarle?🗨 26Pues mirad, habla públicamente, y no le dicen nada. ¿Habrán reconocido en verdad los gobernantes que éste es el Cristo?🗨 27Pero éste, sabemos de dónde es; mas cuando venga el Cristo, nadie sabrá de dónde sea.🗨 28Jesús entonces, enseñando en el templo, alzó la voz y dijo: A mí me conocéis, y sabéis de dónde soy; y no he venido de mí mismo, pero el que me envió es verdadero, a quien vosotros no conocéis.🗨 29Pero yo le conozco, porque de él procedo, y él me envió.🗨 30Entonces procuraban prenderle; pero ninguno le echó mano, porque aún no había llegado su hora.🗨 31Y muchos de la multitud creyeron en él, y decían: El Cristo, cuando venga, ¿hará más señales que las que éste hace?🗨 32Los fariseos oyeron a la gente que murmuraba de él estas cosas; y los principales sacerdotes y los fariseos enviaron alguaciles para que le prendiesen.🗨 33Entonces Jesús dijo: Todavía un poco de tiempo estaré con vosotros, e iré al que me envió.🗨 34Me buscaréis, y no me hallaréis; y a donde yo estaré, vosotros no podréis venir.🗨 35Entonces los judíos dijeron entre sí: ¿Adónde se irá éste, que no le hallemos? ¿Se irá a los dispersos entre los griegos, y enseñará a los griegos?🗨 36¿Qué significa esto que dijo: Me buscaréis, y no me hallaréis; y a donde yo estaré, vosotros no podréis venir?🗨

Jesús promete agua viva

37En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba.🗨 38El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva.🗨 39Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado.🗨

División e incredulidad

40Entonces algunos de la multitud, oyendo estas palabras, decían: Verdaderamente éste es el profeta.🗨 41Otros decían: Este es el Cristo. Pero algunos decían: ¿De Galilea ha de venir el Cristo?🗨 42¿No dice la Escritura que del linaje de David, y de la aldea de Belén, de donde era David, ha de venir el Cristo?🗨 43Hubo entonces disensión entre la gente a causa de él.🗨 44Y algunos de ellos querían prenderle; pero ninguno le echó mano.🗨 45Los alguaciles vinieron a los principales sacerdotes y a los fariseos; y éstos les dijeron: ¿Por qué no le habéis traído?🗨 46Los alguaciles respondieron: ¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre!🗨 47Entonces los fariseos les respondieron: ¿También vosotros habéis sido engañados?🗨 48¿Acaso ha creído en él alguno de los gobernantes, o de los fariseos?🗨 49Mas esta gente que no sabe la ley, maldita es.🗨 50Les dijo Nicodemo, el que vino a él de noche, el cual era uno de ellos:🗨 51¿Juzga acaso nuestra ley a un hombre si primero no le oye, y sabe lo que ha hecho?🗨 52Respondieron y le dijeron: ¿Eres tú también galileo? Escudriña y ve que de Galilea nunca se ha levantado profeta.🗨 53Cada uno se fue a su casa;

Texto bíblico: Reina-Valera 1960 © Sociedades Bíblicas en América Latina, 1960. Renovado © Sociedades Bíblicas Unidas, 1988. Utilizado con permiso. Ver todos los créditos

Actualmente seleccionado

Juan 7: RV60

🖍 Destacar
¿Quieres guardar tus resaltados y notas en todos tus dispositivos? Regístrate o inicia sesión

Elige un fondo

Compartir versículo

Comparar versiones

Juan 7:1

Comentario general

JUAN 7:1 «Después de estas cosas, andaba Jesús en Galilea; pues no quería andar en Judea, porque los judíos procuraban matarle.» Juan comienza con μετὰ ταῦτα (metà taûta), «después de estas cosas». Venimos de un capítulo particularmente doloroso. Juan 6 terminó con muchos discípulos abandonando a Jesús, Pedro confesando que solamente Él posee palabras de Vida eterna y Judas apareciendo ya bajo la sombra de la traición. Ahora el capítulo 7 abre otro frente: los dirigentes de Judea procuran matarlo. Unos dejaron de caminar con Él y otros quieren impedir que siga caminando. Sin embargo, Jesús continúa περιπατεῖν (peripateîn), andando por Galilea. La oposición modifica temporalmente el escenario de su ministerio, pero no detiene su misión. La frase «no quería andar en Judea» no describe cobardía. El apóstol Juan irá mostrando que Jesús vive bajo una conciencia precisa de su hora. En 7:30 intentarán prenderlo y no podrán «porque aún no había llegado su hora»; en 8:20 ocurrirá nuevamente. Cuando finalmente diga en 12:23: «Ha llegado la hora para que el Hijo del Hombre sea glorificado», caminará voluntariamente hacia aquello que antes evitaba. Jesús no huye de la muerte; se niega a morir fuera del tiempo y propósito del Padre. Se aproxima una fiesta dedicada a Yahwéh mientras algunos dirigentes religiosos procuran matar al Enviado de Yahwéh. La religión puede conservar calendarios, ceremonias y lenguaje acerca de Dios mientras el corazón se vuelve contrario al carácter de Dios. Juan 5 ya había mostrado algo semejante: escudriñaban las Escrituras y rechazaban a Aquel de quien las Escrituras hablaban. Ahora celebrarán una fiesta de Dios mientras persiguen al Señor de la fiesta. Aquí aparece una resonancia alegórico-devocional especialmente hermosa con 1 Samuel 20:24–34. Durante la fiesta de luna nueva, el lugar de David queda vacío en la mesa de Saúl porque el rey procura matarlo. David es el ungido de Yahwéh, pero la hostilidad de Saúl impide que ocupe públicamente su lugar. En Juan 7 encontramos nuevamente una fiesta, un Ungido y una autoridad que procura matarlo. La mesa puede estar preparada y la celebración continuar mientras el corazón del anfitrión está enemistado con el ungido. Podrías erróneamente tener el dogma cristiano, sino tener a Cristo en tu vida; o peor, ser su enemigo. Hay incluso una pregunta implícita para nosotros. ¿Puede Cristo quedar con la silla vacía en nuestra propia fiesta cristiana? Podemos organizar reuniones, cantar, predicar, celebrar y aun así resistir aquello que el Señor quiere hacer en nosotros. Apocalipsis 3:20 presenta una imagen igualmente incómoda: Cristo llamando desde fuera a la puerta de una iglesia. Podemos cuidar la música, la comida, el ambiente y los invitados y olvidar a quien debía ocupar el centro. Espiritualmente ocurre lo mismo: la verdadera tragedia no es que la fiesta salga mal, sino que la fiesta salga perfectamente, pero Cristo quede fuera de ella.

— Roberto Tinoco

Juan 7:2

Comentario general

JUAN 7:2 «Estaba cerca la fiesta de los judíos, la de los tabernáculos.» Juan identifica la fiesta mediante σκηνοπηγία (skēnopēgía), «Fiesta de los Tabernáculos» o «de las Tiendas». Levítico 23:33–43 ordenaba que Israel habitara durante siete días en enramadas para recordar cómo Dios hizo morar a sus padres en tiendas después de sacarlos de Egipto. Era memoria del desierto, pero también fiesta de cosecha y alegría. Deuteronomio 16:13–15 insiste en el gozo de la celebración. Israel miraba hacia atrás al camino recorrido, alrededor a la provisión recibida y hacia arriba al Dios que lo había sostenido. Vivir en tiendas recordaba al pueblo que su condición era peregrina y temporal. Hebreos 11:9–10 utilizará precisamente esta imagen para Abraham, que habitó «como extranjero... morando en tiendas» porque esperaba «la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios». Pablo aplicará incluso la figura de la tienda al cuerpo presente en 2 Corintios 5:1. La fiesta de los Tabernáculos nos recuerda que podemos disfrutar plenamente nuestra vida presente como un campamento sin confundirlo con nuestra ciudad definitiva. Esto no produce desprecio por la vida presente. Israel celebraba precisamente las bondades recibidas durante el camino. El peregrino bíblico no vive amargado porque la tienda sea temporal; agradece la tienda mientras espera la ciudad. Hay una espiritualidad desequilibrada que sólo sabe hablar de irse de este mundo, como si la creación de Dios careciera de belleza. Y existe el extremo contrario, que intenta construir eternidad dentro de aquello que necesariamente pasará. La fiesta enseña ambas cosas: celebra lo que tienes y recuerda que todavía estás caminando. Todo esto prepara para Juan 7:37. En la fiesta que recuerda la provisión de Yahwéh durante el desierto, Jesús se levantará para decir: «Si alguno tiene sed, venga a mí y beba». El capítulo 6 había ocurrido cerca de la Pascua y presentó a Cristo como Pan de Vida; ahora Tabernáculos terminará revelándolo como aquel que satisface la sed. En el desierto hubo maná y después agua de la roca; en Juan tenemos Pan de Vida y luego Agua viva. El Éxodo está reapareciendo alrededor de Cristo, pero ya no como simple repetición. El desierto tuvo pan; ahora el Pan tiene nombre. La roca dio agua; ahora la Roca tiene rostro.

— Roberto Tinoco

Juan 7:3

Comentario general

JUAN 7:3 «Y le dijeron sus hermanos: Sal de aquí, y vete a Judea, para que también tus discípulos vean las obras que haces.» Entran en escena οἱ ἀδελφοὶ αὐτοῦ (hoi adelphoì autoû), «sus hermanos, del mismo vientre». Marcos 6:3 menciona a Jacobo, José, Judas y Simón. Más adelante algunos de ellos serán creyentes; Hechos 1:14 los presenta perseverando en oración con los discípulos y Pablo menciona una aparición particular del Resucitado a Jacobo en 1 Corintios 15:7. Pero Juan será explícito en 7:5: en este momento todavía no creen en Él. Su propuesta parece razonable. Si Jesús quiere manifestarse como una figura pública, ¿por qué permanecer en Galilea cuando Jerusalén estará llena durante una de las grandes fiestas? Traducido a nuestro lenguaje, casi dicen: «Si tienes algo importante, necesitas una plataforma importante». Ven las obras de Jesús desde las categorías habituales del éxito humano: visibilidad, oportunidad, reconocimiento. Creyeron que Jesús buscaba fama. Pero aquí encontramos una diferencia fundamental entre manifestación y promoción. Jesús sí será manifestado al mundo, pero no construirá esa manifestación mediante la estrategia que sus hermanos proponen. Paradójicamente, Juan llamará «gloria» a aquello que el mundo llamará vergüenza: la cruz. Semejante a Génesis 37:5–11. José recibe sueños relacionados con un propósito de Dios que sus hermanos todavía no comprenden; su propia familia reacciona negativamente ante aquello que algún día reconocerá de otra manera. No digo que los hermanos de Jesús repitan exactamente la historia de José, pero el paralelo ilumina algo humano: quienes conocen nuestra vida cotidiana pueden ser precisamente quienes más dificultad tengan para reconocer aquello que Dios está formando en nosotros. José tendrá que atravesar pozo, esclavitud, acusación y cárcel antes de que sus hermanos comprendan algo del propósito que Dios había anunciado. Jesús atravesará rechazo, cruz y resurrección antes de que sus propios hermanos aparezcan entre los creyentes. La familia que hoy no comprende puede formar parte mañana de quienes adoran. Esto nos invita a no escribir demasiado pronto el último capítulo de quienes todavía no entienden lo que Dios está haciendo. La incredulidad de hoy no necesariamente será la confesión de mañana. La resurrección cambiará incluso conversaciones familiares.

— Roberto Tinoco

Juan 7:4

Comentario general

JUAN 7:4 «Porque ninguno que procura darse a conocer hace algo en secreto. Si estas cosas haces, manifiéstate al mundo.» La palabra central es φανέρωσον (phanérōson), «manifiéstate, hazte visible». Sus hermanos razonan según una lógica perfectamente humana: quien posee algo extraordinario debe mostrarlo. Jerusalén ofrece multitud, prestigio y conversación pública. Si quieres ser conocido, ve donde todos puedan verte. La tentación es más profunda que la fama. Consiste en utilizar el don recibido para construir identidad mediante la mirada de otros. Algo semejante aparece en Mateo 4 cuando el tentador lleva a Jesús al pináculo del templo y lo invita a realizar una demostración espectacular. La sugerencia tiene el mismo aroma: «Si eres quien dices ser, demuéstralo de una manera que todos puedan ver». Jesús se niega a vivir demostrando quién es. Sabe quién es porque vive desde la relación con el Padre. Ésa es una libertad enorme. Cuando necesitamos continuamente demostrar nuestro valor, terminamos convirtiendo incluso el ministerio en escenario. El servicio deja de ser ofrenda y comienza a convertirse en espejo. Watchman Nee insistió en el peligro de que la obra cristiana pueda ser realizada desde la energía natural y utilizada para fortalecer al yo. Podemos predicar a Cristo y, secretamente, necesitar que la predicación nos haga grandes. Podemos servir a Dios y alimentar nuestra necesidad de ser vistos. El ego aprende vocabulario espiritual con sorprendente rapidez. Jesús hará obras públicas, pero nunca permitirá que la visibilidad se convierta en su señor. El problema no es ser visto; el problema es necesitar ser visto para saber quién somos. Cuando la identidad viene del Padre, podemos estar delante de cinco mil personas o retirarnos solos al monte sin convertir ninguna de las dos situaciones en medida de nuestro valor.

— Roberto Tinoco

Juan 7:5

Comentario general

JUAN 7:5 «Porque ni aun sus hermanos creían en él.» Juan elimina cualquier ambigüedad: οὐδὲ... ἐπίστευον εἰς αὐτόν (oudè... epísteuon eis autón), «ni siquiera sus hermanos creían en Él». Sus palabras anteriores no proceden todavía de discernimiento espiritual. Interpretan la misión de Jesús desde fuera. No es sencillo considerar divino al hermano con el que comiste sopa toda la vida. Ésa es precisamente una de las paradojas de la encarnación. Dios se acercó tanto que pudo ser confundido con lo ordinario. El Verbo eterno tuvo una mesa familiar, una aldea, manos de trabajador y una historia que sus vecinos creían conocer. Marcos 6:4 recoge la observación de Jesús: «No hay profeta sin honra sino en su propia tierra, y entre sus parientes, y en su casa». La familiaridad puede engañarnos haciéndonos creer que conocer la cotidianidad de alguien equivale a conocer completamente aquello que Dios depositó en él. Pero el Evangelio no congela a los hermanos de Jesús dentro de este versículo. Hechos 1:14 los mostrará después de la resurrección perseverando en oración. Jacobo llegará a ocupar una posición importante en la iglesia de Jerusalén. Esto convierte 7:5 en una fotografía del momento, pero no en el final de su historia. Hay personas a las que hoy vemos en un capítulo cinco mientras Dios ya está escribiendo su capítulo catorce. La gracia sabe esperar páginas que nosotros todavía no hemos leído.

— Roberto Tinoco

Juan 7:6

Comentario general

JUAN 7:6 «Entonces Jesús les dijo: Mi tiempo aún no ha llegado, mas vuestro tiempo siempre está presto.» Jesús introduce καιρός (kairós), «tiempo oportuno, momento señalado». Sus hermanos consideran que la fiesta es la oportunidad perfecta; Jesús responde que su momento no está determinado por la oportunidad humana. Ellos ven calendario, mientras Jesús vive bajo dirección. Encuentro algo semejante a 1 Samuel 24:1–7. David ya ha sido ungido rey. Saúl entra precisamente en la cueva donde David está escondido y sus hombres interpretan la circunstancia como cumplimiento de la promesa: «He aquí el día de que te dijo Yahwéh...». David podría matar a Saúl y acelerar su llegada al trono, pero se niega. Tiene promesa, oportunidad y capacidad, pero entiende que una oportunidad favorable no le concede permiso para cumplir la promesa mediante un camino que Dios no le pidió. Jesús vive esa verdad de manera perfecta. Puede manifestarse. Puede hacer milagros. Puede atraer multitudes. Sus hermanos incluso le ofrecen una estrategia razonable. Pero la pregunta del Hijo no es simplemente «¿puedo hacerlo?», sino «¿es éste el tiempo del Padre?». Andrew Murray insistió profundamente en esta dependencia. La vida espiritual madura no consiste sólo en hacer cosas buenas, sino en aprender a recibir del Padre el tiempo, la fuerza y la dirección para hacerlas. La independencia puede disfrazarse de celo. Podemos correr muy rápido hacia algo que Dios verdaderamente prometió y aun así llegar por un camino que nunca nos pidió tomar. David no necesitaba matar a Saúl para convertirse en aquello que Dios ya había dicho que sería. Jesús no necesita fabricar una manifestación para convertirse en aquello que eternamente es. Cuando Dios prometió el destino, no necesitamos pecar contra su tiempo para llegar más rápido.

— Roberto Tinoco

Juan 7:7

Comentario general

JUAN 7:7 «No puede el mundo aborreceros a vosotros; mas a mí me aborrece, porque yo testifico de él, que sus obras son malas.» La palabra μισεῖ (miseî) significa «odia, aborrece». Jesús explica por qué sus hermanos pueden moverse con libertad mientras Él enfrenta hostilidad. Ellos todavía no están confrontando al mundo con la verdad de Dios. Jesús sí. κόσμος (kósmos), «mundo», no significa aquí cada ser humano individualmente, sino la humanidad organizada en independencia de Dios, un sistema de valores que ama la oscuridad cuando la Luz amenaza aquello que desea conservar. Esto debe mantenerse junto a Juan 3:16. Dios ama al mundo y, sin embargo, el mundo puede aborrecer al Hijo. No hay contradicción. Precisamente porque Dios ama, envía la Luz; y precisamente porque la Luz revela, puede despertar resistencia. Juan 3:19 explicó: «los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas». Cristo no crea la oscuridad; la revela. Una habitación puede parecer limpia mientras está a oscuras. Abrir las cortinas no produjo el polvo, simplemente hizo posible verlo. De la misma manera, la santidad de Jesús puede incomodar incluso sin una acusación explícita, porque su Vida muestra por contraste aquello que nuestra vida intenta justificar. Pero debemos evitar un error: ser rechazados no demuestra automáticamente que estamos siendo fieles. Podemos ser rechazados por arrogancia, insensibilidad o mal carácter. Pedro advierte que no suframos «como homicida, o ladrón, o malhechor» (1 Pedro 4:15). Jesús no era desagradable y después llamaba persecución a la reacción de las personas. Era suficientemente santo para confrontar el pecado y suficientemente misericordioso para que los pecadores quisieran acercarse. Es una contradicción celebrar a Dios mientras se cultiva la enemistad de los demás. Primera de Juan 4:20 será contundente: quien dice amar a Dios mientras aborrece a su hermano vive en contradicción. La verdadera luz no sólo ilumina el altar; entra en nuestras relaciones. Una fiesta dedicada al Dios que es amor pierde su sentido cuando usamos la mesa para alejarnos del hermano.

