Juan 1
Prólogo: Cristo, la Palabra eterna
1En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.🗨📝 2Este era en el principio con Dios.🗨📝 3Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.🗨📝 4En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.🗨📝 5La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella.🗨📝 6Hubo un hombre enviado de Dios, el cual se llamaba Juan.🗨📝 7Este vino por testimonio, para que diese testimonio de la luz, a fin de que todos creyesen por él.🗨📝 8No era él la luz, sino para que diese testimonio de la luz.🗨📝 9Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo.🗨📝 10En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció.🗨📝 11A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron.🗨📝 12Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios;🗨📝 13los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.🗨📝 14Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad.🗨📝 15Juan dio testimonio de él, y clamó diciendo: Este es de quien yo decía: El que viene después de mí, es antes de mí; porque era primero que yo.🗨📝 16Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia.🗨📝 17Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.🗨📝 18A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer.🗨📝El testimonio de Juan el Bautista
19Este es el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron de Jerusalén sacerdotes y levitas para que le preguntasen: ¿Tú, quién eres?🗨📝 20Confesó, y no negó, sino confesó: Yo no soy el Cristo.🗨📝 21Y le preguntaron: ¿Qué pues? ¿Eres tú Elías? Dijo: No soy. ¿Eres tú el profeta? Y respondió: No.🗨📝 22Le dijeron: ¿Pues quién eres? para que demos respuesta a los que nos enviaron. ¿Qué dices de ti mismo?🗨📝 23Dijo: Yo soy la voz de uno que clama en el desierto: Enderezad el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías.🗨📝 24Y los que habían sido enviados eran de los fariseos.🗨📝 25Y le preguntaron, y le dijeron: ¿Por qué, pues, bautizas, si tú no eres el Cristo, ni Elías, ni el profeta?🗨📝 26Juan les respondió diciendo: Yo bautizo con agua; mas en medio de vosotros está uno a quien vosotros no conocéis.🗨📝 27Este es el que viene después de mí, el que es antes de mí, del cual yo no soy digno de desatar la correa del calzado.🗨📝 28Estas cosas sucedieron en Betábara, al otro lado del Jordán, donde Juan estaba bautizando.🗨📝Jesús, el Cordero de Dios
29El siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.🗨📝 30Este es aquel de quien yo dije: Después de mí viene un varón, el cual es antes de mí; porque era primero que yo.🗨📝 31Y yo no le conocía; mas para que fuese manifestado a Israel, por esto vine yo bautizando con agua.🗨📝 32También dio Juan testimonio, diciendo: Vi al Espíritu que descendía del cielo como paloma, y permaneció sobre él.🗨📝 33Y yo no le conocía; pero el que me envió a bautizar con agua, aquél me dijo: Sobre quien veas descender el Espíritu y que permanece sobre él, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo.🗨📝 34Y yo le vi, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.🗨📝Los primeros discípulos
35El siguiente día otra vez estaba Juan, y dos de sus discípulos.🗨📝 36Y mirando a Jesús que andaba por allí, dijo: He aquí el Cordero de Dios.🗨📝 37Le oyeron hablar los dos discípulos, y siguieron a Jesús.🗨📝 38Y volviéndose Jesús, y viendo que le seguían, les dijo: ¿Qué buscáis? Ellos le dijeron: Rabí (que traducido es, Maestro), ¿dónde moras?🗨📝 39Les dijo: Venid y ved. Fueron, y vieron donde moraba, y se quedaron con él aquel día; porque era como la hora décima.🗨📝 40Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan, y habían seguido a Jesús.🗨📝 41Este halló primero a su hermano Simón, y le dijo: Hemos hallado al Mesías (que traducido es, el Cristo).🗨📝 42Y le trajo a Jesús. Y mirándole Jesús, dijo: Tú eres Simón, hijo de Jonás; tú serás llamado Cefas (que quiere decir, Pedro).🗨📝 43El siguiente día quiso Jesús ir a Galilea, y halló a Felipe, y le dijo: Sígueme.🗨📝 44Y Felipe era de Betsaida, la ciudad de Andrés y Pedro.🗨📝 45Felipe halló a Natanael, y le dijo: Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la ley, así como los profetas: a Jesús, el hijo de José, de Nazaret.🗨📝 46Natanael le dijo: ¿De Nazaret puede salir algo de bueno? Le dijo Felipe: Ven y ve.🗨📝 47Cuando Jesús vio a Natanael que se le acercaba, dijo de él: He aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño.🗨📝 48Le dijo Natanael: ¿De dónde me conoces? Respondió Jesús y le dijo: Antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.🗨📝 49Respondió Natanael y le dijo: Rabí, tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel.🗨📝 50Respondió Jesús y le dijo: ¿Porque te dije: Te vi debajo de la higuera, crees? Cosas mayores que estas verás.🗨📝 51Y le dijo: De cierto, de cierto os digo: De aquí adelante veréis el cielo abierto, y a los ángeles de Dios que suben y descienden sobre el Hijo del Hombre.🗨📝Texto bíblico: Reina-Valera 1960 © Sociedades Bíblicas en América Latina, 1960. Renovado © Sociedades Bíblicas Unidas, 1988. Utilizado con permiso. Ver todos los créditos
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Juan 1:1
En el principio
JUAN 1:1 «En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.» Juan abre su Evangelio llevándonos más atrás que Belén. Más atrás incluso que Abraham. Sus primeras palabras, «En el principio», nos regresan inevitablemente a Génesis 1:1. Pero mientras Génesis comienza contándonos lo que Dios hizo en el principio, Juan nos dice quién ya estaba allí: el Verbo. La palabra griega es λόγος (lógos), que puede significar palabra, expresión, mensaje o razón. Juan la lleva mucho más lejos: Jesús es la expresión perfecta de Dios. No comenzó a existir cuando nació de María. Antes del comienzo del tiempo, Él ya era. Hay además una precisión extraordinaria: «el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios». Juan distingue al Hijo del Padre sin disminuir su divinidad. Más adelante, Hebreos 1:3 lo llamará «el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia», y Apocalipsis 19:13 volverá a llamar a Cristo «el Verbo de Dios». No estamos frente a un gran maestro que llegó a comprender a Dios mejor que otros; estamos frente a Dios acercándose a nosotros y dándose a conocer. Esto cambia la manera en que enfrentamos la vida. El Jesús al que oras existía antes que aquello que hoy te preocupa. Antes de tu problema, Él ya era. Cuando tu problema haya terminado, Él seguirá siendo. Hay días en los que las circunstancias parecen enormes porque las estamos comparando con nuestras fuerzas. Todo cambia cuando las ponemos junto al Cristo eterno. La vida devocional comienza justamente allí: cuando dejamos de medir a Dios por el tamaño de nuestros problemas y empezamos a medir nuestros problemas por la grandeza de nuestro Dios. Tanto en su evangelio como en su primera carta, el apóstol Juan comienza hablando acerca del Verbo de Vida que se manifestó a este mundo. No trata de algo, sino de Alguien, de Cristo Jeshúa como Dios. No lo confundas con un sonido articulado por cuerdas bucales, Él es la Vida; tan personal como para nacer en un establo y tan poderoso como para sustentar todas las cosas (Hebreos 1:3). Antes de todas las cosas, Dios existía como Vida y como Luz. Luego nos creó para Él. Por eso lo necesitamos tanto; sin Él sólo hay tinieblas y vacío. ¿Crees que necesitas paz? No, tú necesitas la Palabra, en Él tendrás paz. ¿Supones que serías feliz si alguna persona en este mundo te amara como pareja? Te equivocas de nuevo, el amor que te falta es el Verbo. Haces cuentas y llegas a la conclusión de que si tuvieras los bienes suficientes y la cuenta bancaria respectiva estarías satisfecho, pero eso es sólo un espejismo, una utopia de un corazón vacío. Lo que realmente necesitas es el principio creador de todas las cosas: el Verbo de Vida. Una sola Palabra crea tu universo. Una sola Palabra transforma tu vida. La Palabra de Dios como concepto comienza a definirse en nuestro entendimiento (pues existe antes de nosotros), a partir del concepto griego del Logos. Para los griegos, el término logos representaba la razón, y podían referirse al logos como pensamiento, discurso, palabra, entre otros. Es la iglesia, en boca del apóstol Juan, por no decir el Espíritu Santo por medio de la iglesia, la que añadió la revelación real del Logos como una Persona, la fuente creadora de todo; porque de hecho, también para los griegos logos era la razón de todo, tanto en su creación como en su gobierno o dominio. De algún modo la filosofía, cansada de la mitología, llegó a estar cerca de la luz. La revelación del logo vino como respuesta a la búsqueda humana de la verdad, poniendo con ello fin a la locura de los mitos tales como los dioses y semidioses, tanto griegos como de otras culturas; así como sus leyendas y demás derivados. El versículo 14 añade que se hizo carne, refiriéndose a Jesucristo. Es allí donde la filosofía tropezó, pues no pudieron aceptar que lo perfecto se hiciese materia, ya que la misma era considerada imperfecta; es decir, si el logos, según ellos, se hiciera carne, dejaría de ser logos o dejaría de ser carne. Pero esto precisamente es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne (1 Tim. 3:16). El Verbo no sólo era con Dios, sino que era Dios (y al decir era, representa alusión al tiempo en el que se despojó de sus atributos divinos en su uso, haciéndose Hombre; virtud que recuperó en su exaltación después de resucitar). Mientras los griegos filosofaban con el concepto del logos, los judíos ya tenían la revelación de la sabiduría en forma no sólo muy semejante, sino superior, atribuyéndole personalidad a la misma; más allá de una metáfora, como lo que realmente es en verdad (léase Pr. 8:22-30). Antes de hablar de la Palabra escrita, debemos comentar acerca de la Palabra Eterna, pues la una sin la otra carece de razón para existir. La Biblia es la expresión física de la Palabra espiritual; la forma cómo el Verbo de Dios se hace presente en la materia conceptual (a diferencia de su encarnación, que se hace presente en la materia físicamente). La Biblia no es un libro sagrado más como los que tienen las religiones humanas. La Palabra es Viva, no es algo, sino Alguien. La Palabra es Cristo. Por ello habita en nosotros (Colosenses16); y tiene la capacidad de crecer (Hechos 12:24). Es el principio del principio. Antes de que fuera el Hijo del Hombre, Él ya existía como el Verbo, la Palabra. Jesús el Hombre comenzó en el vientre de María, pero Dios la Palabra ha existido siempre. Es la fuerza creativa, el poder en acción. El Logos sempiterno. Antes del primer movimiento de la manecilla del tiempo, ya era el Verbo. No tiene principio de días, no conoce comienzo; desde siempre y hasta siempre Él es Dios. No es menos Dios que el Padre ni más Dios que el Espíritu; tampoco es Dios aparte de ambos. Él es Dios y ellos son Dios. Estaba con Dios y era Dios. Todo inició con una Palabra. Todo termina con una Palabra. Antes que todo y detrás de todo, Cristo es. Entonces, ¿de qué te preocupas y por qué te afanas? Existir sin Cristo es ser mudo espiritual, carecer de la Palabra es estar falto del poder creativo de Dios en acción. ¿Crees que necesitas paz? No, tú necesitas la Palabra, en Él tendrás paz. ¿Supones que serías feliz si alguna persona en este mundo te amara como pareja? Te equivocas de nuevo, el amor que te falta es el Verbo. Haces cuentas y llegas a la conclusión de que si tuvieras los bienes suficientes y la cuenta bancaria respectiva estarías satisfecho, pero eso es sólo un espejismo, una utopia de un corazón vacío. Lo que realmente necesitas es el principio creador de todas las cosas: el Verbo de Dios. Una sola Palabra crea tu universo. Una sola Palabra transforma tu vida. No necesitas discursos ni sermones; tampoco se encuentra la respuesta en la palabrería. Necesitas al Verbo. No lo confundas con un sonido articulado por cuerdas bucales, Él es la Vida; tan personal como para nacer en un establo y tan poderoso como para sustentar todas las cosas (Hebreos 1:3). La Vida es la luz de los hombres. Cuando la existencia se torna gris carece de propósito; si es tinieblas se busca morir. Los hombres no mueren por otra cosa que por falta del Verbo, la Vida. Vidas sin luz, sin chispa, sin propósito. Tienen placer momentáneo e insatisfacción permanente. Otro placer no te llenará. Una nueva diversión no suplirá el vacío. Bromas, chistes, risas, fiestas, sólo son cerillos apagándose, luces insignificantes y pasajeras. Cristo es la Vida y la Vida es la Luz de los hombres. ¿Te sabes un credo y piensas que tienes al Verbo? No has entendido. Tienes la vida hasta que la Vida te tiene a ti del todo. No es algo que posees, sino Alguien que te satura. Tus pensamientos y sentimientos están impregnados, girando en su derredor. Tu cuerpo lo usas para servirlo. Lo comes y lo hablas. La meta de vivir es llegar a estar totalmente vivo; completa y absolutamente lleno de Él. ¿Cuántos años tienes? No es lo mismo a cuánto has vivido. Comienza hoy, que este sea para ti “en el principio era el Verbo, la Vida y la Luz que todo lo crea en ti”.
— Roberto Tinoco
Juan 1:2
JUAN 1:2 «Este era en el principio con Dios.» Juan parece repetir lo que acaba de decir, pero no está desperdiciando palabras. Quiere dejar firmemente establecida una verdad: el Hijo estaba eternamente con el Padre. Aquí resulta especialmente hermosa la preposición griega πρός (pros), traducida «con». No habla simplemente de estar cerca; puede expresar una relación orientada hacia otro, una comunión personal. Antes de que hubiera creación, ya había comunión entre el Padre y el Hijo. Jesús mismo hablará después de «aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese» (Juan 17:5). Eso significa que Dios no creó porque estuviera solo. El amor no apareció cuando aparecimos nosotros. Antes del primer hombre, antes del primer ángel y antes de la primera estrella, el amor ya existía en Dios. Por eso Efesios 1:4 puede decir que fuimos escogidos en Cristo «antes de la fundación del mundo». Nuestra salvación no fue una solución apresurada ante un problema inesperado; forma parte de un propósito que nos precede. Y aquí Juan toca algo muy práctico. Si Cristo vivía eternamente en comunión con el Padre, entonces el corazón de la vida cristiana no puede reducirse a hacer cosas para Dios. Antes está el privilegio de estar con Él. Podemos predicar, servir, dirigir, ayudar y trabajar para Dios mientras interiormente nos alejamos de su presencia. Jesús nos devuelve al orden correcto: antes del ministerio está la comunión. Ser usado por Dios es hermoso; estar con Dios es todavía mejor. Deseo recalcar lo que el Logos hacía antes de la creación de todas las cosas, pues esto muestra su naturaleza más intrínseca; estaba en comunión con el Padre, el Verbo era con Dios. Palabra Eterna era en el principio. El principio es la forma de referirse al tiempo antes del tiempo, a lo que existía cuando nada era, sino sólo Dios. El Logos, la Palabra es eterna, por ello no puede ser alterada por la creación, el cielo y la tierra pasarán, pero la Palabra no pasará (Mat. 24:35). Por tanto, la Palabra es antes, durante y después del tiempo. Es la Palabra Origen. La creación no fue hecha de la nada, sino de lo que no se veía; todo lo que existe materialmente fue hecho de lo que existía espiritualmente. ¿Y qué era lo que existía antes de la creación de todo? La Palabra, el Logos original. Lo espiritual no es insubstancial, sino sobresubstancial. La materia fue creada a partir de la sobremateria, por decirlo de algún modo. En proverbios 22 al 30 te encuentras al Logos en forma de Sabiduría en alegre comunión con Dios antes y durante la creación de todas las cosas. Léelo.
— Roberto Tinoco
Juan 1:3
JUAN 1:3 «Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.» Juan pasa de la eternidad de Cristo a su obra creadora. La palabra que sobresale es ἐγένετο (egéneto), del verbo gínomai: llegar a ser, venir a existir. Juan establece así un contraste muy fino. Del Verbo dijo «era»; de la creación dice que llegó a existir. Cristo no pertenece a la categoría de las cosas creadas. Cuando todo lo demás comenzó a ser, Él ya estaba allí. Colosenses 1:16 desarrolla la misma verdad: «en él fueron creadas todas las cosas». Hebreos 1:2 afirma que por medio del Hijo Dios hizo el universo. Esto hace que los milagros de Jesús adquieran otra dimensión. Cuando multiplica pan, calma el mar o devuelve la vista, no estamos viendo solamente a un hombre haciendo prodigios. Estamos contemplando al Creador ejerciendo autoridad sobre aquello que Él mismo hizo. Y entonces el versículo se vuelve sorprendentemente personal: si Cristo pudo crear, también puede recrear. Quizá hay partes de tu vida que parecen demasiado desordenadas para repararse. Génesis también comenzó con oscuridad, vacío y caos, y Dios produjo belleza. No declares terminada demasiado pronto una historia que todavía está en las manos del Creador. Él sigue sabiendo hacer algo hermoso donde nosotros solamente vemos ruinas. La creación no fue hecha de la nada, sino de lo que no se veía; todo lo que existe materialmente fue hecho de lo que existía espiritualmente. ¿Y qué era lo que existía antes de la creación de todo? La Palabra, el Logos original. Lo espiritual no es insubstancial, sino sobresubstancial. La materia fue creada a partir de la sobremateria, por decirlo de algún modo. Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la Palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía (Hebreos 11:3). Más no sólo es el origen de todas las cosas, la Palabra también es el sustento de todas las cosas. La Palabra mantiene en existencia a lo que primero le dio el existir. Siendo inalterable por la creación y por el tiempo, es lo único, mejor dicho, es el Único que puede sustentar todas las cosas a fin de que no dejen de ser. Por esto leemos: en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo; el cual, siendo el resplandor de su gloria, y quien sustenta todas las cosas con la Palabra de su poder (Hebreos 1:2-3). Una mejor traducción es que Dios nos ha hablado en el Hijo y no sólo por el Hijo; ya que Él es la Palabra y no sólo un portador de la Palabra. Por eso también se dice la Palabra de su poder y no el poder de su Palabra. La diferencia estriba en que no tiene una palabra poderosa, sino que Él es la Palabra que tiene todo poder. El apóstol Pablo lo explica así en otra parte: Todo fue creado por medio de Él y para Él. Y Él es antes de todas las cosas y todas las cosas en Él subsisten (Colosenses 1:16-17). Siendo el Verbo el Sustentador de todo, no podía excluir de su sustento a los seres vivos, y más, siendo que no es un sonido inerte, sino la Palabra Viva de Dios, a saber, la Vida misma (Juan 11:25; 14:6).
— Roberto Tinoco
Juan 1:4
JUAN 1:4 «En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.» La palabra central es ζωή (zōḗ), «vida». Juan la utilizará una y otra vez, especialmente para hablar de la vida que procede de Dios, la Vida eterna, increada, divina y fuente de toda clase de vida. Jesús dirá: «Yo soy la resurrección y la vida» (Juan 11:25), y más tarde: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida» (Juan 14:6). Observa que Juan no dice solamente que Cristo da vida. Primero dice que en Él está la vida. Él es la fuente. Inmediatamente Juan une la vida con la luz, φῶς (phōs). La relación recuerda nuevamente Génesis: Dios trae luz a la oscuridad. Pero ahora la oscuridad que necesita ser vencida está también dentro del hombre. El pecado desordena nuestros deseos, oscurece nuestra percepción y nos hace llamar bueno a lo que puede destruirnos. Cristo trae luz porque nos permite ver a Dios, vernos a nosotros mismos y ver la vida como realmente es. Salmos 36:9 lo había expresado maravillosamente: «Porque contigo está el manantial de la vida; en tu luz veremos la luz». Pasamos buena parte de la vida buscando algo que nos haga sentir más vivos: proyectos, experiencias, reconocimiento, posesiones. Algunas de esas cosas pueden ser buenas, pero ninguna puede ocupar el lugar de la fuente. La vida no se encuentra acumulando algo, sino acercándonos a Alguien. Cuando el alma se seca, quizá no necesite más ruido, más actividades ni siquiera más respuestas. A veces necesita algo mucho más sencillo: volver a Cristo y beber otra vez de la fuente. ¿Qué es lo que hace que un ser vivo tenga la misma sustancia que una cosa y, sin embargo, viva? El Logos que la sustenta, al uno como vivo, al otro como cosa. Dicha Vida, se manifestó a nosotros en forma de luz. Así no sólo tendríamos la vida humana, sino la divina también. Cuando la existencia se torna gris carece de propósito; si es tinieblas se busca morir. Los hombres no mueren por otra cosa que por falta del Verbo, la Vida. Vidas sin luz, sin chispa, sin propósito. Tienen placer momentáneo e insatisfacción permanente. Otro placer no te llenará. Una nueva diversión no suplirá el vacío. Bromas, chistes, risas, fiestas, sólo son cerillos apagándose, luces insignificantes y pasajeras. Cristo es la Vida y la Vida es la Luz de los hombres. ¿Te sabes un credo y piensas que tienes al Verbo? No has entendido. Tienes la vida hasta que la Vida te tiene a ti del todo. No es algo que posees, sino Alguien que te satura. Tus pensamientos y sentimientos están impregnados, girando en su derredor. Tu cuerpo lo usas para servirlo. Lo comes y lo hablas. La meta de vivir es llegar a estar totalmente vivo; completa y absolutamente lleno de Él.
— Roberto Tinoco
Juan 1:5
JUAN 1:5 «La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella.» Aquí aparece una palabra griega especialmente rica: κατέλαβεν (katélaben), de katalambánō. Puede comunicar la idea de comprender, alcanzar, apoderarse o vencer. Por eso algunas traducciones expresan que las tinieblas no «comprendieron» la luz, mientras otras dicen que no la «vencieron». El apóstol y anciano Juan disfruta precisamente de esa riqueza: la oscuridad no recibe plenamente la Luz, pero tampoco puede apoderarse de ella ni apagarla. Esta tensión recorrerá todo el Evangelio. Llegará una noche en la que Jesús será arrestado. Vendrán la traición, la injusticia y la cruz. Durante unas horas parecerá que las tinieblas han ganado. Pero llegará la mañana de la resurrección y quedará claro que la oscuridad nunca tuvo la última palabra. El sepulcro pudo recibir el cuerpo de Cristo, pero no pudo retener la Vida. Hay temporadas en las que una mala noticia, una pérdida o una decepción parecen ocupar todo el horizonte. Juan no nos pide negar que existe la noche. Nos recuerda algo mejor: la noche no puede apagar la luz de Cristo. Una lámpara no discute con la oscuridad; simplemente permanece encendida. Haz tú lo mismo. Permanece cerca de Jesús. Quizá todavía no haya cambiado todo a tu alrededor, pero mientras su luz siga encendida dentro de ti, las tinieblas no han ganado. La luz prevalece sobre las tinieblas porque la luz es la vida, el ser; mientras que las tinieblas el no ser, la ausencia de vida. Todo prevalece sobre nada. A lo más, las tinieblas resaltan el resplandor de la luz, queriendo apagarle sólo sirven de marco y contraste. El mal no prevalecerá, ni el vacío; tampoco la muerte ni las tinieblas. En Cristo, el mal que te aqueja no durará; el dolor es temporal, lo mismo que sus efectos. El pecado no tiene futuro; sólo la luz permanecerá. Habrá tinieblas en ti hasta que ames la luz. Cristo es la luz que vino a este mundo acabando con sus tinieblas. Él es el Logos y la Vida; así como la Luz que semejante al Génesis hace posible la nueva creación. ¿Está la luz en ti? ¿Eres una nueva criatura?
— Roberto Tinoco
Juan 1:6
JUAN 1:6 «Hubo un hombre enviado de Dios, el cual se llamaba Juan.» Después de hablarnos del Verbo eterno, Juan presenta repentinamente a «un hombre». El contraste es intencional. Cristo simplemente «era»; Juan apareció dentro de la historia. Sin embargo, ese hombre posee una característica extraordinaria: había sido enviado por Dios. La palabra griega es ἀπεσταλμένος (apestalménos), relacionada con apostéllō: enviar a alguien con una misión. De esa misma familia viene la palabra «apóstol». Juan fue como un apóstol del Espíritu Santo. Juan es el cumplimiento de la voz anunciada en Isaías 40:3 y del mensajero prometido en Malaquías 3:1. Después de siglos de espera profética, aparece un hombre extraño en el desierto, pero sabe exactamente para qué vive. No ha venido a construir su propio nombre; ha venido a preparar el camino para Otro. Su grandeza consiste precisamente en comprender que él no es el centro de su propia misión. También nosotros somos enviados a lugares mucho menos áridos que el desierto de Judea: una casa, una oficina, una escuela, una iglesia, una conversación. Pero allí puede existir una misión y un propósto, una asignación. No necesitas ser la fuente de la luz para llevar luz; necesitas señalar a Cristo teniendo a Cristo. Una vida verdaderamente significativa no es la que consigue que todos terminen viéndola, sino la que hace que, después de verla, alguien quiera conocer a Jesús.
— Roberto Tinoco
Juan 1:7
JUAN 1:7 «Este vino por testimonio, para que diese testimonio de la luz, a fin de que todos creyesen por él.» La palabra que Juan repite es μαρτυρία (martyría), «testimonio». De esta familia griega procede también nuestra palabra «mártir», eso es un testigo de Cristo, quien está dispuesto a dar su vida para darlo a conocer a los demás. El término será importantísimo en este Evangelio. Testificará Juan, pero también las obras de Jesús, las Escrituras, el Padre y el Espíritu Santo. Juan 5:39 dirá que las Sagradas Escrituras mismas dan testimonio de Cristo. El objetivo del testimonio aparece al final: «para que todos creyesen». La fe será otro gran tema de Juan. No significa solamente admitir intelectualmente que Jesús existió. Creer es depositar la confianza en Él. De hecho, Juan explicará al final de su Evangelio que escribió precisamente «para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios» (Juan 20:31). Esto hace que nuestro testimonio sea mucho más sencillo y, a la vez, más exigente. No necesitamos ganar todas las discusiones; necesitamos ser testigos fieles. Hay preguntas que quizá no podamos responder, pero nadie puede quitarnos lo que hemos visto hacer a Dios en nuestra propia vida. Eso sí, nuestras palabras necesitan una vida que las acompañe. Vale la pena preguntarnos: ¿mi manera de vivir hace más creíble lo que digo acerca de Jesús?
— Roberto Tinoco
Juan 1:8
JUAN 1:8 «No era él la luz, sino para que diese testimonio de la luz.» Juan vuelve a poner las cosas en su sitio: Juan el Bautista no era la Luz. El término es otra vez φῶς (phōs), pero ahora importa precisamente la negación: él no era la luz. Más adelante Jesús tomará esta imagen y hará una declaración que nadie más podría hacer: «Yo Soy la Luz del mundo» (Juan 8:12). El Bautista había alcanzado suficiente influencia como para que algunos se preguntaran si él mismo sería el Mesías. Sin embargo, jamás confunde el reflejo con la fuente. Pablo expresará después una idea parecida al hablar de sí mismo y de Apolos: «servidores por medio de los cuales habéis creído» (1 Corintios 3:5). El instrumento puede ser valioso sin ocupar el lugar de Aquel que lo usa. Juan el Bautista no era la luz, en el sentido estricto de la palabra, sólo Jesús es la Luz; sin embargo, Jesús llamó a los discípulos “la luz del mundo”. ¿Cómo es que Juan no decía no ser la luz aunque daba testimonio de Cristo y la iglesia sí es la luz? Juan sí era una luz, Jesús mismo le llamó antorcha y las antorchas de aquel tiempo era una forma de luz; pero en comparación con la verdadera Luz, la fuente, Jesucristo, nadie más es luz.
— Roberto Tinoco
Juan 1:9
JUAN 1:9 «Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo.» Juan llama a Jesús la luz ἀληθινόν (alēthinón), «verdadera, auténtica, genuina». En este Evangelio, la palabra suele tener un sentido particularmente profundo: aquello que es pleno y definitivo frente a lo que solamente lo anticipaba. Más adelante Jesús hablará del «verdadero pan del cielo» (Juan 6:32) y dirá: «Yo soy la vid verdadera» (Juan 15:1). Cristo es la realidad hacia la que apuntaban las sombras y las señales. Durante siglos Dios había dado luz mediante la ley, los profetas, los sacrificios y las promesas. Ahora llega Aquel en quien todas esas luces encuentran su plenitud. Hebreos 1:1-2 lo resume diciendo que Dios habló antiguamente por los profetas, pero en estos últimos días nos ha hablado por el Hijo. Cristo no trae solamente información acerca de Dios: nos muestra cómo es Dios. Pero la luz también revela lo que preferiríamos esconder. Y allí empieza una parte incómoda, aunque hermosa, de caminar con Jesús. Nos gusta que ilumine nuestras promesas; cuesta más permitirle iluminar nuestras motivaciones, heridas, resentimientos y pecados. Sin embargo, Cristo no enciende la luz para humillarnos, sino para sanarnos. Lo que escondemos suele conservar poder sobre nosotros; lo que llevamos a la luz puede comenzar a ser transformado.
— Roberto Tinoco
Juan 1:10
JUAN 1:10 «En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció.» Juan juega aquí con una palabra que será fundamental en todo el Evangelio: κόσμος (kósmos), «mundo». Puede referirse a la creación, a la humanidad o, según el contexto, al orden humano que vive apartado de Dios. En un solo versículo aparece una ironía dolorosa: Cristo estaba en el mundo, el mundo había sido hecho por medio de Él, y aun así el mundo no lo reconoció. El Creador caminó por su creación, pero la creación había olvidado las manos de su Creador. El verbo «conoció» viene de γινώσκω (ginṓskō), conocer, reconocer, llegar a comprender. No se trata simplemente de ignorancia intelectual. La creación estaba frente a su Creador y no supo quién era. Juan 17:3 utilizará la misma familia verbal cuando Jesús diga que la vida eterna consiste en «que te conozcan a ti… y a Jesucristo». El problema humano, entonces, no es solamente que necesitamos saber más cosas acerca de Dios; necesitamos conocerlo, intimar con Él. Un gran mal es tener información acerca de Dios y todavía vivir como un extraño delante de Él. Ésta puede ser una advertencia especialmente seria para quienes llevamos años cerca de las cosas de Dios. Podemos acostumbrarnos a predicar, cantar, estudiar y hablar de Jesús hasta permitir que lo santo se vuelva familiar. Podemos conocer mucho acerca de Él y dejar de maravillarnos ante Él. Quizá una buena oración para comenzar cada mañana sea: «Señor, no permitas que me acostumbre tanto a ti que deje de reconocerte». Después de muchos años caminando con Cristo, todavía queda muchísimo de Él por descubrir. La familiaridad destruye familias y la costumbre a lo sagrado podría llevar a profanarlo. No dejes de maravillarte día a día de Dios.
— Roberto Tinoco
Juan 1:11
JUAN 1:11 «A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron.» Hay algo profundamente triste en este versículo. Jesús no llegó a territorio extraño: vino «a lo suyo». Israel había esperado durante siglos al Mesías. Abraham había recibido la promesa; Moisés había escrito acerca de Él; David había cantado del Rey; Isaías había anunciado al Siervo y Miqueas había señalado Belén. Todo parecía preparado para su llegada. Y cuando finalmente llegó, «los suyos no le recibieron». El verbo griego es παρέλαβον (parélabon), de paralambánō: recibir, aceptar, tomar consigo. El problema no fue que Cristo estuviera ausente. Estaba delante de ellos, pero muchos decidieron no abrirle espacio. Esperaron durante siglos su llegada y, cuando llamó a la puerta, no reconocieron su voz. Eso hace todavía más doloroso el rechazo. Juan 5:39 mostrará a Jesús hablando con personas que conocían profundamente las Escrituras: «ellas son las que dan testimonio de mí». Sabían leer las profecías, pero no reconocieron al Prometido. Se puede conocer el texto y perder de vista a la Persona. Se puede vivir rodeado de religión y mantener el corazón lejos de Dios. Conocían las señales del camino, pero cuando llegó el Destino, pasaron de largo. Este versículo merece convertirse en una pregunta personal: ¿hay alguna parte de mi vida donde Jesús ha venido «a lo suyo», pero todavía no lo he recibido? Quizá le hemos abierto la puerta del domingo, pero no la de nuestras decisiones; la de la doctrina, pero no la del carácter; la del ministerio, pero no la de alguna herida escondida. Jesús no quiere solamente estar cerca de nuestra vida. Quiere entrar en ella. Cristo no vino para quedarse en el umbral; vino para habitar la casa.
— Roberto Tinoco
Juan 1:12
JUAN 1:12 «Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios.» Después de la tristeza del versículo anterior aparece una de las palabras más esperanzadoras de Juan: «Mas». Algunos no lo recibieron, pero la historia no termina allí. «A todos los que le recibieron…». Aquí Juan usa ἔλαβον (élabon), de lambánō: recibir, tomar, aceptar. La salvación no se describe como un logro que alcanzamos, sino como un regalo de gracia que recibimos por la fe. Y la invitación es sorprendentemente amplia: «a todos». La gracia no pregunta primero de dónde vienes; te muestra hacia dónde puedes ir. A quienes reciben a Cristo les da el derecho de ser llamados τέκνα (tékna), «hijos» o «niños» de Dios. La palabra enfatiza la relación familiar que nace de Dios. Pablo expresará esa misma maravilla en Romanos 8:15: hemos recibido «el Espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!». El Evangelio no solamente cancela nuestra deuda; nos lleva a casa. El Juez que nos justifica es también el Padre que nos recibe. La cruz no sólo abrió la puerta del perdón del Juez; abrió también la puerta de la casa del Padre. Necesitamos dejar que esta verdad llegue más abajo que la mente. Si estás en Cristo, no vives intentando convencer a Dios cada mañana de que vuelva a quererte. Eres hijo. Cuando fallas, necesitas corrección, confesión y restauración, pero no tienes que volver a solicitar ingreso a la familia. Por eso cuando ores, no llegues solamente ante el trono de un Rey. Acércate también a la casa de tu Padre. La gracia ya puso una silla para ti en su mesa. La gracia de Dios no te dejó perdonado en la calle; te perdonó y después te llevó a casa.