— Roberto Tinoco

Juan 7:8

Comentario general

JUAN 7:8 «Subid vosotros a la fiesta; yo no subo todavía a esa fiesta, porque mi tiempo aún no se ha cumplido.» Jesús vuelve a καιρός (kairós): ὁ ἐμὸς καιρὸς οὔπω πεπλήρωται (ho emòs kairòs oúpō peplḗrōtai), «mi tiempo todavía no se ha cumplido». Algunas variantes manuscritas antiguas presentan «no subo» y otras «no subo todavía»; el versículo 10 aclara el sentido de la escena, porque Jesús finalmente subirá. Por tanto, no está rechazando Jerusalén ni la fiesta, sino el tiempo, la manera y la motivación que sus hermanos quieren imponerle. Ellos le han dicho: «manifiéstate al mundo»; Jesús responde que su manifestación no estará gobernada por la necesidad humana de hacerse visible, sino por la voluntad del Padre. Aquí aparece una diferencia espiritual muy fina: los hermanos de Jesús y Jesús terminarán haciendo exteriormente algo parecido, subir a Jerusalén, pero no se moverán desde el mismo lugar interior. Ellos siguen el calendario de la fiesta; Cristo sigue la dirección del Padre. Ellos ven una oportunidad de exposición; Jesús ve un propósito que necesita madurar hasta su momento señalado. Dos personas pueden realizar exactamente la misma acción y, sin embargo, una hacerlo por presión, ambición o ansiedad y la otra por obediencia a Dios. Por eso en la vida espiritual no basta preguntar qué estamos haciendo; también necesitamos preguntar desde dónde lo estamos haciendo. Esto conecta directamente con Juan 5:19 y Juan 5:30. Jesús había declarado que el Hijo no actúa independientemente del Padre y que no busca su propia voluntad, sino la voluntad del que lo envió. Ahora esa teología se convierte en agenda. Cristo no decide primero lo que quiere hacer para después pedir al Padre que bendiga sus planes. Vive desde una comunión tan profunda que incluso sus movimientos están sometidos a la voluntad del Padre. Andrew Murray vio en esta dependencia una de las grandes bellezas de la vida de Cristo: su poder nunca se convirtió en independencia. Podía hacerlo todo y, precisamente por eso, resulta impresionante verlo negarse a hacer aquello que el Padre todavía no le indicaba. Aquí vuelve a parecerse a 1 Samuel 24 que vimos en el versículo 6, pero adquiere todavía mayor fuerza. David posee la oportunidad de matar a Saúl y tomar anticipadamente el reino que Dios ya le había prometido. Sus propios hombres interpretan la oportunidad como señal de Dios. Sin embargo, David se niega. Una puerta abierta no convierte automáticamente en correcta la acción que queremos realizar. De manera semejante, Jesús tiene capacidad, oportunidad y presión familiar para manifestarse públicamente, pero no necesita tomar por su propia mano aquello que pertenece al tiempo del Padre. Una promesa verdadera no necesita un atajo equivocado para cumplirse. En Éxodo 13:17–18, cuando Yahwéh sacó a Israel de Egipto, no los condujo por el camino aparentemente más corto hacia la tierra prometida. El texto dice que evitó la ruta de los filisteos, aunque estaba más cerca, y llevó al pueblo por el camino del desierto. Desde la perspectiva de un mapa, parecía una desviación; desde la perspectiva de Dios, era dirección. El camino más corto no era todavía el camino correcto. Esto armoniza bellamente con Juan 7. Desde la lógica de sus hermanos, el camino evidente es subir públicamente a Jerusalén y aprovechar la fiesta. Pero Jesús no vive preguntando cuál es la ruta más rápida hacia la manifestación. Vive preguntando cuál es el camino del Padre. Dios no siempre mide el camino por distancia; en ocasiones lo mide por propósito. Nosotros queremos llegar; Él también quiere formar a quien está llegando. Hay etapas en las que la ruta de Dios parece innecesariamente larga porque sólo vemos el destino y no vemos aquello que Él está trabajando durante el camino. Israel necesitaba más que salir de Egipto; Egipto tenía también que salir de ciertas zonas del corazón de Israel. David necesitaba más que recibir una corona; debía convertirse en el hombre capaz de llevarla. José necesitaba más que llegar al palacio; el proceso estaba formando al hombre que un día tendría poder sin utilizarlo para vengarse de sus hermanos. Dios no sólo prepara lugares para nosotros; también nos prepara a nosotros para esos lugares. Esto resulta especialmente importante en el ministerio. Podemos confundir posibilidad con dirección y oportunidad con llamado. Una invitación puede ser buena y todavía no ser nuestro momento. Una plataforma puede estar disponible y todavía no ser nuestra asignación. Un proyecto puede parecer perfecto y, sin embargo, necesitar espera. Jesús podía subir, podía hacer señales y podía hacerse visible; pero había algo más importante que demostrar quién era: permanecer dentro de la voluntad del Padre. Watchman Nee ayuda a profundizar esta distinción cuando habla de la diferencia entre actuar desde nuestra fuerza natural y actuar desde la operación de Dios. Podemos hacer algo correcto desde una fuente equivocada. Incluso el celo espiritual puede ser una forma refinada de independencia. El problema no es solamente hacer cosas malas; en ocasiones necesitamos ser librados de hacer cosas buenas sin haber esperado a Dios. La Fiesta de los Tabernáculos trata acerca de nuestra condición de peregrinos. Esa es la imagen de Juan 7. Quien sabe que vive en una tienda no necesita desesperarse por conseguirlo todo hoy. Puede disfrutar el campamento sin confundirlo con la ciudad definitiva. Puede esperar sin sentir que la espera está destruyendo su destino. El peregrino puede caminar despacio porque sabe quién sostiene el mapa. Jesús no está diciendo «nunca». Está diciendo «todavía no». Y aprender la diferencia entre esas dos expresiones es parte de la madurez espiritual. Hay puertas cerradas que significan «no» y otras que significan «no todavía». Hay promesas cuyo silencio no es cancelación, sino maduración. Hay respuestas que Dios no nos niega; simplemente se niega a entregarlas antes de que llegue su tiempo. Por eso la fe no pregunta solamente: «¿Puedo hacerlo?». Pregunta: «¿Debo hacerlo?». Y después hace una pregunta todavía más delicada: «¿Debo hacerlo ahora?». La sabiduría espiritual no consiste únicamente en distinguir entre lo bueno y lo malo; también aprende a distinguir entre lo bueno y lo oportuno. El hombre apresurado pregunta: «¿Por qué no ahora?»; pero el hombre o la mujer de fe aprende a preguntar: «Padre, ¿cuándo?»

— Roberto Tinoco

Juan 7:9

Comentario general

JUAN 7:9 «Y habiéndoles dicho esto, se quedó en Galilea.» Juan cierra la escena con una frase aparentemente pequeña: ἔμεινεν ἐν τῇ Γαλιλαίᾳ (émeinen en tē Galilaía), «permaneció en Galilea». El verbo μένω (ménō), «permanecer, quedarse», llegará a convertirse en una de las palabras espiritualmente más importantes del Evangelio, especialmente en Juan 15: «Permaneced en mí, y yo en vosotros». Aquí su significado inmediato es sencillamente geográfico: Jesús se queda en Galilea. Sin embargo, la acción revela algo profundo de su carácter: Jesús sabe quedarse cuando otros quieren hacerlo moverse. Sus hermanos suben hacia Jerusalén, donde están la multitud, la fiesta y la visibilidad; mientras Jesús permanece en Galilea. Mirando únicamente el movimiento exterior, podría parecer que ellos avanzan mientras Él se queda atrás. Pero en el Reino, movimiento no siempre significa progreso y espera no siempre significa retraso. Jesús no necesita moverse para demostrar que está avanzando dentro del propósito del Padre. Hay momentos en que permanecer exactamente donde Dios nos puso es la forma más profunda de avanzar. La Escritura muestra repetidamente que esperar puede convertirse en una prueba de obediencia. Saúl no pudo esperar a Samuel y terminó ofreciendo el sacrificio precipitadamente (1 Samuel 13:8–14). Abraham intentó adelantar mediante Agar aquello que Dios había prometido realizar mediante Sara y su impaciencia produjo dolor. David tuvo varias oportunidades de eliminar a Saúl y acelerar su llegada al trono, pero se negó a conquistar por su propia mano aquello que esperaba recibir de la mano de Yahwéh. La espera bíblica no es falta de fe; puede ser la forma que toma la fe cuando todavía no puede avanzar. Andrew Murray insistió profundamente en que esperar en Dios no significa que nada esté ocurriendo. Mientras aparentemente permanecemos quietos, Dios puede estar trabajando precisamente en aquello que más necesita transformación: nuestras motivaciones. La espera expone nuestra necesidad de control, purifica nuestra ambición y nos enseña que la obra de Dios no depende de nuestra ansiedad. Isaías 40:31 no dice que quienes esperan a Yahwéh desperdician sus fuerzas, sino que «tendrán nuevas fuerzas». La espera de Dios no vacía al creyente; puede convertirse en el lugar donde recibe fuerzas que la prisa nunca habría podido darle. Watchman Nee aporta una intuición complementaria. Dios no quiere enseñarnos solamente a realizar su voluntad, sino también a dejar de realizarla mediante una independencia natural. Podemos poseer un llamado verdadero y querer cumplirlo mediante nuestra propia energía. Jesús muestra una vida completamente diferente: su capacidad nunca se independiza del Padre. Puede subir a Jerusalén cuando quiera y, sin embargo, permanece. La verdadera fuerza espiritual también sabe no utilizar su fuerza cuando Dios todavía no ha dicho «ahora». Esto prepara una conexión hermosa con Juan 11. Cuando Jesús reciba la noticia de que Lázaro está enfermo, el apóstol Juan dirá primero que Jesús amaba a Marta, María y Lázaro y, precisamente después de afirmar su amor, añadirá que «se quedó dos días más en el lugar donde estaba» (Juan 11:5–6). La demora de Cristo no era indiferencia. Había un propósito que los demás todavía no podían ver. De manera semejante, permanecer ahora en Galilea no significa que Jesús haya renunciado a Jerusalén. El versículo siguiente dirá: «Pero después... Él también subió a la fiesta». Hay demoras de Dios que sólo parecen ausencia porque todavía no conocemos la historia completa. María y Marta interpretaron la tardanza desde la enfermedad de Lázaro; Jesús la estaba viendo desde la resurrección que todavía no habían considerado. Nosotros también podemos interpretar una espera únicamente desde aquello que estamos perdiendo, mientras Dios la contempla desde aquello que está preparando. Aquí aparece nuevamente la importancia de «todavía». Todavía no subo. Todavía permanezco aquí. Todavía no ha llegado el momento. La fe necesita aprender a vivir dentro de esa palabra sin convertirla en desesperación. No todo silencio significa rechazo; no toda demora significa abandono. La Fiesta de los Tabernáculos, como vimos, es la memoria de nuestra condición peregrina. Abraham habitó en tiendas mientras esperaba «la ciudad que tiene fundamentos» (Hebreos 11:9–10). Quien sabe que está de paso puede disfrutar el presente sin exigirle que se convierta en eternidad. La tienda enseña a recibir agradecidos lo que tenemos hoy y a esperar sin desesperación aquello que Dios reservó para mañana. Hay temporadas en las que parecerá que todos avanzan menos nosotros. Otros suben a Jerusalén. Otros reciben oportunidades, posiciones, respuestas o reconocimiento. Nosotros seguimos en Galilea. El peligro consiste en permitir que la velocidad de otros se convierta en la medida de nuestra obediencia. Jesús no mira a sus hermanos alejándose y piensa: «me estoy quedando atrás» porque sabe quién gobierna su tiempo. No compares tu calendario con el de otros cuando tu llamado consiste en caminar con Dios. La comparación puede convertir una espera santa en una ansiedad innecesaria. Pedro tendrá que aprender algo parecido al final del Evangelio cuando pregunte acerca de Juan: «Señor, ¿y qué de éste?». Jesús responderá, en esencia: «¿qué a ti? Sígueme tú» (Juan 21:21–22). Hay días en que la obediencia será espectacular y otros en que no producirá nada digno de contar. En Juan 7:9 Jesús no multiplica panes, no camina sobre el agua, no sana a nadie y no predica un sermón. Simplemente se queda. Y, sin embargo, ese quedarse forma parte de la misma obediencia perfecta que un día lo llevará hasta la cruz y el trono. Eso dignifica nuestras temporadas silenciosas. No todo momento fiel necesita producir una historia impresionante. Hay fidelidades que consisten simplemente en no movernos antes de tiempo, no responder desde la ansiedad, no tomar la puerta que parece más rápida y no fabricar con nuestras manos aquello que queremos recibir de las manos de Dios. Porque es mejor permanecer en Galilea dentro de la voluntad del Padre que llegar primero a Jerusalén fuera de su tiempo. Esperar en Dios no es perder tiempo. Es negarnos a fabricar con nuestra fuerza aquello que sólo queremos recibir de Sus manos. Y cuando llegue el momento de subir, Jesús subirá. No tarde ni temprano, sino a tiempo.

— Roberto Tinoco

Juan 7:10

Comentario general

JUAN 7:10 «Pero después que sus hermanos habían subido, entonces él también subió a la fiesta, no abiertamente, sino como en secreto.» El versículo anterior terminó diciendo que Jesús «se quedó en Galilea»; ahora Juan escribe: τότε καὶ αὐτὸς ἀνέβη (tóte kaì autòs anébē), «entonces Él también subió». El movimiento confirma que el «todavía no» de Jesús nunca significó «nunca». No rechazó Jerusalén ni la fiesta; rechazó someter su tiempo a la presión de sus hermanos. Esperó y después actuó. La obediencia sabe permanecer, pero también sabe reconocer cuándo terminó la espera. La expresión οὐ φανερῶς ἀλλ᾽ ὡς ἐν κρυπτῷ (ou phanerōs all' hōs en kryptō) significa «no públicamente, sino como en secreto». Esto resulta especialmente significativo porque sus hermanos habían dicho: «manifiéstate al mundo». Jesús hace exactamente lo contrario de la estrategia que le propusieron. Llega sin espectáculo. No convierte su entrada en Jerusalén en campaña de promoción ni utiliza la fiesta para fabricar una imagen pública. Sin embargo, apenas unos versículos después enseñará abiertamente en el templo. Por tanto, el secreto de 7:10 no es temor a ser visto, sino libertad de la necesidad de ser visto. Jesús puede esconderse sin inseguridad y aparecer sin vanidad. Ninguna de las dos situaciones determina quién es. La espera en Dios no conduce a inmovilidad permanente; conduce a una acción purificada de ansiedad. Y la renuncia a la energía natural no significa pasividad, sino aprender a actuar desde otra fuente. Jesús espera mientras debe esperar y sube cuando debe subir. Esto nos enseña algo delicado acerca del discernimiento. Dos personas pueden hacer exactamente lo mismo y, sin embargo, hacerlo espiritualmente desde lugares opuestos. Sus hermanos suben a Jerusalén. Jesús también sube. La diferencia está en quién gobierna el movimiento interior. No basta llegar al lugar correcto. También importa quién nos llevó hasta allí.

— Roberto Tinoco

Juan 7:11

Comentario general

JUAN 7:11 «Y le buscaban los judíos en la fiesta, y decían: ¿Dónde está aquél?» La expresión ἐζήτουν... αὐτόν (ezḗtoun... autón), «lo buscaban», podría parecer positiva si olvidáramos que Juan 7:1 ya nos informó que algunos procuraban matarlo. Existe una búsqueda que nace de hambre espiritual y otra que nace de curiosidad, sospecha u hostilidad. El anciano Juan quiere que aprendamos a distinguirlas. La pregunta «¿Dónde está aquél?» posee además una ironía profundamente joánica. Están celebrando una fiesta dedicada a Dios y preguntan dónde está Jesús sin comprender todavía quién es Jesús. Esto recuerda las palabras de Juan el Bautista en 1:26: «En medio de vosotros está uno a quien vosotros no conocéis». Dios puede estar mucho más cerca de lo que nuestra religión sabe reconocer. Es una fiesta donde todos hablan del festejado, pero existe una diferencia enorme entre hablar de alguien y disfrutar su Presencia. Podemos pasar una reunión completa hablando de Cristo y, sin embargo, mantener el corazón lejos de Cristo. Podemos estudiar su doctrina, discutir acerca de su identidad, cantar su nombre y todavía necesitar volver a preguntarnos sinceramente: «¿Dónde está Él en medio de todo esto?» La pregunta puede transformarse entonces en oración. No «¿dónde está aquél?» como quien busca un personaje incómodo, sino: «Señor, en medio de todo lo que hacemos para Ti, no permitas que terminemos haciendo tanto acerca de Ti que dejemos de buscarte a Ti». Porque una fiesta sin el Festejado puede conservar música, comida y movimiento, pero perdió su razón.

— Roberto Tinoco

Juan 7:12

Comentario general

JUAN 7:12 «Y había gran murmullo acerca de él entre la multitud, pues unos decían: Es bueno; pero otros decían: No, sino que engaña al pueblo.» Juan utiliza γογγυσμός (gongysmós), «murmullo, discusión en voz baja». La misma familia verbal apareció en Juan 6 cuando algunos murmuraban contra Jesús. La multitud está dividida: unos dicen ἀγαθός ἐστιν (agathós estin), «es bueno»; otros responden πλανᾷ τὸν ὄχλον (planâ ton óchlon), «engaña a la multitud». Ambas afirmaciones muestran que Jesús ya no puede ser ignorado. Sin embargo, incluso «es bueno» resulta insuficiente. El Evangelio no fue escrito para convencernos simplemente de que Jesús fue un hombre bueno. Juan 20:31 dirá que fue escrito «para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios». La bondad pertenece a su identidad, pero no la agota. La otra acusación contiene una ironía todavía mayor: la Verdad es acusada de engañar. Jesús se presentará a si mismo diciendo: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida» (Juan 14:6). Esto muestra hasta dónde puede deformarse el juicio cuando el corazón ya ha tomado partido. La Luz puede ser llamada oscuridad y la Verdad, engaño. Aquí comienza a hacerse visible algo que dominará el resto del capítulo: Cristo no sólo revela al Padre; también revela a quienes lo escuchan. La misma Voz despierta fe en unos, curiosidad en otros y resistencia en terceros. La Palabra funciona como luz que entra en una habitación y deja ver aquello que ya estaba allí. Podemos discutir acerca de la Luz durante horas, pero discutir sobre la luz nunca sustituyó abrir los ojos.

— Roberto Tinoco

Juan 7:13

Comentario general

JUAN 7:13 «Pero ninguno hablaba abiertamente de él, por miedo a los judíos.» Ahora aparece φόβος (phóbos), «miedo». Hay opiniones acerca de Jesús, pero no libertad para expresarlas públicamente. El ambiente religioso se ha vuelto suficientemente intimidante para que la gente mida sus palabras. Más adelante Juan 9:22 mostrará algo semejante: los padres del hombre nacido ciego temerán confesar a Jesús porque se había acordado expulsar de la sinagoga a quien lo reconociera como Cristo. La presión social puede convertirse en instrumento de control espiritual. Proverbios 29:25 dice: «El temor del hombre pondrá lazo». La imagen es precisa: el miedo puede funcionar como trampa. No necesariamente cambia lo que creemos; cambia lo que nos atrevemos a hacer con lo que creemos. Sin embargo, conviene distinguir temor de prudencia. Jesús mismo acaba de entrar discretamente en Jerusalén. La diferencia está en quién gobierna nuestra discreción. Jesús actúa prudentemente porque escucha al Padre; la multitud calla porque teme a los hombres. La prudencia pregunta: «¿Es éste el momento de hablar?» A diferencia del temor que pregunta: «¿Me permitirán hablar?» Una escucha a Dios y el otro entrega la conciencia a la reacción humana.