— Roberto Tinoco
Juan 1:13
JUAN 1:13 «Los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.» Juan aclara inmediatamente de dónde procede esta nueva identidad. La palabra importante es ἐγεννήθησαν (egennḗthēsan), de gennáō: engendrar, dar nacimiento. Ser hijo de Dios requiere un nacimiento que no puede producir la sangre, la voluntad humana ni la herencia familiar. Podemos heredar apellido, cultura y costumbres religiosas, pero nadie puede heredar de sus padres el nuevo nacimiento. La fe puede enseñarse en casa, pero la vida de Dios tiene que nacer en cada corazón por la obra directa del Espíritu Santo. Como engendró a Jesús en María debe ser engendrado en ti. Esta idea prepara directamente la conversación de Jesús con Nicodemo en Juan 3: «Os es necesario nacer de nuevo». Y detrás de ella escuchamos también a Ezequiel 36:26: «Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros». El Evangelio no es simplemente un programa para mejorar nuestra conducta. Dios trabaja desde adentro. No se limita a pintar la fachada; entra hasta los cimientos. Dios no vino a maquillar al hombre viejo; vino a hacer nacer un hombre nuevo. Por eso hay cambios que no conseguiremos solamente apretando los dientes y diciendo: «Ahora sí voy a hacerlo mejor». La disciplina es necesaria, pero la transformación verdadera necesita tocar el corazón. En lugar de pedir únicamente: «Señor, ayúdame a no hacer esto», a veces necesitamos orar más profundamente: «Señor, cambia dentro de mí aquello que me hace desearlo». Dios no solamente quiere corregir frutos. Quiere sanar raíces. Cuando Dios transforma la raíz, tarde o temprano el fruto cuenta la historia. El nuevo nacimiento es una obra sobrenatural efectuada únicamente por Dios en el hombre que cree.
— Roberto Tinoco
Juan 1:14
JUAN 1:14 «Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad.» Llegamos a una de las frases más grandes de toda la Biblia: «el Verbo fue hecho carne». La palabra es σάρξ (sárx), carne, humanidad en su condición real y frágil. El Verbo eterno no fingió ser hombre. Entró verdaderamente en nuestra condición humana. Sintió hambre, cansancio, sed, dolor. Lloró. Durmió. Fue tocado y herido. El Dios eterno decidió conocer desde dentro lo que significa caminar con pies humanos sobre una tierra quebrada. Filipenses 2:7 lo expresa diciendo que tomó «forma de siervo». El que sostenía las estrellas aceptó ser sostenido en los brazos de una mujer. El eterno entró en el tiempo sin dejar de ser eterno. Pero Juan utiliza otra palabra todavía más sorprendente: ἐσκήνωσεν (eskḗnōsen), de skēnóō: habitar en una tienda, poner el tabernáculo. Literalmente, la idea es que el Verbo puso su tienda entre nosotros. Es imposible no recordar Éxodo 40, cuando la gloria de Dios llenó el tabernáculo. Aquella Presencia de Dios que Israel contemplaba cubierta por la nube ahora caminaba por las calles en Jesucristo. Y Juan dice: «vimos su gloria». No una gloria fría o distante, sino «llena de gracia y de verdad». La gloria dejó de estar detrás del velo y comenzó a caminar por nuestros caminos. Su único velo ahora era la carne. Hay días en los que sentimos que Dios está muy lejos. Este versículo dice exactamente lo contrario: Dios quiso acercarse. Jesús conoce el cansancio, la soledad, el rechazo, las lágrimas y el dolor desde nuestra propia orilla. No tienes que presentarte delante de Él fingiendo que todo está bien. El Verbo se hizo carne precisamente para entrar en nuestra realidad. Y cuando entra, trae consigo lo que más necesitamos: verdad para mostrarnos el camino y gracia para levantarnos cuando hemos caído. La verdad sin gracia puede aplastarnos; la gracia sin verdad puede dejarnos donde estamos sin cambio. En Jesús, la verdad nos encuentra y la gracia nos levanta.
— Roberto Tinoco
Juan 1:15
JUAN 1:15 «Juan dio testimonio de él, y clamó diciendo: Este es de quien yo decía: El que viene después de mí, es antes de mí; porque era primero que yo.» El anciano Juan vuelve a dar testimonio, pero ahora aparece una palabra que añade intensidad: κέκραγεν (kékragen), de krázō, «clamar, gritar en voz alta». Juan no susurra su convicción acerca de Jesús. La proclama. El mismo verbo aparece en otros lugares de Juan asociado con declaraciones públicas y urgentes. Su mensaje es demasiado grande para quedarse en una conversación privada. Juan hace ruido para que Cristo ocupe tu silencio. Humanamente, Juan había nacido antes que Jesús y comenzó su ministerio antes que Él. Sin embargo declara: «era primero que yo». La explicación vuelve a llevarnos a Juan 1:1. Jesús apareció después en la historia, pero existía antes de Juan. El Bautista reconoce que delante de él está alguien cuya historia no comenzó en Belén. Belén fue su llegada, no su comienzo. Hay algo muy limpio en la manera en que Juan usa su voz: no grita para llamar la atención hacia sí mismo; grita para señalar a Cristo. Ésa es una buena pregunta para quienes tenemos alguna oportunidad de hablar, enseñar o influir: ¿qué hacemos con nuestra voz? El volumen no determina la importancia del mensaje. Una voz encuentra su verdadero valor cuando termina haciendo más visible a Jesús que a quien está hablando. La mejor voz de un predicador no es la que consigue que todos recuerden quién habló, sino la que consigue que nadie olvide a quién señaló.
— Roberto Tinoco
Juan 1:16
JUAN 1:16 «Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia.» La palabra que sostiene el versículo es πλήρωμα (plḗrōma), «plenitud, aquello que está lleno completamente». Juan acaba de decir que Jesús está lleno de gracia y verdad, y ahora afirma que de esa plenitud hemos recibido todos. Pablo utilizará la misma palabra al hablar de Cristo en Colosenses 1:19: «agradó al Padre que en él habitase toda plenitud». Cristo nunca da desde la pobreza. Todo lo que recibimos de Él procede de una fuente que no se agota. Nuestra necesidad tiene fondo; Su plenitud, no. Después aparece χάρις (cháris), gracia: favor, regalo inmerecido. Juan dice «gracia sobre gracia». La imagen es hermosa: una gracia que llega y encuentra detrás otra gracia. Hubo gracia cuando Dios te encontró, gracia cuando te perdonó, gracia cuando te levantó, gracia cuando no entendías nada y gracia cuando volviste después de haberte alejado. Y cuando mañana aparezca una necesidad que hoy todavía no conoces, habrá gracia para ella también. La gracia de Dios se parece al mar: termina una ola y ya viene la siguiente. Esto nos permite vivir sin intentar almacenar hoy las fuerzas que necesitaremos mañana. Israel recogía el maná de cada día. Nosotros también aprendemos a depender diariamente de Dios. No necesitas hoy la gracia del jueves; hoy necesitas la gracia de hoy. Cuando llegue el jueves, Cristo seguirá teniendo plenitud. Quizá no sepas cómo enfrentarás lo que viene, pero sí sabes de dónde vendrá lo necesario cuando llegue. Ninguna necesidad de mañana podrá disminuir en nada la plenitud de la gracia de Dios sobre nosotros.
— Roberto Tinoco
Juan 1:17
JUAN 1:17 «Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.» Juan coloca frente a nosotros dos momentos enormes de la historia bíblica. «La ley por medio de Moisés fue dada». La palabra νόμος (nómos) significa ley y aquí señala especialmente la Torá entregada a Israel. No habla mal de ella. La ley fue un regalo de Dios: reveló su santidad, expuso el pecado y enseñó al pueblo cómo debía vivir en pacto con Él. Pablo mismo dirá que «la ley a la verdad es santa» (Romanos 7:12). La ley encendió la lámpara para mostrarnos el camino; luego Cristo vino a caminarlo por nosotros. Pero en Jesucristo llegan en plenitud χάρις (cháris), gracia, y ἀλήθεια (alḗtheia), verdad. No significa que Moisés careciera de gracia o verdad, pero la ley condenaba, no salvaba a nadie. Además, lo que la ley anunciaba encuentra en Cristo su expresión definitiva. Los sacrificios, el sacerdocio, las fiestas y las promesas apuntaban hacia Él. Jeremías 31:33 había anunciado un día en que la ley ya no estaría solamente escrita fuera del hombre, en tablas de piedra, sino dentro de nuestro corazón. En Moisés, Dios escribió sobre piedra; en Cristo, comenzó a escribir sobre corazones. Aquí hay una diferencia que cambia nuestra manera de caminar con Dios. Podemos convertir la fe en una larga lista de «tengo que»: tengo que orar, tengo que leer, tengo que servir, tengo que portarme bien. La gracia cambia la dirección: no obedezco para conseguir que Dios me ame; obedezco porque ya he sido amado. La verdad sigue siendo verdad y la santidad sigue importando. Pero ahora caminamos hacia ella no como esclavos intentando conseguir aceptación, sino como hijos agradecidos que ya la recibieron. La obediencia que nace del miedo pregunta cuánto falta; mientras que la obediencia que nace del amor pregunta cuánto más puede entregar.
— Roberto Tinoco
Juan 1:18
JUAN 1:18 «A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer.» La última expresión es extraordinaria. Juan dice que el Hijo ἐξηγήσατο (exēgḗsato), de exēgéomai: explicar, narrar, dar a conocer plenamente. De este verbo procede nuestra palabra «exégesis». Podríamos expresarlo de una manera sencilla y hermosa: Jesús es la exégesis de Dios, Él es la explicación de Dios. El Dios invisible decidió mostrarnos cómo es mediante su Hijo. Moisés pidió ver la gloria de Dios y recibió una revelación limitada (Éxodo 33:18-23). Ahora Juan dice que aquel que está en íntima comunión con el Padre lo ha dado a conocer. Por eso Jesús podrá decir a Felipe: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Juan 14:9). ¿Quieres saber cómo es el corazón de Dios? Mira a Jesús tocando al leproso, recibiendo al arrepentido, llorando junto a una tumba, lavando pies y finalmente extendiendo los brazos sobre una cruz. Cuando Dios quiso explicarnos su corazón, no nos envió una definición; nos envió a su Hijo. En ocasiones cargamos imágenes equivocadas de Dios: distante, permanentemente molesto, difícil de complacer. El anciano Juan nos dice: mira a Jesús. Cuando tengas dudas acerca del corazón del Padre, vuelve a Cristo. Dios no dejó que nuestra imaginación decidiera cómo es Él. Vino personalmente a mostrárnoslo. Jesús es Dios diciendo con una vida humana: «Así soy». Jesús puso rostro visible al amor invisible de Dios.
— Roberto Tinoco
Juan 1:19
JUAN 1:19 «Este es el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron de Jerusalén sacerdotes y levitas para que le preguntasen: Tú, ¿quién eres?» Después de la altura teológica de los primeros dieciocho versículos, Juan nos baja de pronto a un lugar, unas personas y una investigación concreta. Desde Jerusalén llegan sacerdotes y levitas para interrogar al Bautista. La palabra μαρτυρία (martyría), «testimonio», reaparece. Lo que sigue no será simplemente una conversación acerca de Juan, sino su testimonio acerca de Cristo. Estaban tan ocupados examinando la voz que todavía no habían reconocido al Verbo. La pregunta es directa: «¿Tú, quién eres?». En un ambiente cargado de expectativas mesiánicas, necesitaban saber qué decía Juan acerca de sí mismo. Pero hay una ironía en la escena: mientras ellos investigan la identidad del mensajero, el Mesías ya está entre ellos. Se puede estar tan ocupado clasificando lo que Dios hace que terminemos sin reconocer a Dios cuando está actuando. Cuando sabes de quién eres, disminuye la necesidad de demostrar quién eres. «¿Quién eres?» sigue siendo una pregunta poderosa. Podemos pasar años respondiéndola con títulos, funciones, logros o reconocimiento. Pero esas cosas cambian. Nuestra identidad más profunda no puede descansar en algo que mañana podemos perder. Antes de preguntarte qué haces, recuerda de quién eres. Cuando sabes quién eres delante de Dios, disminuye la necesidad de demostrar constantemente quién eres delante de los demás.
— Roberto Tinoco
Juan 1:20
JUAN 1:20 «Confesó, y no negó, sino confesó: Yo no soy el Cristo.» Juan responde con una claridad admirable: «Yo no soy el Cristo». El verbo es ὡμολόγησεν (hōmológēsen), de homologéō: confesar, reconocer abiertamente, declarar de acuerdo con la verdad. Es la misma familia verbal que aparece en 1 Juan 1:9: «Si confesamos nuestros pecados…». Confesar bíblicamente significa ponernos de acuerdo con la verdad, aunque esa verdad derribe una imagen que quisiéramos conservar. La humildad comienza cuando dejamos de ocupar lugares que sólo le pertenecen a Dios. Juan podría haber disfrutado la confusión. Tenía multitudes, influencia y autoridad moral. Algunos estaban dispuestos a imaginar que quizá él fuera el esperado. Pero Juan no necesita ser algo que no es. Su primera gran confesión acerca de sí mismo es una negación: «Yo no soy el Cristo». Su identidad es suficientemente segura como para no apropiarse de un lugar que pertenece a otro y menos a Cristo. No ser el Salvador no disminuye nuestra responsabilidad; simplemente nos libera de una carga que nunca nos correspondió. Tal vez nosotros también necesitamos repetir alguna vez esa frase: «Yo no soy el Cristo». No puedo resolver todos los problemas. No puedo cambiar todos los corazones. No puedo controlar el futuro. No puedo cargar con todo el mundo. Pero conozco al Cristo. Entonces puedo hacer mi parte con toda el alma y, al terminar, descansar. Hay cargas que Dios nos pidió llevar y otras que tomamos porque olvidamos que no somos el Salvador. La humildad de Juan no lo hizo menos útil; lo hizo libre para cumplir exactamente aquello para lo que había sido enviado.
— Roberto Tinoco
Juan 1:21
JUAN 1:21 «Y le preguntaron: ¿Qué pues? ¿Eres tú Elías? Dijo: No soy. ¿Eres tú el profeta? Y respondió: No.» Los enviados siguen intentando colocarle un título a Juan. Primero preguntan si es Elías, porque Malaquías 4:5 había anunciado su venida antes del día del Señor. Después preguntan si es «el profeta». La palabra griega es προφήτης (prophḗtēs), alguien que habla de parte de Dios, el que lleva la carga. Probablemente están pensando en Deuteronomio 18:15, donde Moisés anuncia que Dios levantaría un profeta semejante a él. Ese texto llegará a aplicarse a Jesús en Hechos 3:22. Cuando sabes para qué Dios te llamó, puedes dejar de competir por llamados que pertenecen a otros. La respuesta de Juan respecto a Elías puede parecernos extraña porque Jesús dirá posteriormente que Juan era «aquel Elías que había de venir» (Mateo 11:14). No hay contradicción. Juan no era literalmente Elías regresando a la tierra. Lucas 1:17 lo explica con precisión: vendría «con el espíritu y el poder de Elías». Cumplía su función profética sin ser personal ni literalmente aquel antiguo profeta. Lo hermoso es que Juan tampoco intenta aprovechar la confusión para engrandecerse. Si un título no le pertenece, sencillamente dice que no. La comparación nos hace abandonar nuestro lugar para procurar el lugar de otro, algo que no debe ser. Hay mucha paz en aprender esto. No necesito ser otro para ser útil a Dios. No necesito su personalidad, su plataforma, su manera de predicar, sus resultados ni su historia. Compararnos termina siendo una forma silenciosa de despreciar el diseño de Dios sobre nosotros. Hay algo que solamente tú puedes hacer desde el lugar donde Dios te puso. La pregunta importante no es «¿por qué no soy como él?», sino «Señor, ¿estoy siendo fiel a quien tú me llamaste a ser?».
— Roberto Tinoco
Juan 1:22
JUAN 1:22 «Le dijeron: ¿Pues quién eres? para que demos respuesta a los que nos enviaron. ¿Qué dices de ti mismo?» Finalmente le hacen la pregunta inevitable: «¿Qué dices de ti mismo?». Aquí resulta interesante el verbo λέγεις (légeis), de légō: decir, hablar, declarar. Después de escuchar todo lo que otros piensan acerca de Juan, quieren saber cómo se define él mismo. En cierta forma, todos vivimos respondiendo esa pregunta: ¿qué digo acerca de mí cuando tengo que explicar quién soy? Dios puede llamarte por lo que su gracia está formando mientras tú todavía te llamas por lo que ayer salió mal. La Biblia está llena de personas cuya percepción de sí mismas necesitó ser confrontada por la palabra de Dios. Moisés decía: «¿Quién soy yo?»; Gedeón se veía como el menor de su casa, mientras Dios lo llamaba «varón esforzado y valiente» (Jueces 6:12); Pedro todavía era inestable cuando Jesús comenzó a hablarle de la roca en la que habría de convertirse. Dios no siempre nos describe según nuestra condición presente. Muchas veces nos habla desde su propósito. Un mal capítulo de tu vida no tiene derecho a ponerle título a todo el libro de tu historia. Si Dios todavía está escribiendo, no pongas punto final donde Él solamente puso una coma. Por eso debemos tener cuidado con la conversación que mantenemos dentro de nosotros mismos. Podríamos ser misericordiosos con todos menos con nosotros. Nos llamamos fracaso por algo que salió mal, inútiles por una debilidad o incapaces por una temporada difícil. No permitas que tu peor momento se convierta en tu nombre. Si Dios todavía está trabajando contigo, tu historia todavía no ha terminado.
— Roberto Tinoco
Juan 1:23
JUAN 1:23 «Dijo: Yo soy la voz de uno que clama en el desierto: Enderezad el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías.» Ahora Juan sí responde quién es: «Yo soy la voz». La palabra griega es φωνή (phōnḗ), voz, sonido que comunica un mensaje. De allí procede nuestra palabra «fonética». Es una elección extraordinaria. Juan podría presentarse como profeta, reformador o precursor. Prefiere llamarse simplemente una voz. Una voz importa por aquello que comunica; después de entregar el mensaje, puede desaparecer. Juan acepta desaparecer con tal de que el mensaje permanezca. Juan el Bautista cita Isaías 40:3: «Enderezad el camino del Señor». En el mundo antiguo se preparaban los caminos cuando llegaba un rey. La imagen ahora se vuelve espiritual: el Rey viene y el corazón necesita preparar el camino. El orgullo levanta montañas, el pecado produce caminos torcidos, el resentimiento coloca piedras. El Bautista no está decorando el camino; está llamando a despejarlo y aplanarlo. Si quieres ver llegar al Señor, debes dejar ir los obstáculos del camino. Quizá ésta sea una buena manera de comenzar cada día: «Señor, ¿qué tengo que quitar hoy del camino?». Puede ser una actitud, una preocupación que hemos convertido en obsesión, una ofensa que seguimos acariciando o simplemente demasiado ruido interior. No preparamos el camino para conseguir que Cristo nos ame; lo preparamos porque queremos que tenga libertad para caminar por cada rincón de nuestra vida. Cuando viene el Rey, vale la pena mover las piedras.