— Roberto Tinoco

Juan 7:14

Comentario general

JUAN 7:14 «Mas a la mitad de la fiesta subió Jesús al templo, y enseñaba.» La escena cambia. El mismo Jesús que entró discretamente ahora ἐδίδασκεν (edídasken), «enseñaba». No buscó la plataforma al llegar, pero tampoco huye de ella cuando llega el momento. Esto completa un equilibrio hermoso: humildad no significa invisibilidad y obediencia no significa timidez. Jesús entra al templo, el centro religioso de Israel, y comienza a enseñar acerca de Dios Padre. Pero el apóstol ya había presentado en Juan 2:19–21 una revelación extraordinaria: el verdadero Templo es su propio cuerpo. Por eso la escena posee una profundidad cristológica especial: el verdadero Templo está enseñando dentro del templo de piedra, el simbólico. Jesús tiene algo que decir, Él es el Mensaje y además, el Mensajero. En Éxodo 4:10-12 Moisés se siente incapaz de hablar y Yahwéh le responde: «Ahora pues, ve, y yo estaré con tu boca, y te enseñaré lo que hayas de hablar». La autoridad espiritual no nace de impresionar con nuestra voz, sino de tener algo recibido de Dios que decir. Moisés necesitó que Yahwéh estuviera con su boca. Jesús dirá inmediatamente que su doctrina procede del Padre. Para quienes predicamos, la aplicación es inevitable: podemos preparar mejor nuestras palabras, estudiar, pulir el lenguaje y aprender a comunicar, pero ninguna técnica puede sustituir aquello que ocurre cuando la Palabra primero ha pasado por nuestra propia comunión con Dios. La boca puede aprender oratoria, pero sólo el altar puede darle peso.

— Roberto Tinoco

Juan 7:15

Comentario general

JUAN 7:15 «Y se maravillaban los judíos, diciendo: ¿Cómo sabe éste letras, sin haber estudiado?» La pregunta es πῶς οὗτος γράμματα οἶδεν μὴ μεμαθηκώς (pōs hoûtos grámmata oîden mē memathēkṓs), «¿cómo conoce éste letras sin haber estudiado?». No significa que Jesús fuera analfabeto. Se maravillan porque no posee la formación rabínica formal que esperarían de alguien capaz de enseñar con semejante profundidad; es decir, no pertenece a ninguna escuela rabínica. Incluso más allá, pues se maravillaban de la calidad de su enseñanza. Buscan una escuela humana capaz de explicar a Jesús, pero la respuesta está por encima de sus categorías. Esto no autoriza despreciar la educación. Pablo fue formado a los pies de Gamaliel; Lucas muestra una notable capacidad intelectual; Apolos era «poderoso en las Escrituras». El estudio es un regalo y la preparación puede ser una forma de mayordomía. El error consiste en pensar que la preparación humana puede producir por sí sola revelación espiritual. Crisóstomo observó que Jesús no dependía de una cadena rabínica para legitimar su enseñanza. No es simplemente un discípulo brillante repitiendo a su maestro. Su autoridad tiene otra procedencia. Esto mantiene humilde tanto al preparado como al que carece de preparación formal. El primero recuerda que sus libros no sustituyen al Espíritu; el segundo recuerda que la dependencia de Dios tampoco es excusa para la pereza. Estudiamos como si debiéramos presentar nuestra mejor ofrenda. Dependemos de Dios porque sabemos que ninguna ofrenda puede producir Vida por sí sola.

— Roberto Tinoco

Juan 7:16

Comentario general

JUAN 7:16 «Jesús les respondió y dijo: Mi doctrina no es mía, sino de aquel que me envió.» La palabra διδαχή (didachḗ) significa «enseñanza, doctrina». Jesús responde a la pregunta por su formación diciendo: ἡ ἐμὴ διδαχὴ οὐκ ἔστιν ἐμή (hē emē didachē ouk estin emḗ), «mi doctrina no es mía». La aparente paradoja se resuelve en la segunda parte: pertenece «al que me envió». Esto no significa que Jesús sea un mensajero humano sin autoridad propia. Juan ya declaró que el Verbo era Dios. Lo que revela es la perfecta unidad del Hijo con el Padre en la absoluta sumisión de su encarnación. No existe en Cristo una agenda independiente, una enseñanza nacida del ego o una búsqueda de originalidad separada del Padre. En Éxodo 4 Moisés necesitaba que Yahwéh le enseñara qué decir; Jesús vive en una comunión perfecta con el Padre de la cual brota su enseñanza. El siervo cristiano está mucho más cerca de Moisés que de Cristo en este aspecto: necesitamos recibir antes de hablar. Jesús daba gloria al Padre reconociendo la procedencia de su doctrina. Esto ofrece una prueba extraordinaria para la predicación. ¿Queremos que las personas recuerden nuestra originalidad o que encuentren a Cristo? Spurgeon hizo de la centralidad de Cristo una característica de su predicación. Su intuición encaja perfectamente aquí: desde cualquier texto, el sermón cristiano debería terminar acercando al oyente al Salvador. El mejor predicador no es necesariamente aquel de quien todos salen hablando. Puede ser aquel que desaparece suficientemente detrás del mensaje para que todos salgan hablando de Cristo. La voz cumplió su propósito cuando dejó al Verbo en el centro.

— Roberto Tinoco

Juan 7:17

Comentario general

JUAN 7:17 «El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mi propia cuenta.» Éste es uno de los grandes versículos acerca del conocimiento espiritual. Jesús dice: ἐάν τις θέλῃ (eán tis thélē), «si alguno quiere, desea», hacer la voluntad de Dios, γνώσεται (gnṓsetai), «conocerá». El discernimiento no aparece separado de la disposición moral y la voluntad. Es un asunto de actitud y no de capacidad. No significa que la inteligencia o el estudio sean irrelevantes. Significa que hay verdades que un corazón decidido a no obedecer encontrará muy difíciles de reconocer, porque aceptar la verdad implicaría permitirle cambiar nuestra vida. En Génesis 22:1–14. Abraham recibe una orden que no comprende completamente y comienza a caminar. Sólo en el monte, salvo la compañía de su pequeño hijo, dentro del camino de obediencia, conocerá a Yahwéh bajo una dimensión nueva: Yahwéh-Jireh, «Yahwéh proveerá». Abraham no recibió primero toda la explicación para después decidir obedecer; hubo una revelación que encontró caminando dentro de la luz que ya había recibido. No debemos utilizar el relato para glorificar una obediencia ciega a voces humanas o impulsos subjetivos. Abraham responde a Dios dentro de una historia específica de revelación. Pero esto sí ilumina Juan 7:17: hay conocimiento que recibimos antes de obedecer y hay conocimiento que sólo aparece mientras obedecemos. Es un error pedir a Dios más luz mientras ignoramos la luz que ya nos dio. Queremos una revelación nueva acerca de nuestro futuro mientras postergamos el perdón, la reconciliación, la integridad o la obediencia que ya comprendemos y debemos vivir en nuestro presente. Jesús parece decir: camina en lo que sabes y descubrirás más claramente de dónde procede mi doctrina. Hay una gran relación entre obediencia y conocimiento. La obediencia no compra revelación, pero coloca el corazón en una postura donde deja de luchar contra ella. Hay verdades que se entienden mejor estudiando, pero hay otras que, después de estudiarlas, sólo terminamos de comprenderlas cuando las vivimos.

— Roberto Tinoco

Juan 7:18

Comentario general

JUAN 7:18 «El que habla por su propia cuenta, su propia gloria busca; pero el que busca la gloria del que le envió, éste es verdadero, y no hay en él injusticia.» Jesús introduce δόξα (dóxa), «gloria». El criterio es penetrante: quien habla ἀφ᾽ ἑαυτοῦ (aph' heautoû), «desde sí mismo, por su propia cuenta», busca τὴν δόξαν τὴν ἰδίαν, «su propia gloria». Jesús, en cambio, busca la gloria del Padre. Esto responde directamente a Juan 7:3–4. Sus hermanos habían dicho: «manifiéstate al mundo», interpretando su ministerio desde la lógica de la autopromoción. Jesús revela ahora que su vida está gobernada por un deseo opuesto: no utilizar al Padre para hacerse visible, sino hacerse Él mismo siervo de la gloria del Padre. En Génesis 11 y Génesis 12 los hombres de Babel dicen: «hagámonos un nombre» (Génesis 11:4); apenas un capítulo después Yahwéh llama a Abraham y le promete: «engrandeceré tu nombre» (12:2). Babel construye para fabricar un nombre; Abraham sale confiando en que Dios decidirá qué hacer con el suyo. Unos levantan una torre para subir; el otro deja su tierra porque ha escuchado una voz. La carne necesita hacerse un nombre; la fe puede permitir que Dios determine qué hacer con nuestro nombre. Jesús vive esta segunda realidad de manera perfecta. No construye torres para alcanzar gloria; desciende de la gloria y toma forma de siervo. Filipenses 2:6–9 describe ese movimiento: se humilla hasta la muerte de cruz y es el Padre quien lo exalta. Ésta es una de las grandes paradojas del Reino: quien vive desesperadamente para ser visto termina esclavizado por los ojos de otros; quien vive para la gloria del Padre puede servir incluso cuando nadie lo está mirando. Watchman Nee insistió en que el “yo” puede sobrevivir dentro de actividades espirituales aparentemente excelentes. Podemos predicar acerca de Cristo y, secretamente, necesitar que la predicación haga grande nuestro nombre. Podemos servir, escribir, liderar o dar y aun así estar construyendo una pequeña Babel religiosa. El problema no siempre está en lo que hacemos, sino en aquello que esperamos recibir interiormente por haberlo hecho. Jesús ofrece una prueba sencilla y temible: ¿de quién buscamos la gloria? Esto no significa que todo reconocimiento sea malo. Abraham recibió un nombre grande; Pablo fue respetado; los buenos ancianos son dignos de doble honor. El problema no es recibir honra, sino alimentarnos de ella. Hay una diferencia enorme entre que Dios nos conceda influencia y necesitar influencia para sentir que nuestra vida tiene valor. Las intenciones del corazón marcan la diferencia. Hay contraste entre la satisfacción del ego y la satisfacción del Padre. Esa diferencia alcanza incluso los rincones más pequeños del servicio. Si nadie supiera que hicimos aquello, ¿seguiríamos queriendo hacerlo? Si otro recibiera el reconocimiento por algo en lo que participamos, ¿seguiríamos alegrándonos porque el Reino avanzó? Preguntas así no condenan el deseo legítimo de ser apreciados; simplemente iluminan quién ocupa el centro. Babel dice: «Que vean lo que construimos». Cristo dice: «Que vean al Padre».

— Roberto Tinoco

Juan 7:19

Comentario general

JUAN 7:19 «¿No os dio Moisés la ley, y ninguno de vosotros cumple la ley? ¿Por qué procuráis matarme?» Jesús pasa de hablar acerca de la gloria a confrontar la contradicción religiosa de sus oyentes: «¿No os dio Moisés la Ley?». Ellos se consideran defensores de Moisés, pero Jesús añade: οὐδεὶς ἐξ ὑμῶν ποιεῖ τὸν νόμον (oudeìs ex hymōn poieî ton nómon), «ninguno de vosotros practica la Ley». La acusación no consiste en que jamás hayan obedecido un mandamiento, sino en que su pretensión de fidelidad queda desenmascarada por aquello que están planeando: «¿Por qué procuráis matarme?» Admiran a Moisés, conocen su enseñanza y, sin embargo, no viven conforme a ella. Existe una distancia peligrosa entre conocer la Palabra y permitir que la Palabra nos conozca. Podemos explicar un mandamiento y resistir precisamente aquello que quiere producir dentro de nosotros. Santiago formulará después la misma tensión: «sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores» (Santiago 1:22). La Escritura no fue dada simplemente para aumentar el número de verdades que podemos defender, sino para formar una clase de persona, vida. El conocimiento bíblico que nunca alcanza conducta puede terminar produciendo una ilusión de madurez. Aquí comienza a prepararse la discusión acerca del sábado. Ellos creen defender la Ley contra Jesús, mientras Jesús mostrará que su interpretación de la Ley ha perdido de vista el corazón de Aquel que la dio. Esto es más serio que equivocarse en una regla: es utilizar la Palabra de Dios de una manera que contradice el carácter de Dios. Y quizá allí esté una de las pruebas más incómodas para quienes enseñamos la Escritura: preguntarnos no sólo «¿puedo demostrar bíblicamente lo que creo?», sino también «¿la manera en que estoy utilizando esta verdad se parece al Dios que la pronunció?»

— Roberto Tinoco

Juan 7:20

Comentario general

JUAN 7:20 «Respondió la multitud y dijo: Demonio tienes; ¿quién procura matarte?» La multitud responde: δαιμόνιον ἔχεις (daimónion écheis), «demonio tienes». Parte de la gente probablemente desconoce los planes de los dirigentes, como quedará claro en Juan 7:25, donde habitantes de Jerusalén sí saben que procuran matarlo. Juan conserva así los distintos niveles de conocimiento dentro de la multitud. Sin embargo, la acusación es brutal. Aquel que viene del Padre Celestial es acusado de estar bajo influencia demoníaca. ¿Entiendes la macabra ironía? La Luz es llamada oscuridad. Isaías 5:20 había advertido acerca de quienes llaman «a lo malo bueno, y a lo bueno malo». Una de las formas más graves de ceguera no consiste simplemente en no reconocer la luz, sino en reinterpretarla como tinieblas. Pero observa la respuesta de Jesús en el versículo siguiente. No convierte la conversación en una defensa emocional de su reputación. No responde a la ofensa con otra ofensa. Regresa al asunto que quiere revelar. Juan Crisóstomo destacó repetidamente esta paciencia de Cristo frente a insultos y provocaciones: la verdad no necesita perder su carácter para defenderse. Cuando alguien nos malinterpreta, podemos sentir una urgencia enorme por limpiar inmediatamente nuestro nombre. Jesús muestra una libertad distinta. Sabe quién es y de dónde viene. Puede aclarar la verdad sin convertir su reputación en el centro de la conversación. Hay una diferencia entre defender la verdad y defender desesperadamente nuestra imagen. Quien sabe de quién recibe su nombre no necesita pelear por cada opinión que otros tengan de él.

— Roberto Tinoco

Juan 7:21

Comentario general

JUAN 7:21 «Jesús respondió y les dijo: Una obra hice, y todos os maravilláis.» Jesús responde: ἓν ἔργον ἐποίησα (hèn érgon epoíēsa), «una obra hice». Está recordando la sanidad del paralítico de Betesda narrada en Juan 5. Aquel hombre llevaba treinta y ocho años sin caminar; Jesús lo sanó en sábado y aquella obra desencadenó una controversia que todavía permanecía viva. La palabra ἔργον (érgon), «obra», posee peso teológico en Juan. Las obras de Jesús no son simples demostraciones de poder; dan testimonio de su relación con el Padre. Juan 5:36 había dicho: «las mismas obras que yo hago, dan testimonio de mí, que el Padre me ha enviado». Por eso el milagro de Betesda debía haber provocado una pregunta más profunda que «¿se puede cargar una cama en sábado?». Debía llevarlos a preguntar: «¿Quién puede devolver así la vida a un hombre?» Jesús dice que todos se maravillan. El asombro puede ser el comienzo del discernimiento, pero no es todavía fe. Juan 6 mostró una multitud asombrada y alimentada que todavía necesitó descubrir al Pan detrás del pan. Podemos emocionarnos con lo que Dios hace y no permitir que aquello que hizo transforme nuestra manera de pensar. Hay algo casi doloroso en la escena: un hombre que no caminó durante treinta y ocho años está caminando, y la discusión principal gira alrededor del calendario. La religión puede llegar a estar tan concentrada en proteger su sistema que una restauración humana le parezca una irregularidad administrativa. El milagro había ocurrido delante de sus ojos, pero sus categorías eran más fuertes que su asombro.

— Roberto Tinoco

Juan 7:22

Comentario general

JUAN 7:22 «Por cierto, Moisés os dio la circuncisión (no porque sea de Moisés, sino de los padres); y en el día de reposo circuncidáis al hombre.» Jesús comienza ahora una argumentación cuidadosa desde la propia Ley. Habla de περιτομή (peritomḗ), «circuncisión», y aclara que no comenzó con Moisés, sino con los patriarcas, específicamente con Abraham en Génesis 17. Moisés incorporó su regulación dentro de la Ley, incluyendo la circuncisión al octavo día (Levítico 12:3). Si el octavo día caía en sábado, la circuncisión se realizaba. Por tanto, sus propios intérpretes reconocían que el mandamiento sabático debía comprenderse en armonía con otros mandamientos. Jesús no está despreciando la Ley ni enfrentándose a Moisés; está mostrando que ellos mismos ya saben que la aplicación de la Ley requiere discernir su propósito integral conforme a Dios y no a los hombres; esto es, de acuerdo a la naturaleza de Dios y no la limitada religiosidad humana. Esto es importante para nuestra comprensión de Cristo. Jesús no presenta al Dios del Antiguo Testamento como una deidad legalista a la que Él viene a corregir mediante misericordia. El Padre que envió a Cristo es el mismo Yahwéh que dio la Ley. El problema no está en el carácter de Dios, sino en la lectura humana que puede separar un mandamiento del corazón del Legislador. Ireneo insistió con fuerza en esta unidad contra quienes querían enfrentar al Dios del Antiguo Testamento con el Padre revelado por Cristo. Jesús no viene a salvarnos del Dios de Moisés; viene del Dios de Moisés y revela plenamente su corazón. La Escritura no necesita menos fidelidad; lo que necesita es ser leída con suficiente fidelidad como para que no perdamos al Dios que habla dentro de ella.