— Roberto Tinoco
Juan 1:24
JUAN 1:24 «Y los que habían sido enviados eran de los fariseos.» Juan identifica a quienes están detrás de la investigación: los fariseos, en griego Φαρισαῖοι (Pharisaîoi). Eran un movimiento judío dedicado seriamente a la observancia de la ley y a las tradiciones que buscaban protegerla, pero se endurecieron y llenaron de orgullo. Se volvieron aparentes, hipócritas y, con tal de conservar su poder y estatus en la nación, se convirtieron en enemigos del evangelio. La religión limpia cuidadosamente la copa una y otra vez, mientras el alma se muere de sed. Ese peligro aparece con fuerza en Mateo 23. Jesús no los confronta por tomar en serio la fe, sino porque podían cuidar minuciosamente ciertas prácticas mientras descuidaban «la justicia, la misericordia y la fe». Es posible estar correctamente vestido por fuera y profundamente desordenado y sucio por dentro. La religión promete ayudar a acercarnos a Dios, pero puede convertirse en escondite evadiendo de su Presencia. La verdad que sólo agranda nuestra cabeza todavía no ha terminado su viaje; necesita bajar hasta el corazón. Hay un pequeño fariseo que puede despertarse dentro de cualquiera de nosotros. Aparece cuando nuestra disciplina nos hace sentir superiores, cuando conocemos mucha Biblia pero tenemos poca paciencia, o cuando detectamos con enorme facilidad los errores ajenos y casi nunca los propios. Una buena teología debería hacernos más humildes, no más duros. Si cuanto más conozco de Dios menos es la misericordia que tengo con la gente, entonces no lo estoy conociendo realmente a Él.
— Roberto Tinoco
Juan 1:25
JUAN 1:25 «Y le preguntaron, y le dijeron: ¿Por qué, pues, bautizas, si tú no eres el Cristo, ni Elías, ni el profeta?» La palabra central es βαπτίζεις (baptízeis), de baptízō: sumergir, bautizar, lavar. De aquí viene directamente nuestra palabra «bautizar». Los enviados no están preguntando solamente por el ritual, sino por la autoridad de Juan para realizarlo. Había lavamientos ceremoniales dentro del judaísmo, pero Juan estaba llamando a los israelitas a un bautismo público de arrepentimiento. Eso enviaba un mensaje incómodo: pertenecer al pueblo del Pacto no eliminaba la necesidad personal de volver el corazón a Dios. El agua puede tocar la piel; pero solamente Dios puede tocar el alma. Los profetas ya habían denunciado la separación entre el ritual y el corazón. Joel 2:13 lo dijo con una imagen imposible de olvidar: «Rasgad vuestro corazón, y no vuestros vestidos». Juan se coloca en esa línea. El agua exterior señala algo que debe ocurrir interiormente. No basta parecer limpio; necesitamos que Dios toque aquello que nadie puede ver. Dios no se impresiona con la fachada cuando tiene la llave de la casa. También nosotros podemos utilizar cosas buenas para escondernos. Asistir, servir, cantar, predicar, dar, estudiar la Biblia. Todo eso es precioso, pero ninguna actividad sustituye un corazón verdaderamente rendido a Dios. De vez en cuando necesitamos hacernos una pregunta incómoda: ¿cómo estoy realmente por dentro? Dios no quiere quitarnos las formas que expresan nuestra fe. Quiere asegurarse de que detrás de ellas todavía exista vida.
— Roberto Tinoco
Juan 1:26
JUAN 1:26 «Juan les respondió diciendo: Yo bautizo con agua; mas en medio de vosotros está uno a quien vosotros no conocéis.» Juan vuelve a marcar la diferencia entre su ministerio y Cristo. Él bautiza con ὕδωρ (hýdōr), «agua». Es algo visible, externo y preparatorio. Pero el Señor Jesús traerá algo que Juan no puede producir. En pocos versículos hablará del que bautiza con el Espíritu Santo. El Bautista puede introducir un cuerpo en el agua; solamente Cristo puede introducir una vida en la realidad del Espíritu. Dios estaba más cerca de lo que ellos pensaban, pero la distancia entre ellos y Dios seguían siendo ellos. Pero la frase que golpea es otra: «en medio de vosotros está uno a quien vosotros no conocéis». El Mesías ya está allí. Siglos de profecías están llegando a su cumplimiento delante de ellos, pero no lo reconocen. La tragedia no es que Dios esté lejos; la tragedia es que está cerca y ellos no se han dado cuenta. Algo parecido ocurrirá con los discípulos camino a Emaús: Jesús camina junto a ellos y sus ojos todavía no saben reconocerlo. Pedimos una señal de que Dios llegó mientras estamos parados sobre las huellas que dejó al pasar. Oramos: «Dios, ¿dónde estás?», mientras Él ya está obrando de maneras que todavía no sabemos leer. La Presencia de Dios no depende de nuestra capacidad para percibirla. Hay puertas que no se abrieron y quizá fueron protección. Personas que aparecieron oportunamente. Fuerzas que llegaron cuando pensábamos que no quedaba ninguna. La vida devocional va educando nuestros ojos hasta que empezamos a descubrir que Dios estaba mucho más cerca de lo que pensábamos.
— Roberto Tinoco
Juan 1:27
JUAN 1:27 «Este es el que viene después de mí, el que es antes de mí, del cual yo no soy digno de desatar la correa del calzado.» Juan el Bautista utiliza ahora una imagen que sus oyentes entendían perfectamente. La palabra ἱμάς (himás) significa correa, particularmente la tira de una sandalia. Desatar las sandalias era una tarea humilde, propia de un esclavo. Juan contempla a Cristo y declara que ni siquiera se considera ἄξιος (áxios), «digno», de hacerle ese servicio. El hombre que Jesús llama grande no se siente grande delante de Jesús. Lo impresionante es recordar lo que Jesús mismo dirá acerca del Bautista: «entre los que nacen de mujer no se ha levantado otro mayor que Juan el Bautista» (Mateo 11:11). El hombre al que Jesús llama grande se siente pequeño delante de Jesús. Eso nos enseña algo: la verdadera grandeza espiritual no necesita sentirse grande. Cuanto más claramente vemos a Cristo, menos necesidad tenemos de competir por importancia. Si vemos crecer a Cristo, nuestro ego encuentra paz. La humildad cristiana tampoco consiste en hablar mal de nosotros mismos. Nace de ver en la dirección correcta. Si me veo demasiado, puedo terminar orgulloso o inseguro; ambas cosas me mantienen en el centro. Cuando veo a Cristo, el centro cambia. Ya no necesito demostrar que soy importante, porque he descubierto a quien es infinitamente mayor que yo y, maravillosamente, ese Alguien me ama. La humildad descansa.
— Roberto Tinoco
Juan 1:28
JUAN 1:28 «Estas cosas sucedieron en Betábara, al otro lado del Jordán, donde Juan estaba bautizando.» El detalle geográfico parece sencillo, pero tiene valor. Algunos manuscritos antiguos leen Βηθανίᾳ (Bēthanía), «Betania al otro lado del Jordán», mientras una tradición textual posterior presenta Betábara. No se trata de la Betania cercana a Jerusalén donde vivían Marta, María y Lázaro. Juan está ubicando los acontecimientos en otro lugar, un lugar real. El Evangelio no sucede en un mundo imaginario; ocurre sobre tierra, junto a un río, en un momento de la historia. El río que una vez marcó la entrada a una tierra ahora presencia la llegada de un Reino. Y ese río no era cualquiera. El Ἰορδάνης (Iordánēs), Jordán, cargaba siglos de memoria. Israel lo cruzó para entrar en la tierra prometida (Josué 3); Elías y Eliseo también atravesaron sus aguas (2 Reyes 2). Ahora, junto al mismo río, algo nuevo está comenzando. Israel había cruzado una vez hacia una tierra; ahora está siendo preparado para encontrarse con su Mesías. Un lugar, como una vida, no necesita ser sagrado antes de que Dios llegue; su Presencia vuelve en sagrado tanto a un lugar común como a una vida Dios tiene la costumbre de convertir lugares ordinarios en puntos de encuentro. Una cocina puede volverse lugar de oración. Un hospital puede convertirse en santuario. Una conversación en el automóvil puede cambiar una vida. No esperes siempre un escenario extraordinario para que Dios haga algo extraordinario. Aquel lugar junto al Jordán parecía simplemente otro pedazo de tierra hasta que Jesús apareció por allí.
— Roberto Tinoco
Juan 1:29
JUAN 1:29 «El siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.» Llegamos a una de las declaraciones centrales del capítulo. Juan ve a Jesús y dice: «He aquí el Cordero de Dios». La palabra es ἀμνός (amnós), cordero, especialmente cargada de sentido sacrificial. La misma palabra aparece en Hechos 8:32 cuando se cita Isaías 53:7: «como cordero mudo delante del que lo trasquila». Para un judío, la imagen abría muchas puertas a la vez: la Pascua de Éxodo 12, los sacrificios y el Siervo sufriente de Isaías. Ahora el Bautista señala al Hombre y dice, en esencia: todo aquello estaba apuntando hacia Él. Durante siglos murieron corderos señalando hacia un día; finalmente llegó el Cordero hacia quien señalaban. Después viene el verbo αἴρων (aírōn), de aírō: levantar, llevar, quitar. Jesús es quien «quita» el pecado del mundo. No vino simplemente a enseñarnos a convivir mejor con nuestra culpa. Vino a cargar con ella y quitarla. Hebreos 10 desarrollará esta verdad mostrando que los sacrificios repetidos señalaban hacia la ofrenda definitiva de Cristo. El pecado puso una deuda sobre nosotros; el Cordero puso la deuda sobre sí mismo. Esto toca directamente el corazón. Algunas personas creen en el perdón de Dios, pero siguen cargando sus pecados como si todavía tuvieran que pagar algo. El Bautista dice: mira al Cordero. Si Cristo cargó con tu pecado, no lo levantes otra vez para castigarte con él. Arrepiéntete cuando falles, confiesa, corrige lo que tengas que corregir, pero después recibe la gracia. Jesús no murió para que vivamos arrastrando eternamente una cadena que Él ya rompió. La cruz no fue un pago inicial para que tú completes las mensualidades; Cristo dijo: consumado es.
— Roberto Tinoco
Juan 1:30
JUAN 1:30 «Este es aquel de quien yo dije: Después de mí viene un varón, el cual es antes de mí; porque era primero que yo.» El Bautista regresa a la preexistencia de Cristo. La palabra que destaca aquí es πρῶτος (prōtos), «primero», que según el contexto puede comunicar anterioridad y primacía. Jesús apareció públicamente después de Juan y humanamente nació después de él; sin embargo, Juan afirma que Cristo es anterior y superior. Una vez más nos lleva hacia el comienzo del capítulo: «En el principio era el Verbo». Jesús entró en el tiempo como Hombre llevando la eternidad de Dios en sus pasos. Esto impide reducir a Jesús a otro eslabón de la cadena profética. No es simplemente el siguiente después de Juan. Los profetas apuntaban hacia Él. Abraham se alegró esperando su día (Juan 8:56); Moisés escribió acerca de Él (Juan 5:46); Isaías contempló su gloria (Juan 12:41). Jesús entra en la historia, pero no comienza con la historia. La familiaridad con su Nombre nunca debería hacernos olvidar el peso de su gloria. Y aquí hay algo que necesitamos cuidar después de muchos años de fe: no hacer pequeño a Jesús por habernos acostumbrado a Él. Podemos pronunciar su Nombre tantas veces que perdamos el asombro. El Jesús cercano sigue siendo el Cristo eterno. El que escucha tu oración sencilla es el mismo ante quien el cielo se inclina. La intimidad no debería quitarnos reverencia. Al contrario: cuanto más cerca caminamos de Él, más razones encontramos para maravillarnos.
— Roberto Tinoco
Juan 1:31
JUAN 1:31 «Y yo no le conocía; mas para que fuese manifestado a Israel, por esto vine yo bautizando con agua.» Resulta extraño escuchar a Juan decir: «yo no le conocía», porque Jesús y Juan el Bautista estaban relacionados familiarmente (Lucas 1:36). Evidentemente no está diciendo que jamás hubiera sabido quién era Jesús. Habla de algo más profundo: todavía no conocía cuál era la identidad del Mesías. El verbo griego es ᾔδειν (ḗdein), de oîda: saber, conocer, reconocer. Juan necesitaba que Dios le revelara aquello que los vínculos humanos no podían enseñarle. Puedes vivir con la verdad sin verla, hasta que Dios te abre los ojos del espíritu. El propósito era que Cristo fuese manifestado a Israel. La palabra es φανερωθῇ (phanerōthē), de phaneróō: hacer visible, revelar, sacar a la luz. El mismo verbo aparece en 1 Juan 3:5 al decir que Cristo «apareció para quitar nuestros pecados». Juan había pasado años preparándose en el desierto, y ahora descubre que toda aquella preparación tenía un propósito: hacer visible a Jesús. Algunas cosas de Cristo sólo se reconocen después de que el desierto nos quitó otras distracciones. En ocasiones entendemos una etapa de nuestra vida solamente cuando ya estamos saliendo de ella. Mientras la vivimos preguntamos: «¿Para qué todo esto?». Después vemos hacia atrás y descubrimos que Dios estaba preparando algo. No desperdicies el proceso por estar demasiado ansioso por llegar al resultado. Hay desiertos donde Dios no te está abandonando; te está preparando para reconocer algo de Cristo que antes todavía no podías ver.
— Roberto Tinoco
Juan 1:32
JUAN 1:32 «También dio Juan testimonio, diciendo: Vi al Espíritu que descendía del cielo como paloma, y permaneció sobre él.» Juan contempla al Espíritu Santo descendiendo sobre Jesús. La palabra πνεῦμα (pneûma) significa espíritu, viento o aliento. Desde Génesis 1:2 encontramos al Espíritu de Dios presente en la creación, y los profetas habían anunciado que el Mesías estaría especialmente ungido por Él. Isaías 11:2 había dicho: «Y reposará sobre él el Espíritu de Yahwéh». Ahora Juan está viendo aquella promesa delante de sus propios ojos. Dios no quiere ser solamente una visita emocionante; quiere convertirse en la Presencia constante de nuestra vida. Pero hay una palabra que no deberíamos pasar rápidamente: ἔμεινεν (émeinen), de ménō: permanecer, quedarse, habitar. El Espíritu no solamente descendió sobre Jesús; permaneció sobre Él. Ménō será una de las palabras más hermosas del Evangelio de Juan. En Juan 15 Jesús dirá repetidamente: «Permaneced en mí». El cristianismo no fue diseñado para vivir de visitas ocasionales a la presencia de Dios, sino desde una relación que permanece. El fuego puede encenderse en un instante, pero el carácter se cocina lentamente en la Presencia. El Espíritu Santo estuvo yendo y viniendo sobre los grandes creyentes de la antiguedad, pero iba y venía, más no permanecía en ellos. El primero en el cuál permaneció el Espíritu santo fue Jesús. Semejante a la paloma que soltara Noé una y otra vez para saber si las aguas habían descendido en el mundo. La paloma siempre regresaba porque no tenía donde permanecer. Pero un día regresó a Noé con una hoja de olivo en su pico. Era la evidencia de que las aguas habían descendido. Así el Espíritu santo descendía sobre alguno, pero no permanecía, pues la muerte tenía sumergido al mundo bajo su poder. Fue hasta que un Olivo verde resucitó de los muertos, Jesucristo, y que el Espíritu lo llevó a los cielos que se supo: sorbida es la muerte en victoria, las aguas han descendido. Sólo podía permanecer el Espíritu Santo sobre el que es capaz de caminar sobre las aguas y resucitar de entre los muertos, Jesucristo. cabe señalar que el Espíritu ahora habita en la iglesia, así como la paloma de Noé fue soltada una vez más y ya no regresó a él.
— Roberto Tinoco
Juan 1:33
JUAN 1:33 «Y yo no le conocía; pero el que me envió a bautizar con agua, aquél me dijo: Sobre quien veas descender el Espíritu y que permanece sobre él, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo.» El Bautista sabía que habría una señal. Dios le había dicho que aquel sobre quien viera descender y permanecer el Espíritu sería quien bautizaría con el Espíritu Santo. Aquí vuelve el verbo βαπτίζω (baptízō), «sumergir». Juan podía sumergir a una persona en agua; Jesús podía hacer algo que ningún profeta podía hacer: sumergir al ser humano en la realidad y Presencia del Espíritu de Dios. Juan podía llevar al hombre hasta el agua; pero solamente Cristo podía llevar al hombre a Dios. Los profetas habían esperado este día. Joel habló de un tiempo cuando Dios derramaría su Espíritu sobre toda carne (Joel 2:28), y Ezequiel anunció: «Pondré dentro de vosotros mi Espíritu» (Ezequiel 36:27). En Hechos 1:5 Jesús retomará precisamente estas palabras antes de Pentecostés: «seréis bautizados con el Espíritu Santo». Lo que Juan está anunciando junto al Jordán terminará alcanzando naciones enteras. La promesa que comenzó como un susurro entre los profetas terminaría soplando como viento sobre la Iglesia. Esto nos recuerda que la vida cristiana nunca fue diseñada para ser vivida únicamente con fuerza de voluntad. Hay cosas que podemos modificar con disciplina, pero otras requieren una obra mucho más profunda. Necesitamos al Espíritu Santo. Cuando descubras algo en tu carácter que no consigues transformar solamente intentándolo más fuerte, no te rindas. Abre ese lugar delante de Dios y dile: «Espíritu Santo, forma en mí lo que yo no puedo fabricar por mí mismo». Hay frutos que el esfuerzo humano puede colgar de las ramas por un tiempo; pero solamente el Espíritu Santo puede hacerlos crecer desde la raíz.