— Roberto Tinoco

Juan 7:23

Comentario general

JUAN 7:23 «Si recibe el hombre la circuncisión en el día de reposo, para que la ley de Moisés no sea quebrantada, ¿os enojáis conmigo porque en el día de reposo sané completamente a un hombre?» Jesús lleva el argumento hasta su punto decisivo: ὅλον ἄνθρωπον ὑγιῆ ἐποίησα (hólon ánthrōpon hygiē epoíēsa), «hice sano a un hombre entero». La expresión ὅλον ἄνθρωπον, «todo el hombre», es magnífica. Si la circuncisión puede realizarse en sábado sobre una pequeña parte del cuerpo para cumplir el pacto, ¿cómo puede ser contrario al corazón de Dios restaurar completamente todo el cuerpo de una persona? El sábado había sido dado como regalo. Génesis 2 lo relaciona con el descanso de Dios; Éxodo 20 con la creación; Deuteronomio 5 añade la memoria de liberación de Egipto. El sábado debía recordar que Israel pertenecía a un Dios creador y libertador. Por eso existe una ironía enorme en condenar precisamente una obra de liberación realizada en sábado. Es tanto un milagro creativo como redentor que glorifica claramente a Dios. En 1 Samuel 21:1–6, episodio que Jesús mismo utilizará en los sinópticos cuando discuta acerca del sábado (Mateo 12:1–8), David, huyendo y hambriento, recibe los panes consagrados que ordinariamente estaban reservados a los sacerdotes. Jesús utiliza aquella historia para mostrar que la santidad de Dios nunca fue diseñada para convertirse en enemiga de la necesidad humana. No significa que los mandamientos carezcan de importancia; significa que debemos comprender para qué fueron dados. El principio culmina en las palabras de Jesús: «Misericordia quiero, y no sacrificio» (Mateo 12:7, citando Oseas 6:6). La misericordia no anula la santidad; revela el corazón de la santidad. Un Dios verdaderamente Santo no necesita que ignoremos a un hombre herido para demostrar cuánto respetamos sus mandamientos. La historia de David y los panes no es el argumento directo de Juan 7, porque aquí Jesús utiliza la circuncisión. Pero ilumina la misma verdad: la Ley debe interpretarse desde el propósito de Dios, no desde una rigidez que convierta la obediencia en crueldad. Podemos ser técnicamente correctos en una norma y espiritualmente equivocados en su aplicación. Podemos defender un principio verdadero de una manera que destruye precisamente a la persona a quien ese principio debía conducir hacia Dios. Crisóstomo percibió la fuerza del razonamiento de Jesús: sus adversarios aceptaban una acción corporal en sábado para preservar la Ley y, sin embargo, condenaban la restauración completa de un hombre. Su problema no era demasiado amor por la Ley, sino una comprensión insuficiente de su profundidad. Y aquí aparece una aplicación devocional especialmente hermosa en la expresión «un hombre entero». Cristo no tiene interés en arreglar únicamente nuestra zona religiosa. No vino a mejorar solamente nuestra asistencia, vocabulario o conducta dominical. Quiere tocar pensamientos, afectos, voluntad, relaciones, heridas, cuerpo, prioridades y futuro. Cristo no vino solamente a mejorar nuestro sábado. Vino a sanar al hombre entero.

— Roberto Tinoco

Juan 7:25

Comentario general

JUAN 7:25 «Decían entonces unos de Jerusalén: ¿No es éste a quien buscan para matarle?» Juan distingue ahora a τινὲς τῶν Ἱεροσολυμιτῶν (tinès tōn Hierosolymitōn), «algunos de los habitantes de Jerusalén». Esto explica la aparente tensión con Juan 7:20. Parte de la multitud había preguntado «¿quién procura matarte?», probablemente porque desconocía los planes de los dirigentes; los habitantes de Jerusalén parecen poseer información más cercana a lo que está ocurriendo. No todos saben lo mismo, y Juan conserva cuidadosamente esas diferencias. La pregunta confirma que Jesús había dicho la verdad cuando afirmó que procuraban matarlo. Pero hay algo espiritualmente importante: la verdad de aquello que Jesús conocía no dependía de que la multitud lo reconociera. Cristo no necesita que otros validen su percepción para saber dónde está parado. Conoce la hostilidad que lo rodea y, al mismo tiempo, conoce al Padre que gobierna su hora. Los hombres creen comprender lo que ocurre porque poseen información visible, mientras Jesús vive desde una realidad que ellos no alcanzan a ver. Saben que existe una conspiración, pero no saben que la conspiración no controla el calendario. Conocen el peligro, pero desconocen el propósito. Están en medio de una fiesta dedicada a Yahwéh y algunos quieren matar al Hijo enviado por Yahwéh. La cercanía con las cosas sagradas no garantiza un corazón rendido al Dios santo. Podemos conocer el lenguaje de la fiesta y estar resistiendo al Señor de la fiesta. El versículo nos prepara para contemplar una verdad que Juan irá haciendo cada vez más clara: la cruz se acerca, pero no se acerca como accidente. Los hombres están preparando una muerte; mientras el Padre está conduciendo la historia hacia una redención. Son dos intenciones diferentes que terminarán encontrándose en un mismo madero.

— Roberto Tinoco

Juan 7:26

Comentario general

JUAN 7:26 «Pues mirad, habla públicamente, y no le dicen nada. ¿Habrán reconocido en verdad los gobernantes que éste es el Cristo?» La sorpresa de los habitantes de Jerusalén se concentra en παρρησίᾳ λαλεῖ (parrēsía laleî), «habla abiertamente, públicamente, con libertad». Jesús había entrado discretamente en la fiesta; ahora enseña sin esconderse. Su discreción nunca fue cobardía. Sabía permanecer oculto cuando correspondía y sabe hablar abiertamente cuando llega el momento. La multitud interpreta el silencio de las autoridades: quizá han reconocido que Jesús es el Cristo. Pero nuevamente juzgan según la apariencia, apenas un instante después de que Jesús les ordenó no hacerlo. Observan un hecho verdadero, nadie lo está arrestando, y construyen una explicación equivocada. Juan revelará la razón real en 7:30: todavía no había llegado su hora. Esto nos enseña algo acerca de nuestra lectura de las circunstancias. Los hechos importan, pero nuestra interpretación de los hechos puede ser equivocada. Una puerta abierta no demuestra automáticamente aprobación divina, del mismo modo que una puerta cerrada no significa necesariamente rechazo. La providencia necesita discernimiento. Podemos mirar una circunstancia y decir «Dios está haciendo esto» cuando simplemente estamos interpretando los acontecimientos según aquello que deseamos que signifiquen. Crisóstomo percibió en escenas como ésta que la hostilidad humana tiene límites delante del propósito de Dios. Los dirigentes poseen poder, pero no poseen la hora. Esto no vuelve irreales sus decisiones; revela que incluso la oposición más seria continúa existiendo dentro de una historia cuyo Autor no ha dejado la pluma.

— Roberto Tinoco

Juan 7:27

Comentario general

JUAN 7:27 «Pero éste, sabemos de dónde es; mas cuando venga el Cristo, nadie sabrá de dónde sea.» La frase comienza con una seguridad peligrosa: οἴδαμεν πόθεν ἐστίν (oídamen póthen estín), «sabemos de dónde es». El problema no es simplemente ignorancia. Es conocimiento incompleto convertido en certeza completa. Probablemente la afirmación refleja una expectativa popular acerca de una manifestación misteriosa del Mesías. No era la única expectativa existente, pues en Juan 7:42 otros citarán correctamente la relación del Mesías con Belén y David. Juan no necesita resolver las opiniones populares; está mostrando que la multitud discute acerca del origen de Jesús sin comprender realmente su procedencia. Ellos piensan que conocen a Jesús porque lo asocian con Galilea. Antes de mencionar Nazaret, Belén o Galilea, el Evangelio comenzó diciendo: «En el principio era el Verbo». Ellos preguntan por geografía; Juan nos ha llevado hasta la eternidad. La encarnación contiene precisamente este misterio: el que puede ser localizado dentro de nuestra historia no comenzó dentro de nuestra historia. Ireneo defendió con enorme fuerza esta unidad frente a quienes querían separar al Jesús humano del Hijo divino. El mismo que tuvo familia, pueblo y manos humanas es el Verbo eterno que estaba con Dios. Esto convierte la familiaridad en una posible prueba espiritual. Podemos conocer tantas historias acerca de Jesús que dejemos de maravillarnos de quién es. Sabemos dónde nació, qué milagros hizo y cómo termina el Evangelio, pero todavía necesitamos que el Espíritu vuelva a abrir nuestros ojos. La familiaridad conoce su historia, pero la revelación descubre su misterio.

— Roberto Tinoco

Juan 7:28

Comentario general

JUAN 7:28 «Jesús entonces, enseñando en el templo, alzó la voz y dijo: A mí me conocéis, y sabéis de dónde soy; y no he venido de mí mismo, pero el que me envió es verdadero, a quien vosotros no conocéis.» Jesús ἔκραξεν (ékraxen), «clamó, alzó la voz». La cuestión de su procedencia toca el centro de su identidad. Recoge la afirmación de ellos con una ironía penetrante: sí, conocen algo acerca de Él, pero han confundido conocimiento parcial con conocimiento pleno. Entonces dice: «no he venido de mí mismo». Éste es uno de los grandes temas del cuarto Evangelio. La enseñanza del Hijo, sus obras, su tiempo y su misión nacen de la comunión con el Padre. Jesús no es un aventurero religioso que decidió iniciar su propia obra. Es el Enviado de Dios. Aquí encontramos una similitud con Éxodo 2:11–14, especialmente leído a la luz de Hechos 7:23–35. Cuando Moisés intenta intervenir entre sus hermanos, uno pregunta: «¿Quién te ha puesto a ti por príncipe y juez sobre nosotros?». Hechos interpreta posteriormente que ese mismo Moisés rechazado fue el hombre que Dios envió como gobernante y libertador. El problema de Israel no era simplemente quién era Moisés en apariencia, sino quién lo había enviado. La semejanza con Juan 7 es muy rica. Jesús insiste una y otra vez: «el que me envió». Quienes lo juzgan desde abajo ven al galileo; quienes reciban revelación descubrirán al Enviado del Padre. El enviado de Dios puede ser rechazado precisamente porque la vista humana evalúa su apariencia sin reconocer la autoridad de quien lo envió. Pero Jesús lleva la acusación todavía más lejos: «a quien vosotros no conocéis». Están en el templo, celebrando una fiesta de Yahwéh, y Jesús les dice que no conocen verdaderamente al Dios a quien dicen adorar. Poseen casa, fiesta, Escritura y tradición; sin embargo, rechazan al Hijo enviado por el Padre. Esto vuelve a conectar con Juan 5:39–40. Escudriñaban las Escrituras que daban testimonio de Cristo, pero no querían venir a Él. La religión puede conocer mucho acerca de Dios sin vivir en comunión con Dios. Podemos asistir a la congregación pendientes de quién predicó, quién cantó, quién falló, quién nos saludó o quién no lo hizo, y regresar a casa habiendo observado todo menos al Señor. Es posible ir a la casa de Dios y pasar toda la reunión viendo sólo la casa.

— Roberto Tinoco

Juan 7:29

Comentario general

JUAN 7:29 «Pero yo le conozco, porque de él procedo, y él me envió.» Frente al «vosotros no conocéis» aparece una declaración majestuosa: ἐγὼ οἶδα αὐτόν (egṑ oîda autón), «Yo le conozco». Jesús no habla del Padre desde información indirecta. Añade: παρ᾽ αὐτοῦ εἰμι (par' autoû eimi), «de Él procedo, de Él soy», y κἀκεῖνός με ἀπέστειλεν (kakeînos me apésteilen), «Él me envió». Procedencia y misión aparecen juntas. Los profetas podían decir «Yahwéh me envió», pero Juan ha preparado una afirmación todavía mayor: el Hijo procede del Padre. Juan 1:18 ya declaró que el Hijo unigénito ha dado a conocer al Dios invisible. Atanasio defendería siglos después esta verdad frente al arrianismo. Sólo quien conoce verdaderamente al Padre desde la comunión divina puede revelarlo plenamente. Una criatura puede hablar correctamente acerca de Dios; el Hijo eterno nos revela al Padre desde una relación única con Él. Por eso la pregunta «¿cómo es Dios?» encuentra su respuesta más segura viendo a Cristo. Juan 14:9 dirá: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre». ¿Cómo recibe Dios al quebrantado? Mira a Cristo. ¿Cómo confronta la hipocresía? Mira a Cristo. ¿Cómo trata al pecador arrepentido? Mira a Cristo. ¿Hasta dónde llega su amor? Mira la cruz. Jesús no sólo trae información del cielo; Él trae el corazón del Padre hasta nuestra vista.

— Roberto Tinoco

Juan 7:30

Comentario general

JUAN 7:30 «Entonces procuraban prenderle; pero ninguno le echó mano, porque aún no había llegado su hora.» La reacción es inmediata: ἐζήτουν... πιάσαι (ezḗtoun... piásai), «procuraban prenderlo». Sin embargo, nadie puede hacerlo porque οὔπω ἐληλύθει ἡ ὥρα αὐτοῦ (oúpō elēlýthei hē hṓra autoû), «todavía no había llegado su hora». Semejante a 1 Samuel 23:7–14. Saúl recibe noticia de que David está en Keila y exclama: «Dios lo ha entregado en mi mano». Interpreta una circunstancia favorable como confirmación divina de su propia intención. Pero está equivocado. La puerta parece abierta y, sin embargo, Dios no está respaldando la persecución de Saúl. Esto conecta de manera magnífica con Juan 7:24: no juzgar según apariencia. Una circunstancia favorable no demuestra automáticamente que Dios esté de acuerdo con aquello que queremos hacer. Saúl tiene una aparente oportunidad y la llama providencia; los dirigentes poseen poder para arrestar y creen poder disponer de Jesús. Pero existe una realidad invisible que ninguno controla. Dios está a cargo. Podemos decir demasiado rápido «Dios abrió la puerta» cuando simplemente apareció una oportunidad que coincide con nuestros deseos. Las puertas importan, pero necesitan discernimiento. No toda puerta abierta conduce a la voluntad de Dios, y no toda puerta cerrada significa que Dios dijo no. La soberanía de Dios aparece aquí sin necesidad de determinismo. Los hombres quieren prender a Jesús y son moralmente responsables de esa intención. Dios no necesita producir su hostilidad. Pero tampoco pueden adelantar el propósito redentor, pues aunque su voluntad es real, no es soberana. Esto será todavía más impresionante en la cruz. Hechos 2:23 mantendrá juntas la responsabilidad humana y el propósito de Dios. La maldad sigue perteneciendo al hombre; la redención pertenece a Dios. El reloj de la tierra dice: «Ahora». Pero el cielo responde: «Todavía no».

— Roberto Tinoco

Juan 7:31

Comentario general

JUAN 7:31 «Y muchos de la multitud creyeron en él, y decían: El Cristo, cuando venga, ¿hará más señales que las que éste hace?» Mientras unos procuran prenderlo, πολλοὶ... ἐπίστευσαν εἰς αὐτόν (polloì... epísteusan eis autón), «muchos creyeron en Él». La misma revelación produce respuestas distintas. Cristo no sólo revela al Padre; su presencia termina revelando el corazón de quienes lo escuchan. La pregunta acerca de las señales muestra probablemente una fe todavía naciente. Juan ya nos ha enseñado que una fe basada únicamente en señales necesita profundizarse. Pero tampoco debemos despreciar las señales: fueron dadas precisamente para conducir hacia la fe. Juan 20:30–31 dirá que fueron escritas «para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios». Aquí encontramos una semejanza con Éxodo 14:30–31. Después de contemplar la liberación en el mar, Israel «vio aquel grande hecho que Yahwéh ejecutó» y «creyeron a Yahwéh y a Moisés su siervo». La señal visible condujo hacia confianza. No era el destino final; era una puerta. El paralelo nos ayuda a distinguir entre ver la señal y seguir la dirección de la señal. Israel podía maravillarse del mar abierto, pero el propósito era aprender a confiar en Dios. La multitud puede maravillarse de los milagros de Jesús, pero dichos milagros deben conducir a la multitud hacia Jesús. Agustín insistió en que los milagros visibles señalan realidades mayores. Quedarnos en el prodigio sería semejante a admirar una señal de carretera y nunca viajar hacia el lugar que indica. La pregunta de la multitud contiene además algo razonable: ¿cuántas señales más tendría que realizar el Mesías? Han visto suficiente para comenzar a preguntar seriamente quién es Jesús. Pero la señal mayor todavía viene y no será simplemente otro enfermo sanado. Será una tumba vacía.

— Roberto Tinoco

Juan 7:32

Comentario general

JUAN 7:32 «Los fariseos oyeron a la gente que murmuraba de él estas cosas; y los principales sacerdotes y los fariseos enviaron alguaciles para que le prendiesen.» La fe naciente de la multitud produce reacción institucional. Los fariseos escuchan el γογγυσμός (gongysmós), «murmullo», y junto con los principales sacerdotes envían ὑπηρέτας (hypērétas), alguaciles o guardias del templo. Hay una ironía que sólo se completará en Juan 7:45–46: los hombres enviados para arrestar a Jesús regresarán diciendo: «¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre!» En 1 Samuel 19:18–24, el rey Saúl envía hombres para prender a David. Cuando los mensajeros llegan donde están Samuel y los profetas, el Espíritu de Dios viene sobre ellos y terminan profetizando. Saúl envía otros, y sucede nuevamente. Finalmente él mismo queda alcanzado por aquello que pretendía controlar. Los dos pasajes son semejantes; hombres enviados para detener al ungido terminan detenidos por una acción de Dios que no esperaban. En 1 Samuel, profetizan; en Juan, los alguaciles quedan tan impresionados por la palabra de Cristo que no pueden cumplir su misión. La autoridad religiosa cree estar enviando manos; Dios sabe que esas manos llevan también oídos. Hay momentos en que Dios no necesita destruir la mano que viene contra su Ungido. Le basta con hacer que se detenga el tiempo suficiente para escuchar. ¡La Palabra de Dios es poderosa!

— Roberto Tinoco

Juan 7:33

Comentario general

JUAN 7:33 «Entonces Jesús dijo: Todavía un poco de tiempo estaré con vosotros, e iré al que me envió.» Mientras las autoridades organizan su arresto, Jesús habla serenamente de su partida: ἔτι χρόνον μικρὸν (éti chrónon mikrón), «todavía un poco de tiempo». Ellos piensan cuánto tardarán en detenerlo; Jesús sabe cuánto tiempo permanecerá. Nuevamente aparecen dos relojes dentro de la misma escena. Los hombres calculan oportunidades; Cristo vive consciente de la hora del Padre. La expresión «un poco de tiempo» introduce una solemnidad nueva. La presencia visible de Cristo entre ellos pertenece a un tiempo señalado. Juan 1:14 había dicho que el Verbo «habitó entre nosotros», literalmente que puso su tabernáculo entre nosotros. Ahora, precisamente durante la Fiesta de los Tabernáculos, el verdadero Tabernáculo anuncia que su Presencia visible entre ellos no será indefinida. ¿No es esto paradójico? Mientras Israel celebra tiendas temporales, el Verbo encarnado les recuerda que también su estancia visible en medio de ellos pertenece a un tiempo que debe cumplirse. Después Jesús dice: «e iré al que me envió». La frase contiene mucho más de lo que sus oyentes pueden comprender. «Ir» abarcará cruz, muerte, resurrección, ascensión y regreso al Padre. Ellos quieren quitarlo de en medio; Jesús sabe que su partida será, en realidad, un regreso. Juan 13:3 lo expresará con enorme belleza: Jesús sabía «que había salido de Dios, y a Dios iba». La historia de Cristo posee procedencia y destino: vino del Padre y vuelve al Padre después de cumplir la obra encomendada. Esto transforma nuestra comprensión de la cruz. Desde abajo parecerá que los hombres consiguieron expulsar a Jesús. Desde arriba, el Hijo estará completando el camino de obediencia que lo conduce nuevamente al Padre. El mismo acontecimiento puede ser leído desde dos alturas distintas. La tierra verá derrota; el cielo reconocerá obediencia y victoria. La tierra verá vergüenza; Juan hablará de glorificación. Los hombres levantarán una cruz para acabar con Él; Dios convertirá esa cruz en el camino por el que la Vida alcance al mundo. En 2 Reyes 2:1–12 Eliseo sabe que Elías está a punto de ser quitado y se niega repetidamente a separarse de él: «Vive Yahwéh, y vive tu alma, que no te dejaré». No es un paralelo profético directo de Juan 7, pero presenta una actitud espiritual muy distinta de la que encontramos en quienes escuchan a Jesús. Eliseo comprende que el tiempo restante junto a su maestro es precioso y, precisamente porque sabe que la partida se acerca, se aproxima en lugar de alejarse. Pero no así los contemporáneos a Jesús. Esto nos deja una aplicación: ¿qué hacemos cuando comprendemos que una oportunidad espiritual no será indefinida? Podemos acostumbrarnos tanto a una presencia, una persona, una temporada o una puerta abierta que asumamos que siempre estará disponible. Eliseo responde a la proximidad de la partida diciendo, en esencia: «entonces no me separaré». Los oyentes de Jesús escuchan «todavía un poco de tiempo» y muchos continúan resistiéndolo. Esto no significa que Cristo hoy sea difícil de encontrar para quien sinceramente lo busca. Su promesa sigue abierta. Pero sí nos enseña a honrar el tiempo presente de la gracia. Hay palabras que debemos obedecer mientras están frescas, reconciliaciones que no debemos posponer y oportunidades de amar que no siempre regresarán con la misma forma. Hay momentos en que la sabiduría consiste en reconocer: «Esto que hoy tengo delante es demasiado precioso para tratarlo como si siempre estuviera garantizado».

— Roberto Tinoco

Juan 7:34

Comentario general

JUAN 7:34 «Me buscaréis, y no me hallaréis; y a donde yo estaré, vosotros no podréis venir.» Las palabras se vuelven profundamente solemnes: ζητήσετέ με καὶ οὐχ εὑρήσετέ με (zētḗseté me kaì ouch heurḗseté me), «me buscaréis y no me hallaréis». A primera vista podría parecer que esto contradice Jeremías 29:13: «me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón». Pero la Escritura también dice en Isaías 55:6: «Buscad a Yahwéh mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano». La cuestión no es que Dios disfrute escondiéndose del corazón que sinceramente lo busca, sino que la gracia presente no debe convertirse en excusa para posponer indefinidamente nuestra respuesta. Hebreos 3:15 lo expresará con una palabra decisiva: «Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones». El peligro de rechazar repetidamente la luz no consiste en que la luz cambie de naturaleza, sino en que nuestros ojos aprendan a cerrarse. Cada resistencia puede hacer más natural la siguiente. El corazón posee una terrible capacidad para acostumbrarse incluso a decirle no a Dios. Esto encaja con el equilibrio entre gracia y responsabilidad humana. El Padre atrae, enseña e ilumina; el Hijo está delante de ellos hablando, invitando y dando señales. El problema no necesita explicarse diciendo que Dios ha decidido impedirles responder. Precisamente porque la gracia está actuando, su resistencia es significativa. La Fuente puede estar delante de nosotros y podemos negarnos a beber. La Luz puede entrar en la habitación y podemos cerrar los ojos. Hay además una diferencia reveladora entre estas palabras y lo que Jesús dirá posteriormente a sus discípulos. En Juan 13:33 también les dirá que adonde Él va ellos no pueden ir; pero a Pedro le añadirá: «A donde yo voy, no me puedes seguir ahora; mas me seguirás después» (Juan 13:36). Y en Juan 14:3 prometerá: «vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis». Para el discípulo existe un «todavía no» que terminará en comunión; aquí, para quienes persisten en rechazar al Hijo, aparece un solemne «no podréis venir». Como aplicación, Cantares 3:1–4 ofrece un contraste muy bello. La esposa dice: «Por las noches busqué en mi lecho al que ama mi alma; lo busqué, y no lo hallé», pero se levanta, recorre la ciudad, pregunta por él y, cuando finalmente lo encuentra, declara: «lo así, y no lo dejé». Orígenes y otros autores cristianos antiguos leyeron Cantares espiritualmente como lenguaje del alma que busca al Verbo. La imagen permite distinguir entre una búsqueda nacida del amor, que no descansa hasta encontrar al Amado Jesús, y una búsqueda tardía que lamenta haber despreciado su Presencia cuando estuvo cerca. Agustín también reflexionó profundamente sobre los distintos modos de buscar a Dios. Podemos buscar sus beneficios sin desearlo verdaderamente a Él. Juan 6 ya mostró personas cruzando un mar buscando a Jesús porque habían comido pan. La verdadera búsqueda comienza cuando dejamos de preguntar solamente «¿qué puede darme?» y empezamos a decir «¿dónde está Él?» Aquellas personas están dentro del templo, participando en una fiesta dedicada a Dios, y pueden terminar sin llegar al Padre porque rechazan al Hijo que procede de Él. La religión puede recorrer una gran distancia exterior y no avanzar interiormente. Este versículo no debe aterrorizar al corazón que hoy quiere venir a Cristo. El mismo Evangelio ya prometió: «al que a mí viene, no le echo fuera» (Juan 6:37). Si tienes hambre de Él, ven. Si deseas buscarlo, búscalo. La advertencia está dirigida más bien al corazón que piensa: «algún día responderé; algún día perdonaré; algún día obedeceré». La gracia es paciente, pero su paciencia nunca fue dada para enseñarnos a postergar la obediencia. Por eso la respuesta sabia a Juan 7:34 es sencilla: si hoy escuchas Su Voz, ven hoy.

— Roberto Tinoco

Juan 7:35

Comentario general

JUAN 7:35 «Entonces los judíos dijeron entre sí: ¿Adónde se irá éste, que no le hallemos? ¿Se irá a los dispersos entre los griegos, y enseñará a los griegos?» Una vez más interpretan una afirmación celestial mediante categorías geográficas terrenales. Jesús habla de volver al Padre; ellos intentan imaginar un lugar suficientemente lejano como para que no puedan encontrarlo. Por eso preguntan si irá a τὴν διασπορὰν τῶν Ἑλλήνων (tēn diasporàn tōn Hellḗnōn), «la dispersión entre los griegos», es decir, los judíos establecidos fuera de Palestina entre los pueblos del mundo grecorromano. La ironía es extraordinaria porque, sin comprender lo que están diciendo, anticipan algo que verdaderamente ocurrirá. Jesús no está anunciando aquí un viaje misionero personal por las ciudades griegas; está hablando de su regreso al Padre. Pero después de su muerte, resurrección y glorificación, su Evangelio sí saldrá hacia la dispersión y también, hacia todas las naciones. Hechos 1:8 establecerá el movimiento: Jerusalén, Judea, Samaria y hasta lo último de la tierra. Pablo llevará el nombre de Cristo por el mundo grecorromano. Y Juan 12:20 presentará algo especialmente hermoso: unos griegos llegarán durante otra fiesta diciendo: «Señor, quisiéramos ver a Jesús». En Juan 7 los griegos aparecen dentro de una pregunta casi irónica; en Juan 12 aparecerán buscando realmente al Señor. Podemos ver semejanza con Génesis 11 y con Hechos 2. Babel termina con las lenguas confundidas y los pueblos dispersados sobre la tierra. Pentecostés presenta personas procedentes de muchas naciones escuchando «las maravillas de Dios» en sus propias lenguas. Babel dispersa bajo el orgullo humano; pero la poderosa sencillez del Evangelio comienza a reunir alrededor de Cristo a todos, sin borrar la diversidad de las lenguas. Esto conecta profundamente con la pregunta de 7:35. «¿Irá a los dispersos?». La respuesta histórica del Evangelio será, en cierto sentido: sí, su nombre llegará hasta ellos. No porque Jesús abandone a Israel para comenzar un proyecto distinto, sino porque la promesa dada a Abraham siempre había contenido a las naciones: «serán benditas en ti todas las familias de la tierra» (Génesis 12:3). La cruz abrirá el camino para que el Evangelio atraviese fronteras que la multitud todavía imagina como límites. Juan 11:52 dirá que Jesús moriría «para congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos». Ellos preguntan burlonamente por la dispersión; mientras que Dios está pensando en reunión. El hombre ve fronteras; pero el Evangelio ya está preparando caminos.

— Roberto Tinoco

Juan 7:36

Comentario general

JUAN 7:36 «¿Qué significa esto que dijo: Me buscaréis, y no me hallaréis; y a donde yo estaré, vosotros no podréis venir?» τίς ἐστιν οὗτος ὁ λόγος (tís estin hoûtos ho lógos), «¿qué significa esta palabra?». Juan no registra una explicación inmediata de Jesús. La pregunta queda suspendida. Esto forma parte de un patrón hermoso del Evangelio. Nicodemo escucha «nacer de nuevo» y piensa en regresar al vientre. La samaritana escucha «agua viva» y piensa en evitar viajes al pozo. Los discípulos oyen hablar de comida y piensan que alguien llevó alimento. La multitud escucha «Pan del cielo» y recuerda el maná. Ahora Jesús habla de volver al Padre y ellos imaginan un viaje hacia la diáspora. Cristo habla desde arriba y el hombre intenta comprenderlo únicamente desde abajo. No tienen revelación. Esto no significa que la razón humana sea enemiga de la fe. Juan nos invita continuamente a pensar, examinar testimonios y observar señales. El problema aparece cuando convertimos nuestras categorías naturales en el límite de aquello que Dios puede revelar. La razón es un regalo precioso, pero necesita ser iluminada, recibir revelación. Orígenes insistió en la necesidad de atravesar la superficie de las palabras para llegar a la realidad espiritual hacia la que conducen. Su método alegórico necesita límites, pero aquí su intuición resulta valiosa: podemos entender todas las palabras de una frase y todavía no haber comprendido aquello de lo que Cristo está hablando. Podemos intentar juzgar desde la tierra aquello que procede del cielo. Éste ha sido precisamente el drama de estos últimos versículos. Creen saber de dónde viene Jesús porque conocen Galilea; Él dice que procede del Padre. Creen que las autoridades controlan la situación; su hora pertenece al Padre. Creen que su partida puede ser un viaje geográfico; Él está hablando de regresar al Padre Celestial. Hay una lección espiritual profunda: la revelación no siempre consiste en recibir más información; en ocasiones consiste en permitir que Dios cambie las categorías con las que interpretamos la información que ya tenemos. Por eso la oración adecuada no es solamente: «Señor, dime más». También necesitamos decir: «Señor, ayúdame a ver». Comenzamos con hombres que creían saber de dónde venía Jesús y terminamos con hombres confesando que no entienden hacia dónde va. Entre ambas cosas Cristo ha revelado la verdad: viene del Padre y vuelve al Padre. Y nosotros quedamos delante de la pregunta que recorre todo Juan 7: ¿seguiremos intentando medir a Cristo desde nuestras categorías terrenales o permitiremos que Cristo nos enseñe a ver nuestra realidad desde el cielo? Porque podemos saber dónde creció Jesús y todavía no comprender de dónde viene. Podemos conocer muchas palabras acerca de Dios y todavía no reconocer al que Dios envió. La fe comienza a ver correctamente cuando deja de medir el cielo desde la tierra y permite que Cristo le enseñe a ver la tierra desde el cielo.

— Roberto Tinoco

Juan 7:37

Comentario general

JUAN 7:37 «En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba.» Juan sitúa cuidadosamente la escena: ἐν δὲ τῇ ἐσχάτῃ ἡμέρᾳ τῇ μεγάλῃ τῆς ἑορτῆς (en dè tē eschátē hēméra tē megálē tēs heortēs), «en el último día, el gran día de la fiesta». Todo Juan 7 ha transcurrido bajo la sombra de la Fiesta de los Tabernáculos. Israel recuerda el desierto, las tiendas, la peregrinación y la provisión de Yahwéh; ahora, cuando la celebración alcanza su clímax, Jesús se pone en pie y convierte toda aquella memoria en una invitación personal. Durante Tabernáculos llegó a desarrollarse una importante ceremonia de libación de agua asociada con la alegría de la fiesta y con textos como Isaías 12:3: «Sacaréis con gozo aguas de las fuentes de la salvación». Debemos ser cuidadosos al reconstruir todos los detalles ceremoniales exactamente como habrían ocurrido durante el ministerio de Jesús, pero el trasfondo judío de agua, provisión y esperanza mesiánica ilumina poderosamente sus palabras. En medio de una fiesta que celebra el agua dada por Dios, Cristo no señala hacia un cántaro, una ceremonia o una antigua roca. Señala hacia sí mismo. Israel recibió en el desierto primero el maná y después agua de la roca; Juan 6 acaba de presentar a Jesús como el Pan de Vida, y Juan 7 presenta al mismo Cristo invitando al sediento a beber. Pablo leerá cristológicamente aquella historia cuando diga que Israel comió alimento espiritual y bebió «de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo» (1 Corintios 10:3–4). El Pan que alimentaba y la Roca que daba de beber encuentran su realidad definitiva en Cristo. Entonces Jesús ἔκραξεν (ékraxen), «clamó». No ofrece el agua en secreto. El mismo Cristo que subió discretamente a la fiesta ahora se pone en pie y levanta la voz. La humildad nunca significó silencio permanente. Cuando llega el momento del Padre, la Fuente grita. Y lo que grita es extraordinariamente amplio: ἐάν τις διψᾷ (eán tis dipsâ), «si alguno tiene sed». Después de todas las discusiones acerca de quién conoce la Ley, quién procede de Galilea, quién pertenece a los gobernantes y quién comprende correctamente al Mesías, Jesús reduce la entrada a una realidad sorprendentemente humana: tener sed. No dice: «si alguno ha comprendido todos los misterios». No dice: «si alguno pertenece a la categoría correcta». No pregunta por prestigio, posición o formación. La sed no es mérito; es necesidad reconocida. El sediento no presume de su sed. Precisamente viene porque sabe que carece de aquello que necesita para vivir. Esto nos ayuda a comprender una de las primeras obras de la gracia. Dios no sólo ofrece agua; comienza haciéndonos conscientes de nuestra sed. Descubrimos que ciertas cosas que prometían satisfacernos sólo consiguieron distraernos durante un tiempo. El reconocimiento no bastó ni el éxito no bastó ni el placer bastaron. Incluso la actividad religiosa no va a bastar si ocupa el lugar de Dios. Apocalipsis 3 presenta el contraste de Laodicea: «soy rico... y de ninguna cosa tengo necesidad», mientras Cristo revela su verdadera pobreza. La autosuficiencia es espiritualmente peligrosa porque puede estar muriendo de sed sin pedir agua. El sediento de Juan 7 posee, paradójicamente, una ventaja sobre el satisfecho: sabe que necesita beber. Jesús continúa: ἐρχέσθω πρός με καὶ πινέτω (erchésthō prós me kaì pinétō), «venga a mí y beba». Aquí reaparece el equilibrio que venimos conservando entre gracia y respuesta humana. El sediento no fabrica la Fuente. No merece el agua, no la produce ni la compra. Cristo ya está allí ofreciendo. Pero Jesús dice: «venga» y «beba». La gracia no responde en lugar del hombre; hace posible que el hombre responda. Isaías 55:1 había pronunciado una invitación semejante: «A todos los sedientos: Venid a las aguas... sin dinero y sin precio». El Evangelio no es un mercado donde compramos aquello que necesitamos; es una Fuente donde el pobre descubre que su necesidad no lo descalifica. La sed que nos avergonzaba termina siendo precisamente aquello que nos hizo acercarnos. En 2 Reyes 3:9–20 vemos a los ejércitos de Israel, Judá y Edom que se encuentran en el desierto sin agua. Por medio de Eliseo, Dios ordena: «Haced en este valle muchos estanques», y después promete: «No veréis viento, ni veréis lluvia; pero este valle será lleno de agua». Ellos no pueden producir el agua. Sólo pueden preparar espacio para recibir aquello que únicamente Dios puede dar. Eso es lo que hace la fe. La imagen armoniza bellamente con Juan 7:37. La fe no fabrica el río; pero si cava espacio para recibirlo. El valle no produce lluvia por tener zanjas; es como si las zanjas confesaran: «si Dios da agua, queremos estar preparados para recibirla». Eso es fe, es responder a la invitación de Jesús y beber. La incredulidad dice: «cuando vea el agua, haré el estanque»; pero la fe responde a la palabra de Dios antes de tener la evidencia completa. No fabrica el milagro; pero sí se dispone a recibirlo. Y quizá existan áreas del corazón donde Dios todavía nos pregunta: «¿Hay espacio para lo que estás pidiendo?» Queremos más de Dios, pero quizá algunos estanques están llenos de resentimiento, autosuficiencia, distracción o necesidad de control. No ganamos al Espíritu vaciándonos, ni podemos manipular su Presencia mediante técnicas; pero sí podemos responder a la gracia quitando aquello que sabemos que estorba nuestra comunión. También esto es fe. Agustín habló del deseo como un ensanchamiento del corazón. Dios, decía en esencia, puede utilizar la espera y el deseo para ampliar nuestra capacidad de recibir. La sed no siempre significa que Dios está lejos. Puede significar que está agrandando dentro de nosotros el lugar donde quiere derramarse. Pero lo más importante de la invitación permanece en dos palabras: «A mí». Jesús no dice solamente «ven a la doctrina», aunque su doctrina es verdadera; ni «ven al templo», aunque está enseñando dentro de él; ni siquiera «ven a la fiesta». Dice: «Ven a mí». En Juan 6 el hambre terminó en una Persona: «Yo soy el Pan». En Juan 7 la sed termina en la misma Persona: «Ven a mí y bebe». Cristo no vino simplemente a indicarnos dónde encontrar la provisión de Dios; Él es el lugar donde Dios decidió encontrarse con nuestra hambre y nuestra sed.