— Roberto Tinoco
Juan 1:34
JUAN 1:34 «Y yo le vi, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.» El Bautista llega ahora a su conclusión: «éste es el Hijo de Dios». La palabra υἱός (huiós), «hijo», en este contexto va mucho más allá de una expresión de cercanía con Dios. Dentro del Evangelio de Juan, llamar a Jesús Hijo de Dios señala una relación única con el Padre y participa de la afirmación de su identidad divina. Juan 5:18 mostrará que sus adversarios entendieron las implicaciones de esa afirmación: Jesús llamaba a Dios su propio Padre, «haciéndose igual a Dios». El Evangelio se trata del Hijo de Dios invitándonos a ser hechos también hijos. Observa además el recorrido del testigo: el Bautista primero vio y después testificó. Su mensaje no nace de una teoría religiosa, sino de una convicción: Dios le mostró quién era Jesús. Y ésa será precisamente la finalidad de todo este Evangelio. Juan 20:31 dirá que estas cosas fueron escritas «para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios». Cristo no vino a ser una habitación más de la casa; vino a recibir las llaves. La pregunta termina llegando inevitablemente hasta nosotros: ¿quién es Jesús para mí? No solamente quién dice mi iglesia que es, quién enseñaron mis padres que es o quién he predicado que es. ¿Quién es Él en mi vida real? Porque si verdaderamente es el Hijo de Dios, entonces no puede ocupar un pequeño espacio religioso en nuestra agenda. Merece el centro. Hay verdades que, cuando realmente las creemos, reorganizan toda la vida.
— Roberto Tinoco
Juan 1:35
JUAN 1:35 «El siguiente día otra vez estaba Juan, y dos de sus discípulos.» La palabra que llama la atención es μαθηταί (mathētaí), plural de mathētḗs: discípulo, aprendiz, alguien que sigue a un maestro para aprender de él. Estos hombres son todavía discípulos de Juan el Bautista. Han escuchado su enseñanza, han caminado con él y probablemente sienten un profundo respeto por él. Pero eso está a punto de cambiar. El verdadero maestro no hace discípulos alrededor de su sombra; los conduce hasta la luz de Cristo. El buen maestro sabe que las personas no le pertenecen. Pablo expresará algo parecido cuando diga: «Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo» (1 Corintios 11:1). El Bautista ha preparado a estos hombres precisamente para el momento en que puedan dejar de seguirlo a él y comenzar a seguir a Jesús. Humanamente podría parecer que está perdiendo discípulos, pero desde la perspectiva del Reino, está cumpliendo perfectamente su misión. El mejor fruto de un ministerio no es que las personas no puedan vivir sin nosotros, sino que tengan toda su vida en Jesús. Ésta es una prueba silenciosa del liderazgo espiritual: ¿qué sentimos cuando las personas que ayudamos comienzan a depender menos de nosotros y más de Jesús? El verdadero ministerio no crea personas adictas a nuestra voz; las ayuda a reconocer la voz del Pastor. Si después de acompañar a alguien termina necesitando menos de nosotros porque aprendió a caminar más cerca de Cristo, no perdimos influencia. Tuvimos éxito.
— Roberto Tinoco
Juan 1:36
JUAN 1:36 «Y mirando a Jesús que andaba por allí, dijo: He aquí el Cordero de Dios.» Juan ve a Jesús simplemente andando. El verbo es περιπατοῦντι (peripatoûnti), de peripatéō: caminar, andar. Más adelante esta palabra llegará a utilizarse también para hablar de la manera de vivir, como en Efesios 5:2: «andad en amor». Pero aquí la escena es sencilla: Jesús pasa caminando y Juan el Bautista vuelve a señalarlo. Juan está dispuesto a perder seguidores con tal de que Jesús gane discípulos. Y repite exactamente aquello que había dicho antes: «He aquí el Cordero de Dios». No siente necesidad de inventar un mensaje nuevo para conservar la atención. Vuelve al centro. Cristo es el Cordero. Probablemente Juan sabe lo que ocurrirá si sus discípulos toman en serio sus palabras: dejarán de seguirlo a él y seguirán a Jesús. No será fácil, pero eso es exactamente lo que desea. Si Jesús es el centro, tienes donde orbitar. También nosotros necesitamos volver una y otra vez al centro. Podemos pasar tanto tiempo hablando de principios, métodos, ministerio, crecimiento, liderazgo y vida cristiana que terminemos hablando poco de Cristo. Todo lo demás encuentra su lugar cuando Jesús vuelve al centro. De vez en cuando el alma necesita detenerse, apartar todo el ruido religioso y escuchar nuevamente: «Mira al Cordero».
— Roberto Tinoco
Juan 1:37
JUAN 1:37 «Le oyeron hablar los dos discípulos, y siguieron a Jesús.» Es un versículo muy corto, pero describe una decisión que cambiará sus vidas. Primero oyeron y después siguieron. El verbo ἠκολούθησαν (ēkoloúthēsan), de akolouthéō, significa seguir, acompañar, ir detrás de alguien. Esta palabra se convertirá en una de las grandes expresiones del discipulado en los Evangelios. Jesús dirá: «Si alguno quiere venir en pos de mí… sígame» (Mateo 16:24). Si llegas a escuchar a Jesús, querrás seguirle; si no le estás siguiendo es porque no le has escuchado. Para un discípulo del primer siglo, seguir a un maestro significaba mucho más que asistir ocasionalmente a escuchar una enseñanza. Implicaba caminar con él, observar cómo vivía, escuchar sus palabras y aprender su manera de pensar. Estos dos hombres no están cambiando simplemente de maestro. Están comenzando una nueva manera de vivir. La fe no recibe un mapa, pero sí una Voz a la cual seguir. Hay verdades acerca de Jesús que nunca entenderemos desde la orilla. Llega un momento en que tenemos que comenzar a caminar. Podemos estudiar mucho acerca de la fe y todavía mantenernos a distancia. Hay cosas que solamente se entienden después de obedecer. A veces queremos que Dios nos explique todo el camino antes de dar el primer paso. Jesús suele hacerlo de otra manera: «Sígueme». Y mientras caminamos detrás de Él, el camino empieza a tener sentido.
— Roberto Tinoco
Juan 1:38
JUAN 1:38 «Y volviéndose Jesús, y viendo que le seguían, les dijo: ¿Qué buscáis? Ellos le dijeron: Rabí (que traducido es, Maestro), ¿dónde moras?» Las primeras palabras de Jesús registradas en este Evangelio son una pregunta: «¿Qué buscáis?». El verbo es ζητεῖτε (zēteîte), de zētéō: buscar, procurar, desear encontrar. Jesús no pregunta «¿a quién buscan?», sino «¿qué buscan?». Antes de enseñarles algo, toca el terreno de sus deseos. ¿Qué esperan encontrar siguiéndolo? Jesús pregunta qué buscan porque sabe que muchas veces nuestras piernas lo siguen mientras nuestro corazón anda buscando otra cosa. La pregunta recorrerá silenciosamente todo el evangelio según Juan. Algunas personas buscarán a Jesús por los panes (Juan 6:26); otras buscarán señales; otras verdaderamente querrán conocerlo. Los discípulos responden llamándolo Ῥαββί (Rabbí), Maestro, y preguntan dónde vive. Parece una pregunta doméstica, pero detrás de ella hay un deseo hermoso: no quieren solamente una respuesta rápida. Quieren pasar tiempo con Él. No existe mejor lugar que a Su lado. Tal vez sea una pregunta que conviene escuchar personalmente: ¿qué estoy buscando realmente en Jesús? ¿Solamente una solución? ¿Que arregle algo? ¿Que bendiga mis planes? ¿Que me dé seguridad, reconocimiento o tranquilidad? No está mal llevarle nuestras necesidades. Él mismo nos invita a hacerlo. Pero llegará un momento en el que descubriremos que el mayor regalo que Jesús puede darnos no es algo que tiene en sus manos. Es Él mismo.
— Roberto Tinoco
Juan 1:39
JUAN 1:39 «Les dijo: Venid y ved. Fueron, y vieron dónde moraba, y se quedaron con él aquel día; porque era como la hora décima.» Jesús responde con tres palabras sencillas: «Venid y ved». El verbo ἔρχεσθε (érchesthe), «venid», es una invitación al movimiento. No les entrega primero un tratado acerca de quién es. Los invita a acercarse. Y después ocurre algo precioso: «se quedaron con él». El verbo vuelve a ser μένω (ménō), permanecer. Es el mismo verbo que acabamos de encontrar cuando el Espíritu permaneció sobre Jesús. Llegaron preguntando dónde vivía Jesús y terminaron descubriendo un lugar donde podía descansar su alma. El anciano Juan incluso recuerda la hora. Dependiendo del modo de contar el tiempo, tradicionalmente se ha entendido alrededor de las cuatro de la tarde. Lo importante es que décadas después aquel momento seguía grabado en la memoria. Hay encuentros que no olvidamos porque dividen nuestra historia en un antes y un después. Ellos habían ido solamente a preguntar dónde vivía Jesús y terminaron quedándose con Él. Queremos profundidad con Dios, pero la profundidad necesita tiempo. Los pozos hondos no se cavan rozando la superficie. «Ven y ve» sigue siendo una de las invitaciones más hermosas de la fe. Hay cosas acerca de Jesús que solamente se descubren quedándose con Él. Una oración apresurada puede pedir algo; permanecer permite conocer a Alguien. Quizá una de las mayores pérdidas de nuestra época sea que queremos profundidad con Dios sin darle tiempo. El amor nunca crece a toda prisa. Hay momentos en que la mejor decisión espiritual es cerrar la puerta, apagar el ruido y simplemente quedarse un rato con Jesús.
— Roberto Tinoco
Juan 1:40
JUAN 1:40 «Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan, y habían seguido a Jesús.» Por fin conocemos el nombre de uno de aquellos discípulos: Ἀνδρέας (Andréas), Andrés. El anciano Juan lo presenta como «hermano de Simón Pedro». Es curioso. Pedro llegará a ser mucho más conocido que Andrés, pero antes de que Pedro aparezca en la historia, Andrés ya está siguiendo a Jesús. Y en el siguiente versículo descubriremos que será precisamente Andrés quien lleve a su hermano hasta Cristo. Tal vez Dios no te llamó a hablar ante miles; quizá te llamó a hablarle al que un día hablará ante miles. La palabra ἀκούσαντες (akoúsantes), «habiendo oído», recuerda cómo comenzó todo. Andrés oyó a Juan y siguió a Jesús. Después buscará a Pedro. Más adelante lo veremos acercando a Jesús al muchacho de los cinco panes y dos peces (Juan 6:8-9). Andrés no aparece pronunciando grandes discursos. Su ministerio parece tener una sencillez constante: encuentra personas y las acerca a Jesús. En el Reino de los cielos, una semilla lleva bosques dentro. Nunca sabemos hasta dónde llegará una invitación sencilla. Quizá no seas Pedro predicando ante miles en Pentecostés. Tal vez seas Andrés llevando a Pedro de la mano hasta Jesús. Y eso basta para cambiar una historia. No necesitas tocar a miles para tener una vida de enorme influencia; a veces basta con tocar a la persona que Dios utilizará para tocar a miles. En el Reino, jamás conocemos el alcance final de un acto pequeño de obediencia. Andrés fue el primer hombre llamado por Jesús a seguirle como discípulo y luego como apóstol; pero finalmente se conformó con ser segundo. Nunca estuvo en el círculo íntimo de Jesús, pero supo serle fiel. Hay gente que le gusta traerse a sí mismo únicamente. Traen sus problemas y sus demandas; traen sus quejas y sus frustraciones. Pero Andrés trajo tres cosas muy valiosas a Jesús: trajo a su hermano Pedro, el que llegaría a ser el apóstol edificador, una piedra relevante. Sin duda que Andrés era un hombre decidido. Era discípulo de Juan el Bautista y créeme, no cualquiera podía ser discípulo del extremista Juan. El hombre vestido de animal. Salió aprobado por el Bautista, la meta era llevarlos al Cordero de Dios, y Andrés fue. Llevaba más trayectoria que Pedro y aunque no pudo convencerlo de seguir a Juan, no se desanimó convenciéndolo de seguir a Jesús. Andrés era un hombre humilde. Como edificador acercó a la más célebre de las piedras. Al gran apóstol Pedro. Dispuesto a ser segundo para producir a otro. Nunca fue el hijo de Jonás, sino el hermano de Pedro. Vivió a la sombra de su hermano; no es visto como heredero de su padre ni como discípulo sobresaliente. Al traer a Pedro no se detuvo a pensar que él debía ser primero. No dijo: “para que llevo a mi hermano, él es muy impulsivo, o me pone en vergüenza o me va a hacer a un lado. Mejor crezco primero yo y cuando no me pueda desplazar lo traigo a él”. Más adelante veremos a Andrés como un apóstol de prosperidad al traer a jesús al muchacho con los cinco panes y dos peces (Juan 6:5-9). Lo que implica que era generoso, pues no se quedó con el alimento para sí, sino que lo trajo a Jesús para la multitud. No se quedó con los alimentos. No pensó: “hay muy poca comida, este alimento de cinco panes y dos peces va a ser para mi hermano Simón y para mí”. Dio algo temporal y recibió bendición eterna. Comprobó que Cristo es el pan de vida capaz de alimentar al mundo y la fuente de toda abundancia. La generosidad siempre tiene recompensa. Andrés era un hombre libre. Quedarse con la comida habría tenido que hacerlo en secreto, a escondidas. Pero su acción podía ser abierta, libre. Jesús recostó a la multitud, postura propia de hombres libres. Andrés entiende la libertad y posee una mente más abierta a la cultura mundial. La generosidad libera, la codicia ata. ¿Quieres ser libre? Da. Su acción trajo satisfacción y descanso a los demás. ¿Qué producen tus acciones? Su acción le llevó a irse con una canasta de panes, ¿qué reciben de tus obras? También podríamos decir que Andrés era un apóstol de los gentiles, ya que trajo a unos griegos que buscaban a Jesús, a verle (Juan 12:20-24). Lo que habla de Andrés como un hombre universal. El nombre de Andrés es griego; algo extraño si consideramos que su padre se llamaba Jonás y su hermano Simón; además de que eran pescadores en el mar de Galilea. No dijo: “mejor no le llevo esos griegos a Jesús; no me vayan a relacionar con ellos y me expulsen de entre los doce. Recuerdo que a la mujer sirofenicia le llamó perrillo”. Andrés fue el primero en entender la misión del Señor al mundo entero. El misterio de Dios. Cristo le dijo al traerle a los griegos: “si el grano de trigo cae y muere lleva mucho fruto”. Según la tradición eclesiástica, después de la muerte del Maestro, en tiempo de Pablo, Andrés se fue como apóstol a los griegos. Andrés era un hombre fructífero. Había sido un grano de trigo que sabía morir para que otro viviera. Se dio para producir a Pedro; y más tarde se dio para que unos griegos conocieran a Jesús. Caer, estar sólo y morir no es muy buscado por nadie, pero parecen ser los atributos naturales de Andrés. Todos buscamos estar de pie, acompañados y llenos de vida, pero Andrés nos muestra lo contrario para ser verdaderamente fructíferos. No sabes el potencial que tienes hasta que siembras la vida. ¿Quién puede saber el potencial de una semilla sin sembrarla?
— Roberto Tinoco
Juan 1:41
JUAN 1:41 «Este halló primero a su hermano Simón, y le dijo: Hemos hallado al Mesías (que traducido es, el Cristo).» Andrés acaba de pasar tiempo con Jesús y lo primero que hace es buscar a su hermano. La palabra que se repite es εὑρίσκω (heurískō), «hallar, encontrar, descubrir». «Hemos hallado al Mesías». No suena a teoría recién aprendida, sino a la emoción de alguien que encontró lo que llevaba mucho tiempo buscando y esperando. Μεσσίας (Messías) viene del arameo y el anciano Juan mismo lo traduce al griego como Χριστός (Christós), «Ungido». Israel había esperado durante siglos al Rey prometido, y Andrés está convencido de haberlo encontrado. Andrés acaba de conocer a Jesús y ya está liusto para traer a otros a Él. Detrás de aquella frase está toda la esperanza del Antiguo Testamento: el descendiente prometido a David, el Rey del Salmo 2, el Siervo anunciado por Isaías. Andrés todavía no entiende todo lo que significa que Jesús sea el Cristo. De hecho, ninguno de los discípulos lo comprende completamente al principio. Pero sabe suficiente para ir por alguien a quien ama. Quien se maravilla de Jesús no necesita que le recuerden hablar de Jesús. Después de seguir al Señor, Andrés convencido del hallazgo mesiánico, fue por su hermano Simón. Hombre dedicado como él a la pesca, pero con un carácter mucho más férreo. Andrés debió hablarle de una manera muy apasionada de las virtudes del Señor, pues logró impresionar a Pedro. Tanto, que muchos años después Pedro escribiría que fuimos llamados a anunciar las virtudes de Cristo (1 Pedro 2:9). El evangelismo nace de manera mucho más natural cuando primero recuperamos el asombro. Andrés no comparte una obligación; comparte un descubrimiento. Cuando algo realmente nos alegra, terminamos hablando de ello. Quizá antes de pedirnos que hablemos más de Jesús, necesitamos pedirle a Dios que vuelva a encender en nosotros la alegría de haberlo encontrado. Un corazón maravillado casi siempre termina buscando a alguien para decirle: «Tienes que conocerlo».