— Roberto Tinoco

Juan 7:38

Comentario general

JUAN 7:38 «El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva.» Jesús explica ahora el movimiento interior de la invitación: ὁ πιστεύων εἰς ἐμέ (ho pisteúōn eis emé), «el que cree en mí». En Juan 7:37 dijo «venga» y «beba»; ahora dice «cree». Como en Juan 6, las imágenes se iluminan mutuamente. Allí venir, creer y comer describían diferentes aspectos de recibir a Cristo; aquí venir, beber y creer apuntan hacia la misma apropiación personal de la gracia por la fe. Entonces aparece una de las imágenes más exuberantes de todo el Evangelio: ποταμοὶ... ὕδατος ζῶντος (potamoì... hýdatos zōntos), «ríos de agua viva». Jesús no dice que el creyente recibirá apenas suficiente agua para sobrevivir. Dice ríos, en plural. La gracia de Cristo posee una abundancia que supera la necesidad inicial del sediento. El movimiento es extraordinario. El hombre llega diciendo: «Necesito beber». Y Cristo termina diciendo: «De ti correrán ríos». El sediento se aproxima pensando en supervivencia y descubre que Dios está pensando en desbordamiento. La expresión ἐκ τῆς κοιλίας αὐτοῦ (ek tēs koilías autoû) significa literalmente «desde su vientre», es decir, desde lo profundo de su interior. La Vida que Cristo promete no será simplemente una influencia colocada externamente sobre la persona. Algo poderoso y espiritual ocurrirá dentro. Esto conecta directamente con Juan 4:14. A la samaritana Jesús le prometió que el agua que Él da se convertiría dentro de ella en «una fuente de agua que salte para vida eterna». Allí tenemos una fuente; aquí tenemos ríos. La imagen parece ensancharse: primero el agua satisface interiormente; después la Vida recibida se vuelve abundancia que puede alcanzar a otros. Dios no quiere simplemente «tubos» por los que pase una bendición sin transformar aquello por donde pasa; quiere Vida que brote desde dentro. Un tubo puede transportar agua y continuar seco en su propia naturaleza. Un árbol recibe agua, la incorpora, crece y termina produciendo fruto. Dios no quiere solamente utilizarnos; quiere vivificarnos. En 2 Reyes 4:1–7, el pasaje que habla acerca de la viuda y las vasijas, encontramos que la mujer está endeudada y carece de recursos, pero posee una pequeña cantidad de aceite. Eliseo le ordena pedir «vasijas vacías, no pocas». Mientras existen vasijas disponibles, el aceite continúa llenándolas; cuando no queda recipiente, el flujo se detiene. El acepte del Espíritu Santo seguirá multiplicándose y fluyendo mientras haya corazones dispuestos. El vacío disponible de 2 Reyes 4 apunta bellamente a la sed de Juan 7. Dios no desprecia la vasija vacía cuando esa vasija se presenta delante de Él. El vacío reconocido puede convertirse en capacidad para recibir plenitud. Dios puede llenar una vasija vacía; lo difícil es llenar una que está satisfecha de sí misma, como los religiosos que se oponían a Jesús. Pero Jesús lleva la imagen todavía más lejos que 2 Reyes. En aquella casa las vasijas fueron llenadas; en Juan 7, el creyente no sólo es llenado, sino que llega a convertirse en un lugar desde donde fluye Vida. La gracia no termina diciendo «ya tienes suficiente». Comienza a preguntar: «¿A quién puede alcanzar ahora aquello que recibiste?» Esto evita una espiritualidad centrada exclusivamente en recibir. Podemos pasar años diciendo «bendíceme, háblame, lléname, ayúdame, consuélame», y todas esas oraciones pueden ser legítimas. Pero el río quiere salida. El consuelo recibido puede convertirse en consuelo para otro; el perdón recibido puede convertirse en capacidad para perdonar; la Palabra que nos levantó puede convertirse en palabra que levanta a alguien más. Pablo expresa un principio semejante en 2 Corintios 1:4: Dios «nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar». La gracia tiene naturaleza circulante. Damos de gracia lo que recibimos de gracia. Lo que llega como misericordia quiere salir como misericordia. Jesús añade: «como dice la Escritura». No existe un único texto del Antiguo Testamento que reproduzca exactamente la frase «de su interior correrán ríos de agua viva». Probablemente estamos ante una síntesis de varias imágenes bíblicas relacionadas con agua, Espíritu y restauración. Isaías 44:3 promete agua sobre el sequedal y el Espíritu sobre la descendencia; Ezequiel 47 contempla un río que sale del templo y produce Vida; Zacarías 14:8 anuncia aguas vivas saliendo de Jerusalén. Aquí surge una conexión cristológica preciosa. Juan 2 presentó el cuerpo de Jesús como el verdadero Templo. Ezequiel 47 vio agua saliendo del templo. Juan 7 muestra Agua viva vinculada con Cristo y, por el Espíritu, fluyendo después desde quienes creen en Él. La Vida sale de la Presencia de Dios y convierte lo estéril en lugar habitable. ¿Acaso no sale un río de su Trono? (Apocalipsis 22:1). Orígenes habría encontrado aquí una imagen muy natural de la Palabra y el Espíritu recibidos interiormente hasta convertir al creyente en alguien capaz de comunicar Vida. Cristo en nosotros es la Fuente y entonces nos convertimos en dadores de vida. Witness Lee enfatizó frecuentemente esta dimensión de Cristo como suministro interior de Vida y la necesidad de «beber» espiritualmente del Señor. Su lenguaje encuentra aquí un terreno especialmente natural si mantenemos la precisión de Juan: no se trata simplemente de disfrutar una experiencia religiosa, sino de recibir por la fe la Vida que Dios comunica mediante el Espíritu. Génesis 2 presenta un río saliendo de Edén junto al árbol de Vida; Apocalipsis 22 presenta «un río limpio de agua de vida» procedente del trono de Dios y del Cordero, y nuevamente el árbol de Vida. La Biblia comienza y termina con Vida para comer y Agua para beber. Entre ambos jardines está Cristo. Pan para el hambriento y agua para el sediento; en otras palabras, Vida para el muerto. Y el hombre que llegó diciendo «dame de beber» termina descubriendo que Dios quiere hacer algo mucho mayor que satisfacerlo. El río no llega solamente para terminar con nuestra sed. Llega para encontrar, a través de nosotros, otros que también están desiertos.

— Roberto Tinoco

Juan 7:39

Comentario general

JUAN 7:39 «Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado.» Juan no deja que interpretemos libremente la imagen de los ríos: τοῦτο δὲ εἶπεν περὶ τοῦ πνεύματος (toûto dè eîpen perì toû Pneúmatos), «esto dijo acerca del Espíritu». El Agua viva de los versículos anteriores no representa simplemente entusiasmo religioso, conocimiento, emociones intensas o bendiciones recibidas de Dios. Jesús está hablando del Espíritu Santo. El hombre tiene sed de Dios y Cristo no responde solamente entregándole algo procedente de Dios; por medio del Espíritu, Dios mismo viene a habitar en el hombre. Por eso la promesa supera ampliamente la imagen de alguien que recibe agua suficiente para sobrevivir: el sediento bebe y termina llevando dentro de sí ríos. Juan añade que este Espíritu lo recibirían οἱ πιστεύσαντες εἰς αὐτόν (hoi pisteúsantes eis autón), «los que creyesen en Él». Nuevamente aparece el equilibrio que hemos venido observando entre iniciativa divina y respuesta humana. Dios da el Espíritu; el hombre no lo produce, compra ni merece. Pero la promesa está vinculada con creer en Cristo. Esto conecta directamente con Juan 7:37-38: tener sed, venir, beber y creer son diferentes imágenes de una misma respuesta de fe ante la gracia ofrecida. La Fuente es completamente divina; beber es una respuesta verdaderamente humana. Esta promesa tampoco aparece de la nada. Los profetas habían anunciado que la llegada de la salvación de Yahwéh estaría acompañada por un derramamiento del Espíritu. Isaías 44:3 coloca ambas imágenes casi una junto a la otra: «derramaré aguas sobre el sequedal... mi Espíritu derramaré sobre tu generación». Ezequiel 36:26-27 promete un corazón nuevo y añade: «pondré dentro de vosotros mi Espíritu». Joel 2:28 anuncia: «derramaré mi Espíritu sobre toda carne». Jesús está diciendo, en esencia, que las antiguas promesas de agua, renovación y Espíritu están acercándose a su cumplimiento. Aquí tenemos una conexión especialmente hermosa con Isaías 35:1-7. El profeta contempla la restauración de Dios y anuncia que el desierto y la soledad se alegrarán, que los ojos de los ciegos serán abiertos, que los cojos saltarán y que las aguas irrumpirán en la tierra seca. Las señales de restauración acompañan la llegada de la salvación de Dios, y el agua aparece como imagen de una vida que vence la esterilidad. El Espíritu no viene solamente a visitar nuestro desierto; viene a producir en él una vida que antes no podía florecer. Lo que parecía condenado a permanecer seco comienza a transformarse por la Presencia vivificante de Dios. Israel recibió el maná y después el agua de la roca; Juan 6 presentó a Cristo como el Pan de Vida y Juan 7 lo muestra invitando a beber Agua viva. Pablo une aquellas imágenes cuando dice que Israel comió alimento espiritual y bebió de la roca espiritual, «y la roca era Cristo» (1 Corintios 10:3-4). El desierto contenía figuras; ahora la realidad está de pie en medio de la fiesta. Lo que Israel recibió de la roca, el creyente recibe ahora del Cristo glorificado por medio del Espíritu. Pero entonces Juan escribe una frase desconcertante: οὔπω γὰρ ἦν πνεῦμα (oúpō gàr ēn pneûma), literalmente algo cercano a «pues todavía no era el Espíritu». Algunas traducciones aclaran el sentido diciendo que «aún no había venido» o «aún no había sido dado» el Espíritu Santo. Evidentemente Juan no está afirmando que el Espíritu todavía no existiera. Génesis 1:2 presenta al Espíritu de Dios moviéndose sobre las aguas; los profetas hablaron por el Espíritu, David conoció su Presencia y el mismo Juan ya narró que el Espíritu descendió sobre Jesús en su bautismo (Juan 1:32-33). El Espíritu existía y obraba; lo que todavía no había ocurrido era una nueva etapa de su Presencia en el pueblo de Dios. Juan mismo explica por qué: οὐδέπω ἐδοξάσθη Ἰησοῦς (oudépō edoxásthē Iēsoûs), «Jesús todavía no había sido glorificado». Ésta es la clave del versículo. Existe una relación directa entre la glorificación de Cristo y la nueva experiencia del Espíritu. Para Juan, la glorificación de Jesús incluye paradójicamente la cruz. Cuando Judas sale para traicionarlo, Jesús dirá: «Ahora es glorificado el Hijo del Hombre» (Juan 13:31). La cruz, la resurrección, la ascensión y el regreso al Padre forman el gran movimiento mediante el cual el Hijo completa su obra y el Espíritu puede ser comunicado al pueblo del nuevo pacto de una manera nueva. Esto explica Juan 16:7: «Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuese, el Consolador no vendría a vosotros». A primera vista resulta incomprensible. ¿Cómo podría convenirles perder la Presencia visible de Jesús? Porque Cristo no pretende quedarse solamente junto a sus discípulos; mediante el Espíritu quiere habitar dentro de ellos. Juan 14:17 lo expresa con precisión: «mora con vosotros, y estará en vosotros». La partida visible de Cristo prepara una presencia interior más profunda. Los discípulos dejarán de contemplarlo físicamente a su lado, pero no quedarán abandonados: recibirán al Espíritu que hará real en ellos la comunión con el Hijo y con el Padre. Aquí aparece una progresión bellísima en el Evangelio. En Juan 1, el Verbo habita entre nosotros. En Juan 14, Jesús promete que el Espíritu estará en nosotros. En Juan 15, el discípulo es llamado a permanecer en Cristo. Y en Juan 17, Jesús ora por una comunión tan profunda que dice: «yo en ellos, y tú en mí». El propósito de Dios no es solamente vivir cerca del hombre, sino hacer del hombre redimido su morada. La encarnación nos mostró a Dios habitando entre nosotros; la promesa del Espíritu nos descubre que Dios quiere establecer su Presencia dentro de aquellos que pertenecemos a Cristo. Esto conecta directamente con la Fiesta de los Tabernáculos. Israel estaba celebrando que Dios había hecho morar a su pueblo en tiendas durante el desierto. Ahora Jesús está anunciando algo infinitamente mayor: llegará el momento en que Dios hará del creyente su propia habitación mediante el Espíritu. La fiesta recordaba tiendas donde habitaban hombres; el Evangelio anuncia hombres en quienes habitará Dios. Pablo dirá después: «¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?» (1 Corintios 3:16). Mientras Israel levanta tiendas para recordar dónde vivieron sus padres, Cristo anuncia que Dios levantará una morada espiritual dentro de su pueblo. Y aquí aparece otra profundidad. Todavía vivimos en cuerpos frágiles, todavía somos peregrinos y todavía esperamos la resurrección; sin embargo, llevamos dentro las arras de la realidad futura. Pablo utiliza precisamente ese lenguaje en Efesios 1:13-14: el Espíritu Santo es «las arras de nuestra herencia». Las arras son anticipo y garantía de aquello que todavía esperamos recibir plenamente. El Espíritu dentro del creyente es, por decirlo devocionalmente, un anticipo del futuro de Dios habitando ya dentro de nuestro presente. Todavía no hemos llegado a la Nueva Jerusalén, pero la Vida que llenará aquella ciudad ya ha comenzado a obrar en nosotros. Esto vuelve especialmente hermosa la conexión entre Génesis y Apocalipsis. Génesis 2 presenta un río saliendo de Edén y el árbol de Vida en el huerto. Apocalipsis 22 presenta nuevamente el río de Agua de Vida que sale del trono de Dios y del Cordero, y junto a él el árbol de la Vida. La Biblia comienza y termina con Vida para comer y Agua para beber. Entre ambos extremos está Cristo diciendo: «Yo soy el Pan de Vida» y «si alguno tiene sed, venga a mí y beba». En Génesis el río riega el huerto; en Ezequiel 47 el río sale del templo y lleva Vida dondequiera que llega; en Juan 7 el agua viva es prometida a los creyentes; y en Apocalipsis 22 el río procede del trono de Dios y del Cordero. La Fuente siempre está en Dios, pero Dios quiere que su Vida alcance a su creación pasando también a través de un pueblo habitado por su Espíritu, la iglesia. Ireneo habló del Hijo y del Espíritu mediante la conocida imagen de las «dos manos» de Dios en su obra creadora y redentora. Sin convertir la metáfora en una definición técnica de la Trinidad, su intuición nos ayuda aquí: la salvación no consiste simplemente en que el Padre nos perdone desde lejos. El Padre envía al Hijo, el Hijo realiza la redención y el Espíritu comunica interiormente la Vida del Cristo glorificado. La salvación es profundamente trinitaria, porque nos conduce al Padre mediante el Hijo y en el Espíritu. Basilio el Grande insistió en que el Espíritu Santo no es una fuerza impersonal ni una criatura secundaria, sino Aquel que santifica y comunica la Vida divina. Esto resulta especialmente importante en Juan 7:39. Los ríos no representan simplemente «poder» en un sentido abstracto. El creyente recibe al Espíritu. El cristianismo no consiste en que Dios nos entregue energía para que después vivamos independientemente de Él; consiste en que Dios mismo, por su Espíritu, haga morada en nosotros y nos conduzca a vivir en comunión con Él. Andrew Murray insistió en que el creyente no sólo necesita comenzar por el Espíritu, sino aprender a vivir en dependencia continua de Él. No basta haber bebido una vez y después intentar sostener la vida cristiana mediante esfuerzo natural. La plenitud espiritual no es una medalla que guardamos como recuerdo de una experiencia pasada, sino una relación presente de dependencia. El río debe seguir corriendo, no porque necesitemos producirlo mediante ansiedad, sino porque permanecemos abiertos a la obra de Aquel que es la Fuente. Watchman Nee enfatizó algo complementario: el peligro del creyente es recibir Vida de Dios y después intentar expresar esa Vida mediante la fuerza del hombre natural. Gálatas 3:3 formula precisamente esa contradicción: «¿Habiendo comenzado por el Espíritu, ahora vais a acabar por la carne?». Juan 7:39 nos muestra otro camino: aquello que comienza en el Espíritu debe continuar mediante la dependencia del Espíritu. La carne puede imitar durante un tiempo ciertas formas de espiritualidad; sólo el Espíritu puede producir la Vida que procede de Dios. Witness Lee desarrolló con especial insistencia la imagen del Espíritu como suministro interior de Vida. Su énfasis en beber del Señor y experimentar a Cristo como Vida encuentra aquí un apoyo especialmente natural. Juan identifica el agua específicamente con el Espíritu que reciben quienes creen en Cristo. No se trata solamente de una experiencia emocional de disfrute, sino de la presencia del Espíritu comunicando la realidad del Cristo glorificado al creyente. El conocimiento de Cristo no debe quedarse únicamente en aquello que podemos explicar acerca de Él; debe conducirnos a una comunión viva con Él. Esto permite comprender algo todavía más profundo: los ríos de Juan 7:38 están vinculados con la glorificación de Cristo. Antes del cumplimiento o manifestación del Nuevo Pacto, el Hijo debe completar su obra redentora. Antes de Pentecostés está el Calvario. Antes de la proclamación apostólica está la muerte y resurrección del Señor. La Vida que corre hacia nosotros no es una gracia que ignora el pecado; es Vida que llega por medio de una redención consumada. Podemos expresarlo poéticamente: el río que corre dentro del creyente pasó primero por las heridas de Cristo. No porque el Espíritu haya comenzado a existir en la cruz, sino porque la obra redentora del Hijo abre la realidad del Nuevo Pacto en la que el Espíritu es dado a su pueblo. El Agua viva que recibimos lleva, por decirlo así, la memoria de una redención consumada. No es un río nacido de nuestra bondad, sino de la gracia de Aquel que entregó su vida para darnos Vida. Juan 19 hará esta imagen todavía más conmovedora. Cuando el costado de Jesús sea traspasado, Juan dirá que salió «sangre y agua» (Juan 19:34). Debemos ser prudentes antes de construir una alegoría rígida sobre ese detalle, pero dentro del simbolismo del Evangelio resulta posible contemplar una aplicación devocional: del Cristo crucificado vienen expiación y Vida; del Hijo glorificado viene el Espíritu. La cruz no solamente nos muestra cuánto costó nuestra redención; nos conduce hacia la comunión que aquella redención hizo posible. Juan 7:39 cambia radicalmente nuestra manera de comprender la vida cristiana. No fuimos llamados simplemente a intentar parecernos a Jesús desde fuera. Recibimos al Espíritu para que la Vida de Cristo pueda obrar desde dentro. Esto no elimina disciplina, obediencia, esfuerzo ni responsabilidad; les proporciona una fuente nueva. No perdonamos únicamente porque sabemos que debemos perdonar, sino que dependemos del Espíritu para que el perdón de Cristo encuentre expresión en nosotros. No amamos simplemente mediante la fuerza de nuestra voluntad, sino que reconocemos que «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo» (Romanos 5:5). La obediencia cristiana no es independencia humana intentando reproducir a Cristo, sino una respuesta viva a la gracia que obra en nosotros. Por eso quizá la pregunta no sea únicamente «¿tengo al Espíritu?», sino también «¿el Espíritu me tiene a mí?». Podemos resistir su obra mediante orgullo, resentimiento, pecado tolerado o autosuficiencia. Pablo dirá: «No contristéis al Espíritu Santo de Dios» (Efesios 4:30) y «No apaguéis al Espíritu» (1 Tesalonicenses 5:19). La Presencia del Espíritu es don; nuestra sensibilidad a su gobierno forma parte de la respuesta diaria de la fe. La Iglesia no como una colección de tubos por los que pasa una bendición sin transformarlos, sino como un huerto lleno de árboles que reciben agua, crecen y producen fruto. Dios no quiere personas huecas que simplemente transporten palabras o experiencias espirituales. Quiere hombres y mujeres cuyas raíces hayan bebido tan profundamente de Cristo que comiencen a dar sombra, fruto y consuelo a quienes se acercan. La Vida recibida interiormente termina haciéndose visible en la manera de amar, servir, perdonar y acompañar a otros. Y aquí encontramos el movimiento completo de Juan 7:37-39. Primero llegamos porque tenemos sed. Después venimos a Cristo y bebemos por la fe. Entonces recibimos al Espíritu, cuya presencia vivificante comienza a transformar nuestro interior. Y finalmente aquello que recibimos de Dios empieza a alcanzar a otros mediante nuestra vida. El sediento se acerca buscando una copa y Cristo termina convirtiéndolo en un río. No porque el hombre se haya convertido en la Fuente, sino porque la Fuente decidió habitar dentro de él. El Espíritu no viene simplemente a llenar un vacío pasajero; viene a establecer una comunión que anticipa la eternidad. Ésa es quizá la revelación más hermosa de Juan 7:39: Cristo fue glorificado para que el Espíritu fuera dado, y el Espíritu fue dado para que la Vida del Cristo glorificado habitara y se manifestara en aquellos que creen en Él. El cielo no se conformó con abrirnos una puerta para que algún día pudiéramos entrar; por medio del Espíritu, comenzó a comunicar su Vida dentro de nosotros mientras todavía caminamos por esta tierra. La fiesta de los Tabernáculos recordaba que Israel había vivido en tiendas bajo el cuidado de Yahwéh. Ahora, en medio de aquella misma fiesta, Jesús anuncia algo mayor: el Dios que acompañó a su pueblo durante el desierto quiere habitar en su pueblo mediante el Espíritu. Antes, Israel levantaba tiendas para recordar que Dios había caminado con ellos. Ahora, Cristo anuncia que Dios quiere caminar dentro de aquellos que han creído en Él. Y mientras esperamos la ciudad eterna, el río ya ha comenzado a correr.