— Roberto Tinoco
Juan 1:42
JUAN 1:42 «Y le trajo a Jesús. Y mirándole Jesús, dijo: Tú eres Simón, hijo de Jonás; tú serás llamado Cefas (que quiere decir, Pedro).» Andrés hace algo muy sencillo: «le trajo a Jesús». Después Jesús mira a Simón. El verbo es ἐμβλέψας (emblépsas), de emblépō: mirar atentamente, fijar la mirada. No parece una mirada casual. Jesús mira a Simón y ve más que el pescador impulsivo que tiene delante. Ve también aquello que la gracia hará con él. Jesús ve la piedra porque unos versículos adelante hablará de la Casa de Dios, Betel. Habiéndonos creado de nuevo y mostrado la gloria del Padre; así como redimirnos para llevarnos al Padre, el Hijo del Hombre se dedicó a satisfacer al padre edificando su casa. Casa en la cual Dios disfrutará la Vida eterna con sus hijos. Esto es revelado cuando vemos al final del capítulo que van siendo añadidos discípulos, entre ellos, Pedro, la piedra. Luego Natanael es llamado por el Señor «un verdadero israelita en quien no hay engaño», con esto hace referencia al primer israelita, Jacob, en quien sí había engaño. Jacob soñó con la Casa de Dios y Cristo esta hablando del lugar donde Él moraba. Jacob despertó de su sueño y ungió la piedra que usó de cabecera. Cristo es el que unge, el que bautiza con el Espíritu Santo a creyentes como Pedro, la piedra para la edificación de la Casa espiritual de Dios. Dijo a Natanael que vería el cielo abierto y a los ángeles que subían y descendían sobre el Hijo del Hombre: Y le dijo: De cierto, de cierto os digo: De aquí adelante veréis el cielo abierto, y a los ángeles de Dios que suben y descienden sobre el Hijo del Hombre. (1:51); tal como soñó Jacob la Casa de Dios, con una escalera que llegaba al cielo donde estaba Dios. Cristo es esa escalera, su Vida nos trajo a Dios y nos lleva a Dios. Por eso es que el Señor cambia el nombre de Simón a Pedro. «Tú eres Simón… tú serás llamado Cefas», palabra aramea que Juan traduce como Πέτρος (Pétros), Pedro, «piedra». En la Biblia, los cambios de nombre suelen acompañar momentos de propósito: Abram se convierte en Abraham; Jacob, en Israel. Ahora Jesús mira a un hombre que todavía cometerá errores, hablará antes de pensar e incluso lo negará, y comienza a hablarle desde lo que llegará a ser. Sin saberlo Andrés estaba acercando piedras para edificar la Casa de Dios, la puerta del cielo. El más enigmático de los doce; el hombre de doble personalidad. Hoy le llamaríamos bipolar, pero en realidad era honesto, genuino. Luchaba consigo mismo como ningún otro y finalmente el hombre de Dios prevaleció. Desde el principio Jesús le cambió el nombre, pues vio que en el discípulo se encontraba un héroe y un villano, un hombre espiritual y un ser de carne; así que trabajó en su vida para hacer prevalecer al hombre de Dios. Alentó a Pedro sin olvidar a Simón. Tengo que volver a decirlo: ¿no es su historia la historia de todos? Sin duda que sí. Unas veces más Simón y en otras, Pedro, pero así es. El bien y el mal en nosotros; el cielo y el infierno; la luz y las tinieblas; un ángel y un demonio. No me jacto, lo lloro. Dios puede tocar a otro para llegar a ti. Tocar a Andrés para alcanzar a Pedro, como vimos en el versículo 40. Dios realmente quiere salvarte, ha venido tocando vidas desde el principio para llegar a ti. Pedro jamás habría seguido al Bautista, pero Andrés sí y esto serviría de puente para atraer a Simón hacia Jesús. Andrés trajo a su hermano Simón a Jesús. Este acto habría de cambiar la vida del hombre promedio y común Simón, en el poderoso apóstol Pedro, a quien mil millones de católicos confunden con la Roca, y que cientos de millones de cristianos tomamos ejemplo como el hombre de piedra. ¿Qué habría sucedido si Simón no se queda con Jesús? Si analizas su vida, varias veces se regresó a pescar, pero siempre volvió a Jesús. ¿Y si no hubiera regresado? Jamás habría llegado a ser Pedro y hoy nadie sabría de él. Seguramente hay otro Simón del que nada sabemos. Leemos: “mirándole Jesús”; Jesús te ve como nadie más. Simón le acompañó a conocer al recién descubierto Mesías. Seguramente su ojo exigente tenía expectativas muy altas para el Mesías que debería llenar si habría de seguirle. ¡Qué lejos estaba de saber que sería él y no Jesús quien estaría en escrutinio! El Señor Jesús lo vio como el que examina un diamante. Como un entrenador que haya un prodigio. Como un doctor que examina a un recién nacido. Jesús vio que Simón podría ser hecho el hombre de Piedra. Nadie te ha visto como Jesús. La mayoría de la gente te ha visto limitado y algunos se atrevieron a decírtelo. Tu familia para protegerte, los amigos por menosprecio y los enemigos por envidia, todos te pusieron un límite. Pero no Jesús. Por eso te tienes que quedar con Jesús. Sólo Jesús hará de ti una persona espectacular. Por eso le cambió el nombre, porque le cambiaría el corazón y la vida entera. Simón (Shimon) era el nombre original de Pedro. El nombre Simón era muy común, tan solo en los evangelios son mencionadas siete personas con dicho nombre. Uno de los medios hermanos de Jesús se llamaba así; de los doce, dos eran Simón. Es un derivado de yeshimon, cuyo significado es «desolación, desierto, solitario». Como refiriéndose a una vara solitaria en el desierto. Vida muy común. Así era Simón, tenía amigos y trabajaba con otros pescadores, pero su ser correspondía al de una vara arrastrada por el viento solano. Era inconstante, pasional, inestable. Un solitario con madera de líder; impaciente que llegaría a ser gran discipulador; un hombre frágil de apariencia ruda. En cuanto Jesús lo vio selló su destino: -tú serás llamado Cefas (que quiere decir, Pedro). Por demás significativo, ya que Cefas en Arameo y Pedro en griego, significan piedra. Ahora Simón sabía a dónde iba y lo que llegaría a ser. ¿Sabes tú dónde estás y a dónde vas? ¿Quién eres y quién serás? Nuestro error es pensar que lo que somos es lo que siempre seremos. En cierto modo, todos somos un Simón a quien Dios desea trasformar en Pedro; frágiles varas golpeadas por las circunstancias en menor o mayor grado, a quienes el Alfarero Divino anhela convertir en piedras vivas, preciosas y útiles en su reino. ¿No es un alivio saber que no siempre seremos frágiles? Roca no medano. Esta experiencia fue tan importante en el corazón del pescador, que en su madurez ministerial habría de escribir como un consumado apóstol: Acercándoos a Él, piedra viva, desechada ciertamente por los hombres, mas para Dios escogida y preciosa, vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo (1 Pedro 2:4-5). A partir de ese momento Simón habría de luchar entre dos personalidades a fin de definir quién prevalecería: o sería Simón, o viviría como Pedro. La decisión estaba entre ser un individuo frágil, solitario y llevado por las circunstancias de aquí para allá, o convertirse en una piedra de suma importancia en el edificio de la Casa de Dios. Y también, a partir de hoy, tú también eres retado a tomar una decisión sobre el Simón y el Pedro que están en ti: ¿quién prevalecerá? No esperes una lucha fácil ni rápida. Esto te llevará la vida entera. ¿Quién prevalecerá: Simón o Pedro? Simón es terrenal, Pedro es celestial. La Palabra dice: Simón, a quien también llamó Pedro (Lucas 6:14), lo que significa que Jesús no remplazó el nombre de Simón, sino que a veces lo llamaba Simón y otras Pedro. Lo nombraba Simón en lo terrenal y Pedro en lo celestial. El hombre con pies llenos de polvo, pero con potencial para habitar el cielo. Cada vez que se hablaba de lo terrenal, Jesús le llamaba Simón: - Si hacía referencia a la morada terrenal del discípulo, decía la casa de Simón (Marcos 1:29). - Si la familia en este mundo del apóstol era el tema, se habrá de decir algo como la suegra de Simón (Marcos 1:30). - Como pescador, su oficio en este mundo: una de aquellas barcas, la cual era de Simón (Lucas 5:3). - Incluso de las amistades y socios del hombre serían llamadas, Jacobo y Juan, hijos de Zebedeo, eran compañeros de Simón (Lucas 5:10). - ¿Y qué decir del pago de impuestos y tributos, un asunto de este mundo?; el Señor preguntó: ¿Qué te parece Simón? ¿Lo reyes de quién cobran los tributos o los impuestos? (Mateo 17:25). - O cuando la Palabra ha de mostrar el lado flaco del apóstol, sus derrotas y debilidades, también lo llama Simón: respondiendo Simón, le dijo: toda la noche hemos estado trabajando, y no hemos pescado nada (Lucas 5:5). Viendo esto Simón Pedro cayó de rodillas y dijo: apártate de mí, Señor, que soy hombre pecador (Lucas 5:8). - Es Simón y no Pedro, quien es pedido por el diablo para ser probado: Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo (Lucas 22:31). - Y en el huerto de Getsemaní, cuando la tristeza y la debilidad vencen al cansado discípulo, nuevamente es llamado por el nombre de Simón: «Simón, ¿duermes? ¿No has podido velar una hora? (Mar. 14:37). Mira como el Señor se refirió a Pedro como Simón, hijo de Jonás. Es decir, que tenía la naturaleza de su padre Jonás, naturaleza humana caída. Simón es carnal. Simón anda como hombre, terrenal, y no como celestial. ¿Quién prevalecerá: Simón o Pedro? Simón es el hombre con el que nos identificamos en los momentos de vergüenza, cuando la fuerza nos abandona y confundidos, hacemos lo que no queremos sólo para meternos en problemas. Por otro lado, era frecuente que el Señor se refiriera a su discípulo como Pedro cuando se relacionaba al reino de los cielos. En esos momentos era la piedra con la que edificaba la Casa de Dios. ¿Te imaginas lo que Simón sentía cada vez que escuchaba al Maestro llamarle Simón y no Pedro? ¡Seguro se asustaba esperando la reprensión! ¿Habrá llorado pidiendo no ser más Simón y convertirse de una vez por todas en Pedro? Seguramente sí. ¿Te has sentido en la misma condición? ¿Has rogado no ser más Simón? ¿Quisieras no descender más de Pedro? Siendo que el Señor fue paciente con Pedro, también lo será contigo. Permanece.
— Roberto Tinoco
Juan 1:43
JUAN 1:43 «El siguiente día quiso Jesús ir a Galilea, y halló a Felipe, y le dijo: Sígueme.» Hasta ahora hemos visto discípulos llegando a Jesús por medio del testimonio de otros. Aquí la iniciativa cambia: Jesús encuentra a Felipe. Otra vez aparece heurískō, encontrar. Antes de que Felipe pueda decir que encontró a Cristo, el relato deja claro que Cristo lo encontró a él. Jesús no nos llama para caminar detrás de nuestros planes pidiendo su bendición; nos llama a caminar detrás de Él. Después viene una palabra que puede contener toda una vida: ἀκολούθει (akoloúthei), «sígueme». No significa solamente creer determinadas cosas acerca de Jesús. Significa ponerse detrás de Él, caminar por donde Él camina y permitir que sea Él quien marque la dirección. En los Evangelios, «sígueme» será una de las invitaciones más sencillas y más exigentes de Cristo. No necesitamos que Cristo bendiga nuestra dirección; lo que necesitamos es cambiar de dirección para seguir a Cristo. Bastó un simple “sígueme” para que Felipe dejara todo por Cristo. Hoy te llama a ti diciendo: “sígueme”. Quizá no a ser un apóstol o ministro de tiempo completo, pero sí a vivir completamente para Él. Sígueme trayendo a tu hermano o a tu amigo. Reducimos la vida cristiana al preguntarnos: «Señor, ¿vas conmigo?». Y claro que queremos su Presencia. Pero hay otra pregunta que quizá sea todavía más importante: «¿Estoy yo yendo contigo?». No necesitamos pedirle a Jesús que bendiga el camino que escogimos; necesitamos detenernos y descubrir por dónde está caminando Él. Ser discípulo significa renunciar al derecho de ir siempre delante. FELIPE. ¿Conoces a uno de esos «no se puede»? Esas personas suelen estar en todas partes. No hay obra humana que no haya contado con un «no se puede». Un individuo que, si van a jugar fútbol, sale con un «va a llover»; si de trabajo se trata, responde: «No se puede para esta semana» o «Eso no tiene arreglo». Lo invitas a tu boda y te advierte de las estadísticas de divorcio. En resumen, lo llevas a la iglesia y se pone del lado del diablo. Está más pendiente de las catástrofes del mundo, el hambre, la guerra y el pecado que de la obra de Dios. Es un excelente promotor del infierno; se la pasa diciendo que todos van para allá. ¿Conoces un «no se puede»? Entre los doce también hubo uno. Se llamaba Felipe. Vimos un pesimismo semejante en Tomás, pero Felipe tenía su propio estilo. Lo más probable es que fuera un helenista, un judío que nació o vino de las regiones griegas, o cuya familia era helenista, debido a su nombre griego y a la ausencia, al menos escritural, de un nombre judío. Felipe significa «amante de los caballos». ¿A quién se le habrá ocurrido semejante nombre y cuál sería la causa? Era de la misma ciudad de Simón Pedro y Andrés, así como de Natanael y Tomás. Con esto entendemos que el Señor escogió como sus discípulos a un grupo de amigos que ya se llevaban bien. ¡Seguro que con esto se ahorró unos diez años de discipulado! La lista de discípulos está elaborada en tres grupos de cuatro apóstoles cada uno, siendo el primero de cada lista una especie de líder de los cuatro de su grupo. Así entendemos que Felipe era el principal del segundo grupo de cuatro. Hay que distinguir a Felipe el apóstol de Felipe el diácono y evangelista mencionado en Hechos. “El siguiente día quiso Jesús ir a Galilea, y halló a Felipe, y le dijo: Sígueme. Y Felipe era de Betsaida, la ciudad de Andrés y Pedro. Felipe halló a Natanael, y le dijo: Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la ley, así como los profetas: a Jesús, el hijo de José, de Nazaret” (Juan 1:43-45). Jesús halló a Felipe. Probablemente Felipe pensaba que él había hallado a Jesús, pero fue el Señor quien lo halló a él. Ninguno puede venir a Cristo si el Padre que le envió no lo trajera. Nota que Cristo quiso ir a Galilea, donde halló a Felipe. Es como si ya supiera lo que iba a buscar y fuera por él. ¿Acaso crees que tienes que convencer a Dios de intervenir en tu vida? Te equivocas. Antes de que existieras, ya te amaba. Me pregunto si Felipe no pensaba, con lo pesimista que era, que si hallaba a Dios, lo castigaría por hallarlo. Un simple «Sígueme» fue suficiente. Vamos a ver más adelante el pesimismo de Felipe, pero de momento reaccionó con prontitud. Una cosa que he encontrado de los pesimistas es que al inicio fueron optimistas. Es como si se hubieran desilusionado y se transformaran en críticos de todo. Cuando te sorprendas a ti mismo criticando a los demás o haciendo comentarios pesimistas, pregúntate: ¿qué fue lo que te rompió el corazón? ¿Un mal empleo te hizo sindicalista? ¿Un mal amor te hizo decir que todos en el género opuesto son iguales? ¿Un fraude te hizo pensar que nada sirve? ¿Todos los mecánicos son iguales? ¿Todos los doctores? ¿Todos los abogados? ¿Todos los constructores? ¿No será que eres tú quien se rompió? Después de ser hallado por Cristo, lo primero que vemos hacer a Felipe es hallar a su amigo Natanael. Es clásico de los salvos que salven a otros; y es propio de asesinos pensar solo en sí mismos. Felipe fue por Natanael y lo invitó a conocer a Cristo mediante las Escrituras. Esto demuestra que Felipe y Natanael estudiaban las Escrituras. No puedes estudiar la Biblia buscando sinceramente la voluntad de Dios por mucho tiempo sin hallarla. Dios se deja hallar, por decirlo así, de quienes le buscan de verdad. Si hasta los pesimistas leen la Biblia y predican el evangelio, ¿dónde estarán los que no lo hacen? Pero si vemos un poco más atentamente, comprenderemos los verdaderos motivos de Felipe al hallar a Natanael. Necesita confirmación. Felipe era de esas personas que no se animan hasta que otros se animan. Más tarde veremos que unos griegos buscaron a Felipe para que los llevara a Jesús, pero Felipe fue con Andrés para asegurarse si debía o no llevarlos a Jesús. Felipe era como esos niños que juegan respondiendo sí o no, corriendo de un lado a otro, pero que solo corren con la mayoría, sin importar de qué respuesta se trate. Son los que asistirán a la iglesia si van con otros; los que servirán a sus hermanos si sus amigos también sirven. Los carentes de voluntad o, dicho de otro modo, los de voluntad democrática. Y esta característica de Felipe vuelve a aparecer con enorme claridad cuando Jesús se encuentra frente a una multitud hambrienta: “Cuando alzó Jesús los ojos, y vio que había venido a él gran multitud, dijo a Felipe: ¿De dónde compraremos pan para que coman éstos? Pero esto decía para probarle; porque él sabía lo que había de hacer. Felipe le respondió: Doscientos denarios de pan no bastarían para que cada uno de ellos tomase un poco” (Juan 6:5-7). Las multitudes seguían al Maestro y llegó el punto en el que las necesidades también crecieron. A veces pienso que nos complicamos la vida creciendo. En este pasaje en especial, siempre me ha llamado la atención que el Señor le preguntara a Felipe de dónde comprarían pan para ellos. Es como si el encargado de la logística de sus actividades fuera Felipe. Entre los doce había un tesorero, pero también un encargado de logística. Judas llevaba el dinero, pero parece ser Felipe el encargado de preparar las cosas. Seguramente durante el día, mientras las personas seguían viniendo, Felipe se dedicó a hacer cuentas: «Si dividimos un pan entre cuatro personas y multiplicamos esto por los miles que están aquí, no será suficiente lo que tenemos para darles de comer. ¡Solo tenemos doscientos denarios!». Eso era menos de veinte mil pesos. ¡Ellos necesitaban más de doscientos mil pesos! ¡Y eso sin contar dónde podrían conseguir tanto pan a esas horas de la tarde! Así que pudo responder porque ya tenía la cuenta: «No tenemos ni para darles un poco a cada uno». Felipe es «el no se puede». El hombre límite. El que tiene las cuentas y las cantidades. El que sabe por qué es imposible. Reflexiona: tienes lo que tienes y vives como vives porque tú has puesto tus propios límites. En algún momento dijiste: «Hasta aquí es posible». Pero la Palabra dice que Jesús preguntó a Felipe para probarle, porque ya sabía lo que iba a hacer. Cada vez que Dios te pone en una situación imposible, lo hace porque ya sabe lo que va a hacer, pero tú no lo sabes. Así que debe probarte para que sepas lo que Él es capaz de hacer en tu vida y por medio de ti. Tampoco digas: «Él puede, pero yo no puedo», pues la prueba tiene por objeto que sepas lo que puedes hacer en Él. Nota que cierta vez que también multiplicó el pan, les dijo: “Dadles vosotros de comer”. El milagro pasará por medio de tus manos. Tiempo después aparece nuevamente Felipe, pero ahora como una especie de guardia del protocolo: “Había ciertos griegos entre los que habían subido a adorar en la fiesta. Estos, pues, se acercaron a Felipe, que era de Betsaida de Galilea, y le rogaron, diciendo: Señor, quisiéramos ver a Jesús. Felipe fue y se lo dijo a Andrés; entonces Andrés y Felipe se lo dijeron a Jesús” (Juan 12:20-22). La fama de Jesús salió de Judea y se extendió también entre los gentiles. Esto provocó que algunos fueran a buscarlo. Cuando los griegos en cuestión llegaron y buscaron la manera de tener una cita con Cristo, se acercaron a Felipe. Él era el único de nombre griego, así que supusieron que los entendería mejor y los ayudaría sin prejuicios. Pero vemos que Felipe no los lleva directamente a Cristo. Probablemente suponía que, habiendo dicho el Maestro que venía a las ovejas perdidas de la casa de Israel, no los recibiría. Sin embargo, podía tener la duda, pues también lo había escuchado decir que los gentiles iban delante de los judíos al reino a causa del rechazo judío. Así que estaba dudoso y, de acuerdo con su personalidad, necesitaba a otro para reafirmar su decisión y poder actuar. Es el «no voy solo». Habló con Andrés y solicitó su apoyo. Entre ambos llevaron a los griegos a Jesús. He visto cómo algunos se llenan de dudas e incertidumbres por no atreverse a ir personalmente y preguntar. Cuidan la forma y no el fondo. Se preocupan tanto por no ir a quedar mal que siempre quedan mal. Son inseguros y suponen que no han alcanzado el éxito porque no los han ayudado ni les han dado la oportunidad. Te daré esta Palabra: hay algunas cosas para las cuales nadie irá contigo. Mira la Biblia. Las grandes hazañas suelen ser individuales, a solas. Un acto valiente personal. Pero todavía quedaba algo más profundo en Felipe. No solamente era el hombre que encontraba las limitantes o el que necesitaba que alguien fuera con él. También era un hombre al que le costaba creer. “Felipe le dijo: Señor, muéstranos el Padre, y nos basta. Jesús le dijo: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos el Padre? ¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí? Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras” (Juan 14:8-10). Ya a punto de terminar el ministerio en los días de su carne, el Señor Jesucristo juntó a sus discípulos en el aposento alto para celebrar la cena del Señor y luego despedirse de ellos. Entre sus últimas palabras, les habló de que les había preparado moradas celestiales, además de que, después de irse, les enviaría al Consolador, al Espíritu Santo, para que morara en ellos para siempre. Les habló de promesas celestiales y eternas, asegurándoles su reunión posterior con Él y con el Padre. En medio de un tiempo tan solemne e íntimo, Felipe abrió la boca con un desatino que hasta Pedro, el campeón de las importunidades, debió sentir ganas de cortarle una oreja: “Señor, muéstranos el Padre, y nos basta”. La reacción de Jesús fue de molesto asombro. ¡Felipe había estado con Él por tres años y no había entendido que había estado morando con Dios! ¿Qué creía que había estado haciendo Jesús todo ese tiempo? ¡Solo había mostrado la gloria del Padre en el Unigénito Hijo! Felipe fue como estudiar inglés en la secundaria: ¡tres años para decir “pencil”! Felipe no lo entendió porque tampoco lo creía. Sabemos que fue un acto de incredulidad porque el Señor le dijo: “¿No crees que Yo Soy en el Padre y el Padre en mí?”. Supongo que Felipe es uno de los que no creían cuando Jesús se manifestó resucitado ante ellos: “Y cuando le vieron, le adoraron, pero algunos dudaban” (Mateo 28:17). Seguramente otros eran Tomás y Andrés. Todo lo reflexionaba, lo medía, lo contaba y lo cuestionaba. Era el maestro del «no se puede» y el líder de la desconfianza. Creer no se da con los años, sino con la voluntad. “¿Tanto tiempo hace…?” No te convences para creer, sino que decides confiar. La mayoría de los milagros no realizados son resultado de las razones reflexionadas de su imposibilidad. Con todo, Dios transformó a Felipe e hizo de él un poderoso apóstol. Se dice que vivió sus últimos años en Hierápolis, fundando iglesias entre los griegos, haciendo milagros y salvando muchas almas.
— Roberto Tinoco
Juan 1:44
JUAN 1:44 «Y Felipe era de Betsaida, la ciudad de Andrés y Pedro.» Juan se detiene para mencionar un detalle aparentemente pequeño: Felipe era de Βηθσαϊδά (Bēthsaïdá), Betsaida, la misma ciudad de Andrés y Pedro. Era una población de Galilea relacionada especialmente con la pesca. No era Roma, Atenas ni Jerusalén. Jesús está comenzando a reunir a quienes transformarán el mundo y los está sacando de lugares bastante ordinarios. Dios tiene la costumbre de esconder comienzos enormes dentro de lugares pequeños. Ésta es una constante en la historia bíblica. David estaba cuidando ovejas cuando Dios lo llamó; Amós trabajaba entre ganado, higos y sicómoros; los primeros discípulos procedían, en buena medida, del mundo cotidiano de Galilea. Pablo explicará más tarde que Dios escogió «lo débil del mundo para avergonzar a lo fuerte» (1 Corintios 1:27). El Reino tiene una extraña capacidad para comenzar en lugares que casi nadie considera importantes. Cuando Dios escribe una historia, el tamaño del lugar donde comienza no determina el tamaño de aquello que puede terminar haciendo...hablo de ti. Tal vez alguna vez hayas pensado que tu origen te limita. La familia de la que vienes, la ciudad donde naciste, la educación que recibiste o las oportunidades que no tuviste. Dios no necesita un comienzo impresionante para escribir una historia significativa. Betsaida parecía pequeña, pero Jesús sabía dónde encontrar discípulos. Nunca desprecies el lugar del que Dios te sacó.
— Roberto Tinoco
Juan 1:45
JUAN 1:45 «Felipe halló a Natanael, y le dijo: Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la ley, así como los profetas: a Jesús, el hijo de José, de Nazaret.» La palabra “hallar” se repite varias veces en este pasaje; la Escritura dice que Felipe “halló” a Natanael y también que le invitó a conocer al Señor diciendo que habían “hallado” a aquel de quien habla la Biblia. Ahora Felipe hace con Natanael lo mismo que Andrés hizo con Pedro. Quien ha sido encontrado comienza a buscar a otro. Felipe declara que han encontrado a aquel de quien escribió Moisés y también los profetas, προφῆται (prophêtai). Para él, Jesús no apareció desconectado de la historia bíblica. Las promesas, figuras y esperanzas de las Escrituras estaban convergiendo en una Persona. La Biblia tiene muchas páginas, pero una sola gran historia; y todos sus caminos terminan encontrándose en Cristo. Felipe habló de Cristo por medio de las Escrituras porque conocía a Natanael y sabía que un hombre de verdad conoce a Cristo por la Palabra de Dios. No trató de ganarlo para el reino prometiéndole una vida mejor o que Dios solucionaría sus problemas, ni siquiera le dio un plan de salvación ni disertó sobre las cuatro leyes espirituales. No, Felipe sabía que a un hombre de verdad se le atrapa con las virtudes de Cristo mediante la Palabra. ¿Estudiarían juntos Felipe y Natanael las Escrituras? Es lo más probable, pues estaban familiarizados con las profecías concernientes al Mesías. Vemos la obra del Espíritu Santo que ya de tiempo hacía en sus corazones enamorándolos de Cristo. Jesús mismo dirá más adelante: «de mí escribió él», hablando de Moisés (Juan 5:46). Después de resucitar, explicará a los discípulos de Emaús lo que las Escrituras decían acerca de Él, «comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas» (Lucas 24:27). La Biblia no es una colección desordenada de historias religiosas. Hay un hilo que la atraviesa, y ese hilo termina llevándonos a Cristo. Si conocemos el mapa bíblico entero pero nunca llegamos a Cristo, aprendimos los caminos y perdimos el destino. Esto cambia también nuestra manera de leerla. No abrimos la Escritura solamente para encontrar consejos para tener un mejor día. La abrimos para encontrarnos con Jesús. Hay mandamientos que obedecer, promesas que abrazar, advertencias que escuchar y sabiduría que aprender, pero detrás de todo está una historia mucho más grande. Si terminamos sabiendo mucha Biblia pero viendo poco a Cristo, todavía nos falta descubrir su corazón. NATANAEL. El hombre verdadero. Uno de los versículos más citados de la Biblia, especialmente por los hombres, es: “Mujer virtuosa, ¿quién la hallará?” (Proverbios 31:10). Pero pocos saben que también viene su contraparte diciendo: “Muchos hombres proclaman cada uno su propia bondad, pero hombre de verdad, ¿quién lo hallará?” (Proverbios 20:6). El discípulo Natanael es uno de ellos. Los doce parecían una banda de rufianes en cuanto a su carácter e intenciones, pero Cristo también escogió a un buen hombre, uno genuino, verdadero. Si no discrimina al pecador por su pecado, menos aún habría de discriminar al justo por su justicia, humanamente hablando. Felipe, otro de los doce, fue quien trajo a Natanael al Maestro. Eran buenos amigos, ya que siempre se les menciona juntos en las listas de los apóstoles. La mayoría de la información que tenemos de Natanael aparece en el primer capítulo del Evangelio según Juan. En la lista de los doce se le nombraba Bartolomé, que significa “hijo de Tolmai” o “hijo que detiene las aguas”; pero su nombre real, Natanael, significa “Dios ha dado”. Natanael era de Caná de Galilea, lugar donde el Señor transformó el agua en vino en una boda. Y si algo comenzamos a descubrir en este hombre es que un hombre verdadero que ama la Escritura. “Felipe halló a Natanael, y le dijo: Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la ley, así como los profetas: a Jesús, el hijo de José, de Nazaret” (Juan 1:45). Un hombre de verdad es un buscador de Dios, aunque aquí surge una pregunta: ¿quién halla a quién? La palabra “hallar” se repite varias veces en estos pasajes. La Escritura dice que Felipe halló a Natanael y también que lo invitó a conocer al Señor diciendo que habían hallado a aquel de quien habla la Biblia. Más tarde, el Señor habrá de decirle que Él ya lo había visto debajo de la higuera. No lo escogimos nosotros a Él, sino que Él nos escogió a nosotros. Ellos leyeron la Biblia buscando al Mesías, pero en realidad era la Palabra, el Verbo de Dios, quien los buscó y los halló. Te explico: “La fe es por el oír y el oír por la Palabra de Dios” (Romanos 10:17). No dice que la fe es por el oír la Palabra de Dios, sino que la Palabra de Dios nos abre los oídos para poder oír y así tener fe. Dios habló la Palabra y la Palabra te ha buscado hasta encontrarte; por eso te trajo hoy aquí, para darte capacidad de oír y de creerle a Dios. Un hombre de verdad conoce a Dios por medio de su Palabra. La Palabra testifica de Cristo. Natanael conocía las Escrituras. Si así no fuera, Felipe no habría usado la Biblia para convencer a Natanael de venir a conocer al Maestro. No le habló de física cuántica, sino de las promesas bíblicas. Ambos estaban familiarizados con lo que las Escrituras decían, tanto Moisés, la Torá, como los profetas. Toda la Biblia habla de Cristo. Jesús dijo que Abraham vio su día y se gozó (Juan 8:56). También dijo que Isaías vio su gloria y habló acerca de Él (Juan 12:41), y que si creyeran a Moisés le creerían a Él, porque de Él escribió Moisés (Juan 5:46). Fue enfático: “Escudriñad las Escrituras, porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí” (Juan 5:39). ¿Recuerdas la conversación del Señor resucitado con dos de sus discípulos camino a Emaús? ¡Les abría las Escrituras mostrándoles lo que de Él decían! (Lucas 24:27). De hecho, desde el primer día que inició su ministerio en la sinagoga de Nazaret, les leyó al profeta Isaías y les dijo que ese día estaba cumpliéndose dicha Escritura (Luc. 4:21). Felipe habló de Cristo por medio de las Escrituras porque conocía a Natanael y sabía que un hombre de verdad conoce a Cristo por la Palabra de Dios. No trató de ganarlo para el reino prometiéndole una vida mejor o que Dios solucionaría sus problemas. Ni siquiera le dio un plan de salvación ni disertó sobre las cuatro leyes espirituales. No. Felipe sabía que a un hombre de verdad se le atrapa con la Palabra de verdad. ¿Estudiarían juntos Felipe y Natanael las Escrituras? Es lo más probable, pues estaban familiarizados con las profecías concernientes al Mesías. Vemos la obra del Espíritu Santo que ya desde tiempo atrás obraba en sus corazones, abriéndoles la expectativa hacia el reino de Dios. Pero un hombre de verdad puede ser imperfecto y, aun así, ser enseñable. Cuando Felipe mencionó a Natanael que Jesús era de Nazaret, Natanael objetó que de Nazaret pudiera salir algo bueno. No mencionó nada sobre las citas bíblicas que relacionaban al Señor con Belén, con Jerusalén o con el monte Sion. Solo expresó su prejuicio sobre la aldea al lado de la suya. Nazaret era una pequeña aldea vecina de Caná, la ciudad de Natanael, así que Natanael la conocía muy bien, además de que seguramente tenían sus rivalidades. Natanael tenía prejuicios acerca de la aldea de Jesús. Hay ocasiones cuando los prejuicios pueden estorbar las doctrinas. Cuando esto sucede, los hombres inventan dogmas para justificar lo que no pueden demostrar con las Escrituras y llegan a creerlos hasta el absurdo. El gran problema del prejuicio es el menosprecio: creerse superior y etiquetar como inferior e indigno al otro. El prejuicioso se enceguece de modo que se incapacita para ver la verdad. No hay forma de convencerlo ni de mostrarle la verdad. Decidió no ver, ni oír, ni creer. Con todo, a pesar del prejuicio de Natanael, era un hombre enseñable. Lo vemos en que Felipe no tiene que darle pruebas de la bondad de Jesús ni de la oportunidad de Nazaret. Simplemente le dice: “Ven y ve”. Algo así como: “Convéncete por ti mismo”. Pero hay algo más que caracteriza a un hombre verdadero: no tiene engaño. “Cuando Jesús vio a Natanael que se le acercaba, dijo de él: He aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño. Le dijo Natanael: ¿De dónde me conoces? Respondió Jesús y le dijo: Antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi” (Juan 1:47-48). Podemos pensar muchas cosas de Natanael, pero lo verdaderamente importante es lo que Dios piensa de él. Cuando lo vió acercarse, el Maestro, que conocía lo que había en el corazón de todos sin necesidad de que otros le dijeran (Juan 2:25), dijo de Natanael que era un verdadero israelita. ¡Wow! ¡Qué frase! Estoy seguro de que ni siquiera Natanael pensaba eso de sí mismo. Probablemente seas lo que dijeron que eras; pero a partir de ahora serás lo que la Palabra de Dios dice que eres. Hay dos cosas, por lo menos, que destacar aquí. La primera es que no todos los israelitas son auténticos. La segunda, que Natanael cumplía el símbolo bíblico. Respecto a la primera, la Palabra pone en claro que “no es judío el que lo es exteriormente, ni es la circuncisión la que se hace exteriormente en la carne; sino que es judío el que lo es en lo interior, y la circuncisión es la del corazón, en espíritu, no en letra; la alabanza del cual no viene de los hombres, sino de Dios” (Romanos 2:28-29). Más tarde, el Señor habría de recriminar a los judíos que trataban de matarlo que no eran hijos de Abraham, sino del diablo, a pesar de su raza, debido a sus deseos homicidas (lee Juan 8:39-40, 44). Y acerca de la segunda cosa a destacar, Natanael, fiel conocedor de las Escrituras, comprendió la palabra de Cristo. En el Génesis se menciona al primero al que se le llamó Israel. Fue Jacob, hijo de Isaac, quien fue engañado y engañador toda la vida hasta que Dios lo transformó. Si Dios pactó con el israelita engañador, mucho más lo haría ahora con el israelita genuino. Seguramente los judíos tenían a Jacob en una alta estima. Era uno de sus patriarcas y Dios se llamaba a sí mismo Dios de Jacob, pero las palabras de Cristo estaban ubicando a Natanael por encima del primer Israel. ¡Maravilloso! Natanael preguntó al Señor de dónde lo conocía. Era evidente que estaba muy sorprendido con sus palabras. El Maestro le dijo que lo vio cuando estaba debajo de la higuera. Es claro que el Señor no estaba refiriéndose a que alguna vez lo vio físicamente bajo una higuera, pues si así hubiera sido, ¿qué conocimiento le daría esto de su carácter? El Maestro estaba hablando en parábolas sobre la nación de Israel, a quien se le conocía como una higuera. ¿Recuerdas cuando salió de Jerusalén molesto y al día siguiente maldijo la higuera, por lo cual se secó? Como higuera, Israel no era una cobertura agradable para un hombre de verdad. ¡Qué incómodo se sentiría Natanael, celoso de las Escrituras, ante la maldad e hipocresía de los israelitas! Pero la mirada del Señor lo conoció como un hombre genuino entre los falsos y como verdadero entre los hipócritas. Es decir, vio que no pudieron corromperlo ni amargarlo. Siguió siendo auténtico hijo de Dios. Y todavía encontramos otra característica en Natanael: un hombre verdadero tiene fe. “Respondió Natanael y le dijo: Rabí, tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel. Respondió Jesús y le dijo: ¿Porque te dije: Te vi debajo de la higuera, crees? Cosas mayores que estas verás” (Juan 1:49-50). Me sorprende la facilidad con la que Natanael creyó. Incluso al Maestro le sorprendió también. Esto habla de su corazón bueno y limpio, así como de su conocimiento de las Escrituras, además de su búsqueda sincera de la verdad, que de seguro ya llevaba tiempo. Como los niños que no tienen problemas para creer porque son limpios. Entre más sucio el corazón, más difícil es obtener su confianza. Hay gente que se pasa años sin llegar a estar segura de nada; muestra de su corazón entenebrecido y dado a desconfiar de Dios. Otros son crédulos y se confían a todo, pero son inconstantes y fácilmente engañables. Hoy creen una cosa, mañana creen otra, lo que demuestra que no creen nada verdaderamente. Hoy te aman, mañana te aborrecen. Natanael, en cambio, inmediatamente hizo una confesión que todo hombre de verdad debe realizar. Dijo que Jesús era el Rabí. Antes de ser llamado como discípulo, él se apuntó entre los discípulos llamándolo Maestro. Confesó que Jesús era el Hijo de Dios, testimonio por demás poderoso y revelador. Antes que Pedro se anotara un gol con su famosa confesión, Natanael lo dijo primero. Seguramente también le fue revelado por el Padre. Con esto dio testimonio de que Jesús era Dios. También declaró que Jesús era el Mesías, el Rey de Israel. Muchos oyeron a Jesús por años y no pudieron llegar al conocimiento al que llegó Natanael en unos segundos. ¡Glorioso! Y como recompensa a su disposición a creer, el Señor le dijo que mayores cosas vería. Dios siempre da más al que aprovecha lo recibido. Si sientes que te has estancado es porque llegaste al límite de tu confianza. ¿Qué cosas no puedes creer? Son las mismas que te impiden seguir creciendo y recibiendo. Algunos se desilusionan con sus hermanos, otros con la obra y algunos más con Dios. Pero los unos y los otros dejan de crecer y de recibir. Por su parte, hay quienes siguen confiando y gozándose en todo tiempo. Estos siempre seguirán recibiendo. No importa que de momento la higuera no tenga frutos, la vid verdadera los alcanzará. Pero la mayor de las recompensas para un hombre verdadero es que le abrirán el cielo. “Y le dijo: De cierto, de cierto os digo: De aquí adelante veréis el cielo abierto, y a los ángeles de Dios que suben y descienden sobre el Hijo del Hombre”. Estas palabras son idénticas a la experiencia que Jacob tuvo en Génesis, cuando soñó con una escalera que daba al cielo abierto, al trono de Dios (Génesis 28). Natanael comprendió que en Cristo estaba cumpliéndose dicha Escritura y que él era el verdadero Israel que edificaría la casa de Dios. ¡Gloria a Dios!