— Roberto Tinoco

Juan 7:40

Comentario general

JUAN 7:40 «Entonces algunos de la multitud, oyendo estas palabras, decían: Verdaderamente éste es el profeta.» Juan conecta directamente la reacción de la multitud con aquello que acaba de suceder: ἀκούσαντες τῶν λόγων τούτων (akoúsantes tōn lógōn toútōn), «habiendo oído estas palabras». Jesús acaba de ponerse en pie en el gran día de la fiesta y clamar: «Si alguno tiene sed, venga a mí y beba». Algunos escuchan aquella invitación y comienzan a relacionarla con las grandes esperanzas de Israel: «Verdaderamente éste es el Profeta». La expresión ὁ προφήτης (ho prophḗtēs), «el Profeta», remite a Deuteronomio 18:15, donde Moisés anunció: «Profeta de en medio de ti... como yo, te levantará Yahwéh tu Dios; a él oiréis». Dentro de Juan 6–7, la asociación resulta especialmente sugerente. Moisés está relacionado con el desierto, el maná y el agua; Jesús acaba de presentarse como Pan de Vida y ahora invita a beber Agua viva. Está demostrando que Él es el Profeta prometido. Pero Juan quiere llevarnos mucho más lejos. Jesús es semejante a Moisés y, al mismo tiempo, infinitamente mayor. Moisés habló del pan que Dios daría; Jesús dice: «Yo soy el Pan». Moisés estuvo junto a la roca de la que Israel bebió; Jesús dice: «Ven a mí y bebe». Moisés recibió palabras de Yahwéh; Jesús procede del Padre y conoce al Padre. La figura no desaparece cuando llega Cristo; alcanza su plenitud. Hechos 3:22 aplicará explícitamente Deuteronomio 18 a Jesús. Sin embargo, llamar a Jesús «el Profeta» todavía no agota su identidad. Aquellas personas están diciendo algo verdadero, pero necesitan descubrir algo mayor. Esto es pastoralmente hermoso: una confesión incompleta puede ser el comienzo de una revelación verdadera. Nicodemo comenzó llamándolo «Rabí»; Tomás terminará diciendo «Señor mío, y Dios mío». No debemos despreciar los primeros movimientos de una fe que todavía está aprendiendo a hablar. Una semilla no es un árbol, pero lleva dentro la vida del árbol. Dios puede comenzar con un hombre diciendo «hay algo diferente en Jesús» y terminar llevándolo hasta los pies del Hijo de Dios.

— Roberto Tinoco

Juan 7:41

Comentario general

JUAN 7:41 «Otros decían: Este es el Cristo. Pero algunos decían: ¿De Galilea ha de venir el Cristo?» La confesión aumenta: οὗτός ἐστιν ὁ Χριστός (hoûtós estin ho Christós), «éste es el Cristo». Algunos ya no ven solamente al Profeta semejante a Moisés, sino al Mesías prometido. Pero inmediatamente surge una objeción: «¿De Galilea ha de venir el Cristo?» Aquí vuelve a cumplirse la advertencia de Juan 7:24. Están juzgando según apariencia. Su argumento no es absurdo; saben que existen promesas acerca de la procedencia davídica del Mesías. El problema es que poseen información incompleta acerca de Jesús y la convierten en conclusión definitiva. Ésta es una advertencia importante para quienes amamos la doctrina. Podemos poseer una verdad bíblica correcta y aplicarla equivocadamente porque desconocemos parte de la realidad. La Escritura no falla; nuestro conocimiento de la situación puede fallar. Hay además una ironía más profunda. Incluso descubrir que Jesús nació en Belén no respondería completamente la pregunta «¿de dónde viene?». Juan 1:1 nos llevó más atrás que Belén: «En el principio era el Verbo». Belén explica dónde entró visiblemente en nuestra historia; no explica dónde comenzó su historia. Ireneo defendió con fuerza esta unidad: verdadero Hijo del Hombre y verdadero Hijo de Dios. Cristo tiene una historia humana localizable sin quedar reducido a ella. Belén puede señalar el lugar de su nacimiento; pero sólo la eternidad explica su procedencia.

— Roberto Tinoco

Juan 7:42

Comentario general

JUAN 7:42 «¿No dice la Escritura que del linaje de David, y de la aldea de Belén, de donde era David, ha de venir el Cristo?» Ahora apelan expresamente a ἡ γραφή (hē graphḗ), «la Escritura». La expectativa es correcta. Miqueas 5:2 señala Belén y 2 Samuel 7 establece la promesa davídica. El Mesías debía estar relacionado con David. Y precisamente aquí aparece una de las ironías más delicadas del capítulo: utilizan una profecía que confirma a Jesús para argumentar contra Jesús. Su Escritura es correcta; su información acerca de Cristo es incompleta. Esto recuerda Juan 5:39: «Escudriñáis las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí». Podemos conocer el texto y perder la Persona hacia la que el texto apunta. Orígenes insistió en que la lectura de la Escritura debía conducir finalmente hacia Cristo. Su método alegórico no es muy amado por todos, pero esa intuición es profundamente correcta: la Biblia no fue dada solamente para aumentar nuestra información, sino para conducirnos hacia el Verbo vivo. Como leemos en 2 Samuel 23:13–17. David, el rey relacionado con Belén, exclama en medio del conflicto: «¡Quién me diera a beber del agua del pozo de Belén!». Tres de sus valientes atraviesan el campamento filisteo, sacan agua del pozo y se la llevan. David considera aquella agua tan preciosa que no se atreve a beberla como algo común y la derrama delante de Yahwéh. David, el rey de Belén, tuvo sed del agua de Belén; ahora el Hijo de David, cuya historia humana está vinculada con Belén, se pone delante de los sedientos y ofrece Agua viva. El rey antiguo deseaba agua procedente de su ciudad; el Rey mesiánico se presenta como Aquel a quien debemos acudir para beber. Él es la Fuente de Belén. Y existe además, una delicada sombra de sacrificio. Los hombres de David arriesgaron su vida para traer aquella agua, y David dijo que beberla sería como beber la sangre de quienes habían puesto su vida en peligro. En Juan, el Agua viva será dada plenamente después de que Cristo sea glorificado, y Juan 7:39 vincula esa glorificación con la venida del Espíritu Santo. Podemos contemplar que el Agua que recibimos gratuitamente no fue barata: detrás del río está la entrega del Hijo. El que vino de Belén no sólo conoce nuestra sed. Vino a convertirse en nuestra Fuente.

— Roberto Tinoco

Juan 7:43

Comentario general

JUAN 7:43 «Hubo entonces disensión entre la gente a causa de él.» Juan utiliza σχίσμα (schísma), «división, ruptura». La palabra es fuerte. Pero todavía más importante es la causa: δι᾽ αὐτόν (di' autón), «por causa de Él». Cristo se ha convertido en la línea que atraviesa la multitud. Jesús no disfruta de la división. Juan 17 mostrará su oración por la unidad de los discípulos. Pero existe una unidad falsa que sólo permanece mientras nadie plantee la pregunta de la verdad. Cuando la Luz entra, no crea lo que existe dentro de la habitación; lo hace visible. Simeón ya había profetizado que Jesús sería «señal que será contradicha» y que serían revelados «los pensamientos de muchos corazones» (Lucas 2:34–35). Eso es exactamente lo que estamos contemplando. Juan 7 no sólo está revelando a Cristo; Cristo está revelando a Juan 7. Su Presencia saca a la superficie fe, prejuicio, temor, hambre, orgullo y hostilidad de la multitud. Semejante a Génesis 26:18–22. Isaac vuelve a abrir los pozos que habían sido cavados en tiempos de Abraham y encuentra «un pozo de aguas vivas». Pero alrededor del agua surgen conflictos. Al primer pozo lo llama Esek, «contienda»; al segundo, Sitna, «enemistad». Finalmente llega a Rehobot, donde declara: «Yahwéh nos ha prosperado». La semejanza devocional con Juan 7 es sorprendente. Jesús acaba de ofrecer Agua viva y, casi inmediatamente, encontramos división alrededor de la Fuente. Los hombres discuten acerca de quién es Aquel que acaba de ofrecerles beber. Hay algo profundamente humano en esto. Podemos discutir acerca del pozo mientras seguimos sedientos y pelear por quién tiene razón acerca del agua sin acercarnos a beberla. Podemos construir argumentos alrededor de Cristo y continuar sin recibir la Vida que Cristo ofrece. La teología importa, pero la identidad de Jesús importa infinitamente. Y precisamente porque importa, nuestro conocimiento debe conducirnos hacia Él. Es extraño morir de sed discutiendo al lado de un pozo.

— Roberto Tinoco

Juan 7:44

Comentario general

JUAN 7:44 «Y algunos de ellos querían prenderle; pero ninguno le echó mano.» Algunos ἤθελον (ḗthelon), «querían», prender a Jesús. La voluntad humana es real. No son personajes movidos mecánicamente por un guion invisible; desean arrestarlo y son responsables de esa intención. En otras palabras, poseen verdadero libre albedrío. Sin embargo, a pesar de sus deseos, nuevamente nadie le echa mano. Juan 7:30 ya explicó la razón: todavía no había llegado su hora. La soberanía de Dios y la responsabilidad humana permanecen juntas sin necesidad de anularse mutuamente. Pero aquí existe una anticipación cristológica todavía más profunda. Ahora quieren tomar a Jesús y no pueden. Llegará el momento en que sí podrán, pero Juan 10:18 nos ayudará a interpretar lo que ocurrirá: «Nadie me quita mi vida, sino que yo de mí mismo la pongo». La cruz no será finalmente la historia de un Cristo atrapado, sino la historia de un Hijo entregándose. Los hombres extenderán sus manos para tomarlo, pero descubrirán demasiado tarde que sólo pudieron hacerlo cuando Él decidió extender primero sus brazos sobre una cruz. El odio hará los clavos; pero el amor hará el sacrificio.

— Roberto Tinoco

Juan 7:45

Comentario general

JUAN 7:45 «Los alguaciles vinieron a los principales sacerdotes y a los fariseos; y éstos les dijeron: ¿Por qué no le habéis traído?» Los ὑπηρέται (hypērétai), alguaciles enviados en Juan 7:32, regresan sin Jesús. Habían recibido una tarea clara y poseían autoridad institucional para ejecutarla. Sin embargo, vuelven con las manos vacías, ya que entre la orden y el regreso ocurrió algo que sus superiores no habían previsto: escucharon a Jesús. La escena contiene una ironía magnífica. Los dirigentes enviaron manos para arrestar al Maestro, pero olvidaron que aquellas manos llevaban oídos y más importante aún, corazones. La Palabra encontró entrada por un lugar que ellos no habían calculado. Esto recuerda a 1 Samuel 19:18–24. Saúl envía hombres para prender a David y éstos terminan bajo una acción de Dios que interrumpe la misión con la que llegaron. Aquí no profetizan inmediatamente, pero la Palabra de Cristo produce un efecto semejante en estructura: los enviados para detener al Ungido regresan no sólo sin Él, sino hablando bien de Él. Esto se parece bastante al propósito de profetizar. No sabemos si estos alguaciles llegaron a convertirse. Juan no lo dice. No debemos añadirlo. Pero sí sabemos que escuchar a Jesús introdujo una grieta dentro de la orden que habían recibido. Hay personas que llegan a Cristo por razones extrañas. Algunos llegan buscando respuestas. Otros, pan. Otros, un milagro. Estos hombres llegaron para arrestarlo. La gracia no siempre pregunta por qué llegaste antes de comenzar a hablarte.

— Roberto Tinoco

Juan 7:46

Comentario general

JUAN 7:46 «Los alguaciles respondieron: ¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre!» La respuesta es extraordinaria: οὐδέποτε οὕτως ἐλάλησεν ἄνθρωπος (oudépote hoútōs elálēsen ánthrōpos), «jamás habló así un hombre». No explican su fracaso mediante circunstancias externas. La razón es: lo escucharon. Pero debemos ir más profundo que la elocuencia. No están simplemente impresionados por un extraordinario orador. Todo el Evangelio explica por qué nadie habla como Jesús: nadie es quien Jesús es. Juan 1:1 lo llamó ὁ λόγος (ho Lógos), el Verbo. Los profetas decían «Así dice Yahwéh»; Jesús puede decir «Yo os digo». Moisés habló del pan; Jesús dice «Yo soy el Pan». Isaías invita a los sedientos a las aguas; Jesús dice «ven a mí y bebe». Marta hablará de la resurrección futura; Jesús responderá «Yo soy la resurrección y la vida». Sus palabras poseen una autoridad inseparable de su Persona. Pedro había llegado a esta convicción al final de Juan 6: «Tú tienes palabras de vida eterna». Los alguaciles todavía no hacen la confesión de Pedro, pero han descubierto algo de la misma singularidad: esta voz no puede ser tratada como una voz más. Hebreos 4:12 dice que la Palabra de Dios es viva y discierne los pensamientos del corazón. Existe una experiencia espiritual en la que creemos que estamos examinando la Palabra y descubrimos que la Palabra nos está examinando a nosotros. Orígenes insistió en que la Escritura debía conducirnos al encuentro con el Logos vivo. Crisóstomo admiró que hombres enviados como enemigos quedaran impresionados por la enseñanza de Cristo. Y Spurgeon comprendió que la meta del predicador cristiano no es competir con la voz de Jesús, sino ayudar a que esa voz vuelva a escucharse. El triunfo de un sermón no es necesariamente que alguien diga: «Qué predicador». Puede ser que salga en silencio pensando: «Qué Cristo».

— Roberto Tinoco

Juan 7:47

Comentario general

JUAN 7:47 «Entonces los fariseos les respondieron: ¿También vosotros habéis sido engañados?» La respuesta es **μὴ καὶ ὑμεῖς πεπλάνησθε; (mē kaì hymeîs peplánēsthe?)**, «¿también vosotros habéis sido engañados?». El verbo planáō significa extraviar o engañar. Observa lo que los fariseos no hacen: no preguntan qué dijo Jesús. Los alguaciles regresan hablando de sus palabras y los dirigentes no muestran curiosidad por escucharlas. En lugar de examinar la evidencia, desacreditan a quienes la presentan. Aquí se cumple nuevamente 7:17. Jesús había dicho que quien quiera hacer la voluntad de Dios conocerá si su doctrina procede de Dios. El discernimiento espiritual no depende tanto de la capacidad intelectual como de la disposición del corazón, estar dispuestos a reconocer. Cuando una conclusión está decidida de antemano, escuchar puede parecernos peligroso porque existe la posibilidad de tener que cambiar de opinión. Por eso las etiquetas son tan cómodas. «Engañado», «ignorante», «fanático». Una etiqueta puede permitirnos dejar de escuchar. Agustín comprendió profundamente que nuestros amores influyen en nuestra percepción. No pensamos sólo con la cabeza; nuestros deseos también inclinan la mirada. Hay argumentos que nacen de la razón y argumentos que la razón fabrica para proteger aquello que el corazón no quiere entregar. Andrew Murray insistió en que la humildad mantiene al creyente enseñable. El humilde puede decir: «estaba equivocado». Puede recibir corrección de alguien menos preparado. No necesita que cada nueva verdad confirme su propia importancia. El orgulloso necesita tener razón, mientras el humilde necesita conocer la verdad, incluso cuando la verdad le quita la razón.

— Roberto Tinoco

Juan 7:48

Comentario general

JUAN 7:48 «¿Acaso ha creído en él alguno de los gobernantes, o de los fariseos?» Los fariseos cambian ahora de argumento. Ya no preguntan qué dijo Jesús ni examinan las señales que ha realizado. Preguntan: «¿Ha creído en Él alguno de los gobernantes o de los fariseos?». El razonamiento es sencillo: si Jesús fuera verdaderamente el Cristo, las personas importantes ya lo habrían reconocido. La pregunta fundamental deja de ser «¿es verdad?» y se convierte en «¿quién importante lo cree?». No hay nada malo en valorar el juicio de personas maduras, preparadas y piadosas. Proverbios honra el consejo sabio y la Iglesia necesita maestros. El problema comienza cuando delegamos nuestra conciencia y convertimos el prestigio humano en medida definitiva de la verdad. Ninguna cantidad de aprobación puede convertir el error en verdad, y ninguna ausencia de reconocimiento humano puede hacer que la verdad deje de ser verdad. La ironía del versículo es magnífica porque Nicodemo está en la habitación. Preguntan si alguno de los gobernantes o fariseos ha creído en Jesús y, apenas dos versículos después, hablará precisamente un gobernante fariseo que ya había visitado a Jesús y cuyo corazón claramente está siendo movido. Juan 12:42 llegará a decir que «aun de los gobernantes, muchos creyeron en él», aunque algunos no lo confesaban públicamente. La supuesta unanimidad ya tenía grietas que quienes hablaban con tanta seguridad todavía no podían ver. Pablo describirá una lógica muy distinta en 1 Corintios 1:26–29: entre los creyentes no había «muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles». No significa que Dios desprecie al intelectual, al gobernante o al poderoso. Pablo mismo poseía una extraordinaria formación. Significa que Dios se niega a hacer depender su verdad de las credenciales de quienes la reciben. El Evangelio puede comenzar en un pesebre, ser anunciado por pescadores y terminar atravesando un imperio. La historia de David contiene una imagen semejante. Cuando Samuel llegó a casa de Isaí buscando al futuro rey, los ojos humanos fueron naturalmente hacia quienes parecían adecuados. David ni siquiera estaba inicialmente en la habitación. Dios tuvo que recordarle al profeta: «el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Yahwéh mira el corazón» (1 Samuel 16:7). Dios puede estar formando en el campo aquello que todavía no recibió una silla en la sala. Esto también debe protegernos en el ministerio. Una obra no se vuelve verdadera porque personas influyentes la respalden, ni falsa porque todavía no la reconozcan. Tampoco significa que debamos despreciar toda evaluación externa y llamar «persecución» a cualquier corrección. Juan 7:17 ya nos dio un criterio más profundo: disposición para hacer la voluntad de Dios y discernir la procedencia de la enseñanza. Los bereanos ofrecen un equilibrio hermoso. Recibieron la enseñanza de Pablo, pero «escudriñaban cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así» (Hechos 17:11). Respetaron al mensajero sin entregar al mensajero la responsabilidad que pertenecía a su propia conciencia delante de Dios. La autoridad cristiana saludable no teme que abras la Biblia, al contrario, te enseña a abrirla mejor. Los alguaciles tienen menos prestigio religioso que los fariseos, pero han hecho algo que sus superiores se niegan a hacer: escucharon a Jesús. Esto no significa que la ignorancia sea superior al conocimiento; significa que un corazón abierto con menos información puede estar más cerca de aprender que un corazón cerrado lleno de información. La pregunta de los fariseos era: «¿Quién importante ha creído?». El Evangelio terminará haciendo una pregunta mucho más personal: «¿terminarás tú creyendo?» La fe puede aprender de otros, caminar acompañada por otros y recibir ayuda de maestros. Pero finalmente debe ver personalmente al Hijo. La verdad no se vuelve verdad cuando los poderosos se inclinan ante ella; los poderosos se vuelven verdaderamente sabios cuando se inclinan ante la Verdad.