— Roberto Tinoco
Juan 1:46
JUAN 1:46 «Natanael le dijo: ¿De Nazaret puede salir algo de bueno? Le dijo Felipe: Ven y ve.» Natanael tropieza con un prejuicio. Nazaret era una población pequeña y sin el prestigio que alguien esperaría asociar con el Mesías. Su pregunta casi puede escucharse con cierto tono de incredulidad: «¿De Nazaret puede salir algo bueno?». La palabra ἀγαθόν (agathón) significa «bueno». El problema es que Natanael ya está juzgando a Jesús por el lugar del que piensa que procede. Hay argumentos que pueden ganar una discusión; un encuentro con Cristo puede ganar el corazón. Tus familiares pondrán excusas y quizá tengan prejuicios. Han oído tanto de la iglesia que podrían estar afectados. Cuando Felipe mencionó a Natanael que Jesús era de Nazaret, Natanael objetó que de Nazaret pudiera salir algo bueno. No mencionó nada sobre las citas bíblicas que relacionaban al Señor con Belén o con Jerusalén o el monte Sion; sólo expresó su prejuicio sobre la aldea al lado de la suya. Nazaret era una pequeña aldea vecina de Betsaida, la ciudad de Natanael, así que Natanael la conocía muy bien, además de que seguramente tenían sus rivalidades. Natanael tenía prejuicios acerca de la aldea de Jesús. Hay ocasiones cuando los prejuicios pueden estorbar la fe; cuando esto sucede, los hombres inventan dogmas para justificar lo que no pueden demostrar con las Escrituras; y llegan a creerlas hasta el absurdo. Felipe insiste, no va a perder a su hermano. A pesar del prejuicio de Natanael, era un hombre enseñable. Lo vemos en que Felipe no tiene que darle pruebas de la bondad de Jesús ni de la oportunidad de Nazaret, simplemente le dice: “ven y ve”. Algo así como “convéncete por ti mismo”. “Gustad, y ved que es bueno Yahwéh; dichoso el hombre que confía en Él” (Salmo 34:8). Felipe podría iniciar una discusión. En cambio responde con una de las mejores frases del capítulo: «Ven y ve». Es prácticamente la misma invitación que Jesús había hecho antes. Felipe entiende que hay prejuicios que no desaparecerán ganando una discusión; desaparecerán cuando la persona se encuentre con Cristo. Nunca desprecies el Nazaret del que Dios puede estar preparando algo santo. También nosotros podemos cometer el error de decidir de antemano por dónde puede o no puede trabajar Dios. «De esa persona no puede salir nada». «De esa iglesia no». «Después de ese fracaso ya no». «A esta edad ya no». Pero Dios tiene una larga historia de sorprendernos desde lugares inesperados. No permitas que el envoltorio te haga rechazar lo que Dios puso dentro. Cuando no entiendas lo que Él está haciendo, antes de descartarlo quizá convenga acercarse un poco más: ven y ve.
— Roberto Tinoco
Juan 1:47
JUAN 1:47 «Cuando Jesús vio a Natanael que se le acercaba, dijo de él: He aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño.» Lee la nota 1.45, especialmente para que veas la referencia a Jacob y el verdadero israelita. Natanael viene hacia Jesús cargando todavía su pregunta acerca de Nazaret, pero Jesús lo recibe destacando algo bueno en él: «un verdadero israelita, en quien no hay engaño». La palabra es δόλος (dólos), engaño, falsedad, astucia. Aparece también en 1 Pedro 2:22 hablando de Cristo: «ni se halló engaño en su boca». Jesús puede trabajar mejor con una duda sincera que con una fe fingida. Hay un eco de Jacob, cuyo nombre e historia estaban asociados con la astucia y que finalmente recibió el nombre de Israel. La frase tiene una fuerza especial: «un verdadero israelita en quien no hay Jacob», es decir, sin doblez. El punto es claro: Jesús reconoce la sinceridad de Natanael incluso antes de resolver sus dudas. La fe no siempre comienza con respuestas; algunas veces comienza con la valentía de llevar nuestras preguntas a la Persona correcta. Esto me parece profundamente consolador. Jesús no se asusta de nuestras preguntas sinceras. Natanael acaba de expresar una objeción bastante brusca, y Cristo no lo rechaza. Dios prefiere una duda honesta a una fe fingida. No necesitas maquillarte por dentro antes de acercarte a Él. Puedes llegar con preguntas, luchas e incluso confusión. Sólo llega sin doblez. Jesús sabe trabajar maravillosamente con un corazón sincero.
— Roberto Tinoco
Juan 1:48
JUAN 1:48 «Le dijo Natanael: ¿De dónde me conoces? Respondió Jesús y le dijo: Antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.» Lee los comentarios a los versículos 45 al 47. Natanael queda sorprendido: «¿De dónde me conoces?». Jesús responde: «cuando estabas debajo de la higuera, te vi». El verbo es εἶδόν (eîdon), de horáō: ver, percibir. Esto es más allá de haberlo visto debajo de una higuera física donde lo encontró Felipe; en realidad, Jesús le está diciendo que lo ha visto debajo de Israel, una higuera que no daba frutos, pero que tenía debajo de sus ramas a un verdadero israelita. !Qué virtuoso es poder dar fruto en medio de una higuera seca! Natanael ha estado esperando al Mesías siendo un verdadero israelita en medio de una nación que ha vivido como si no fuese Israel, usurpando como Jacob. Hay una frase de este versículo que puede acompañarnos durante años: «Te vi». Dios vio aquella oración que nadie escuchó. Vio la lágrima que escondiste. Vio la batalla que peleaste en silencio. Vio la fidelidad que nadie agradeció. Vio también la caída que nadie conoce. Ser completamente vistos puede dar miedo, hasta que descubrimos quién es el que nos está mirando. Jesús conoce todo acerca de Natanael y aun así lo está llamando para que se acerque. El que mejor te conoce es también quien te invita a seguirlo.
— Roberto Tinoco
Juan 1:49
JUAN 1:49 «Respondió Natanael y le dijo: Rabí, tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel.» Lee los comentarios a los versículos 43 al 48. El cambio es extraordinario. Hace apenas unos momentos Natanael preguntaba si de Nazaret podía salir algo bueno. Ahora confiesa: «tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel». La palabra βασιλεύς (basileús) significa rey. El título está cargado de expectativa mesiánica y recuerda promesas como 2 Samuel 7 y el Salmo 2, donde el Rey ungido de Dios aparece ligado a la filiación divina. En ocasiones Dios esconde una gloria inmensa detrás de aquello que nuestros prejuicios consideraron demasiado pequeño. Natanael ha encontrado en Jesús al Maestro, a su Dios y al Mesías prometido. Todavía tendrá mucho que aprender acerca de lo que significan esos títulos. Igual que los demás discípulos, necesitará descubrir que el Reino de Jesús no se parece a los reinos humanos. Pero algo ya sucedió: el encuentro venció al prejuicio. La pregunta acerca de Nazaret terminó convirtiéndose en adoración. Una sola vista de Cristo derribó un prejuicio que muchas palabras no habrían podido mover. Así ocurre con la fe. No siempre comenzamos teniendo todas las respuestas. En ocasiones comenzamos con una pregunta y terminamos de rodillas. Encontrarse con Cristo no significa que todas nuestras preguntas desaparezcan; significa que encontramos a Alguien suficientemente grande para confiarle las preguntas que todavía quedan. Natanael no recibió una explicación acerca de Nazaret. Recibió algo mejor: conoció a Jesús. Hay preguntas que no desaparecen cuando encontramos a Cristo; simplemente dejan de gobernarnos.
— Roberto Tinoco
Juan 1:50
JUAN 1:50 «Respondió Jesús y le dijo: ¿Porque te dije: Te vi debajo de la higuera, crees? Cosas mayores que estas verás.» Lee los comentarios a los versículos 43 al 49. Jesús recibe la confesión de Natanael, pero inmediatamente ensancha su horizonte: «cosas mayores que estas verás». La palabra es μείζω (meízō), comparativo de mégas: más grande, mayor. Natanael está impresionado porque Jesús conocía un detalle escondido de su vida. Jesús prácticamente le dice: «Si esto te sorprendió, apenas estamos comenzando». Lo que para Natanael parecía la cumbre, para Jesús apenas era la puerta. El Evangelio de Juan estará lleno de esas «cosas mayores»: agua convertida en vino, enfermos restaurados, multitudes alimentadas, un ciego viendo, Lázaro saliendo de la tumba y finalmente Cristo mismo venciendo la muerte. Pero los milagros no serán trucos para impresionar. El anciano Juan los llamará señales, porque cada uno apunta más allá de sí mismo hacia la identidad de Jesús. El milagro nunca es el destino; es una señal en el camino que apunta hacia Jesús. Pero lo más grande que Natanael verá, es el cumplimiento de todas las Escrituras en Cristo Jesús. Uno de los peligros después de caminar muchos años con Dios es pensar que ya sabemos exactamente cómo obra. Guardamos nuestras experiencias pasadas y, sin darnos cuenta, construimos con ellas una caja. Nunca terminamos de descubrir a Cristo. Agradece lo que ya viste, pero no conviertas ayer en el límite de mañana. Todavía hay más de su carácter por conocer, más profundidad en su Palabra y más transformación que permitirle hacer en nosotros. Con Jesús siempre queda algo por descubrir. La experiencia de ayer debe convertirse en memoria agradecida, no en techo para lo que Dios puede hacer mañana.
— Roberto Tinoco
Juan 1:51
JUAN 1:51 «Y le dijo: De cierto, de cierto os digo: De aquí adelante veréis el cielo abierto, y a los ángeles de Dios que suben y descienden sobre el Hijo del Hombre.» Juan termina el capítulo con una imagen enorme. Jesús dice: «veréis el cielo abierto». La palabra es ἀνεῳγότα (aneōigóta), de anoígō: abrir. La escena nos lleva directamente a Génesis 28. Jacob duerme en Bet-el y sueña con una escalera que une la tierra con el cielo, mientras los ángeles de Dios suben y bajan por ella. Ahora Jesús toma aquella antigua imagen y hace algo sorprendente: los ángeles suben y descienden sobre el Hijo del Hombre. Él mismo ocupa el lugar de encuentro entre cielo y tierra. Jacob vio una escalera; Natanael está viendo a Aquel que une el cielo con la tierra. En Juan capítulo 1 tenemos el cumplimiento del sueño de Jacob, el establecimiento de la Casa de Dios. Allí verás incluso a las piedras vivas, como Pedro y los demás discípulos ser agregados a la edificación de la Casa de Dios. Allí tenemos a Betel, porque allí vemos al Espíritu Santo descender y permanecer sobre Cristo como el aceite que derramó Jacob sobre la Roca Cabecera llamándola Casa de Dios. Allí tenemos en Natanael a un verdadero israelita cumpliendo el tipo de Jacob. Génesis 28 y Juan 1 son la figura y el cumplimiento respectivamente. Allí está la iglesia con su fundamento Jesucristo y allí está la puerta al cielo. El título υἱὸς τοῦ ἀνθρώπου (huiòs tou anthrṓpou), «Hijo del Hombre», será uno de los preferidos de Jesús para hablar de sí mismo. No significa simplemente «ser humano». Evoca también Daniel 7:13-14, donde uno «como un hijo de hombre» recibe dominio, gloria y un reino eterno. En una sola expresión aparecen su cercanía con nuestra humanidad y la majestad del Rey al que todas las naciones terminarán sirviendo. Sus pies pisan tierra, pero su reino toca el cielo. Y así termina Juan 1. Comenzamos antes de la creación, con el Verbo que estaba con Dios y era Dios, y terminamos contemplando el cielo abierto sobre Jesús. El mensaje es precioso: ya no necesitamos construir una escalera para llegar hasta Dios. Dios descendió hasta nosotros. Cristo es el camino abierto entre el cielo y la tierra. Cuando no sabes cómo llegar a Dios, mira a Jesús. Cuando te sientes demasiado lejos, mira a Jesús. Cuando tu pecado te recuerda la distancia, mira al Cordero. El Evangelio no comienza con el hombre intentando subir hasta Dios. Comienza con Dios bajando hasta el hombre, poniendo su tienda entre nosotros y diciendo: «Ven y sígueme». El hombre llevaba siglos intentando subir hasta Dios; entonces Dios decidió bajar hasta el hombre. El Evangelio comienza con el cielo descendiendo, para que el hombre finalmente pueda volver a casa.
— Roberto Tinoco