— Roberto Tinoco

Juan 7:49

Comentario general

JUAN 7:49 «Mas esta gente que no sabe la ley, maldita es.» La expresión es durísima: ὁ ὄχλος οὗτος ὁ μὴ γινώσκων τὸν νόμον ἐπάρατοί εἰσιν (ho óchlos hoûtos ho mē ginṓskōn ton nómon epáratoí eisin), «esta multitud que no conoce la Ley es maldita». La palabra ἐπάρατος (epáratos) significa «maldito, bajo maldición». Ya no descalifican solamente a Jesús; ahora desprecian a quienes comienzan a escucharlo. Aquí la religiosidad revela una contradicción profunda. Si verdaderamente el pueblo desconocía la Ley, ¿quién debía enseñársela? Precisamente quienes la conocían. Malaquías 2:7 decía que «los labios del sacerdote han de guardar la sabiduría, y de su boca el pueblo buscará la ley». El conocimiento fue confiado para alimentar, no para construir una plataforma desde la cual mirar a otros hacia abajo. Si el pueblo no conocía la ley, ellos eran los culpables. Pablo resumirá el peligro diciendo: «el conocimiento envanece, pero el amor edifica» (1 Corintios 8:1). No está despreciando el conocimiento; el problema es una verdad que entra en la mente y nunca desciende al corazón. Clemente de Alejandría valoró profundamente el conocimiento cristiano, pero lo entendió unido a una vida transformada. El apóstol Juan será todavía más radical: «El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor» (1 Juan 4:8). Podemos saber mucho acerca de Dios y todavía necesitar experimentar profundamente el corazón de Dios. Jesús ve a las mismas multitudes de manera completamente distinta. Mateo 9:36 dice que tuvo compasión porque estaban «desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor». Los fariseos ven ignorancia y pronuncian maldición; Cristo ve extravío y responde con compasión. Quizá una de las pruebas de cuánto conocemos al Pastor sea cómo vemos a las ovejas que todavía no saben encontrar el camino. Ezequiel 34 había denunciado a los pastores de Israel porque se apacentaban a sí mismos en lugar de fortalecer a la débil, curar a la enferma y buscar a la perdida. Yahwéh prometió entonces: «Yo mismo iré a buscar mis ovejas». Esa promesa adquiere una belleza extraordinaria en Juan. Los dirigentes llaman «malditas» a las ovejas; tres capítulos después Jesús dirá: «Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas» (Juan 10:11). Hay una ironía todavía más profunda en la palabra «maldita». Gálatas 3:13–14 dirá que Cristo «nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición», para que la bendición de Abraham alcanzara a las naciones y recibiéramos la promesa del Espíritu. Mientras los religiosos deciden quién merece maldición, delante de ellos camina hacia la cruz Aquel que cargará la maldición para abrir el camino de la bendición. Y esto ocurre inmediatamente después de la invitación del Agua viva. Ellos dicen: «Esta gente». Jesús dijo: «Si alguno». Ellos clasifican; Cristo invita. Ellos encuentran en la ignorancia una razón para alejar; pero Cristo encuentra en la sed una razón para llamar. Watchman Nee advirtió que incluso el conocimiento espiritual puede ser usado por la vida natural para fortalecer el yo. Andrew Murray, desde su énfasis en la humildad, nos recuerda que todo cuanto poseemos espiritualmente sigue siendo recibido. Pablo pregunta: «¿Qué tienes que no hayas recibido?» (1 Corintios 4:7). Si aquello que sé vino por gracia, ¿cómo puedo convertirlo en motivo para despreciar al que todavía no lo sabe? Quizá la revelación central del versículo sea ésta: podemos conocer la Ley y todavía no conocer suficientemente el corazón del Legislador. El verdadero maestro no utiliza la luz para avergonzar al que permanece en penumbra; acerca la lámpara. El verdadero pastor no maldice a la oveja porque se perdió; sale a buscarla. Mientras la religiosidad ve al ignorante y dice «maldito», Cristo ve al sediento y dice: «Ven».

— Roberto Tinoco

Juan 7:50

Comentario general

JUAN 7:50 «Les dijo Nicodemo, el que vino a él de noche, el cual era uno de ellos:» Juan vuelve a introducir a Νικόδημος (Nikódēmos) recordándonos deliberadamente que fue «el que vino a Él de noche». Inmediatamente regresamos a Juan 3: un fariseo, principal entre los judíos y maestro de Israel que se acercó a Jesús protegido por la oscuridad para hacer preguntas. Pero aquella conversación no terminó cuando Nicodemo regresó a casa. Algunas conversaciones con Cristo continúan trabajando dentro de nosotros después de que las palabras han terminado. Juan añade: εἷς ὢν ἐξ αὐτῶν (heîs ōn ex autōn), «siendo uno de ellos». Nicodemo pertenece al grupo que está hablando contra Jesús. Comparte formación, posición y mundo religioso con ellos. Sin embargo, ya no puede pensar exactamente como ellos. Cristo ha introducido una pregunta dentro de su antigua seguridad. Su historia es profundamente humana. El anciano Juan no lo presenta pasando instantáneamente de la noche a una confesión pública espectacular. En Juan 3 busca a Jesús; en Juan 7 comienza a cuestionar la injusticia contra Jesús; en Juan 19 aparecerá junto a José de Arimatea llevando una extraordinaria cantidad de mirra y áloes para honrar el cuerpo crucificado. Narrativamente, el movimiento es difícil de ignorar. Nicodemo está saliendo de la noche poco a poco. La gracia no siempre transforma mediante relámpagos. Hay vidas en las que trabaja como el amanecer: primero cambia apenas el color del horizonte, después aparecen las formas y finalmente descubrimos que ya hay luz suficiente para caminar. Esto nos enseña paciencia con los procesos de otros. Queremos que quien ayer hizo una pregunta privada mañana proclame públicamente todas nuestras conclusiones. Cristo sabe trabajar con semillas. Juan 3:21 había dicho algo especialmente hermoso delante de Nicodemo: «el que practica la verdad viene a la luz». Ahora el hombre que vino literalmente de noche comienza a hacer algo que lo acerca a la luz: se atreve a hablar cuando el ambiente entero está inclinado hacia la condena. La revelación verdadera termina pidiendo alguna forma de respuesta visible porque la fe puede comenzar de noche, pero no fue llamada a vivir para siempre escondida en las tinieblas.

— Roberto Tinoco

Juan 7:51

Comentario general

JUAN 7:51 «¿Juzga acaso nuestra ley a un hombre si primero no le oye, y sabe lo que ha hecho?» Nicodemo todavía no declara públicamente: «Jesús es el Cristo». Hace algo más sencillo y, dentro de aquella habitación, tremendamente valiente: les pide que obedezcan su propia Ley. La construcción griega espera una respuesta negativa: μὴ ὁ νόμος ἡμῶν κρίνει τὸν ἄνθρωπον (mē ho nómos hēmōn krínei ton ánthrōpon), «¿acaso nuestra Ley juzga al hombre...?». No. La Ley exigía escuchar y conocer los hechos antes de condenar. Deuteronomio 1:16 ordenaba: «Oíd entre vuestros hermanos, y juzgad justamente». Deuteronomio 19 establecía principios de testimonio suficiente antes de declarar culpabilidad. Nicodemo no inventa una escapatoria jurídica para proteger a Jesús; simplemente pide justicia. La ironía es formidable. En 7:49 han despreciado a la multitud porque «no sabe la Ley» y, un versículo después, Nicodemo necesita recordar a los expertos aquello que su propia Ley exige. El problema no era cuánto sabían, sino si aquello que sabían todavía tenía autoridad para corregirlos. Aquí se cierra bellamente la línea que comenzó en 7:24: «No juzguéis según las apariencias, sino juzgad con justo juicio». Nicodemo pide exactamente eso. Antes de decidir quién es Jesús, escúchenlo; y antes de condenarlo, conozcan sus obras. ¿Cómo van a pronunciar una sentencia sin permitir que la verdad tenga voz? En 1 Samuel 3:1–10, el jovencito Samuel vive dentro del santuario, rodeado de las cosas de Dios, pero el texto dice que todavía no había conocido a Yahwéh de aquella manera ni le había sido revelada su Palabra. Escucha una voz y al principio no sabe reconocerla. Finalmente aprende a responder: «Habla, porque tu siervo oye». La conexión devocional con Juan 7 es preciosa. Los fariseos están rodeados de Escritura, templo, fiesta y tradición. No necesitan simplemente más ruido religioso. Necesitan recuperar una disposición elemental: escuchar. Puedes vivir dentro del santuario y todavía necesitar aprender a reconocer la Voz de Dios. Incluso podrías conocer el lenguaje de Dios y haberte acostumbrado tanto a tus propias conclusiones que ya no dejas espacio para que Dios te corrija. Los alguaciles hicieron precisamente aquello que Nicodemo está pidiendo: escucharon a Jesús. Llegaron para arrestarlo y, después de escucharlo, no pudieron tratarlo de la misma manera. Los dirigentes, en cambio, quieren condenarlo sin concederle siquiera aquello que la Ley exige: escucharlo. La secuencia es magnífica: los dirigentes juzgan sin escuchar; los alguaciles escuchan y su juicio comienza a cambiar; Nicodemo dice: «Escuchémoslo antes de juzgarlo». Santiago escribirá: «todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse» (Santiago 1:19). Nosotros solemos invertir el orden. Hablamos primero, nos airamos después y quizá escuchamos al final, cuando ya decidimos que nada cambiará nuestra opinión. Muchos conflictos nacen porque vemos una conducta, suponemos una motivación y después juzgamos a una persona por la motivación que nosotros mismos imaginamos. El justo juicio comienza muchas veces con una disciplina sencilla: preguntar antes de concluir. Matthew Henry resulta especialmente útil aquí: la justicia exige conocer la causa antes de condenar a la persona. Quien ama la verdad no teme investigar, porque la verdad no necesita ser protegida de la evidencia. Quizá una de las oraciones más necesarias para quien lleva muchos años estudiando la Biblia sea: «Habla, Señor. Todavía estoy escuchando». La madurez no consiste en llegar al punto donde nadie puede enseñarnos. Consiste en llegar al punto donde la verdad puede corregirnos sin que nuestro orgullo necesite defenderse.

— Roberto Tinoco

Juan 7:52

Comentario general

JUAN 7:52 «Respondieron y le dijeron: ¿Eres tú también galileo? Escudriña y ve que de Galilea nunca se ha levantado profeta.» La respuesta de los dirigentes resulta reveladora porque no contesta realmente el argumento de Nicodemo. Él había preguntado si la Ley permitía condenar a un hombre sin escucharlo primero y conocer lo que había hecho; ellos, en lugar de responder a la cuestión jurídica y espiritual que acaba de plantear, atacan a quien hizo la pregunta: «¿Eres tú también galileo?». El razonamiento ha sido sustituido por la descalificación. Nicodemo ni siquiera ha confesado públicamente que Jesús sea el Cristo; simplemente ha pedido un juicio justo. Pero cuando una conclusión se ha cerrado demasiado pronto, hasta pedir justicia puede parecer sospechoso. Cuando un grupo ya decidió quién es el enemigo, escuchar al acusado puede comenzar a sentirse como traición. La referencia a Galilea revela además el prejuicio que está condicionando su juicio. En lugar de investigar seriamente quién es Jesús, su supuesta procedencia se convierte en argumento suficiente para descartarlo. Esto nos devuelve directamente a Juan 7:24: «No juzguéis según las apariencias, sino juzgad con justo juicio». Lo sorprendente es que han escuchado esa enseñanza de Jesús durante la misma fiesta y, al final del capítulo, están haciendo exactamente lo contrario. Miran procedencia, prestigio y categorías sociales, pero no se detienen suficientemente ante las palabras y obras que tienen delante. Entonces dicen a Nicodemo: ἐραύνησον καὶ ἴδε (eraúnēson kaì íde), «escudriña y ve». La expresión posee una ironía extraordinaria. Le ordenan investigar mientras ellos mismos parecen haber dejado de investigar. Si hubieran examinado cuidadosamente la historia de Jesús, la objeción acerca de Belén habría adquirido otra dimensión. Y si su afirmación pretende significar que jamás había surgido profeta alguno de Galilea, resulta demasiado absoluta, pues Jonás procedía de Gat-hefer (2 Reyes 14:25), localidad situada en la región galilea. Más allá del detalle geográfico, el problema espiritual es evidente: han llegado a una certeza tan rígida que ya no sienten necesidad de verificar aquello que creen saber. Esto conecta profundamente con Juan 5:39: «Escudriñáis las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí». Se puede escudriñar y aun así no ver. Podemos acercarnos a la Biblia buscando sinceramente que Dios corrija nuestra comprensión o acercarnos buscando únicamente textos que confirmen aquello que ya decidimos creer. En ambos casos podemos utilizar las mismas palabras, consultar los mismos pasajes y conocer el mismo vocabulario; la diferencia se encuentra en la postura del corazón. La Escritura deja de funcionar correctamente en nosotros cuando ya no permitimos que tenga autoridad para contradecirnos. Crisóstomo observó repetidamente esta inconsistencia en quienes se presentaban como defensores de la Ley mientras permitían que sus prejuicios gobernaran su juicio. El conocimiento bíblico puede proporcionarnos instrumentos extraordinarios para reconocer la verdad, pero el orgullo puede apropiarse de esos mismos instrumentos para protegernos de ella. Ése es uno de los peligros más sutiles de la madurez intelectual sin humildad espiritual: podemos llegar a ser tan hábiles utilizando la Palabra para examinar a otros que olvidemos permitir que la Palabra nos examine a nosotros. Aquí vuelve a iluminar el pasaje 1 Samuel 3:1–10 que vimos en el versículo anterior. Samuel vivía dentro de la casa de Yahwéh, cerca del arca y rodeado de actividad sagrada, pero todavía necesitaba aprender a reconocer la voz de Dios. Finalmente llegó a la postura correcta: «Habla, porque tu siervo oye». Los dirigentes de Juan 7 también están rodeados de templo, Escritura, fiesta y tradición; su problema no es falta de ambiente religioso, sino haber perdido progresivamente la disposición del oyente. Podemos vivir dentro del santuario y todavía necesitar aprender nuevamente a escuchar. Ésa puede ser una de las tragedias más discretas de la vida espiritual: conocer tanto el lenguaje de Dios que comencemos a creer que ya sabemos todo lo que Dios puede decirnos. La familiaridad con la Escritura, que debería hacernos cada vez más enseñables, puede convertirse en una armadura contra la corrección si nuestro conocimiento deja de caminar acompañado de humildad. Por eso la verdadera madurez bíblica no consiste en llegar al punto donde ya tenemos respuesta para todo, sino en haber caminado suficientemente con Dios para continuar diciendo después de muchos años: «Señor, todavía puedes corregirme». Y, paradójicamente, «escudriña y ve» habría sido un excelente consejo si ellos mismos hubieran estado dispuestos a obedecerlo honestamente. Escudriña quién es Jesús. Pregunta dónde nació. Examina sus obras. Escucha sus palabras. Compara lo que hace con Moisés y los profetas. Pregunta quién abre ojos, levanta paralíticos, multiplica panes y se pone en pie durante Tabernáculos ofreciendo Agua viva. La investigación sincera no es enemiga de la fe; puede convertirse en uno de los caminos mediante los cuales nuestros prejuicios son confrontados. El problema de aquellos hombres no fue investigar demasiado, sino dejar de investigar demasiado pronto porque creyeron haber encontrado una respuesta que protegía aquello que ya pensaban. Nicodemo representa otra manera de acercarse a la verdad. También es maestro, también conoce la Ley y también tiene preguntas, pero sus preguntas lo llevaron de noche hasta Jesús. Ahora lo llevan a pedir que Jesús sea escuchado, y más adelante lo encontraremos junto a José de Arimatea honrando el cuerpo del Crucificado. Hay una diferencia enorme entre la pregunta que busca una excusa para cerrar la puerta y la pregunta que permanece abierta a la posibilidad de encontrar algo que todavía no sabía. La primera utiliza la investigación para confirmar sus certezas; la segunda permite que la verdad transforme sus certezas. Es posible estar tan pendientes de los hombres, de sus defectos, categorías y apariencias, que terminemos perdiendo de vista aquello que viene de Dios. Los dirigentes han visto Galilea, la multitud, los alguaciles, Nicodemo, las credenciales y la opinión de los gobernantes. Han observado prácticamente todo excepto aquello que Juan lleva intentando mostrarnos durante el capítulo: quién es realmente Jesús y de dónde procede. Así termina Juan 7 con una ironía profundamente espiritual. El capítulo comenzó dentro de una fiesta dedicada a Yahwéh y termina con hombres convencidos de que conocen suficientemente las Escrituras como para descartar al Hijo enviado por Dios. Entre ambos momentos Jesús ha declarado que su doctrina viene del Padre, que conoce al Padre, que fue enviado por el Padre y que todo aquel que tenga sed puede venir a Él y beber. El cielo estuvo hablando en medio de la fiesta, pero algunos estaban tan ocupados defendiendo su conocimiento del cielo que dejaron de escuchar su voz. Por eso quizá la pregunta final de Juan 7 no sea solamente «¿cuánto conozco de la Palabra?», sino también «¿continúa la Palabra teniendo permiso para corregirme?». La religiosidad puede estudiar hasta dejar de escuchar; el discípulo estudia precisamente porque quiere escuchar mejor. Y después de todo un capítulo de discusiones, prejuicios, señales y argumentos, la oración más adecuada puede seguir siendo aquella que un joven aprendió dentro del santuario muchos siglos antes: «Habla, Yahwéh, porque tu siervo oye». No importa cuánto hayamos leído, enseñado o predicado; mientras sigamos siendo discípulos, nunca podremos abandonar la humilde postura de seguir escuchando.

— Roberto Tinoco

🔴
🔴